Navarros: Historia de los Baleztena Azcarate “Premín de Iruña” 

Querido lector, para poder entender mejor lo que viene a continuación en el cuaderno de “Recuerdos de un día trágico”, escrito por la tía Lola, es necesario saber qué ocurrió el 17 de Abril de 1932 en Pamplona.

El domingo 17 de Abril a las 22:00 en la calle de Doña Blanca de Navarra, actual Mercaderes, un grupo de elementos izquierdistas blasfemó al paso de un sacerdote, tratando de agredirle, teniendo que ser defendido por varios transeúntes. A raíz de este hecho se produjeron enfrentamientos entre jóvenes tradicionalistas y socialistas, produciéndose insultos y golpes cruzados entre ambos grupos. Los tradicionalistas se dirigieron a refugiarse al Círculo Tradicionalista, de la Plaza del Castillo, perseguidos por grupos de izquierdistas, que desde la esquina del Hotel de la Perla trataron de asaltar el Círculo, mientras unos cuantos socios del mismo, lo trataban de evitar desde la puerta.

Entonces, desde las proximidades del bar Torino, debajo de los porches, sonaron varios disparos, resultando muerto un joven tradicionalista, José Luis Pérez, y varios heridos, uno muy grave que falleció en la Casa de Socorro, el joven socialista Saturnino Bandrés.

Círculo Carlista o Sociedad Tradicionlista de la Plaza del Castillo, tras el tiroteo. Marcados con cruces los lugares donde murieron los dos jóvenes. Fotografía de “El Pensamiento Navarro”.

Cuando los muertos y heridos en la Plaza del Castillo eran trasladados a la Casa de Socorro, ante cuya puerta se había congregado mucha gente, sonaron nuevos disparos a consecuencia de los cuales resultó herido gravemente Aurelio Guindo, de 30 años.

La noticia en el Diario de Navarra
DETENCIONES Y CLAUSURA DEL CÍRCULO TRADICIONALISTA.

A raíz de todo esto, la policía entró en el Círculo Tradicionalista para proceder a la detención de cuantos en él se encontraban y de dos socios que se hallaban en el piso superior. El local fue registrado y todos ellos cacheados.

La Guardia Civil y la de Seguridad tuvo que realizar varias cargas para desalojar la Plaza del Castillo y evitar los nuevos intentos de asalto al Círculo.

La tía Lola escribe en su “Diario de una Margarita”

“Al volver a Pamplona después de una tarde pasada en Miranda de Arga a donde habíamos ido las Margaritas, nos enteramos de que en Bilbao había habido  un mitin con grandes tumultos y se decía que había caído un muerto. Como el mitin era de los nuestros, nos alarmó pensar en tantos amigos como allí teníamos. Comentándolo estábamos en casa, cuando sonaron dos disparos en el pretendido asalto al Círculo. Hubo dos muertos, uno de cada bando. Se desalojó inmediatamente el local y fue clausurado.”

Efectivamente, fue clausurado el Círculo Tradicionalista y precintado, quedando bajo la supuesta custodia del gobierno.

El gobernador civil republicano (no la Diputación) clausuró y precintó el Círculo Carlista. Como curiosidad de éste cartel destaca la “corona” republicana en el escudo de Navarra.

 

También, esa madrugada se produjeron varios registros de casas de carlistas, sin encontrar ningún indicio respecto a los causantes del tiroteo, ni en el círculo, ni en el periódico, ni en los domicilios particulares. Contrariamente, no hubo detenciones ni registros entre los izquierdistas. A las dos de la mañana, mi padre recibió un aviso intempestivo: estaban registrando la redacción y talleres de “El Pensamiento Navarro” (periódico tradicionalista), del que él era consejero. Tuvo que levantarse aprisa de la cama y acudir  rápidamente desde su domicilio de la calle San Ignacio (actual Fernández Arenas) para poder defender el periódico frente a los abusos de la policía y posibles asaltos izquierdistas, dejando a mi madre Carmen, embarazada y con tres hijos pequeños, con la incertidumbre de si podrían hacerle algún daño. Finalmente, al menos consiguieron que no cerraran el periódico, que era la intención del gobierno y el aitacho pudo volver a su casa.

HUELGA GENERAL

A las cinco de la madrugada, los representantes de la Federación de Sociedades Obreras afectas a la Unión General de Trabajadores (UGT) convocaron una huelga general de 24 horas a partir de ese momento. Pese a ser ilegal, la huelga no fue evitada por el gobernador civil. Por el contrario, la policía encargada de vigilar el precintado Círculo Tradicionalista se retiró dejándolo abandonado.

ASALTO AL CIRCULO TRADICIONALISTA

En la mañana del lunes 19, un grupo de izquierdistas asaltó el local subiendo por los balcones, saqueando el interior, llevándose el dinero de la caja del conserje y lanzando por la ventana un cuadro de D. Jaime III y del Papa Pío X que fueron quemados en una hoguera en la Plaza del Castillo. Finalmente, la fuerza pública acudió al lugar después de repetidas llamadas hechas a la comisaría por vecinos alertando del hecho, sin efectuar detenciones.

La tía Lola hace una alusión a los hechos en sus “memorias de una Margarita”:

“A la mañana siguiente, se declaró la huelga general revolucionaria. Asaltaron el Círculo y tiraron por el balcón enseres y dos magníficos cuadros de SS. Pío X con dedicatoria y bendición a la Juventud Carlista y otro de D. Jaime III con uniforme de capitán. Tras esta hazaña…”

Manuscrito de Dolores Baleztena Ascárate


En Pamplona vivíamos tranquilos. “La casa Baleztena”, como todo el mundo la llamaba, gozaba de afecto, respeto y simpatía. Dejo modestia aparte para decir la verdad.

