Primero fascista, después comunista – Ricardo Ruiz de la Serna

Si la contradicción tuviese rostro, sería el de Curzio Malaparte (1898-1957), que atravesó el siglo XX transitando del fascismo al comunismo para llegar sus últimos años al maoísmo y el catolicismo después de haber renunciado a la fe luterana. ¿Le parece desconcertante? Bienvenido al mundo de Kurt Erich Suckert, hijo de una milanesa y un sajón, nacido en Prato, una de las ciudades más bellas de la Toscana, a unos 15 km de Florencia. Nacer en esta región prodigiosa de Italia debe de imprimir carácter para la literatura y el arte. Imaginémoslo de niño paseando por su catedral, embellecida por las pinturas de Filippo Lippi, también natural de la ciudad. Quizás comenzó ahí esa vocación humanística plena que abraza la literatura y la política.

El joven Suckert -italiano de apellido alemán- se forma en el Liceo Cicognini, de donde salió el prócer Mazzoni y donde estudiaría un joven de Pescara poeta, aventurero y fascista: Gabrielle D´Annunzio. Lo atrae el anarquismo y el republicanismo italiano de izquierda no marxista. Es difícil orientarse en esta selva de etiquetas de las ideologías de comienzos del siglo XX. Hay comunistas, socialistas, anarquistas, republicanos, conservadores, moderados, radicales… La Italia del Rey Humberto I es joven y está en estado de ebullición. Su cultura es antigua y admirable. El Rey Víctor Manuel III quiere dar a Italia el lugar que le corresponde en el concierto de las naciones. Por toda Europa, suenan tambores de guerra que muchos oyen, pero casi nadie escucha. En 1914 estalla la I Guerra Mundial. Italia permanece neutral al comienzo de la contienda.

Pero Sucker quiere acción. Tiene 16 años. Parte voluntario al frente, enrolado en la Legión Garibaldina, que en realidad es un regimiento de la Legión Extranjera Francesa compuesta íntegramente de italianos. Ahora tiene dos madres. Italia, y Francia madre de todos los legionarios extranjeros. Combate bajo su bandera hasta 1915. Italia ha entrado en la guerra. Lucha en Europa en las filas del Ejército Real. Es condecorado por su valentía. La derrota de Caporetto lo subleva: culpa a Roma y su corrupción. La guerra termina. Italia ha vencido, pero se siente ultrajada. Los aliados la han traicionado. Hace falta una revolución que dé a Italia la grandeza que merece.

Todavía se llama Suckert cuando comienza a ejercer el periodismo, que para él es una forma de militancia. Se hace fascista en 1920. Como tantos jóvenes italianos, busca la aventura y la grandeza, profesa el culto de la modernidad y la fascinación por Roma. En 1922 marcha sobre Roma con los Camisas Negras. En 1924 funda “La conquista del Estado”, cuya cabecera tomó en España Ramiro Ledesma. En 1925 adopta el pseudónimo que lo acompañará toda la vida: Malaparte, un juego de palabras con el apellido del emperador Napoleón. Si el corso nació “en buena parte” (Bonaparte), Curzio ha nacido en un lugar desafortunado. Milita en el ala izquierda del fascismo. No quiere transigencias ni acuerdos con la Italia burguesa a la que culpa del fracaso del Estado y de la frustración de la posguerra. Se mueve entre los escuadristas. No condena la violencia. Firma el manifiesto de los Intelectuales Fascistas. Apoya a Mussolini cuando suspende en 1925 las libertades democráticas.

La dictadura de Mussolini fue para él un desengaño y una decepción. El Duce ha llegado para evitar la revolución deseada, no para liderarla. Se va alejando del entusiasmo de un lustro atrás. Dirige varias publicaciones, pero también prepara un libro. Lo publica en 1931 en París y en francés. No se traducirá al italiano hasta después de la guerra. Se trata de “Técnica de un golpe de Estado”. Es el acta de acusación de un revolucionario traicionado y un ataque frontal a Hitler y Mussolini. Es, a la vez, una invitación a la subversión y una denuncia de sus mecanismos. Parece que invita a derrocar a Mussolini.

En 1933 lo expulsan del partido fascista. Debe abandonar Roma y volver a Toscana. Sin embargo, tiene un as en la manga: es amigo de Galeazzo Ciano, conde de Cortellazzo y Buccari, ministro de Asuntos Exteriores y yerno del Duce. Ha caído en desgracia, pero no por completo. Sin embargo, está muy alejado de los fascistas. No comparte el racismo que va impregnando el régimen. Cuando en 1938 se promulguen las leyes raciales, acogerá en la redacción de Perspectivas a Alberto Moravia, marginado y apartado por su origen judío.

