80 años de aquello: una visión personal

LA GUERRA CIVIL EN TOLEDO

Concordia y reconciliación, palabras que «me animan a mirar al futuro con esperanza»

Milicianos en el callejón del Lucio, disparando hacia el Alcázar

Milicianos en el callejón del Lucio, disparando hacia el Alcázar
POR VÍCTOR GIRONA HERNÁNDEZ Del Ateneo Científico Y Literario De Toledo 23/07/2016 20:01h 

 

Alcancé la mayoría de edad cuando habían transcurrido cuarenta y cinco años del comienzo de aquello y conocía los hechos de manera general por haberlos estudiado a lo largo del Bachillerato, pero nunca me había despertado un especial interés a pesar de la predilección que ya sentía por la Historia. Y es ahora, al recordar el contenido de las clases que me fueron impartidas sobre La Guerra Civil Española de 1936-1939, cuando me sorprendo al comprobar la cierta «asepsia» e intento de búsqueda de la mayor objetividad posible que ponían quienes fueron mis profesores al intentar hacerme comprender el alcance de aquello. Al tratar de hacerme entender que todo lo que ocurrió fue muy triste, doloroso y que no existieron buenos ni malos. Y esa es una aseveración que realizo a día de hoy completamente convencido, dado el conocimiento que con el paso del tiempo he ido acumulando sobre lo sucedido en Toledo y por las manifestaciones que, en muy diversos ámbitos desde hace unos años y en la actualidad, vienen vertiéndose sobre el asunto.

Muchos de quienes me conocen me han realizado a lo largo del tiempo la misma pregunta ¿de dónde te vino a ti esa afición a conocer e indagar sobre los hechos acaecidos en Toledo durante aquel verano de 1936, si por arraigo familiar nada te unía a la ciudad? Y cierto es que solamente unos pocos conocen la respuesta.

Una lección vital recibida una tarde de sábado de la primavera de 1990 en la explanada norte del Alcázar de Toledo contiene la respuesta. Aquella tarde me encontraba de centinela, como soldado de reemplazo, en la garita que se situaba junto a la estatua erigida al Comandante Villamartín a fin de controlar el flujo de visitantes por la zona de acceso y salida a las Salas que la Sección Delegada del Museo del Ejército y las dependencias que, del denominado «Museo del Asedio», había en el Alcázar por entonces; en aquellos días, se entraba y salía por la magnífica fachada Norte tras subir el denominado zigzag (ahora desaparecido). Próxima la hora de cierre de las instalaciones, vi como un grupo de cinco personas se dirigían hacia donde me encontraba; al llegar a mi altura les saludé y les indiqué las zonas hacia las que no podían dirigirse por ser estrictamente del Acuartelamiento sito en el Alcázar. Entonces ellos me interpelaron sobre si podían hacerse una fotografía junto a la estatua de Villamartín y mirar hacia la Plaza de Zocodover desde la balaustrada. Accedí, pues estaba permitido y allí permanecieron un rato. De las cinco personas que componían el grupo, todos varones, recuerdo que tres eran de entre cuarenta y cincuenta años y los otros dos eran claramente más mayores. Una vez terminaron de hacer las fotografías y admirar las vistas, se volvieron para darme las gracias y uno de ellos dijo algo relacionado con la uniformidad, al tiempo que, dirigiéndose hacia uno de los dos más mayores, espetó: «Padre, cuando usted estuvo aquí no llevaba esas botas, ni ese uniforme tan llamativo…» y el que era su padre, movió la cabeza de un lado a otro, atisbando una tímida sonrisa.Comenzamos entonces una breve conversación por la que supe venían de Badajoz y que llevaban mucho tiempo queriendo venir a Toledo. Al hilo de la pregunta que entre ellos se habían formulado sobre mi uniformidad, pregunté si es que el señor había hecho en su época el Servicio Militar en Toledo; se produjeron unos segundos de un intenso silencio y los semblantes de los cinco cambiaron absolutamente. Acto seguido uno de ellos comentó que su padre, su tío y un amigo común (que luego supe era el otro señor mayor que allí estaba) habían estado durante el verano de 1936 en Toledo y que llevaban muchos años deseando volver al Alcázar pero que se les hacía muy doloroso por los recuerdos. Yo les pregunté si es qué habían sido defensores del Alcázar, a lo que me respondieron que no; que «precisamente los tres estuvieron aquel verano como milicianos voluntarios sitiándolo y que venían a cumplir un deseo que su tío, ya fallecido, siempre tuvo pendiente de cumplir: visitar la Cripta de quienes fueron sus enemigos pues les demostraron que supieron defenderse y morir con gran valor». En ese momento, pude ver como los ojos de ambos señores mayores se encontraban llorosos y cómo se agarraron las manos. No dijeron ni una sola palabra más. Yo me quedé prácticamente mudo pero, afortunadamente, pude darles las gracias por la enorme lección de concordia que me habían dado a conocer. Nos despedimos, se dirigieron hacia el zigzag y abandonaron las instalaciones. Nunca más volví a verlos.