“La infamia

Casa Baleztena


Pero la envidia de unos cuantos quería acabar con ella, y aprovechando un desgraciado encuentro habido entre carlistas y socialistas, de los que se registraban tantos en España en estos desgraciados tiempos, tomaron pie de ello gentes sin honor y sin conciencia.
            Nuestros padres, con su caridad, la sencillez de su trato y esa amabilidad tan suya, que se extendía para todos, habían afianzado sólidamente el prestigio de la casa.

            Hicieron correr las más enormes calumnias sobre el buenísimo Joaquín[1]: dijeron que pagaba pistoleros para matar a la gente del pueblo, que él mismo empuñó su pistola (nunca la tuvo) contra un desgraciado que era conducido a la Casa de Socorro, durante aquella noche de revueltas; que excitaba a la rebelión.

            Y hay que decir, que mientras en la Plaza del Castillo ocurrían los sucesos que tales consecuencias acarrearon, nosotros, ignorantes de todo, rezábamos el Rosario en familia.

            Y ese pobre pueblo, ese pueblo ignorante y sin voluntad, eternamente engañado, que grita: “Hosanna” el Domingo de Ramos, y “Crucifige” el Viernes Santo, y que ha servido en todas las épocas de instrumento de ambiciosos, ese pueblo que nos conocía, creyó sin embargo lo que los calumniadores propagaban, y de él se sirvieron, una vez más, para satisfacer sus pasiones aquellos desalmados.

            Con la conciencia bien ajena a lo que contra nosotros se fraguaba, dormimos tranquilos la noche del domingo, y a la mañana siguiente, 18 de abril, la huelga general estaba declarada en Pamplona. “Huelga sentimental”, como la denominó el gobernador Andrés, que se pasó por alto lo ilegal de tal huelga declarada sin previo aviso.

            Hojas revolucionarias se repartían profusamente acusando a los Jaimistas de la muerte de dos jóvenes que fallecieron la noche anterior, socialista, el uno, de los nuestros, el otro.

            Las turbas dominaron las calles, saquearon el círculo Jaimista, clausurado de antemano por la autoridad gubernativa, que dejó romper los sellos y retiró la fuerza que lo custodiaba, para que los asaltantes pudieran ejecutar sin trabas su hazaña.

            En la hoguera se quemaron, un cuadro al óleo de Jaime III y otro de S.S. Pio X con una dedicatoria especial a la juventud, y Joaquín, que salió, según costumbre, a las ocho de la mañana a dar una vuelta con los perros por las afueras de la ciudad, oyó decir a los huelguistas: “¡a las cabezas! Hay que degollar a las cabezas”. Comprendiendo que la calle no ofrecía seguridad para las personas decentes, volvió a casa, y nos advirtió que no saliésemos para nada, pensando que aquellas turbas excitadas nos propinarían al vernos broncas e insultos.

            Yo para entonces, había vuelto de misa, y al pasar por los grupos obreros con la Cruz y la Margarita nadie me dijo nada ni me molestó.

            A Ignacio se le advirtió por teléfono que no se moviera de casa[1], que no era prudente abandonar la suya, y como Joaquín veía la cosa mucho peor que lo que quería aparentar, le dijo que estuviera bien prevenido, y Silvita[2], valiente y audaz, tomando su cartera de estudiante unos cartuchos de caza que Joaquín le entregó, pasó por los grupos que delante de casa se iban formando y entregó a Ignacio el peligroso envío. ¡Si la llegan a registrar!

            También a Pello Mari[3] se le advirtió lo mismo, pero contestó que quería venir a casa porque estaría más tranquilo con todos. Joaquín fue a buscarlo, y los dos atravesaron las calles observando que las gentes les miraban hostilmente, pero sin que nadie se metiera con ellos.

            Mientras tanto, Angeles, María Isabel[4], Santita, Lolita[5] y yo veíamos como la gente se iba reuniendo en la plaza de la diputación, pero como nadie iba al trabajo por estar en huelga no dábamos la importancia que tenía este estacionamiento.

            Llegó Josefina[6] excitadísima y nos contó, cómo estando en misa, un pobre joven había tenido que refugiarse en San Nicolás, porque unos cuantos le seguían apaleándole. Las puertas de la iglesia se cerraron precipitadamente y la gente, sintiendo de cerca una posible agresión, no se atrevía a salir a la calle.

            Josefina, más valiente, salió a pesar de todo y se vino a casa. Cuando nos estaba contando este episodio con vivos colores, como ella acostumbraba a hacerlo y nosotras creíamos que exageraba, llegó Luisa[7] muy pálida y nos dijo que al pasar entre los grupos algo le dijeron sobre las Margaritas[8] que no pudo entender ni oir.

            Mucho se iba nublando aquella triste mañana. Sabíamos que sesenta jaimistas estaban detenidos, que las casas eran minuciosamente registradas.

            En la nuestra estábamos todos reunidos: José Joaquín y Chan[9]procurando estudiar, con el libro abierto pero sin leer en él. Los hermanos, menos Ignacio que acompañaba a Carmen[10], reunidos en aquel comedor que tantas horas felices vió deslizarse, presidido por el Sagrado Corazón y por los retratos de papá y mamá que nos miraban sonrientes: comentábamos los sucesos, y a pesar de las malas noticias, estábamos tranquilos de vernos reunidos.

            De pronto se oyó en la calle un ¡viva la república! E instantáneamente, un tiro de pistola, pasó a unos dedos de Josefina y vino a dar encima de la cabeza de María Isabel. Los ángeles de la guarda empezaban su faena.”

[1] Mi padre Ignacio Baleztena, el aitacho, vivía en la Calle Fernández Arenas con su mujer Carmen embarazada y 3 hijos pequeños

[2] Silvita Jaurrieta, sobrina de Ignacio

[3] Pello Baleztena. Hermano menor del aitacho que también vivía en Fernández Arenas con su esposa Patro.

