Cuando Occidente se salvó en una batalla – Ricardo Ruiz de la Serna | La Gaceta

El mérito, el esfuerzo, el sacrificio, el coraje y el heroísmo eran algunos de esos valores que inspiraban una civilización que amaba la libertad.

Hace dos mil quinientos seis años, la civilización occidental se salvó gracias a una guerra; mejor dicho, a varias, que han pasado a la Historia con el nombre de Guerras Médicas (492 A.C.-478 A.C.) En ellas, se enfrentaron las ciudades-estado de la Hélade, que viene a coincidir con lo que hoy es Grecia, y el imperio persa, que era el mayor poder del mundo en aquel momento. La primera Guerra Médica terminó con la batalla de Maratón, librada el 12 de agosto del año 490 A.C. Algunos estudios históricos dicen que no fue en agosto sino en septiembre. Todo depende de cómo se interprete a Heródoto, que dejó cumplida cuenta del combate. En todo caso, fue en estos días cuando Occidente se salvó de ser barrido de la Historia por el mayor poder de su tiempo.

En efecto, el imperio persa no solo era la mayor potencia militar, sino que también lo era desde el punto de vista económico. Dominaba rutas comerciales. Controlaba la producción de alimentos y materias primas. Los dominios del emperador se extendían desde las llanuras de Asia hasta las costas del mediterráneo. Darío I el Grande quiso dejar prueba imperecedera de la pujanza de su imperio y diseñó Persépolis, el fastuoso palacio en cuya majestuosa sala de audiencias -llamada, en persa, “apadana”- recibía a los enviados y tributarios de todos sus territorios. Hay otras apadanas en el mundo, como las de Susa y Pasagarda, construida esta última por su padre Ciro I, pero ninguna puede rivalizar con este espacio deslumbrante cuyos relieves representan a las 23 naciones del imperio persa llevando sus tributos al hombre más poderoso del mundo.

Definitivamente, los griegos no podían rivalizar con los persas en riquezas ni en recursos. Las pequeñas ciudades helénicas jamás lograron organizarse en un único Estado ni mucho menos construir un imperio. Solo Atenas logró algo parecido y su deseo de prevalecer sobre las demás desencadenó la Guerra del Peloponeso (431 A.C.-404 A.C.). Ahora bien, estos griegos podían ser pobres -muchos lo parecían en comparación con los nobles persas- pero no eran ignorantes ni cobardes. También ellos erigieron templos admirables. El teatro y los concursos eran solo parte de una visión del mundo compartida por todas esas ciudades que podían unirse frente a un enemigo común para volver después a seguir cada una su camino. Durante más de tres siglos, los juegos olímpicos brindaron a las polis la oportunidad de celebrar a los mejores atletas de la Hélade. El mérito, el esfuerzo, el sacrificio, el coraje y el heroísmo eran algunos de esos valores que inspiraban una civilización que amaba la libertad.

Así, cuando Darío I quiso castigar a Atenas y a Eretria, que habían apoyado la revuelta jónica contra el imperio, decidió aprovechar la ocasión para conquistar la Hélade y ampliar sus dominios. Todas las ciudades griegas aceptaron someterse a Darío salvo dos: Atenas y Esparta. Así, en el verano del año 490 A.C., el emperador decidió atacarlas y movilizó un ejército formidable de unos 25.000 hombres, entre ellos en torno a 10.000 jinetes. Era una fuerza armada aterradora. Los ejércitos de la Hélade, en general, eran pequeños y suplían con disciplina, valor e inteligencia su escasez numérica. Los espartanos debían realizar una serie de rituales religiosos antes de movilizar a sus tropas. Atenas estaba sola. Los atenienses carecían de caballería y apenas contaban con 10.000 hombres. Se les unieron 600 platenses. Los ejércitos se encontraron a unos 42 kilómetros de Atenas: en la llanura de Maratón. Los griegos contaban con una infantería pesada legendaria: los hoplitas. Uno debe imaginarse a esas falanges de ocho filas de fondo avanzando escudo contra escudo con las lanzas apuntando hacia el enemigo. Toda la formación maniobraba como un solo cuerpo. Podía avanzar, retroceder y girarse. El escudo servía para golpear al oponente y proteger al compañero de la izquierda. La lanza cortaba y perforaba. Cuando avanzaba, la falange debía de ser como un tanque aterrador. Antes del combate, los pueblos de la Hélade entonaban el “peán” o “paián” (Παιάν), un canto al dios Apolo, señor de la guerra y vencedor de la serpiente. No sé cómo debía de sonar, pero estoy seguro de que sería escalofriante.

Sin embargo, estos griegos iban a librar un combate casi desesperado. En inferioridad numérica, sin caballería ni arqueros, en una llanura donde los jinetes podrían maniobrar con libertad de movimientos, todo parecía decidido. Solo la llegada de los refuerzos espartanos -que seguían con sus ritos guerreros- podría dar a los griegos una oportunidad de victoria. Sin embargo, los persas cometieron un error. El día anterior al combate, dividieron su ejército y, de noche y en secreto, embarcaron a la caballería para tomar Atenas por sorpresa y desprotegida. Confiaban en que los leales a un traidor griego llamado Hipías les abrirían las puertas desde el interior. Sin embargo, los atenientes conocieron el plan de los persas gracias a unos desertores dorios que abandonaron el ejército del emperador. El célebre Milcíades tomó la decisión que cambiaría el curso de la historia: había que atacar de inmediato, derrotar a la infantería persa y regresar a Atenas a tiempo de hacer frente a la caballería antes de que pudieran sitiar la ciudad.

Así, los atenienses cargaron contra los persas a vida o muerte. A Calímaco, que iba al frente de las falanges, lo mataron en el fragor de la batalla. En aquel tiempo, los generales iban al frente de sus tropas. Por ejemplo, hay muchos testimonios de cómo Alejandro Magno no solo combatía junto a sus hombres, sino que llevaba un casco con penacho rojo para que todos pudieran verlo y supiesen que luchaba con ellos. Los atenienses se lanzaron contra las alas de la infantería persa y las pusieron en desbandada. El ejército del emperador cedió ante las falanges y echó a correr. A los persas les mataron unos 6.500 hombres. Los atenientes y platenses perdieron 192. A la vista de la derrota, también la caballería que se dirigía a Atenas cambió el rumbo y escapó. Para cuando los espartanos estuvieron dispuestos para unirse a los atenienses, los persas se habían batido ya en retirada.

Es conocida la historia de cómo conoció Atenas la noticia de la victoria. Cuentan que el mensajero Filípides corrió durante un día entero para cubrir los 42 kilómetros que separaban el campo de batalla de la ciudad. Cuando llegó, sólo pudo exclamar “victoria” y cayó muerto. El relato de Heródoto es distinto, pero dejémoslo así. En todo caso, Filípides hizo un esfuerzo sobrehumano para llevar la nueva de la victoria y se dejó la vida en el empeño. Y es esto lo que debe ser recordado.

De este modo, los atenienses -y sus aliados de Platea- vencieron a los persas y salvaron la Hélade. Nuestra civilización se construyó así: sobre el anhelo de libertad, el sacrificio y el heroísmo. En señal de honra, los muertos en el combate fueron enterrados en el campo de batalla. Milcíades ganó el epíteto “Maratonómaco”, el guerrero de Maratón. Así, cada vez que se corre la carrera que lleva este nombre, se evoca esta victoria de los griegos a cuyo sacrificio tanto debemos.

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