Katyn: genocidio con la firma de Stalin – Pedro Fernández Barbadillo

En la URSS de Stalin no había problemas con la población disidente ni con los prisioneros: o al gulag o a la fosa.
  
Después de firmar el pacto de amistad con Adolf Hitler, Stalin apuñaló por la espalda a los polacos el 17 de septiembre, dieciséis días después de que Alemania atacase por el oeste.
La máquina de propaganda bolchevique funcionó perfectamente y repartió sus consignas a comunistas de todo el mundo: la URSS sólo había acudido para proteger a las minorías ucranianas y bielorrusas. El problema fue para el Ejército Rojo y la policía secreta, la NKVD, mandada por Lavrenti Beria: qué hacer con las decenas de miles de oficiales capturados. Se habían rendido más de 200.000 militares.
La NKVD los distribuyó en varios campos de concentración construidos a toda prisa. De acuerdo con el historiador Donald Rayfield (Stalin y los verdugos), en ellos muchos polacos murieron de hambre, frío y enfermedades; otros miles fueron convertidos en esclavos: 25.000 fuerin enviados al Cáucaso para construir carreteras y 11.000 más a las minas de Ucrania. También se entregó a los alemanes 43.000 polacos que provenían de la zona ocupada por los primeros.
El más duro castigo para los reaccionarios
A Beria y a Stalin les sorprendió que los polacos no se resignasen a la cautividad y la muerte lenta. Tanto los militares como sus familias reclamaban derechos como el de recibir correspondencia (que los alemanes no negaban a sus compatriotas presos) y pedían amparo a las embajadas. Añadían que si la URSS estaba en guerra con Polonia tenían que ser tratados de acuerdo a la Convención de Ginebra, pero que si entre ambos países había estado de paz su detención era ilegal.
El 5 de marzo de 1940 Beria declaró al Politburó que los polacos eran “enemigos recalcitrantes del poder soviético”, incapaces de ser reeducados, por lo que proponía aplicarles “el castigo más severo: el fusilamiento”. Seis miembros del Politburó votaron ese mismo día a favor del exterminio en masa. Stalin fue el primero en firmar la orden; le siguieron Voroshílov y Molotov. Se trata de uno de los escasos documentos en que uno de los genocidas del siglo XX se responsabilizó por escrito del exterminio de quienes había escogido por enemigos.
Parte de las ejecuciones se realizaron en el bosque de Katyn, cerca de Smolensk, que ha dado nombre al genocidio, pero también las hubo en las cárceles de las ciudades de Kalinin y Jarkov.
Se calcula el número de asesinados en casi 22.000, de los que un 8% eran judíos, además de otros grupos nacionales como ucranianos y bielorrusos. Junto a los capellanes católicos también cayó el principal rabino del Ejército polaco.

  
En el colmo de la hipocresía, en una reunión en Moscú en diciembre de 1941, Stalin, el padrecito de los pueblos, espetó al general Sikorski, primer ministro del Gobierno polaco en el exilio y jefe de sus fuerzas armadas, que los oficiales que reclamaba habían escapado a pie a Manchuria.