[4] Ángeles y Mª Isabel Baleztena. Hermanas del aitacho

[5] Santita y Lolita Jaurrieta. Sobrinas del aitacho

[6] Josefina Baleztena. La hermana menor del aitacho

[7] Luisa Baleztena. Hermana del aitacho

[8] Así se llamaba la organización de mujeres carlistas

[9] José Joaquín y Juan Jesús Jaurrieta, primos entre sí y sobrinos del aitacho

[10] Su mujer Carmen, mi madre, la mamita, que estaba a punto de dar a luz su cuarto hijo.

Comienza el tiroteo contra Casa Baleztena

Manuscrito inédito de la tía Lola, Dolores Baleztena, “Recuerdos de un día trágico

“De pronto se oyó en la calle un ¡viva la república! E instantáneamente, un tiro de pistola, pasó a unos dedos de Josefina y vino a dar encima de la cabeza de María Isabel. Los ángeles de la guarda empezaban su faena

Casa Baleztena en aquellos años. La sala de estar y comedor de la misma se encontraban tras el ventanal con forma de arco que se ve a la izquierda en la foto

            Como si aquel grito odiado fuera la señal de ataque contra nuestras desprevenidas personas, una lluvia de piedras rompió con estrépito los cristales del comedor y cayeron a nuestros pies sin tocarnos.

El ventanal del comedor se vino abajo ante una lluvia de piedras rompió con estrépito los cristales

Los hermanos y los sobrinos, como movidos por un resorte, sin decirse una palabra, corrieron a la galería, y tomando escopetas de caza y cartuchos, volaron a colocarse en lo alto del tramo de escaleras que está tras la cancela de cristales de la entrada, y allí se situaron serenos, dispuestos a jugarse la vida defendiendo la casa, la familia. Recuerdo que sonreían y nos animaban.

Tras la puerta del portal está esta cancela, que antiguamente era de vidriera, y da acceso a la vivienda. Los tíos y primos se colocaron con escopetas de caza, para evitar el avance de los asaltantes, en lo alto del tramo de escaleras que está tras la cancela de cristales de la entrada.

Como los perros ladraban, Chan riéndose decía: se ponen contentos porque oyen tiros y se figuran que vamos de caza.

            Los vi tan expuestos, ellos tan buenos, tan nobles, tan generosos, que corrí al teléfono y llamé al gobernador. Creía, ¡pobre de mí!, que a penas se enterara de nuestra situación, daría órdenes para ayudarnos.

            En el acto, acudió a mi llamada, yo le dije, poco más o menos: grupos muy numerosos están tirando tiros y piedras contra nuestra casa. Nuestros hermanos tendrán que defendernos si llegan a entrar en ella. Haga el favor de dar órdenes para que no nos veamos en ese caso. Y  mande la fuerza cuanto antes. El asalto a una casa particular es inadmisible.

            Josefina, que estaba conmigo, cogió el teléfono para insistir y apremiarle más. “Tengan calma, contesto, todo se arreglará”.

            Mientras tanto, aumentaba el vocerío y la confusión de los de afuera. Joaquín, no sabiendo qué partido tomar, se asomó al balcón, y enseñando el arma[1] para indicarles que teníamos con qué defendernos, les hizo ademán de que se alejaran y les gritó: “iros, dejadnos en paz”. María Isabel, ante el temor de que disparara, le sostenía la mano derecha.

            ¡Qué horror! Cantidad de balas dispararon contra ellos y…”

Casa Baleztena fue tiroteada por grupos izquierdistas el 18 de Abril de 1932 ante la pasividad del gobernador y la policía. Foto de “El Pensamiento Navarro”

Pello Baleztena herido. Nueva llamada al gobernador

“Recuerdos de un día trágico”. Manuscrito de la Tía Lola Baleztena


Una enorme piedra rompió los cristales de la cancela e hirió a Pello en medio de la cara, en el momento que éste se disponía a abrir la puerta amenazando. Un chorro de sangre le caía al pobre.

Angeles aquella mañana tuvo la inspiración de colocara a Joaquín un “Detente” del Corazón de Jesús. …”¡Qué horror! Cantidad de balas dispararon contra ellos y sin hacer el blanco apetecido. Vinieron a dar en el marco del balcón donde ellos estaban. “¡Los asesinan!”, gritaron algunos horrorizados, mientras otros, celebraban la brutal agresión.

Pello Mari Baleztena retratado como cazador por Basiano. Su gran afición a la caza, compartida con tío Joaquín y otros miembros de la familia les proporcionaba la única defensa que tenían ante los pistoleros, unas escopetas de caza, que gracias a Dios finalmente no llegaron a utilizar. (Foto sacada del libro “Basiano, el pintor de Navarra”)


Pello subió al cuarto de baño a limpiarse la herida y Chan le acompañó. Entonces, José Joaquín[1] se quedó sólo en la escalera, al descubierto, sereno ante el peligro, con la escopeta en la mano, conteniendo a las turbas que nos querían asesinar.
            Aquellos canallas, al ver los caños de las escopetas, echaron a correr gritando: “Están armados”, y furiosos por nuestra posible defensa, marcharon a contar al gobernador que desde nuestra casa estaban disparando.

Pello, José Joaquín, Joaquín y Chan defendieron la puerta de la casa (Foto sacada posteriormente)

            Dice que pensó en lo desesperado de su situación, pero que le animó y sostuvo la idea de morir defendiendo la casa que siempre le acogía.

            Una nueva llamada le hicimos al gobernador, contándole que Pello estaba herido y acuciándole para que enviara la fuerza y terminara de una vez con aquellas escenas salvajes. El infame , aún nos pidió cuentas:

–         “Tengan cuidado –dijo. Sus hermanos están disparando contra la gente. Ahora mismo mando la policía para que registre la casa”.

–         No es verdad –le repliqué indignada. Mis hermanos no han disparado todavía, pero no respondo de que puedan estar mucho tiempo sin hacerlo. Si no viene la fuerza, ellos nos tendrán que defender. Ya pueden venir a registrar la casa, que no han de encontrar pistolas.

