Miquel Badia y el catalanismo radical ante la CNT: crónica de una muerte anunciada.

Tras la celebración del 75 aniversario de la muerte de los hermanos Badia, ocurrido el pasado 28 de abril, y con este último 1 de mayo a la vista, jornada simbólica por el movimiento obrero, hemos encontrado oportuno entrelazar estas dos efemérides con el fin de acercarnos a uno de los aspectos más polémicos ya la vez desconocidos de la historia social y política de la Cataluña de los años treinta, y que sin duda fue el origen de aquel trágico día que viviría el independentismo catalán con la desaparición de dos de los sus más destacados activistas. Nos referimos, pues, a las convulsas relaciones entre el catalanismo radical de ERC y el sindicato anarquista por excelencia, la CNT; los que -por una serie de factores coyunturales del tiempo que les tocó vivir- acabaron encontrando en primera línea de fuego, inmersos en una guerra social que les acabó haciendo irreconciliables, y que con el estallido de la Guerra Civil firmarían el divorcio definitivo.

Efectivamente, en José y Miquel Badia -los hermanos Badia- habían sido asesinados a plena luz del día de un 28 de abril de 1936 en Barcelona, ​​tiroteados frente al número 38 de la calle Muntaner por cuatro pistoleros de la FAI.Hechos, sin duda, que ya han sido recogidos y explicados en varias ocasiones, y que aprovechando la ocasión nos sirve también para recomendar al lector la última novedad editorial que habla extensamente de este asunto: la biografía del historiador catalán Fermí Rubiralta sobre Miquel Badia, publicada por Duxelm y la Fundación Irla. Así pues, sin restar importancia al atentado, en esta breve crónica de una muerte anunciada , que expondremos en dos partes, intentaremos esbozar precisamente algunos de estos factores coyunturales que acabarían provocando este choque de trenes entre ambos movimientos, y que por desdicha de los independentistas finalizaría con la muerte de los Bahía a modo de epílogo.

Así las cosas, con la llegada de la República, tanto catalanistas radicales de ERC como cenetistas partían de una cosmovisión totalmente diferente. Unos, por primera vez, accedían a unas cotas de poder relevantes a través del nuevo partido gubernamental -ERC- y las nuevas instituciones de autogobierno; mientras que los otros, viendo que la cuestión social no había cambiado como ellos anhelaban, y ahuyentando pronto de la organización la vieja guardia del anarquismo catalán, próxima a entenderse con los republicanos, iniciaron un proceso de radicalización que los llevaría inexorablemente a la confrontación directa con el Estado, y que, en el caso de Cataluña- identificarían directamente con la recién nacida Generalidad.

Indudablemente el Crack del 29 había sido un tsunami económico, y en España la depresión económica también se acabó imponiendo con fuerza. Pero especialmente cruda sería en Cataluña por un simple hecho: y es que a pesar de depender del mercado español, la economía catalana, con una diversificación industrial importante, dependiendo en buena medida tanto de las exportaciones como de las importaciones, estaba simplemente más ligada a los vaivenes de la economía mundial. Con todo se añadió una grave crisis financiera que acabó descuartizando los intentos de afianzar un sistema financiero propiamente catalán, y que se debió, en primer lugar, por la retirada de dinero y la fuga de capitales apenas proclamada la República (entre éstos los de la misma burguesía catalana); y, en segundo lugar, por las medidas del nuevo ministro de Hacienda de la República, el socialista Indalecio Prieto, que, receloso de una descentralización económica, terminó estimulando la absorción por parte de la gran banca española de un buen número de bancos y sociedades financieras constituidas con capital catalán; siendo el caso más paradigmático la suspensión de pagos del Banco de Cataluña en julio de 1931, después de que el mismo Prieto impusiera la retirada de todos los depósitos que tenía la compañía petrolera CAMPSA. A fin de cuentas, cien años de administración centralista no olvidaban así como así, y desde el mismo ministerio también se procedió a la congelación de todos los préstamos como de la financiación estatal hacia el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat, provocando importantes déficits presupuestarios a lo largo del período republicano.

