Dulce legado del suicidio aplazado – Hermann Tertsch

«Ha sido inútil, agotador, pero muy bonito» . Con esta frase resumía en sus diarios Imre Kertész aquella su primera visita a España en 2001, creo recordar que invitado por el inolvidable Jaume Vallcorba y su editorial Acantilado. Le presenté yo en una Residencia de Estudiantes en Madrid en la que nadie intuía que allí estaba, en aquel afable viejo judío húngaro de suaves maneras, el premio Nobel de Literatura del año siguiente. «Inútil, agotador y muy bonito» fue para él aquel viaje a España en el que tuvo que repetir hasta el agotamiento ciertos mensajes ante interlocutores que poco o nada sabían de él, de su vida, su suerte, su literatura. Le pasaría en otros de los muchos viajes que emprendió por el mundo después de que, tras la caída del Telón de Acero, comenzaran sus libros a leerse y apreciarse por un público más amplio. 
  
«Sin destino», terminada en 1963, no fue publicada hasta 1975 porque a los comunista húngaros tampoco les gustaba mucho hablar de campos de concentración ni antisemitismo, no fueran a evocar los propios. Kertész recordaba que a él a los nazis le habían matado a los padres, y los comunistas, a los abuelos. Y con su mucho y fino humor decía que la diferencia entre ambos era que «los nazis son el diablo vestido de diablo y los comunistas son el diablo vestido de dios».
«Sin destino » , la gran novela del niño György Köves, es, con las obras que seguirían –«Fiasco» o el «Kaddish por un niño no nacido»–, parte destacada de la mejor literatura que se ha escrito sobre la «zona y momento cero» de la humanidad que es la Shoah. Kertész nunca se cansó de explicar lo inexplicable, en una labor literaria en la que incorpora a la memoria propia al lector y hace ver Auschwitz por dentro. Allí llegó a los 14 años y, gracias a que entendió que debía decir que tenía dos más, se salvó de la marcha directa al crematorio. Kertész va más allá. Ha sido el Primo Levi que se aferró a «la literatura que pospone el suicidio». Y así él pudo aguantar y en permanente aplazamiento de la muerte que le estaba adjudicada a los 14, llegar a los 86 años, en que muere como uno de los últimos grandes testigos y narradores desde el epicentro metafísico de la historia. «A mí no me llevaron a Auschwitz para que ganara el premio Nobel, sino para matarme » . 

Indagó por los abismos del horror, sin los sentimentalismos que tanto denostaba y le hacían decir pestes sobre Steven Spielberg y su «Lista de Schindler». El bien le parecía un glorioso milagro mucho más Imre Kertész 6inexplicable que el mal. La maldad la presenta en su apoteosis de Auschwitz sin demonización alguna. Esta se nutre, dice, para él de decisiones y conductas racionales. Y de unas condiciones generales que existían antes de Auschwitz y siguen existiendo. Ese mal está vigente y presente. Y nadie puede excluir que repita su apoteosis. 
Frente a ese Mal está el individuo como juguete cuyo destino no existe. Pero con la redención en un bien que es profundamente irracional. Todo acto de generosidad en el campo de exterminio es un hecho irracional que reduce la propia capacidad de supervivencia. Y sin embargo, se produce. Una y otra vez. Esos actos de entrega y bondad en el horror, el Bien en su máxima expresión, son el irracional misterio que Kertész convierte en el monumento a la humanidad. Ese es el milagro que, pese a la realidad del abismo del horror del mundo, pese a las certezas terribles, pese a las necesidades angustiosas y pese a toda lógica y razón, hace posible la esperanza.

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