“Heretic”. Why Islam Needs a Reformation Now – Ayaan Hirsi Ali

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Heretic. Why Islam Needs a Reformation Now – Ayaan Hirsi Ali (Reformemos  el islam)

Para     Niall     y    Thomas

Prefacio

El _________, un grupo de _________ hombres vestidos de negro y fuertemente armados irrumpieron en un _________ de _________, abrieron fuego y mataron a un total de _________ personas. En las grabaciones de los atentados, se aprecia que los terroristas gritaron «¡Allahu      akbar!».

En la rueda de prensa realizada tras los atentados, el presidente _________ declaró: «Condenamos este acto criminal perpetrado por extremistas. Sin embargo, el intento de justificar estos actos violentos en nombre de una religión de paz no logrará su cometido. También condenamos con la misma vehemencia a todos aquellos que aprovechen esta atrocidad como pretexto para cometer crímenes de odio islamofó- bicos.

Mientras revisaba la introducción de este libro, cuatro meses antes de su publicación, podría haber escrito algo más concreto como:

El 7 de enero de 2015, dos hombres vestidos de negro y fuertemente armados irrumpieron en las oficinas de Charlie     Hebdo de París, abrieron fuego y mataron a un total de diez personas. En las grabaciones de los atentados, se aprecia que los terroristas gritaron «¡Allahu         akbar!».

Sin embargo, tras meditar sobre ello, me di cuenta de que no tenía por qué elegir forzosamente París. Tan sólo unas semanas antes podría haber escrito:

12                                              Reformemos          el             islam       

En diciembre de 2014, un grupo de nueve hombres vestidos de negro y fuertemente armados irrumpieron en una escuela de Peshawar, abrieron fuego y mataron a un total de 145 personas.

Y unas semanas después del incidente en París podría haber escrito:

En Copenhague un joven mató a un ponente en un encuentro sobre la libertad de expresión. Ese mismo día mató a un guardia judío a las puertas de la sinagoga, y un total de cinco policías resultaron heridos.

De hecho, podría haber escrito una frase muy parecida sobre distintos hechos acontecidos en Ottawa, Canadá, hasta Sydney, Australia, o Baga, en Nigeria. De modo que al final decidí dejar en blanco el lugar, el número de terroristas y el correspondiente a las víctimas para que fuera el lector quien pudiera llenarlos con el último caso que haya aparecido en las noticias. O, si se prefiere un ejemplo más histórico, se puede intentar algo así:

En septiembre de 2001, un grupo de 19 terroristas islámicos secuestró varios aviones y los estrelló contra edificios de Nueva York y Washington, lo que provocó la muerte de 2.996 personas.

Durante más de trece años, he recurrido a un simple argumento en respuesta a tales actos de terrorismo: es insensato insistir, tal y como acostumbran a hacer nuestros dirigentes, en que los actos violentos de los islamistas radicales pueden disociarse de los ideales religiosos que los inspiran. En lugar de ello, debemos reconocer que son el fruto de una ideología política, una ideología consustancial al propio islamismo, al libro sagrado del Corán así como a la vida y las enseñanzas del profeta Mahoma recogidas en los ha- dices.

                                                    Prefacio                                                 13

Me gustaría expresar mi opinión del modo más sencillo posible: el islam no es una religión de paz.

Al expresar la idea de que la violencia islámica no está arraigada en condiciones sociales, económicas o políticas –‍o incluso en un error teológico–‍, sino en los textos fundacionales del islam, me han condenado por intolerante e «islamófoba». Me han silenciado, dado la espalda y avergonzado. En realidad, me han declarado hereje, no sólo los musulmanes, para los que ya soy una apóstata, sino también algunos liberales occidentales, cuyas sensibilidades multiculturales se han visto ofendidas por unas declaraciones tan «insensibles».

Mis afirmaciones inquebrantables sobre el tema han provocado unas condenas tan vehementes que alguien podría pensar que soy yo quien ha cometido un acto violento. Al parecer, hoy en día, es un crimen decir la verdad sobre el islam. «Discurso del odio» es el término moderno para referirse a la herejía. Y en el actual ambiente, cualquier cosa que haga sentir incómodos a los musulmanes se etiqueta como «odio».

Mi intención, en estas páginas, es incomodar a mucha gente, no sólo a musulmanes sino también a los defensores occidentales del islam. No voy a hacerlo dibujando caricaturas. En lugar de ello, mi intención es desafiar varios siglos de ortodoxia religiosa con ideas y argumentos que estoy segura que serán censurados por herejes. Mi argumento es a favor, nada menos, que de una Reforma musulmana. Sin una modificación fundamental de algunos de los conceptos nucleares del islam, creo que no resolveremos el problema candente y cada vez más global de la violencia política perpetrada en nombre de la religión. Es mi intención hablar con libertad, con la esperanza de que otros entablen un debate también libre conmigo sobre los cambios que hay que llevar a cabo en la doctrina islámica, en lugar de buscar una discusión opresiva.

INTRODuCCIóN

un islam, tres grupos de musulmanes

Me gustaría ilustrar con una anécdota por qué creo que este libro es necesario.

En septiembre de 2013, tuve el honor de recibir una llamada del entonces rector de la universidad Brandeis, frederick Lawrence, que me comunicó que deseaban concederme un doctorado honoris causa en Justicia Social en la ceremonia de graduación que iba a celebrarse en mayo de 2014. Todo parecía ir bien hasta seis meses más tarde, cuando recibí otra llamada del rector Lawrence, que en esta ocasión me informó de que Brandeis había retirado la invitación. Me quedé atónita. Al cabo de poco averigüé que algunos alumnos y profesores ofendidos por mi elección habían hecho circular una petición online, creada inicialmente por el Consejo de Relaciones Islámico-Estadounidenses (CAIR) en la página web change.org.

La petición, en la que se me acusaba de promover un «discurso del odio», empezaba diciendo que había «supuesto una gran conmoción para nuestra comunidad debido a sus creencias extremadamente islamofóbicas, que Ayaan Hirsi Ali fuera a recibir un doctorado honoris causa en Justicia Social este año. La elección de Hirsi Ali para la concesión de un doctorado honoris causa es un menosprecio flagrante e insensible no sólo hacia los estudiantes musulmanes, sino también a cualquier estudiante que haya sido víctima de un discurso que incita al odio. Es una violación directa del propio código de moral de la universidad Brandeis, así como de los derechos de los estudiantes».1 En el último párrafo, los responsables de la petición se preguntaban:

«¿Cómo es posible que los órganos de administración de una universidad que se enorgullece de la justicia social y de la aceptación de todos tome una decisión que falta al respeto a sus propios [sic] estudiantes?». Mi elección para concederme un doctorado honoris causa era «hiriente pa- ra los estudiantes musulmanes y la comunidad de Brandeis que defiende la justicia social».2