Por supuesto todo ello complicó las posibilidades de financiación de la Generalitat provisional, que pronto empezaría a recibir duras críticas por la gestión que estaba haciendo Macià al frente de la administración autonómica. Y es que más allá de gestos simbólicos, lo cierto es que el Abuelo acabó siendo criticado por no pocos sectores del independentismo histórico, de alevosía o, directamente, en connivencia con la banca y los mercados financieros, tal como patente -desde las filas del Bloque Obrero y Campesino (BOC) – el popular panfleto de Jaume Miravitlles Ha traicionado Macià? . En realidad, sin embargo, y pese a los intentos de Macià de acercarse a algunas de las reivindicaciones de los cenetistas, estos se vieron eclipsados ​​por las medidas del nuevo ministro de Trabajo, el ugetista Francisco Largo Caballero; las cuales, en términos generales- disfrutaron de buena reputación entre el sindicalismo español, pero no entre el catalán, donde evidentemente tenía un peso mucho mayor la CNT que la UGT.

No obstante, la crisis financiera también acabó arrastrando otros sectores cruciales de la economía catalana como el de la construcción, con un 50% de parados o en situación precaria alrededor de 1932; el textil, que concentrando el 33% de la población activa catalana tuvo que reducir un 30% de las horas trabajadas; el metalúrgico, con un brusco descenso de la demanda; o el minerosiderúrgic, con una reducción de las ventas de entre el 30% y el 60%. De hecho, dejando aparte el paro forzoso, que impactó especialmente entre el proletariado inmigrante de Barcelona, ​​hay que sumar el notable aumento de los alquileres, lo que incrementó progresivamente los sin techo; agudizando el que ya hacía tiempo que se había convertido en un auténtico problema para la ciudad: la vivienda. Así pues, no es extraño que ya el lema del primero de mayo de 1931, celebrado por la CNT en el Palacio de Bellas Artes de Barcelona, ​​fuera por un “Primero de Mayo contra el paro, la inflacionaria y por la rebaja de los alquileres” .

En esta coyuntura, el desencanto hacia la nueva República no se haría esperar. Sobre todo teniendo en cuenta que gran parte de la legislación socio-laboral introducida por las nuevas autoridades republicanas era a menudo violada o simplemente ignorada por la patronal, que evidentemente no quería perder los suculentos beneficios conseguidos, en parte gracias a la fiebre especulativa de los años veinte, y que entre otras cosas habían dejado en el Ayuntamiento de Barcelona con una deuda similar a la deuda nacional de Portugal a principios de los años treinta.Por consiguiente, los movimientos huelguísticos fueron en aumento desde la proclamación de la República: pasando de unas 730 huelgas en 1931 a las 1.127 de 1933, con casi un millón de huelguistas en todo el Estado.

Y es que si de pronto los cenetistas habían permitido una cierta tregua durante la primera primavera republicana, bien ilustrada con aquella frase de Durruti definiendo Macià como “un hombre de toda bondad, un hombre puro e íntegro” , en el verano de 1931 ya se presentó bastante movido, con la reanudación de huelgas en la Telefónica y el Puerto de Barcelona, ​​y que con tiras y aflojas alargarían durante los próximos años. Desde entonces, los anarcosindicalistas protagonizarían una serie de acciones de contestación social proporcional al control que sobre la CNT iban teniendo los miembros de la FAI: en abril de 1932, por ejemplo, en el Pleno Regional celebrado en Sabadell, los nuevos dirigentes ya se habían apoderado del órgano portavoz, la Soli , y habían expulsado a los trentistas de Joan Peiró y Ángel Pestaña ya las federaciones locales de Girona, Lleida y Tarragona, cercanas al BOC. De este modo, la nueva “gimnasia revolucionaria”, ejecutada frecuentemente a través de grupos paramilitares cenetistas, los Comités de Defensa Confederal, recuperaba en cierta medida lo de la propaganda por el hecho, abarcando un amplio abanico de prácticas: desde manifestaciones, huelgas generales e insurrecciones, pasando por ocupaciones de fábricas, sabotajes, boicots, atracos a almacenes y depósitos portuarios, confiscaciones en granjas o requisas de alimentos bajo el lema de “compras proletarias”.

