El mejor amigo

 

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Comendador de la “Orden de africa” por meritos sl trabajo, Bu-Craa

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Playa de “el Aaiun”

La naturaleza de la palabra amigo, a veces desvirtuada, es la misma que la de lealtad. Esa que te ata, sin querer, a tus raíces y a tu tierra como a tu propia sangre. Andaluz innegable por ser onubense, y sin pensarlo descubridor, su esencia andaluza imprimió el carácter de su imborrable y desbordante personalidad.

Vino a nacer en tiempos convulsos en aquella España llena de chiquillos de los años treinta, donde azares de la vida hicieron que el consulado argentino estuviese en el mismo edificio de la calle del puerto donde Huelva le vio nacer. Ese consulado diplomático les protegió de los avatares milicianos, tras cobijar las perseguidas imágenes cristianas, más por humanidad que por la fe católica en la que creció.

Nieto de alcalde, era quien más se pareció a un padre de fuerte carácter, generoso con el prójimo, pero también espartano. Me contaba con orgullo cómo siempre hubo en su hogar de seis hermanos un puchero para un pobre, con quienes a veces, por decencia humana, su padre se hacía acompañar, así que desde muy niño aprendió a compartir y a ayudar, no solo por fe cristiana sino por educación.

Los maristas, su familia y su tierra le formaron. Su temperamento decidido y seguro le abrió las puertas de los retos que la vida y él mismo acometió y supo torear.

El monumento de la Punta del Sebo que soñó una americana, le vio crecer, jugar y nadar. Aquella playa, las mareas marismeñas, los chocos en la orilla pescados al azar,  los viajes con el bocanegra y ese entorno sin par, hicieron de él un hombre sano, vigoroso, de amplias espaldas, un gran nadador. Años más tarde fui testigo de un hecho en las peligrosas aguas del Sahara con dos desafortunados bañistas, a los que, sin dudas ni miedos, supo rescatar.

 

Su padre, su hermano Pedro y un ramillete de cuatro preciosas hermanas, Rosa, Carmen, Elvira y Pilar le miraban con ilusión y orgullosos en el casino de Huelva cuando batía con cientos de inteligentes y calculadas carambolas a quienes se enfrentaron a él, en ese estilizado juego con palos y tres bolas esféricas conocido como billar del que llegaría a ser campeón de España. Esa afición le llevó a jugar con los mejores de su época y por ende a viajar. Gálvez afirmaba haber llegado donde llego porque “Cazcarro” dejó de jugar al billar.

Con el billar llegaron los primeros retos y aventuras de adolescencia, subidos a camiones de pescado, ahorrando el dinero para viajes que les asignaba la federación. Nacido en tierra de minas, la minería fue finalmente su oficio, y tras unas milicias universitarias en Tetuán, pronto se puso a trabajar. La vida azarosa, su fortuna y su tesón, le sacaron vivo tras permanecer enterrado en vida, en una mina de carbón del estepario León. De vuelta a casa, joven, soltero y con un buen dinero, sus hermanas se paseaban felices del brazo de su mejor galán.

Pepe no dijo que no al desierto cuando le surgió aquella aventura que marcaría definitivamente su vida. Una mujer morena, esbelta y decidida, alta y de ojos verdes, “de esas que hacen perder el sentío, ni Ava Gadner, Jose Luis”, como me contaba él, despreció un envidiable futuro en elegantes ciudades y salónes, para, tras mandar al cuerno a sus padres, ponerse la vida por montera e irse tras él hasta el Sahara español, darle amor, respeto y compañía, cinco hijos y toda la ilusión.

El desierto fue amigo fiel y compañero, para él y dos de sus hermanos a quienes animó a vivir aquella aventura. Una aventura que le enfrentó en el lejano Bu-Craa a un motín de cientos de saharauis que supo con frialdad resolver, salir airoso tras desaparecer cinco días perdido en medio de un mar de dunas sin nada que beber, cinco hernias, un patrimonio ganado a pulso, y la insignia de Comendador de la Orden de África prendida en su pecho, una insignia por méritos al trabajo que, con la del Colegio de Minas, gustaba de llevar en su solapa.

Mis treinta años en Ibiza y mi vida entera se la debo a él, a su incesante ejemplo de valor y caminar decidido, emprender y seguir adelante. El 30% de la flota hotelera que la isla posee hoy creció también gracias a su trabajo, ese que me hizo hombre de provecho, dándome una profesión. A caballo entre Madrid, Baleares y aquellos imborrables veranos en Laredo, verdes y frescas tierras cántabras de donde mi madre y mi hermana son.


Esos imborrables veranos en Laredo tras volver a casa por fin, su Huelva eterna, fueron su trashumante y feliz vida, hasta perder a su compañera, su amor y su razón de ser y vivir. La tristeza de no ver a su lado a Linuca, y la añoranza de su recuerdo, embriagaron sus tres últimos años de vida.

Un 8 de abril, a mi lado y de la mano, durmiendo en su lecho y yo en su regazo, partió para siempre mi amigo, a un lugar que nosotros no somos capaces de entender ni razonar, pero sí de sospechar. Lo cierto es que Pepe no se ha ido ni se irá jamás. Su imborrable recuerdo, su desbordante simpatía y su impagable ejemplo permanecen hoy y para siempre, para suerte de sus amigos y de quienes, afortunados, le conocimos y gozamos de su vital y sincera amistad.

Mi padre, qué suerte ser su hijo.

Mi mejor amigo.
Posdata:

Llevo siempre conmigo estas letras que me regalo un día en que me asaltó el desaliento.

Su regalo eterno, su ejemplo:

 

Cuando vayan mal las cosas…

… Como a veces suelen ir.

Cuando ofrezcan tus caminos…

… Solo cuestas que subir.

Cuando tengas poco haber…

… Pero mucho que pagar.

… Y precises sonreír, aun teniendo que llorar.

Cuando el dolor te agobie, y no puedas ya seguir…

… Descansar acaso debes, pero nunca desistir.


 

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