las miserias del nazionalismo CAT. “El asesinato de los hermanos Badia” y el “Estat Catala” de Macia

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1) El asesinato que conmovió Barcelona

El 28 de abril de 1936 unos pistoleros abatían a tiros a los hermanos Badia a plena luz en la calle Muntaner.

Un interrogante de la historia de Catalunya

Uno de los interrogantes de la historia de Catalunya es el asesinato de los hermanos Badia, militantes ambos de Estat Català, el partido de Francesc Macià. Miquel Badia, que había sido jefe de la policía de la Generalitat republicana, y Josep, un activo separatista que casualmente acompañaba a su hermano, fueron tiroteados por unos pistoleros de la FAI el 28 de abril de 1936, ochenta días antes del estallido de la guerra. El asesinato conmovió a la sociedad catalana, pero se perdió en el limbo de la historia, entre otras razones, por la inmediata rebelión franquista y la Guerra Civil. Pero también porque en algunos sectores de aquella Catalunya interesó el olvido. El presidente Josep Tarradellas acostumbraba a decir que en aquel asesinato “hi havia molta boira”.

Lo cierto es que muy poco se ha investigado sobre aquellos hechos. Aparecen por supuesto reseñados en diversas historias y monografías, siempre de forma lateral, si exceptuamos la publicada por Jaume Ros i Serra, un activo ex militante de Estat Català. Su Miquel Badia, un defensor oblidat de Catalunya (Editorial Mediterrània, 1996) apenas tuvo difusión a pesar de aportar datos de interés. Josep Benet publica a principios del próximo septiembre una interesante monografía, Domènec Latorre, afusellat per catalanista(Edicions 62), en la que aparece una interesante documentación sobre el caso de los Badia.

Aquel doble asesinato fue el desencadenante de una serie de acontecimientos, algunos de ellos muy sorprendentes, cuya narración se aproxima mucho a una historia de ficción o de novela negra. Sin embargo, cuanto se narra en los ocho capítulos de “La maldición de los hermanos Badia” está documentado, aunque la historia nunca se puede dar por definitiva. Ningunos de los datos –por tangenciales que sean– ha sido inventado para facilitar la narración periodística. El conocimiento de lo que sucedió con los Badia y la serie de acontecimientos que provocó su asesinato permite la aproximación a una Barcelona de mediados de los años treinta y principios de los cuarenta que muy poco tiene que ver con el supuesto “oasis catalán” de la actualidad. Pero, sobre todo, lo más importante es que permite reflexionar sobre las terribles consecuencias de la violencia política.

Eran las tres y veinte de la tarde del 28 de abril de 1936 cuando los hermanos Badia, Miquel y Josep, salieron de su casa de la calle Muntaner, 52, en dirección hacia el centro de la ciudad. Un hombre que estaba estacionado frente a la vivienda del que había sido jefe de Policía de la Generalitat, en la acera de numeración impar, dobló el periódico que simulaba estar leyendo y se puso en movimiento en paralelo a los dos hermanos. Un Ford de color rojo oscuro, matrícula B-39763, inició una lenta marcha, en la misma dirección.

En la esquina de Consell de Cent, el dueño del bar Bremen, que declararía horas después a la policía que conocía a los dos hermanos de verles casi a diario, se percató de que algo raro ocurría. Le llamó la atención aquel tipo que simulaba estar leyendo el periódico y que, con un gesto nervioso, se había puesto a caminar calle abajo. También se fijó en el coche oscuro que descendía por la calle Muntaner a marcha lenta. Unos instantes después oyó cinco disparos. Cuando se asomó, vio a los dos hermanos abatidos en el suelo, frente al número 38, donde había una tienda de bicicletas.

Otros testigos presenciales de los hechos contaron que dos de los asesinos fueron por detrás de las víctimas, hasta alcanzarles. En ese momento, uno de ellos gritó “Badia!” y efectuó tres disparos, siendo secundado por su acompañante sobre el otro hermano. Todos coincidieron en que, tras los disparos, los tres individuos saltaron al interior del Ford que huyó por la calle Diputació en dirección a la plaza Espanya.

Miquel Badia, de 29 años, tenía tres heridas mortales, en la cabeza, en el hígado y en el pecho. Su hermano Josep, de 32, fue herido en la cabeza. Ninguno de los dos tuvo tiempo de escapar a la agresión ni de hacerle frente. Ni hubiesen podido, porque la Generalitat les había denegado el permiso de armas. Los pistoleros, por su parte, conocían su oficio. Bien trajeados, sin llamar la atención, cumplieron su objetivo y, tras amenazar a los sorprendidos testigos, desaparecieron. Los cuerpos de los hermanos Badia fueron trasladados de inmediato al dispensario de Sepúlveda, apenas a 200 metros del atentado. Miquel llegó muerto y Josep expiró en la mesa de operaciones.

Inmediatamente corrió la voz por Barcelona de que los hermanos Badia habían muerto en un atentado y un numeroso grupo de personas acudió al dispensario, entre las que se encontraban el conseller Ventura Gassol y el alcalde Carles Pi i Sunyer. Aquel asesinato provocó un rechazo unánime, una adhesión que no habían concitado los Badia en vida. Los primeros en lamentar aquella muerte fueron las bases de Estat Català, el partido del president Macià, muerto tres años antes, que acusaron a la Generalitat de no haber protegido al “patriota” Miquel Badia, cuando “todos sabíamos que estaba amenazado de muerte”.

Miquel Badia i Capell (Torregrossa, 1906) formaba parte de aquella masa de jóvenes que llegaban a Barcelona llamados por las posibilidades de trabajo en oficinas. La figura del oficinista fue en aquellos años de la posguerra mundial un potente reclamo para los habitantes de las zonas más pobres de Catalunya. Josep Badia, el hermano mayor, había emigrado a Barcelona desde el Urgell en 1919 y, poco a poco, se fue introduciendo en el comercio de vinos. Miquel llegó a la capital catalana en 1922 siguiendo a su hermano para compaginar los estudios de Náutica (quería ser marino mercante) con el trabajo en una farmacia de la Riera de Sant Miquel. Después llegarían sus padres y sus hermanas, Agneta y Montserrat.

Los hermanos Josep y Miquel contactaron con el separatismo a través del atletismo, el excursionismo y la natación. En los círculos frecuentados por los Badia se soñaba con el Exèrcit Català, se admiraba a los voluntarios catalanes que habían ido a luchar al frente en la Primera Guerra Mundial y estaban deslumbrados por el caso irlandés. Era aquel primer separatismo catalán que hacía frente al emergente ultranacionalismo español. El historiador Enric Ucelay da Cal ha profundizado en la competencia entre los dos grupos. Unos por defender la expansión de la Administración estatal como tal, y por tanto en castellano. Otros por la Administración catalana y, por tanto, en catalán, para cubrir el déficit de servicios públicos que era cada día más patente en la sociedad catalana.

Dirigidos por los Xalabarder, Cardona y Pagès, estos grupos separatistas con ansias militares ensayaron la instrucción en Collserola, en el Montseny y en el Pirineo, a través de laSocietat d’Estudis Militars. En unas memorias inéditas que escribió Miquel Badia durante su exilio de Colombia, tras el Sis d’Octubre de 1934 y a las que hemos accedido gracias a Jaume Ros i Serra, autor de Miquel Badia, un defensor oblidat de Catalunya, recuerda que “fou després d’un míting delCADCI on per primera vegada vaig sentir parlar l’Avi (Macià), que jo m’allistava als escamots d’Estat Català. Macià, amb la seva figura esprimatxada i cavalleresca, amb els seus gestos de convençut (…) amb aquells ulls d’idealista il·luminat que t’esguardaven de fit a fit i et comunicaven la seva fe i l’amor a l’Ideal (Catalunya), em desvetllà de tal manera l’esperit que aquella mateixa tarda firmava la meva fitxa de soldat de Catalunya, en un principal del carrer Sant Honorat”.

Pero Badia no tuvo suficiente con jugar a soldados y, con apenas 19 años, integrado en la Bandera Negra de Compte, Perelló y Cardona, participó en el subterráneo del Petit Versalles, de la plaza Universitat, en la preparación del frustrado atentado contra Alfonso XIII, en mayo de 1925. Había preparada una potente bomba que debía explosionar al paso del tren real en un túnel del Garraf. Escribe Badia en esas memorias citadas que “no és una invenció de la policia espanyola com moltes vegades s’ha dit. L’atemptat de Garraf fou planejat per uns joves idealistes que pretenien, amb aquest acte, deslliurar i venjar la seva Pàtria”. Hubo una delación que provocó la caída del grupo y Miquel Badia fue condenado a 12 años en 1926 y cumplió la pena en varias prisiones, entre ellas Alcalá de Henares y Ocaña, con varios intentos de evasión. En abril de 1930 salió amnistiado y formó la guardia personal de Macià.