Aunque algo sabía sobre lo acaecido durante la Guerra Civil en Toledo, nunca había despertado mi curiosidad hasta sentir la necesidad de estudiarlo a fondo. Fue a raíz de ese encuentro que me interesé por buscar en bibliotecas y comenzar a devorar libros durante la finalización de mi Servicio Militar. Al terminar éste, tuve la oportunidad de trabajar precisamente para la Sección Delegada del Museo del Ejército en Toledo durante siete años y tener acceso a documentación prácticamente desconocida. Durante esos siete años, fui confeccionando mi biblioteca sobre el particular, revisé cientos de imágenes y pude entrevistarme y conocer de primera mano tanto a personas que sitiaron el Alcázar o que habitaron en la ciudad, como a personas que estuvieron dentro de él durante aquellos setenta largos días de asedio de julio a septiembre de 1936. Ahora, al repasar mentalmente todas aquellas conversaciones me doy cuenta de que, en ningún caso, había rencor –y mucho menos odio- hacia quienes en aquellas terribles circunstancias fueron sus adversarios.

Varias son las anécdotas y curiosidades que guardo de aquellas conversaciones; por ejemplo, la que me relató un conocido miembro del Partido Comunista de Toledo que ya en 1936 era un joven revolucionario de esa filiación y que me aseguraba (ante mí asombro) que él mismo tuvo encañonado, junto a dos amigos más, al propio General José Riquelmecuando llegó a Toledo en el mes de julio, pues no se fiaban lo más mínimo de las intenciones que traía el Jefe militar y creían que al final, con su columna, se uniría a los sitiados. También me resultó muy curioso constatar, al hablar con varios de quienes estuvieron sitiados dentro del Alcázar, que en realidad yo mismo sabía más de lo acontecido dentro de sus muros que ellos mismos, que poseía una visión más completa y global por el estudio que había realizado del hecho. Me manifestaban que por increíble que pudiera parecer todo ocurrió como se había contado, que bastante tuvieron con salir vivos de aquello, que las pasaron canutas y que, prácticamente, estuvieron en un mismo puesto durante esos setenta días y que poco más sabían de lo que les ocurría al resto, que hasta el final no fue que se enteraron de los avatares vividos por unos y otros. Me aseveraban, incluso, era la primera vez que sabían de diversos aspectos del asedio pues yo se los estaba relatando. Y una cosa sí que es cierta, tanto por parte de quienes fueron sitiadores como por parte de quienes fueron sitiados, la tendencia era la de no querer hablar demasiado del asunto, «aquello ya pasó y fue muy duro», me decían.

Se cumplen 80 años de aquel tiempo tan doloroso, tan triste y tan abyecto para la memoria de todos los españoles, independientemente de la forma de pensar que libremente se tenga. Y se han cumplido asimismo sesenta años de otra magnífica lección de reconciliación entre españoles de bien, como es el contenido de la carta que un desconocido dejó en la casa del entonces General Moscardó al fallecimiento de este en abril de 1956:

«Madrid, 12 de abril de 1956.

A la familia del Teniente General Moscardó.

Señores: También los patriotas que luchamos contra quien fue el General Moscardó sentimos la pérdida de un héroe de la talla del que defendió el alcázar.

Seguramente que en él no hubo egoísmos y fue noble en toda su actuación.

Que Dios lo bendiga».

«General Moscardó»

De Benito Gómez Oliveros. Editorial AHR 1956

Concordia y reconciliación. Son precisamente las palabras que se me hacen más valiosas, las que siempre intento no olvidar como español de generación posterior a aquella que decidió dirimir sus diferencias de la peor manera posible. Las que me animan a mirar hacia el futuro con esperanza

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