El manifiesto Koiné – Joan Font Rosello

A MÍ ME HACEN gracia algunos cuando quieren aparentar una imagen de normalidad y naturalidad en todo lo que afecta al catalán. Cualquiera diría que, históricamente, el movimiento catalanista ha sido una balsa de aceite. No más lejos de la realidad por poco que uno se asome a la historia de la lengua catalana, plagada de odios africanos y disputas inverosímiles. En el reciente ensayo Sa Norma Sagrada que he firmado con Juan Antonio Horrach damos cuenta de ello. La lengua catalana ha sido y es una fuente inagotable de conflictos, una Verinosa llengua, como titularon Xavier Pericay y Ferran Toutain un libro que marcó época.

Hace apenas tres semanas doscientos ochenta filólogos y estudiosos de la lengua lanzaron un manifiesto titulado Per un veritable procés de normalització lingüística a la Catalunya independent, conocido como manifiesto Koiné por llamarse así el grupo impulsor. Pues bien, este manifiesto ha provocado una auténtica convulsión en Cataluña y una honda división en las filas del catalanismo. Por cierto, algunos de nuestros sabios de la UIB (Bibiloni, Corbera, Melià, Rosselló Bover, Dols, Miralles) aparecen como firmantes. De los cinco Premis d’Honor de les lletres catalanes que firman el manifiesto, tres son mallorquines (Massot i Muntaner, Maria Antònia Oliver i Cabrer, Joan Veny i Clar). Una representación isleña nada despreciable.
Como el ejército del catalanismo no está formado por soldados, tenientes y coroneles, sino por maestros de escuela, curas, periodistas, escritores y sobre todo filólogos, cabría pensar que un manifiesto encabezado por los sacerdotes de la lengua contaría con el aplauso entusiasta y unánime de todo el catalanismo. Ha sido todo lo contrario. La Vanguardia ha tachado el manifiesto de «lamentable», Lluís Rabell (Catalunya Sí que es pot) lo ha tachado de «racista» y «fundamentalista cultural», ERC y Junts Pel Sí lo han censurado y han subrayado que Cataluña es bilingüe, ICV lo ha calificado de «error táctico» por dividir el movimiento separatista.
El manifiesto. El contenido del manifiesto no es nada original y viene a repetir las consignas repetidas hasta la saciedad por parte de la sociolingüística comprometida con el nacionalismo. En primer lugar, constatan que el catalán es la lengua propia, histórica, «endógena» y territorial de Cataluña, Valencia y Baleares. Pese a ello, no estaría en una situación «normal» en «su territorio» al estar amenazada por el castellano, situación a la que se ha llegado gracias a la «bilingüización forzosa de la población». Llegan tan lejos que aseguran que Franco llegó a utilizar a los castellanohablantes como «instrumento involuntario de colonización lingüística». La llegada de la democracia y la autonomía apenas habrían logrado revertir esta situación de «imposición politicojurídica del castellano». El catalán sigue siendo una lengua subordinada a la castellana y está en proceso de sustitución. Constatan que ni siquiera el catalán es la lengua predominante entre las generaciones de la «inmersión lingüística», sobre todo en las zonas más pobladas como Barcelona.
Los firmantes denuncian la ideología política del llamado «bilingüismo» que, inoculado desde arriba, ha hecho creer que la coexistencia de dos lenguas era algo «natural, positivo, enriquecedor y democrático». «En realidad afirman, esta ideología bilingüista no es más que una forma de encubrir y legitimar la subordinación de una lengua a la otra y el consiguiente proceso de sustitución lingüística». Finalmente, critican a los políticos que proponen mantener el estatus lingüístico actual en una futura República Catalana y les piden: «a) la restitución al catalán del estatus de lengua territorial de Cataluña (..), b) la reversión de la práctica de la subordinación sistemática y generalizada del uso del catalán al uso del castellano y c) la recuperación progresiva de la genuinidad de la lengua».
