La lección de Purim, nuestra rendición moral y la decadencia de occidente – Ricardo Ruiz de la Serna

Cuentan que hace casi 2.500 años el pueblo judío estuvo a punto de perecer a manos de Amán, el ministro del rey persa Ashuero. Sin embargo, el plan de exterminio fracasó porque la joven reina Esther y su tío Mordejai lograron persuadir al rey de que, en lugar de matar al pueblo, acabase con el ministro, con su descendencia y con los persas que iban a perpetrar la masacre.
La historia de este plan felizmente frustrado se cuenta en el Libro de Esther y se conmemora cada año en la fiesta de Purim el día 14 del mes de Adar en todo el mundo, salvo en las ciudades amuralladas donde se celebra el día 15. Este año Purim cae el 24 de marzo.

Así, mañana -debería decir más bien hoy porque el día comienza al atardecer- los niños judíos se disfrazarán y los varones podrán emborracharse hasta no distinguir al bondadoso Mordejai del malvado Amán. Se leerá el libro de Esther y, cada vez que se pronuncie el nombre del pérfido ministro, los pequeños harán ruido con matracas y gritarán. La tradición dice que esta fiesta será recordada y celebrada incluso cuando los demás textos proféticos se hayan olvidado. A fin de cuentas, uno no se libra de una matanza para dejar que todo caiga en el olvido. A la vista del terrible final de Amán y su descendencia, cabría concluir que tampoco se puede planear un genocidio y pretender salir impune.

En la tradición judía -y de ella lo tomó la cristiana- la memoria nos proyecta hacia el futuro y se convierte en una brújula que nos orienta. Sabemos hacia dónde vamos precisamente porque recordamos de dónde venimos. A lo largo de la historia, en varias ocasiones han intentado acabar con el pueblo judío. A veces, fue a través de la violencia, la persecución, la expulsión y la hoguera. A los asaltos a las juderías de la Edad Media sucedieron los pogroms de la Rusia zarista y el antisemitismo europeo moderno. Hitler y sus aliados quisieron erradicar todo rastro de vida judía sobre la faz de la tierra. Los Estados islámicos que invadieron Israel al día siguiente de su fundación en 1948 quisieron arrojar a los judíos al mar. Después de décadas de terrorismo e incitación al odio, los herederos a Amán, de Hitler y de sus secuaces siguen fracasando en sus intentos de eliminar al pueblo judío.

De esto se trata, en el fondo. Lo recordó Marcelo Birmajer en las tristísimas palabras de duelo por la muerte de su hermano Reuben, asesinado a puñaladas el pasado mes de diciembre: “Lo mató Amán, lo mató el Faraón. Pero, sobre todo, lo mataron los nazis, son los nazis, los que quieren extinguir al pueblo judío. No hay ningún conflicto territorial, no tienen ningún problema político. No hay nada que hayamos hecho mal en la Tierra de Israel, creamos el mejor país del mundo, Israel es el mejor país del mundo, el más humano, el más culto, el más liberal, el más respetuoso de sus minorías, es lo mejor que le pasó al siglo XX, es el país donde más paz debería haber en el mundo”.

Ayer Europa despertó conmocionada por los atentados terroristas de Bruselas. Recordé el tiroteo en el Museo Judío el 24 de mayo de 2014. Debió de haber sido una señal de alarma de lo que estaba ocurriendo en el corazón de la Unión Europea. Parece que no lo fue. Alguien debe de pensar todavía -a veces, la ignorancia es pertinaz- que el terrorismo contra los judíos y contra Israel es diferente del que viene azotando cada cierto tiempo al resto de Occidente en distintos lugares. Se equivocan. Estos asesinos no odian a Occidente por Israel sino que odian a Israel por lo que Occidente y sus valores representan.
Ya conocemos esta historia y sabemos lo que no funciona para enfrentarse a los fanáticos que mueren matando y jalonan de muertos su camino al paraíso. Sabemos que, por ejemplo, el apaciguamiento no funciona. Sabemos que la debilidad no funciona. Sabemos que los eufemismos no funcionan. Mordejai Anielewicz y Emanuel Ringelblum resolvieron resistir antes que dejarse asesinar por los nazis en Varsovia. Uno lideró el levantamiento del gueto y el otro preservó la memoria de la vida en él. Como ellos, millones de europeos en todo el continente desde Grecia hasta Dinamarca supieron ver que solo cabía combatir contra los nazis, como señaló Churchill, hasta su total derrota y su rendición incondicional.