Por su parte, la República, afanosa para demostrar a la derecha monárquica que los republicanos también podían garantizar el orden social, activó sus propios mecanismos de defensa, los cuales acabaron siendo notoriamente represivos para las clases más desfavorecidas, que luchaban día y noche para la propia supervivencia. En octubre de 1931 se aprobaba la Ley en Defensa de la República , a través de la cual se podían censurar publicaciones, cerrar centros de actividad política y detener a sus miembros, además de avanzar la creación de unas fuerzas de choque que actuarían en casos de disturbios: la temida Guardia de Asalto. Dos años más tarde, en 1933, con la Leyde Orden Público , quedaban legalizadas las redadas policiales, imponiendo -en caso necesario- el estado de prevención, de alarma o de guerra en los barrios obreros; al tiempo que se aprobaba también la Ley de vagos y maleantes , que creaba unidades especiales de policía para reprimir las amenazas potenciales.

Aquí, pues, es donde radica la clave de este serial que llevaría finalmente a la muerte de los hermanos Badia, con quien los anarquistas precisamente identificarían rápidamente como las fuerzas del mal, opresoras de la emancipación obrera. Y es que tal y como abordaremos el próximo día en la segunda parte de esta crónica , paralelamente a la acción policial, efectuada por los gobernadores civiles hasta el traspaso de las competencias de orden público a la Generalidad, en agosto de 1933 , se fueron articulando unos cuerpos que pronto desencadenarían un descalabro entre la opinión pública catalana: las guerrillas de las JEREC.

Estos son los factores coyunturales que conduce al aumento de la conflictividad social durante la II República, y que lllevaron a la confrontación directa entre los catalanistas radicales de ERC y una CNT catalana que, a pesar de la merma progresiva de efectivos, ya fuera por el encarcelamiento de sus miembros o por la purgas interiores protagonizadas en buena parte por faístas, sería aún capaz de mantener unos niveles de acción y de movilización notablemente importantes a lo largo del bienio 1933 a 1934.

Efectivamente, paralelamente a la acción policial represiva contra la central anarquista, dirigida -como decíamos- por los gobernadores civiles hasta el traspaso de las competencias a la Generalitat, fueron tomando eco las acciones de las guerrillas de las JEREC. Estas, las Juventudes de ERC-Estado Catalán, creadas en otoño de 1931 al calor del tándem Dencás-Bahía, formaban parte de la estrategia de los separatistas macianistes para encuadrar la juventud, y que -sin perder de vista la vía insurreccional para alcanzar la independencia- apostaba por aprovechar las estructuras de poder que brindaba una ERC hegemónica, evitando -a su vez- la disidencia hacia otras organizaciones del separatismo antimacianista. De hecho, aunque tal vez lo explicaremos más extensamente en otro post, aprovechamos la ocasión siquiera para hacer un apunte al respecto: el independentismo catalán de los años treinta no fue ni mucho menos un patrimonio exclusivo de ERC ni de aquellos que siguieron al Abuelo, sino que por primera vez disfrutó de adeptos en casi todo el espectro político e ideológico posible de la época, desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha.

