Orígenes de la izquierda vasca, El socialismo.(I al IV)

 

En un artículo publicado en la revista Germinal, el 16 de julio de 1897, Ramiro de Maeztu decía que Bilbao, el Bilbao moderno, era la Meca del socialismo español. Maeztu estaba en lo cierto bastaba ver los resultados electorales o el número de afiliados a las agrupaciones socialistas o, mejor aún, la capacidad de organización y movilización que evidenciaban los socialistas del País Vasco, para concluir que Bilbao y las zonas mineras (Gallarta, San Salvador del Valle, Ortuella, Musques, etcétera) y fabril (Zorroza, Sestao, Baracaldo) enclavados en su ría constituían una de las regiones del país donde la influencia del Partido Socialista Obrero Español( Un PSOE que pedia consejos a Engels) era mayor. En mayo de 1890, los socialistas habían protagonizado uno de los conflictos laborales más enconados y duros que se habían conocido hasta entonces en España: más de 30.000 trabajadores pararon entre el 13 y el 18 de mayo, en demanda de mejoras en las condiciones de trabajo de los mineros y como protesta por la detención del Comité socialista de La Arboleda. En las elecciones municipales de 1891, las primeras celebradas por sufragio universal masculino, cuatro socialistas (Facundo Perezagua, Manuel Orte, Luciano Carretero y Dionisio Ibáñez) salieron elegidos en Bilbao y otro más, Facundo Alonso, en La Arboleda: eran los primeros representantes que el PSOE enviaba a las instituciones públicas españolas. En 1895, Perezagua triunfaba de nuevo en Bilbao y en 1897 —en las elecciones locales que sirvieron de pretexto al artículo de Maeztu comentado al principio—, lo hacían otros tres militantes del PSOE:

Felipe Carretero, Toribio Pascual y Felipe Merodio. Al año siguiente, en las elecciones generales a Cortes, Pablo Iglesias, el fundador y líder del partido rebasaba en Bilbao el 22 por 100 del electorado bilbaíno, porcentaje inalcanzable para el PSOE fuera de Vizcaya y que a punto estuvo de valerle el escaño (algo que, recuérdese, el PSOE no lograría hasta 1910).

Maeztu, hay que insistir, llevaba razón. Y es que era hasta cierto punto lógico que el socialismo penetrara en la ría de Bilbao. El socialismo fue la expresión de la organización política y sindical de los trabajadores industriales de Vizcaya: fue la respuesta de los trabajadores al formidable proceso de industrialización acelerada, desordenada y caótica que Bizkaia experimentó desde la década de 1880. Como escribió Unamuno en un artículo que publicó en El Liberal de Bilbao el día 1 de enero de 1924: «… el Bilbao de las fábricas, el industrial, trajo con la plutocracia —la de los nuevos condes siderúrgicos— la agitación obrera, el socialismo proletario».

Ahora bien, parece obligado plantear aquí una primera cuestión histórica importante. ¿Por qué socialismo y no alguna otra ideología obrerista, anarquismo, por ejemplo, como en Barcelona? Porque quede clara una puntualización necesaria. Inevitable fue, sin duda, como bien percibió Unamuno, el surgimiento de problemas propios de toda sociedad industrial: la polarización social y la conflictividad laboral, que tan acusadas serían en Vizcaya —y en mucho menor grado en Gipúzcoa— desde 1890. Pero no fue inevitable que ello se tradujera, como ocurrió, en una, hegemonía casi indiscutible del PSOE y de los sindicatos socialistas (indiscutible, al menos, hasta la aparición de la central sindical nacionalista Solidaridad de Trabajadores Vascos, creada en 1911). A ese triunfo del socialismo contribuyeron, sin duda, distintos factores: la estructura industrial vizcaína, la naturaleza del trabajo minero y fabril, las peculiaridades de una masa laboral con fuertes porcentajes de inmigrantes (en Vizcaya, pero no en Eibar, otro de los bastiones del socialismo vasco), etcétera. Pero parece necesario subrayar lo que fue verdaderamente determinante. Y lo determinante fue la capacidad y voluntad de la primera generación de dirigentes socialistas (Perezagua, Carretero, Alonso, Merodío, Eduardo Várela, Fermín Zugazagoitia, Cenón Ruiz, José Beascoechea, Guillermo Torrijos, José Aldaco, José Solano y un largo etcétera), su actividad sindical, tanto o más que la política, y ciertas circunstancias históricas —como, por ejemplo, la huelga de 1890 ya mencionada— que se combinaron para dar a los socialistas la dirección del movimiento obrero vasco y crear así una tradición que identificaba a los ojos de miles de trabajadores de la región, acción laboral con partido socialista.

En suma, el socialismo fue el catalizador de la conciencia de clase de los trabajadores de Bizcaia (foco de irradiación del socialismo a Eibar, San Sebastián, Tolosa, Irún y otras localidades guipuzcoanas); desarrolló una labor de dignificación de la condición de los trabajadores, hecho particularmente relevante en el caso de los inmigrantes a las mina s y fábricas de la ría bilbaína; acabó cristalizando en una especie de subcultura política fuertemente enraizada en la mentalidad y en los valores de una parte muy elevada de la población industrial de Euskadi, que mantuvo su lealtad al socialismo a pesar de todas las circunstancias políticas y sociales que la región experimentaría en los últimos cien años de su historia.

