No, las cruzadas no fueron guerras santas

El discurso de la equidistancia que se ha puesto de moda esta semana ha terminado derivando en el rescate de las cruzadas como agresión primera y justificación última de los crímenes actuales de la yihad islámica. Claro que las cruzadas son para el adolescente español medio, irremediablemente logsetomizado y con las letras justas para andar por la vida, tan desconocidas como la cara oculta de la Luna lo fue para los astrónomos hasta que los rusos enviaron una sonda allí a finales de los años cincuenta. Llega uno a un plató de televisión, suelta la palabra cruzada y al joven espectador se le amontonan las imágenes de Assassin’s Creed, un videojuego ambientado en la Jerusalén medieval en la que el protagonista despliega una crueldad sin límite para ir cumpliendo las misiones y avanzar por la trama. Muchos ignoran que el protagonista de Assasin’s Creed se llama Altair Ibn-Lahad, miembro de los Hashshashin, una secta musulmana que operó entre los siglos XI y XIII y cuya misión era llevar a cabo asesinatos selectivos, básicamente de generales cristianos. La secta de los Hashshashin terminó desapareciendo de la faz de Tierra Santa al igual que sus enemigos los cristianos. Como nota curiosa, a esta extraño orden islámica de asesinos profesionales la aniquilaron otros musulmanes, con gran saña por cierto.

Las cruzadas fueron más un movimiento defensivo que ofensivo aunque su apariencia sea la contraria

Las cruzadas duraron unos trescientos años, fueron un empeño conjunto de los reinos de la Europa occidental, especialmente del de Francia, que, con la bendición papal se propusieron recuperar para la cristiandad los santos lugares. Fue una sucesión de guerras religiosas pero no guerras santas, al menos al modo en que este último concepto lo han entendido los musulmanes de todos los tiempos. El trasfondo de las cruzadas, nueve en total, fue religioso sí, pero la intención de los cruzados no era tanto expandir el cristianismo como recuperar lo que ya antes había sido cristiano y que las invasiones musulmanas lo habían sometido a sangre y fuego en los siglos precedentes. El Papa, de hecho, llamó a la grey cristiana a combatir en oriente para garantizar el acceso de los peregrinos a Tierra Santa y, ya de paso aunque no lo confesaba abiertamente, para reunificar una cristiandad que había quedado fracturada tras el cisma ortodoxo del año 1054. No es casualidad que la Primera Cruzada fuese convocada en 1095, solo unas décadas después de que los patriarcas orientales rompiesen con el Papa de Roma.

Si nos atenemos a los hechos, las cruzadas fueron más un movimiento defensivo que ofensivo aunque su apariencia sea la contraria. Jerusalén era uno de los centros del cristianismo, sede de uno de los cinco patriarcados de la iglesia durante el Imperio Romano. Su pérdida a manos de los musulmanes en el año 637 supuso un impacto muy severo dada su simbología emocional. Si el lugar donde había transcurrido la muerte y buena parte de la vida de Jesucristo caía ante los infieles la Cristiandad podía considerarse incompleta. Era imperativo reconquistarla, pero no era posible. El único en condiciones de recuperarla era el emperador de Bizancio, pero éste carecía de suficiente fuerza y tenía que atender varios frentes. Los primitivos reinos cristianos del occidente europeo, por su parte, aun eran demasiado débiles o se estaban conformando. Esa es la razón por la que las cruzadas se demoraron tanto en el tiempo. Fue, por resumirlo mucho, una defensa en diferido de un territorio que no se había podido defender adecuadamente en su momento.

Los ejércitos musulmanes que tomaron Jerusalén en 637 venían poseídos, estos sí, por la mística de la guerra santa, una orden expresa del Corán, su texto sagrado, concebida como medio principal y casi único para expandirse y apoderarse del mundo. El cristianismo no había operado de la misma forma. Occidente no se cristianizó en base a guerras sino a seducción, fue una religión que, al menos en sus orígenes, se impuso de abajo a arriba. Cuando el emperador Constantino “legaliza” el cristianismo lo hace porque una mayoría de sus súbditos ya son cristianos, empezando por su propia madre, Elena de Constantinopla, a quien la Iglesia posteriormente elevaría a los altares por los servicios prestados. A otros pueblos de Europa, a los del extremo norte por ejemplo, si se les cristianizó a la fuerza. A los de América en parte también, aunque en ambos casos la pacífica y sosegada labor de las misiones y las órdenes religiosas fue la que terminó evangelizándolos definitiva e irremisiblemente.

El presente es que los musulmanes siguen empleando la guerra santa y los cristianos no, luego cualquier comparación es absurda

Las cruzadas del norte, acaudilladas por la Orden Teutónica y dirigidas a convertir por las malas a los escandinavos, no dieron comienzo hasta bien entrado el siglo XII. Para entonces los musulmanes se habían extendido desde las llanuras asiáticas hasta la península ibérica bajo la consigna de la yihad más implacable. Por lo cual se puede concluir que la guerra santa no es un invento cristiano, aunque si es cierto que los cristianos la emplearon en algunas ocasiones puntuales, eso sí, travistiéndolo para que pareciese otra cosa. Pero todo esto es, a fin de cuentas, historia y nada más que historia. Ayuda a explicar el presente pero no es el presente. El presente es que los musulmanes siguen empleando la guerra santa y los cristianos no, luego cualquier comparación es absurda, cualquier intento de poner al mismo nivel a unos y a otros no es más que ganas de marear la perdiz para apuntalar una agenda política muy concreta. Las guerras religiosas en Occidente concluyeron a mediados del siglo XVII, hace casi cuatrocientos años, el Islam, por el contrario, sigue sacudido por conflictos de este tipo. No se usted, pero yo personalmente creo que se lo deberían hacer mirar.

Origen: Vozpópuli – No, las cruzadas no fueron guerras santas

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