La cara de Ángel Viñas y la otra cara de Franco – Pio Moa

 

Franco dejó un país apto para una democracia moderna, desvirtuada actualmente por un antifranquismo revenido y falso cuyas señas más claras son la corrupción, los separatismos y las connivencias con el terrorismo.

Pío Moa

Como balance general,  lo he repetido a menudo, Franco venció a un proceso revolucionario, no a una democracia, y después a una peligrosa guerra de guerrillas (el maquis). Salvó a España de la II Guerra Mundial. Su represión de posguerra fue menor y más legalista que las que hubo en Francia, Italia, Alemania  o los países del este después de la guerra mundial.  Reconstruyó al país sin ayuda exterior en circunstancias muy difíciles, derrotando a un aislamiento criminal patrocinado por Stalin y las potencias anglosajonas,  que habría creado hambruna masiva en España.  Tuvo oposición comunista y terrorista, no democrática: no había un solo demócrata en la cárcel. Venció a todos sus enemigos militares o políticos. Dejó un país próspero, con amplia clase media y libre de los odios que habían hundido a la república: un país apto para una democracia moderna, desvirtuada actualmente por un antifranquismo revenido y falso cuyas señas más claras son la corrupción, los separatismos y las connivencias con el terrorismo. Todo esto son hechos, no opiniones ni interpretaciones, y  lo explico y amplío con abundancia de datos en el libro Los mitos del franquismo: no hay político o militar con tales méritos en la España de los últimos dos siglos, y muy pocos fuera de España.

Naturalmente, ello es inaceptable para los autores del Himalaya de desvirtuaciones y rebuscamientos que ha sustituido a una historiografía seria en los últimos 50 años. Dado todo lo que se ha dicho al respecto, podría crearse un debate intelectual abierto y democrático, que sin duda habría clarificado  el panorama histórico y político de nuestro tiempo. Pero no: la respuesta ya la he denunciado mil veces, es la propia de quienes han hecho su carrera construyendo mitos baratos y tienen pánico a quedar en evidencia. Apoyados, eso sí, por los grandes medios de masas en los quecompiten la ignorancia y la manipulación, y a menudosubvencionados y premiados por el poder, como no debiera poder ocurrir en una democracia. Y por el silencio de quienes debieran oponerse activamente a tales supercherías.

Parece que las estrellas de esta desgraciada historiografía ahora que llegamos al 40 aniversario de la muerte de Franco son Preston y Viñas. Este último  ha escrito La otra cara del Caudillo, con una primicia: Franco sería un corrupto, como uno de tantos socialistas. Y lo dice un admirador de Negrín, este sí el político más ladrón de la España del siglo XX. Por mi parte les digo: “Su retórica y sus versiones no responden a la realidad, y todavía menos sus pretensiones de erigirse en jueces histórico-morales de personajes y sucesos”.   A Viñas, como a Preston y tantos otros, les he rebatido una y otra vez, pero lo propio de ellos es que cuando queda clara alguna falsa acusación suya al franquismo, inventan otra con la mayor naturalidad del mundo. Ello produce cansancio y hartazgo. Afortunadamente, en este caso Javier Esparza ha escrito un artículo que me exime de dar más vueltas a la cuestión, del que extracto:

Es bien sabido que durante los años en que Franco rigió el Estado hubo un intenso tráfico de favores en torno al poder, pero no mayor que el que se produce en cualquier otro sistema. También consta que determinados familiares de Franco utilizaron su posición para hacer dinero o, simplemente, “dejarse querer” por los promotores de tal o cual negocio, pero nadie ha podido demostrar que de ahí se derivara una “corrupción de Estado” o, aún menos, un lucro personal para el dictador. Cuando Mariano Sánchez Soler publicó su escandaloso Los Franco, S.A. (Oberon, 2003), llegó a la conclusión de que la familia tenía un patrimonio de 500 millones de euros. Pero uno leía la letra pequeña y constataba que esa cifra provenía de la suma de los patrimonios de todos los descendientes (y son muchos) de la familia Franco-Martínez Bordiú, que en su mayor parte se trataba de activos inmobiliarios y que el crecimiento de la fortuna coincidía con las sucesivas burbujas inmobiliarias en los años 70 y 90. Por tanto, nada que ver con una supuesta “fortuna oculta” de Francisco Franco.