           ¡Había que registrar nuestra casa atacada, pedirnos cuentas de que pretendíamos defendernos, mientras los que estaban en la calle con un teniente alcalde a la cabeza, disparaban sus pistolas impunemente!

           

En aquellos momentos de angustia, las hermanas, las sobrinas subimos al oratorio, y a esa amada Dolorosa que ha presidido nuestras fiestas, a quien hemos confiado penas y alegrías, temores, esperanzas, que ha velado la última noche que nuestros queridísimos padres pasaron en casa antes de que los llevaran para siempre, ante esa bendita imagen suplicamos con toda la fuerza de nuestra fe que no nos abandonara en aquellas horribles circunstancias.

La Dolorosa del oratorio de Casa Baleztena


Ya la cosa parecía perdida: creíamos que la gente, ya dentro de casa, andaba a tiros con los hermanos y que estos contestaban lo mismo. Entró Santita, y Luisa con una voz que nunca olvidaré le pregunto: ¿Ha caído ya algún hermano? Su hijo de quince años estaba también en el lugar del peligro. No preguntó por él, y es que en aquella hora nadie, hijo, sobrinos  todos eran hermanos, caballeros del Chaparro que defendían la casa de sus padres, el santuario de los recuerdos, el solar de nuestra raza.
            De abajo subía cada vez más intenso el ruido del tiroteo. La señora Pía[1] prorrumpía en exclamaciones que en momentos más normales, nos hubieran hecho reir de veras.

            No pudiendo encontrar tranquilidad en ninguna parte, bajamos, nuevamente, al primer piso, en el momento mismo que entraban cuatro policías con el encargo de registrar la casa“…

No era la única vez que intentaron asaltar Casa Baleztena ni la primera que hirieron al tío Pello

1] Señora que trabajaba en Casa Baleztena y que era como un miembro más de la familia, y como le toco sufrir estos sucesos.

Retirada de la Policía y quema de la casa. Recuerdos de un día trágico VI

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


– “Ustedes disparan, y la gente se excita” – explicaron para disculparse.
           “…No pudiendo encontrar tranquilidad en ninguna parte, bajamos, nuevamente, al primer piso, en el momento mismo que entraban cuatro policías con el encargo de registrar la casa.

–         “Y aunque así fuera –replicamos- ¿no han sido ellos los primeros en disparar?, aquí no se ha tirado todavía pero si nos invaden la casa, entonces, no les dejaremos pasar adelante.

–         “Y tendrán ustedes razón” –contestaron sacando sus pistolas pues tenían un miedo horrible al sentir tan de cerca el peligro.

¡Qué lejos estaban entonces de cumplir la orden que se les había dado de ver si había armas en la casa! Lejos de ello, se parapetaban detrás de las escopetas. Deseando resguardarse más dijeron a Angeles que bajara a cerrar la puerta principal, a lo que ésta se opuso, como era natural. ¡Que bajaran ellos si es caso![1]

Casa Baleztena en aquellos años. La puerta principal siempre estaba abierta. A la izquierda se ve el ventanal que fue tiroteado y apedreado

Tras atravesar el portón principal del portal, hay un pequeño tramo de escaleras antes de llegar a la puerta que da acceso a la vivienda. Esta era en aquella época de vidriera. Tras ella, subiendo unos pocos escalones para protegerse de los tiros y pedradas, se encontraban los defensores con las escopetas de caza por si los atacantes conseguían franquearla. Al romper los cristales los asaltantes vieron los caños de las escopetas y no se atrevieron a tirarla abajo, pero sí que seguían apedreándola y tiroteándola. Naturalmente la tía Ángeles no se atrevió a salir para cerrar el portón del zaguan, como le indicaron los policías.

Este ventanal en el que están asomadas las tías, que ya estaba destrozado por las piedras y los tiros, al ver que había movimiento dentro (era la sala donde estaba el teléfono) fue de nuevo atacado “y quedando al descubierto de tiros y pedradas cayeron estrepitosamente los cristales del escritorio

      Decidieron telefonear al gobernador para informarle, lo cual era inútil, pues nada se le podía contar que ya no supiera, y ¡para el caso que hacía! Cuando bajábamos al teléfono, pasando un momento ante el ventanal deshecho[2] y quedando al descubierto de tiros y pedradas cayeron estrepitosamente los cristales del escritorio; le di el auricular al policía encargando le contase al gobernador cómo estábamos.[3]

            Nos reunimos todos en el rellano del segundo piso, Pello, sangrando, todos muy serenos y apercibidos a la defensa. Nunca la voz de Lolita[4]tendrá que anunciar cosa más horrorosa:

–         “Tío Joaquín, Te queman la casa. He visto a unos hombres traer rodando un bidón de gasolina”. Josefina lo vió también, y añadió que aquellos demonios bailaban alrededor del bidón, y que cinco policías se apartaron para dejarlos pasar. Nos parecía imposible esta nueva infamia, pero, inmediatamente, una inmensa humareda subió por la caja de la escalera.

–         Contra esto ya no puedo nada, dijo valiente el buenísimo Joaquín. Todos a la terraza –añadió-.

Silvita y Josefina, con unas palas de jugar a pelota, golpeaban fuertemente las paredes de la casa contigua para darles idea de que vinieran por allí los vecinos en nuestra ayuda. El humo nos cegaba: jadeantes, con los labios ennegrecidos, llegamos al tejado

–         Hoy pereceremos algunos. No llegaremos todos a la noche –dije a Lolita que subía conmigo-…”

[1] Los asaltantes estaban entraban por la puerta principal de la casa, que estaba abierta como siempre, y los defensores en otra que da acceso a la vivienda, separadas por un pequeño tramo de escaleras (ver fotos).

[2] El ventanal es el que da a un entresuelo a la izda. de la casa mirándola de frente (ver fotos).