Esta lucha no se librará con ejércitos como aquella sino con inteligencia, con cooperación internacional, con firmeza frente a los países que apoyan al terrorismo y las organizaciones que lo auspician desde los territorios que controlan; y con claridad moral y determinación de defender aquello que la tradición judeo-cristiana representa: la dignidad intrínseca de todo ser humano como base de toda la civilización, la libertad, la razón, el poder limitado, la ley y todo esto que llamamos Occidente. Hay que reafirmar los valores occidentales en el sistema educativo y en el ordenamiento jurídico, en la acción política nacional y en la acción exterior de los Estados. Se deben rescatar los espacios públicos secuestrados simbólicamente por los islamistas. Se debe fomentar la colaboración con los musulmanes moderados y se debe reaccionar con contundencia frente a los radicales.
El relato de Purim nos enseña cómo la inteligencia y el valor vencen a la barbarie del exterminador. Occidente sigue portando hoy un mensaje de libertad y esperanza para millones en todo el mundo. Esto no puede equipararse -como pretenden algunos- a la ideología de unos fanáticos que se ponen cinturones de bombas y ocultan sus polvorines en edificios de familias, guarderías y colegios. El islamismo y el yihadismo son dos perversiones del islam y los fanáticos que asesinan invocando el nombre del Clemente y el Misericordioso no representan a los millones de seguidores del Profeta Muhammad en todo el mundo.

Ahora bien, no podemos soslayar que las sociedades islámicas han de afrontar problemas como la educación, la falta de democracia, las desigualdades, la corrupción, el papel y la promoción de las mujeres, etc. No podemos cerrar los ojos ante esta crisis que vive el islam y cuyo resultado desconocemos. Allí donde las llamadas “primaveras árabes” triunfaron, los islamistas se hicieron con el poder y traicionaron las esperanzas de democracia y libertad que muchos pusieron en ellos. En todo el Oriente Próximo se está librando una batalla entre sunníes y chiíes, entre árabes y persas, entre repúblicas y monarquías. De esto, no tiene la culpa la civilización occidental, ni Europa, ni los Estados Unidos, ni Israel… No, no todo nació del colonialismo ni de la Guerra Fría. Europa no puede seguir sumida en una culpabilización absoluta de todo lo que sucede allende sus fronteras. Habrá que empezar a hablar, entre otras cosas, del adoctrinamiento en el odio, de la exportación del terror, de la corrupción durante más de medio siglo de las élites gobernantes en el mundo árabe, de cómo el islam revolucionario de los ayatolás ha convertido la región en un polvorín desde El Líbano hasta el Yemen.

La amenaza que hoy se cierne sobre Occidente es la cobardía, es la pereza y es la rendición moral. Nuestra civilización nació sobre la convicción de que el ser humano no padece, sin más, la historia, sino que la construye y la transforma. Por eso, creemos en la libertad y en la responsabilidad. Por eso, el cristianismo y el judaísmo no reniegan de la historia, sino que la valoran como el espacio y el tiempo en el que se opera la Salvación del mundo. Por eso, seguimos creyendo que nuestras acciones cambian el curso de los acontecimientos.

Por eso no perdemos la esperanza.

Jag Purim Sameaj! ¡Feliz fiesta de Purim!

Origen: (11) Cuentan que hace casi 2.500 años el pueblo judío… – Ricardo Ruiz de la Serna

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