Nada menos que ochenta y siete miembros del profesorado de Brandeis también habían escrito para expresar su «asombro y consternación» ante unos cuantos fragmentos de mis declaraciones públicas, la mayoría de ellos extraí- dos de entrevistas que había concedido siete años antes. Según ellos, yo era una «persona que causaba división». En concreto, era culpable de haber sugerido que:

La violencia hacia niñas y mujeres es algo propio del islam, o de dos terceras partes del mundo, algo que permite encubrir esa violencia en un entorno como el nuestro, de no musulmanes, incluido en nuestro propio campus [y]… el duro trabajo realizado en el terreno por activistas feministas musulmanas y otras musulmanas progresistas y eruditas, que encuentran apoyo para la igualdad de género y de otros tipos en la tradición musulmana y logran alcanzarla.3

Al repasar la lista de firmantes de profesores universitarios, me sorprendió ver los extraños compañeros de cama que había hecho sin querer. ¿Profesoras de «Estudios de Mujeres, Género y Sexualidad» que se habían unido con el CAIR, una organización que posteriormente los Emiratos Árabes unidos incluyeron en su lista negra de organizaciones terroristas? ¿una autoridad sobre la «Teoría Narrativa Queer/feminista» codo con codo con los islamistas abiertamente homófobos?

Es cierto que en febrero de 2007, cuando aún residía en Holanda, declaré al Evening      Standard de Londres: «La violencia es inherente al islam». Ésta fue una de las tres citas breves y editadas de forma muy selectiva que ofendieron a los profesores de la universidad. Lo que no mencionaron en su carta fue que, menos de tres años antes, mi colaborador en un breve documental, Theo van Gogh, había sido asesinado en una calle de Ámsterdam por un joven de origen marroquí llamado Mohammed Bouyeri. Primero disparó a Theo ocho veces con una pistola. Luego volvió a dispararle mientras Theo, que aún se aferraba a la vida, le suplicaba que tuviera piedad. Luego lo degolló e intentó decapitarlo con un cuchillo grande. Al final, le clavó una nota en el cuerpo con un cuchillo más pequeño.

Me pregunto cuántos de mis críticos del campus habrán leído esta carta, que estaba estructurada al estilo de una fetua, o edicto religioso. Empezaba así: «En nombre de Alá, el Caritativo, el Misericordioso» e incluía, junto con numerosas citas del Corán, una amenaza de muerte explícita contra mí:

Mi Rabb [maestro] danos la muerte para darnos la felicidad a través del martirio. Allahumma               Ameen [Oh, Alá, acepta, por favor]. La señora Hirshi [sic] Ali y el resto de vosotros, infieles extremistas. El islam ha resistido el ataque de muchos enemigos y persecuciones a lo largo de la historia… ¡AYAAN HIRSI ALI, TE AuTODESTRuIRÁS ANTE EL ISLAM!4

Y seguía y seguía con el mismo tono. «El islam vencerá gracias a la sangre de los mártires, que extenderán su luz por todos los rincones oscuros de esta tierra y expulsarán el mal mediante la espada si es necesario para que regrese a su oscuro agujero… No habrá piedad con los que promueven la injusticia, sólo se blandirá la espada contra ellos. No habrá debates, ni manifestaciones, ni peticiones.» La nota también incluía este fragmento, tomado directamente del Corán: «La muerte, de la que huís, os saldrá al encuentro. Luego, se os devolverá al Conocedor de lo oculto y de lo patente y ya os informará Él de lo que hacíais» (62:8).

Tal vez aquellos que hayan ascendido a las enrarecidas altas esferas académicas de la universidad Brandeis puedan hallar algún modo de justificar que no existe ningún vínculo entre las acciones de Bouyeri y el islam. Recuerdo muy claramente que algunos académicos holandeses afirmaron que, tras su lenguaje religioso, el auténtico móvil de Bouyeri para querer matarme se debía a las penurias de tipo socioeconómico o a una alienación posmoderna. Sin embargo, yo creo que cuando un asesino cita el Corán para justificar su crimen, deberíamos al menos debatir la posibilidad de que lo que dice, lo dice en serio.

Cuando afirmo que el islam no es una religión de paz, no me refiero a que las creencias islámicas induzcan de forma natural a los musulmanes a la violencia. Es evidente que no es así: hay millones de musulmanes pacíficos en el mundo. Lo que digo es que la llamada a la violencia y su justificación se hallan de forma explícita en los textos sagrados del islam. Además, esta violencia sancionada desde un punto de vista teológico puede activarse por distintas ofensas, incluidas, pero no limitadas a la apostasía, el adulterio, la blasfemia e incluso algo tan vago como las amenazas al honor familiar o al honor del islam en sí.

Sin embargo, desde el momento en que empecé a argumentar que existía un vínculo indisoluble entre la religión en la que me educaron y la violencia de organizaciones como Al Qaeda y el autoproclamado Estado Islámico (en adelante EI, aunque otros prefieren el acrónimo ISIS o ISIL), he sido víctima de varios intentos para silenciarme.

Las amenazas de muerte son, por supuesto, la forma de intimidación más inquietante. Pero también he sido víctima de otros métodos menos violentos. Organizaciones musulmanas como el CAIR han intentado impedir que hablara con libertad, sobre todo en campus universitarios. Algunos han argumentado que como no soy una estudiosa de la religión islámica, ni tan siquiera una musulmana practicante, no soy una autoridad competente en la materia. En otros lugares, ciertos musulmanes y liberales occidentales me han acusado de «islamofobia», una palabra destinada a equipararse con «antisemitismo», «homofobia» u otros prejuicios que las sociedades occidentales han aprendido a aborrecer y condenar. ¿Por qué toda esta gente se siente impelida a silenciarme, a protestar en contra de mis apariciones públicas, a estigmatizar mis opiniones y echarme del estrado con amenazas violentas y de muerte? No es porque sea una ignorante o esté mal informada. Al contrario, mis opiniones sobre el islam se basan en mi conocimiento y experiencia como musulmana, después de vivir en sociedades musulmanas –‍incluida La Meca, el corazón de la fe islámica–‍ y de mis años de estudio del islam como practicante, estudiante y profesora. El auténtico motivo es obvio: se debe a que no pueden refutar mis argumentos. Y no estoy sola. Poco después del atentado contra Charlie    Hebdo, Asra Nomani, una reformista musulmana, criticó lo que ella llama la «brigada del honor», una camarilla internacional y organizada, empeñada en silenciar el debate sobre el islam.5

Lo más vergonzoso es que esta campaña es efectiva en Occidente. Los liberales occidentales parecen haberse unido en contra del pensamiento crítico y el debate. Nunca dejará de sorprenderme el hecho de que no musulmanes que se consideran liberales –‍incluidas feministas y defensores de los derechos de los homosexuales–‍ se hayan dejado convencer de un modo tan burdo para ponerse del bando de los islamistas, y en contra de críticos musulmanes y no musulmanes.