Realidad del socialismo en el País Vasco
Aunque los primeros trabajos de captación y propaganda los realizara José Solano, un modesto obrero autónomo, zapatero de profesión, la primera fecha clave en la historia del socialismo vasco fue abril de 1885, momento de la llegada a Bilbao, a instancias de Solano, de Facundo Perezagua (1860-1935), toledano de nacimiento, metalúrgico, afiliado al PSOE desde su creación en 1879. Y lo fue porque la personalidad de Perezagua, un hombre austero, inflexible, enérgico, indomable —sería encarcelado en incontables ocasiones— marcaría decisivamente la trayectoria del PSOE en Vizcaya. De su capacidad organizativa fueron prueba la creación de. las primeras agrupaciones socialistas: el 11 de julio de 1886 se constituyó la Agrupación Socialista de Bilbao; en diciembre de 1887, la de Ortuella, en la zona minera, donde Perezagua contó con la colaboración de otros dos extraordinarios hombres de acción: Eduardo Varela, un librero ambulante, y Facundo Alonso, vendedor de telas y quincalla. En marzo de 1900, se constituyó la Federación Socialista de Vizcaya, integrada por diez Agrupaciones locales —Bilbao, La Arboleda, Ortuella, Las Carreras, Sestao, Deusto, Gallarta, Eran-dio, Begoña y Musques—, con 820 afiliados y una geografía reveladora: la ría y las zonas minera y fabril. En agosto de 1897, se crearon las Agrupaciones de Eibar y San Sebastián; por entonces, debió crearse también la de Vitoria; en 1901, se constituyó la de Irún y al año siguiente, la de Tolosa.
El socialismo tenía ya una infraestructura regional mínima que desde entonces no haría sino crecer. A ello había que añadir, además, las organizaciones sindicales, aunque el grado de afiliación efectiva a las mismas fue inferior a la influencia real que ejercieron. Con alguna excepción, los sindicatos modernos no aparecieron hasta la década de 1910: el Sindicato Obrero Metalúrgico de Vizcaya se creó en junio de 1914, el Sindicato Minero en 1917 (aunque, previamente; existía desde 1903 una Federación de Obreros Mineros de Vizcaya); el Sindicato Obrero Papelero Vasconavarro (con sede en Tolosa) en 1912, etcétera. En agosto de 1923, se constituyó formalmente la Unión General de Trabajadores (UGT) de Vizcaya, como organización que venía a federar a los numerosos sindicatos y sociedades obreras socialistas existentes en la provincia desde finales del siglo xix. En resumen, la escasa veintena de afiliados que Perezagua pudo reunir al fundar la Agrupación Socialista de Bilbao en 1886 se habían convertido en 1932 —año de celebración del XIII Congreso del PSOE— en 1663 (2.002 si se incluye Navarra), integrados en 30 agrupaciones locales (39 con Navarra), de ellas una en Alava, diez en Guipúzcoa y diecinueve en Vizcaya. Desde octubre de 1894, el socialismo vasco —vagamente federado desde principios de los años diez en una Federación Socialista Vasco-Navarra, aunque haya que poner muy en duda su vertebración orgánica— disponía de un semanario influyente, La Lucha de Clases, de Bilbao, dirigido sucesivamente por hombres importantes de la organización (Valentín Hernández Aldaeta, Aldaco, Alvaro Ortiz, Tomás Meabe, Isidro Acebedo, Julián Zugazagoitia, Emilio Beni, Indalecio Prieto, José Gorostiza, entre otros), a los que se añadirían ocasional e irregularmente, Adelante, de Eibar,La Voz del Trabajo, de San Sebastián, y otros. Todavía más: los socialistas bilbaínos disponían de una plataforma tan eficaz como el diario pro-republicano El Liberal, el periódico más leído en el País Vasco antes de 1936, que Prieto, el líder socialista, acabaría adquiriendo en 1933. La UGT llegó en los años treinta a una cifra de afiliación cercana a los50.000 afiliados (de ellos, 35.000 en Vizcaya y 12.000 en Guipúzcoa), cifra que podía suponer en torno al 25-30 por 100 de la masa de trabajadores industriales, lo que marcaba el punto máximo de la influencia ugetista y revelaba la preponderancia de los sindicatos socialistas en la región (indiscutible en Vizcaya, contestada por STV en Guipúzcoa).

Amilibia, prosovietico como todo el PSOE

Otro tanto podría decirse electoralmente. Los 775 votos logrados en Bilbao en las elecciones locales de 1891 (o los 437 que lograra Pablo Iglesias en las generales en el mismo año y en el mismo distrito) fueron sólo el principio. En 1901, con una docena de concejales —un tercio del total—, la minoría socialista, se configuraba como la segunda fuerza del Ayuntamiento de Bilbao. En 1903 los socialistas entraban en los ayuntamientos de San Sebastián y Eibar (antes lo habían hecho en distintas localidades de la ría bilbaína). En 1920, el PSOE irrumpía en numerosos ayuntamientos vascos y lograba la alcaldía en Bilbao (Rufino Laiseca) y mayorías absolutas en Eibar, Gallarta y La Arboleda. En 1911, había logrado un escaño en la Diputación de Vizcaya (Prieto), que recuperaría en 1919 (Laiseca). En 1918, Prieto resultaba elegido diputado a Cortes por Bilbao, siendo reelegido en 1919, 1920 y 1923. Las elecciones de 12 de abril de 1931 confirmaron la fuerza electoral del socialismo vasco: 87 concejales en Vizcaya, 22 en Guipúzcoa, siete en Alava (y 16 en Navarra). Eibar, cuyo Ayuntamiento se componía de diez socialistas, siete republicanos y un nacionalista, fue la primera localidad en proclamar la II República. En los años en que duró ésta, 1931-1936, el voto socialista osciló entre un número próximo al 12 por 100 —en Navarra en 1933— y un máximo cercano al 30 por 100 en la circunscripción de Bilbao, aunque el voto en los enclaves «rojos» (Bilbao capital, Baracaldo, Sestao, Portugalete, San Salvador del Valle, Ortuella, Eibar, Irún) superaba ampliamente dicha cota. En cualquier caso, de los dieciséis diputados que la izquierda logró en las elecciones de 1931, 1933 y 1936 en Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, siete fueron socialistas: Prieto, elegido por Bilbao en los tres años citados; Luis Araquistáin, por Bilbao, en 1931; Enrique de Francisco, por Guipúzcoa, en el mismo año; Julián Zugazagoitia, por Bilbao, en 1936; Miguel Amilibia(que termino en la HB de los ochenta), por Guipúzcoa, también en 1936. Los 69.194 votos que Prieto obtuvo en Bilbao en febrero de 1936 —dentro del Frente Popular— supusieron el techo del apoyo popular a un candidato socialista antes de la guerra civil. Los socialistas participaron con tres carteras en el primer gobierno vasco forxiado en la historia, el presidido por José Antonio de Aguirre a partir del 7 de octubre de 1936: Juan de los Toyos, en Trabajo, Santiago Aznar en Industria, y Juan Gracia, en Asuntos Sociales.