Así las cosas, si en las primeras elecciones al Parlamento de Cataluña, en noviembre de 1932, las JEREC encargarían de mantener el orden público durante los mítines del partido, rápidamente pasarían a otros métodos, empezando por qualques episodios violentos tanto durante la campaña electoral como el mismo día de las elecciones, en las que se registraron puntualmente algunos roturas de urnas. La respuesta no se haría esperar, y de inmediato las críticas contra los disturbios provocados por las guerrillas comenzarían a llover de todas partes. Las reiteradas desfiles y la uniformización del vestuario, con camisa verde oliva, cinturones de cuero, bandas de excursionista y pantalones de terciopelo hasta las rodillas, a pesar de la común paramilitarización de gran parte de las organizaciones políticas, no era fácilmente digerible para una opinión pública catalana (y catalanista) bien anclada en los principios de las democracias occidentales. Al fin y al cabo, en el imaginario colectivo, las similitudes con los camisas negras de la Italia fascista era inevitable. Y es que una cosa eran las guerrillas de los años veinte, insertados en el modelo insurreccional irlandés y en un ejército de liberación nacional, y otra muy diferente era el nuevo aire que tomaban los desfiles de los años treinta. Con todo, a pesar de las críticas, que amplios sectores de ERC no sabían ni cómo justificar, las polémicas actividades de las guerrillas continuaron a lo largo de 1933 De nada sirvieron, pues, las múltiples manifestaciones públicas de antifascismo por parte de Miquel Badia o de José Dencás, que desde las páginas del semanario satírico El Bien Negro -el Polonia de los años treinta el tildarían pronto (e irónicamente) como “Il Dencasso es nostro Duce” .

Pero en la práctica, lo cierto es que las guerrillas acabaron fijando su acción contra los anarquistas. En su lógica los cenetistas eran una auténtica traba para la nacionalización del país y para la consolidación de las instituciones de autonomía. Aun amplias capas de la población, incluida la derecha españolista y algunos anarquistas moderados, habían aplicado algunas lecturas socialdarwinistes vinculante el proletariado inmigrante con la delincuencia social o la violencia ejercida por muchos que se cobijaban bajo las siglas de la FAI, y que en los círculos marxistas definían como lumpenproletariado. No obstante, esta visión era compartida por el conjunto de la pequeña burguesía y las clases medias catalanistas, poco (o nada) familiarizadas con el proletariado no cualificado: generalmente mano de obra importada de las regiones meridionales de España, con pocas posibilidades de ascensión social, y que -Provocar indirectamente una competencia desleal con el proletariado autòcton- servía a las clases acomodadas y los grandes propietarios para bajar los salarios reales de las clases trabajadoras del país. De todo ello la prensa se ​​haría significativamente eco, tal como reflejaban algunas series periodísticas bien conocidas en la época como la de Josep M. Planes, “Gànsgsters en Barcelona” , desde las páginas de La Publicidad , sin duda uno de los diarios de mayor calidad de la Cataluña republicana, o lo del transmisivo del periodista -y posteriormente acérrimo franquista- Carles Sentís, en referencia a los murcianos que llegaban en tren expulsados ​​de sus tierras por terratenientes del sur y que engrosaban los suburbios de Barcelona.

Sea como sea, estas ideas también fueron tomadas por el catalanismo radical de las guerrillas, que las interpretaron a su manera, considerando los faístas elementos desnaturalizadores y, por tanto, agentes del españolismo. Y así las cosas, lo cierto es que mantuvieron un mano a mano a lo largo de 1933: desde intimidaciones y amenazas de muerte hasta palizas, demostraciones de fuerza o irrupciones violentas pistola en mano a los bares y tabernas frecuentados por anarquistas en barrios obreros como el Raval, la Torrassa o Collblanc. En realidad, en el fondo de este mano a mano, de asesinatos a ambos lados, también estaba la lucha por quien tenía la hegemonía en la calle;eso sí, esta lucha tenía como condición sine quo non la utilización de una violencia elevada, pues al fin y al cabo ésta fue en buena parte la tara de los europeos de los años treinta.

Pero el hecho paradigmático de todo ello, fueron las prácticas de esquirolaje por parte de las guerrillas contra las huelgas promovidas por los cenetistas, que, como en el caso de la de transportes, convocada en abril de 1933, la acabarían reventando haciendo funcionar los autobuses y tranvías de Barcelona. De hecho, tanto el propio Miquel Badia como el Gobernador Civil Claudi Ametlla, que aceptó la propuesta de este a cambio de no ir uniformados con la camisa verde, sabían que la acción no sería nunca más perdonada por la FAI. Finalmente, las luchas violentas de calle entre guerrillas y anarquistas se acabaron. La acción de las guerrillas había sobrepasado los límites; ya consecuencia de la controvertida desfile hacia Montjuïc del 22 de octubre de 1933 (ver imagen al final del post), como del posterior asalto a la imprenta donde se editaba El Bien Negro , la Unión Socialista de Cataluña estuvo a punto de romper la coalición gubernamental con ERC si no se disolvían las guerrillas, tal como así se acabaría haciendo por órdenes del mismo Macià a principios de aquel diciembre.