En las semanas y meses posteriores, el islam apareció en repetidas ocasiones en las noticias, y no como una religión de paz. El 14 de abril, seis días después de que Brandeis me retirara la invitación, el grupo islamista violento Boko Haram secuestró a 276 colegialas en Nigeria. El 15 de mayo, en Sudán, una mujer embarazada, Meriam Ibrahim, fue condenada a muerte por haber cometido el crimen de la apostasía. El 29 de junio, el EI proclamó su nuevo califato en Iraq y Siria. El 19 de agosto, el periodista estadounidense James foley fue decapitado y el acto grabado en vídeo. El 2 de septiembre, Steven Sotloff, también periodista estadounidense, corrió la misma suerte. Posteriormente se pudo identificar que el hombre que presidió ambas ejecuciones era de origen británico, uno de los entre 3.000 y 4.500 ciudadanos de la unión Europea que se han convertido en yihadistas en Iraq y Siria. El 26 de septiembre, un reciente converso al islam, Alton Nolen, decapitó a su compañera de trabajo Colleen Hufford en una planta procesadora de alimentos en Moore, Oklahoma. El 22 de octubre, otro criminal convertido al islam llamado Michael Zehaf-Bibeau fue el responsable de un tiroteo en la capital canadiense, Ottawa, donde mató al cabo Nathan Cirillo, que estaba de guardia. Y no han sido los únicos casos. El 15 de diciembre, un clérigo llamado Man Haron Monis tomó a dieciocho rehenes en un café de Sydney, dos de los cuales murieron en el tiroteo que puso fin al secuestro. finalmente, cuando estaba acabando este libro, los trabajadores del semanario satírico francés Charlie       Hebdo fueron víctimas de la matanza perpetrada en París. Enmascarados y armados con fusiles AK-47, los hermanos Kouachi irrumpieron en las oficinas de la revista y mataron al director, Stéphan Charbonnier, junto con nueve empleados y un agente de policía. También mataron a otro policía en la calle. Al cabo de unas horas, su compañero Amedy Coulibaly asesinó a cuatro personas, todas judías, después de tomar un supermercado kósher situado en la zona este de la ciudad.

En todos los casos, los autores emplearon lenguaje o símbolos islámicos mientras perpetraban los crímenes. Para dar un único ejemplo, durante el atentado contra Charlie Hebdo, los hermanos Kouachi gritaron «Allahu    akbar» («Dios es grande») y «el Profeta ha sido vengado». Le dijeron a una trabajadora que iban a perdonarle la vida «porque eres una mujer. No matamos a mujeres. Pero piensa en lo que estás haciendo. Lo que haces está mal. Te perdonamos la vida y, como te la hemos perdonado, leerás el Corán».6

Si hubiera necesitado nuevas pruebas de que la violencia en nombre del islam se extendía no sólo por Oriente Próximo y el norte de África, sino también por la Europa occidental y al otro lado del Atlántico, aquí las tenía, lamentablemente en abundancia.

Tras la decapitación de Steven Sotloff, el vicepresidente Joe Biden se comprometió a perseguir a sus asesinos hasta las «puertas del infierno». Era tal la indignación del presidente Barack Obama, que decidió cambiar su política de poner fin a la intervención militar estadounidense en Iraq, ordenó ataques aéreos y desplegó más personal militar como parte de un esfuerzo para «degradar y acabar destruyendo al grupo terrorista conocido como ISIL». Sin embargo, vale la pena leer con detenimiento la declaración del presidente del 10 de septiembre de 2014 por sus distorsiones y evasivas críticas:

Conviene dejar dos cosas muy claras: el ISIL no es «islámico». Ninguna religión aprueba el asesinato de inocentes. Y la gran mayoría de las víctimas del ISIL han sido musulmanas. Y es obvio que el ISIL no es un Estado… el ISIL es una organización terrorista, simple y llanamente. Su única visión es asesinar a todos aquellos que se interponen en su camino.

En pocas palabras, el Estado Islámico no era un Estado, ni islámico. Era «malvado». Sus miembros eran «de una brutalidad excepcional». La campaña contra este grupo era como un intento para erradicar el «cáncer».

Después de la matanza de Charlie       Hebdo, el secretario de prensa de la Casa Blanca se esforzó en distinguir en- tre «los mensajes extremistas y violentos que el ISIL y otras organizaciones extremistas están intentando utilizar para radicalizar a gente de todo el planeta» y una «religión pacífica». La Administración, afirmó, había «obtenido un éxito moderado en su plan de lograr que los líderes de la comunidad islámica… fueran claros sobre los principios del islam». Ya no se podía pronunciar la expresión «islam radical».

Pero ¿y si la premisa fuera errónea? A fin de cuentas, no son únicamente Al Qaeda y el EI los que muestran el lado violento de la práctica y la fe islámica. También es Pakistán, donde cualquier declaración crítica con el Profeta o el islam se considera una blasfemia y punible con la pena de muerte. Es Arabia Saudita, donde las iglesias y las sinagogas están prohibidas, y donde las decapitaciones son una forma legítima de castigo, hasta tal punto que en agosto de 2014 se produjo casi una decapitación diaria. Es Irán, donde la lapi- dación es un castigo aceptable y los homosexuales son ahorcados por su «crimen». Es Brunei, donde el sultán está reinstaurando la sharía, lo que permitiría castigar la homosexualidad con la muerte.

Han trascurrido casi quince años de políticas y pronunciamientos basados en la asunción de que el terrorismo y el extremismo pueden y deben diferenciarse del islam. una y otra vez, tras un nuevo atentado terrorista producido en cualquier parte del mundo, los dirigentes occidentales se han apresurado a declarar que el problema no tiene nada que ver con el islam en sí. Ya que el islam es una religión de paz.

Estos esfuerzos son bien intencionados, pero nacen de una convicción errónea que albergan muchos liberales occidentales según la cual son más temibles las represalias contra los musulmanes que la propia violencia islamista en sí. De este modo, los responsables de los atentados del 11-S no fueron representados como musulmanes, sino como terroristas; nos centramos en sus tácticas más que en la ideología que justificó sus horrorosos actos. En el proceso, abrazamos a esos musulmanes «moderados» que nos dijeron sin inmutarse que el islam era una religión de paz y que marginaban a los musulmanes disidentes que intentaban llevar a cabo una reforma real.

Hoy en día, aún intentamos argumentar que la violencia es obra de un grupúsculo de extremistas lunáticos. Empleamos metáforas médicas, intentando definir el fenómeno como una suerte de cuerpo extraño ajeno al medio religioso en el que ha florecido. Y pretendemos que hay extremistas tan malos como los yihadistas entre nosotros. El presidente de Estados unidos llegó incluso a declarar, en un discurso pronunciado en 2012 ante la asamblea general de las Naciones unidas: «El futuro no debe estar en manos de aquellos que injurian al Profeta del islam», en contraposición, cabe suponer, a aquellos que van por ahí asesinando a los injuriadores.