 

Ideología y acción en el primer socialismo vasco
Como ha quedado apuntado, el socialismo realizó en el País Vasco una amplia labor de movilización y concienciación de la clase trabajadora, al servicio de aspiraciones políticas y laborales que desbordaron el marco de los intereses de partido y electorales. Porque, visto en perspectiva histórica, lo que el socialismo hizo —al margen de la capacidad de sus dirigentes y aun de las motivaciones y ambiciones que les llevaron a la política— fue una labor de dignificación de los trabajadores (y en el caso de los inmigrantes, de integración en una sociedad cuya homogeneidad y unidad internas se vieron súbitamente rotas por la industrialización, el crecimiento y la conflictividad). Por eso que los rasgos ideológicos del socialismo vasco sean tal vez menos significativos que su actividad política y laboral.
Así, lo que definió el primer socialismo vasco —el anterior a la década de 1910— fue su acusada militancia obrerista, que cristalizaría, de una parte, en una política laboral de firmeza y confrontación y, de otra, en una estrategia de aislamiento político y electoral respecto a otras fuerzas políticas democráticas. Perezagua, el dirigente indiscutible del socialismo vizcaíno, hasta la crisis de 1915, fue la encarnación de esa línea. Bajo su liderazgo enérgico, el socialismo vizcaíno  se alineó en la más pura ortodoxia del PSOE, una ortodoxia definida, hasta 1910, por un obrerismo elemental y exclusivista (de inspiración guesdista), por el rechazo de toda colaboración con partidos «burgueses» .

Dentro de esos principios, en los que Perezagua creía firmemente —aunque hubo quienes como Felipe Carretero discreparon, pronto, de ellos— hubo un primer elemento diferenciador y propio del socialismo vizcaíno: la acción militante a través de grandes huelgas de masas. Entre 1890 y 1910, Vizcaya conoció cinco grandes huelgas mineras (1890, 1892, 1903, 1906 y 1910) y otros graves conflictos. Los más decisivos para la historia del socialismo vasco lo fueron los sucesos de Bilbao de 31 de mayo de 1891 —huelga de panaderos liquidada con la ocupación de los barrios obreros de Bilbao por la fuerza pública tras la agitación popular por la detención de Perezagua y Cenón Ruiz— y los del 15 de marzo de 1898 en Ortuella, donde tres mineros resultaron muertos por disparos de la guardia foral en el curso de una manifestación. La política socialista —ya que los socialistas protagonizaron todos aquellos sucesos— se identificó así con la tradición de lucha y agitación de los obreros vizcaínos. Las huelgas mineras de Vizcaya tuvieron siempre caracteres violentos:

levantamiento de vías de los ferrocarriles mineros, destrucción de cadenas de mineral, manifestaciones, choques con las fuerzas de orden público, muertos, intervención final del Ejército (cuyos generales mediaron en distintas ocasiones a favor de los mineros: así, Loma, en 1890; Zappino, en 1903, y Aguilar, en 1910). Las huelgas mineras de Vizcaya fueron estallidos de descontento y malestar en demanda de reivindicaciones inmediatas (mejoras en las condiciones de trabajo, aumentos salariales). La violencia fue el resultado de las peculiares condiciones de trabajo en las minas de Vizcaya (abundante mano de obra, trabajo temporal, nó especialización del trabajo, etc.) y de la ausencia de un marco legal de relaciones laborales.  Pero lo importante fue que su presencia al frente de los conflictos hacía que las autoridades, empresas y obreros, vieran en las agrupaciones socialistas, primero, y en los sindicatos, después, la representación real y hasta legal de los trabajadores. Los conflictos mineros de Vizcaya anteriores a 1910 forjaron la tradición socialista en el País Vasco. Después, a partir de la I Guerra Mundial, vendría el relevo metalúrgico, pero con características diferentes. La gestión realizada por el Sindicato Metalúrgico de Vizcaya hasta 1936 —Sindicato que con casi 13.000 afiliados en 1933 era el eje de la UGT en el País Vasco— tuvo ya las connotaciones del sindicalismo moderno: afiliación amplia y controlada, cotizaciones rigurosas, burocracia competente,  negociación, acción huelguística legal y pacífica.
Pero esto, que contribuiría a modernizar decisivamente las relaciones laborales en el País Vasco, fue, como queda dicho, más tarde. Antes, lo peculiar fue aquella excepcional dureza de las confrontaciones laborales en las minas. Y junto a ello, el anticlericalismo. El anticlericalismo del PSOE en el País Vasco fué también consecuencia del medio social vasco: fue una respuesta a la religiosidad verdaderamente excepcional de la sociedad vasca de los años 1880-1936.

Ese anticlericalismo impregnó, sobre todo, las publicaciones periodísticas del movimiento socialista, y es claro que no debió gustar a todos. No debió gustar a la dirección del PSOE en Madrid, que no quiso sumarse nunca al anticlericalismo de republicanos, radicales y laicistas; no gustó a Perezagua, que lo vería como una desviación de los verdaderos objetivos de la acción obrera y socialista; y no gustó a algunas personalidades que, por entonces se aproximaban al socialismo, como fue el caso, en Bilbao, de Unamuno. En los años en que lo dirigió Valentín Hernández Aldaeta, el anticlericalismo de La Lucha de Clases, el semanario socialista de Bilbao (es decir, entre 1894 y el fin de siglo) fue un anticlericalismo primario y elemental: sátiras desgarradas y feroces de la religión, del culto católico y de las personas vinculadas a la Iglesia. La intencionalidad política era evidente: críticas a la labor educativa de la Iglesia, identificación de la Iglesia con la burguesía, denuncias de las riquezas de la iglesia, rechazo de la doctrina social cristiana como etica de la resignación y rechazo de la religión, en tanto que incompatible con la idea de progreso.

Pero desde que el joven bilbaíno Tomás Meabe (1879-1915) se hizo cargo en 1902 de La Lucha de Clases el papel del anticlericalismo fue otro. En apenas año y medio, Meabe hizo de La Lucha, como alguien dijo, «una soberbia antología del ateismo». Tal antología incorporaba, desde luego, la crítica de la política social del catolicismo, llevada por Meabe a extremos de acritud inusitados; y no excluía las descalificaciones chocarreras y las mordacidades gratuitas y de mal gusto. Pero Meabe iba mucho más allá que el anticlericalismo al uso. En sus escritos había, claro está, una negación frontal y explícita de la idea de Dios y una inculpación sistemática de la Iglesia como institución. Pero había también en ellos una valoración positiva de la ética cristiana de la fraternidad y una reivindicación de la figura de Cristo, de un Cristo totalmente humanizado del que Meabe subrayaba el sentido social y la idea de solidaridad de sus doctrinas, de la misma forma que revalorizaba, desde su óptica socialista, el espíritu igualitario y revolucionario del cristianismo primitivo.

