La unión de la izquierda es una idea absurda – Gustavo Bueno

Oviedo, domingo 9 de marzo de 2003

Entrevista. Nuevo libro del autor de la teoría del cierre categorial
Gustavo Bueno. Filósofo, autor de «El mito de la Izquierda»

Gustavo Bueno en Niembro, el sábado 8 de marzo de 2003
Gustavo Bueno.

«La unión de la izquierda
es una idea absurda»

declara el filósofo Gustavo Bueno en una entrevista a La Nueva España tras la salida de su nuevo libro, El mito de la Izquierda.

«La derecha se encuentra disuelta en la izquierda, es lo mismo con otro nombre»

«El derecho internacional es en realidad una filfa, una contradicción in terminis, ¿quién lo impone? Además, en la ONU tienen derecho de veto cinco señores»

Niembro, Javier NEIRA (Fotos: José PANDAL)

Sentado en el jardín de su casa de Niembro, Gustavo Bueno repasó ayer durante más de dos horas para La Nueva España los detalles –y el conjunto– de su nuevo libro, titulado «El mito de la Izquierda». Una izquierda que se debe decir en plural, según señala, que se extiende a lo largo de dos siglos en seis modelos sucesivos e incompatibles y que requiere rigor para citarla, aunque por lo general funcione apenas como lema o como término cargado de confusiones. Después de este libro, que es un ejercicio de clasificación y aclaración rigurosa, nadie debería estar justificado para hablar por hablar sobre la izquierda.

Gustavo Bueno conversa en Niembro con Javier Neira, de La Nueva España, el sábado 8 de marzo de 2003 (foto de José Pandal)
Gustavo Bueno, en la tarde de ayer, en su casa de Niembro.

—¿Por qué este libro?

—El pasado verano en Fuerteventura, en un curso con Felicísimo Valbuena, Julián Santamaría, que fue embajador en Washington, y otros, ofrecí varias conferencias y en una de ellas hablé de Montesquieu. En el curso se analizaban vídeos con los discursos y debates de Kennedy o Nixon, de Felipe y Aznar. Decían que Felipe había triunfado en un debate porque en un momento citó la palabra izquierda con énfasis y se ganó al público. Dije que no discutía eso, pero que me parecía que tal apelación a la izquierda era vacua. Como las de Bobbio o Haro Tecglen. Tengo dos carpetas con recortes de periódico con opiniones semejantes. En un momento llené dos carpetas sólo con recortes de La Nueva España.Muchas versiones de la izquierda no son políticas. Izquierda, dicen, es el temperamento dialogante, pacífico. Quedas asombrado con cosas así. Habría que quitar a Lenin de la izquierda y poner al Papa. O también, izquierda es decir que el «Prestige» tenía que haber sido llevado a puerto y derecha lo contrario. O el plan hidrológico nacional es de derechas mientras que la izquierda es Labordeta porque no quiere ese plan. Y salen los de Valencia a la calle y se complica todo. Partí de todas esas cosas para decidirme a publicar este libro. Hay un debate izquierda-derecha muy fuerte. Los partidos no mantienen esa tensión, pero sí las ideologías.

—¿Cómo dio con un criterio objetivo?

—Busqué ese criterio para después hacer una taxonomía, una clasificación.

—¿Qué encontró?

—La primera distinción importante, que nunca se hace, es la relativa a las ideas de izquierda que tiene la izquierda, por un lado, y a las corrientes de izquierda, por otro. El único criterio que vale aquí es el criterio lógico. El libro de Bobbio me confirmó que mucha gente como él no sabe por dónde va. O los que afirman que la izquierda es la Revolución Francesa y su libertad, igualdad y fraternidad. No saben lo que dicen. En los sesenta, asimismo, el psicologismo hablaba de partidos duros y blandos. Como ahora se habla de la paz. El pueblo bueno y sus deseos de paz se corresponden con la izquierda. Frente a todo eso ofrezco una tipología de carácter lógico, objetiva, ética. Muchos analizan el concepto diciendo que la izquierda es progresista, ¿pero qué quiere decir eso de progreso? El marxismo se veía ya en la etapa final de la humanidad, pero ¿cómo saber que estamos en la etapa final? Quien dice eso queda descalificado, está mucho peor que el Papa. Busqué un criterio objetivo y de pertinencia política.