Sin duda, habrá gente que se queje de que este libro injuria a Mahoma. Pero su objetivo no es ofender de manera gratuita, sino demostrar que este tipo de enfoque surge de una interpretación no parcial, sino completamente errónea del problema del islam en el siglo xxi. De hecho, este enfoque tampoco comprende la naturaleza y significado del liberalismo.

Así pues, el problema fundamental es que la mayoría de musulmanes, que son pacíficos y respetan las leyes, no están dispuestos a reconocer, y menos aún a repudiar, la justificación teológica de la intolerancia y la violencia enraizadas en sus propios textos religiosos.

El problema es que los musulmanes no quieren admitir que su religión ha sido «secuestrada» por extremistas. Los asesinos del EI y Boko Haram citan los mismos textos religiosos que los musulmanes del resto del mundo consideran sacrosantos. Y en lugar de dispensarlos con los tópicos de siempre de que el islam es una religión de paz, en Occidente debemos desafiar y debatir sobre la propia esencia del pensamiento y la práctica islámica. Debemos considerar al islam responsable de los actos de sus fieles más violentos y exigir que se reforme o reniegue de las principales creencias que se emplean para justificar esos actos.

Al mismo tiempo, debemos defender nuestros propios principios como liberales. En concreto, debemos decirles a los musulmanes occidentales que se sientan ofendidos (y a sus defensores liberales) que no somos nosotros los que debemos adaptarnos a sus creencias y sensibilidades, sino que son ellos los que deben aprender a vivir con nuestro compromiso con la libertad de expresión.

TRES GRUPOS DE MUSULMANES

Antes de empezar a hablar del islam, debemos comprender lo que es y tener claras ciertas distinciones del mundo musulmán. Las que tengo en mente no son las convencionales entre suníes, chiíes y otras ramas de la fe, sino que se trata de unos grupos sociológicos muy amplios que se definen por la naturaleza de su práctica religiosa. Voy a subdividir a los musulmanes, no voy a subdividir el islam.

El islam es un credo con un único núcleo basado en el Corán, las palabras reveladas por el arcángel Gabriel al profeta Mahoma, y los hadices, las obras que detallan la vida y las palabras de Mahoma. A pesar de algunas diferencias sectarias, este credo une a todos los musulmanes. Todos, sin excepción, se saben de memoria estas palabras: «Soy testigo de que no hay más Dios que Alá; y Mahoma es su mensajero». Ésta es la shahada, la profesión de fe musulmana.

Tal vez los occidentales acostumbrados a la libertad individual de conciencia y de religión consideren que la shahada es una declaración de creencias como las demás. Sin embargo, la realidad es que la shahada es un símbolo religioso y político.

En los orígenes del islam, cuando Mahoma iba de puerta en puerta intentando convencer a los politeístas de que renunciasen a los ídolos a los que adoraban, los estaba «invitando» a aceptar que el único dios era Alá y que él era su mensajero, del mismo modo en que Jesucristo había pedido a los judíos que aceptaran que él era el hijo de Dios. Sin embargo, después de diez años de intentar convencer a los demás, Mahoma y su pequeño grupo de creyentes fueron a Medina y a partir de ese momento la misión de Mahoma adquirió una dimensión política. Todavía invitaban a los no creyentes a someterse a Alá, pero, después de Medina, los atacaban si se negaban a ello. Si los derrotaban, podían escoger entre la conversión o la muerte. (Los judíos y los cristianos podían mantener su fe si aceptaban pagar un tributo especial.)

Ningún símbolo representa el alma del islam como la shahada. Sin embargo, en la actualidad existe una disputa en el islam sobre la propiedad de ese símbolo. ¿Quién es el dueño de la shahada? ¿Pertenece a los musulmanes que quieren destacar los años de Mahoma en La Meca, o a aquellos que se inspiran en sus conquistas posteriores a Medina?

Hay millones y millones de musulmanes que se identifican con el primer grupo. No obstante, cada vez hay más correligionarios que quieren revivir y reconstituir la versión política del islam que nació en Medina, la versión que permitió que Mahoma pasara de ser un hombre que vagaba por el desierto a un símbolo de la moralidad absoluta.

Partiendo de esta base, creo que podemos distinguir tres grupos de musulmanes.

El primer grupo es el más problemático. Se trata de los fundamentalistas que, cuando pronuncian la shahada, en realidad quieren decir: «Nuestra vida debe ceñirse estrictamente a lo que dice nuestro credo». Conciben un régimen basado en la sharía, la ley religiosa islámica. Defienden un islam que ha cambiado muy poco, o nada, respecto a su versión original del siglo vii. Aun más, consideran un requisito de fe imponerlo a todos los demás.

Tuve la tentación de llamar a este grupo «musulmanes milenarios» porque su fanatismo recuerda al de varias sectas fundamentalistas que florecieron en la cristiandad medieval antes de la Reforma, la mayoría de las cuales combinaban fanatismo y violencia ante la previsión del fin del mundo.7 Sin embargo, la analogía no es del todo perfecta. Mientras que la doctrina chií anhela el regreso del duodécimo imán y el triunfo global del islam, los fanáticos suníes es más probable que aspiren a la creación forzosa de un nuevo califato aquí en la tierra. Así pues, he decidido llamarlos musulmanes de Medina, ya que consideran su deber religioso la imposición forzosa de la sharía. Aspiran no sólo a obedecer las enseñanzas de Mahoma, sino a emular su conducta bélica tras su llegada a Medina. Aunque no lleven a cabo actos violentos, no dudan en aprobarlos.

Son los musulmanes de Medina los que llaman «cerdos y monos» a los judíos y cristianos y predican que ambas fes son, en palabras del miembro del Consejo de Relaciones Exteriores (y antiguo islamista) Ed Husain, «religiones falsas». Son los musulmanes de Medina los que ordenan la decapitación por el crimen de «no creer» en el islam, la lapidación como pena de muerte por adulterio, y la horca como castigo por la homosexualidad. Son los musulmanes de Medina los que obligan a las mujeres a llevar burka y las golpean si salen solas de casa o si no llevan el velo de forma correcta. fueron los musulmanes de Medina los que en julio de 2014 arrasaron Gujranwala, en Pakistán, y prendieron fuego a ocho casas y mataron a una abuela y sus dos nietas, todo por la publicación de una fotografía supuestamente blasfema en la página de facebook de una chica de dieciocho años.

Los musulmanes de Medina creen que el asesinato de un infiel es imperativo si se niega a convertirse voluntariamente al islam. Predican la yihad y glorifican la muerte alcanzada a través del martirio. Los hombres y las mujeres que se unen a grupos como Al Qaeda, EI, Boko Haram y Al Shabaab, en mi Somalia natal, por nombrar sólo cuatro de los cientos de organizaciones yihadistas, son todos musulmanes de Medina.

