Suecia se sume en la anarquía – Ingrid Carlqvist

Érase una vez un seguro Estado del bienestar llamado Suecia, donde la gente no solía cerrar la puerta.

Ahora ese país es un Estado de vigilantes nocturnos; cada hombre depende de sí mismo.Cuando el ministro de Justicia, Morgan Johansson, anima a infringir la ley, ello significa abrir las puertas a la anarquía. El Sr. y la Sra. Sueco tienen motivos de sobra para preocuparse, debido a la entrada en el país de 190.000 inmigrantes sin empleo ni cualificación prevista para este año: el equivalente al 2% de la actual población de Suecia. Esa cifra equivale a que 6,4 millones de inmigrantes sin dinero y que no hablan inglés llegaran a Estados Unidos en un año, o a que 1,3 millones entraran en Gran Bretaña.

Y los suecos se están preparando: la demanda de licencias de armas de fuego está aumentando; cada vez más suecos se unen a clubes de tiro y forman grupos de vigilantes.Tras un ligero descenso en 2014, el número de nuevas licencias de armas ha vuelto a incrementarse de manera significativa este año. Según las estadísticas policiales, en Suecia hay 1.901.325 armas registradas, propiedad de 567.733 personas. Añádase a esto un número desconocido de armas ilegales. Para conseguir un permiso de armas hay que tener al menos 18 años, respetar la ley, tener buena conducta y poseer una licencia de caza o ser miembro de un club de tiro registrado. En 2014 11.000 personas obtuvieron una licencia de caza: el 10% más que el año anterior. 1 de cada 5 eran mujeres.

“Ahora mismo también hay una gran demanda de sistemas de alarma”, cuenta un vendedor de una de las empresas de seguridad en una entrevista con Gatestone. Y añade:

“Se debe en buena medida a las turbulencias que vemos en el país en estos momentos. La gente ha perdido confianza en el Estado. La Policía ya no acude. Los camioneros dicen que cuando ven a un ladrón vaciando el depósito de uno de sus camiones, van a por ellos con un bate de béisbol. No sirve de nada llamar a la Policía, pero si le das al ladrón al menos podrás evitar que robe más diesel. Muchos propietarios de viviendas dicen lo mismo: duermen con un bate de béisbol bajo la cama. Pero es arriesgado: la Policía puede decir entonces que estabas dispuesto a emplear la fuerza, y eso puede volverse en contra tuya”.

El vendedor, que pidió permanecer en el anonimato, habló también de los numerosos grupos de Facebook suecos, donde gente de diversas localidades discute abiertamente cómo piensa protegerse: “A veces te quedas alucinado cuando ves lo que escriben. Pero hay que entender que los suecos se asustan de verdad cuando abren un albergue de acogida en su localidad. Pueden ver lo que ha sucedido en otros lugares”.

Un blog en el que se detallan las consecuencias que tiene para la población local la apertura de uno de esos albergues se llama, muy adecuadamente, Asylkaos (Asilo Caos). Incluye unalista de empresas a las que se invita a boicotear; según el blog esas empresas apoyan la transformación de Suecia en una sociedad multicultural y, por tanto, se las considera hostiles a los suecos.

En otra empresa de seguridad, un vendedor afirma que cada vez que el Servicio de Inmigración compra o alquila nuevas residencias, su firma se ve inundada de llamadas: “Al día siguiente la mitad del pueblo llama y quiere comprar sistemas de alarma”.

Ronny Fredriksson, portavoz de la empresa de seguridad Securitas, dice que la demanda de sistemas domésticos de alarma se disparó hace unos seis años, cuando cerraron muchas comisarías locales y la Policía se trasladó a las grandes ciudades. Eso, explica, podía hacer que el tiempo de respuesta fuera de varias horas.

Cada vez más gente emplea ahora los servicios de nuestros guardias de seguridad. Los centros comerciales y las tiendas de las ciudades acuden juntas y contratan guardias. Somos un poco como los antiguos policías de proximidad.

Aunque Securitas gana mucho con la mayor necesidad de alarmas domésticas y guardias de seguridad, Fredriksson dice que también están preocupados por el efecto que tiene en la sociedad:

“El problema es que nosotros también necesitamos a la Policía. Cuando nuestros guardias atrapan a un ladrón o a una persona violenta, llamamos a la Policía, pero sus tiempos de respuesta a menudo son muy largos. A veces los detenidos se ponen violentos y peleones. En una ocasión la Policía nos dijo que soltáramos a la persona que habíamos detenido si teníamos su identidad porque no tenían ninguna patrulla que estuviera cerca”.

Antes incluso de la masiva entrada de inmigrantes en otoño de 2015, los suecos sentían la necesidad de protegerse, y con razón. Desde que el Parlamento decidiera en 1975 que Suecia debía ser multicultural y no sueca, el crimen se ha disparado. Los delitos violentos han crecidoen más de un 300%, y las violaciones en un increíble 1.472%.