—¿Cuál?

—El Estado. En relación al Estado aparecen inmediatamente unas izquierdas definidas y unas indefinidas. Por cierto, que el término definido me lo sugirió Largo Caballero, que dijo en una ocasión: «Señores, hay que definirse.» Me pareció una buena frase. Unas se definen con relación al Estado y las otras no se definen. Las no definidas son de tres tipos: extravagantes, el mejor ejemplo es la Iglesia católica, ya que la Ciudad de Dios está en otro sitio. Tiene implicaciones también en el arte y otros campos. Shostakovich es de izquierdas y Stravinsky, de derechas, según algunos. No tiene sentido. Y en ciencia, la Escuela de Copenhage, de derechas, y Einstein, de izquierdas. Existen también las divagantes, como muchas ONG, que hablan del diálogo, o mismamente Habermas. Y las fundamentalistas, que consideran la izquierda como una concepción del mundo, es el caso de Lukàcs o de Sartre. Cuando abordé hace años la filosofía en Grecia en el libro «La metafísica presocrática» vi que lo que tenían todos aquellos filósofos en común era la geometría. Así que en vez de hablar de razón, porque razón tiene todo el mundo, mejor era hablar de geometría. En esto, lo mismo. La izquierda se la identifica con la razón. Pero ¿qué es la razón? Mucha gente identifica a la razón con la Ilustración francesa.

Gustavo Bueno, el sábado 8 de marzo de 2003
Bueno cree que la nueva izquierda
debe partir de una gran unidad continental.

«El liberalismo, que nace en España, es la segunda izquierda»

—Los ilustrados se identificaban con la razón.

—Voltaire o el propio Kant ven la razón de una forma puramente negativa, ven la razón como aquello que va contra la superstición, contra el clero. La definición que da Kant de la Ilustración le gusta a todo el mundo: es la liberación del hombre, la mayoría de edad de la razón y demás. Pero Hamann arremete contra eso. Afirma que Federico de Prusia le viene a decir a Kant: «Piensa lo que quieras, pero obedece.» Ésa es la supuesta mayoría de edad. Tal es la crítica del romanticismo a Kant. La crítica que también hace Marx. Y qué decir de los festivales que hacía Robespierre en Notre Dame a la diosa Razón, eso no se sostiene. La idea de razón que nos ha llegado es la de los filósofos de la Ilustración. Pero la razón realmente existente en los siglos XVIII y XIX es la de los científicos. Tras diversas discusiones acuñé el término de «holización». Es un programa de reconstrucción de una totalidad corpórea, por ejemplo un organismo. La holización equivale a tratar de entender racionalmente un organismo a través de sus miembros y vísceras y así hasta las células.

—El Estado, decía.

—El campo a organizar es el Estado del Antiguo Régimen, dividido anatómicamente, que es como se entendía desde Aristóteles la política. Hacen el mismo análisis de la sociedad que los médicos de un organismo. Y la izquierda consiste en triturar, en holizar, la sociedad civil. La sociedad se reduce a los átomos, a los individuos. Los jacobinos tratan de resolver la sociedad política en los átomos racionales. La palabra individuo viene de indivisible, de átomo. De ahí la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Reconstruyen el Antiguo Régimen a partir de individuos holizados. La gran creación de la Revolución Francesa es la idea de nación política, que no tiene nada que ver con la nación étnica, cultural, histórica o biológica. Esa nación política es el equivalente al organismo compuesto de células o a los gases compuestos de moléculas. Supone un Estado previo. No sale de una tribu. Los politólogos ni huelen todo esto. Leen a Maquiavelo, que es de una gran vulgaridad, y sin embargo no saben nada de Critias. Estos átomos racionales son iguales en toda la humanidad. La izquierda jacobina busca racionalizar el Estado desde esos átomos racionales. Pero para hacer la revolución debe defenderse del Imperio español, del prusiano, del inglés. Empieza la guerra y la holización se acaba. Esa izquierda jacobina es Napoleón. Un personaje impresionante. Se dice que es un reaccionario que restauró el altar y el trono. Pero se corona a sí mismo en el altar. Napoleón está en la primera corriente de izquierda que va más allá de Francia. El problema es el francés. Que cada cual hable lo que quiera, se dice al principio, pero cuando empieza la Revolución en serio, el que no hable francés, a la guillotina. La izquierda francesa impuso el francés por decreto. Pero ¿y la holización fuera de Francia? Propusieron un idioma universal.