Miquel Badia no era, pues, un desconocido, cuando en 1931 organiza por orden de Macià los célebres “escamots” de lasJoventuts d’Esquerra Republicana i d’Estat Català(JEREC) para defender las instituciones catalanas y que tanto darían que hablar. Su papel de jefe de los “escamots” será la causa de no pocos de los odios que concitará.

Jaume Ros i Serra explica en su citada biografía de Miquel Badia (Mediterrània, 1996) que el presidente Macià, al tomar posesión del gobierno catalán, encarga la organización de su defensa a Jaume Comte, el principal condenado por el Garraf y fundador del Partit Català Proletari. Éste, que había coincidido con Badia en varias cárceles e intentos de evasión, contestó al presidente que él no era la persona indicada.“L’home més valent, el de més collons, ja el teniu a la vostra escorta: Miquel Badia.” De ahí que en círculos catalanistas se conociera a Badia como el “capità Collons”, que a él le disgustaba mucho.

En la fiebre por buscar un contingente dispuesto a defender las nuevas instituciones catalanas, se creó en un primer momento una fuerza de choque con las milicias de Estat Català, bautizada como “Guardia Cívica Republicana”. Pero moderados d’Esquerra, como Lluhí Vallescà, o de Acció Catalana, convencieron a Macià de que era un grave error y que había que solicitar el traspaso de los servicios de policía. Macià les hizo caso, pero pidió a Badia que inculcase a los jóvenes el espíritu premilitar de aquellos grupos que creó en 1922, y que les introdujese en deportes más duros como el boxeo, la lucha y la gimnasia: los “escamots”.

Su presencia en aquella Barcelona republicana se hizo pronto evidente, porque chocaron inmediatamente con los anarcosindicalistas de la FAI que habían desplazado a los sindicalistas de los órganos de decisión de la CNT. Aquellos “escamots” fueron utilizados para romper huelgas, especialmente de los transportes. Jaume Ros compara en su obra a Badia con García Oliver, dos catalanes emigrados a Barcelona, uno de Lleida, otro de Reus, frente a frente, uno en los “escamots”, el otro en la FAI, ambos pasados por las cárceles por haber atentado contra el Rey, uno en Garraf y el otro en París. Escribe Ros que Badia se presentó en una ocasión en el bar La Tranquilidad, donde acostumbraban a reunirse los de la FAI retando chulescamente a los presentes diciendo: “Soy Miquel Badia y me han dicho que alguien de aquí me busca”.

Pero no fue solamente con la FAI con quien los “escamots” de Badia tuvieron problemas. También fueron objeto de persecución los rivales políticos, como el grupo L’Opinió de ERC, a los que reventaron algún mitin. También fue muy polémico el desfile del 22 de marzo de 1933, presidido por Macià en el estadio de Montjuïc, de unos 8.000 “escamots” uniformados con camisas verdes e insignias en el pecho. Aquel acto provocó la reacción airada en el Parlament donde se acusó al conseller Dencàs i a Badia de haber organizado un acto “de tipus francament feixístic amb els nostres aprenents de nazi”.

2) Versiones dispares sobre el asesinato

Una conspiración en ERC, un asunto de celos o la implicación de falangistas y carlistas son algunas teorías.

Jefe de los “escamots”

El asesinato de los hermanos Badia, ochenta días antes de estallar la Guerra Civil, levantó todo tipo de conjeturas. Miquel Badia había sido jefe de la policía de la Generalitat, jefe de los “escamots” de Estat Català y en 1926 fue condenado por el frustrado atentado al rey Alfonso XIII, en el Garraf. Josep tuvo la mala suerte de acompañar a su hermano el día del atentado.

La muerte de los hermanos Badia desató todo tipo de conjeturas. Aunque la versión de que fue una acción de la FAI, por la limpieza con que fue ejecutada, era la más veraz, corrieron otras muchas, algunas muy disparatadas.

§ El político, abogado e historiador Josep Benet recuerda un rumor que corrió por Esquerra Republicana de Catalunya tras el asesinato, según el cual éste fue provocado por un asunto de celos por Rosa Ballester. La Roseta era una conocida catalanista de ERC, ex esposa de otro militante, Joan Duran, que en 1934 había iniciado una relación sentimental con el presidente de la Generalitat, Lluís Companys. Se insinuó entonces que Miquel Badia también pretendía a aquella mujer vivaracha y lista. Benet sostiene que, por supuesto, esta versión era falsa, pero que había ayudado a crear un halo popular de misterio en torno al asesinato.

Lo que sí es cierto es que la relación entre Companys y Badia, que nunca fue fluida, se había deteriorado a raíz de la actuación de Badia durante los hechos del 6 de octubre del 1934. Los “escamots” no se movilizaron en defensa del Palau de la Generalitat cuando era cañoneado por el ejército. De ahí surgió la versión de una conspiración “esquerranista” en el asesinato de los Badia. Ros Serra ratifica que dentro de ERC “pululaban muchos enemigos de Badia que podían ser decisivos en la omisión más que en la acción”.

§ Josep Andreu i Abelló explicó a F. Caudet, mediados los setenta, otra versión sobre el asesinato. “Los hermanos Badia venían a menudo como espectadores al Parlament. Un día Miquel me informó de que había entregado un informe contra determinados personajes de ERC al entonces ex conseller Josep Dencàs” (que huyó por una alcantarilla la noche del 6 de octubre de 1934), y que clarificaba su posición en aquellos hechos. “Dencàs no se atrevía a elevar una interpelación con aquel informe y Badia me preguntó si yo estaba dispuesto a defenderlo. Acepté. (…) Habíamos quedado que Badia me entregaría el informe en el Terminus (célebre cafetería en la esquina del paseo de Gràcia y Aragó). Pero no vino… Aquel día lo mataron.”

§ Otra razón del distanciamiento entre Companys y Badia eran los modos expeditivos de este último. Para Jaume Ros, “sus métodos eran los de todas las policías del mundo democrático: delatores y palizas. Y naturalmente guardando, como todas las policías, los derechos humanos en el baúl de los recuerdos”. Badia fue destituido por Companys apenas ocho meses después de haber sido nombrado jefe de los Serveis d’Ordre Públic. El cese se hizo efectivo a causa de un hecho marginal, ocurrido en los juzgados de Barcelona.

El día 10 de septiembre de 1934 se celebraba la vista contra el abogado J. M. Xammar por reclamar el derecho de un procesado a declarar en catalán, lo que fue considerado por los jueces una provocación. El juicio se presentaba complicado y el propio Miquel Badia acudió para controlar el orden. La tensión entre el abogado Xammar y el juez Jovino Fernández fue en aumento, con insultos groseros y gestos despectivos. Hasta el punto de que los policías a las órdenes de Badia se llevaron detenido al fiscal “por pronunciar frases despectivas para la policía y la Generalitat”, según La Vanguardia. Dos días después, Badia era conminado por Companys a dimitir.

El periodista Pere Foix explica en un libro sobre los hechos del 6 de octubre de 1934 que hubo varias entrevistas entre Companys y Badia a raíz de los graves incidentes en el Palacio de Justicia y, según afirma, el presidente le prometió reponerle en el cargo o bien nombrarle para la Comissaria General. Lo cierto es que la dimisión de Badia motivó un amplio movimiento de apoyo y la celebración de un multitudinario homenaje, el 24 de septiembre de 1934, en el Palau de Belles Arts, al que asistió el propio Companys y en el que fue abucheado por parte de los asistentes a pesar de que éste se abrazó a Badia. Un testigo oyó a Companys comentar que “aquesta nit s’ha liquidat en Miquel Badia”. La versión conspirativa tenía, pues, sus razones.

§ Pero había otras. La actuación de Miquel Badia después de ser nombrado en febrero de 1934 no fue precisamente moderada. Al mes había destituido ya a varios funcionarios corruptos por tolerancia con el juego, sector en el que se ganó muchos enemigos. Cuando fue asesinado, hubo quien aseguró que su muerte había sido financiada por el propietario de La Criolla y de Cal Sagristà, un célebre organizador de timbas. El periodista Josep Maria Planes escribía en Les nits de Barcelona que “les dones de La Criolla estan situades generalment un bon tros més avall de tota redempció possible. La joventut, però, els dura poca estona. En pocs mesos d’actuar agafen de seguida aquell aspecte d’edat indefinible. Mai més no sabreu si tenen divuit anys o bé quaranta… Ni elles mateixes ho saben, probablement.”

De Cal Sagristà, situado enfrente de La Criolla, en la misma calle del Cid, escribía Planes que era “famós pels seus invertits i per la literatura realista que s’ha fet al seu entorn. Els dies de gran animació, hi ha un gran xiu xiu d’històries de vici i de cocaïna…”.

