El otro muerto – Marcos Ordoñez / El Pais (Antich y su victima, Paco Anguas)

  
La película Salvador recupera un momento crucial del franquismo agonizante: la ejecución, en 1974, de Salvador Puig Antich a garrote vil tras ser declarado culpable del asesinato del policía Francisco Anguas Barragán. Hubo dos muertos, por tanto. Mientras se sabe casi todo de Puig Antic, cuya ejecución lo convirtió en un símbolo de la represión fascista. Francisco Anguas desapareció de la vida y de la memoria colectiva con la misma rapidez. Era el policía. Era el otro. Marcos Ordóñez, crítico de teatro de EL PAÍS, conoció a los dos. A uno -Anguas- con proximidad y afecto. A Puig Antic, a través de los azares de la vida. En este artículo recupera la memoria del hombre destinado al olvido como arquetipo del régimen represor.
Una tarde de invierno de hará dos años fui a casa de Manuel Huerga, el director de Salvador. Una película emocionante, valiente, con mucho cine dentro. Aquella tarde llovía muchísimo, como entonces. Me recibieron él y su guionista, Lluís Arcarazo. Estaban preparando el guión y querían que les hablase de Francisco Anguas Barragán. Es probable que a ustedes ese nombre no les diga nada, porque apenas ha existido durante los últimos 30 años. Francisco Anguas es el que muere al principio.

  
En la página web de Salvador, Lluís Arcarazo recuerda así aquel encuentro: “Charlamos con Marcos Ordóñez, que nos habló con ambigüedad del policía Francisco Anguas”. Una frase un tanto sorprendente, porque no creo que hubiera ambigüedad alguna por mi parte.

“Ahí está Salva”. Entra, riendo. Todo él reía. ¿Cómo explicar una irradiación?

Anguas era un policía atípico. Escapaba del cliché habitual del ‘poli’ franquista

Debo de ser una de las pocas personas que conoció a Salvador Puig Antich y a Francisco Anguas Barragán. “Conocer” es un verbo exagerado. Digamos que, por un extraño azar, coincidí con ambos en el espacio y el tiempo. El espacio era Barcelona, y el tiempo, los primeros años setenta.

Les conté a Huerga y Arcarazo que Paquito Anguas era un policía atípico. Es decir, que escapaba del cliché habitual del poli franquista. No era gordo, ni sudoroso, ni envuelto en humo de Celtas, ni tenía bigote recortado, ni gritaba 20 maldiciones por minuto. Anguas era flaco, pequeñito, pelirrojo, con la cara sembrada de pecas. Parecía el hermano menor de los Hollister. Tenía entonces 23 años, aunque aparentaba menos. Le apasionaban las mismas cosas que a mí: el cine y los libros, sobre todo.

Me sorprendió muchísimo, en nuestro primer encuentro, que reparase en el libro que yo llevaba, Le Cinéma selon Hitchcock, la larga entrevista de Truffaut, una de mis biblias de entonces, comprada en el mercado de ocasión de Sant Antoni. Comenzamos a hablar de Hitchcock y de Truffaut mientras yo me preguntaba qué demonios hacía aquel tipo en la policía. Muchos años después, leyendo Cuenta atrás, el libro de Francesc Escribano en que se basa el guión de Salvador, supe que Anguas era sevillano, hijo de un guardia civil. Había hecho la mili en la Brigada Antidroga y entró en la policía en 1970.

Aquel primer encuentro tuvo lugar en la comisaría de Sants, de la que mi padre era comisario jefe. Mi padre era otro policía atípico, aunque yo no lo veía así entonces. Comenzábamos a no entendernos en absoluto, a hablarnos lo indispensable. Yo no era, ni muchísimo menos, lo que entonces se entendía por un chaval “politizado”, pero sabía de sobra que mi padre era franquista hasta el tuétano.