Sin embargo, los políticos ignoran completamente los temores de la gente. Jamás se habla de ello. En cambio, la gente que manifiesta su preocupación por la clase de país en que se ha convertido Suecia es acusada de xenofobia y racismo. Lo más probable es que ésa sea la razón por la que cada vez más personas deciden ocuparse ellas mismas de sus asuntos y protegerse a sí mismas y a sus familias lo mejor que pueden.

En cualquier caso, hay gente que no se conforma con eso. Parece que algunos están intentando frenar la inmigración masiva a Suecia. Casi a diario hay noticias de incendios en residencias de acogida. De momento, y milagrosamente, no ha habido heridos.

Esos fuegos no sólo los provocan suecos. El 13 de octubre, una mujer de 36 años residente en Skellefteå fue acusada de incendiar el albergue en el que ella misma residía. La mujer alegó que había encendido una vela y luego se había quedado dormida. Pero las pruebas forenses demostraron que se había derramado líquido combustible por la habitación, y el tribunal consideró, más allá de toda duda razonable, que ella misma había provocado el incendio.

A la izquierda, los restos calcinados de un hogar para demandantes de asilo en Munkedal, Suecia, luego de que fuera incendiado el mes pasado. A la derecha, disturbios en un suburbio de Estocolmo en diciembre de 2014.

El número de incidentes violentos en instalaciones del Servicio de Inmigración Sueco es ahora astronómico. El 2013, según Dispatch International, se producía al menos un incidente al día. Cuando recientemente Gatestone Institute tuvo acceso a la lista correspondiente al periodo entre el 1 de enero y el 29 de octubre de 2015, el número había ascendido a 2.177 incidentes de amenazas, violencia y reyertas: como media, tres al día.

Sin embargo, el Gobierno sueco parece preferir no hablar de ello. La ministra de Exteriores Margot Wallström admitió en una entrevista concedida al diario Dagens Nyheter –que suscitó la atención internacional– que Suecia, de hecho, va camino de un colapso del sistema:

“La mayoría de la gente parece creer que no podemos mantener un sistema en el que puede que cada año lleguen 190.000 personas. A largo plazo, nuestro sistema colapsará. Esta acogida no tendrá apoyo popular. Queremos darle a la gente que viene aquí un recibimiento digno”.

Como es característico en los periodistas suecos, estas declaraciones se camuflaron al final del artículo. El titular hablaba de cómo el Partido Demócrata Sueco (Sverigedemokraterna), que critica la inmigración, es responsable de los incendios en los albergues. Pero medios extranjeros, como The Daily Mail y Russia Today se fijaron en la advertencia de Wällstrom sobre un colapso del sistema y la presentaron como la noticia urgente que en realidad es.

Sin embargo, en la Suecia oficial ignoran ese inminente colapso. En cambio, los periodistas se centran exclusivamente en ataques de suecos supuestamente racistas contra centros de refugiados. Para evitar nuevos incendios, el Servicio de Inmigración decidió el 28 de octubre que en adelante se mantendría en secreto la dirección de todas las instalaciones de acogida. Y los escasos recursos policiales se estirarán aún más para proteger a los solicitantes de asilo. Los helicópteros de la Policía incluso patrullarán los centros de refugiados. Pero considerando que sólo hay disponibles cinco helicópteros, y que la superficie terrestre de Suecia es de 407.340 kilómetros cuadrados, en la práctica se trata de un gesto hueco.

En una reunión del Consejo Nórdico celebrada el 27 de Octubre en Reykjavik (Islandia), el primer ministro sueco, Stefan Löfven, fue interrogado por sus colegas acerca de la situación del país. Löfven había afirmado recientemente: “Deberíamos tener la opción de reubicar a la gente que solicita asilo en Suecia en otros países de la UE. Nuestra capacidad también tiene un límite. Estamos afrontando un cambio de paradigma”. Ese comentario hizo que un representante del Partido de los Finlandeses (Sannfinländarna) se preguntara, con cierta ironía, cómo la inmigración masiva a Suecia, que los políticos suecos habían declarado tan beneficiosa durante años, de pronto se había convertido en una carga.

Otro representante del mismo partido finés, Simon Elo, señaló que la situación en Suecia estaba fuera de control: “Suecia tiene grandes capacidades, pero ni siquiera los suecos tienen capacidades tan grandes”.

Cuando preguntaron a Löfven cómo afrontaba las verdaderas preocupaciones y exigencias de la ciudadanía, su respuesta fue lacónica: “Desde luego, comprendo que haya preocupación. No es fácil. Pero al mismo tiempo, hay 60 millones de personas que están huyendo. También se trata de que son personas como nosotros, y espero que ese punto de vista sea el que prevalezca”.

El tabloide diario Expressen preguntó a Löfven acerca de los ataques contra los refugios. Respondió: “Nuestras comunidades no deberían caracterizarse por las amenazas y la violencia, deberían ser amables y mostrar solidaridad”.

Como si pudiera obligarse a eso.

Muchos suecos consideran la inmigración un matrimonio a la fuerza: Suecia se ve obligada a casarse con un hombre que no ha elegido, pero se espera que lo ame y honre aunque la pegue y la maltrate. Y, como remate, sus padres (el Gobierno) le dicen que sea amable y le muestre solidaridad.