El asunto pudo dar un giro hace pocas semanas, cuando el historiador Ángel Viñas anunció que había descubierto una trama de corrupción que enriqueció a Franco personalmente (La otra cara del caudillo, Crítica, 2015). ¿De qué se trataba? De café. En 1940, el dictador brasileño Getulio Vargas donó a Franco, personalmente, 600 toneladas de café. Franco lo pasó al Ministerio de Industria y Comercio, que lo distribuyó y vendió al público. Dice Viñas que, según ha descubierto en el archivo del Palacio Real, la venta ascendió a 7,5 millones de pesetas. Casualmente, en la relación de cuentas de Franco de agosto de 1940 figura un apunte de 7,5 millones de pesetas. Apunte que se suma a otras cantidades que arrojan un balance total de 34,30 millones de pesetas en la cuenta personal de Franco, fortuna acumulada por el caudillo durante los años de la guerra. Conclusión de Viñas: Franco se quedó con el dinero del café y con otras dádivas semejantes.

¿Es verosímil la acusación de Viñas? Concedamos que Franco era tan estúpido como para robar más de 34 millones de pesetas, consignarlo escrupulosamente en sus cuentas y dejar luego que el balance se guardara en los archivos públicos. Ahora bien: ¿qué pasó después con ese dinero? Aquí es donde está el problema, porque ese dinero, acto seguido, se disolvió en las cuentas institucionales de la Jefatura del Estado, y esa es la parte que Viñas no cuenta. Sólo nos dice que el dinero se empleó para pagar cosas como la rehabilitación del Castillo de la Mota o la ampliación del colegio de las Adoratrices de Valladolid. ¿Pero no habíamos quedado en que Franco lo había robado? Pues no. O sea que Franco no se lo quedó, sino que lo gastó en esas cosas y otras del mismo género. Ante la evidencia, Viñas retuerce el argumento acusando a Franco de gastarse el dinero de forma “arbitraria”. Bien podemos suponer que Viñas no se lo habría gastado en colegios de Adoratrices del Sagrado Corazón, sino en otros menesteres, pero, en todo caso, lo de la “arbitrariedad” no deja de ser una opinión personal del autor. Lo importante es saber si el dinero de las donaciones al bando sublevado durante la guerra civil se lo quedó Franco, y aquí los denunciantes no pueden esgrimir otra cosa que sospechas personales. O sea, nada.

No es extraño que Franco, durante la guerra, fuera titular de una abultada cuenta personal en la que se vertieran los donativos de estados, empresas y particulares que simpatizaran con su causa por afinidad ideológica o por interés económico o político. No es extraño porque el líder era él y a su persona se dirigían las donaciones. Ese dinero, entre otras cosas, debería servir para facilitar el exilio de Franco y los suyos en caso de derrota. Viñas ha de saberlo bien porque ha trabajado mucho la biografía de Negrín, el presidente del Gobierno de la República, que, entre otras cosas, organizó el expolio masivo de la denominada “caja de reparaciones”. ¿Qué era la “caja de reparaciones”? Un artificio administrativo creado por el Frente Popular para depositar en él los bienes incautados por sus milicias, ya fueran de titularidad pública o privada. Negrín, cuando tuvo certeza de la derrota, sacó de España todo el botín en el yate “Vita” para aliviar el exilio de la cúpula republicana. A juzgar por la relación que hizo el socialista Amaro del Rosal, responsable de la susodicha “caja de reparaciones”, su valor se aproximaba a unos 300 millones de dólares (Negrín, irrisoriamente, redujo su cuantía a 40 millones). De modo paralelo, perfectamente puede suponerse que el dinero de la famosa cuenta de Franco, esos 34,30 millones de pesetas, tuvieran un origen semejante: donaciones acumuladas para el esfuerzo bélico, y que su finalidad fuera la misma. Al poco de acabar la guerra, esa cuenta desapareció para siempre. Lo más lógico es pensar que el dinero se lo quedó el Estado. Pero esto es exactamente lo que Viñas no puede aceptar, porque entonces se quedaría sin libro.