Supongo que yo ya había renunciado a preguntarme por qué entró en la policía. En 1933 estudiaba Filosofía y Letras en Madrid. Y Periodismo, en la escuela de El Debate. Quería ser escritor, y escribió muchísimo: libros, guiones, canciones, artículos. Según mi madre, entró en la policía porque en su casa no había dinero y él se sabía el temario: había ayudado a su hermano mayor a preparar las oposiciones al Cuerpo. Parecía un trabajo fijo, bien remunerado. Hasta cierto punto: el régimen pagaba muy mal a sus hombres. Cuando yo nací, mi padre tuvo que buscar un segundo empleo. Vigilante nocturno, en los almacenes Gerplex. Tampoco era gordo, sudoroso, con bigotito, etcétera. Daba igual: entonces, en mi rabiosa e intolerante adolescencia, todo aquello quedaba muy atrás y yo era incapaz de separar al hombre de lo que representaba. En cambio, podía acercarme sin demasiados problemas a otros polis igualmente atípicos, como mi tío Tomás Salvador, novelista y editor, que cuando yo tenía 12 años me abrió las puertas de su inmensa biblioteca y me descubrió a Ana María Matute, a Aldecoa, a Jules Renard.

  
“Has de leer Poil de carotte”. Qué extraño, un poli diciendo esas cosas. Tan extraño, tan atípico como Paquito Anguas hablándome de Truffaut y de Hitchcock.

Truffaut era su dios. Godard también, pero sobre todo Truffaut. Yo no había visto todavía Los cuatrocientos golpes. “¿No la has visto? No me lo puedo creer…” Anguas fue el primero en hablarme de un director que yo no tenía inventariado: Jean-Pierre Melville. Quizás, pienso ahora, se hubiera metido en la poli, además de por la impronta familiar y para ganarse la vida, por alguna película de Melville, quizás Círculo rojo, quizás Hasta el último aliento. Melville hubiera sido el cineasta ideal para contar su historia, y la de Salvador Puig Antich.

Mi segundo encuentro con Anguas tuvo lugar en un cine de la quinta puñeta. Un cine de barrio, en Horta. Anguas me llamó a casa. Estaba muy excitado. Había que ir a aquel cine, imperativamente, porque daban una obra maestra, largo tiempo fuera de circulación: Viento en las velas, de Alexander Mackendrick, una de sus películas favoritas. Fuimos juntos. Era, realmente, una obra maestra.

Me trajo dos libros. El ensayo de Francisco Aranda sobre Buñuel, al que Anguas idolatraba, repleto de notas y subrayados. Y Huracán en Jamaica, la novela de Richard Hughes en la que se basaba la película de Mackendrick. No pude devolvérselos. No hubo tiempo.

La siguiente vez que vuelvo a verle ya está muerto. Veo su rostro impreso en un periódico, que mi padre agita, furioso, ante mis narices. Quizás la Soli o La Prensa, porque en casa sólo “entraban” los diarios del Movimiento. Hay otra foto a su lado. Mi padre grita: “Este hijo de puta ha matado a Paquito Anguas”. Leo que el asesino era un atracador. Llevaba encima un cuchillo y dos pistolas, una Kommer de 6,35 milímetros y un Astra del nueve largo, con la que disparó sobre Anguas.

Vuelvo a mirar la foto. Podía ser un lila para muchas cosas, pero a mí no se me despintaba una cara.

Reconozco al asesino. Reconozco aquellos ojos y no puedo creérmelo.

Mi recuerdo de Salvador Puig Antich es todavía más impreciso que el de los encuentros con Anguas, pero mucho más intenso. No crucé ni una palabra con él. Ni creo que él se fijara en mí, por descontado.

Salvador (“Esta tarde vendrá Salva”) era amigo de los amigos del hermano mayor de un ni siquiera amigo mío, un compañero de La Salle. Una de esas fiestas a las que vas de rebote, en las que apenas conoces a nadie. Tampoco podría situar el piso. Zona alta, de eso sí me acuerdo. Una fiesta doble: a un lado, nosotros, los granujientos. Al otro, los hermanos mayores y su música. El hermano mayor de mi ni siquiera amigo tenía muchos discos. Música de la época. ¿Locomotive Breath, como en la película? Podría ser, vendría bien como banda sonora para la aparición de Salva. Pero diría que aquella tarde fue “antes” de Jethro Tull. Quizás sonaba algo de soul. O de los Creedence, recuerdo sobre todo un disco de los Creedence. Así les llamaban ellos: yo había leído, casi deletreando, Cree-den-ce-Cle-ar-wa-ter-Re-vi-val.