         
Fue la suya una verdadera rebelión contra la fe, provocada precisamente por la profunda crisis de conciencia en que le sumió la pérdida de sus creencias religiosas. El anticlericalismo de Meabe fue, sobre todo, una ética de rebelión, una forma de rechazo de los valores sociales y morales establecidos. Pero no fue sólo una aventura individual. El anticlericalismo de La Lucha de Clases —no atribuible únicamente a Meabe— llegó a pasar a la acción. El 11 de octubre de 1903, Bilbao fue escenario de graves y violentos desórdenes como consecuencia del enfrentamiento en las calles entre los asistentes a una peregrinación católica a Begoña y los participantes en un mitin anticlerical, sucesos que dejaron un balance de un muerto y numerosos heridos.
Los intelectuales y el socialismo: Unamuno y Meabe
Se ha aludido ya a dos personalidades singulares de los medios intelectuales vascos que tuvieron alguna relación con el movimiento socialista: Unamuno y Meabe. De alguna forma, su labor —en ambos casos, desarrollada ante todo en la prensa— impregnó al socialismo del País Vasco y merece, por tanto, algún reconocimiento.
Miguel de Unamuno (1864-1936) estuvo afiliado a la Agrupación Socialista de Bilbao entre 1894 y 1897 y durante ese tiempo…
Unamuno idolatrado por T.Etxebarrieta

Miguel de Unamuno
(1864-1936) estuvo afiliado a la Agrupación Socialista de Bilbao entre 1894 y 1897 y durante ese tiempo escribió casi dos centenares de artículos para La Lucha de Clases, llenos, como es propio en su autor, de ideas y afirmaciones smpre polémicas y desconcertantes. Aunque, sin duda, se trató de ideas unamunianas más que propiamente socialistas, cabe hablar del socialismo de Unamuno y distinguir en él cuatro elementos fundamentales: idealismo, antimilitarismo, diletantismo económico y antinacionalismo. Unamuno veía el socialismo como la expresión de una moral de inspiración religiosa y como la integración de distintas corrientes igualitarias. Era un socialismo que, en pugna con el anticlericalismo dominante en el socialismo vizcaíno, no veía incompatibilidad entre socialismo y cristianismo, ni conceptual ni políticamente (esto último, desde el momento en que, para Unamuno, los problemas religiosos eran problemas de conciencia y, por tanto, asunto privado y no público).
En sus artículos en La Lucha de Clases, Unamuno denunció la guerra de Cuba y la guerra en general, que atribuía a razones económicas y al juego de los intereses financieros. Sus ideas económicas eran sencillas y simplistas: entendía que el capitalismo llevaba inevitablemente a crisis de «superproducción», sentía una vaga preocupación agrarista, veía la guerra como «negocio» y abogaba decididamente por políticas librecambistas. Eso era todo.
Queda un último punto en el socialismo de Unamuno: su actitud ante el nacionalismo vasco, aparecido precisamente en los años en que permaneció afiliado a la Agrupación Socialista de Bilbao. Pues bien, las ideas de Unamuno contribuyeron a perfilar la respuesta del socialismo vasco frente al nacionalismo (sus escritos antinacionalistas, por ejemplo, serían usados, con frecuencia por los socialistas, incluso mucho después de que Unamuno rompiera con el socialismo). Unamuno veía en el socialismo vasco —y en el socialismo en general— un valladar frente al exclusivismo local, precisamente en razón de sus planteamientos internacionalistas; entendía que el socialismo era en el País Vasco, por definición, un movimiento antinacionalista y, por tanto, patriótico. Tenía una idea extraordinariamente negativa y parcial del nacionalismo, al que reducía a «antimaquetismo», esto es, a mera reacción de hostilidad contra los trabajadores foráneos inmigrados a Vizcaya, tal como escribió en su conocido artículo «El antimaquetismo» que apareció en El Heraldo de Madrid de 18 de septiembre de 1898 y como expuso en su polémico discurso en los Juegos Florales de Bilbao el 29 de agosto de 1901.
Resulta difícil precisar cuál fue la influencia de Unamuno sobre el socialismo vasco. Probablemente fue escasa. ConPerezagua, cuya desconfianza hacia los intelectuales era notoria, no pudo llegar a entenderse. A Meabe llegó a irritarle el histrionismo unamuníano. Y Prieto, que tuvo que enfrentarse con Unamuno, candidato republicano, en las elecciones de 1920, probablemente desdeñaba las imprevisibles intemperancias políticas del escritor bilbaíno. El socialismo de Unamuno fue un episodio individual, uno más en su apasionada biografía: a los socialistas bilbaínos sólo les quedó la memoria de la afiliación temporal de una personalidad prestigiosa.El caso de Tomás Meabe fue muy distinto. Su vinculación al socialismo —Meabe procedía del nacionalismo vasco— fue mucho más consistente, convencida y duradera que la de Unamuno. Sus compromisos y su trabajo en el PSOE y como consecuencia, su influencia, fueron, también, mucho más intensos: en 1902-03, dirigió La Lucha de Clases; en enero de 1904 creó la Juventud Socialista de Bilbao, de la que saldrían las Juventudes Socialistas de España, instrumento de continuidad y renovación del socialismo español, a las que imprimió los rasgos definidores de su propia concepción del socialismo: sensibilización moral, idea de rebelión, anticlericalismo y antimilitarismo.
En efecto; el socialismo de Meabe fue, ante todo, una reacción emocional y apasionada en defensa de la socialización y del colectivismo, una apuesta por «una vida dignamente humana», por decirlo con sus palabras. Era el suyo un socialismo de raíz ática, no teórica, que aspiraba a dos objetivos esenciales: la satisfacción de las necesidades básicas y la abolición de las diferencias y desigualdades de clase. Meabe concebía el socialismo como una forma extrema de rebelión contra la injusticia y la opresión, como un nuevo ideal para la juventud rebelde, como el ideal, precisamente, de la renovación espiritual que debían acometer las generaciones jóvenes. En esa perspectiva, anticlericalismo —al que ya se ha hecho referencia más arriba— y antimilitarismo cobraban un papel principal y aun trascendente: la doble crítica de la religión y la patria —que Meabe sintió y expresó con radicalismo desgarrado y extremo, que le valdría numerosos procesos y destierros— aparecían casi como manifestaciones insoslayables y necesarias de lo que debía ser una ruptura radical e irreversible con la sociedad y el entorno familiar, con la educación recibida, con los valores, las creencias y la moral convencionales. Meabe caló hondo en la memoria de los jóvenes socialistas vascos y españoles; el impacto de su personalidad desbordaría las propias filas socialistas, como lo prueban la estimación que su autenticidad provocó en personas tan dispares como Aurelio de Arteta, Juan Ramón Jiménez, Gustavo de Maeztu, o Luis Araquistáin.

