Arabia Saudí, la cloaca mundial de los derechos humanos – Douglas Murray

Todo lo que sucede en Ginebra supera a la sátira. Pero lo sucedido la semana pasada es una prueba de ello que resulta indignante aun para los estándares de Naciones Unidas. Porque esta semana nos enteramos (gracias a la excelente organización UN Watch) de que Arabia Saudí había sido elegida para presidir uno de los principales comités del UNHRC. Dicho comité elige a los altos cargos que establecen los estándares internacionales de derechos humanos, y debe informar de las violaciones de derechos humanos en todo el mundo. Este grupo de embajadores, constituido por cinco miembros, presidido ahora por Arabia Saudí, se conoce como Grupo Consultivo, y tiene autoridad para elegir a los candidatos a más de 77 puestos relacionados con cuestiones de derechos humanos en todo el mundo. Parece que la designación del enviado de Arabia Saudí ante el UNHRC, Faisal Trad, tuvo lugar antes del verano, pero los diplomáticos de Ginebra han guardado silencio al respecto desde entonces.

Que este hecho no se haya filtrado hasta meses después de producirse plantea la posibilidad de que el Consejo de Derechos Humanos, contrariamente a la opinión generalizada, tenga cierto sentido de la vergüenza. De no ser así, ¿por qué no proclamar a los cuatro vientos que Arabia Saudí había obtenido este prestigioso puesto? ¿Por qué no hacer un comunicado de prensa? Al fin y al cabo, Arabia Saudí y, por extensión, el UNHRC, no tienen nada de lo que avergonzarse, ¿verdad?

Pero, por desgracia, no es así; no hay semana en la que Arabia Saudí no demuestre al mundo por qué mantiene la reputación de ser una de las peores cloacas del mundo en lo que respecta a derechos humanos. Puede que los saudíes hayan decapitado este último año a más gente que el Estado Islámico, pero estos casos sólo muy de vez en cuando consiguen despertar levemente el interés mundial. Ocasionalmente se produce algún caso que logra emerger ante la opinión pública. Uno de ellos es el del bloguero Raif Badawi, condenado el año pasado a 10 años de prisión (que está cumpliendo actualmente) y a 1000 latigazos por “insultar al islam”. El sufrimiento de Badawi, que ya ha recibido lo primeros 50 latigazos, y que aguarda en la cárcel a recibir los siguientes, ha despertado la atención mundial y suscitado condenas a Arabia Saudí. La respuesta del reino ha sido criticar enérgicamente la “campaña mediática en torno a este caso”.

Pero está claro que ser el foco de atención de la opinión pública mundial es algo que molesta a las autoridades saudíes; es un hecho que merece ser tenido en cuenta. Y no es que no tengan nada que ocultar. Esta semana ha surgido un caso que debería suscitar, al menos, tanta atención como el de Raif Badawi.

Alí Mohamed al Nimr tenía tan sólo 17 años cuando, en 2012, fue detenido por las autoridades saudíes que reprimían las protestas antigubernamentales en la provincia chií de Qatif. Fue acusado de participar en manifestaciones prohibidas y de delitos relacionados con armas de fuego, pese a carecer por completo de pruebas de estos últimos. A Al Nimr se le negó asistencia legal y, según varias organizaciones de derechos humanos, habría sido torturado y obligado a firmar una confesión mientras estaba detenido. Sus defensores afirman que parece que se convirtió en objetivo de las autoridades debido a la relación de su familia con el jeque Nimr al Nimr, de 53 años, crítico con el régimen saudí, y que es tío del detenido. El jeque también ha sido condenado a muerte. Tras la confesión y el juicio, su sobrino fue condenado a muerte por el Tribunal Penal Especial saudí. El propio juicio no cumplía los estándares internacionales. Al Nimr recurrió la sentencia, pero su recurso ha sido desestimado esta semana. Es probable que él y su tío sean ejecutados. Dado que los cargos que pesan sobre ellos están relacionados con el monarca saudí y con el propio Estado, lo más probable es que el método de ejecución sea la crucifixión.

Los disidentes saudíes presos Raíf Badawi (izquierda) y Alí Mohamed al Nimr (derecha).

Si esto sirviera para que otros participantes en la farsa del UNHRC en Ginebra mostraran un mínimo de preocupación, al menos sería un consuelo. Porque la crucifixión en Arabia Saudí ya no es lo que era. De hecho, comienza con la decapitación de la víctima, cuyo cuerpo decapitado es posteriormente colocado en una cruz, a la vista del público. Es un castigo que, al parecer, no sólo cumple con la sharia, sino, hemos de suponer, también con Ginebra.

Naturalmente, Ali Mohamed al Nimr era menor en el momento de su detención, así que las autoridades saudíes no sólo van a crucificar en 2015 a alguien a quien extrajeron una confesión mediante tortura, sino a alguien al que detuvieron siendo menor de edad. Puede que las autoridades del Consejo de Derechos Humanos de Ginebra se sonrojen al nombrar a delegados saudíes para presidir sus comités de derechos humanos. Pero no parece que ello esté afectando a su comportamiento. Igual que las autoridades saudíes consideran que el problema es la atención internacional, y no azotar hasta la muerte o crucificar a la gente tras decapitarla, el UNHRC cree que lo malo es el hecho de que el público se entere de sus grotescos nombramientos, no los nombramientos en sí.

La atención mundial sobre el caso de Raif Badawi no ha logrado, de momento, su liberación, pero al menos parece haber retrasado la próxima tanda de azotes. Lo que sugiere que las autoridades saudíes tienen capacidad de sentir cierto grado de vergüenza. Eso, a su vez, debería despertar alguna esperanza entre aquellos a quienes importan los derechos humanos. También debería ser un recordatorio para todos nosotros: debemos despertar la atención mundial sobre el caso de Alí Mohamed al Nima y los de muchos que, como él, padecen un Gobierno y un sistema judicial que debería avergonzar profundamente a todo el mundo, aparte de Ginebra, aunque no avergüence a Naciones Unidas.

Origen: Arabia Saudí, la cloaca mundial de los derechos humanos

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