Un boicot antisemita – Ricardo Ruiz de la Serna

  

El pasado 25 de febrero un grupo de alumnos radicales impidieron al profesor Haim Eshach, de la Universidad Ben Gurión (Israel), impartir una conferencia en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid cuyo título era “El programa israelí de Ciencia y Tecnología en las guarderías”. Se trata de uno de los grandes especialistas en la enseñanza de ciencia y tecnología para alumnos de preescolar. Ha enseñado en medio mundo, desde los Estados Unidos -Harvard, para más señas- hasta Taiwán. El profesor Eshach es hijo de supervivientes griegos del Holocausto. Su padre fue deportado a Auschwitz y su madre logró salvar la vida ocultándose entre las montañas y los bosques. Trabaja en el comité nacional israelí responsable de la educación científica y tecnológica en guarderías.
Este es el profesor judío israelí al que en España se le impidió dar una conferencia so pretexto de que vive y trabaja en Israel. Este es el académico que no pudo enseñar en España no a causa de lo que hace -que es admirable- sino de lo que es: judío israelí. No hay que engañarse: todo lo demás son pretextos para encubrir el odio al judío que vive en Israel. Cuando alguien les diga que no es antisemita sino “antisionista”, desconfíe. Tras esa máscara se esconde el racista de siempre con otro nombre. Antes odiaba al judío. Ahora odia a Israel. Si, además, le dice algo del tipo “yo tengo muchos amigos judíos que…” prepárese para lo peor.
Como recordaba hace unos meses Marcelo Birmajer, cuyo hermano Reuben fue apuñalado por un terrorista palestino, detrás de este odio se esconde el fanatismo, la sinrazón, el racismo, la barbarie: “Nos odian porque amamos el conocimiento, nos odian porque queremos libertad para todo el mundo, nos odian porque queremos que cada persona tenga un nombre, nos odian porque queremos educar a nuestros hijos, nos odian porque respetamos a las mujeres, nos odian porque respetamos a los distintos, nos odian porque queremos vivir en paz.”
He aquí la verdad que se esconde tras estas acciones de boicot que solo empobrecen a España intelectual y moralmente. Una vez más, el nombre de nuestro país y de nuestro pueblo -que ha dado páginas luminosas e imborrables a la historia de la humanidad- se mancha con la marca del racismo, la xenofobia y el antisemitismo. Una vez más, un judío no puede enseñar, hablar ni estar entre nosotros, por ser judío; es decir, por querer vivir como tal allí donde nació: la tierra de Israel.
Antes de fundar el Estado de Israel, los judíos fundaron una universidad. Esa gente que huía de los progroms en Rusia, de las campañas antisemitas en Francia, Alemania, Austria; del odio, en fin, en toda Europa, crearon una institución de educación superior antes incluso de tener un Estado como los demás pueblos del planeta. Los primeros planes para fundarla se remontan a 1882. En 1918, se puso la primera piedra. Así nacía la Universidad Hebrea de Jerusalén. En realidad, no se puso solo una piedra sino doce: cada una representaba a una tribu de Israel. Luego, se pusieron muchas más. Miles de personas -judíos y gentiles- llegaron de todo el territorio que estaba bajo mandato británico así como de la diáspora. Vinieron de todo el mundo. Fue una ceremonia muy conmovedora: en la tierra de Israel, en la ciudad tres veces santa de Jerusalén, se alzaba una universidad que iluminaría al mundo entero. En 1923, Albert Einstein impartió allí, en el Monte Scopus -el Monte del Centinela, que eso significa “scopos” en griego- una conferencia sobre la teoría de la relatividad. Fue la primera conferencia científica que se impartió en la universidad recién nacida.
Desde entonces, en Israel, han proliferado los centros superiores de investigación y educación. En ellos, estudian judíos, musulmanes, cristianos sin distinción de credos ni de origen. Tomen el campo de la ciencia y la tecnología que quieran. Escojan entre humanidades y ciencias sociales. Desde el Technion -el Instituto Tecnológico de Israel, en Haifa- hasta el Instituto Weizman, en Rehovot- los israelíes buscan insaciables saber más, conocer más, comprender más del mundo y del hombre. Escuchen a los historiadores de Yad Vashem que cada año enseñan a centenares de estudiantes de todas partes -decenas de ellos españoles- la historia del Holocausto, que, por cierto, comenzó con campañas de boicot y con la expulsión de los profesores judíos de las universidades alemanas. Visiten las excavaciones que dirigen los arqueólogos e historiadores de las universidades de Haifa, Jerusalén, Tel Aviv y tantas otras. Vayan al Santuario del Libro -donde se custodian los Rollos del Mar Muerto- o al Museo de Israel. Si son religiosos o sienten alguna inquietud espiritual, visiten las escuelas talmúdicas, escuchen a quienes dedican su vida a la meditación de la Torah. De ese país y de esa tradición de estudio, razón y ciencia viene el profesor Eshach, al que unos alumnos ideologizados, manipulados y llenos de rencor le han impedido enseñar en España.