Pero la historia entre anarquistas y los partidarios de los Dencás y Bahía no se acabó aquel año, con la muerte el día de Navidad del Abuelo, sino que con el nuevo gobierno Companys, y ya durante los meses que precedieron aquel 6 de octubre, se añadió un nuevo elemento en esta lucha: los catalanistas radicales, apadrinados por Josep Dencás, y de la mano de Miquel Badia, nombrado Jefe de Servicios de Orden Público en marzo de 1934, accedían al control de las fuerzas de orden público. Por supuesto, no fue la única parcela donde estuvieron presentes. Los separatistas de ERC, superando los difíciles equilibrios internos en el seno del partido, habían alcanzado cotas nada despreciables de poder desde 1931: la Alcaldía de Barcelona; la Conselleria de Sanidad y de Asistencia Social; la Asociación de Funcionarios de la Generalidad; la Guardia Urbana de Barcelona; ya modo de colofón la Conselleria de Gobernación por parte de Dencás.

En esta nueva coyuntura Bahía utilizó todos los mecanismos que le brindaban las leyes aprobadas por la República en materia de orden público. Su acción al frente de la policía le valió no pocas felicitaciones por parte de la opinión pública catalana, tanto la republicana como la conservadora, que vieron en la contundencia utilizada la vía correcta para acabar no sólo con la violencia faísta sino también contra la corrupción, las mafias del juego, el tráfico de drogas y, en general, contra todo lo que se consideraba la ciudad de los gangsters, donde el Barrio Chino, entre cocktails, tango, flamenco y cocaína- era su máxima expresión. Evidentemente no faltaron las críticas, pero ahora ya sólo desde ámbitos anarquistas, que acusaron repetidamente a Bahía de asesinatos selectivos y de volver a las tácticas policiales de los años duros del pistolerismo.

En la práctica, esta política represiva contra cenetistas por parte del catalanismo radical de ERC, especialmente con el control del orden público, fue un error táctico que acabaría precipitando el rechazo frontal de la CNT en su participación en los Hechos de Octubre, y que inequívocamente hubiera sido indispensable para el triunfo del proclamado Estado catalán. Ciertamente, los nuevos dirigentes cenetistas habían inmerso en una espiral sectaria y violenta que los había alejado del resto de fuerzas obreristas, que en 1933 se habían unido en la Alianza Obrera, y que sí participarían en la insurrección de aquel 6 de octubre. Pero la no participación de la CNT catalana sería muy mal recibida por los camaradas anarquistas asturianos y madrileños, que -muy particularmente en el caso de los primeros- sí habían luchado férreamente con el resto de fuerzas sindicales contra el ejército, en el que había sido -sin duda- la revuelta obrera más grande desde la Comuna de París de 1871.

Así pues, en el período posterior al anarquismo catalán viviría un proceso de reorganización. La disidencia anarquista de los años 1931 y 1932 fue aceptada de nuevo en el seno de la central sindical; y en el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936 se decidió finalmente terminar con el ciclo insurreccional que había caracterizado los años anteriores, con el objetivo de volver a los tiempos de complicidad con las izquierdas españolas y catalanas. Sin embargo, en medio de este retorno a la normalidad, y en el que algunos lo consideraron como “ajustes de cuentas”pendientes de aquella guerra social, es cuando tendría lugar a modo de epílogo la muerte de los hermanos Badia. La larga crónica de una muerte anunciada había llegado a su fin.

(Autor: Daniel Rojo y Sanz)

Miquel Badia y el catalanismo radical ante la CNT: crónica de una muerte anunciada IIa. Parte – Sapiens.cat.

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