Una boda entre guerras – Josè Luis Corral| La Aventura de la Historia | EL MUNDO

V CENTENARIO

El enlace que resolvió los conflictos territoriales de la Península

Miniatura de 1495 con Fernando II de Aragón presidiendo una sesión del Tribunal de Cataluña Archivo de la Corona de Aragón

La ambición de su madre y la rivalidad entre su padre y su hermanastro se conjuraron para que Fernando se convirtiera en el candidato ideal para unificar los reinos peninsulares

JOSÉ LUIS CORRAL Catedrático de Historia Medieval Universidad de Zaragoza

A principios de marzo de 1452, la reina Juana Enríquez, segunda esposa del futuro Juan II de Aragón, siente que el hijo que lleva en sus entrañas está a punto de nacer. Casada en 1444, a los 19 años, con el que entonces es rey de Navarra, Juana es una mujer ambiciosa y llena de orgullo. Desciende del alto linaje de los Enríquez, una rama bastarda de la realeza castellana. Tiene veintisiete años menos que su esposo el rey, al que tras ocho de matrimonio le va a dar el anhelado heredero.

Juan, rey de Navarra desde 1420 por su primer matrimonio con la reina Blanca I, de la que se ha separado para casarse con la castellana Juana, se encuentra inmerso en plena guerra civil. El príncipe Carlos de Viana, hijo de su matrimonio con Blanca, reclama la herencia al trono de Pamplona que por su madre le corresponde y al que Juan no quiere renunciar. Juana Enríquez, que acompaña a su esposo en esa campaña militar, quiere que su primer hijo nazca en Aragón -o al menos eso refieren los cronistas-, de manera que al sentirse de parto pone rumbo a ese reino.

El día 10 de marzo de 1452, “dos horas después de mediodía” y sin ningún contratiempo (“fuera de todo peligro”), el notario certifica que la reina Juana da a luz a un niño, en el palacio de la familia Sada, en la villa aragonesa de Sos. Se trata de Fernando, futuro rey de Castilla y de Aragón. El niño será bautizado casi un año más tarde, en febrero de 1453, en la catedral metropolitana de Zaragoza. Juana es consciente de la importancia de ese pequeño. Su esposo no se lleva bien con su primogénito, el príncipe Carlos de Viana, y esta es la oportunidad para que el recién nacido se convierta en el nuevo heredero.

La guerra civil entre el rey Juan y su hijo Carlos de Viana se alarga. Los vínculos entre ambos se han roto y no hay forma de recomponerlos, menos aún cuando en las Cortes de Estella de 1457 el rey repudia a Carlos y a su madre Blanca y los declara “indignos” de llevar la corona de Navarra. Al año siguiente muere Alfonso V, rey de Aragón. El monarca, que ha pasado casi toda su vida en Italia, no tiene hijos, de manera que el trono lo hereda su hermano Juan II, que se convierte en soberano de la Corona de Aragón. Dotado ahora de un enorme poder, a sus sesenta años vuelca todo su interés en su hijo Fernando, de seis años, al que concede los títulos de duque de Montblanc, duque de Ribagorza y señor de Balaguer.

Entre tanto, Carlos de Viana sigue aferrado a la defensa de sus derechos, y la guerra civil se mantiene viva. Pero en 1461, Juan II apresa a su hijo mayor, que muere el 23 de septiembre en prisión, tal vez envenenado, o quizá de alguna enfermedad pulmonar sobrevenida. La sospechosa y “oportuna” muerte del primogénito deja el camino libre al príncipe Fernando, el favorito, que es jurado como heredero de la Corona de Aragón en la iglesia de San Pedro de los Francos de Calatayud ese mismo año.