§ Otra versión del asesinato de los hermanos Badia la atribuía a militantes de Falange Española. Días después del asesinato fueron detenidos en Barcelona varios miembros del partido fascista, algunos de ellos con armas. Una versión que buena parte de la prensa difundió durante varios días. Pero el jefe de Falange en Barcelona, Luys Santamarina, uno de los detenidos por la policía en 1936, desmintió en 1977 que su organización hubiese tenido nada que ver con la muerte de los Badia.

§ Muchos años después, la muerte de los dos hermanos seguía nutriendo fantasías. Ricard Pedrals se hacía eco en Qüestions de vida cristiana de una indiscreción de un párroco de la Concepció de Barcelona. Según esta versión, en una reunión de carlistas en El Correo Catalán se acordó “eliminar a Badia, que tenia la FAI perfectament controlada, per aconseguir el seu desbordament. Van comprar un assassí perquè els fés la feina… Un dels presents deia que hi va aportar, si no recordo malament, 30 monedes de duro”.

§ Para el ex poumista Víctor Alba, sin embargo, el asesinato de los Badia tenía una explicación muy sencilla, según escribió en el Avui (21 de enero de 1998). Alba explicaba que coincidió en la cárcel Modelo con el “faiero” Justo Bueno Pérez, principal implicado, como se verá más adelante, en el asesinato de los Badia, antes de que fuera ejecutado en el Camp de la Bóta, en 1944. Alba cree que Bueno asesinó a los Badia “por razones personales. Un pariente lejano suyo, joven, estaba medio tocado a consecuencia del trato que había recibido en los subterráneos de la comisaría de la Generalitat. Los hombres de Badia, los ‘escamots’ de un Estat Català que no tenía nada que ver con el de Macià ni con el de la Guerra Civil, y que inspiraba mucha desconfianza a ERC, se dedicaban no a perseguir fascistas, sino a gente de la FAI, a cenetistas y, sobre todo, a las juventudes libertarias. Los conducían a la Via Laietana, les sacaban la camisa, los ponían de cara a la pared y anunciaban que iban a matarles; desde detrás, uno disparaba por encima de las cabezas y otro, simultáneamente, lanzaba piedrecitas contra las espaldas de los detenidos. Más de uno se desmayó e incluso alguno perdió la cabeza. Nunca lo olvidaron y Bueno pasó cuentas cuando pudo”, según el escritor fallecido el pasado marzo.

Algunas hipótesis hablan de que uno de los que probó las palizas de Badia fue el líder faísta Joan García Oliver. Pero la mayoría de las versiones coinciden en que los autores materiales fueron cuatro “faieros” cuyos nombres bailan según la fuente. Sólo un nombre coincide: el de Justo Bueno Pérez.

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3) Un juez tras la pista de la FAI

El juez Vilalta siguió el rastro que conducía a los “faieros”, pero fue relevado del cargo al cambiar el Gobierno.

Especulaciones falsas

Aunque existía la convicción de que los hermanos Josep y Miquel Badia habían sido asesinados por pistoleros de la FAI, nadie se atrevía a decirlo en voz alta. La falta de información, la censura y una cierta timidez por parte de la prensa hizo que se levantara todo tipo de especulaciones falsas. Hasta que un juez puso el ojo en el objetivo.

El entierro de los hermanos Badia constituyó una imponente manifestación de dolor. Presidido por tres consellers de la Generalitat y el alcalde de Barcelona, la comitiva encabezada por los dos féretros, a hombros de militantes de Estat Català, salió del Casal de la calle Girona 3, prosiguió por ronda Sant Pere, las plazas Urquinaona y Catalunya, para recorrer la Rambla hasta Santa Mònica, ante la sede del Cadci, donde se despidió el duelo. Durante el largo trayecto, seguido por una multitud silenciosa, algunas mujeres depositaron flores sobre los féretros. Finalmente, los restos de los Badia fueron enterrados en Montjuïc, cerca de donde reposaban los de su líder, el presidente Macià.

Carlos Sentís, entonces jovencísimo redactor de La Publicitat, escribió muchos años después que “la muerte de los Badia causó una gran conmoción en Barcelona porque eran de izquierdas y, hasta aquel momento, los de la FAI sólo habían atentado contra gente procedente de la derecha o del Sindicat Lliure”, ligado a la patronal.

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Existía la convicción en la opinión pública de que el asesinato de los hermanos Badia el 28 de abril de 1936, en la calle Muntaner, era obra de pistoleros de la FAI; pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta. La prensa, que estaba sometida a un estricto régimen de censura, actuó tímidamente alegando que la investigación era una cuestión policial. Algunos periódicos, al hacer la biografía de los asesinados, recordaban unas palabras pronunciadas por Miquel Badia: “Jo faig nosa a molta gent i el dia menys pensat una bala al cap acabarà amb la meva vida”.

La instrucción del caso recayó en el juzgado número 6, cuyo titular era Emilià Vilalta i Vidal. El Ford utilizado por los asesinos fue localizado a las ocho de la misma tarde del crimen en la esquina de Travessera de Les Corts y Vallespir. “La Rambla” informaba, pocos días después del asesinato, de que se habían practicado tres detenciones en relación con la propiedad del automóvil y de un garaje de la calle Llançà en el cual había sido reparado de unas averías. Un editorial de este periódico, “Això s’ha d’acabar”, firmado por el diputado al Parlamento español J. Sunyol i Garriga, señalaba que “el que la banda de pistolers sigui pagada o inspirada per la gent d’extrema dreta o d’extrema esquerra té poca importància (…) La nostra protesta més comminativa és contra tot l’aparell de policia de Barcelona”. Sunyol reclamaba el traspaso de las competencias de orden público, reasumidas por el Estado a raíz de los hechos del 6 de octubre de 1934.

Durante los días siguientes, la prensa dio cuenta de varias detenciones relacionadas con la extrema derecha. La policía estaba interrogando a 17 militantes de Falange Española (FE) y a otros 27 de Renovación Española (RE), el partido monárquico y antirrepublicano de Calvo Sotelo, Pemán y Ramiro de Maeztu. Este último grupo fue sorprendido en una reunión de madrugada, en una torre de la calle Séneca, 15. La policía informó de que se había encontrado munición del calibre 45, lo que disparó toda una serie de especulaciones. Luego resultó que el arma era la reglamentaria de un policía que formaba parte de aquel grupo político, pero que nada tenía que ver con la muerte de los Badia.

El día 3 de mayo, La Vanguardia publicaba un comunicado de Renovación Española en el que se decía que “en el momento en que fuerzas contrarias se acusan mutuamente unas a otras, reprochándose la muerte desgraciada de los hermanos Badia, surge la vil maniobra de atribuirla a nuestros elementos… cuando es evidente que el pleito de los finados con otras organizaciones sociales o políticas nos era totalmente indiferente”. Por lo que se refiere a los militantes falangistas, La Vanguardia informaba de que algunos de los detenidos procedían de otras regiones de España que huían de la policía. En aquellos días, José Antonio Primo de Rivera estaba detenido y su partido estaba amenazado por una prohibición judicial. Los falangistas sostenían que parte del dinero que se les encontró estaba destinado a los “refugiados” de otras regiones, a quienes se les entregaban cuatro pesetas diarias para su manutención.

El primero en señalar públicamente a la FAI fue el periodista de La PublicitatJosep Maria Planes, quien tres días después del crimen escribió que “els assassins dels germans Badia són els que fa dos anys els amenaçaven de mort”. Se refería Planes a las amenazas publicadas en “La Solidaridad Obrera”, periódico de CNT-FAI, contra el ex jefe de la policía de la Generalitat. Planes añadía: “sóc un periodista que, potser, cometo la imprudència de dir en veu alta el que el noranta per cent dels catalans diuen en veu baixa. Nombrosos amics se m’acostaren ahir per dir-me que aquesta franquesa em pot costar la cara. Pot-ser els qui es donen per al·ludits als meus articles sabran si aquest advertiment és fonamentat”. Planes era un joven reportero que había escrito en 1934 una serie sobre “Els gàngsters de Barcelona” referida a los asesinatos, atracos y secuestros cometidos por delincuentes en nombre de la FAI.

La investigación del juez Vilalta, centrada en el coche abandonado, le condujo hasta la persona que, acompañada de un chófer, acudió al garaje de la calle Llançà para llevarse el automóvil con el que huyeron los asesinos de los Badia. Se trataba de un anarcosindicalista empleado de la compañía de Tranvías de Barcelona, despedido por mala conducta y vuelto a readmitir. Mientras las informaciones periodísticas insistían en enfocar la cuestión en la extrema derecha, el 30 de mayo La Vanguardia daba cuenta de la detención de Ignacio de La Fuente Domínguez y Josep Villagrasa Monleón. Junto a éstos, seguía detenido el comprador, Manuel Costas, todos ellos relacionados con la FAI. Al día siguente, el periodista Avel·lí Artís-Gener, “Tísner”, publicaba en La Rambla que la policía había detenido por orden del juez a Justo Bueno, “sobre el cual pesan algunas cuentas”. La Vanguardiacalificaba a Bueno como “un significado elemento de acción (de la FAI), que estuvo detenido en los tiempos en que Miquel Badia ejercía el cargo de comisario general de Policía de la Generalitat” y que había sido reconocido en los archivos de la policía por un testigo, el dueño del Bremen.