¿Son una minoría los musulmanes de Medina? Ed Husain calcula que sólo un 3% de los musulmanes del mundo entiende el islam en estos términos militantes. Pero de un to- tal de 1.600 millones de creyentes, o un 23% de la población mundial, esos 48 millones de personas parecen más que suficientes. Basándome en datos de encuestas sobre las actitudes hacia la sharía en países musulmanes, me atrevería a decir que la proporción es bastante superior;8 asimismo, creo que está aumentando a medida que los musulmanes y los conversos al islam gravitan hacia Medina. Sea como sea, los musulmanes que pertenecen a este grupo no se muestran abiertos a dejarse convencer o alcanzar algún tipo de compromiso con los liberales occidentales o los reformistas musulmanes. No son el público al que va dirigido este libro. Son el motivo que me ha llevado a escribirlo.

El segundo grupo, claramente mayoritario en el mundo musulmán, lo conforman musulmanes que son fieles a la esencia del credo y participan en los oficios con devoción, pero no muestran predisposición a practicar la violencia. Los llamo los musulmanes de La Meca. Al igual que los cristianos devotos o los judíos que asisten a los diversos oficios religiosos a diario y se atienen a las normas religiosas de comida y vestimenta, los musulmanes de La Meca se centran en la práctica religiosa. A mí me educaron como musulmana de La Meca, al igual que a la mayoría de musulmanes desde Casablanca hasta Yakarta.

Sin embargo, los musulmanes de La Meca tienen un problema: sus creencias religiosas existen en un estado de tensión precaria con la modernidad, esa serie de innovaciones políticas, culturales y económicas que no sólo reformaron el mundo occidental, sino que también transformaron de forma radical el mundo en vías de desarrollo a medida que Occidente exportó su modelo. Los valores racionales, seglares e individualistas de la modernidad constituyen, en esencia, un elemento corrosivo para las sociedades tradicionales, sobre todo las jerarquías basadas en el género, la edad y la categoría social heredada.

En países de mayoría musulmana, el poder de la modernidad para transformar las relaciones económicas, sociales y, en última instancia, de poder pueden ser limitados. Los musulmanes de estas sociedades pueden utilizar teléfonos móviles y ordenadores sin ver un conflicto entre su fe religiosa y la mentalidad racionalista y seglar que hizo posible la tecnología moderna. Sin embargo, en Occidente, donde el islam es una religión minoritaria, los musulmanes devotos viven en lo que podría describirse como un estado de disonancia cognitiva. Atrapados entre dos mundos de fe y experiencia, estos musulmanes se ven involucrados en una lucha diaria para cumplir con los preceptos del islam en el contexto de una sociedad seglar y pluralista que desafía sus valores y creencias a cada paso. Muchos sólo son capaces de resolver esta tensión recluyéndose por voluntad propia en en- claves (que cada vez más a menudo tienden a la autogestión). Se trata de una práctica que podríamos definir como de «reclusión», mediante la cual los inmigrantes musulmanes intentan aislarse de las influencias exteriores, sólo permiten que sus hijos reciban educación islámica y se desvinculan de la comunidad no musulmana y más amplia.9

Para muchos de este grupo, tras años de disonancia, sólo parece haber dos alternativas: o abandonan el islam por completo, como hice yo, o abandonan la monótona rutina de observancia diaria del credo islamista inflexible ofrecido por aquellos que rechazan explícitamente la modernidad de Occidente, como sucede con los musulmanes de Medina.

Tengo la esperanza de entablar un diálogo con este segundo grupo de musulmanes –‍los que están más cerca de La Me- ca que de Medina–‍ sobre el significado y la práctica de su fe. Espero que sean uno de los principales públicos de este libro.

Ni que decir tiene que soy consciente de que existen pocas probabilidades de que estos musulmanes presten atención a un llamamiento a favor de la reforma doctrinal lanzado por alguien a quien consideran una apóstata y una infiel. Pero tal vez cambien de opinión si logro convencerlos de que no piensen en mí como una apóstata, sino como una hereje: una persona más de un grupo cada vez mayor de gente que nació en el islam y que ha intentado cultivar un pensamiento crítico sobre la fe en que nos educaron. Es con este tercer grupo –‍en el que sólo una pequeña parte de sus miembros ha abandonado el islam por completo–‍ con el que me identificaría.

Se trata de los musulmanes disidentes; los llamo los musulmanes reformistas. unos cuantos de nosotros nos hemos visto empujados por la experiencia a concluir que no podíamos seguir siendo creyentes; sin embargo, permanecemos muy involucrados en el debate sobre el futuro del islam. La mayoría de los disidentes son creyentes reformistas; entre ellos se encuentran clérigos que se han dado cuenta de que su religión debe cambiar si sus adeptos no quieren quedar condenados a un ciclo interminable de violencia política.

Más adelante abundaré sobre este grupo olvidado y desconocido en gran parte. De momento, baste decir que elijo identificarme con los reformistas. A ojos de los musulmanes de Medina, somos todos unos herejes porque hemos cometido la temeridad de desafiar la pertinencia de unas enseñanzas que tienen siete siglos de antigüedad en el mundo del siglo xxi.

Los disidentes incluyen a gente como Abd Al Hamid Al Ansari, el antiguo decano de Derecho Islámico de la universidad de Qatar, que reniega del odio hacia otras religiones que no sean el islam. Ha citado en multitud de ocasiones a una mujer saudí que preguntó por qué tenían que enseñar a su hija a odiar a los no musulmanes: «¿Esperan que odie a un científico judío que descubrió la insulina que yo utilizo para tratar a mi madre? ¿Se supone que debo enseñar a mi hija que debería odiar a Edison, que inventó la bombilla que ilumina el mundo islámico? ¿Debería odiar al científico que descubrió la cura para la malaria? ¿Debería enseñar a mi hija a odiar a la gente por el mero hecho de que profesen una religión distinta? ¿Por qué convertimos nuestra religión en una religión del odio hacia aquellos que son distintos de nosotros?». A continuación Al Ansari cita una respuesta de un importante clérigo saudí, que contestó: «No es asunto tuyo» y «se permite la cooperación con infieles, pero sólo como recompensa a cambio de servicios, no por amor». Al Ansari suplica que «el discurso religioso sea más humano».

Y eso es precisamente lo que buscan los reformistas que viven en Occidente, como Irshad Manji, Maajid Nawaz y Zuhdi Jasser: aquello que los une es el intento de modificar, adaptar y reinterpretar la práctica islámica para que el «discurso religioso sea más humano». (Para obtener más detalles sobre los musulmanes reformistas, véase el apéndice.)