Debía de ser casi verano, porque recuerdo el petardeo de una moto a través de la ventana abierta. Alguien palmotea, varios se asoman. “Ahí está Salva”. Entra, riendo. Todo él reía. ¿Cómo explicar una irradiación? Los ojos negros, la cazadora de cuero. Parecía un loubard, el prota de una peli de Truffaut. Sí, parecía francés. Un tipo condenadamente guapo. Uno de esos que hunden en la miseria a los granujientos. También llevaba tejanos. Desteñidos. Yo hubiera dado cualquier cosa por una cazadora y unos tejanos como aquellos. Y por la moto, si hubiera tenido los huevos de conducirla. El tal Salva entró y le bastó cruzar la sala para iluminarla. Se puso a bailar casi en seguida. Por suerte no había tías en la fiesta.

Años después escuché una canción, gran canción, de Albert Pla: El hombre que nos roba las novias. Pensé, en el acto, en Salvador Puig Antich. El muchacho de la cazadora de cuero y la risa abierta y los ojos radiantes, bailando como si el mundo entero fuera suyo.

Me comí entonces esa historia, la doble historia. Se me quedó dentro.

A mi viejo no podía decirle, ni de coña, que había conocido a Puig y que no parecía otra cosa que un tío majísimo. Mi viejo era capaz de brearme a preguntas sobre los asistentes a aquella fiesta desvanecida, de la que sólo quedaban unos ojos, una música, una irradiación.

A mis amigos de entonces tampoco podía hablarles de Paquito Anguas: hubiera significado mi inmediata excomunión. Bastante tenía con lo que tenía en casa.

Salvador Puig era un jodido rojo de mierda asesino de polis.

Paquito Anguas era un jodido poli de mierda al servicio del fascismo.

Suele decirse del franquismo que era una época gris.

No. Era una época en maldito blanco y negro, sin matices posibles.

Luego vino la farsa del juicio. Y la ejecución, el lento e inmundo crujido. La santa izquierda apenas se movió. Respetuosas peticiones de clemencia, las que quieras. Y algunas manifestaciones estudiantiles. Se movieron, hasta la extenuación, los abogados, con Oriol Arau a la cabeza. Pero no hubo ningún movimiento “coordinado” por quienes podían coordinar. Una huelga general revolucionaria, por ejemplo. A lo mejor no se daban las “condiciones objetivas”. A lo mejor resultaba que Puig era un perro loco, perdido y sin collar, es decir, sin partido.

Carrero vuela por los aires y a Puig le toca la china. Dos a uno, debió pensar el enano al firmar el enterado. Porque también “estaba” Chez.

No me creo la teoría de La torna. Entonces sí, por supuesto. Entonces nos la creímos todos. El loco Heinz Chez, agarrotado también para contrapesar la ejecución de Puig, el mismo día, a la misma hora. Conceptualmente era perfecta, pero no se tiene. A Franco no le hacían falta tornas para cargarse a quien hiciera falta. ¿Quién iba a impedírselo? Peor: ¿Quién se lo impidió?

Luego vino la oleada de protestas, en media Europa. Nadie protestó, sin embargo, cuando poco más tarde, los gendarmes de la democratiquísima Francia tendieron una emboscada en la place Vendôme a Jacques Mesrine, el enemigo público número uno, y vaciaron sobre él toda la artillería. No se me olvida la imagen de aquellos gendarmes, tal vez hijos o hermanos pequeños de los que montaron la Ratonnade del 61, abrazándose y saltando, como en una final de liga, Mesrine no fue agarrotado pero quedó hecho trizas: nada igual desde la muerte de Bonnie Parker y Clyde Barrow.

Todos ellos, como Puig, habían cruzado la línea.

Pasan los años. Poco a poco, la imagen de Paquito Anguas comienza a desdibujarse. Los artículos de homenaje a Salvador Puig Antich tienden a obviar, curiosamente, el nombre del poli muerto. Como si nunca hubiera muerto, es decir, como si nunca hubiera existido. A fin de cuentas, parece leerse entre líneas, no era más que un poli franquista. La torna, por cierto, instituye ese modelo de disolución en la figura del guardia civil asesinado. Recuerdo muy bien la escena de esa muerte en La torna. Es decir, no la recuerdo: está arteramente disuelta por la farsa. Es un guardia civil de chiste, un títere de cachiporra. Comprendo que darle una mínima entidad humana hubiera fastidiado el retrato del Woyceck de Tarragona.

