El violento ultraje a la estatua de Felipe III en la Plaza Mayor durante la proclamación de la II República

La escultura ecuestre, ubicada en el histórico enclave desde 1848, es una obra original del siglo XVII

La estatua de Felipe III, destruida en el suelo, el 14 de abril de 1031

La estatua de Felipe III, destruida en el suelo, el 14 de abril de 1031 – ABC

La estatua ecuestre de Felipe III es uno de los atractivos de la Plaza Mayor. Ubicada en el centro del histórico enclave desde 1848, su nacimiento es coetáneo al de la plaza. Ambos son originales del siglo XVII, aunque sus caminos no se cruzaron hasta que la reina Isabel II ordenó su traslado. Sea como fuere, individualmente o como conjunto, cada una guarda una crónica propia. En el caso de la escultura, su historia tiene que ver con su vínculo con la monarquía.

La figura del monarca, sirva como introducción, es obra de Juan de Bolonia y Pietro Tacca, comenzada por el primero y culminada por su discípulo, como regalo a Felipe III. Inicialmente se situó en la Casa de Campo, pero la reina dispuso su reubicación en la fecha indicada. De hecho, una placa rememora este mandato en la base de la estatua: «La reina doña Isabel II, a solicitud del Ayuntamiento de Madrid, mandó colocar en este sitio la estatua del señor rey don Felipe III, hijo de esta villa, que restituyó a ella la corte en 1606, y en 1619 hizo construir esta plaza Mayor. Año de 1848».

La estatua de Felipe III, con su apariencia actual, en la Plaza Mayor

La estatua de Felipe III, con su apariencia actual, en la Plaza Mayor– JOSÉ RAMÓN LADRA

Pero más allá de la historia sobre su concepción, también cuenta con polémicos episodios que pudieron acabar con ella. Estos remiten fundamentalmente a las proclamaciones de la I y la II República. En el primer caso, no obstante, solo fue una advertencia. A su inicio, en febrero 1873, la escultura fue retirada por temor a posibles represalias populares; en la segunda, en abril de 1931, no hubo tiempo para esconderla. Lo que décadas atrás quedó en una mera hipótesis, casi anecdótica, esta vez fue mucho más lejos.

Una vez se proclamó la II República, algunos exaltados llevaron las celebraciones al extremo. El vandalismo fue tal que la estatua de Felipe III fue reventada con un artefacto explosivo. La caída de la Corona debía ser también en un sentido metafórico. Así, se introdujo un objeto por la boca del caballo, que estaba abierta, y la escultura saltó por los aires. La figura se despegó de su pedestal, con el jinete fuera de lugar, el animal decapitado y la historia de siglos ultrajada. El violento atentado alumbró, sin quererlo, una curiosidad sobre esta escultura. Al abrirse, se encontraron numerosos huesecillos en el interior del caballo. Como es evidente, el equino metálico no se había comido nada, sino que muchos pajarillos habían entrado por la abertura y, una vez dentro, no supieron salir. Tras este triste pasaje la escultura fue rehabilitada y reubicada. La boca del caballo, por cierto, quedó sellada.

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