Los casos de Unamuno y Meabe —y al lado de éste hay que poner el nombre de su amigo el doctor José Madinabeitia— no alteran lo dicho previamente: que lo que definió al socialismo vasco en su primera etapa fue su acentuado obrerismo. En el orden laboral, ello se tradujo en la influencia casi hegemónica del partido y sus sindicatos en las relaciones industriales (sobre todo, en Vizcaya y en los años anteriores a 1910-14). En el orden político, la política de aislamiento había dado a los socialistas una nutrida representación en el Ayuntamiento de Bilbao y «casi», la representación en Cortes por la capital vizcaína (por ejemplo, en las elecciones de 1905, el diputado electo, Federico Solaegui, logró 3.922 votos; el socialista Pablo Iglesias, 3.104. El Ayuntamiento que salió de las elecciones locales del mismo año se componía de: trece concejales republicanos, diez socialistas, diez nacionalistas, siete carlistas, un liberal). Nada menos, pero tampoco nada más: se podría decir incluso que, hacia 1903-1907, el voto socialista había llegado en Bilbao a un techo próximo al 25 por 100 del censo electoral (en el resto del País Vasco, salvo en Eibar, el voto socialista no era relevante, aunque lo fuera la influencia socialista en las sociedades obreras).
Por eso que, desde entonces, surgieran ya presiones internas para imponer al partido socialista un cambio de la estrategia de aislamiento electoral practicada desde la fundación del PSOE y encarnada en Vizcaya por Perezagua. En el caso vasco, las Juventudes Socialistas se inclinaban por la cooperación con las juventudes republicanas en un movimiento radical y democrático de la juventud. El periódico republicano de Bilbao El Liberal, creado en 1901, abogaba por la acción conjunta de todas las fuerzas democráticas: en marzo de 1907, se logró en Bilbao una coalición electoral republicano-socialista (desautorizada por el PSOE de Madrid) que concurrió a las elecciones provinciales con notable éxito (7.396 votos; al mes siguiente, en abril, en las elecciones generales, Iglesias, el candidato socialista, obtuvo, sin coalición, 3.413 votos). El cambio parecía aconsejable y se fue a él con ocasión de la represión de la Semana Trágica barcelonesa por el Gobierno Maura en el verano de 1909: el 7 de noviembre de ese año se creaba, a nivel nacional, la Conjunción Republicano-Socialista. La política de aislamiento obrerista del PSOE —y del socialismo vasco— quedaba cancelada.
En el País Vasco, el éxito de la nueva estrategia conjuncionista fue concluyente: en las elecciones locales de diciembre de 1909, la Conjunción logró un total de 53 concejales en las tres provincias y en mayo de 1910, copaba el escaño en Cortes por Bilbao (el republicano Horacio Echevarrieta, reelegido en 1914 y 1916); en marzo de 1911, el socialista Indalecio Prieto era elegido diputado provincial también por Bilbao, merced a los 9.441 votos que obtuvo y que superaron los 6.193 de la candidatura nacionalista.
La lógica de la matemática electoral parecía inapelable, sobre todo en una localidad como Bilbao, donde se veía reforzada por una fuerte tradición liberal derivada de las guerras civiles del siglo XIX. La unidad republicana y socialista aparecía como la vía óptima, y quizá la única, hacia el éxito electoral de la izquierda. Muchos socialistas así lo creerían. La Conjunción Republicano-Socialista se mantendría en Bilbao incluso cuando se rompiera a nivel nacional, como ocurrió en 1919 y 1933. Las consecuencias políticas que ello tendría para el socialismo vasco serían varias. En primer lugar, se produciría una mayor sensibilización democrática y un deslizamiento del movimiento socialista hacia el republicanismo, es decir, hacia posiciones que daban prioridad al cambio de régimen (república frente a monarquía) sobre el cambio de sociedad: el socialismo vasco —en línea con el español— sería desde entonces la punta de lanza de la reforma democrática del Estado. En segundo lugar, el socialismo vasco buscaría un ensanchamiento de su base electoral y trataría de conectar de alguna forma con los electores de clases medias republicanas, particularmente importante en las capitales provinciales: el resultado sería la superación parcial, no total, del obrerismo militante de los primeros años del socialismo vasco, en beneficio de unos lenguajes y unas pautas de acción más abiertas y flexibles. En tercer lugar, y finalmente, la opción conjuncionista de 1909 acabaría por imponer la renovación del liderazgo del socialismo vasco, o si se prefiere, vizcaíno. El cambio de linea desembocaría en una grave crisis interna en Vizcaya desde el momento en que Perezagua —de siempre hostil a la colaboración con los republicanos y progresivamente inclinado hacia posiciones estrictamente sindicalistas— denunciase la política conjuncionista, lo que hizo en 1912. Se desencadenó entonces una «guerra civil en el socialismo vizcaíno», como alguien la llamó, que no se resolvió hasta que uno de los hombres más comprometidos con la nueva linea, el jovenIndalecio Prieto (1883-1962) desplazó a Perezagua de la dirección de la Agrupación Socialista de Bilbao; eso ocurrió tras las elecciones locales de noviembre de 1915 en que Prieto y Perezagua disputaron, en candidaturas ya separadas, la concejalía del distrito más caracterizadamente obrero y socialista de Bilbao —el distrito de Cortes—, venciendo Prieto por 562 votos frente a 381 de Perezagua (quien luego, en 1921, secundaría la escisión comunista).
El cambio, por tanto, sería claramente perceptible. El PSOE sería desde 1909 la vanguardia de la izquierda  republicana del País Vasco: que el cambio no se circunscribió a Bilbao lo prueba el hecho que fuese el Ayuntamiento republicano-socialista de Eibar el primero en proclamar la II República en abril de 1931. El cambio coincidiría, además, con la afirmación de una nueva política laboral, cuyo eje sería la creación de sindicatos industriales como nuevo instrumento de negociación y encuadramiento de los trabajadores. Ya se ha hecho alguna referencia a ello. El hecho decisivo fue, recuérdese, la creación del Sindicato Metalúrgico de Vizcaya en 1914, entidad cuyo protagonismo negociador y capacidad para la acción laboral disciplinada y controlada imprimiría un carácter verdaderamente nuevo —y moderno— a las relaciones industriales de Vizcaya (y por extensión de su ejemplo, a Guipúzcoa y Alava): ello no haría disminuir la conflictividad —lógica en toda sociedad industrial—. Una variante interesante del nuevo pragmatismo socialista sería el cooperativismo industrial eibarrés, nacido en 1919-20. Como respuesta a la grave crisis que por entonces sufrió el sector armero, los sindicatos socialistas asumieron la autogestión de diversas empresas en régimen de cooperativa: el 28 de octubre de 1920 se creó la más importante de todas ellas, la Sociedad Cooperativa Alfa, que, merced a la eficacísima gestión de Toribio Echevarría, alcanzaría pronto un volumen de ventas y beneficios más que notable.

