El clamor de los serbios de Kosovo – Ricardo Ruiz de la Serna

Ricardo Ruiz de la Serna
Analista político

Los cristianos de Kosovo y Metohija -en español, solemos hablar de “Kosovo” sin más- son casi todos serbios ortodoxos. En prácticamente todo el territorio, los albaneses musulmanes son mayoría. Desde hace casi 20 años -el Ejército de Liberación de Kosovo se fundó en 1996- los ortodoxos serbios están padeciendo una destrucción sistemática y minuciosa. Ellos representan la fatal consecuencia del rediseño de fronteras al margen de la historia. Tratados como una minoría extraña en su propia tierra, están condenados a resistir a merced de unas autoridades albanesas de Kosovo incapaces de construir un Estado que respete a sus minorías. Son los grandes olvidados de unos países que decidieron sofocar un conflicto creando otro.

Esta destrucción no es solo física -aunque existe, sin duda, un riesgo, como recordó el ataque terrorista del pasado 7 de diciembre en Goraždevac- sino también cultural. Reducidos a una minoría excluida en su propia tierra, los cristianos padecen la profanación de iglesias y cementerios, la reducción de su vida religiosa a unos pocos enclaves y los estragos en edificios históricos que testimonian la presencia cristiana en la región durante mil quinientos años.

Hoy apenas quedan ciento veinte mil serbios ortodoxos, herederos de una tradición que se remonta al Primer Imperio Búlgaro (839-1014) y después a Bizancio (1018-1180) hasta llegar a la Serbia Medieval (1180-1455). Las comunidades cristinas, que atravesaron cuatro siglos de sometimiento al Imperio Otomano, vienen sufriendo un progresivo declive que la autoproclamada independencia de Kosovo ha acelerado. La limpieza étnica de los serbios de Kosovo es una terrible realidad. Pretender que Kosovo entre en la UNESCO es casi obsceno.

Así, se trata de que no quede vestigio de la presencia ortodoxa serbia en una región que fue el corazón del reino medieval de los Nemanjic. La destrucción del patrimonio y la memoria de los serbios se hace ante la pasividad -cuando no la abierta complicidad- de las autoridades que debían impedirlo. Los daños causados a cementerios e iglesias quedan habitualmente impunes. Se suelen reducir a actos de vandalismo como si no tuviesen un propósito obviamente político dirigido contra una minoría religiosa. Una forma de connivencia con la ruina de los cristianos es la banalización de las distintas formas de violencia que sufren.

Sava Janjic, archimandrita del Monasterio de Dečani (pronúnciese Dechani), suele difundir por las redes sociales imágenes de ese hostigamiento cotidiano: un día es el saqueo de la iglesia de San Demetrio cerca de Pristina, otro es el uso de una iglesia como urinario. No son hechos aislados sino parte de una violencia sostenida y constante que tiende a recluir a los ortodoxos serbios en el silencio y la invisibilidad.

De esta forma, la situación de los cristianos en Kosovo testimonia la incapacidad -o la falta de voluntad- de las autoridades albanesas de Pristina a la hora de garantizar los derechos humanos de esta minoría religiosa. También demuestra el fracaso de todos los que creyeron que el conflicto de Kosovo se resolvería a espaldas de los serbios o a sus expensas. Es imposible construir nada sobre la injusticia y la impunidad.

Hablar del triste destino de los cristianos de Kosovo parece de mal gusto. Sin embargo, no se puede silenciar lo que el islam radical está haciendo en los Balcanes. No hace falta repetir que los violentos no representan a todos los musulmanes. Sí hay que insistir, sin embargo, en que Europa se enfrenta hoy a un desafío que cuestiona sus propios fundamentos como civilización que hunde sus raíces en el pensamiento grecorromano y la tradición bíblica. No podemos traicionar la historia de Europa -con sus luces y sus sombras- en aras de la corrección política. Los radicales y la impunidad propiciada por las autoridades albanesas de Kosovo están acabando con la presencia cristiana en Kosovo ante la pasividad y el silencio de la comunidad internacional.

En general, se habla poco de los serbios de Kosovo. No abren informativos ni se les dedican portadas de periódicos. La violencia contra ellos queda envuelta en la nebulosa de un conflicto casi olvidado y una falsa equiparación entre víctimas y victimarios.

El cristianismo ortodoxo tiene un concepto espiritual muy rico: la “pravda”, que significa, a la vez, verdad, rectitud, justicia y adecuación a los mandamientos de Dios. Ser “justo” en este sentido significa estar -como dice un amigo- en el lado correcto de la historia. Durante más de quince siglos, los serbios de Kosovo han alumbrado una cultura admirable que ha sobrevivido a guerras y persecuciones. Ahora corre el riesgo de desaparecer bajo la mirada de Europa.

Pavel Florenski, sacerdote ortodoxo ruso, matemático, filósofo, historiador y uno de los humanistas más profundos del siglo XX, escribió que todo aquello que se hace, de algún modo, permanece. Nada se pierde. Ojalá tenga razón y el clamor de los serbios de Kosovo llegue a los oídos de Occidente. Y ojalá no sea demasiado tarde

Origen: El clamor de los serbios de Kosovo | El Imparcial

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