¿Cuántos musulmanes pertenecen a cada grupo? Aunque fuera posible ofrecer una respuesta definitiva a esta pregunta, creo que su importancia sería relativa. En la radio y en la televisión, en los medios sociales, en demasiadas mezquitas y, por supuesto, en el campo de batalla, los musulmanes de Medina han captado la atención del mundo. Resulta muy alarmante que el número de yihadistas nacidos en Occiden- te esté aumentando enormemente. En noviembre de 2014, la ONu calculó que alrededor de 15.000 combatientes extranjeros procedentes de al menos ocho países habían viajado hasta Siria para unirse a los yihadistas radicales.10 En torno a una cuarta parte procedían de Europa occidental.

Y no se trata únicamente de hombres jóvenes. Entre el 10 y el 15% de las personas que se desplazaron a Siria desde países occidentales eran mujeres, según los cálculos del grupo de investigación ICSR.11

Sin embargo, estas estadísticas no son las más preocupantes. De acuerdo con las estimaciones realizadas por el Pew Research Center, la población musulmana de Estados unidos aumentará de los 2,6 millones actuales a los 6,2 en 2030, como consecuencia principalmente de la inmigración, y de una tasa de fertilidad que supera la media. Aunque en tér- minos relativos esta cifra seguirá representando menos de un 2% del total de la población estadounidense (un 1,7% para ser exactos, en comparación con el 0,8 actual), en términos absolutos será una población más grande que la que existe en cualquier país de Europa occidental salvo francia.12

Como inmigrante de origen somalí, no tengo ninguna objeción a que millones de personas del mundo islámico emigren a Estados unidos en busca de una vida mejor para sí y sus familias. Lo que me preocupa es la actitud que muchos de estos nuevos estadounidenses musulmanes traerán consigo (véase          la tabla de la página 31).

Alrededor de dos quintas partes de los inmigrantes musulmanes que lleguen entre hoy y 2030 procederán únicamente de tres países: Pakistán, Bangladesh e Iraq. Otro estudio de opinión en el mundo musulmán realizado por el centro Pew muestra el número de personas de estos países que mantienen opiniones que la mayoría de occidentales consideraría extremadas.13 un 75% de los paquistaníes y más de un 40% de los bangladeshíes e iraquíes opinan que se les debería aplicar la pena de muerte a aquellos que abandonen el islam. Más de un 80% de los paquistaníes y dos tercios de los bangladeshíes e iraquíes consideran la sharía como la palabra revelada de Dios. unos porcentajes similares afirman que la industria del ocio occidental es perjudicial para la moralidad. Sólo un pequeño porcentaje se sentiría cómodo si su hija se casara con un cristiano. Sólo una pequeña minoría considera que los crímenes de honor contra mujeres nunca están justificados. un 25% de los bangladeshíes y uno de cada ocho paquistaníes creen que los atentados suicidas en defensa del islam están justificados a menudo o en ocasiones.

Los musulmanes de Medina que mantienen opiniones como éstas suponen una amenaza para todos nosotros. En Oriente Próximo y en todas partes, su visión de un regreso violento a los días del Profeta supone una amenaza de muerte para cientos de miles de personas y la subyugación para varios millones. En Occidente, implica no sólo un riesgo cada vez mayor de actos terroristas, sino una sutil erosión de los logros obtenidos con un gran esfuerzo de feministas y defensores de los derechos de las minorías.

Los musulmanes de Medina también están minando la posición de los musulmanes de La Meca que intentan llevar una vida tranquila en sus refugios culturales en todo el mundo occidental. Sin embargo, los que son víctimas de una mayor amenaza son los musulmanes reformistas. Son los que se enfrentan al ostracismo y al rechazo, los que deben soportar todo tipo de insultos, amenazas de muerte o enfrentarse a la muerte literalmente. Hasta el momento, sus esfuerzos han sido difusos e individuales, en comparación con el colectivo sumamente organizado de los musulmanes de Medina. Les debemos a los disidentes, a su valor y sus convicciones, cambiar esto.

De hecho, he llegado a la conclusión de que la única estrategia viable que tiene alguna posibilidad de contener la amenaza que suponen los musulmanes de Medina es aliarse con los disidentes y reformistas y ayudarlos a:

  1. a) identificar y repudiar esas partes del legado moral de Mahoma que proceden de Medina; b) convencer a los musulmanes de La Meca de que acepten este cambio y rechacen los llamamientos de los musulmanes de Medina a la intolerancia y la guerra.

Este libro no es un tratado de historia. No ofrezco una explicación nueva al hecho de que, desde que nací, un número cada vez mayor de musulmanes haya abrazado los elementos más violentos del islam ni sobre el motivo, en pocas palabras, de por qué los musulmanes de Medina han logrado un auge tan grande en la actualidad. Sí que aspiro a desafiar la visión, casi universal entre los liberales occidentales, de que la explicación reside en los problemas políticos y económicos del mundo musulmán y que éstos, a su vez, pueden explicarse en términos de política exterior occidental. Esta tesis concede una importancia desmesurada a fuerzas exó- genas. Hay otras partes del mundo que han luchado para lograr el éxito de la democracia o para hacer frente a la riqueza proveniente del petróleo. Hay otros pueblos aparte de los musulmanes que tienen quejas sobre el «imperialismo» estadounidense. Sin embargo, existen pocas pruebas de un aumento del terrorismo, de ataques suicidas, guerras sectarias, castigos medievales y crímenes de honor en el mundo no musulmán. Hay un motivo por el que un porcentaje cada vez mayor de la violencia organizada del mundo tiene lugar en países en los que el islam es la religión de una parte importante de la población.

Tabla 1

ACTITUDES EN LA MAYORÍA DE LOS PAÍSES MUSULMANES CON UNA

GRAN MIGRACIÒN ACTUAL Y PROYECTADA A ESTADOS UNIDOS14

Porcentaje de musulmanes que… Pakistán Bangladesh Iraq
Están a favor de la pena de muerte por abandonar el islam 75 43 41
Afirman que es necesario creer  en Dios para ser moral 85 89 91
Están de acuerdo en que es un

deber religioso convertir a los

demás

85 69 66
Afirman que la sharía  es la palabra revelada de Dios 81 65 69
Afirman que los dirigentes religiosos deberían tener cierta  o una gran influencia 54 69 57
Afirman que la industria del ocio occidental perjudica la moralidad 88 75 75
Afirman que la poligamia  es aceptable moralmente 37 32 46
Afirman que los crímenes  de honor nunca están justificados cuando la mujer ha cometido  el delito 45 34 22
Afirman que los atentados suicidas en defensa del islam están justificados a menudo  o en ocasiones 13 26 7
Afirman que una esposa debería

tener derecho a divorciarse de su

marido

26 62 14
Afirman que se sentirían muy/un poco cómodos si su hija se casara con un cristiano 3 10 4

La tesis de este libro es que las «doctrinas religiosas importan y necesitan una reforma». Los factores no doctrinales, como el uso por parte de los saudíes de los ingresos procedentes del petróleo para financiar el wahabismo y el apoyo occidental al régimen saudí, son importantes, pero la «doctrina religiosa es más importante». Por mucho que les cueste de creer a muchos académicos occidentales, cuando la gente comete actos violentos en nombre de la religión, no pre- tenden dignificar de algún modo sus quejas políticas o socioeconómicas subyacentes.

