La peligrosa incógnita del asesinato de Cánovas del Castillo por un anarquista italiano

¿Recibió Michele Angiolillo ayuda de los independentistas cubanos o del Gobierno de EE.UU. para perpetrar la muerte del padre de la Restauración borbónica?

Ilustración del asesinato de Cánovas en un libro de Francisco Pi y Margall.

Ilustración del asesinato de Cánovas en un libro de Francisco Pi y Margall. – ABC

 

Fue sin lugar a dudas el político español más importante de la segunda mitad del siglo XIX. El hombre que fue capaz de convencer a las principales y enfrentadas fuerzas políticas de que la única vía para alcanzar cierta estabilidad era el regreso de la dinastía Borbón. Y la historia demostró que Antonio Cánovas del Castillo estaba en lo cierto. Tras el fallido reinado de Amadeo I y el turbulento periodo de la I República, el sistema de alternancia política que impulsó Cánovas inauguró una de las mayores trasformaciones que ha vivido nuestro país. Bien es cierto que el sistema tenía poco de democrático, puesto que se basaba en el bipartidismo y la alternancia política entre conservadores y liberales, y conjuró contra el malagueño una interminable ristra de enemigos. Su inesperado asesinato a manos de un anarquista italiano fue la consecuencia, o más bien el origen, del final de la Restauración borbónica. No en vano, y pese a que fue el único condenado, el autor material tenía el respaldo de varios grupos internacionales que quedaron sin esclarecer.

Cánovas del Castillo nació un 8 de febrero de 1828 en Málaga y murió el 8 de agosto de 1897 en el balneario de Santa Águeda, del municipio deMondragón. A sus 69 años, el presidente del Gobierno español se había detenido en la localidad guipuzcoana a pasar unos días de descanso a su regreso de San Sebastián, donde estuvo reunido con la Reina Regente,María Cristina de Habsburgo-Lorena. Aquel domingo 8 de agosto, Cánovas oyó misa temprano en la parroquia de Santa Águeda y a la vuelta se sentó en un banco junto a la puerta del balneario a leer la prensa. Cuando era cerca de la una del mediodía, se le acercó un individuo y le disparó tres veces: una bala le causó una herida en la cabeza, otra en la yugular y la tercera en un costado. Esas tres balas mataron al hombre que había presidido el país de forma casi ininterrumpida desde el principio de la Restauración.

¿Quién podía estar interesado en matar a un político que encaraba el final de su carrera? Demasiados candidatos seguía siendo la respuesta. Tras participar en la revolución del 54 encabezada por Leopoldo O’Donnell –donde se encargó de redactar el «Manifiesto de Manzanares»– y ocupar varios ministerios en los años finales del reinado de Isabel II, Cánovas desapareció parcialmente de la escena política con la salida de la Reina del país. En 1874 regresó para tutelar la llegada al trono de Alfonso XII, hijo de Isabel II. El malagueño, también célebre por su obra como historiador, se alzó como el autor intelectual de la restauración Borbónica y accedió siete veces al cargo de Presidente del Consejo de Ministros de España con Alfonso XII. Fueron años de progreso económico y estabilidad política en España, que, sin embargo, dejaron por el camino muchos detractores a un régimen que estaba lejos de ser democrático.

El bipartidista daba reducido margen de actuación a grupos políticos como los socialistas o los anarquistas, marginados por un sistema electoral vertebrado por el caciquismo. Las violentas reivindicaciones de estos partidos, en muchos casos a través de atentados, fueron respondidas con la misma contundencia por parte del estado.

El proceso de Montjuic: la herida anarquista

El 7 de junio de 1896, tuvo lugar un atentado en la calle Canvis Nous de Barcelona al paso de la procesión del Corpus. Un artefacto explosivo fue lanzado por un anarquista contra el público congregado, puesto que la zona de autoridades estaba lejos de su alcance. La bomba mató a 12 personas y dejó a 40 heridas. La represión policial que se desató tras el atentado fue brutal e indiscriminada y dio lugar al famoso proceso de Montjuic, durante el cual 400 sospechosos fueron encarcelados en el castillo de Montjuic para ser brutalmente torturados. Varios consejos de guerra condenaron a muerte a 28 personas –cinco de las cuales fueron ejecutadas– y a otras 59 a cadena perpetua –63 fueran declaradas inocentes pero fueron deportadas a Río de Oro, en el Sáhara español–.

El proceso ordenado y supervisado por Antonio Cánovas del Castillolevantó una ola de protestas por toda Europa, que criticaban las condenas y la forma en la que se habían obtenido las confesiones de los acusados. Pese a que la mayoría de los acusados, muchos de los cuales acabaron muriendo durante las torturas o quedaron lisiados para siempre, eran sindicalistas y socialistas, el anarquista Michele Angiolillo fue uno de esos europeos indignados por el episodio más negro en la carrera política del malagueño.

