El desagravio a los españoles sin patria

Palabras de Su Majestad el Rey en el acto solemne con motivo de la Ley 12/2015 en materia de concesión de nacionalidad española a los sefardíes originarios de España

Palacio Real de Madrid, 30.11.2015

D​eseo comenzar mis palabras con el recuerdo de un hecho para mí verdaderamente entrañable: el pasado mes de abril recibí de manos de los sefardíes miembros de la Plataforma Erensya un regalo con una gran carga simbólica. Era una vieja llave con una dedicatoria en la que se expresaba que ese objeto simbolizaba para ellos la memoria de sus antepasados en la bendita tierra de Sefarad. Algunos de esos miembros de Erensya están aquí hoy con nosotros, llegados de lugares lejanos.

Es sabido que muchos sefardíes han guardado hasta el día de hoy esas llaves, transmitiéndolas de padres a hijos. Pero esta venerable costumbre no nació realmente con el ánimo de crear una evocación romántica y ensoñadora. Nació del convencimiento de que la expulsión sería una decisión pasajera y que, en un plazo razonablemente breve, los judíos podrían retornar a las casas que abrían esas llaves.

Tantas casas, tantas kalishikas de ciudades de España aguardaron largo tiempo a que las llaves retornaran con sus dueños originarios. Pero esto nunca ocurrió y la Historia, tan dura en tantas ocasiones, transformó un acto cotidiano, como es la propiedad o la transmisión de un bien, en un acto evocador que acabó creando la leyenda de la llave de los sefardíes tal como ahora la conocemos.

Hoy nos reunimos en el Palacio Real de Madrid, llamado de “Oriente” porque aunque está situado en el occidente de la ciudad, mira también hacia Levante, hacia la Plaza de Oriente. Y hoy quisiera que esa mirada nos lleve en esa misma dirección hasta el otro lado del Mediterráneo, de donde parte el tronco común judeo-cristiano.

Por ello y por su significado institucional han escogido este lugar, cargado de gran simbolismo, para honrar una Ley que he tenido el gran honor y orgullo de sancionar como Jefe del Estado: se trata de la Ley 12/2015 de 24 de junio, en materia de concesión de la nacionalidad española a los sefardíes originarios de España. Y quiero subrayar especialmente que esta Ley ha obtenido un amplio consenso de los grupos parlamentarios en ambas cámaras, lo que da una idea de su importancia y profundidad histórica.

Merced a ella, muchos sefardíes, o descendientes de sefardíes, podrán obtener la nacionalidad española de forma plena y en igualdad con el resto de los ciudadanos de nuestro país.

Subrayando la página de la historia que hoy escribimos, considero que la Ley aprobada y el acto que celebramos reafirman el deseo de que esas llaves a las que aludí al comienzo de mis palabras abandonen el halo de la leyenda para representar ahora una nueva y definitiva apertura de las puertas de España a los hijos de Sefarad

Señoras y señores,

No es un privilegio frecuente el poder escribir nuevas y positivas páginas de la Historia. Pero tengo el convencimiento de que en esta ocasión, con esta Ley y con el acto que hoy nos congrega, todos los aquí presentes sentimos que nos encontramos ante una de esas oportunidades.

La presencia judía en España ―en Sefarad― es antigua, desde antes de la romana, durante ésta y la visigoda, en los tiempos de Al-Andalus y en la unión de los reinos Cristianos en la Edad Media…; y hasta el nacimiento del Estado moderno, cuando decisiones y coyunturas políticas truncaron esa historia. A través de esta norma regresa, formalmente, al tronco común de la nación española una de sus ramas que, en su día, fue tristemente separada.

Se trata de la culminación de un proceso de reencuentro que comenzó en la segunda mitad del siglo XIX; que dio pasos políticos y jurídicos decisivos en el siglo pasado, incluyendo el firme amparo de los españoles a los sefardíes, y a muchos otros judíos, durante la Segunda Guerra Mundial; como ya recordaba el ministro, y que ya vivió otro relevante paso jurídico con la enmienda al Código Civil ―propuesta por el diputado Ernest Lluch y aprobada por el Congreso en el año 1982― para equiparar a los judíos sefardíes de origen español con los nacionales de los países iberoamericanos, de Filipinas y de otros antiguos territorios.

Pero este concepto de reencuentro al que hago mención no se ciñe sólo a la gran Historia, sino también a la intrahistoria que afecta a la vida cotidiana de las personas. Citando la Exposición de motivos de la propia Ley, y cito “los hijos de Sefarad mantuvieron un caudal de nostalgia inmune al devenir de las lenguas y de las generaciones… en el lenguaje de sus ancestros remedaban los rezos y las recetas, los juegos y los romances. Mantuvieron los usos, respetaron los nombres que tantas veces invocaban la horma de su origen y aceptaron sin rencor el silencio de la España mecida en el olvido”.

En este mismo sentido, quiero asociar la palabra “reencuentro” con otra igualmente relevante: “gratitud”. Queridos sefardíes, gracias por vuestra lealtad y por guardar como un preciado tesoro vuestra lengua ―el judeoespañol o djudezmo y también la haquetía―, y vuestras costumbres, que no son otras que las nuestras. Y gracias también por haber hecho prevalecer el amor sobre el rencor y por haber enseñado a vuestros hijos a amar esta patria española.

La perspectiva de los siglos y los propios estudios historiográficos demuestran una conclusión que podría resumirse en esta idea: ¡Cuánto os hemos echado de menos! Con esta Ley queremos expresaros que contamos con vosotros para caminar juntos, porque todos somos ciudadanos españoles, en la construcción de una España cada día mejor. Esperamos mucho de vosotros, pues no olvidamos el talento y la contribución que la comunidad sefardí española realizó durante tantos siglos de la mano de personalidades como Maimónides o Abén Ezra, y tantos otros.

Un antiguo proverbio sefardí afirmaba que “quien no tiene una casa es vecino de todo el mundo”. Yo hoy quiero deciros que ya estáis de nuevo en vuestra propia casa, que ya habéis vuelto, para siempre a vuestro hogar.

Subrayando la página de la historia que hoy escribimos, considero que la Ley aprobada y el acto que celebramos reafirman el deseo de que esas llaves a las que aludí al comienzo de mis palabras abandonen el halo de la leyenda para representar ahora una nueva y definitiva apertura de las puertas de España a los hijos de Sefarad.

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