La personalidad de Indalecio Prieto —nacido en Oviedo pero recriado en Bilbao desde 1891, afiliado al PSOE desde 1899, uno de los fundadores con Meabe de la Juventud Socialista, periodista inteligente y autodidacta— iba a definir la nueva etapa del socialismo vasco: al fin y al cabo, fue diputado por Bilbao ininterrumpidamente desde 1918 hasta 1936 y su proyección nacional, especialmente en los años de la II República, le confería un ascendiente sobre el socialismo vasco casi indiscutible. El «prietismo» fue la versión socialista hegemónica en Vizcaya —bastión siempre del socialismo vasco— hasta 1936, aun a pesar de la relativa erosión que sufriría hacia 1933-34.
El «prietismo» fue, en primer lugar, política de afirmación democrática y republicana. Prieto fue el portavoz de la crítica socialista con ocasión de la crisis militar en Marruecos (desastre de Annual, 1921) y de la exigencia de extender las responsabilidades al propio Rey; y sería uno de los hombres clave en la crisis de 1930-31 y quien la planteó en términos inequívocos.

El «prietismo» fue, en primer lugar, política de afirmación democrática y republicana. Prieto fue el portavoz de la crítica socialista con ocasión de la crisis militar en Marruecos (desastre de Annual, 1921) y de la exigencia de extender las responsabilidades al propio Rey; y sería uno de los hombres clave en la crisis de 1930-31 y quien la planteó en términos inequívocos.
«o con el Rey o contra Rey». Dentro del PSOE, ya en los años veinte, Prieto significó la negativa a toda colaboración con la dictadura de Primo de Rivera. Luego, sería, con Azaña, la encarnación de la República y, en 1935 —otra vez con Azaña—, uno de los inspiradores de la idea del Frente Popular. Convencido de la identidad entre república y democracia, Prieto contribuyó decisivamente a hacer del PSOE la vanguardia de la oposición democrática a la monarquía de 1876 y, por tanto, a que el partido socialista fuera el eje de la II República. Fue probablemente más un «demócrata radical», como le definió el líder comunista italiano Togliatti, que un socialista —aunque su lealtad al PSOE fue inquebrantable—, y esa significación suya no debió de dejar de impregnar el movimiento socialista en Bilbao y en el País Vasco.En todo caso, el socialismo de Prieto era un socialismo no doctrinal y humanitario, influenciado, sobre todo, por Costa, Meabe y Jaurs y, más aún, por el periodismo radical bilbaíno y madrileño. Era un socialismo liberal, profundamente impregnado de las tradiciones históricas de Bilbao, con las que Prieto se sintió profundamente identificado. El socialismo de Prieto era, según sus palabras, «un socialismo para la libertad», esto es, un sistema que corrigiera los desequilibrios sociales y económicos y garantizase la plena igualdad de oportunidades en un marco político que asegurase, a su vez, el pleno ejercicio de las libertades democráticas. En buena lógica, Prieto se posicionó siempre contra toda idea de dictadura: contra la escisión comunista en 1921 y contra la dictadura de Primo de Rivera en 1923, dimitiendo incluso de la ejecutiva del PSOE a la vista de la actitud conciliadora y acomodaticia seguida por su partido respecto a aquel régimen militar.

Prieto dio al socialismo del País Vasco una preocupación española —de raíz regeneracionista— que no tuvo antes. Con Prieto, el PSOE vasco sería un partido estatal en un triple sentido: porque se insertaba en un horizonte cultural español (basta recordar el caso de un Zugazagoitia), porque funcionaba como una especie de vanguardia del socialismo español, y porque asumía aspiraciones y programas nacionales. En el caso personal de Prieto, esto último fue más que evidente: la política hidráulica que lanzó como ministro de Obras Públicas en 1932-33 era un ambicioso plan de regeneración nacional, que buscaba el desarrollo de la España seca a través de una impresionante transformación de la infraestructura del país. De cara al problema vasco —al que se hará referencia más adelante—, Prieto creía también en una solución «nacional»: la autonomía dentro del marco constitucional de una España democrática.

