Rohaní y los desnudos en Roma – Ricardo Ruiz de la Serna

Roma, 1471. El Papa Sixto IV regaló al pueblo de Roma un grupo de esculturas de gran valor simbólico porque hacían referencia a la propia historia y grandeza de la ciudad. Entre ellas estaban la famosa Loba que, según cuenta la tradición, alimentó a Rómulo y Remo, y la formidable Cabeza de Constantino. Así nacieron los Museos Capitolinos.

Ocurrió durante el Renacimiento, un momento prodigioso de la Humanidad. Italia -y, especialmente, Roma- volvía a la antigüedad para beber de su riqueza inagotable. En aquel siglo, se descubrió la Domus Aurea con su maravillosa decoración y su fabulosa arquitectura. El Coliseo resistía en pie para admiración del mundo. El viajero podía admirar las ruinas del Teatro Marcelo. El caminante podía pasear por los foros, admirar la grandeza de un tiempo pasado y, sin embargo, siempre presente. Allí estaba el lugar donde Roma celebraba la paz y declaraba la guerra. Allí estaban los arcos que festejaban las victorias de un imperio vastísimo que abarcaba desde Asia hasta las Islas Británicas y desde los desiertos de África hasta los confines del Rin y el Danubio. Quedaban ruinas, sí, pero eran admirables y demostraban la majestad de una civilización que seguía iluminando a Europa.

Quien quisiera ver la grandeza del hombre debía viajar a Roma. La estatuaria clásica festejaba el cuerpo humano. La belleza de los dioses representados seguía un canon que los escultores del Renacimiento estudiarían y perfeccionarían. Cuando el gran Miguel Ángel quiso representar cómo la inteligencia vence a la fuerza bruta -es decir, el espíritu de Florencia- esculpió a David, judío, desnudo y preparando una honda para abatir de un golpe certero a su enemigo. Pico della Mirandola -humanista que sabía latín, griego, hebreo y árabe- describió en su “Discurso sobre la dignidad del hombre” el ideal renacentista del ser humano como “copula mundi”, es decir, puente entre lo material y lo espiritual de la Creación, y “cúpula mundi”, su punto más alto.

Roma, 2016. El presidente de la República Islámica de Irán, Hasan Rohaní, visita los Museos Capitolinos. Las autoridades italianas deciden cubrir los desnudos con paneles de madera para que la visión del cuerpo humano no incomode al visitante.

La Ciudad Eterna resistió las invasiones bárbaras y el deterioro que, durante la Edad Media, sufrió su patrimonio histórico. Roma se ha sobrepuesto al Saco de 1527 a manos de los ejércitos del emperador Carlos. Antes la habían saqueado los visigodos (410), los vándalos (455), los ejércitos de Ricimero (472), los ostrogodos (546), los sarracenos (846) y los normandos (1084). Ahora no ha habido un asalto ni un asedio pero, sin duda, ha habido una afrenta y una humillación que la memoria de Roma y Occidente no merecían.

Todos somos hijos de esta civilización y de su visión del cuerpo humano. Desde las Olimpiadas de los Griegos -esas que se toman como referencia temporal en la Calenda de Navidad- hasta los cuerpos que pinta Caravaggio, Europa ha tenido una relación intensa y profunda con el cuerpo. Ha habido, sin duda, etapas de represión y oscurantismo en que el cuerpo era un tabú o, peor, un lugar peligroso y prohibido. Ahí está Daniele da Volterra “Il Braghetone”, a quien el Papa Pío V le ordenó cubrir los genitales del mural del Juicio Final. Hoy lo estudiamos casi con una sonrisa y los cuerpos que Miguel Ángel pintó lucen su grandeza y anticipan el Destino que a todos nos aguarda. Nuestra civilización se ha construido frente a aquello que Irán y su teocracia representan: la condena del cuerpo, la demonización del desnudo, la ocultación de aquello que incomoda al fanático. La han construido el Aretino, Chaucer, Fernando de Rojas y el Arcipreste de Hita.

No. No se debe cubrir nada, porque acceder a esa pretensión es claudicar ante un religioso radical que pretende imponer su deseo sobre casi quinientos cincuenta años de historia de un museo y más de dos mil quinientos de una civilización. Cubrir los desnudos aquí no denota respeto, sino cobardía y sumisión, los contrarios de la “virtus” de Roma: la valentía, el arrojo, la decisión.

Deben mantenerse los desnudos a la vista de todos porque son parte de la historia de Europa y de Occidente y porque sirven como testimonio de una de las dos fuentes de las que nace nuestra civilización: la tradición de Grecia y Roma. Europa ha tenido que batallar mucho tiempo contra sus propios fanáticos, contra sus Savonarolas y sus inquisidores, para ceder ahora ante uno importado de Teherán.

Las estatuas no deben cubrirse. Al contrario, debemos llevar a nuestros hijos más a los museos, tenemos que viajar con ellos más a Roma y a París -allí, al menos, no han retirado el vino del menú aun a costa de sacrificar la comida oficial entre Rohaní y Hollande- más a Florencia y a Venecia, más a Salamanca y a Lisboa, más a Atenas y a Sicilia. Que visiten los foros de Roma y los templos de Grecia. Que admiren las universidades y se detengan en los puertos de los que partieron navegantes a Oriente y a Occidente. Que aprendan cuál es su origen.

La Revolución Islámica de Irán pretende ser la heredera de la civilización persa pero, en realidad, ha traicionado el legado fabuloso de Omar Jayam y Hafez de Shiraz. El Shah Nameh -una joya de la literatura persa- dice que no debemos dejar el mundo al mal. Los ayatollahs y su fanatismo han mancillado una de las grandes civilizaciones del planeta. Sí, enseñan Persépolis como visita para los turistas, pero el espíritu que animó a Rumí y a los místicos sufíes ha sucumbido a base de censura, represión y fatuas. Lo han matado los mismos que ahorcan homosexuales y lapidan mujeres. Son los mismos que ahora pretenden imponer sus valores a Occidente.

Por eso debemos defender los museos y enseñar las estatuas.

Por eso no podemos claudicar.

Por eso debemos recuperar la herencia de Grecia y Roma y exhibirla orgullosos.

Por eso debemos recordar de dónde venimos

Origen: Rohaní y los desnudos en Roma | El Imparcial

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