Algo semejante ocurre con otra supuesta “mordida” que Viñas denuncia: un donativo mensual de 10.000 pesetas por parte de la compañía americana de comunicaciones ITT, que entonces era la accionista principal de Telefónica. Diez mil pesetas de la época equivalen, según Viñas, a 11.000 euros de hoy (El País, 5 de septiembre de 2015). Tampoco es exactamente una fortuna, pero, en fin… ¿Para qué pagaba la ITT ese dinero? ¿Para que Franco no nacionalizara la Telefónica? Eso deja entender Viñas. Pero eso exactamente, nacionalizarla, es lo que hizo Franco en 1945. Más verosímil parece una explicación puramente personal: el presidente de ITT, Sosthenes Behn, era un furibundo anticomunista que apostaba por la victoria de Franco y por eso contribuyó con esa donación personal a través de su empresa. No obstante, Viñas persiste: “Mis sospechas apuntan hacia la posibilidad de que se quedara con la mayor parte de los fondos acumulados”. ¿Sólo sospechas? Sí: sólo sospechas. Y nada más.

Añadamos algo más. Después de la muerte de Franco, y sobre todo a raíz de la victoria socialista en 1982, una legión de inspectores de Hacienda se puso a seguir la pista de las supuestas “fortunas del franquismo”, nómina que incluía no sólo al propio Franco, sino también a muchos de sus ministros. Podemos apuntar el caso concreto de un ex ministro, Fernández de la Mora, que se vio obligado a demostrar que sólo tenía dos vehículos ante la incredulidad de un funcionario al que “le habían informado” de que poseía un verdadero parque móvil de lujo. El hecho es que todas aquellas investigaciones se quedaron en nada. Eso sin contar con que buena parte de los oligarcas que hicieron dinero con el franquismo seguían ocupando posiciones de poder con la democracia, y no en el campo político, sino en el financiero e industrial. Desde entonces se dio por definitivamente frustrada la búsqueda de la presunta corrupción de Franco. Es llamativo que el asunto haya resucitado artificialmente hoy, cuando el sistema democrático amenaza ruina precisamente por la corrupción.

Solo dos observaciones: el tesoro del Vita era solo una parte, seguramente menor, de lo expoliado a particulares y al tesoro artístico-histórico español (otra parte considerable fue simplemente destruida). Y no creo que Franco, contra lo que supone Esparza, estuviera poseído por el afán de mando. Mejor me parece la descripción de Fernández de la Mora: “No amaba el poder, despreciaba profundamente la politiquería y solo hacía uso de su autoridad cuando era absolutamente necesario (…) Básicamente me pareció un sentimental, más bien tímido pero regido por una voluntad de hierro, una razón muy respetuosa con los datos y un coraje sobrehumano”

Origen: La cara de Ángel Viñas y la otra cara de Franco | La Gaceta

2 comentarios en “La cara de Ángel Viñas y la otra cara de Franco – Pio Moa

  1. De acuerdo basicamente en todo; sin embargo hay una precisión que hago y que conviene aclarar: sí se nacionalizó TELEFONICA, PERO NO SE ESTAMPILLARON TODAS LAS ACCIONES.

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  2. Es imperdonable que Franco consiguiera la paz social y una clase media mayoritaria próspera que hiciera posible una transición a la democracia. Insisto, es imperdonable que nuestra democracia la haya legitimado el pueblo que dejó el régimen de Franco. Franco es “la fiebre del oro” de estos “buscadores”, persisten en escudriñar archivos y cunetas y es imperdonable su imposibilidad de consolidar la sentencia suprema definitiva que le gane la guerra a Franco. El Himalaya de falsedades y mentiras es el parapeto imprescindible de las últimas ratas del régimen, comían del franquismo y aprovecharon la etapa del perdón nacional para pasar en ese momento desapercibidos y cobijarse tras el burladero del antifranquismo. El fenómeno que les aqueja es realmente complicado, es como una especie de “síndrome de estocolmo” autogenerado y autoimpuesto, para conseguir sobrevivir sin problemas de consciencia.

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