Rebelión en Cataluña

Sin embargo, los problemas de Juan II no acaban ahí. El principado de Cataluña se rebela contra el soberano. La Generalidad le niega obediencia el 11 de agosto de 1462 y ofrece la corona condal de Barcelona al rey Enrique IV de Castilla, que renunciará a dicho honor. Comienza una guerra en Cataluña que durará diez años. Al principio de la contienda, Juan II nombra a su hijo Fernando lugarteniente general de Cataluña. No se trata de una medida efectiva desde el punto de vista práctico -Fernando solo tiene diez años-, pero es notorio símbolo de sus intenciones, pues queda claro que el rey de Aragón ratifica a su hijo como heredero y a Cataluña como parte inseparable de su reino. Durante esta guerra, Fernando II va creciendo en edad y experiencia política y militar; participará en su primera batalla en Calaf en 1465, en la que sus tropas saldrán victoriosas.

En la década de 1460 a 1470 los reinos cristianos peninsulares atraviesan un período de convulsiones políticas. En Navarra continúa la guerra civil, aunque poco a poco logra asentarse como heredera la princesa Leonor, hija de Juan II y Blanca I, que será proclamada reina en 1479. En Cataluña, los campesinos se suman a la contienda; todo el Principado bulle en disputas. Y en Castilla se ha abierto la batalla por la sucesión de Enrique IV entre los partidarios de su hija Juana la Beltraneja y los de su hermana Isabel.

En realidad, durante la juventud del príncipe Fernando lo que se está librando en la Península es una enorme contienda por la resolución territorial de los grandes Estados nacionales, con un protagonismo absoluto de la dinastía de los Trastámara, que gobierna tanto en Castilla como en Aragón. El futuro de Castilla se debate entre dos grandes alternativas: la primera, Castilla unida a Portugal, la ambicionada por el rey portugués Alfonso V, que pretende casarse con Juana la Beltraneja; la segunda, Castilla unida a la Corona de Aragón, que ambiciona Juan II al planear la boda de su hijo Fernando con Isabel de Castilla.

Son muchos los contemporáneos que ven en esta unión matrimonial la solución política y dinástica a los males de los reinos cristianos peninsulares

El 13 de febrero de 1468 muere la ambiciosa Juana Enríquez. Su gran sueño ha sido ver a su hijo Fernando convertido en el gran monarca que según algunas leyendas arrojaría de España a los musulmanes y encabezaría a la cristiandad en el triunfo definitivo sobre el islam. Este sueño pasa por la unificación de las Coronas de Aragón y Castilla, y el modo más rápido es el matrimonio entre sus dos herederos: Fernando e Isabel. Juana no puede verlo, pero es Juan II, empeñado en intervenir una y otra vez en los asuntos de Castilla, quien se encarga de acordar la boda de su hijo y heredero con la princesa Isabel. El viejo sueño de unión de los dos reinos más poderosos de la Península, que ya se intentara en 1109 con la boda, convertida en fiasco, entre Alfonso I de Aragón y Urraca de Castilla, está a punto de lograrse.

Primos segundos

Para ese enlace existe un impedimento legal. Fernando e Isabel son primos segundos; miembros del linaje de los Trastámara, ambos descienden directamente de Juan I de Castilla, del que son bisnietos; por tanto, sus abuelos (Fernando I de Aragón y Enrique III de Castilla) eran hermanos y sus padres (Juan II de Aragón y Juan II de Castilla), primos carnales. Dada la relación de consanguinidad se hace necesario disponer de una dispensa papal. No la tienen, de modo que se falsifica un documento a nombre del papa Pío II, que autoriza el enlace; el original y verdadero, firmado por el papa Sixto IV, no llegará hasta finales de 1471.

Fernando de Aragón recibe el 27 de marzo de 1468 el título de rey de Sicilia, por concesión de su padre, y es coronado como tal en la catedral de la Seo de Zaragoza el 10 de junio, de manera que quien se va a casar con la princesa de Castilla es un rey. Tras largas negociaciones, Fernando de Aragón se dirige a Valladolid a comienzos del otoño de 1468, unos días después de que Isabel sea proclamada princesa de Asturias y heredera al trono de Castilla por su hermano Enrique IV. Los cronistas relatan que el acto entre los dos hermanos se celebra junto a los Toros de Guisando, en el paraje donde se alzan las míticas esculturas ibéricas de los verracos, pero es probable que se lo inventaran para otorgar solemnidad épica al acuerdo.