Definitivamente, el juez Vilalta parecía encontrarse en el buen camino y el anónimo redactor de La Vanguardia se hacía eco del ambiente de satisfacción que existía en el juzgado número 6 ante la creencia generalizada de estar resolviendo el caso.

Sin embargo, el 2 de junio se anunciaba la remoción del juzgado número 6 en el que el juez Vilalta investigaba la muerte de los Badia y era designado José Márquez Caballero. Tísner escribe en sus memorias que aquella sustitución se produjo coincidiendo con el nuevo gobierno en Madrid, en el cual había un representante cenetista. Debió sufrir una confusión, por cuanto en el gobierno del 12 de mayo de 1936, que presidía Casares Quiroga, no hubo ningún representante cenetista. Los anarquistas no se incorporarán al gobierno hasta noviembre de 1936, ya estallada la Guerra Civil.

El nuevo juez encargado del asesinato de los Badia llamó a Justo Bueno a declarar el 12 de junio y éste alegó que el día del atentado contra los hermanos Badia se hallaba en el café Rosales, del Paral·lel. Los parroquianos del café llamados a testificar para autentificar la coartada se equivocaron de día. Pero el juez Márquez dictaba el 25 de junio una providencia por la que ponía en libertad a los cuatro detenidos.

La investigación del asesinato de los hermanos Badia quedaba de nuevo a cero: ningún detenido, ningún sospechoso y ninguna supuesta evidencia. Fue entonces cuando los periodistas Tísner y Planes se lanzaron sobre la pista de los pistoleros anarcosindicalistas.

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4) Tísner recibe la visita del asesino

“Ni tú ni Planes me dais lástima. Ya basta de que os metáis con la CNT, estáis de mierda hasta las cejas.”

La valentía de los periodistas

Tras un sospechoso cambio en el juzgado de instrucción que investigaba el asesinato de los hermanos Badia, los cuatro pistoleros anarcosindicalistas implicados fueron puestos en libertad por el nuevo magistrado. Los periodistas Tísner y Planes no abandonaron la pista de los “faieros”, sino que siguieron buceando, con resultados sorprendentes.

Desde que el juez Márquez dejó en libertad a los anarcosindicalistas implicados en el asesinato de los hermanos Badia, dos periodistas, Avel·lí Artís Gener, Tísner, y Josep Maria Planes siguieron de cerca, desde sus respectivos periódicos, La Publicitat y La Rambla, la pista de la FAI.

Recién cumplidos los 24 años, Tísner trabajaba por aquellas fechas en el vespertino La Rambla, cuya redacción estaba encima del restaurante Núria, en Canaletes, y colaboraba como dibujante de humor en El Be Negre, cuya redacción se reunía una vez a la semana en la biblioteca del Ateneu.

La Rambla se mostró muy interesada en informar sobre el asesinato de los Badia y no tardó en hacer mención del sindicato de Transportes de la CNT, dominado por la FAI, como un posible instigador del crimen. Tísner explica en sus memorias Viure i Veure. 1 (Pòrtic, 1990) que la fuente era su amigo, el magistrado Emilià Vilalta i Vidal, que le pasaba informaciones de la investigación.

Gracias a esta fuente privilegiada, Tísner pudo informar sobre la historia del garaje de la calle Llançà, donde se vendió el coche a los pistoleros. El juez había detenido a Manuel Costa Ribero, que había comprado el coche a Francesc Cortes, “Cisquet de la Bombilla”, tras ser revisado por los pistoleros de la FAI, entre ellos Justo Bueno Pérez, el cual había sido identificado como autor de los tres disparos contra Miquel Badia por el dueño del bar Bremen.

Después de la puesta en libertad de los cuatro implicados de la FAI, el día primero de julio, en la contraportada de La Rambla Tísner publicaba un artículo en el que decía que “Costa, La Fuente, Villagrasa y Bueno han sido liberados por el juez Márquez”, y denunciaba que “el papel que jugaron en torno al automóvil con el que se cometió el asesinato se quiere dejar impune”. Al siguiente, en La Publicitat, Josep Maria Planes remachaba el clavo pidiendo una explicación al juez.

El portavoz de CNT-FAI, la Solidaridad Obrera, reaccionó acusando a Tísner de meterse en “asuntos ajenos a la profesión” y le advertía de que si algún día la CNT tenía la necesidad de hacerle callar, “procederemos sin contemplaciones, pues tenemos sobrados medios para conseguirlo”. Tísner, sin embargo, no se arredró y reprodujo la amenaza de La Soli en La Rambla, añadiendo que si le ocurría alguna cosa, ya se sabía quién era el autor.

El secretario general de la Comissió d’Ordre Públic de la Generalitat, Joan Francesc Vidal-Jové, autor teatral y amigo de Tísner, que acababa de ser nombrado para el cargo, le convocó a Via Laietana para informarle de que sabía a ciencia cierta que la FAI había condenado a muerte a Tísner y a Planes. “La única cosa sensata que podéis hacer es abandonar desde ahora mismo el asunto del asesinato de los Badia”, le dijo. “Eso quema y a Vilalta ‘ja l’han fotut’”. Dicho esto, Vidal Jové hizo llamar a un subalterno, un hombre de unos 50 años, bajito y rechoncho, y se lo presentó a Tísner: “Ramon Clotet, inspector de la brigada social. Conoce bien el paño.” Acto seguido preguntó al recién llegado: “¿Lo has traído?” Éste se sacó del fondo de la chaqueta una pistola envuelta en papel de periódico. Vidal-Jové alargó la Browning a Tísner, recomendándole que la llevase siempre encima. “Si en un momento comprometido tienes tiempo de reflexionar, deja que sea Clotet el que dispare primero: tiene más práctica.”

El policía Clotet se convirtió desde aquel día en la sombra de Tísner, hasta que el 6 de julio, estando en la redacción de La Rambla, Clotet le pidió permiso para ir a Jefatura si el periodista no tenía que salir. Cuando el policía se había ido, el conserje de la redacción avisó a Tísner de que “Justo Bueno está en recepción. Te espera y viene solo”.

Tísner recuerda en sus memorias que Bueno era “un muchacho bastante alto, más bien delgaducho”. “Se levantó sonriendo, me estrechó la mano con fuerza, con una cordialidad más bien amigable. Debía tener entre 28 y 30 años y hablaba un catalán excelente, salpicado de argot pintoresco. (…) Me dijo que hacía 23 años que vivía en Barcelona (…) Me desconcertaba su enorme facilidad para conversar. La salita donde estábamos daba al despacho de Joaquim Ventalló, el director, que entonces no estaba en el diario. Oímos un ruido”, narra Tísner.

Eran los compañeros de redacción de La Rambla que “tomaban posiciones por si acaso”. “Bueno se levantó de golpe, puso su mano en el bolsillo trasero de los pantalones y se fue a la puerta gritando: ‘¡Qué coño pasa aquí!’”. Tísner preguntó a Bueno si se sorprendía de que sus compañeros estuvieran inquietos y éste le contestó con otra pregunta: “¿Tú lo estás?” “Por ahora, todavía no”, dijo Tísner.

Bueno, sigue contando el periodista, cambió el tono y le dijo que estaba allí para decirle algo que le afectaba y para que le constase: “Ni tú ni Planes me dais lástima. Ya basta de que os metáis con la CNT. Estáis de mierda hasta la cejas y la cagaréis si os creéis que se puede hacer coña.” Una vez advertido de tal modo, le ordenó que cogiera papel y lápiz para tomar nota.

“Me dictó de pe a pa el nombre de todos los participantes (en el asesinato) y especificó la tarea que cada uno realizó en aquella ‘liquidación’, según decía Bueno.” Tísner escribió el nombre de La Fuente, seguido, y Bueno le corrigió indicándole que se escribía separado, le dio la matrícula del coche y revisó todos los datos. Después le dijo a Tísner: “Márcate bien en el cerebro lo que dice este papel y quémalo cuando lo hayas aprendido de memoria. Ahora ya no tienes excusa: si das una sola de estas informaciones, eres hombre muerto.” Acto seguido, se levantó y se fue.

