Memoria del terror – Arcadi  Espada

17/07/2016 02:34

Mi liberada:

Es indiscutible, no he vivido una guerra. Tú y yo pertenecemos a una de esas generaciones de fortuna. Mis padres la vivieron, mis abuelos la vivieron y han pasado ya cincuenta años y aún no se ha declarado la guerra en mi vida. Es la noticia sensacional de mi generación, de unas consecuencias muy profundas, que pasa inadvertida como sucede a menudo con lo que no pasa. Pero tampoco he vivido en paz. La muerte violenta, por causas políticas, ha sido una constante en mi edad. No soy finlandés ni portugués ni austriaco, que no han tenido mayor relación con ella. Pero tampoco francés, alemán u holandés, que la han sufrido esporádicamente.

Los sobresaltos empezaron pronto, con 15 años, la mañana que mataron a Carrero Blanco. A la salida del instituto me esperaba mi padre. Más que el asesinato de Carrero, el sobresalto, la vergüenza del adolescente, fue el verle allí. ‘He venido a buscarte por si había follón’, me dijo cálido y temeroso, mientras pasaba por sus ojos toda la guerra civil. Pero la ternura venció la vergüenza y caminamos amigables y juntos hasta llegar a casa.

El crimen de la transición sucedió en Atocha. Los abogados eran comunistas como yo y era imposible deslindar su asesinato, en aquel Madrid, del asesinato del teniente Castillo. Sin embargo, el Partido Comunista conocía la muerte, y no de oídas, y no hubo luego un Calvo Sotelo, y luego. Los asesinatos de Bultó y Viola pulverizaron mi kilómetro sentimental. Lo redujeron a centímetros. Además de suceder cerca los terroristas forzaron el domus y dieron a sus víctimas una cruel muerte tecnológica.

Luego se instaló en el Norte una sucesión de años infames. Cadáveres y cadáveres y cadáveres: la víctima frecuentaba círculos ultraderechistas de la localidad. Desaparecían en los periódicos por el sumidero de un breve, pero yo no he hecho otra cosa en mi vida que leer periódicos y no se me escapaba uno. A veces era mi madre la que al llegar a casa me daba la noticia: ‘Han matado a otro’, me decía con su furia triste. Ya he escrito que mi vileza de entonces era preguntarle si civil o militar.

En 1987 explotó Hipercor y ya para siempre algunas de mis amistades de la época. Cuatro años después los periódicos publicaron la última foto verdadera, obra de Carlos Montañés. Tan absolutamente verdadera que parece de ficción: el guardia José Ángel Barragán lleva en sus brazos a la niña Isabel Porras, mientras al fondo, entre el humo y los cascotes, una pareja huye con un niño en su cochecito. ETA había lanzado un coche lleno de bombas contra el patio de una casa cuartel. ¡Ésa y no las impracticables fabulaciones es la auténtica conexión islamista!: los españoles todo lo saben sobre el terrorismo.

La máxima sofisticación de los asesinos nacionalistas llegó el fin de semana en que mataron a Miguel Ángel Blanco. Una muerte en directo, alargada en el tiempo, son muchas muertes. Un día da para mucho. Pero ese fue el final. Urgidos por el espectáculo, los españoles se levantaron. ETA se había convertido en un reality show y a partir de entonces sus días estuvieron contados: contra lo que creen los académicos de la legua, el terrorismo prospera en la penumbra.

Al asesinar a Ernest Lluch y al municipal Gervilla el centímetro sentimental de Bultó y Viola se redujo a milímetros. Yo había tratado a Lluch como a ninguna otra víctima del terrorismo. Y en cuanto a Gervilla solo iba a ayudar, en plena Diagonal, cuando los ocupantes de aquel coche averiado le dispararon. Aquellos graves meses del comando Barcelona fui víctima, por primera vez, de la vanidad de que podían matarme.

El 11 de septiembre de 2001 daba vueltas, flojo, feliz y soleado, sobre la hierba de un jardín ampurdanés, mientras no daba crédito de hasta dónde había llegado el característico humor negro de mi amigo Jaume Boix, que me estaba contando cómo un avión se había estrellado contra el World Trade Center. Un avión y luego otro, y entonces me incorporé. No es exacto decir que el terrorismo se hizo global: se hicieron globales la zozobra, el desaliento y el duelo.

La segunda matanza de Atocha dispuso, en 2004, a mis ojos, el más grandioso escenario de un acto terrorista. Fueron tan enormes sus consecuencias para la moral pública de los españoles, tanta la degradación de su política y de su periodismo que provocaron el mayor éxito a que puede aspirar una matanza terrorista: convertir a las víctimas en un daño colateral. Toda la putrefacción española arranca de ahí, y aquí sigue. El terrorismo no gana nunca. Entre nosotros, sin embargo, la inmoralidad y la superstición aún sostiene que los islamistas del 191-M volaron la estación para provocar un cambio de gobierno. O sea que nunca como entonces el terrorismo ha estado a punto de ganar.

Me acuerdo de los ecuatorianos de la T4: fue el primer crimen de la paz.

El último otoño sucedió en París. El otoño es la gran época de las ciudades, y es la gran época de París. Las terrazas de los cafés de la Paix no son todavía una lenta forma de muerte por intemperie. Era viernes, dormía el músculo. Desde los coches iban ametrallando la felicidad y se comprende porque no habrá forma humana de que la alcancen ni ellos ni sus hijos ni los hijos de sus hijos.

De modo que no he vivido una guerra, de acuerdo. No la he sufrido. Y tampoco la he luchado, lo que es más importante de lo que parece. Pero durante 43 años el terrorismo ha colonizado implacablemente mi cabeza. Sus cataclismos silenciosos, sus insidiosos efectos colaterales deben anotarse. No he vivido una guerra, pero llevo el duelo de innumerables nombres propios. Apellidos, topónimos: una bomba de neutrones que deja el esqueleto de la vida intacto.

Estalla como el viernes en Villa Paramesa. Al fondo de la ilustrada taberna se daba una gran conversación entre hombres y mujeres libres e iguales. Un estado de reposo después del trabajo y la agradable sospecha de que había sido un buen trabajo. Creo que sucedió llegando exactamente a la cima, entre el pan de arroz con caballa, codium y yuzu (también el placer se ha hecho global) y el taco de lechazo (un chorro de leche sólido) confitado con uvas y migas. Cuando entró un camión.

Sigue ciega tu camino

A.

Origen: Memoria del terror | Opinion Home | EL MUNDO

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