Al servicio de tales ideas, Prieto abogó siempre por la estrategia electoral de cooperación con los republicanos inaugurada en 1909 y arrastró a ello al socialismo vasco hasta 1936. Pensaba que la unidad electoral de las fuerzas democráticas era la única vía posible para el cambio político y social del país, la única posibilidad para la instauración de la democracia en España. Su experiencia en Bilbao debió ser decisiva: el apoyo electoral de los republicanos fue la clave para sus repetidas victorias en las siete elecciones celebradas entre 1918 y 1936. Por eso que Prieto insistiera en la participación del PSOE en el gobierno en la etapa 1931-33 y que luego inspirara el Frente Popular, pero un Frente Popular concebido no como un frente obrero, sino como una coalición que incluyese, junto a los partidos obreros, a las fuerzas republicanas.
Una clara opción democrática y republicana, por tanto: tal sería, en resumen, lo que Prieto encarnó en el socialismo vasco. De la firmeza con que el PSOE asumía sus nuevas responsabilidades serían prueba los sucesos de agosto de 1917. A partir del 13 de agosto, el PSOE fue a una huelga revolucionaría contra la monarquía. En el País Vasco, donde Prieto asumió la coordinación y dirección del movimiento revolucionario, la revolución se concretó en una huelga general no insurreccional que afectó principalmente a Bilbao y a las zonas fabril y minera y en Guipúzcoa, a Eibar y en mucho menor medida a Rentería, Irún, Pasajes y Beasain. El movimiento duró del 13 al 20 de agosto y, pese a su carácter pacífico, dejó un saldo de doce muertos en Bilbao, víctimas en su mayoría de la durísima intervención del Ejército, y numerosos heridos y detenidos. Políticamente, se confirmaba la vocación del partido socialista como vanguardia del movimiento de oposición a la Monarquía, política que culminaría en la II República.

La II República: los socialistas y el problema vasco
Con la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 (en Eibar, el 12), los socialistas vascos hubieron de asumir cargos de responsabilidad indudable en las distintas esferas del poder y la administración: Prieto, como ministro, primero, de Hacienda (1931) y luego de Obras Públicas; Enrique de Francisco, el líder del socialismo de Tolosa, como subsecretario de Trabajo; Angel Lacort, dirigente metalúrgico, delegado de Trabajo en Vizcaya;Rufino Laiseca, presidente de la gestora de la Diputación de Vizcaya (y Constantino Salinas, de la de Navarra);Toribio Echevarría, delegado del Gobierno en CAMPSA, y otros muchos como alcaldes de Eibar, Sestao, SanSalvador del Valle, etc. La izquierda ganó las elecciones locales del 12 de abril en las capitales vascas y en todas las poblaciones industriales importantes, por lo que los principales ayuntamientos de la región y las gestoras de las Diputaciones estuvieron en su poder a todo lo largo de la República; en las elecciones constituyentes de junio de 1931, la coalición republicano-socialista logró el 33 por 100 de los votos y siete de los diecisiete diputados que representaban a Alava, Guipúzcoa y Vizcaya. Todo ese aparato de poder iba pronto a afrontar problemas decisivos: sólo tres días después de procla mada la República, un grupo de alcaldes nacionalistas de alguno Ayuntamientos vizcaínos intentó proclamar en Guernica la República vasca dentro de la República española. El problema vasco quedaba así abiertamente planteado.

Para entender la política y la actitud de los socialistas del País Vasco ante lo que llamamos problema vasco —reivindicación de alguna forma de autogobierno, planteada a raíz de la abolición foral en 1876— conviene empezar por una doble afirmación: que los socialistas vascos no hicieron del reconocimiento de la nacionalidad vasca aspiración política de su partido (por el contrario, identificaron nacionalidad vasca con partido nacionalista vasco) y que la idea de España como unidad política y, por tanto, la cuestión de la integración de las provincias vascas en España, formó parte siempre del horizonte político y emocional de los socialistas vascos. Las razones de todo ello parecen claras y no son, por otra parte, novedosas: el socialismo jugó en el País Vasco un papel muy similar al que el laborismo, por ejemplo, tuvo en Escocia y Gales, regiones como la vasca dotadas de una cierta conciencia de diferenciación. La política del socialismo vasco, como la del laborismo galés y escocés, respondió a conceptos e intereses de clase: le preocuparon los problemas laborales y obreros, no los regionales; y buscó, en consecuencia, soluciones estatales a tales problemas (y no soluciones nacionalistas a problemas de identidad regional). Prevaleció en el socialismo vasco la solidaridad de clase con los trabajadores del Estado sobre la solidaridad interclasista del nacionalismo.

Sobre esa base, sería posible aislar, además, cuatro factores determinantes en la oposición del socialismo vasco al nacionalismo:
1) El carácter ultrarreligioso, tradicionalista y etnicista del primer nacionalismo vasco;
2) La exclusión del proletariado inmigrante del proyecto nacional vasco definido por Sabino Arana (Arana quería la organización de los trabajadores vascos al margen de los inmigrantes, como base de una hipotética armonía étnico-nacional entre empresarios y trabajadores vascos: así surgió en 1911 Solidaridad de Trabajadores Vascos);
3) La idea de unidad de la clase trabajadora im plicita en la lógica del socialismo, idea que excluía toda posible diferenciación regional entre los trabajadores;
4) La conciencia socialista de que sus ideales de igualdad y solidaridad eran principios moral y políticamente más democráticos y progresivos que el exclusivismo étnico y el reaccionarismo religioso del nacionalismo vasco.

Se entiende así que el rechazo del nacionalismo fuese una constante en la historia del socialismo vasco hasta 1936 (aunque eso no quiere decir que no hubiera coyunturas de acuerdo: ya se ha dicho que los socialistas formaron parte del gobierno vasco en 1936; luego, lucharon juntos en la guerra civil y colaboraron, más adelante, a lo largo de muchos años de clandestinidad y exilio).
Los primeros años de La Lucha de Clases contuvieron ya un sinnúmero de caricaturizaciones hirientes y mordaces del nacionalismo vasco y de sus proyectos. Como ha quedado dicho, Unamuno veía en el antimaquetismo la esencia última del nacionalismo (idea similar a la de Maeztu). Para Unamuno, el socialismo representaba una posibilidad de cosmopolitismo —así escribió en La Lucha de Clases, el 27 de febrero de 1895—, la posibilidad de aproximación entre pueblos y culturas diferentes. Meabe que venia del PNV denunció reiteradamente las connotaciones racistas del nacionalismo vasco; veía una incompatibilidad radical entre el internacionalismo socialista —en el que creía— y cualquier idea de patria. No aceptaba las interpretaciones patrióticas del origen y del pasado vascos que daban los nacionalistas; y repudiaba el espíritu de exclusivismo local que inspiraba el movimiento nacionalista vasco. Zugazagoitia, en un artículo que escribió en la revista Leviatán en mayo de 1934, veía en el nacionalismo vasco – una combinación de sentimientos religiosos y locales, aspiraciones separatistas y un puñado de reivindicaciones raciales.
   
