La revancha callejera – Juan Van-halen

JUAN VAN-HALEN ES ESCRITOR Y ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA HISTORIA Y DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO

«La unión del revanchismo y la ignorancia no supone nuevas ocurrencias, en las que algunos son tan pródigos, sino atentados contra el sentido común, la objetividad y la mesura. Sólo un sectarismo inasumible a estas alturas del siglo XXI, a casi ochenta años de concluida la Guerra Civil, explica la desmesurada revancha callejera que se anuncia»

PARECE que ya hay fecha para que el Ayuntamiento de la capital del Reino cambie de nombre más de un centenar de calles: días después de las elecciones. Ahora Madrid con el apoyo de PSOE y de Ciudadanos ya lo está decidiendo en muchos distritos. La medida se apuntala en la mal llamada ley de Memoria Histórica que sorprendentemente el Gobierno actual no derogó. Fui ponente en el debate de la ley en el Senado y reconozco que no acerté en la previsión de lo que ocurriría con aquella norma cuando dejasen el Gobierno quiénes entonces lo ostentaban. La «memoria histórica» no se incluyó en el programa electoral socialista ni en el discurso de investidura de Zapatero. Teniendo en cuenta la legislación aprobada desde la Transición para cerrar viejas heridas, aquél fue un brindis al radicalismo. En la amplia lista que ha circulado abundan la incoherencia y la desmesura.

En no pocos casos ese cambio de nombre de calles y otros espacios urbanos supone un disparate sin sostén claro en el propio texto de la ley ya que en la persecución callejera se incluyen nombres de intelectuales que antes y después de la guerra civil alcanzaron un reconocimiento objetivo; las personalidades de la cultura son patrimonio común de los españoles más allá de su origen ideológico. No será fácil explicar cómo representantes culturales de la izquierda, aunque fuesen militantes de partidos políticos no democráticos, merecen presencia en el callejero madrileño y los de la derecha no.

Se propone suprimir, entre tantas otras, las calles, plazas, escuelas o placas dedicadas a los escritores y académicos de la Lengua Juan Ignacio Luca de Tena, Agustín de Foxá, Eugenio D’Ors, José María Pemán, Azorín y Ramiro de Maeztu; al dramaturgo Pedro Muñoz Seca y al periodista Alfonso Rodríguez Santamaría, los tres últimos asesinados en el Madrid de la guerra civil; a los escritores Josep Pla y José María Sánchez Silva; a los ceramistas Francisco y Jacinto Alcántara, éste académico de Bellas Artes; al pintor Salvador Dalí; a los arquitectos Modesto López Otero y Pedro Muguruza y al compositor Joaquín Turina, los tres académicos de Bellas Artes y el primero también de la Historia; al jurista y académico de Jurisprudencia y Legislación José Castán Tobeñas; al inventor del autogiro Juan de la Cierva… Esos escritores y artistas eran reconocidos antes de la contienda civil y buena parte de esos académicos lo fueron antes de 1936. Revanchismo contra la cultura que se disfraza de justiciera «memoria histórica».

Para que en la revancha callejera no quede sin representación la Iglesia, se quieren suprimir también los espacios urbanos que recuerdan al obispo e intelectual Leopoldo Eijo y Garay, académico de la Lengua desde 1927 y de Ciencias Morales y Políticas desde 1932; al padre Pedro Poveda, fundador de la Institución Teresiana y Santo desde 2003, asesinado en 1936, y a numerosos mártires: plaza de los Mártires, calle de las mártires Concepcionistas, calle de los mártires de la Ventilla, y avenida de los mártires Maristas; su «franquismo» consistió en ofrecer la vida por su fe; fueron asesinados a principios de la guerra civil en la que obviamente no participaron. Aunque no fuesen en su mayoría eclesiásticos, anoto que se suprimirá la calle que recuerda a los mártires de Paracuellos, episodio de exterminio masivo que, según los archivos soviéticos, ya públicos, fue una orden del entorno de Stalin a sus peones en Madrid –rusos y españoles– que estos cumplieron con diligente sumisión.

Otra incoherente depuración callejera es la que propone cambiar el nombre de la calle dedicada al comandante Franco, salvo que la ignorancia lleve a sus promotores a confundirlo con su hermano. Ramón Franco fue un notorio activista republicano en las conspiraciones previas al 14 de abril. Cuatro meses antes se sublevó en el aeródromo militar de Cuatro Vientos y tuvo que exiliarse. Con la República fue diputado al Congreso por Esquerra Republicana de Catalunya. Al comienzo de la guerra era agregado aeronáutico de la República en Washington, y solo cuando supo que Julio Ruíz de Alda, su compañero del «Plus Ultra», había sido asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid decidió unirse a su hermano. Franco nunca se fió políticamente de él. Ramón Franco tiene una calle en Buenos Aires por su histórico vuelo trasatlántico directo entre Palos de la Frontera y la capital argentina.

Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero cuentan con monumentos en Madrid, muestra de esa supuesta superioridad moral de la izquierda que cierta derecha acepta con tanta mansedumbre como ceguera. Largo Caballero y Prieto fueron dos golpistas reconocidos que prepararon la sangrienta revolución de Asturias en octubre de 1934. El 1º de mayo de 1942, Prieto proclamó en el Círculo Pablo Iglesias de México: «Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera, de mi participación en el movimiento revolucionario de octubre de 1934. Lo declaro como culpa, como pecado, no como gloria». Produjo más de dos mil muertos.

Salvador de Madariaga, intelectual, ministro y embajador republicano, escribe en su obra «España»: «El alzamiento de 1934 es imperdonable (…). Con la rebelión de octubre de 1934 la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936».

He recordado en alguna ocasión que hace décadas Jorge Semprún, que tenía buenos motivos para saberlo, ya denunció la «memoria» al uso de los comunistas en su «Autobiografía de Federico Sánchez»: «Te asombra una vez más cómo funciona la memoria de los comunistas (…), comprobar qué selectiva es. Se acuerdan de ciertas cosas y otras las expulsan de su memoria. La memoria comunista es, en realidad, una desmemoria, no consiste en recordar el pasado, sino en censurarlo».

Lo que no se cuenta es que perviven en España numerosos escudos y símbolos de la República en institutos, escuelas, plazas de toros, parques de bomberos, estaciones de ferrocarril, jardines, rejas de parques, edificios del Banco de España, diputaciones provinciales, ayuntamientos… Y muchos de estos testimonios fueron restaurados varias veces. Han sobrevivido a la República y al franquismo. Tengo localizados –y muchos fotografiados– más de medio centenar, cerca de una decena de ellos en Madrid. A ningún Gobierno se le ocurrió suprimirlos.

La unión del revanchismo y la ignorancia no supone nuevas ocurrencias, en las que algunos son tan pródigos, sino atentados contra el sentido común, la objetividad y la mesura. Sólo un sectarismo inasumible a estas alturas del siglo XXI, a casi ochenta años de concluida la Guerra Civil, explica la desmesurada revancha callejera que se anuncia.

Origen: Kiosko y Más

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