Rusia fue culpable

Los hombres de Stalin en Madrid en el tiempo en que Carrillo era Consejero de Orden Público se llamaban Gueorgui Dimitrov y Stojan Mínev Stepánov. . Dimitrov y Stepánov, por su parte, confeccionaron sendos informes confidenciales, de cuya existencia y contenido se ha tenido constancia una vez abiertos los archivos secretos de la extinta URSS, donde puede comprobarse sin sombra de duda que Carrillo fue la autoridad responsable de los fusilamientos y, de hecho, Stepánov, en una carta dirigida a Kliment Voroshílov, Comisario General del Ejército y miembro del Politburó, relataba que Manuel Irujo, nacionalista vasco, hizo lo posible por detener a Carrillo, ya que éste había ordenado el fusilamiento de todos los “funcionarios fascistas” encarcelados.

Vayamos a la condición, o no, de Checas de las prisiones madrileñas. Dice la Causa General:

En cada establecimiento penitenciario se constituyó un Comité con representantes de todos los partidos políticos y entidades sindicales del Frente Popular, y el orden en el interior de las prisiones quedó encomendado a los milicianos. (…)
En los primeros meses del Movimiento, durante el verano de 1936, se sucedieron sacas individuales de presos que, con pretexto de ser puestos en libertad, eran entregados a los agentes de la «checa» de Fomento o a otros milicianos, que los asesinaban a la salida.
Bajo el Gobierno del Frente Popular, las prisiones de Madrid perdieron todo carácter legítimo como instituciones penitenciarias (de hecho, muchos de los funcionarios de carrera que trabajaban en ellas fueron asesinados) y pasaron a asimilarse a las checas. La Modelo, concretamente, se convirtió en un simple, aunque inmenso calabozo dependiente en todo de la Checa de Fomento. Por tanto, me reafirmo en lo dicho, de modo que revierto sus palabras y manifiesto, respetuosamente, que el que no sabe de lo que habla es usted; o, mejor, que sí sabe de lo que habla pero lo tuerce a voluntad para engañar al personal. En todo caso, no me preocupa si son galgos o podencos. Si le gusta más la redacción alternativa que le propongo a continuación, todos contentos:
(…) personas que eran sacadas en convoyes de las cárceles, pasados a continuación por las checas y, de allí, conducidos a la muerte (…)

Sobre el número de muertos. Existe una coincidencia bastante generalizada en que el número de asesinados durante el terror de finales del 36 fue de alrededor de 5.000 gracias a los solventes estudios de J.A. Ezpeleta, que poca gente discute con datos más o menos fiables. De éstos, 4.200 fueron asesinados en Paracuellos y sus alrededores, identificados todos, aparte otros 700 que encontraron la muerte en otras ubicaciones cercanas a Madrid, durante el periodo en que Carrillo era el responsable de Seguridad de la Junta de Madrid; y el número total de asesinados durante la represión comunista en Madrid lo cifra César Vidal en casi 12.000, todos con nombre y apellidos, en su libro Checas de Madrid. A esos 12.000 he sumado yo, puede que de forma sensacionalista, los 3.000 que constan sin identificar, los cuales, en muchos casos, pueden haber sido contabilizados doblemente.

El número de presos que usted cita (8.000), aparte ser un número inventado por usted (consta que eran unos 10.500 según declaraciones directas del Ministro de Justicia y delincuente común García Oliver), no resulta medida nada fiable, y su referencia una simple añagaza, ya que muchísimos madrileños pasaban directamente, producto de las delaciones o incluso del capricho de los milicianos, ebrios de violencia, de su casa al paredón, sin engrosar estadística alguna salvo la de los muertos. En aquella época, y durante buena parte del principio de la guerra, se institucionalizó el llamado “paseo”, es decir, el fusilamiento indiscriminado de personas a quienes se iba a buscar a sus casas. Permítaseme la digresión para referir un caso ocurrido en mi familia: en aquellos mismos meses, un conjunto de milicianos de Vallecas acudió a Vicálvaro, donde a la sazón mi bisabuelo era sacristán y organista de la Parroquia de Nuestra Señora de la Antigua, con la idea de asesinar a mi bisabuelo y a sus hijas (mi abuela y sus hermanas). Horrorizados, mis familiares escucharon por la ventana cómo los milicianos vallecanos discutían con sus conmilitones vicalvareños, quienes se interpusieron en su camino afirmando que “en Vicálvaro mataban ellos”, aunque la intención verdadera de éstos últimos, vagamente humanitaria, era evitar una innecesaria carnicería en las personas de un anciano y tres mujeres. Pese a todo, por aquellos días, mis familiares fueron testigos del espantoso asesinato del párroco de Vicálvaro a cargo de la milicia: lo mataron por asfixia, introduciéndole papeles de periódico por la boca.

Sobre la responsabilidad directa de Carrillo y Serrano Poncela, permítame que me tronche de risa. Serrano Poncela era subordinado de Carrillo. Esto es como si usted me cuenta que cierta Ley Orgánica del Estado es responsabilidad del Ministro de Justicia López-Aguilar porque es su firma la estampada en el BOE, y que por tanto Zapatero ni pincha ni corta. Hay que ver lo formalista que me ha salido usted, don Annon, en defensa de lo indefendible.

Por otra parte, cuando afirma usted que no existen testigos directos de la responsabilidad de Carrillo, olvida el controvertido testimonio de El Estudiante, y los menos sospechosos del noruego Félix Schlayer y el informe de Henry Henny, delegado de la Cruz Roja Internacional, cuyo avión fue tumbado por un caza ruso, por orden de Nikloski Orlov. Desde luego, Serrano Poncela no tenía ni mando ni resortes para ordenar el derribo de un avión que volaba bajo protección de la Cruz Roja; Carrillo, sí.

Me dirá Usted: “pero es que eso pasaba en ambas zonas”. Pues seguramente, don Annon. También aquí tengo mi anécdota, ya que mi abuelo paterno, teniente de los del chusco y republicano convencido, cayó herido durante la primera semana de la guerra en Talavera de la Reina, defendiendo, al parecer solo, una batería; conducido a un hospital de campaña, todo señala que fue asesinado por una horda de regulares marroquíes, quienes no pararon en barras ante la indefensión de los heridos, ya que actuaban acuciados por la perspectiva del botín.

Lo que pasa, don Annon, es que a los autores de las tropelías de la zona sublevada no les estamos haciendo homenajes en pleno siglo XXI, con lo que ha caído desde aquellos años, y desde un Gobierno que se dice democrático… Y en todo caso no me verá usted a mí defenderles, ni tratar desesperadamente de achicar sus responsabilidades, ni encubrir sus delitos, ni justificarlos.

Me remito, por tanto, don Annon, a todo lo dicho más arriba. Creo que, salvo el error, que reconozco y por el que me disculpo ante la concurrencia, de los nombres de los agentes soviéticos, todo lo demás era información veraz y fidedigna. Basada en fuentes, claro, yo no fui testigo directo de nada (salvo de aquello de lo que fueron testigos mis padres u otros familiares, por quienes respondo como de mí mismo). Tampoco fui testigo de la batalla de Waterloo, pese a lo cual creo firmemente en su existencia, en la identidad de sus protagonistas y en sus resultados, según lo he leído en los libros de historia. Igual también eso es mentira, pero entonces, ¿en qué creer, salvo tal vez en don Annon?

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