Prieto había expuesto en el Parlamento, el 17 de abril de 1918, la que podía ser considerada como posición oficial del socialismo ante el nacionalismo vasco. Prieto veía cinco elementos inapelablemente negativos en éste: sus aspiraciones separatistas, su clericalismo acerverbado, sus afinidades ideológicas con el carlismo, su espíritu antiliberal y su falsa interpretación de la historia.    Ahora bien, sería erróneo pensar que, en razón de su rechazo del nacionalismo vasco, el socialismo careció de sensibilidad política hacia la cuestión vasca. Por eso que las argumentaciones anteriores requieran al menos dos puntualizaciones:
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1) Que el «españolismo» —esto es, la exacerbación de un nacionalismo español antivascono fue estrategia política del PSOE; esa estrategia se definió siempre por su militancia obrerista y su vinculación al progresivismo democrático nacional;
2) Que pese al rechazo radical de todo lo que significaba el nacionalismo vasco, los socialistas tuvieron idea clara de lo que era el problema vasco y que existió en sus concepciones una «dimensión potencialmente regionalizadora» que, desde 1930-31, se concretó en la aceptación de una autonomía vasca en el marco constitucional de una España democrática.

Aquella «dimensión regionalizadora» alentó ya en el aludido discurso de Prieto, de abril de 1918, en el Parlamento. Prieto propuso allí una interpretación liberal y democrática de los Fueros vascos y ofreció el apoyo socialista a una restauración foral de signo democrático: «Nosotros no tenemos inconveniente —dijo- en sumarnos a esas esencias de los Fueros vascongados en lo que tienen de democrático.» Criticó la política seguida por los gobiernos centrales respecto al País Vasco desde 1876, año de la abolición foral; y explicó la aparición del nacionalismo precisamente en función de la insensibilidad del poder central ante lo vasco: «El nacionalismo —subrayó- significa un sentido de protesta contra la actuación absorbente de aquellos políticos que han representado la acción gubernamental de las provincias vascongadas, los cuales han incurrido en fuertes errores de percepción de la política local, sobre todo, en el de no haberse sabido asimilar en ningún momento el espíritu del país.» Prieto tenía una idea clara y nítida de cuál era el sentimiento dominante de la opinión vasca: «Profundamente fuerista —dijo en la misma ocasión—, netamente fuerista, totalmente fuerista.»
Fue desde una perspectiva semejante desde la que Prieto pudo proponer, ya más tarde, en 1930, que la democracia aceptase las aspiraciones regionalistas. Es lo que hizo en su discurso en el Ateneo de Madrid de 25 de abril de 1930; habló allí de regiones con «personalidad étnica verdaderamente definida» refiriéndose en concreto a Cataluña y al País Vasco; y abogó porque se cultivase, «lejos de herir», la «profunda sentimentalidad» que alentaba en aquellas regiones sobre sus costumbres, historia y culturas específicas. Por eso propuso a la oposición republicana a Alfonso XIII, reunida en San Sebastián el 17 de agosto de 1930 —ausente el PNV—, que la futura República reconociese el derecho de los vascos a la autonomía.

Proclamada la República, Prieto hizo además varias cosas que revelaban su aceptación de la autonomía vasca: inspiró el decreto de 8 de diciembre de 1931 que trazaba la vía constitucional hacia la autonomía; convenció al gobierno de que se hiciera entrega del Estatuto de Cataluña en San Sebastián —se hizo el 15 de septiembre de 1932— como promesa de una inmediata autonomía vasca; presidió la Asamblea de Ayuntamientos vascos en Zumárraga, en septiembre de 1934, acto culminante de aquella rebelión de los Ayuntamientos a la que ya se ha aludido y que, por su contenido, derivó hacia una exigencia de autonomía vasca; relanzó e inspiró el Estatuto vasco de 1936.

Las gestiones del dirigente más representativo del socialismo vizcaíno revelaban que la política socialista no era estrictamente una política anti-nacionalista. Los socialistas vascos aceptaron el principio de la autonomía vasca, bien entendido que querían un ordenamiento autonómico democrático y constitucional, y que desconfiaban de una autonomía vasca controlada por el PNV. A esa linea respondió su política ante los diversos proyectos estatutarios surgidos a partir de 1931. Presentaron enmiendas verdaderamente democráticas al primero de ellos, al Estatuto de Estella, que rechazaban por clerical, restrictivo, antidemocrático y anticonstitucional (en todo lo cual llevaban razón); apoyaron el Estatuto de 1932, en cuya redacción participaron —y que fracasó por la defección de Navarra, reacción a la que fueron ajenos los socialistas vizcaínos, alaveses y guipuzcoanos—; y siguieron apoyando en 1933 el Estatuto de las gestoras —el anterior, pero sin Navarra—, pero dentro ya de una durísima ofensiva contra el PNV —apoyada por el Gobierno central—, que les llevaría al lamentable error de inhibirse en el plebiscito sobre el Estatuto celebrado en noviembre de 1933 (una vez que quedó claro que el PNV había capitalizado toda la gestión estatutista de 1931-33).


Pero,  los socialistas sabrían rectificar: en 1934 apoyaron la cuestión de los Ayuntamientos, y el Frente Popular asumió plenamente, ya en 1936, la idea de un nuevo Estatuto vasco. La asumió y la impulsó. Fue Prieto quien relanzó el proceso estatutario en la primavera de 1936 y quien inspiró el nuevo texto. Quería ya que la autonomía vasca fuera el resultado de un amplio consenso vasco y buscó para ello la colaboración del PNV; la ponencia socialista que redactó el Estatuto del 36 la formaron un socialista (Miguel Amilibia), un nacionalista (José Antonio Aguirre) y un republicano (Ramón Viguri). El Estatuto se aprobó en octubre, ya en plena guerra civil (aunque estaba terminado antes): como ha quedado dicho, los socialistas participaron —con tres carteras— en el primer gobierno vasco de la historia, el gobierno presidido por José Antonio Aguirre y constituido el 7 de octubre de 1936.

Origen: Origenes de la izquierda vasca, El socialismo.(i)

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