  
Pregúntense quién ha adoctrinado a esos jóvenes en el odio y la sinrazón. Durante décadas, centenares de estudiantes españoles y miles de ellos en toda Europa han estado sometidos a la propaganda antisemita de pretendidos activistas que solo perpetúan el conflicto en lugar de contribuir a resolverlo. Alimentando el odio a los judíos y a Israel solo se prolongará un enfrentamiento trágico que podría resolverse. Ojalá en las escuelas palestinas se enseñase ciencia y tecnología en lugar de aborrecimiento y rabia. Ojalá se hablase en los colegios palestinos de libertad, de democracia, de igualdad de la mujer, de derechos humanos para todos. Ojalá cesara el adoctrinamiento en el fanatismo religioso. Ojalá los palestinos dejasen de ser la consigna que distintos líderes del mundo islámico utilizan para sus propios fines.
El pensamiento judío -y de él nace la tradición cristiana- valora el mundo como creación del Eterno. La razón sirve al hombre para comprenderlo y, cuanto más se interroga, más aprende y más descubre. En pocos días se celebrará la Pascua judía. En ella, los niños presentes en la cena plantean cuestiones sobre lo que se celebra. El más brillante no es el que sabe las respuestas sino el que formula las mejores preguntas. La tradición cabalística cuenta que, en el seno materno, lo sabemos todo y que, al nacer, un ángel nos toca el labio superior y todo lo olvidamos. Así, pasamos el resto de nuestra vida recordando lo que conocíamos pero hemos perdido. Sin embargo, la ciencia nos permite regresar a lo que ya fuimos. La tecnología hace posible transformar el mundo para repararlo, mejorarlo y contribuir a la tarea creadora del Señor del Mundo. De algún modo, Él crea y recrea el mundo a través del ser humano y sus acciones virtuosas. Esta visión del conocimiento ha animado durante cinco mil años a profesores, maestros, reyes, profetas y artistas. Por ella, los judíos escondieron y salvaron los libros de las quemas en la Europa Medieval y en la Alemania nazi. Por ella, estudiaron el cuerpo humano y el firmamento. Por ella, leyeron y releyeron los textos sagrados. Por ella, siguieron enseñando en los guetos y los campos.
Esta es la tradición que, una vez más, ha sido boicoteada, censurada, amordazada por una gente llena de ideología, pero vacía de ideas.
Hay que decir, en honor a la verdad, que el decano de la Facultad de Psicología -el profesor Montero- condenó el boicot, apoyó a los profesores Limón y Asensio, que habían invitado a Eshach, y pidió disculpas al invitado. A veces, frente a la barbarie solo queda la dignidad y la decencia. Afortunadamente, el espíritu universitario no ha muerto por completo en España.
También debe recordarse la carta que la delegación de Ciudadanos en el Parlamento Europeo envió a la Facultad. En ella, Teresa Giménez Barbat, Javier Nart, Carolina Punset y los diputados en el Congreso Juan Carlos Girauta y Xavier Pericay llamaban a «proteger la libertad de expresión en las aulas universitarias de nuestro país». Ante el silencio clamoroso de tantos políticos españoles, acciones de este tipo no pasan desapercibidas. Algún día, se contará cómo, en estos tiempos de populismos y mediocridad, hubo españoles que estuvieron a la altura de la historia y la justicia.
España tiene una tradición universitaria de la que sentirse orgullosa. En España enseñaron Fray Luis de León y Ramón y Cajal, Dámaso Alonso y Ortega. Aquí se le ofreció a Einstein en 1933 una cátedra extraordinaria. Aquí impartió, también, como en Jerusalén, una conferencia sobre la teoría de la relatividad en la Residencia de Estudiantes. Aquí, en España, la tierra de Maimónides, Arias Montano y Menéndez Pidal, debemos alzarnos frente a esas iniciativas que solo acrecientan la ignorancia y el rencor. España debería atraer inteligencia y talento de otros países, no expulsarlo de las aulas.
Algún día nos acordaremos del daño que estos jóvenes intoxicados de propaganda antisemita y quienes los manipulan se hicieron, sobre todo, a sí mismos.
El imparcial