Tras una improvisada asamblea de redactores en la que se opinó, en general, que el asunto era “muy serio”, la visita de Bueno a la redacción deLa Rambla se saldó con una información de Tísner, aquella tarde, en la que informaba de todo cuanto le había contado el anarcosindicalista. Recuerda el periodista en sus memorias que aquella noche, cuando oía gritar por la calle a los vendedores: “Tota la veritat sobre l’assassinat dels germans Badia!”, se le encogía el corazón. Al día siguiente, 11 de junio, La Soli acusaba a Tísner de ignorar “lo que es la ética profesional” y que “la CNT encontrará inmediatamente que le parezca oportuno la forma de silenciarle”.

Después de un intento de asesinato en la plaza Universitat que la policía de Vidal-Jové logró desbaratar –en una operación que Tísner narró en sus memorias de manera cinematográfica–, concluye el periodista que “era evidente que no podía seguir sintiéndome personaje de película y prolongar aquella frivolidad. Otras veces en mi vida he sentido esta especie de arrebatos, y lo que lo hace más grave es que no ha sido solamente en periodos infantiles, adolescentes o jóvenes, sino en tiempos de madurez e incluso en aquellos que diríamos de edad avanzada. O sea, que realmente ya no he estado a tiempo de ‘hacérmelo mirar’”.

Este carácter salvó a Tísner de sentirse perseguido e incluso llegó a ironizar sobre sus perseguidores. En L’Esquella de la Torratxa publicó un chiste sobreLa Soli, en respuesta al anuncio hecho por el diario de la CNT-FAI, que había afirmado que su tirada era la más alta de la historia del periodismo catalán. En el dibujo del periódico satírico se veía a unos hombres cargando grandes paquetes de diarios en un carro de la basura delante de una imprenta que recordaba a la de La Soli y un ciudadano decía a otro: “Hoy hemos tirado cien mil ejemplares”. Es un chiste que yo se lo oiría contar, al propio Tísner, muchos años después, retornado del exilio de México, en la redacción barcelonesa de Tele/eXprés. Sólo que entonces él se refería a La Soli, pero a la “Nacional”, la del Movimiento

5) Siete disparos en la Arrabassada

El último artículo de Planes antes de morir decía que había llegado la hora de apostar por la verdad.

No tuvo suerte

Tras publicar algunas informaciones valiosas sobre el asesinato de los hermanos Badia, los periodistas Tísner y Planes tuvieron que poner tierra de por medio para huir del acoso de los pistoleros de la FAI. Planes, de La Publicitat y El Be Negre, no tuvo suerte. Fue localizado por un delator y “paseado” de madrugada por la Arrabassada, donde fue muerto de siete tiros.

Siete disparos de pistola en el parietal izquierdo segaron su vida en la madrugada del 25 de agosto de 1936 en la carretera de la Arrabassada. El periodista de La Publicitat Josep M. Planes, nacido en Manresa hacía 28 años, fue la primera víctima de la investigación que se llevaba a cabo por el asesinato de los hermanos Badia. El fragor de la Guerra Civil, sin embargo, puso sordina a aquella sórdida pero trágica muerte.

Josep Maria Planes, redactor de La Publicitat, director de El Be Negre y colaborador del prestigioso Mirador, destacaba en aquella Barcelona de los años 30 por su periodismo moderno y de investigación, en una profesión caracterizada por la práctica del periodismo “de batalla”, en el que se confundían en muchos casos los deseos con la realidad. Cada partido, e incluso algunas corrientes dentro de los partidos, tenían su portavoz en forma de diario. Los redactores eran, en la mayoría de los casos, militantes que compaginaban sus profesiones con el periodismo para redondear sus salarios.

Pero había excepciones y una de ellas era Josep Maria Planes. A pesar de su juventud, Planes era lo que ahora se llamaría un “todoterreno” que cubría desde la política al deporte, pasando por el periodismo de tribunales y policiales. Planes había publicado series de artículos en La Noche, Mirador yLa Publicitat que convertiría en libros: Les nits de Barcelona y Els gàngsters de Barcelona, reeditados por Proa (2001 y 2002, respectivamente). Era un periodismo que, según Jordi Finestres, a quien se debe la iniciativa de estas reediciones y la recuperación de la memoria de Planes, se llamaba “enquesta informativa” o “articles de denúncia”.

Las informaciones de Josep M. Planes sobre los “gángsters” de Barcelona, apelativo con que se conocía entonces a la delincuencia más o menos relacionada con los anarcosindicalistas de la FAI, le habían granjeado no pocos enemigos y problemas, hasta que una patrulla de “marrecs faieros” (según Tísner) le “pasearon” una trágica madrugada por la carretera de la Arrabassada y le descerrajaron siete tiros en la sien. Se cumplía así la amenaza que desde las páginas de Solidaridad Obrera, portavoz de CNT/FAI, se le había lanzado. “Obligarle a enmudecer” por sus denuncias de la violencia anarquista y, especialmente, a causa del asesinato de los hermanos Badia, el 28 de abril de 1936.

Íntimo amigo de Josep Maria de Sagarra, con quien se le veía a menudo en los tugurios nocturnos de la Barcelona canalla, bien vestido, buen bebedor y con aquella punta de jactancia típica del joven de comarcas que triunfa en Barcelona, no se sentía vinculado a ninguno de los dos extremos que, en aquel momento crucial, ocupaba buena parte del segmento político. Próximo a Acció Catalana, escribía cuarenta días antes del 18 de julio que “així com un cop d’Estat marxista ens portaria fatalment a una situació de força de tipus reaccionari, un cop d’Estat feixista ens portaria a una situació de força de tipus exactament contrari”.

Sobre su visión del periodismo, Planes escribió en Mirador que “si en el món hi ha alguna persona capaç d’heure-se-les tranquil·lament amb un bisbe, un torero, un professor de grec, un ballarí negre, un escriptor famós, una reina de la bellesa, un ministre, un saltimbanqui o un general, sense entendre res de bisbes, ni amb toros, ni amb grec, ni amb coreografia, ni amb literatura, ni amb política, ni amb estratègia, aquesta persona, ja en podeu estar segurs, és un reporter. El reportatge és això: parlar de tot sense entendre de res. Cal tenir, això sí, un estil una mica clar, una mica net, posseir una certa audàcia i al mateix temps no oblidar mai allà on comença la frontera del ridícul”.

Tísner, con el que compartió informaciones y amenazas, decía de Planes que “era molt agut i enginyós amb les comparacions i amb la captació d’imatges. També crec que era excessivament frívol, raó per la qual no havia entrat en un periodisme més difícil: el de les idees i del pensament. Però aquesta frivolitat d’ El Be Negre, que es rifava de mig Barcelona, la va superar amb els articles de La Publicitat, tot seguint una línia molt equànime, seriosa i digna”.

Cuando las amenazas de La Soli subieron de tono hasta el agobio, Planes decidió esconderse. Recurrió a su amigo el pintor Francesc Fontanals, que colaboraba en El Be Negre y que tenía el estudio en la calle Madrazo. Lilian, una mujer francesa que era la compañera de Planes, cometió la indiscreción de revelar a una amiga dónde se hallaba escondido el periodista y, aquella tarde, se presentaba una patrulla de la FAI en la calle Madrazo. Pero el periodista pudo huir antes de que le prendieran y acudió a su amigo Josep M. de Sagarra, quien le consiguió el piso vacío de otro amigo, éste en la calle de Muntaner, esquina plaza Adriano.

Cómo dieron los “faieros” con Planes no se sabe. Pero la versión más lógica es que el periodista pudo cometer la ingenuidad de salir al balcón de la casa en que se refugiaba. Aquel mes de agosto de 1936 era extremadamente caluroso y su tez blanquecina debió llamar la atención de alguien que debió confundirlo con un sacerdote escondido, lo que era bastante usual. Dicen que cuando se presentó la patrulla, Planes les franqueó la puerta y dieron con su pasaporte en la mesa. Aquella misma noche fue paseado por la Arrabassada y abatido. Al día siguiente encontraron el cadáver en una cuneta y sus restos fueron trasladados al hospital Clínic.

Se había cumplido la amenaza de unos, cuando La Soli publicaba, el 9 de julio de 1936, que (Planes y Tísner) “son dos periodistas sin dignidad y sin vergüenza y que vomitan injurias por cuatro viles monedas. Su conducta sólo halla un símil. Es el ‘Delateu’ del año 1909 el que resucitan con fuerza inusitada”. Pero también se había cumplido la negra predicción que Planes había hecho en La Publicitat del 11 de julio de 1936, el último artículo que probablemente publicó en vida: “Ahora es el momento de ver si ganan los partidarios de la claridad o los de la oscuridad.” Con su muerte estaba claro quién estaba ganando.