Michele Angiolillo, que había huido de Italia para evitar una condena por escribir artículos subversivos a favor del movimiento anarquista, estuvo en Barcelona en torno a las fechas en las que se produjo el atentado de la Procesión del Corpus de junio de 1896. Aunque no participó en la acción terrorista, abandonó el país cuando comenzaron las detenciones masivas. En Londres conoció los relatos de los torturados en el proceso de Montjuic, que le dejaron profundamente afectado. Allí compró la pistola con la que asesinaría a Cánovas del Castillo y allí se conjuraría para usarla.

Angiolillo se hizo pasar por el corresponsal de un periódico italiano para registrarse en el balneario de Santa Águeda y esperó paciente hasta encontrar la ocasión de toparse con Cánovas sin guardias. Pocos después de que el presidente se sentara en el banco junto a sus periódicos, el italiano subió a su habitación, se calzó unas alpargatas para evitar hacer ruido y cogió la pistola. Efectuó tres disparos, y aún intentó un cuarto cuando un teniente de la guardia civil redujo al criminal. En cuestión de once días, se celebró el juicio contra el anarquista, que reconoció el asesinato como una represalia por las torturas cometidas en el castillo de Montjuic. Condenado a muerte por garrote vil, la sentencia se cumplió el 19 de agosto de 1897, sin que quedaran claros muchos de los detalles del magnicidio.

La conexión de EE.UU. y los cubanos

Durante su declaración, el italiano afirmó que había actuado en solitario y sin ayudas de otros grupos. No obstante, para conseguir una posición franca desde donde presionar el gatillo, Angiolillo había necesitado la asistencia financiera de varias personas. Sin ir más lejos, había estado en Madrid pocos meses antes del atentado en contacto con el periodista republicano y anticlerical José Nakens a quien se presentó como periodista con el falso nombre de Emilio Rinaldini. Nakens le dio algún dinero pero, según su declaración, desconocía que tramaba emplearlo para realizar el magnicidio.

Anteriormente, Angiolillo se había reunido en París con una delegación de los insurrectos cubanos que luchaban contra España para lograr la independencia y con el también independentista puertorriqueño Ramón Emeterio Betances. Según el periodista español Luis Bonafoux –amigo de Betances–, la primera intención del anarquista era atentar directamente contra la madre de Alfonso XIII. Fueron los insurrectos cubanos quienes le persuadieron y financiaron para cambiar su objetivo a Cánovas, una dura espina para las aspiraciones independentistas de la isla.

Los cubanos acertaron con su movimiento. La muerte del político malagueño facilitó la independencia de Cuba y la pérdida de las últimas colonias durante el Desastre de 1898. Pues, pese a su excesiva actuación en el proceso de Montjuic y de otras manchas en su carrera, Cánovas tenía en su haber como gobernante la pacificación de la sublevación cantonal de 1874, la Tercera Guerra Carlista de 1875 y la firma de una tregua en la Guerra de los Diez Años Cubana en 1878. En medio de una rebelión abierta en Cuba, donde EE.UU guardaba importantes intereses y no tardaría en implicarse militarmente, la desaparición del mejor estadista que conservaba España fue muy provechosa para los insurrectos. De hecho, una de las primeras decisiones del nuevo presidente de España, Sagasta, fue retirar a Valeriano Weyler, capitán general de Cuba y responsable de una durísima estretegia militar contra los insurrectos.

Sin embargo, la Justicia española no quiso ir más allá de la autoría materialdel crimen. No quiso entrar en los peligrosos pliegues internacionales que habían financiado al italiano. La reunión con Ramón Emeterio Betances fue descubierta años después cuando el país centraba todos sus esfuerzos en digerir el Desastre del 98. Pocos se pararon a pensar a esas alturas en la posible relación de Betances, que había residido en EE.UU. y mantenía importantes relaciones allí, con representantes del gobierno norteamericano. Y sea cierto o no que hubo dinero estadounidense respaldando al anarquista, paradojicamente el mismo presidente que metió a EE.UU. en la Guerra de Cuba, William McKinley, fue asesinado por otro anarquista en 1901. Bien es cierto que al principio McKinley se oponía a la guerra frente a la presión empresarial y mediática de personajes como el magnate de la prensa William Randolph Hearst.

En el siglo XIX y principios del siglo XX, la estrategia antisistema de la Propaganda por el hecho fue el recurso preferido por los grupos anarquistas.Creían los antisistema que a través de atentados y asesinatos contra figuras públicas, como fue el caso de Cánovas o el también presidente español José Canalejas en 1912, podrían difundir un mensaje político capaz de conmover al cuerpo social. Pero el asesinato, igual que cualquier delito de sangre, no es capaz de conmover más que contra el asesino

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