Esos mismos cronistas cuentan que el viaje de Fernando desde Aragón hasta Valladolid está lleno de peripecias, que parecen responder más a la fábula que a la historia, como la pedrada que le lanzan a Fernando en El Burgo de Osma o la forma de ocultar su identidad disfrazado de mozo de mulas e incluso de criado y camarero. Fuera como fuese, lo cierto es que el rey de Sicilia y príncipe heredero de la Corona de Aragón llega a Valladolid a salvo y allí, el 18 de octubre de 1468, se celebra la boda con Isabel, una boda secreta que no ha sido autorizada por el rey de Castilla.

Fernando e Isabel con sus hijos al pie de la Virgen de la Misericordia (h. 1485).

MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE LAS HUELGAS (BURGOS)

Fernando tiene dieciséis años y medio, e Isabel once meses más. Si creemos en lo que escribe en una carta el propio Fernando, la noche siguiente se consuma el matrimonio. El joven que se casa con Isabel de Castilla no destaca por su físico, del que los cronistas solo resaltan que es “bien proporcionado en sus miembros” y que tiene unos ojos “bellos, grandes, rasgados y sonrientes”. Eso sí, su carácter es sosegado, mesurado y prudente y, como no podía ser menos en un soberano, le adjudican un elevado sentido de la justicia. El novio cumple con la costumbre del regalo de boda y entrega en arras a su prometida un espléndido collar de perlas y piedras preciosas y 20.000 florines de oro, una pequeña fortuna.

Son muchos los contemporáneos que ven en esta unión matrimonial la solución política y dinástica a los males de los reinos cristianos peninsulares, y en torno a la joven pareja comienza a tejerse toda una compleja trama de intereses en las dos grandes Coronas peninsulares. El matrimonio de Fernando e Isabel se celebra en medio de una situación en la que el denominador común es la guerra.

La forja de un soldado

En Castilla, los enfrentamientos entre los partidarios de Isabel y los de Juana la Beltraneja, las dos pretendientes al trono de Enrique IV, se enconan. Enrique IV, que en septiembre de 1468 ha nombrado heredera a su hermana Isabel, cambia de opinión. Alegando que la boda con Fernando no ha contado con su beneplácito, niega a Isabel su condición de heredera de Castilla y proclama en noviembre de 1470 a su hija Juana, de ocho años de edad, como nueva princesa de Asturias y heredera al trono. La guerra civil en Castilla se recrudece.

En Cataluña continúa la otra guerra, agravada con la intervención de Francia, cuyo rey, Luis XI, aprovechando el levantamiento de los catalanes contra Juan II, invade los dominios del rey de Aragón al norte de los Pirineos (los condados del Rosellón y Cerdaña y el señorío de Montpelier). La pujante monarquía francesa aspira a ocupar todas las tierras entre el Rin, los Alpes, los Pirineos, el Mediterráneo y el Atlántico, que reclama como propias por herencia de Carlomagno.

Juan II, pese a su avanzada edad (en 1470 tiene 72 años), no se achanta y contraataca. Lo primero es poner orden en Cataluña y sofocar la rebelión. La muerte en Barcelona a finales de 1470 de Juan de Anjou, que ha sido proclamado soberano por los catalanes en 1467, facilita mucho las cosas. Los rebeldes se quedan sin una cabeza que los lidere y Cataluña acaba sucumbiendo ante Juan II, que entra vencedor en Barcelona el 17 de octubre de 1472. Fernando acompaña en el triunfo a su anciano padre, que al año siguiente se apresta a recuperar el Rosellón y la Cerdaña.

