Cuando mataron a Calvo Sotelo.

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Su asesinato se consideró el casus belli que precipitó el alzamiento y provocó la guerra civil. Este gallego de 43 años (en el momento de su muerte) lideraba el partido monárquico en la convulsa II República española, y lideraba, junto a José Antonio Primo de Rivera, la oposición a los proyectos marxistas y republicanos de la izquierda.

Hubo de exiliarse tras el golpe de estado que trajo la II república por temor a ser juzgado como colaborador de la dictadura, y abandonar España hasta la amnistía general decretada en 1934 por el gobierno radical cedista, pese a haber sido elegido diputado a cortes un año antes como líder de Renovación española.

Asistió a la degradación final de la segunda república y se convirtió, junto con José Antonio Primo de Rivera y Gli Robles, en uno de los líderes de la españa católica y liberal moderada. Denunció los desmanes cometidos por los revolucionarios e instó al gobierno a detenerlos y a hacer valer el estado de derecho, especialmente durante la revolución de 1934.

El 1 de julio de 1936, durante la sesión parlamentaria en el Congreso, se enfrentó gravemente a Casares Quiroga, a la sazón presidente del gobierno y ministro de guerra a causa de los graves disturbios que afectaban a todo el país. En un momento dado el socialista Ángel Galarza comenta sobre Calvo Sotelo:

“Pensando en su Señoría encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”.

– GIL ROBLES, J. M; No fue posible la paz; Esplugues del Llobregat, 1968, p. 675.

En ese momento intervino Martínez Barrio, el presidente de las Cortes y encargado de la moderación del debate:

“La violencia, Sr. Galarza, no es legítima en ningún momento, ni en ningún sitio; pero si en alguna parte esa ilegitimidad sube de punto es aquí. Desde aquí, desde el Parlamento, no se puede aconsejar la violencia. Las palabras de S. S., en lo que a eso respecta, no constarán en el Diario de Sesiones”.

Diario de Sesiones de las Cortes, nº 54, 1 de julio de 1936, p. 1795.

Con lo que, efectivamente, se borraron del mencionado registro. Sin embargo, Galarza, advirtió a los presentes que

“Yo me someto, desde luego, a la decisión de la Presidencia, porque es mi deber, por el respeto que le debo. Ahora, esas palabras, que en el Diario de Sesiones no figurarán, el país las conocerá, y nos dirá a todos si es legítima o no la violencia”.

Diario de Sesiones de las Cortes, nº 54, 1 de julio de 1936, p. 1795.

Diez días más tarde, el 11 de julio, tras pronunciar un elocuente discurso denunciando el caos ciudadano, Dolores Ibarruri, La Pasionaria, diputada comunista, le amenazó de muerte. Dichas palabras nunca aparecieron en el diario de sesiones y la autora ha negado repetidas veces haberlas pronunciado, no obstante..

“Me acuerdo del día que Dolores Ibarruri le dijo a Calvo Sotelo aquello de «has hablado por última vez», porque yo me sentaba en un escaño muy cercano al de Calvo Sotelo”.

Josep Tarradellas (entrevista por Pilar Urbano); Revista “Época“, nº 33; 1985; p. 26.

Además, Salvador de Madariaga, diputado republicano en ese momento, publicó más tarde

“Dolores Ibarruri, la Pasionaria, del partido comunista de las Cortes, le gritó: «Este es tu último discurso» Y así fue”.

– MADARIAGA, Salvador de; España: ensayo de historia contemporánea; 1979, pg. 384.

 La madrugada del 13 de julio un grupo de guardias de asalto y militantes socialistas afines al diputado socialista Prieto se presentaron en la casa de la familia de Calvo Sotelo y exigieron llevarse al diputado a la Dirección General de Seguridad enarbolando una orden de detención falsa.

Su hija Enriqueta, que en ese momento estaba dormida, recopiló los testimonios de su familia y de los empleados para elaborar este relato de la detención de su padre.

A pesar de los insistentes ruegos de su esposa, Calvo Sotelo acompañó a los guardias a la calle y se subió en una camioneta oficial de la Guardia de Asalto. Aniceto Castro, uno de los guardias que participaron en su detención y asesinato, explicó como fue durante la Causa General.

“En el banco delantero se sentaron el chofer, el Capitán Condes y José del Rey; en el segundo, algunos paisanos y guardias; en el tercero, que era de espaldas a la dirección, no iba nadie; en el cuarto, el declarante, el Sr. Calvo Sotelo y el guardia del Escuadrón de Seguridad, y, en el quinto, ‘el pistolero’ [Cuenca] y otros paisanos. Se encaminó la camioneta calle de Velázquez abajo, y a los pocos momentos de emprender la marcha, cree fue al llegar al cruce con la calle de Ayala, sonó un tiro, y al momento vio que el Sr. Calvo Sotelo caía hacia la derecha y ‘el pistolero’ esgrimía detrás de él una pistola con la que, indudablemente, había disparado sobre la nuca de aquél. Al instante, vio como ‘el pistolero’ hizo un segundo disparo sobre la cabeza del Sr. Calvo Sotelo, cuando ya éste estaba cabeza abajo. Entonces el guardia del Escuadrón se pasó al asiento de atrás. ‘El pistolero’ exclamó: ‘Ya cayó uno de los de Castillo’, y al mismo tiempo Condes y José del Rey se cruzaron miradas y sonrisas de inteligencia