La normalización, un fracaso. No recuerdo haber leído ninguna constatación más manifiesta del fracaso de la normalización lingüística. Normalización es el término que se utilizó por estos lares para no hablar de «planificación lingüística», de connotaciones sovietizantes. Algo habíamos olisqueado del fracaso normalizador cuando Joan Melià, firmante del manifiesto Koiné, informó hace unos meses de la dramática caída del uso del catalán en las Islas, con un bajón de 10 puntos porcentuales en apenas 10 años. Un fiasco que entonces el catalanismo no quiso reconocer. Tampoco recuerdo haber leído ninguna constatación más manifiesta de la degradación cualitativa y estructural de la lengua, su falta de «genuinidad» («genuino» significa «puro, originario»). Y lo dicen personajes como Melià que, en una entrevista en Canal 4, se burló de los que nos preocupábamos de la «lengua de los abuelos» en vez de hacerlo por la de los «nietos», educados en un catalán nada genuino calcado al barcelonés y al castellano.
Por supuesto, la constatación del fiasco de la normalización -ni se ha conservado el patrimonio lingüístico de Baleares ni se habla ahora más catalán que en los ochenta- no les lleva a preguntarse si en algo pueden haberse equivocado. Todo lo contrario. Según ellos, el problema habría sido que los gobiernos habrían sido demasiado tibios con los castellanohablantes, a los que deberían haber obligado a utilizar el catalán a la fuerza, no sólo a aprenderlo. Como irredentos dirigistas que son, ésta es su receta. Si no querías taza, taza y media. Si no querías inmersión, doble ración.
Vuelve la Cataluña eterna. Como he adelantado, el manifiesto ha sido calificado de «error táctico». ¿Por qué? ¿Acaso a alguien le puede sorprender a estas alturas el fascismo lingüístico de nuestros filólogos? El diputado del PP catalán, Fernando Sánchez Costa, ha ofrecido una interpretación convincente que explicaría este curioso rechazo de políticos y periodistas. El independentismo habría superado su condición de minoría social en Cataluña y lo habría logrado pagando un precio: olvidar la matriz intelectual que siempre lo había sostenido, la salud de la lengua. Para ampliar su base social, el independentismo se habría ido despojando del esencialismo originario basado en la lengua, la historia y el territorio para abrazar el discurso más pragmático de los recortes y el «Madrid ens roba». Un ejercicio de travestismo que habría atraído muchos no nacionalistas al carro del Procés al creerse que les esperaba un país mejor.
La dureza del discurso identitario de los independentistas de toda la vida habría dado paso al «procés inclusiu», a la «revolució dels somriures», a la desnacionalización del Procés. En síntesis, habríamos pasado de Heribert Barrera a Rufián. Entretanto, habría crecido el descontento entre los filólogos que, después de creerse durante decenios el centro de la nación catalana, se preguntaban de qué serviría la soñada independencia si Cataluña tenía que acabar como Irlanda donde todo el mundo habla inglés. Los filólogos, el verdadero «núcleo irradiador» del independentismo pata negra, se habrían sentido despreciados, no habrían podido aguantar más y habrían estallado. La farsa del Procés habría llegado demasiado lejos. Ya no contaban con ellos como de costumbre. Y han dado un golpe en la mesa con su manifiesto, reclamando su derecho a volver a ser el centro de la nación. Su verdadero sentido. Ya saben, una lengua, una nación, un estado. Por algo ellos han sido independentistas toda la vida y no sólo de última generación. Un respeto.

Joan Font Rosello – El Mundo

Un comentario en “El manifiesto Koiné – Joan Font Rosello

  1. Me gustaría copiar algunos artículos de ” Verdades que ofenden” en mi Blog. Pero no se si es legal, por ello les pido su permiso y sería de agradecer para mi. Espero su respuesta. Un saludo. Joan

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