  
Los hechos: la tarde del 20 de diciembre de 1973, Heinz Chez toma un café en un bar. Entra un guardia civil a comprar tabaco. Chez monta la escopeta que lleva bajo el abrigo y le descerraja dos tiros sin mediar palabra. Así lo narra Escribano en Cuenta atrás, pero, detalle significativo, ni siquiera menciona el nombre del guardia civil.

Era un guardia civil muerto, a secas. Por algo les llaman “números”.

Leyendo Cuenta atrás, sin embargo, encuentro dos imágenes de Paquito Anguas que desconocía.

La primera es un testimonio de Marian Mateos, novia de Josep Lluís Pons Llobet, miembro del MIL y compañero de Puig. Marian Mateos tenía entonces 17 años. Fue detenida y conducida a Jefatura, en Via Layetana, donde permaneció tres días y tres noches en el calabozo, con visitas constantes para interrogarla. No la torturaron, cuenta Escribano, pero ordenaron que no le dieran de comer ni beber ni la dejasen dormir durante aquellos tres días. “La única persona que se portó bien conmigo”, cuenta Marian Mateos, “fue un inspector joven que me daba agua y trozos de sus bocadillos y me apagaba la luz para que pudiera descansar”.

Aquel inspector, señala Escribano, “no era como los otros. Había entrado en la policía por tradición familiar, pero sus inquietudes le separaban del resto de sus colegas. Tenía 24 años y estaba a punto de casarse. Se llamaba Francisco Anguas Barragán”.

Cuenta también que, a los pocos días del asesinato de Anguas, apareció en el lugar de su muerte -el rellano de Girona 70- un ramo de flores con una nota escrita a mano que decía “Te quiero, gusanito. María Luisa”.

  

Última noticia antes del desvanecimiento.

Han pasado casi 30 años. Una historia empieza a dibujarse en mi cabeza, una historia que tal vez escriba algún día. En la primera parte, contaré la historia del poli. Un poli joven, parecido al de La mejor juventud, de Marco Tulio Giordana. Su vida diaria, en una familia de clase baja. El cine de los sábados, con su novia. Van a casarse cuando le asciendan a inspector y puedan, al fin, pagarse un piso. Quiere estudiar Filosofía y Letras, pero el trabajo aprieta. Las horas extras, las guardias nocturnas, la pesada rutina rota, de repente, por un atraco. Una serie de atracos. Van tras la pista de la banda, que se les escapa una y otra vez. Los polis preparan una emboscada. Cae uno de los atracadores. Mientras le golpean vacía el cargador sobre el poli joven. “Nosotros” estamos, a esas alturas, con el poli joven. Los malos son los otros.

De repente, gira el eje. Segunda parte. Han condenado a muerte al malo que le ha matado. El malo resulta ser un chaval de su misma edad. Flashback. Conocemos, desde la cárcel, su vida anterior. Sus ilusiones, sus amores. Su decisión de atracar bancos “para acabar con el sistema”. La primera vez que toma un arma en sus manos. Seguimos el juicio, la cárcel, la espera. La última noche. Cuando llega la escena de la última noche, estamos con él. También estamos con él. ¿Cómo no hacerlo?

La historia, si la escribo, se llamará Dos muertos. No, mejor: El otro muerto, porque uno de los dos siempre será el otro para alguien.

Para mí, ni uno está en el infierno ni el otro en el santoral.

Dos muertos. Dos asesinatos.

Salvador Puig Antich tenía 25 años cuando murió. Paquito Anguas tenía 24. Me enteré, por el relato de Escribano, que el cine también era la gran pasión de Salvador. Problemas del Nuevo Cine era uno de los libros que tenía en la celda, que le acompañaron en sus últimas horas.

Pudieron haberse conocido, por el mismo azar que hizo que ambos se cruzaran, brevemente, en mi camino. Pudieron haberse entendido. Cosas más raras se veían entonces. Pero tomaron caminos contrarios, como en una película de Jean-Pierre Melville.

Abro la vieja novela de Richard Hughes. Vuelvo a ver los rostros de Puig y de Anguas, tan extrañamente muertos como Zac y Juan Chávez, llevados por un viento salvaje, irracional, incomprensible. Sopla el viento sobre Jamaica, sobre las velas henchidas de una juventud condenada, sobre el ramo de rosas de Girona 70, sobre las rosas disolviéndose bajo la lluvia a la entrada del cementerio de Monjuic, sobre aquella época asquerosa en la que no deja de llover.

El Pais

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