[3] Pese a la información transmitida por la propia policía sobre los hechos el gobernador dio orden de que se retiraran, dejando a los que estaban dentro de la casa de nuevo solos ante los atacantes.

[4] Lolita Jaurrieta, sobrina del aitacho

Casa Baleztena en llamas.

“…El humo nos cegaba: jadeantes, con los labios ennegrecidos, llegamos al tejado

–         “Hoy pereceremos algunos. No llegaremos todos a la noche –dije a Lolita que subía conmigo-.

Llevaba angustias de muerte  en el alma; y es que me parecía imposible que las diecisiete personas que estábamos pudiéramos todas escapar de tan horrendo peligro.

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


–         ¡Que griten ahora Viva Cristo Rey! ¡Que los salve su Dios!
 Cuando los desalmados nos vieron aparecer en el tejado, prorrumpieron en burlas e insultos

vociferaban aquellos blasfemos, y nos hacían burlas con las manos. Y Dios a quien llamábamos desde el fondo de nuestros angustiados corazones; Dios a quien pretendían provocar aquellos malvados; Dios nos defendía. Contra su soberana protección ¿qué podía la perfidia de los hombres?

            Lolita extendió los brazos en ademán de súplica, y la valiente Silvita, agarrándole de la muñeca con entereza digna de un héroe, le dijo imperativamente

–         “No implores. Moriremos, pero no implores”

A mí, que rezaba con los brazos en cruz, me hicieron la misma advertencia.

No fueran a creer aquellos canallas que nos rebajábamos suplicándoles.

–                     Debo consignar, que entre los que se distinguían por el odio estaba la señora Juana, portera y lavandera que fue de casa, a quien mamá siempre protegió mucho: le solía dar sus vestidos y ayudar en sus apuros.[1]

José Joaquín y Chan consiguieron saltar de una altura de cinco metros al tejado próximo. El primero penetró por una claraboya en El Cisne[2], vio unas ropas tendidas en el desván, las retiró prontamente, y cogiendo el cable que las sostenía, nos lo tendió para facilitar nuestro descenso. Entonces dí por seguro, que si conseguíamos salvar la vida, cuando menos brazos y piernas saldrían mal parados en aquel salto más que regular que se tenía que efectuar al borde del tejado. ¡Qué vértigo sólo el recordarlo!

            Mientras esto ocurría, el pobre Ignacio.”…

 ¿Qué pasaba con el aitacho, Ignacio Baleztena, mientras asaltaban y quemaban la casa?

[1] A los pocos días de estos sucesos, esta desgraciada murió quemada con gasolina en medio de tormentos horrorosos. Lolita en el hospital ayudo a sus curas. “¿Están bien todos los de su casa?” le preguntó angustiosamente al reconocerla. (Nota de la tía Lola)

[2] Hotel que estaba pegante a la casa

Ignacio Baleztena defendiendo a su familia durante el asalto y quema de Casa Baleztena

Mientras ocurría todo lo visto en las anteriores entradas, el aitacho se hallaba en su domicilio de la calle San Ignacio (actual Trinidad Fernández Arenas), casa también familiar, donde vivía con su mujer Carmen (la Mamita) que estaba embarazada de su cuarto hijo. También estaban en el edificio sus tres hijos: Silvita, Joaquincho y Rosarito, todos ellos de corta edad. Mi padre Ignacio permaneció allí para protegerlos y preparando la defensa de la casa que también corría serio peligro de ser asaltada.

Inquieto, sin saber qué pasaba en realidad y sin poder salir de casa, subió al tejado del edificio, y arrastrándose por él y por los de las casas próximas consiguió llegar hasta los que dan al Paseo de Valencia, y desde allí, agazapado entre las tejas, observaba impotente los acontecimientos que estaban acaeciendo. Figuraos la desesperación que tendría de ver lo que veía y no poder hacer nada. Lo narra la tía Lola en sus “Recuerdos de un día trágico”

Manuscrito de la tía Lola Baleztena. “Recuerdos de un día trágico”

Volviendo sobre sus pasos, regresó a su casa, donde se dedicó a preparar la defensa de su familia. Solo tenía una escopeta de caza con los cartuchos que le había hecho llegar su hermano el tío Joaquín a través de la niña Silvita Jaurrieta. Pareciéndole poca esa defensa y queriendo reservarla solo para un último momento irremediable, organizó un plan consistente en llenar botellas de agua para arrojarlas por el hueco de la escalera en el caso de que asaltaran la casa para que al chocar contra el suelo parecieran explosiones como si de una bomba se tratara. Mientras tanto ya comenzaba a congregarse gente frente a la misma provocando excitación en los alrededores. A la vez que preparaba la defensa encomendaba a su mujer e hijos, al igual que al resto de la familia que se hallaban entre las llamas, a Nuestra Señora del Chaparro.   “Mientras esto ocurría, el pobre Ignacio, que se había quedado sin venir para defender su familia, muy amenazada también, asistía impotente, con la angustia que es de suponer, al salvamento de los suyos, desde un tejado lejano, al que llegó trepando desde el de su casa. Alternativamente, veía una persona ponerse en pie en la pared de la terraza y enseguida desaparecía en el vacío. Como los que quedaban no daban muestras de terror, pensaba que uno por uno, todos se iban salvando”

Y así estuvo, sólo, esperando el transcurso de los acontecimientos con la doble preocupación de proteger su mujer e hijos y pensando que estaría ocurriendo con el resto de la familia mientras ardía Casa Baleztena…

Por los tejados de Casa Baleztena ardiendo.

“Mientras esto ocurría, el pobre Ignacio, que se había quedado sin venir para defender su familia, muy amenazada también, asistía impotente, con la angustia que es de suponer, al salvamento de los suyos, desde un tejado lejano, al que llegó trepando desde el de su casa. Alternativamente, veía una persona ponerse en pie en la pared de la terraza y enseguida desaparecía en el vacío. Como los que quedaban no daban muestras de terror, pensaba que uno por uno, todos se iban salvando.