Desde joven, Fernando se vio sumido en una vorágine de guerras civiles, revueltas sociales e intrigas palaciegas. A sus veinte años es un verdadero “superviviente”

Desde que tiene uso de razón, el príncipe Fernando se ha visto sumido en una vorágine de guerras civiles, revueltas sociales, conflictos políticos, intrigas palaciegas y conjuras cortesanas. A sus veinte años es un verdadero “superviviente”. Se ha forjado como soldado, como capitán, como político, como amante… Acumula una experiencia extraordinaria. Es prudente y taimado, pero si la ocasión lo merece sabe mostrarse audaz y arrojado.

Es, además, hiperactivo en todo. Cuando se casa con Isabel ya tiene, al menos, dos hijos naturales, de modo que el galanteo de damas y los juegos de alcoba no le son en absoluto desconocidos. Todo lo contrario; a lo largo de su vida disfrutará de numerosas amantes. Y ello sin olvidar sus obligaciones con Isabel, que el 2 de octubre de 1470 da a luz a su primer vástago, a la que también llaman Isabel.

El 11 de diciembre de 1474, sin resolver los problemas que angustian a la Corona de Castilla y León, muere Enrique IV. Su hermana Isabel y su hija Juana mantienen la disputa al trono en una guerra de la que resulta vencedora Isabel. Fernando se convierte así en rey de Castilla y León (Fernando V de Castilla). En 1475 se acuerda que su nombre preceda al de Isabel (los castellanos fuerzan la fórmula “Tanto monta, monta tanto”), pero a cambio las armas de Castilla y León irán antes que las de Aragón en el nuevo escudo de su monarquía.

Armonía de ambiciones

La joven pareja se muestra decidida a asentar sus dominios sin dilación. Ambos están llenos de ambiciones, y su matrimonio constituye una perfecta alianza en la que se funden intereses personales, políticos y, probablemente, amorosos, aunque Fernando no renuncia a sus numerosas aventuras extramatrimoniales. Padres de la infanta Isabel, nacida en 1470, a fines de junio de 1478 nace el príncipe Juan, el ansiado heredero. Las leyes sucesorias al trono son distintas en Aragón y en Castilla. En Aragón, las mujeres no pueden reinar, pero sí transmitir los derechos reales (la llamada potestas regia), pero en Castilla sí pueden hacerlo. El nacimiento de Juan soluciona cualquier posible conflicto.

Además, Fernando, que en 1478 acumula los títulos de marqués de Oristán y conde de Gociano, se convierte en el nuevo rey de la Corona de Aragón. El anciano Juan II muere el 19 de enero de 1479, y su heredero cumple, al fin, el sueño de ser el soberano de las dos Coronas. Fernando (Fernando II de Aragón), precede a Isabel en la nominación de los documentos, pero según lo acordado en 1475, el reino de Aragón se citará después de los de Castilla y León (“Fernando e Isabel, reyes de Castilla y León, de Aragón…”).

Victoria en Albuera

El 28 de febrero de 1479 los portugueses, que apoyan a Juana la Beltraneja, son derrotados en Albuera. El camino de Isabel y Fernando queda expedito. Fernando es un triunfador: monarca de varios reinos, soldado victorioso y padre de un linaje; su figura empieza a ser considerada como la gran esperanza de la cristiandad. Estos son, quizás, los años en los que Isabel y Fernando se sienten más próximos.

Todo va bien. El 28 de junio de 1479 Fernando es coronado como rey de Aragón en Zaragoza, sin grandes festejos, en contra de la solemnidad que suelen acarrear las coronaciones regias en la capital del reino, y jura los Fueros. En noviembre de 1479 nace su tercer retoño, la princesa Juana, la futura reina de Castilla.

Y por fin, en 1481 se cierra el problema de Cataluña en las Cortes. Al año siguiente, en junio, nace la princesa María, su cuarta hija. Fernando se cree capaz de todo. Y mira hacia el sur. Allí está el sultanato de Granada, el último territorio bajo dominio musulmán en la Península. Si logra conquistar ese reino, será el más grande soberano de la cristiandad hispana. Y se pone de inmediato manos a la obra.

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