En 1939 el III Reich invade Polonia. Francia y el Reino Unido entran en la guerra. El conflicto se extiende por Europa. En 1940 Malaparte debe incorporarse a filas. Es capitán en un regimiento alpino. En septiembre de 1940 lo envían a Grecia y en 1941 comienza a trabajar como corresponsal de guerra para Il Corriere della Sera. En marzo de 1941 acompaña a las tropas alemanas en el avance sobre Yugoslavia.

Malaparte asiste al nacimiento del Nuevo Estado de Croacia, dirigido por el fascista Ante Pavelic, que se hace llamar Poglavnik y desencadena una política genocida contra serbios, judíos y gitanos. Este hombre de 52 años es croata de Bosnia. Suentusiasmo en la colaboración y el exterminio es aterrador. Admira a Hitler. En 1941 entra en funcionamiento el campo de concentración y exterminio de Jasenovac. Allí serán asesinados un mínimo de 85.000 seres humanos. Malaparte visita a Pavelic en su despacho de la ciudad vieja de Zagreb y lo cuenta en Kaputt (1944). El relato es terrorífico: describe un cesto de veinte kilos de ojos humanos que Pavelic tiene sobre la mesa del despacho. Se dice que la anécdota es apócrifa, pero hay tantos testimonios de la brutalidad de los fascistas croatas que es difícil no creerlo.

Entre 1941 y 1943 Malaparte recorre el frente oriental -Croacia, Ucrania, Rumanía- y describe el espanto de una guerra que -según va atisbando- el Reich y sus aliados no podrán ganar. Conoce a Hans Franck-el siniestro responsable del Gobierno General que regía los destinos de parte de Polonia desde el castillo de Wawel. Allí cerca está Auschwitz. Conversa en Finlandia con Agustín de Foxá, que pronostica la caída de Inglaterra en manos del comunismo. Sus textos son periodísticos, sí, pero bajo la fachada de la conversación anecdótica y el detalle descriptivo, los recorre el horror de las atrocidades de la guerra. Hay algún pasaje de “Kaputt” que recuerda al Goya de las Pinturas Negras: “He asistido a una lucha entre hombres vivos y hombres muertos”. No dejen de leerlo.

Sin embargo, la vida de Malaparte debe dar aún varios giros. Vuelve a Italia en 1943 y tras el 8 de septiembre, se pasa al lado de los aliados. Colabora con la contrainteligencia de los ejércitos que avanzan por Italia. Lucha contra la República de Saló. Se enrola en el Ejército Italiano de Liberación. La toma de Napoles y su degradación es el eje vertebrador de “La Piel” (1949), que la Iglesia incluirá en el Índice de Libros Prohibidos por la escena de una crucifixión de judíos en Ucrania. Dedica esta novela a “todos los bravos, los buenos, los honestos soldados americanos, mis compañeros de armas entre 1943 y 1945, muertos inútilmente por la libertad de Europa”.

La guerra ha acabado con el revolucionario fascista. Abran paso al comunista. Togliatti firma su carné de afiliado “in articulo mortis”. Se ha ganado fama de excéntrico y camaleónico. No le toman muy en serio. Se interesa por el maoísmo. En 1957 viaja a la URSS y a la República Popular China. Logra la liberación de un grupo de sacerdotes arrestados por los comunistas chinos. Enferma de cáncer. Se pregunta si Dios va a ser tan estúpido de hacer morir a Malaparte. Sin embargo, los obituarios permiten apreciar que su conversión al catolicismo fue sincera. Se dijo que había muerto “en la paz de Dios”.

Malaparte nos sitúa ante las contradicciones de un siglo atroz, abominable y espléndido. El siglo de Einstein y de Shostakovich es el tiempo de Auschwitz y Jasenovac. ¿Es posible hacer ese viaje y regresar incólume para contarlo? No me gustan las incoherencias de Malaparte pero, al mismo tiempo, me resultaría imposible creer que hubiese vivido lo que vivió sin haber incurrido en ellas. De alguna forma, fue fiel a sí mismo -la primera lealtad en un tiempo en que todas las lealtades parecían resquebrajarse- y dejó una literatura admirable que testimonió la devastación y la muerte de Europa. Retrata a las víctimas de la guerra, el exterminio y la historia con humanidad. Es crudo sin caer en el sensacionalismo. Tal vez, al final, este hombre que tantísimo se equivocó en sus opciones políticas, fue incapaz de sobrellevar su pasado. Quizás encontró en la fe, paz, coherencia y una plenitud que jamás encontró en ese siglo atormentado.

Origen: Primero fascista, después comunista | La Gaceta

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