El islam se encuentra en una encrucijada. Los musulmanes, no sólo decenas o cientos de miles, sino decenas de millones y con el tiempo cientos de millones, deben tomar una decisión consciente para hacer frente, debatir y, en última instancia, rechazar los elementos violentos de su religión. Hasta cierto punto este proceso ya ha empezado, en especial debido a la repulsión generalizada que han provocado las atrocidades indescriptibles del EI, Al Qaeda y los demás grupos. Sin embargo, a la larga este proceso necesita el liderazgo de los disidentes, que al mismo tiempo no tienen ninguna posibilidad de éxito sin el apoyo de Occidente.

Imaginemos qué habría sucedido en la guerra fría si Occidente no hubiera prestado su apoyo a los disidentes de Europa oriental, a gente como Václav Havel y Lech Wałęsa, sino a la unión Soviética, como representante de los «comunistas moderados», con la esperanza de que el Kremlin nos echara una mano contra terroristas como la facción del Ejército Rojo. Imaginemos qué habría sucedido si un «candidato manchuriano» a presidente hubiera declarado al mundo: «El comunismo es una ideología de paz».

Habría sido un desastre. Sin embargo, ésa es, en esencia, la postura actual de Occidente hacia el mundo musulmán. No hacemos caso a los disidentes. De hecho, ni tan siquiera sabemos cómo se llaman. Nos engañamos a nosotros mismos con la idea de que nuestros enemigos más mortales no actúan motivados por la ideología que defienden abiertamente. Y depositamos nuestras esperanzas en una mayoría que carece ostensiblemente de un liderazgo creíble y, de hecho, muestra signos de ser más susceptible a los argumentos de los fanáticos que de los disidentes.

CINCO ENMIENDAS

Sé que no todo el mundo aceptará este argumento. Lo úni- co que pido a aquellos que no estén dispuestos a admitirlo es que defiendan mi derecho a exponerlo. Pero para aquellos que acepten la premisa de que el extremismo islámico está arraigado en el islam, la pregunta clave es: ¿qué tiene que suceder para que podamos derrotar a los extremistas de forma definitiva? Se han propuesto medidas militares, judiciales, políticas y económicas, y algunas de ellas se han puesto en práctica. Sin embargo, creo que tendrán poco efecto a menos que se reforme el propio islam.

Esta reforma se ha exigido en muchas ocasiones –‍por parte de activistas musulmanes como Muhammad Taha y eruditos occidentales como Bernard Lewis–‍, al menos desde la caída del Imperio otomano y la posterior abolición del califato. En ese sentido, no se trata de una propuesta original. Lo que sí es novedoso es que especifico de forma muy precisa lo que conviene reformar. He identificado cinco preceptos clave de la fe que la han convertido en una doctrina resistente a la adaptación y al cambio histórico. Hasta que no se reconozca que estos cinco elementos resultan intrínsecamente perjudiciales y hasta que no se rechacen y anulen, no se logrará una auténtica Reforma musulmana. Los cinco elementos que hay que reformar son:

  1. La categoría semidivina e infalible de Mahoma junto con la lectura literalista del Corán, en especial de los fragmentos que fueron revelados en Medina.
  2. La anteposición de la vida después de la muerte, en lugar de la vida antes de la muerte.
  3. La sharía, el conjunto de leyes procedentes del Corán, los hadices y el resto de jurisprudencia islámica.
  4. La práctica de otorgar poderes a los individuos para ha-cer respetar la ley islámica ordenando lo que está bien y prohibiendo lo que está mal.
  5. El imperativo de librar la yihad, o guerra santa.

Todos estos principios deben ser objeto de reforma o hay que renunciar a ellos. En los capítulos que vienen a continuación, debatiré cada uno de ellos y presentaré mis argumentos a favor de su reforma.

Reconozco que estos argumentos provocarán incomodidad a muchos musulmanes. Algunos dirán que se sienten ofendidos por las enmiendas que propongo. Otros sostendrán que no estoy cualificada para debatir estos temas complejos de tradición legal y teológica. También temo, y se trata de un temor sincero, que mi postura aumente las ansias de silenciarme de algunos musulmanes.

Sin embargo, este libro no es un tratado teológico. Se trata de una obra que, por su naturaleza, está más próxima a la intervención pública en el debate sobre el futuro del islam. El mayor obstáculo que hay que salvar en el mundo musulmán es precisamente la supresión del tipo de pensamiento crítico que intento desarrollar aquí. Aunque no tuviera ninguna otra consecuencia, consideraría este libro un éxito si ayuda a provocar un debate serio sobre estos temas entre los musulmanes. En mi opinión, eso representaría un primer paso, por muy titubeante que fuera, hacia la Reforma que el islam necesita desesperadamente.

Asimismo, cabe la posibilidad de que muchos occidentales, por su parte, tengan la tentación de desechar estas proposiciones por considerarlas quijotescas. Otras religiones han sufrido un proceso de reforma que modificó sus creencias esenciales y adoptaron una actitud más tolerante y flexible hacia las sociedades modernas y pluralistas. Pero ¿qué esperanza de reforma puede haber para una religión que se ha resistido al cambio durante 1.400 años? Al contrario, en la actualidad, desde Occidente existe la percepción de que el islam está retrocediendo en lugar de avanzar. Por irónico que parezca, este libro se ha escrito en un momento en el que muchos occidentales han empezado a perder la esperanza de ganar la lucha contra el extremismo islámico, y cuando las esperanzas asociadas a la autodenominada Primavera árabe han resultado ser ilusorias.

Estoy de acuerdo en que la Primavera árabe fue una ilusión, al menos en cuanto a las expectativas occidentales. Desde el primer momento, consideré que los paralelismos con la Primavera de Praga de 1968 o la Revolución de Terciopelo de 1989 caían en el simplismo y estaban predestinados a la decepción. Aun así, creo que muchos observadores occidentales han pasado por alto la trascendencia subyacente de la Primavera árabe. No me cabe ninguna duda de que algo empezó a fraguarse, y todavía está en marcha, en el mundo musulmán. Existe una base auténtica de ciudadanos que están a favor del cambio y que antes no existía. Y se trata de un grupo de gente, como defenderé más adelante, al que no estamos haciendo caso por nuestra cuenta y riesgo.