  
Se cargó el crimen a los alemanes
Un oficial alemán adscrito a labores de inteligencia en el Grupo de Ejércitos Centro, el general Rudolf von Gersdorff, recibió en 1943 informes sobre los enterramientos realizados en Katyn. En abril, los alemanes excavaron la zona y descubrieron miles de cadáveres (serían poco más de 4.000), con el tiro en la nuca marca de la NKVD.
El ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, montó una de sus mejores operaciones. Llevó al bosque a varios periodistas para que difundiesen la noticia; también organizó una comisión internacional de investigadores, que incluía a la Cruz Roja Internacional, que aseveró que los cuerpos pertenecían a militares polacos asesinados (por objetos como diarios, cartas y periódicos) en torno a abril y mayo de 1940.
Los soviéticos replicaron que los alemanes eran los exterminadores, que éstos, en su maldad, habían exhumado los cadáveres, introducido los objetos en las ropas y vuelto a enterrarlos, antes de convocar a los periodistas y los médicos.
Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt tomaron partido por la versión de Stalin. El paso siguiente fue hacer callar al Gobierno polaco en el exilio, por cuya causa los aliados habían ido a la guerra y que combatía a los nazis desde septiembre de 1939.
Józef Czapski, aristócrata y pintor, oficial del Ejército que debido a su fama fue salvado de la muerte por intercesión del duce Benito Mussolini, investigó la suerte de sus compatriotas. En su libro En tierra inhumana escribió que en el Tribunal de Nüremberg se produjo
un suceso sin precedentes en toda la historia del derecho y de la jurisdicción en el mundo civilizado: el acusado de haber cometido un crimen se lo imputó a otro y lo juzgó por él.
En Minsk, según Rayfield, los soviéticos ahorcaron a varios oficiales alemanes por el delito de haber masacrado a los polacos.
En Occidente, el desprecio a los polacos que no se sometieron a Stalin llegó al punto de que el Gobierno laborista británico no les invitó a participar en el desfile de la victoria, celebrado en Londres en 1946.
Durante las décadas siguientes, la matanza de Katyn fue una de las líneas rojas que marcaban la división entre los comunistas y sus compañeros de viaje, por un lado, y los anticomunistas, por el otro. Quienes dudasen de la versión soviética, recibían las marcas de anticomunistas viscerales, agentes de la CIA y hasta de pronazis.
Czapski sostiene que un elemento que influyó en la desgana de los anglosajones y los franceses para buscar la verdad fue su vinculación con el nazismo.
No puede ser únicamente consecuencia de la campaña de la prensa comunista, tan susceptible en este punto y tan agresiva con cualquiera que se atreva a hablar con objetividad del tema. Diré más: sobre este asunto planea la sombra de Goebbels y de su propaganda histérica, un recuerdo que oscurece los contornos de la imagen y hace que toda información sobre Katyn parezca sospechosa.
Y es que todo lo que tocó Hitler es sospechoso.
Entre las matanzas cometidas por Stalin que Jruschov le atribuyó en el discurso que pronunció en el XX Congreso del PCUS en 1956, aunque incluyó las grandes purgas, no citó Katyn. El reconocimiento por los soviéticos de que habían cometido genocidios en la guerra contra la bestia nazifascista habría despojado a los comunistas del mayor elemento propagandístico de que disponían: su sacrificio para eliminar a Hitler.
Reconocimiento por la URSS
El régimen soviético se negó a reconocer su autoría hasta finales de los años 80. Los esfuerzos polacos, incluso bajo el comunismo tambaleante, empezaron a horadar la muralla de mentiras. El 13 de abril de 1990 Mijaíl Gorbachov reconoció que la NKVD había asesinado a los militares polacos y presentó sus condolencias a la nación polaca. Ese mismo año el presidente ruso, Boris Yeltsin, entregó numerosos documentos al presidente polaco, Lech Walesa.
En 2005 el Parlamento polaco aprobó una resolución reclamando a Rusia que calificase el exterminio de esos 22.000 polacos como genocidio. El presidente Putin lo llamó “crimen político” en una entrevista en un diario polaco. En 2010 Putin y el presidente polaco, Donald Tusk, acudieron juntos al monumento de Katyn y la televisión rusa emitió la película polaca del mismo título que describe la matanza. En noviembre de ese año la Duma aprobó, con la oposición de los diputados comunistas, una resolución en la que se afirmaba que las muertes fueron ordenadas por Stalin.
El enfrentamiento entre Rusia y Europa de los últimos años también ha afectado a este asunto. Moscú no ha desclasificado aún los archivos pendientes. Y, cómo no, los comunistas rusos vuelven a mostrar su capacidad para mentir al seguir manteniendo la versión de que los asesinos fueron los nazis.

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