Stefan Zweig en Palmyra – Hermann Tertsch / ABC

Lo degollaron en la plaza pública, le cortaron la cabeza, lo colgaron de los brazos a una farola en el centro del pueblo y colocaron su cabeza bajo los pies. Precariamente sujetas a las orejas y la nariz, sus gafas de intelectual. Muy francesas. Aunque podían haber sido de cualquier capital europea o árabe, de las muchas que visitó Khaled Al Asaad en su larga vida profesional como científico de la antigüedad, como uno de los grandes arqueólogos sirios y experto en el helenismo. Al Asaad era el arqueólogo jefe de las ruinas y excavaciones del oasis de Palmyra, una gema de la antigüedad, una joya del arte, de la creación, la sensibilidad y la belleza de que es capaz el ser humano, preservada en pleno desierto sirio para asombro y disfrute del mundo. Al Assad era el guardián de esta ciudad en el oasis y cruce de caminos. Fue capricho del emperador Trajano como de la mítica reina Zenobia y dos milenios después es Patrimonio de la Humanidad por declaración de la Unesco. En dos mil años habrá sucedido casi de todo en Palmyra. Pero quizás hoy sufra los momentos más tenebrosos de su milenaria existencia. Porque el pasado 20 de mayo tomaban al asalto la ciudad las fuerzas fanáticas del yihadismo del Estado Islámico, de IS o Daesh, llámenlo como quieran. Lo hacían para controlar aquella encrucijada. Pero también para combatir a los dioses falsos de los infieles y las herejías, sus imágenes, símbolos y templos.
Estaba claro a qué llegaban estos salvajes fanatizados. Son conocidas sus gestas destructoras por Mesopotamia. Es proverbial ya su odio a muerte hacia todos los que protegieran estas obras de arte y testimonios de un mundo completamente ajeno a la locura ultrarreligiosa de estos guerreros primarios. Y sin embargo aquel 20 de mayo, cuando aún podían irse antes de la inminente caída de la ciudad en manos de los yihadistas, el anciano Jaled Al Asaad ordenó a su familia que huyera y se pusiera a salvo con tantos miembros de la administración y sus gentes. Pero les anunció que él permanecería allí en su Palmyra y que allí recibiría a los conquistadores. El viejo arqueólogo despidió a todos y quedó atrás con todos los que no tenían adónde ir. Él, que tenía conexiones internacionales que le habrían hecho quizás más fácil que a nadie el encontrar un refugio allende las fronteras sirias. Quizás creyera de verdad lo que dijo para tranquilizar a sus familiares y amigos cuando todos partían. Que él hablaría con los líderes. Que le respetarían por su autoridad y ancianidad. Y que con su presencia podría evitar los peores daños a monumentos y yacimientos. O que podría utilizar sus conocimientos como experto en ayudar a los yihadistas en su expolio y venta de tesoros artísticos. Porque Daesh no solo destruye, también comercia con los tesoros de la antigüedad. Y que a cambio podría preservar al menos parte de su adorada ciudad grecorromana. O quizás no fuese tan iluso. Y supiera ya que aquellos enemigos de todo lo bueno en lo humano iban a acabar con él. Pero al final de sus días se negó a separarse de todo lo que le significaban la belleza, la verdad y la emoción del amor. Del amor a aquellas piedras que eran para él la vida que merece vivirse. Quizás Jaled Al Asaad, como Stefan Zweig en Petrópolis en 1942, cuando parecía que Hitler se quedaba con el mundo, decidió que su tiempo había pasado y que no quería vivir ningún otro en el que todo lo bello y bueno fuera negado. O quiso decirnos que la civilización que no sabe defenderse frente la barbarie no merece ser vivida.

Hermann Tertsch

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