Un Viaje Inolvidable – Beatriz Gómez González (9 años)

Un Viaje Inolvidable, por Beatriz Gómez González (9 años) 

Esta es la historia de un viaje inolvidable a un lugar inolvidable. Estuve allí antes de ir, porque mi mamá me había hablado tanto de aquel sitio, y con tanta pasión, que ya lo conocía tan bien como ella. Bueno, no tan bien, porque nunca había estado allí y sólo había visto fotos… y los cuadros que tenemos colgados en casa, ¡por toda la casa! Pero desde luego, tenía tantas ganas de ir como ella.

 

Sólo hay una cosa que sigo sin entender. Mamá tenía muchas ganas de ir, pero se pasó todo el viaje llorando. Empezó a llorar cuando nos subimos al avión y no dejó de hacerlo en todas las vacaciones. Lloraba cuando se encontraba con una amiga; lloraba cuando volvió a su Universidad; lloraba cuando escuchaba una canción; lloraba cuando visitábamos cualquier sitio; lloraba cuando entrábamos en un restaurante para comer; lloraba si pasábamos el día en la playa, y no os digo cuando llegamos al Muro… ¡jo, qué madre tan llorona! La verdad es que yo también me emocioné mucho. Y es que Israel es especial. Os lo aseguro, porque es completamente diferente a lo que la gente dice que es.

 

Llegamos a Ben Gurion, que es el nombre del aeropuerto de Tel Aviv, una tarde de agosto. Yo miraba todo con mucha curiosidad, porque había mucha gente, de muchos países y hablaban muchos idiomas. Toda mi familia seguía a mi mamá, que era la mandamás. No sólo porque conocía muy bien aquel lugar, sino también porque se entendía con todo el mundo ¡y hablaban rarísimo! Yo sólo entendía algunas palabras que me había enseñado mi mamá, y por eso, me sentía también muy importante. Así que, igual que ella, saludaba a los policías con mucha cortesía: Shalom, mas lo meg? Y pedía todo por favor, con esa palabra, bebakasha, tan bonita.

 

A la salida, nos estaba esperando Paulette y su familia. Mamá empezó a llorar, otra vez, mientras seguía abrazada de su mejor amiga. Como nosotros también la conocemos, nos pusimos también muy contentos de verlos a todos. Sobre todo, mis hermanos y yo, porque podíamos jugar con sus hijos, Mayan y los mellizos, Adi y Yamit, que eran como nosotros. ¡Qué bien lo íbamos a pasar! Al principio, hablábamos como los indios de las películas. Jaime gritaba mucho, porque como no entendían nuestro idioma, pensaba que si hablaba muy alto, despacio y haciendo muchos gestos, nos iban a entender. Yo intentaba decir cositas en inglés y funcionó, porque lo hablaban muy bien, y me enseñaron a pronunciar un poquito mejor. Y Elena…bueno, Elena se lo pasó de maravilla. Creo que, si pudiera hablar, nos diría que también fue un viaje inolvidable para ella.

 

Visitamos todos los lugares bonitos que estaban en la memoria de mamá. Y también aquellos otros que nos recordaron la tragedia del pueblo judío a lo largo de la historia. Mamá nos explicaba que las gentes de ese país habían sufrido mucho porque el mundo siempre había pensado que eran diferentes. Nos llevó a un Museo que se llama del Holocausto, donde vimos fotografías y recuerdos horribles de lo malo que puede llegar a ser el hombre si se lo propone. Yo me puse muy triste, y por eso escribí una oración a Dios pidiéndole que no haya guerras y que todo el mundo se quiera mucho, aunque no sean iguales. Sé que Dios me ha oído, porque dejé el papelito en un agujerito dentro de un Muro que mamá llama kotel y que decían allí que era el lugar más importante de Jerusalén. Bueno, y del mundo, porque mamá nos ha contado que mucha gente se pelea por esa ciudad.

 

A mí me pareció todo muy especial, y tengo el recuerdo de ese viaje muy dentro de mi corazón. Ahora entiendo a mamá, y por qué se pone tan triste cuando recuerda Israel ¡Todos los lugares son tan bonitos! No podría decir qué es lo que más me gustó: las playas de Tel Aviv o el Lago Kinneret, al que aquí llaman Tiberíades; Haifa y el Monte Carmelo o Acre y todo lo que nos contaron de los Cruzados; Belén o el desierto de Judea y Massada y En Gedi, o el Mar Muerto, donde toda mi familia nos pringamos de barro y donde no pudimos bucear porque hay tanta sal que sólo se puede flotar.

Me siento muy feliz, ani nishva, por haber estado en un sitio tan lejano y cercano a la vez. Ahora sé por qué mi mamá dice que en Israel está su casa. También está la mía.

  

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