Ramon Peypoch, secretario general de Acció Catalana, un partido al que se calificaba despectivamente como la “Lligueta”, contactó con Tísner para informarle de que hacía una semana que no sabían nada de Planes, después que le hubieran descubierto en su escondite. Que sus compañeros de La Publicitat habían recorrido varios hospitales sin resultados. Peypoch suplicó a Tísner que acudiera a la “morgue” por si le encontraba. Éste, que también estaba amenazado por la FAI e incluso le habían ido a buscar a su casa, se disfrazó de miliciano y, acompañado de una célula de Acció Catalana, se presentó en el Clínic.

El relato de Tísner es terrorífico: “Vaig haver de fer un gran esforç per tal d’endisar-me en aquella Estígia de cossos sangonents. El sotarrani sencer era una aterridora estesa de morts i examinar-los tots, un a un, feia una dura prova per a la meva capacitat de resistència. Em neguitejava més el pensament de trobar-hi en Planes que no pas de no trobar-lo. Hi era, però. I abans que no la persona, hi vaig reconéixer un vestit de color blau marí amb unes ratlles primes i blanques que manta vegada li havia vist dur. També portava una inconfusible camisa de color blau cel. Al rostre li havia quedat un inconegut rictus de terror.”

Al día siguiente, La Publicitat informaba del asesinato de su redactor Josep Maria Planes con la conclusión siguiente: “Esdevingut en circumstàncies que no ens ha estat possible precisar perquè el finat feia temps que havia deixat de tenir contacte amb la redacció.” Un texto frío y ambiguo, pero sobre todo cobarde ante la insensatez y el terror que estaba ganando la batalla.

6) Encuentro en el frente de Aragón

Tras el asesinato del periodista Josep Maria Planes por sus investigaciones sobre la muerte de los hermanos Badia, Tísner, también periodista, tuvo que refugiarse de los pistoleros de la FAI en París. Pero la llamada de su quinta para acudir al frente le puso de nuevo en contacto con los “faieros” y le valió un insólito encuentro con el principal implicado, Justo Bueno.

Con el estallido de la guerra, el 18 de julio de 1936, la situación del periodista Avel·lí Artís-Gener, Tísner, entró aparentemente en otro estadio. El día 22 de julio se fundó el Partit Socialista Unificat de Catalunya(PSUC), en el que Tísner se incorporó desde el Bloc Obrer i Camperol (BOC). Junto con otros compañeros creó la Cèl·lula de Dibuixants y requisaron una torre de la calle Aragó, esquina pasaje Méndez Vigo, donde se elaboraban carteles. Con Pere Calders reeditó L’Esquella de la Torratxa, un semanario satírico nacido en 1872, que desde hacía tiempo vivía una difícil situación, apareciendo y desapareciendo, a pesar de contar con 6.000 fieles suscriptores: todos los barberos de Catalunya.

Pocos días después de reconocer el cadáver de su amigo Josep Maria Planes en el Clínic, le llovieron a Tísner las recomendaciones de que hiciera mutis por el foro. “Sería necesario causar la impresión de que has huido, al extranjero. Te quieren cazar y nosotros no podemos hacer nada”, le dijo Víctor Colomer, del PSUC.

Tanta fue la presión que finalmente optó por esconderse en un local de Acció Catalana “con unas compasivas damas que me tejían suéters de lana en plena canícula” durante 15 días. Hasta que el conseller de Cultura, Ventura Gassol, le imploró que huyera a Francia. Viajar en tren por aquella Catalunya en guerra no era fácil, y no sólo por los bombardeos que hubo de sufrir. Pero finalmente Tísner logró cruzar la frontera para descanso de todos sus amigos.

En París se reencontró con Joaquim Ventalló, el director de La Rambla, también huido, y con Eugeni Xammar, que entonces era el jefe de prensa de la embajada de la República. Tísner cuenta que le obsesionaba el pensamiento de que, mientras otros luchaban en el frente, él “desertaba” en París. A finales de septiembre de 1936, leyó en el diario Le Matin que la República había llamado a filas a la quinta del 34, que era la suya. “Mañana vuelvo”, le dijo a Ventalló. Y lo hizo.

La mañana del 29 de septiembre estaba de nuevo en Barcelona y acudió al cuartel Vorotxilov, en Pedralbes, donde Tísner fue alistado para integrarse al día siguiente en la columna Carlos Marx, que después sería la de Estivill-Trueba-Del Barrio, con destino a Tardienta, en el frente de Aragón. Le quedaban, pues, unas 24 horas en Barcelona y decidió reunirse con sus amigos de La Rambla.

Cuando estaba de tertulia en la redacción de encima del restaurante Núria, en Canaletes, le avisaron de que tenía visita. Eran cuatro jóvenes pertenecientes, según dijeron, al Sindicato del Transporte de la CNT para que les acompañara. Tísner siempre tuvo la secreta convicción de que un empleado del Núria era el que vigilaba sus idas y venidas. Era demasiada casualidad que después de casi un mes en París, en la primera ocasión se presentaran sus perseguidores. Le dijeron que debía acompañarles con el objetivo de aclarar “una confusión” acerca de un coche requisado. Tísner pidió tiempo y los del sindicato le contestaron: “Nosotros nunca tenemos prisa. Las semanas que hacía que te esperábamos…”.

Finalmente, tras algunas llamadas de teléfono para indicar lo que ocurría, subieron a un Citroën de color negro estacionado frente al Núria. En la plaza Espanya cambiaron de coche, un Ford del 36. Siguieron por El Prat, Gavà, Castelldefels y finalmente se encaramaron por las curvas del Garraf.

Llegados a un punto, detuvieron el coche, y le mostraron una mancha en el suelo. “Es la sangre de un tío que ‘picamos’ anteayer”, le dijeron. Y empezaron a comentar entre ellos cómo se comportan los humanos ante la certeza de su muerte. Siguieron Garraf arriba hasta que, en otra curva, detuvieron el coche y le preguntaron si le gustaría morir allí “o quizás de cara al mar”. Tísner recuerda que su única salida, en aquella situación, era mostrarse lo más tranquilo posible. “No les daré la satisfacción de derrumbarme”, se decía.

Después de unas presuntas dudas entre sus secuestradores sobre la idoneidad del lugar de ejecución, prosiguieron la marcha. Vallcarca, Sitges, hasta llegar a una plaza de Vilanova. Se detuvieron delante de la puerta del comité, que integraban todas las organizaciones de izquierdas, y le dejaron solo en el coche, con la llave puesta en el contacto y con la advertencia de que permaneciera en el automóvil.

Tísner se estuvo quieto, en el coche. Creía que si salía de aquella insólita prisión sería acribillado a tiros desde el balcón del comité. Tenía la convicción de que se le estaba vigilando desde detrás de las persianas. Pasadas más de dos horas, sin dar pie a ninguna sospecha y sin disimulo “bajé del coche para orinar”, y escribe en sus memorias que “cuando lo hube hecho, pensé que no me matarían con los ‘meados en el vientre’”. Luego caminó por la plaza, arriba y abajo, hasta que a medianoche reaparecieron sus secuestradores. Ocuparon sus asientos en el coche, Tísner incluido, y rehicieron el camino a Barcelona, rápidamente y en silencio. Le hicieron bajar en un arrabal de Esplugues, con la recomendación de que se tomara “un cubo de coñac, a ver si resucitas”. Al día siguiente, Tísner salía hacia el frente.

La columna Carlos Marx, que dirigía José del Barrio, estaba formada por milicianos del PSUC. El frente, situado en la zona de Tardienta, entre Almudévar y Alcubierre, estaba estabilizado y el trabajo de la columna, básicamente, era el de fortificar la zona. Un día, el comandante llamó a Tísner para ordenarle que fuera a buscar el camión-cuba de la brigada, puesto que era el único que tenía carnet de conducir. El chófer había caído enfermo de disentería. La operación consistía en hacer llegar el camión lo más cerca posible de las distintas trincheras para que las compañías pudiesen acceder al agua.

Tísner se puso a conducir muy lentamente, hasta que dio con un camino tan estrecho que apenas si cabía el camión. Saliendo de una curva para iniciar un trecho recto, se encontró de cara con una tanqueta, a una veintena de metros. A la derecha del camino había una viña en la que bien podía meterse la tanqueta para que el camión de Tísner pudiera pasar. Al ver que el tanquista no hacía movimiento ninguno, Tísner bajó del camión para indicar al otro conductor por dónde debía meterse. A medida que se acercaba, la tanqueta rugió a chatarra y se abrió la escotilla de la torreta. De ella emergió Justo Bueno Pérez, el presunto asesino de los hermanos Badia y que había ido a verle a la redacción de La Rambla para darle una información que, de publicarla, pagaría con su vida. Una información que publicó y que le valió un intento de asesinato, una huida a París y un secuestro de una larga tarde por el Garraf.