      Chan y Apico nos ayudaban a descolgarnos[1] y al encontrarnos en el tejado, nos abrazábamos emocionados. Angeles andaba muy torpe por su reuma, pero también resultó ilesa del salto, así, como la señora Pía, con sus setenta años a cuestas; y Josefina tuvo el rasgo de presumida la precaución de unos zapatos de lagarto y unas medias muy finas para no estropearlos.

      ¡Pero qué angustia al notar la falta de María Isabel y de Santita!

      Santita, que fue la primera en saltar, se dirigió al borde del tejado y llamó fuertemente a las ventanas de una buhardilla. Como nadie le abriera pasó a la casa próxima, siempre en el mismo alero. Golpeaba las ventanas inútilmente; desde la calle gritaban con regocijo

      “Esa se tira, ha perdido la cabeza”

y se gozaban de antemano con el espectáculo. Miguel Tuero la vio desde el Casino, y como la casa en cuyo tejado estaba era la suya, corrió desalada a socorrerla.

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


“¡Calma María Isabel! ¡calma, por favor!
      María Isabel, siempre magnánima, al sentir el peligro inmenso que corría, marchó al oratorio pensando ofrecer su vida por la de todos y morir al pie de la Dolorosa. Pero el humo, cada vez más denso, le hizo casi desvanecerse y salió buscando respiro. No pudo llegar hasta la terraza pues el humo le ahogaba, y tuvo que asomarse a un balcón  de la galería. Y el infame Garbayo, que se decía nuestro amigo, que nos saludaba en la calle, y que conociendo lo que contra nosotros se tramaba en la casa del pueblo, no había hecho nada para impedirlo, le gritaba hipócritamente, así como Larache, amigo de Ignacio y autoridad entre aquella canalla:

            Un grupo de comunistas, más humanos que los miserables de la U.G.T., trepó por los balcones hasta llegar al tercer piso. Una vez allí, le animaban a que se descolgase que ellos la recogerían. Esto era imposible, al pretenderlo se hubiera estrellado en la calle. Alfonsito Gaztelu le gritaba preguntando qué podía hacer por ella. Cara le costó esa muestra de compasión. Unos cuantos se abalanzaron contra él y le golpearon la cabeza contra las piedras de la Diputación.

            Mientras todo esto ocurría en el tejado y en el balcón, Camino Jaurrieta, que vivía encima de la habitación del gobernador[2], al ver llegar la vida de sus primos a tal extremo peligroso, acompañada de Juan Pedro[3] y de sus hijas irrumpió en el despacho del Poncio[4]airadamente. El gobierno, sus pasillos y escaleras estaban materialmente llenas de guardias civiles. Al pasar junto a ellos Camino les gritó:

            “Pronto, a casa Baleztena, que la están quemando”

Siete guardias echaron a correr impresionados por aquella demanda, pero la policía les contuvo advirtiéndoles que no había orden…

Casa Baleztena ardiendo. Montaje fotográfico que enviaron de recuerdo la familia de Juan Pedro Arraiza en el 25 aniversario de los sucesos, que fue celebrado con una Misa de acción de gracias en el oratorio y una comida en familia.


[2]
El Gobierno Civil se encontraba entonces junto a lo que hoy es la iglesia de los Redentoristas. En el edificio anexo vivían Juan Pedro Arraiza, primo de Ignacio, y su mujer Camino Jaurrieta[1] Desde el tejado de Casa Baleztena hasta el edificio contiguo (Hotel el Cisne)

[3] Arraiza, primo de Ignacio, y esposo de Camino Jaurrieta

[4] Así llamaban al gobernador civil en referencia a Poncio Pilatos

La extinción del incendio. Un favor del Lignum Crucis y la Dolorosa.

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


“Pronto, a casa Baleztena, que la están quemando”

Siete guardias echaron a correr impresionados por aquella demanda, pero la policía les contuvo advirtiéndoles que no había orden.

            Camino, con la elocuencia que el cariño aumentaban, obligó por fin al gobernador a coger el teléfono para dar la orden de salida a los bomberos. Juan Pedro le apremiaba, y la voz de la sangre le hacía decir:

            “Pronto, que es la casa de mi madre”

Los bomberos acogieron la orden precipitadamente, porque la estaban deseando, y salieron con el salvamento.

            Entonces culminó la barbarie de la plebe. Se lanzaron contra las escaleras y las rompieron vociferando

            – ¡Que se quemen todos, que es la casa de un carlista!

            – ¡Qué importa eso, si peligra toda la manzana! – Gritaban los bomberos entre aquellos desalmados. Uno de ellos sacó un puñal y fue a metérselo a un bombero, pero éste pudo esquivar el golpe y el arma quedó clavada en el carro. Quiso dios, que llegaran, a pesar de todo, y la guardia civil, que por fin salió a la calle, facilitó su actuación. Imposible parece que cincuenta litros de gasolina ardiendo en la entrada de una casa vieja no terminara rápidamente con ella.

            Pero aquel día, escogido por los malvados para cometer inaudita barbarie, era también el designado por la Divina Providencia para realizar prodigios de amor sobre quienes en ella confían.

El Lignum Crucis, reliquia tan venerada por nosotros, que es llevada a la cabecera de los miembros de la familia cuando están enfermos, fue en esta ocasión colocada por Santita en lo alto de las escaleras. Las llamas que ascendieron precipitadamente por ellas fueron como ahogadas, y la labor de los bomberos, extinguió rápidamente el incendio[1]. Estos se lanzaron por la casa para prestar auxilio y llegaron a la habitación donde se encontraba María Isabel.

Relicario con el “Lignum Crucis” (Una astilla de la Cruz de Nuestro Señor) en el oratorio de la casa.


