Panegírico a Carrillo – Gabriel Albiac

Aciertos de Carrillo

SI ALGÚN DÍA, LOCO O CANALLA …

Mejor que nadie, Martín Amis ha alzado acta de este estupor, que es el de los de mi edad que se niegan amor irremediablemente imbéciles, irremediablemente cómplices. El libro se llama Koba el terrible, en referencia al apodo familiar de Stalin. Su subtítulo es “la risa y los veinte millones”. Los veinte millones son los asesinados, con planificación metódica, por un Stalin que, desde luego, no estaba loco.

La risa, o la obscena sonrisa complaciente, es la que seguimos exhibiendo, en la alegre y confiada Europa, ante el relato de aquel tiempo aberrante.

Y es verdad que es la pregunta más grave acerca de la distorsión mental en la cual vivimos los hombres de final del siglo pasado y del inicio de éste, no puede ser otra que ésta: ¿qué odiosa perversión nos permite ser, a un tiempo, dignamente implacables con los genocidas hitlerianos y untuosamente benévolos con los genocidas stalinianos?

Porque esos veinte millones de asesinados, a los que Amis se refiere, lo fueron por Stalin, sí. Pero también, y esencialmente, por la bien jerarquizada tropa de asesinos profesionales que, bajo el control directo del GPU y la NKVD, tejieron el nervio de acero de Komintern y Kominform: aquellos “hombres de una materia diferente”, que, en torno al dictador georgiano, desplegaron la mayor red de crimen político que ha conocido la historia moderna (escribo “la mayor”, porque, por fortuna para Europa, el ciclo exterminador del nazismo fue mucho más breve en el tiempo).

Aquellos gigantes, a un tiempo desmesurados y monstruosos, de los que diera cuenta la primera gran novela sobre la matanza en curso: El cero y el infinito de Arthur Koestler, quien dio a su versión inglesa otro título más preciso: “Midnight at Noon”: porque eso era, eso es, sin duda, el stalinismo; decir que es medianoche en pleno mediodía. Y que todos te crean.

Si nos cruzáramos hoy a un tipo que hubiera ejercido de Gauleiter de las SS en Auschwitz, lo más amable que haríamos sería escupirle a la cara.

Nos cruzamos con don Santiago Carrillo y le hacemos un homenaje nacional, con participación de lo más granado (de lo más podrido) de la política española: Barrionuevo, Corcuera y alto comisionado de las víctimas del terrorismo, incluidos. Nadie podrá negar la admirable coherencia estética de la foto de familia. La ética, tampoco.

Santiago Carrillo. Hay que leer la ruda desnudez de la documentación contenida en el imprescindible Miseria y grandeza del PCE, 1939-1985 de Gregorio Morán, para percibir el grado de horror del personaje. El libro fue publicado en 1986 y desapareció casi inmediatamente de las librerías. Los documentos de los que en él da cuenta Morán ya no son accesibles: fueron muy profesionalmente depurados cuando alguien, en Madrid, se apercibió del alto riesgo político de lo allí contenido. Por fortuna, existen los archivos del KGB. Y la sección Carrillo en ellos.

“Si alguna vez yo me volviera loco o canalla, lo que creo que no sucederá …” voz tonante de Santiago Carrillo, aniquilando a su predecesor Uribe en el Pleno del Buró Político de Bucarest. Abril de 1956.

Nace una estrella del post-stalinismo. No, loco no lo fue nunca; sería un excesivo consuelo para lo que hizo. ¿Canalla? ¿Qué aparatchiki comunista que sobreviviera indemne alas purgas de stalinismo y poststalinismo en esos años no lo fue?

No estaba loco el crío de apenas veinte años, a quien los soviéticos encargaron la matanza masiva de los detenidos en Madrid ante el avance franquista. Cinco mil, en Paracuellos fueron ejecutados por Carrillo; de todas las edades y condiciones; sin trámite judicial alguno; en esa amalgama de cuerpos anónimos y barro de fosa común, que sella con su infamia indiferente las prácticas políticas más definitorias del siglo veinte: de Auschwitz a Kolyma.

No. Loco no, el combatiente stalinista que, aún no cumplidos los treinta años, procede a depurar -con la ayuda de su entonces aún colega Claudín- a todos y cada uno de los viejos dirigentes que se interponen en su avance hacia la Secretaría General, en esos que Morán llama los “años de plomo de la era staliniana en el PCE”.

El que sobrevuela los procesos del “Complot del Lux” (eco en la organización española de las purgas stalinianas de posguerra, que aniquilaron, en Siberia, a toda una generación de comunistas, la que se había jugado la vida en la segunda guerra mundial).

El ejecutor de la atroz venganza sentimental de Dolores Ibarruri contra su ex amante Antón, convertido, tras su abandono marital, en agente fascista infiltrado, y condenado, bajo supervisión personal de Ibarruri y control político de Carrillo, a trabajos forzados en Polonia.

El comanditario del asesino del incómodo líder comunista Trilla en Vallecas. El maquinador de las entregas de Quiñones, Monzón y Comorera a sus torturadores y ejecutores.

El liquidador de los estúpidos idealistas que seguían empecinados en una guerrilla que Moscú condenaba …

Nada loco, el hombre que, tras romper con los soviéticos, que tratan de darle un golpe interno en la dirección del PCE cuando lo del 68 checo, pasa hacerse financiar -así seguirá durante los años setenta- por la flor y nata de la democracia mundial: el coreano Kim-Il-Sung y el rumano Ceaucescu … Grandes tipos. Grandes amigos. Ambos.

No. Ni un ápice de locura hubo en la vida tenebrosa de Santiago Carrillo. Crimen, sí; todo. Cinismo, sí; todo. ¿Traición …? – La verdad es que no hay palabras para describir la capacidad de doblez del personaje: superviviente nato, al precio de pasar por encima de los cadáveres de sus más íntimos: Claudín y Semprún incluidos.

Fue un político. En la más odiosa acepción del término. Hoy es una piltrafa física. Moral, lo fue siempre.

Pero somos así de raros, los humanos. A un Gauleiter de las SS, le escupiríamos a la cara. Como mínimo. Al viejo predador staliniano, le rendimos tierno homenaje.

Encantador viejecito. Eichmann, de haber sobrevivido, se le parecería mucho.

Gabriel Albiac es filósofo y escritor.

® La Razón. 18 de Marzo de 2.005.-

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