2 comentarios en “Un boicot antisemita – Ricardo Ruiz de la Serna

  1. La tradición cristiana no procede del judaísmo salvo en aspectos externos y en el ropaje exotérico del culto. El cristianismo es una religión mistérica griega de muerte y resurrección. Cristo es un avatar sincrético de Orfeo u otros. Es por eso que en la tradición interior del cristianismo hay un verdadero conocimiento del mundo de ultratumba que está totalmente ausente del judaísmo o de los diversos judaísmos.

    En cuanto al monoteísmo hebraico, está demostrado que no es, por supuesto, la religión semítica original y que es un injerto de tradiciones más antiguas y arias como la de la religión irania. Ya alguno de los propios padres de la Iglesia manifestaron que el Dios hebraico no era el Dios de los Cristianos.

    Es más, la propia cábala no es sino neoplatonismo para hebreos que, eso sí, oculta sus verdaderas raíces por aquello del orgullo étnico; el mismo orgullo que les ha hecho dotarse hace algo menos de 2000 años de un calendario fantasioso de más de 5000 años para ser más antiguos que nadie.

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  2. De “antisemita” nada. El término “antisemita” es, por lo pronto y diga lo que diga la mema de la RAE, una mala traducción y una bastardización del lenguaje llevada a cabo por periodistas y demás ralea aconceptual. La RAE ya no fija, limpia y da esplendor. Ellos mismos lo reconocen al haber explícitamente adoptado un criterio “descriptivo” y no normativo. Que la RAE confunda coeficiente con cociente ya nos da la pista de como sus académicos debieran ser substituidos por especialistas en diversos campos capaces de dar a cada término el uso culto y el perfil conceptual propio en su acepción de diccionario. El lenguaje, como expresión que aspira a la verdad, no puede jamás de los jamases ser democrático.

    Pero aún hay más. En ningún diccionario hay una crítica de los motivos subyacentes a las distorsiones popularizadas por ciertos términos. Del mismo modo que “Latinoamérica” no es una elección inocente frente a “Hispanoamérica” o a “Iberoamérica”, tampco lo es la elección del término “antisemita” frente a, por ejemplo, “antiisrael” o “judeófobo”. Se elude con el término “antisemita” hacer las distinciones pertinentes y se avala la pretensión totalitaria judía de arroparse con una masa étnica genérica y confusa o de dar un carácter inconcreto por ende irracional) -que no tiene- a la animadversión contra ellos.

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