María Isabel acababa de rezar el Angelus que tocaban las campanas de las torres: sus voces eran, más que nunca, una llamada al corazón para elevarlo hacia quien es Madre de Misericordia, justicia y amor. Estaba muy tranquila, y ella misma indicó a los bomberos por donde tenían que abrir brecha para pasar a la casa próxima. Oímos los martillazos salvadores; cayo la pared y aparecieron entre los escombros María Isabel y Joaquín.
            “¡Qué infamia, qué horror -repetían indignados-, salga pronto de aquí, el humo es horrible!”

            Este, como el heroico capitán de un barco que se hunde, no había abandonado la casa hasta asegurar la suerte de todos. Desde la terraza presenció nuestro salvamento y marchó después en busca de Maria Isabel.

            Cuando nos vimos todos reunidos ¡qué abrazos! ¡qué emociones! ¡qué alto de relativa tranquilidad en aquellas horas de tragedia! Poco duró este respiro. Un grupo de desarrapados subía las escaleras del Cisne y nos gritaban imperiosamente que saliésemos con ellos, que querían salvarnos… (tuve una imagen de las turbas en Versalles)

            ¿Quiénes son ustedes? –les preguntamos.

            – Somos comunistas y acompañaremos a ustedes, aquí corren peligro con estos cochinos de socialistas; no teman, somos hombres.

            -Pues lo disimulan a veces –les replicó Silvita.

            Ignorando la extinción total del incendio, Angeles y Chan, penetraron por el boquete abierto por los bomberos y cogieron la Virgendel Oratorio para salvarla de las llamas. Junto a ella estábamos los hermanos y sobrinos, más Carlos y Patro[2] que habían llegado trémulos: Gozábamos de vernos con vida. Pello tenía la cara ensangrentada, todos la teníamos negra por el humo, especialmente los labios.[3] 

La Dolorosa de Casa Baleztena con el “Lignum Crucis” a sus pies (a la izquierda de la foto)


Qué escenas las que íbamos viviendo!, y aún nos faltaba camino para recorrer el calvario que nos tenían preparado.

[1] Al sacar el Lignum Crucis del oratorio a lo alto de la escalera se rompió la cristalera que da luz a la misma formando un efecto “chimenea” que hizo que las llamas ascendieran por ella formando un efecto de vacío que extinguió el incendio por la falta de aire. En la familia ante esta providencial “coincidencia” siempre hemos considerado el hecho un favor de dicha reliquia (una astilla de la Cruz de Cristo) y de la Dolorosa del oratorio.

[2] Carlos Lizasoain, marido de tía Josefina; Patrocinio Sagües, esposa de tío Pello

[3] Pasado un rato al comprobar la extinción del incendio y dado que el humo iba despejándose, no fiándose demasiado de las intenciones de los comunistas que decían querer salvarlos, decidieron volver a casa por el boquete de la pared en vez de salir al exterior donde seguían los asaltantes concentrados.

Detenidos

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


-Si quieren ampararnos, replicó María Isabel- que nos mande guardia que nos proteja. Estamos en nuestra casa y no tenemos por qué salir de ella.
“La policía se presentó en casa diciendo de parte del gobernador que fuéramos al gobierno, especialmente las señoras, que quería ampararlas.

            Entonces, avergonzados, nos declararon:

            -Es que no pueden quedarse, tienen que ir detenidos al gobierno, y dense prisa, pues la gente se impacienta.

            Era tan inesperada, tan insólita aquella determinación, que nos resistíamos a darle crédito.

            -Y ¿cómo salimos de aquí? –les preguntó Joaquín- Vista la actitud de la gente y sus intenciones son capaces de todo al vernos en la calle. ¿Quien responde de nuestra seguridad visto el desamparo en que nos han dejado?

            -Nosotros respondemos: irán custodiados por la guardia civil.

            -¡Custodiados por la guardia civil!, pero, ¿por qué crimen nos veíamos así?

            -Dense prisa –volvieron a insistir- es peligroso retardar la salida. Los autos esperan ya.

            Pello José Joaquín y Juanico[1] salieron los primeros. Al verlos aparecer, ni la juventud de los unos, ni la cara ensangrentada del otro, apiadaron a aquellas fieras que los recibieron vociferando:

            -¡En auto, no! ¡Que los lleven a pie como a los criminales! ¡a Bata con ellos! ¡Pareja de tal… chulo… ya te mataremos, y se lanzaron contra el auto.

Pero la guardia civil arremetió contra ellos y protegió la marcha.

            ¡Cómo nos quedamos en casa al presenciar aquella horrorosa escena!, ¡y qué angustia tan indescriptible! Viendo que los minutos corrían sin saber si habían llegado con bien al gobierno.

            A un sujeto de pésimos antecedentes, amigo de Andrés[2] (¡y es decir algo!) que se erigió en nuestro protector, y aprovechando aquella circunstancia para florear a Loló y ponerse sentimental con ella, le hicimos ver, que después de la salida de los primeros, no queríamos exponernos a que se repitiera la escena y que nos sacaran por la puerta de la Plaza del Castillo, a la sazón desierta, pues la chusma, no queriendo abandonar el puesto tomado para tan regocijante espectáculo como era vernos, a su parecer humillados, estaba estacionado a lo largo de la avenida de San Ignacio. No olvidaré nunca la sonrisa hipócrita y repugnante de aquel hombre al contestar:

            -No puede ser, tienen ustedes que salir por la principal,- y luego añadió – hay que contentar a las gentes.

            Joaquín, Luisa, Santita y Lolita se dispusieron a salir en el auto segundo. Al aparecer Joaquín en el umbral de la puerta de su casa le llamaban ¡asesino! Sobre Luisa y las chicas caían los insultos más groseros que se pueden dirigir a una mujer. Según tradicional costumbre, Joaquín se hizo esperar: en el momento de la salida, subió a la galería para poner a buen recaudo al pajarico… ¡el asesino! El canario cantaba alegre en aquella hora trágica, ajeno a las penas de su dueño, y sus trinos sonaban extraños en la casa que se iba quedando vacía. María Isabel, Angeles y yo faltábamos todavía. No queriendo aparecer abatidas y deshechas ante la canalla, que quería gozarse con nuestra humillación, ¡oh resortes de la vanidad femenina!, las tres nos encontramos en el cuarto de baño peinándonos, lavándonos la cara y arreglándonos un poco. Al salir a la calle nos santiguamos visiblemente, lo cual fue acogido con horribles palabrotas.