—En España, tan francesa…

—La izquierda es la Francesada. Napoleón es el Anticristo. Marx dice: «En Cádiz, ideas sin fuerza, y en las guerrillas, fuerza sin ideas.» Pero no es así. En España hubo una revolución política propia, tomada de los franceses en parte, pero Jovellanos es clave, aunque no se sabe si es ave o pez, cambia poco a poco en sus escritos. Marx dijo que los franceses hicieron su revolución disfrazados de romanos. En España, creo, se hizo disfrazados de Edad Media: citan las Cortes de Palencia o el Fuero Juzgo. Argüelles, a su vez, habla de volver a las tradiciones españolas, donde el rey es sólo el «primus inter pares». En España hubo una revolución prácticamente paralela a la francesa. Pasa la soberanía a la nación: la nación española son los individuos que viven en los dos hemisferios, dice la Constitución. No hay ni rastro de racismo. El liberalismo, idea que nace en España, es, pues, la segunda corriente de izquierdas. Llega hasta Azaña o Lerroux. Es la izquierda que viví de joven: Clarín, Ortega, Unamuno, Pérez de Ayala y Marañón. Los demás eran rojos y malos.

—¿Y la holización?

—Termina cuando los átomos racionales son libres para vender su fuerza de trabajo y empieza la explotación, una situación mucho peor que la del Antiguo Régimen. El Estado imposibilita la racionalización y de ahí viene el anarquismo, la izquierda libertaria, con una fuerza terrible. Es la izquierda propiamente dicha: hay que acabar con el Estado.

—Marx.

—Con los albaceas de Marx aparece la cuarta generación de la izquierda. El Estado es la única plataforma posible para organizar la sociedad, dicen desde las coordenadas de la socialdemocracia. Pero se inclinan hacia la derecha de forma impresionante, ya que el Estado del bienestar supone el imperialismo, el imperialismo inglés y los otros imperialismos, y estalla la I Guerra Mundial. Quedan fuera de combate el anarquismo y el socialismo, y viene la quinta generación de la izquierda, el comunismo de Lenin, que es continuador, a mi juicio, del bonapartismo. La URSS fracasa, pero ahí está aún la corriente asiática, el comunismo chino. Lo que cuenta es que esas seis grandes corrientes son incompatibles entre sí. Si alguien dice que es de izquierdas debe matizar.

—¿Y la izquierda nacional socialista?

—No cuenta. Tiene un carácter racista, luego no universal. Es un imperialismo depredador, como el inglés. Pensaban en el esclavismo. Lo importante sobre todo, insisto, es que la unión de la izquierda es una idea absurda. En el 34 en Asturias duró unos días. Y la guerra civil la pierden por su desunión precisamente.

—Izquierda y derecha.

—El concepto de apropiación supone que un territorio es del que lo ocupe. No hay derecho natural al territorio. No vale invocar al primer ocupante. El derecho de propiedad es positivo, no es un derecho natural. Si eso se aplica a los árabes y al petróleo, es fácil imaginar el resultado. El derecho internacional es en realidad una filfa, una contradicción in terminis, ¿quién lo impone? Además, en la ONU tienen derecho de veto cinco señores. Es el derecho de la fuerza. La derecha tiende a mantener la apropiación. Y la izquierda, a borrarla. Pero no en un solo Estado. La derecha está disuelta en la izquierda. Es la misma izquierda con otro nombre. En EE UU son los republicanos, pero qué más da.

—¿Y la séptima izquierda y el séptimo sello?

—Tiene que tener un poder universal. No puede estar localizada en un Estado pequeño. A la escala de Europa, China o EE UU. Las unidades reales de carácter continental son EE UU, China; Europa es sólo un intento, y apunto también a la comunidad hispánica.

Origen: Gustavo Bueno: La unión de la izquierda es una idea absurda / La Nueva España / 9 marzo 2003

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