En resumidas cuentas, se trata de un libro optimista, un libro que no pretende dar pie a otra guerra contra el terrorismo o el extremismo, sino un debate real en y sobre el mundo musulmán. Es un libro que intenta explicar qué elementos podría cambiar tal Reforma, y que está escrito desde la perspectiva de alguien que ha sido los tres tipos de musulmán en distintas épocas: una creyente aislada, una fundamentalista y una disidente. Mi viaje me ha llevado de La Meca a Medina, a Manhattan y a la idea de un islam reformado.

La ausencia de una Reforma musulmana es lo que en última instancia me llevó a ser una infiel, una nómada y, ahora, una hereje. Las generaciones futuras de musulmanes merecen opciones que sean mejores y más seguras. Los musulmanes deberían ser capaces de abrazar la modernidad, no de verse obligados a aislarse de ella, o a vivir en un estado de disonancia cognitiva, o entregarse a un rechazo violento.

En la actualidad el mundo musulmán está envuelto en una gran lucha para asimilar el desafío de la modernidad. La Primavera árabe y el Estado Islámico no son más que dos versiones de la reacción a ese desafío. En Occidente no debemos limitarnos a los medios militares para derrotar a los yihadistas. Tampoco debemos albergar la esperanza de aislarnos de todo contacto con ellos. Por estos motivos, nos afecta sobremanera esta lucha que está librando el islam. No podemos mantenernos al margen, como si el resultado no tuviera nada que ver con nosotros. Si los musulmanes de Medina ganan y se desvanecen las esperanzas de una Reforma musulmana, el resto del mundo pagará un precio muy alto por ello. Y, con todas las libertades que damos por sentado, tal vez seamos los occidentales los que tengamos más que perder.

Por este motivo este libro también va dirigido a los liberales occidentales, no sólo a aquellos que estimaron conveniente retirarme la invitación de Brandeis, sino también a los muchos otros que habrían hecho lo mismo si su universidad me hubiera ofrecido un doctorado honoris causa.

Aquellos que se autodenominan liberales deben comprender que es su modo de vida lo que está amenazado. Quien me priva de mi derecho a hablar libremente pone en peligro el suyo propio en el futuro. Quien quiera aliarse con los islamistas que lo haga por su cuenta y riesgo. Quien quiera tolerar su intolerancia que lo haga por su cuenta y riesgo.

Las feministas y los activistas de los derechos de los homosexuales ofrecen su apoyo de distintos modos a las mujeres y homosexuales musulmanes en Occidente y, cada vez más, en países de mayoría musulmana. Sin embargo, la mayoría no osan vincular los abusos que sufren, desde el matrimonio infantil hasta la persecución de los homosexuales, con los principios religiosos en los que se basan estas prácticas. Por dar un único ejemplo, en agosto de 2014 el régimen teocrático de Teherán ejecutó a dos hombres, Abdulá Ghavami Chahzanjiru y Saman Ghanbari Chahzanjiri, por haber infringido supuestamente la ley de la república islámica que prohíbe la sodomía. Esa ley se basa en el Corán y los hadices.

Gente como yo –‍algunos de los cuales somos apóstatas, la mayoría musulmanes disidentes–‍ necesitan su apoyo, estimado lector, no su antagonismo. Los que hemos sabido lo que es vivir sin libertad observamos con incredulidad cuando aquellos que se llaman a sí mismos liberales, que afirman creer fervientemente en la libertad individual y los derechos de las minorías, hacen causa común con las fuerzas del mundo que suponen las mayores amenazas a esa misma libertad y esa misma minoría.

Ahora soy una de las suyas: una occidental. Comparto con usted los placeres de las aulas de seminario y los cafés del campus. Sé que nosotros los intelectuales occidentales no podemos encabezar una Reforma musulmana. Pero debemos desempeñar un papel importante. No debemos aceptar las cortapisas de las críticas al islam. Debemos rechazar la idea de que sólo los musulmanes pueden hablar sobre el islam, y que todo examen crítico del islam es, en esencia, «racista». En lugar de modificar las tradiciones intelectuales occidentales para no ofender a nuestros ciudadanos musulmanes, debemos defender a los disidentes musulmanes que arriesgan la vida para promover los derechos humanos que nosotros damos por sentado: la igualdad para las mujeres, la tolerancia de todas las religiones y orientaciones, las libertades de pensamiento y expresión que tanto nos ha costado conseguir. Apoyamos a las mujeres de Arabia Saudita que desean conducir, a las egipcias que protestan contra las agresiones sexuales, a los homosexuales de Iraq, Irán y Pakistán, a los jóvenes musulmanes que no desean convertirse en mártires, sino que quieren tener la libertad de abandonar su fe. Pero nuestro apoyo sería más efectivo si reconociéramos las bases teológicas de su opresión.

En resumidas cuentas, nosotros que tenemos el lujo de vivir en Occidente tenemos la obligación de defender los principios liberales. El multiculturalismo no debería significar que toleramos la intolerancia de otra cultura. Si es cierto que apoyamos la diversidad, los derechos de las mujeres y de los homosexuales, entonces no podemos dar carta blanca al islam para que campe a sus anchas con el pretexto de la sensibilidad multicultural. Y debemos lanzar un mensaje inequívoco a los musulmanes que viven en Occidente: si queréis vivir en nuestras sociedades, compartir sus beneficios materiales, debéis aceptar que nuestras libertades no son optativas. Son el cimiento de nuestro estilo de vida; de nuestra civilización, una civilización que aprendió lenta y dolorosamente a no quemar herejes, sino a honrarlos.

De hecho, un resultado muy deseable de una Reforma musulmana sería redefinir el significado de la palabra «hereje». Las reformas religiosas siempre cambian el significado de este término: el hereje de hoy en día se convierte en el reformista de mañana, mientras que el defensor de la ortodoxia religiosa de hoy se convierte en el Torquemada de mañana. una Reforma musulmana tendría el feliz efecto de volver las tornas contra aquellos que me amenazan y convertirlos en herejes para que yo dejara de serlo.

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Traducción de Iván Montes, Irene Oliva  y Gabriel Dols También disponible en ebook – Título de la edición original: Heretic. Why Islam Needs a Reformation Now Traducción del inglés: Iván Montes, Irene Oliva Luque y Gabriel Dols Gallardo. Publicado por: Galaxia Gutenberg, S.L. Av. Diagonal, 361, 2.º 1.ª. 08037-Barcelona info@galaxiagutenberg.com http://www.galaxiagutenberg.com. Primera edición: mayo 2015 © Ayaan Hirsi Ali, 2015 © de la traducción: Iván Montes, Irene Oliva y Gabriel Dols, 2015 © Galaxia Gutenberg, S.L., 2015 Preimpresión: Maria Garcia Impresión y encuadernación: Rodesa Depósito legal: DL B 7917-2015 ISBN Galaxia Gutenberg: 978-84-16252-74-9 . Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización de sus titulares, a parte las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45)