La II Guerra Fría: El Islam Actual – KANTOR

Llegados a este punto, es el momento de categorizar al enemigo. Empezamos “La II Guerra Fría” haciendo notar el error de categoría[1] que representaba la declaración de “Guerra al Terror” y usamos tentativamente el nombre de “Islam político” para referirnos al enemigo.

No obstante, esa categoría es incompleta y poco operativa. Es simultáneamente demasiado grande y demasiado pequeña: un musulmán que apoye la separación religión-Estado, pero intente implementar privadamente el sistema de la custodia de la mujer musulmana, o la mutilación genital o la poligamia, esta obviamente en el lado opuesto de la II Guerra Fría. Por otra parte, uno que crea que el Estado debe sufragar la enseñanza del Islam, pero tenga una visión progresista, feminista y no-supremacista de su religión debe considerarse en nuestro lado de la barricada.

La cuestión fundamental es la compatibilidad entre el Islam y una ética individualista, no solo en términos formales, sino en términos materiales: una ética que trate a todas las personas con independencia de su sexo y religión como iguales. Una ética que respete las conquistas intelectuales (racionalismo), materiales (capitalismo) y morales (individualismo, feminismo y libertad sexual) de la modernidad. Es decir, la cuestión para el Islam es su compatibilidad con los ideales de la Ilustración. La religión tiene derecho a ir más allá de la Razón, pero nunca en contra de ella.

Las corrientes principales del Islam moderno fallan miserablemente este test. Desde la codificación ortodoxa de Ibn Tamiya, y la progresiva desintegración del espacio musulmán, la mayor parte de las interpretaciones han ido en la dirección de fortalecer los lazos feudales, el despotismo oriental, la barbarie misógina, el irracionalismo y el supremacismo religioso. La cuestión de si la degradación anti-individualista del Islam es un resultado de sus doctrinas más esenciales, o el resultado de un proceso histórico de degradación social generalizada es intelectualmente interesante, pero irrelevante en lo referente al conflicto actual. Es como si los judíos hubiesen discutido bajo las alambradas de Auschwizt si iban a las cámaras de gas como consecuencia inevitable del nacionalismo alemán post-hegeliano, o más bien debido a la coyuntura derivada del Tratado de Versalles. El Islam que hay es este.

Una y otra vez los intelectuales islamófilos utilizan el mismo argumento que los comunistas a quienes tanto se parecen: la violencia y la degradación social que caracterizan al Islam son el resultado de malas interpretaciones, no de la doctrina esencial. Bien por mi, si dentro de esos “malos interpretes” se incluyen al 90% de los imanes y a los intelectuales de la izquierda árabe anti-globalización como Edward Said o de la ultraderecha sofisticada como Tariq Ramadan.

Bien por mi, si dentro de las “interpretaciones equivocadas” esta incluida la doctrina de la custodia femenina, la poligamia, la ablación, la criminalización de la apostatasia, el antisemitismo, el anti-financierismo, el jihadismo, el anticapitalismo y el victimismo post-colonial (por parte de los herederos del Imperio Otomano).

No obstante, la abrumadora mayoría de los musulmanes se apuntan a todos o la mayoría de los errores anteriormente listados y otros muchos sin listar. El Islam es hoy la primera fuente de anti-individualismo en el mundo. ¿Es eso esencial? No lo se. Diré más: tal como yo entiendo la vida de Mahoma, veo excesos revolucionarios, pero también veo una profunda tensión progresista en su obra legislativa y política.

Pero los musulmanes de hoy, mayoritariamente anclados en la literalidad y el tribalismo, comparten los excesos revolucionarios de su Profeta, y su dudoso auto-control personal, sin su sentido del progreso

Todas las religiones, en la medida en que dependen de una tradición no racional, están sometidas a una tensión entre las demandas de una realidad cambiante y la existencia de un texto revelado y presuntamente intemporal. Contra los prejuicios extendidos, la jurisprudencia musulmana es bastante volátil, ya que a pesar de basarse en la literalidad del Corán y los hadithes, esta literalidad es a menudo contradictoria y por tanto ampliamente interpretable. Pero a la hora de enfrentar los retos de una sociedad moderna, los márgenes de la ortodoxia son, sin embargo, demasiado estrechos.

El clérigo musulmán puede decidir a favor de la mujer en un caso de divorcio, pero al liberarla de su marido se ve obligado a entregarla a su padre, en el mismo régimen de minoría de edad permanente. El gobernante islámico pude ser magnánimo en su trato con los cristianos y judíos, pero la corte de la Sharia no puede aceptar nunca su testimonio. Puede aceptarse el trabajo femenino, pero la mujer siempre valdrá la mitad que un hombre. La Sharia es un cuerpo legal flexible, si, pero solo para la gestión de una sociedad tribal y feudal. Los intentos de modernización, es decir, de ir más allá de estos lineamientos feudales para hacer una interpretación no literal, que respete el espíritu de la norma, ahora que su letra se ha quedado obsoleta respecto de cualquier estándar ético universal, han fracasando hasta el momento.

Por eso, esta es una guerra contra el Islam moderno y actual; no contra un mítico Islam eterno, presuntamente perfecto y utópico, sino contra la horrible realidad del presente. Por supuesto, en el mundo musulmán hay profundas tendencias modernizadoras, y una de las posibles fases resolutivas del conflicto es una reforma religiosa. Otra fase resolutiva igualmente, o aún más probable, es un masivo proceso de secularización; pero también es posible que el Islam ahonde en su barbarie actual y precipite a Europa en una guerra religiosa.

La realidad del Islam moderno se divide fundamentalmente entre dos campos: la babarie tradicionalista y el fascismo. Por tanto, sin temor a equivocarnos podemos afirmar que el enemigo es la corriente principal del Islam actual: tanto en su vertiente tradicionalista como en la islamo-fascista. No el Islam como idea (¿quién sabe?) sino el Islam como realidad. Ante esa realidad es necesaria una estrategia dual: primero contención y después apoyo a las fuerzas progresistas.

Pero esa contención no es contención contra el terrorismo, ni contención contra el Islam político: es contención contra el Islam mayoritario actual. No contra una minoría fanática, sino contra una mayoría que comparte los presupuestos de ese fanatismo.

[1] Dan Simmons opina igual: “You can’t go to war against a religion. Radical Islam, maybe. Jihadism. Some extremists. But not a . . . the . . . religion itself” (…) “The American battleships, cruisers, harbor installations, Army barracks, and airfields at Pearl Harbor and elsewhere in Hawaii were all struck by Japanese aircraft. Imagine if the next day Roosevelt had declared war on aviation . . . threatening to wipe it out” En efecto, los USA no renunciaron a la aviación después de Pearl Harbour; y nosotros haríamos mal en renunciar al terror después del 11-S.

Origen: KANTOR: La II Guerra Fría: El Islam Actual

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