Cada vez más comentaristas suecos están llegando a la misma conclusión: que Suecia se tambalea al borde del colapso. El editorialista Ivar Arpi, del diario Svenska Dagbladet, escribióel 26 de octubre un sorprendente articulo sobre una mujer llamada Alexandra von Schwerin y su marido. La pareja vive en la granja Skarhults de Skåne, en el sur de Suecia; les han robado tres veces. La última vez les robaron un quad, una furgoneta y un coche. Cuando llegó la Policía, Von Schwerin les preguntó lo que debía hacer. Le dijeron que no podían ayudarla: “Todos nuestros recursos están destinados temporalmente al centro de recepción de inmigrantes de Trelleborg y Malmö. Ahora mismo estamos desbordados. Así que le sugiero que se ponga ene contacto con el grupo de vigilantes de Eslöv”.

Lo que la Policía denominaba “un grupo de vigilantes” resultó ser un grupo de propietarios de negocios. En 2013, después de que les hubieran robado prácticamente cada noche, decidieron unirse y comenzar a patrullar la zona ellos mismos. Actualmente pagan a una empresa de seguridad para que vigile sus locales.

“En principio, estoy totalmente en contra de ello”, decía Von Schwerin. “¿Qué hará la gente que no puede permitirse la seguridad privada? Quedarán desprotegidos. Estoy segura de que me uniré, pero muy a regañadientes. Por primera vez tengo miedo de vivir aquí. ¿Ahora resulta que el Estado y yo hemos acordado que nuestro contrato mutuo se esté renegociando?”

La comentarista de sociedad y ex ombudsman para los refugiados Merit Wager escribe:

“Así pues ¿se supone que los suecos tienen que contratar y pagar su seguridad y la de sus familias, y evitar que roben en sus granjas, aunque hasta ahora todo eso estaba incluido en el contrato social, por el cual pagamos elevados impuestos, para tener una Policía con la que podemos contar para que nos defienda y detenga a los criminales? ¿Cuándo expiró el contrato social? ¿En octubre de 2015? ¿Sin previo aviso, porque la parte que gasta los impuestos no está cumpliendo con su parte del acuerdo? ¿Eso significa que nuestra parte del acuerdo –pagar impuestos por unos servicios públicos comunes– también ha quedado invalidada? Si el contrato social se ha roto, es que se ha roto. Entonces esto es un ‘que cada cual se las componga’ (anarquía, indefensión, ausencia de protección), y eso significa que cada uno de nosotros debería pagar menos impuestos”.

Ilan Sadé, abogado y comentarista de sociedad, escribía el 27 de octubre sobre el caos de refugiados en la estación central de ferrocarril de Malmö en el blog Det Goda Samhället: “Las autoridades ya no respetan el contrato social”. Describía cuatro grandes señales colocadas en torno a la estación en las que ponía “¿Refugiado? ¡Bienvenido a Malmö!” en cuatro idiomas.

“No está claro quién envía el mensaje ni, si a eso vamos, quién está a cargo de las instalaciones de recepción, una serie de cobertizos situados junto a la antigua oficina de correos del puerto. Todo es de lo más confuso. Podría ser la ciudad de Malmö o el servicio de Inmigración, pero también ‘Refugees Welcome’ o, posiblemente, una comunidad religiosa. Me digo que no es lógico que una agencia gubernamental escriba algo así; una señal correcta y pertinente diría algo como: ‘Los solicitantes de asilo deberán dirigirse a los cobertizos para recibir más información y ser trasladados’. Pero probablemente me equivoque: la ciudad de Malmö es la principal sospechosa (…) Las señales de la estación central y sus alrededores son sintomáticas de algo increíblemente serio: la confusión de roles y la decadencia del Estado constitucional. Y, en consecuencia, de que nuestras autoridades ya no respetan el contrato social”.

En una entrada titulada Anarquía, el bloguero Johan Westerholm, miembro del Partido Socialdemócrata y crítico con el Gobierno, escribía que el ministro de Justicia y Migración, Morgan Johansson, estaba instando ahora a las autoridades a “ser pragmáticas” en cuanto a leyes y regulaciones (relativas al alojamiento de los denominados “niños refugiados no acompañados”). Westerholm declaró que ello equivale a que el Gobierno “abra las puertas a la anarquía”:

“Nuestro país se basa en la ley; el Parlamento legisla y los tribunales la aplican. Las declaraciones de Morgan Johansson y su enfoque, por lo demás pasivo, son un testimonio de cómo nuestra clase de democracia puede desvanecerse en la memoria dentro de muy poco. Ha colocado la primera pìedra en la construcción de un Estado que descansa sobre otros principios. La anarquía”.

Si realmente estalla la anarquía sería bueno recordar que hay cerca de dos millones de armas de fuego registradas en Suecia. Se ha disparado el interés por los clubes de tiro; muchos de ellos están recibiendo últimamente a muchos nuevos miembros.

Origen: Suecia se sume en la anarquía

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