“Coño, Artís-Gener, menuda sorpresa!”, exclamó Bueno saltando de la tanqueta entre sonoras risas. Tísner recuerda que pensó: “¡Qué forma tan idiota de terminar la guerra!”. Con los brazos abiertos, Bueno avanzó sin dejar de reírse. “Quién iba a decirnos que nos encontraríamos aquí.” Y le dijo: “Mira, ahora luchamos en el mismo bando, por la misma causa. Tú conduces un camión y yo una tanqueta, es la única diferencia entre nosotros. Aquello de antes de la guerra es otra cuestión, el pasado. Si entonces te hubiera encontrado, te hubiera cosido a tiros, que bien te lo merecías. Pero ahora todo es diferente y somos amigos. Te quiero decir algo que mi organización siempre ha admirado: los cojones. Los tuviste, ¡y muy grandes!”. Después de un rato de conversación, Justo Bueno volvió a montar en la tanqueta y se despidió diciéndole: “cuando haya terminado todo esto, volveremos a echar cuentas, Tísner”.

Bueno maniobró la tanqueta por la viña para que el camión de Tísner pudiera continuar su marcha y luego desapareció entre un estruendo de hierros y una nube de humo. Fue la última vez que Tísner vio a Justo Bueno.

7) Cinco cadáveres en el garaje

Justo Bueno enterró en un local de la calle de Casanova a un aviador francés y a otras cuatro víctimas.

Novela negra

La “carrera” del pistolero de la FAI Justo Bueno Pérez, el jefe del grupo que asesinó a los hermanos Badia, alcanza proporciones dantescas, más propias de una hiperbólica novela negra que de un relato histórico. A pesar de las apariencias, todo cuanto se narra en este capítulo está documentado históricamente.

El actor principal del asesinato de los Badia, Justo Bueno Pérez, era un anarcosindicalista nacido en Munébrega (Zaragoza) en 1908. Emigró a Barcelona, donde trabajó de tornero y se afilió al sindicato del metal de la CNT y a la Federación Anarquista Ibérica, para constituir un grupo de acción especializado en sabotajes, colocación de bombas, acciones de guerrilla urbana y asaltos a bancos. El grupo de Bueno estaba formado por Luciano Ruano Segúndez, un argentino junto al cual aparece en ocasiones un hermano; Vicente Torné Martín, también argentino, y José Martínez Ripoll.

Los grupos de acción anarquistas nacieron durante la “guerra dels pistolers” (1919-1923) para hacer frente a la represión de la patronal y a la práctica de la “ley de fugas” instituida por el general Martínez Anido. El grupo de Bueno aparece documentado por Josep Benet en el apéndice “Notícia de Justo Bueno, assassí de Miquel Badia” del libro Domènec Latorre, afusellat per catalanista, que se publicará en septiembre. Una de las acciones que se le atribuye a Bueno es el escandaloso incendio de un tranvía en la calle Muntaner durante una huelga de transportes. Cuando el coche ardía, fue precipitado sin frenos cuesta abajo hasta la Gran Via, con grave riesgo de provocar un accidente.

La presencia de argentinos en la FAI no es casual. Durante la dictadura de Primo de Rivera, anarquistas españoles emigraron a Buenos Aires y, a su vuelta, proclamada la República, lo hicieron acompañados de correligionarios argentinos. Los célebres Durruti y Ascaso fueron a aquel país sudamericano en 1925, donde se dedicaron a practicar el “anarquismo expropiador”. Es decir, el asalto a bancos en arriesgados golpes de mano.

El grupo de Bueno fue el que asesinó a los hermanos Badia, según Josep Benet, como “venganza de la organización anarquista contra la persona que, con su enérgica actuación cuando era jefe de los Serveis d’Ordre Públic de la Generalitat, había intentado acabar con la actuación de los pistoleros anarquistas en Catalunya”. La duda es quiénes eran los que acompañaban a Bueno en aquel asesinato. Si eran los tres citados más arriba por Benet o bien los que detuvo en 1936 el juez Vilalta, es decir, José Villagrasa, Ignacio de la Fuente y Manuel Costas. Lo más probable es que éstos, todos o algunos, se escondieran bajo identidades falsas. Benet extrae los nombres del sumario del consejo de guerra que en 1943 sentenció a muerte a Justo Bueno.

Con el estallido de la guerra, Justo Bueno y su grupo siguieron actuando. El 20 de julio, cuando estaba claro que la sublevación había fracasado en Barcelona, los milicianos atacaron las Drassanes, donde resistían unos pocos militares sublevados. Tras su rendición, Bueno se hizo con algunos prisioneros heridos, los trasladó a la sede del sindicato del metal, en la rambla Santa Mónica (número 19), y ordenó su ejecución. Se le atribuye la frase: “Así hace justicia el pueblo.”

Además del asesinato del periodista Josep Maria Planes, cometido el 24 de agosto de 1936 y probablemente ordenado por Bueno, su grupo dio muerte también al policía Jaume Vizern i Salavert, que había dirigido la investigación judicial de la muerte de los Badia. “El 18 de septiembre de 1936 —narra Josep Benet—, mientras Jaume Vizern cenaba en el restaurante Velòdrom, en la calle Muntaner, cerca de Diagonal, un individuo se le acercó y le comunicó que le reclamaban con urgencia desde Capitanía General. Que si quería, él mismo podía conducirle en su coche. Vizern aceptó. En el coche había otras personas. Sólo un par de calles más abajo, en la de París, Vizern fue asesinado a tiros y su cuerpo lanzado fuera del coche. Uno de los disparos hirió a uno de los pistoleros, Vicente Ferrer Cruzado. Una persona que se encontraba en el Velòdrom declaró que el individuo que habló con Vizern era Martínez Ripoll, un elemento del grupo de Bueno. Por las caóticas circunstancias en que se vivía, el crimen no fue investigado”, explica Benet.

Bueno, como también Ruano, aparecen integrados en la columna Durruti que salió de Barcelona, una vez derrotados los sublevados, hacia el frente de Bujaraloz. Como jefe de los servicios de información, Bueno vuelve a destacar por su crueldad. En Fraga mató un miliciano de un disparo, tras una discusión sobre las actividades delictivas de los Ruano. El asesino de los hermanos Badia aparece también en las ejecuciones de numerosos vecinos en la zona de Pina y Gesa. Según algunos historiadores, Buenaventura Durruti tuvo que “limpiar” de delincuentes e indeseables su columna, a principios del mes de agosto, y arengar al resto para que en lugar de permanecer ociosos por el estancamiento del frente en Pina colaborasen con los campesinos en la cosecha de trigo. Fueron llamados los “combatientes-productores”.

Justo Bueno abandona entonces la columna Durruti y aparece, como ha quedado documentado en un capítulo anterior, cerca de Tardienta en el otoño de 1936 conduciendo una tanqueta, donde se encontró con el periodista Tísner, al que meses antes, en la redacción de La Rambla de Barcelona, había amenazado si publicaba la relación de los que intervinieron en el asesinato de los Badia. ¿Qué hacía Justo Bueno en esta zona de Tardienta controlada por la columna Del Barrio y formada por milicianos del PSUC? Es una cuestión para la que no tenemos respuesta.

Josep Benet explica que Bueno volvió pronto a Barcelona. Así, en febrero de 1937 confiscó un garaje en la calle Casanova, 29, cerca de Gran Via, con la excusa de reparar camiones y coches de la columna Durruti. En ese local Bueno enterraría a otras cinco víctimas de su violencia.

La primera de ellas fue un aviador francés, Jean-Marie Moreau, que le había propuesto vender a la República, a través del sindicato del metal de la CNT, un prototipo de avioneta de su invención, un aparato que, después de ser probado en Vidreres (Girona), fue trasladado al garaje. El precio acordado fue de 300.000 francos. El 21 de marzo de 1937 se firmó el contrato de compraventa y se concretó que dos días después se efectuaría el primer pago de 65.000 francos en el garaje de Bueno. A las tres de la tarde del 23, éste se presentó en el hotel Majestic para recoger a Moreau. Fue la última vez que vieron vivo al aviador francés.

En el local de Casanova les esperaban los Ruano y Martínez Ripoll, que le asesinaron y enterraron en el suelo del mismo garaje. Después explicaron que el francés les había engañado y que había huido con los 65.000 francos y la avioneta a Francia. El aparato había sido desmontado y destruido, y los francos se los quedó Bueno.

Josep Benet comenta que el grupo de Bueno había atesorado una notable riqueza. En junio de 1937, uno de los hermanos Ruano apareció con un paquete de títulos al portador de la Compañía Hispanoamericana de Electricidad (Chade), que había creado Francesc Cambó con industrias alemanas en España. Entre tanto, a instancias de la embajada francesa, la maquinaria judicial se había puesto en marcha para investigar la desaparición del aviador. Al mismo tiempo, Bueno se enteró de que los Ruano preparaban una huida en yate con parte del botín. Con la colaboración de Martínez Ripoll, convocó por separado a los Ruano y a sus compañeras. Uno a uno, fueron asesinados y sepultados también en el garaje.