Al llegar a la confluencia de Velázquez con Alcalá, les detuvo otra camioneta de Asalto allí apostada, al mando del Teniente Barbeta. Les dejó pasar y siguieron en la camioneta 17 hasta el Cementerio del Este, al llegar al cual el Capitán Condés, José del Rey y algunos otros se apearon, y, tras de hablar breves palabras con dos guardas del Cementerio, dieron orden de apear el cadáver, el que extrajeron de la camioneta entre varios y le dejaron dentro del recinto del Cementerio, bajo los cobertizos, en una acera próxima a la puerta de entrada. 

A continuación volvieron en la camioneta sus ocupantes hacia Pontejos. Por el camino dijo el chofer: ‘Supongo que no me delataréis’ y Condés respondió: ‘No te preocupes que nada te pasará’. Cuando pasaban junto a la Plaza de Toros, dijo José del Rey: ‘El que diga algo de todo esto se suicida. Lo mataremos como a este perro’. 

Llegado al cuartel de Pontejos, ‘el pistolero’ entró en él, llevando el maletín del Sr. Calvo Sotelo y el comandante Burillo, al verle, le abrazó. Ambos subieron a la Comandancia, juntamente con el Capitán Condés, José del Rey y otros oficiales de Asalto de Pontejos. Algo más tarde vio llegar y subir allí también al teniente Coronel de Asalto Sánchez Plaza“.

Archivo Histórico Nacional, FC, CG, caja 1500, declaración de Aniceto Castro del 15-6.1939.

Su cadáver se encontró a la mañana siguiente. La investigación de los hechos se encontró con muchas dificultades y nunca se llegó a terminar.

El gobierno prohibió que el finado fuese velado, como era costumbre, en la Academia de Jurisprudencia, y a pesar del enrarecido clima y la violencia generalizada por las calles, se celebró un entierro público en el cementerio de la Almudena, al que asistieron alrededor de treinta mil personas, entre ellas muchos políticos e intelectuales. Durante el sepelio y frente al ataúd, que estaba cubierto por una bandera bicolor, el fundador de Renovación Española, compañero y amigo de Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea, leyó un discurso que acabó de la siguiente manera:

“No te ofrecemos que rogaremos a Dios por ti; te pedimos a ti que ruegues a Dios por nosotros. Ante esta bandera colocada como una reliquia sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos juramento solemne de consagrar nuestra vida a esta triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte y salvar a España. Que todo es uno y lo mismo; porque salvar a España será vengar tu muerte e imitar tu ejemplo será el camino más seguro para salvar a España”.

La Vanguardia, jueves 13 de julio de 1939; pág. 3.

Tras el entierro muchos de los congregados trataron de marchar hasta el centro de la ciudad, pero la Guardia de Asalto los cacheó a todos repetidas veces y los tiroteó en la confluencia de las calles Goya y Alcalá, causando 5 muertos y 34 heridos. Posteriormente los tenientes España, Artal y el capitán Gallego, de la Guardia de Asalto, fueron detenidos por protestar contra dicha acción. Los congregados alrededor de la casa de Calvo Sotelo también fueron dispersados brutalmente.

Se tiene constancia de diversas patrullas que la noche del asesinato visitaron las casas de José Antonio Primo de Rivera y de José María Gil-Robles (líderes de sendos partidos conservadores), pero no consiguieron encontrarlos por estar ambos escondidos o huídos.

El 16 de junio, casi un mes antes de su muerte, Casares Quiroga había advertido duramente a Calvo Sotelo sobre unas palabras que había pronunciado denunciando el estado de anarquía reinante y la inoperancia del gobierno del Frente Popular, a lo que Calvo Sotelo respondió.

“Yo tengo, Sr. Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, Sr. Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de S.S. Me ha convertido su señoría en sujeto, y por tanto no sólo activo, sino pasivo de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos. Bien, Sr. Casares Quiroga.

Lo repito, mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria (exclamaciones) y para gloria de mi España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: ‘Señor, la vida podéis quitarme pero más no podéis‘. Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”.

Diario de Sesiones del Congreso de los diputados. 16 de junio de 1936.

Cinco días después de su muerte, comenzó la sublevación del bando nacional.

Origen: Cuando mataron a Calvo Sotelo

Un comentario en “Cuando mataron a Calvo Sotelo.

  1. Buenas tardes, muchas gracias por sus magnificas aportaciones de la auténtica realidad de la Memoría Histórica, propiciada por las hordas del Frente Popular, y con ello la funesta Guerra Civil.-

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