El curso de las pesquisas policiales llevaron hasta el local de la calle Casanova y las sepulturas. Bueno fue acusado de asesinato y robo e ingresó en la Modelo. Un mes después, fue trasladado a Manresa y allí, el 3 de enero de 1938, fue liberado junto con otros 17 presos en una acción preparada por la FAI desde el exterior. Justo Bueno logró huir a Francia con buena parte del botín.

8) La sorpresa del comisario Polo

Bueno creía tener credencial de “anticomunista y antiseparatista”…, pero una casualidad lo perdió.

Pura casualidad

El asesinato de los hermanos Badia traspasó la frontera de la guerra y del primer franquismo, hasta que su principal implicado fue detenido, por pura casualidad, por un policía de la brigada político-social que había trabajado con Miquel Badia. Justo Bueno sería condenado a muerte y ejecutado en febrero de 1944, en el Camp de la Bota.

La peripecia de Justo Bueno Pérez, el jefe del grupo de pistoleros de la FAI al que se atribuyen los asesinatos de los hermanos Badia, del periodista Josep Maria Planes, del policía Jaume Vizern, del aviador francés Jean-Marie Moreau, de los hermanos Ruano y de sus compañeras, no acaba con su huida a Francia, tras ser liberado de la cárcel de Manresa a principios de 1938 por los suyos.

El procedimiento judicial en su contra prosiguió y el gobierno de la República pidió a Francia, en enero de 1939, la extradición de Bueno. La guerra, entre tanto, se encaminó a la victoria de las tropas franquistas, el primero de abril de 1939. La extradición de Bueno fue cumplimentada el 12 de agosto siguiente, cuando tras ser reconocido casualmente por la viuda del aviador francés en Marsella, fue detenido y entregado a las nuevas autoridades españolas y trasladado a Madrid.

Sorprendentemente, Bueno no tenía antecedentes en la policía de Madrid y la demanda de extradición era por haber dado muerte a un piloto francés cuando iba a vender un avión a la República. La defensa de Bueno, según explica Josep Benet en Domènec Latorre, afusellat per catalanista (Edicions 62), fue fácil. “El hecho de que se le acusaba no era cierto, sino que la denuncia venía de los comunistas, porque él era anticomunista y antiseparatista.”

El asunto Bueno, entre tantos casos urgentes, quedó relegado. No fue hasta abril de 1940 cuando compareció ante un juez militar, que se inhibió y trasladó el caso a Barcelona. Cuando el juzgado militar en la capital catalana recibió los papeles y se interesó por el preso, en septiembre de 1940, Bueno ya estaba libre.

Convencido de que con la nueva situación estaba blindado por anticomunista y antiseparatista, Bueno se instaló en la calle Borrell de Barcelona, en el 57, tercero primera, según el sumario archivado en el Tribunal Militar Tercero. Durante un año, el ex pistolero de la FAI trabajó en La Maquinista, sacando rédito a su condición de “vencedor” de la guerra. Pero alguien se iba a cruzar fatalmente en su vida.

La brigada político-social de Barcelona estaba dirigida por un policía bajito y pulcro, fumador empedernido, Pedro Polo Borreguero. Afirma Josep Planchart, 84 años y dirigente de Estat Català, que fue detenido e interrogado varias veces por aquel policía, que “era un agente profesional que había estado a las órdenes de Miquel Badia cuando éste se hizo cargo de los Serveis d’Ordre Públic de la Generalitat”. Según Planchart, Polo, que “guardó siempre admiración por Badia”, fue un día a visitarle a la Modelo. Corría 1972, cuando Planchart estaba acusado por la voladura del monumento a los caídos de la Diagonal. Polo le dijo: “Desde el primer día supimos quiénes habían asesinado a los Badia, pero no se nos permitió actuar.” Polo, como Vizern y cuantos investigaron aquel asesinato, sufrió persecución por parte del grupo de Bueno y huyó a Francia. Cuando terminó la guerra, el gobierno franquista le nombró jefe de la brigada político-social, entre otras razones, por su conocimiento de Barcelona.

El día 30 de junio de 1941, Justo Bueno paseaba tranquilo por la Rambla, a las 12 del mediodía, cuando se topó con el policía Pedro Polo, que iba acompañado del inspector Eduardo Quintela. Polo, una vez superada la sorpresa de encontrarse cara a cara con Justo Bueno, le interpeló. Ignorando cuál era el cargo de Polo, Bueno lo menospreció. El policía se lo llevó a Via Laietana. La censura permitió que La Vanguardia del 3 de julio de 1941 publicara la detención de Bueno que “inexplicablemente, se encontraba en Barcelona desde hace algún tiempo”. En pocas líneas, se le atribuían todos los asesinatos, aunque omitía el ajuste de cuentas del grupo.

En el interrogatorio, Bueno admitió que la operación de los Badia estaba preparada para asesinar sólo a Miquel. Que el ex jefe de policía de la Generalitat había sido espiado por un individuo que trabajaba de sastre en la calle Hospital. Otro faísta, Jaume Riera, que fue jefe de patrullas de control de la calle Balmes al empezar la guerra, fue el que facilitó las armas y el coche. Que el día del asesinato, los cuatro pistoleros llegaron en el Ford 39763 y tomaron posiciones en torno a la casa de Badia, en Muntaner, 52. El coche lo conducía Vicente Tomé Martín, que se situó delante del bar Bremen, con el motor en marcha. Que José Martínez Ripoll, con una pistola ametralladora , se apostó en la acera contraria, ante el domicilio, y que fue quien dio las indicaciones a Bueno y a Ruano, que eran los que descendían por la acera de los números pares. Los nombres, por supuesto, no son los que aparecieron en la prensa en 1936, dictados por el pistolero a Tísner. Fue Justo Bueno quien agarró a Miquel Badia por el brazo, antes de acribillarle. Lucio Ruano Secúndez fue quien disparó sobre Josep. Todos estos datos están extraídos de la sentencia archivada en la Auditoría Militar y que Benet publicará en el citado libro.

La sentencia sigue explicando que inmediatamente después del asesinato de los Badia, los cuatro pistoleros huyeron por la calle Diputació, hasta que a la altura de Viladomat abandonaron el vehículo. Después se reunieron en el bar Rosales, en el Paral·lel. Bueno declaró ante la policía franquista que la causa del asesinato de Badia “fue su actuación como enemigo de España” y que si había huido a Francia era porque lo perseguían los comunistas y los separatistas.

La tesis de su acendrado españolismo la repitió Bueno Pérez para defenderse en el consejo de guerra, que no se celebró hasta el 14 de julio de 1943, más de dos años después de su detención. Su defensor alegó que “el asesinato del aviador francés, de los hermanos Ruano y de los hermanos Badia no constituye un delito de adhesión a la rebelión, sino un sabotaje a la rebelión”. Bueno fue condenado a muerte y el “enterado” no llegó hasta el 24 de enero de 1944.

El citado Josep Planchart coincidió en la Modelo con Justo Bueno. Planchart, que formaba parte del servicio de espionaje que el Front Nacional de Catalunya había montado para los aliados, fue detenido en diciembre de 1943 e ingresó en la cuarta galería de la Modelo, con los atracadores peligrosos, los masones y los condenados a muerte. Se le encargó el servicio de sacristía, por lo que tenía acceso a todos los presos. Recuerda que “todos sabíamos quién era Bueno, con el que manteníamos un distanciamiento moral. Se le respetaba porque era un condenado a muerte, pero aún así él tenía una actitud arrogante y displicente con el resto. Nunca creyó que le condenaran a muerte, pero una vez ratificada la sentencia sabía que le iban a ejecutar. Supo mantenerse sereno”.

El día 10 de febrero de 1944, Justo Bueno Pérez, de 36 años, era ejecutado en el Camp de la Bota junto a un militante de Estat Català, para más paradojas de esta historia. Josep Benet se pregunta por la extraña razón de que el procedimiento sumarísimo contra Bueno durara casi cuatro años, un periodo de tiempo inconcebible. Una respuesta posible la ofrece el propio Bueno, en un pliego de descargos incluido en el sumario y escrito de su puño y letra: “Fui requerido por los señores Costa y Quintana (cabos de la guardia urbana de Barcelona en 1941) para ingresar a (sic) la policía de Falange para actuar en contra del separatismo y el comunismo, ya que siempre que la ocasión se ha presentado lo he hecho pero, teniendo la necesidad de hacerme algo de ropa, ingresé a trabajar en La Maquinista hasta que fui detenido.” Otros camaradas suyos ingresaron en el sindicalismo vertical.

Alberto de Urgell

L’assassinat dels germans Badia.

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