El pajarico salvado por el tío Joaquín en esta foto realizada posteriormente. Tras él los más jóvenes que se hallaban en el asalto y quema de Casa Baleztena: Chan, Santita, Lolita, José Joaquín y Silvita


Llegamos al gobierno al gobierno; ya estábamos todos allí (Josefina y Silvita se quedaron en El Cisne en calidad de detenidas). La policía, los guardias que allí estaban nos miraban con caras compasivas.
 Maria Isabel tenía que hacer en aquellos momentos algo extraordinario. No sólo María Estuardo y María Antonieta han afrontado con dignidad las furias de la plebe. Con paso lento, (¡demasiado lento para las que ya estábamos en el auto!) con la mirada que flagelaba por lo despreciativa, atravesó la distancia que separaba el auto de la casa. Los insultos arreciaban ante la arrogante actitud. Hasta “¡mueran los Capetos! Nos llegaron a gritar algunos indocumentados con erudición peliculera. Había por qué darles las gracias. ¡Si supieran qué poco nos importaban sus insultos! El lodo con que pretendían cubrirnos, no nos llegaba, ¡estábamos tan por encima!, recaía sobre ellos y a ellos los manchaba. En el auto rezábamos pidiendo protección al cielo; las gentes nos amenazaban y redoblaban sus groserías.

–         Aquí nos tienen ya a toda esta familia de facinerosos- les dije sonriendo al entrar.

El infame Andrés, muy pálido y nervioso, nos veía entrar desde la puerta de su despacho…”

[1] Chan

[2] Andrés era el gobernador civil

Arrestados en el Gobierno Cívil

“El infame Andrés, muy pálido y nervioso, nos veía entrar desde la puerta de su despacho.

-¿Ya están todos aquí?

Y fijándose en el luto de Luisa, pensando que no era de la familia, le preguntó

            -Y usted, ¿por qué viene aquí?

            -Porque estaba en la casa con mis hermanos y con mi hijo –le contestó.

            -Los señores se quedarán aquí y las señoras pueden subir a casa de sus primos, los señores de Arraiza, y queriendo aparecer amable y servicial, añadió

            -No tienen por qué salir a la calle; les pasaré por mis habitaciones particulares.

            Desde el teléfono del secretario, avisé a Ignacio y Josefina que todos habíamos llegado con bien[1]. Los pobres nos habían visto salir de casa y pasar por aquella calle de amargura, con la angustia que es de suponer.

            Cuando volvía del teléfono, tropecé con Andrés que me dijo bruscamente

            -¿Todavía está usted aquí?

            -Sí, he ido a comunicar a los otros hermanos nuestra llegada, ¡qué día señor gobernador!

            -¡Se pensará usted que yo lo estoy pasando mejor!, me contestó airado.

            -Es muy distinto, añadí. Dese una vuelta por nuestra casa y verá cómo ha quedado.

            -Sígame y no salga de casa sin advertírmelo.

            Y me llevó por un pasillo sin añadir palabra. Iba muy nervioso.

            ¿Por qué tendrá una educación y conciencia en ciertos momentos? Aquel hombre que iba delante de mí, con la autoridad y fuerza en la mano, nos había dejado desamparados y expuestos a la muerte durante horas y horas angustiosas.

            Juan Pedro y Camino nos recibieron con enormes pruebas de cariño. Nos sirvieron una comida exquisita, pero justamente pudimos probarla.

            Aquella tarde fue una verdadera pesadilla. El cansancio físico, después de tantas emociones, se dejaba sentir al fin. Pensar en el peligro del que acabábamos de escapar, y que todavía nos perseguía, era para estremecerse de horror. Las gentes amigas desfilaban llorosas, nos abrazaban, nos ofrecían sus casas. Con Ignacio y Josefina nos comunicábamos continuamente.

El primero, por lo que pudiera ocurrir, pues voces corrían que ya nuestra casa vacía, la suya iba a ser asaltada, estaba preparado para la defensa, acompañado de unos muchachos de la juventud Jaimista que fueron a ofrecérsele. Carmen[2], animosa de veras, no se apartó de él. Los niños los habían mandado a casa de Juan Pedro.[3]

            También comunicábamos con los hermanos y sobrinos detenidos en el gobierno. A ellos, los atacados y perseguidos, se les tomaba declaración sobre si habían o no disparado, mientras la chusma pistolera, dueña de la calle, volvía a amotinarse porque se dijo que nos habían puesto en libertad. La guardia civil tuvo que dar una carga para dispersarla.

            Los que venían de ver a los hermanos, nos decían que iban a ser llevados a la cárcel. Pero, ¿por qué delito? Nos repetíamos en aquel día desconcertante.

            A las diez de la noche, se formó una manifestación ante nuestra casa mutilada y abandonada

            -¡Muera la familia de Baleztena! ¡asesinos! ¡que los arrastren! –gritaban.

            Las pobres Josefina, Silvita y Patro oían aterradas desde El Cisne las infamias que contra su familia se decían impunemente…”

Mientras tanto repetimos la oración que tantas veces rezó el aitacho: “Ave María, graziaz betea…”

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


[2]
Esposa del Ignacio embarazada de su cuarto hijo[1] Ignacio Baleztena se había quedado a defender su familia en su casa de la Calle San Ignacio (Actual Fernández Arenas) que también corría riesgo de asalto. Precisamente por debajo de esa casa pasaron en los automóviles sus familiares detenidos.

[3] Los niños a los que se refiere eran mis hermanos Silvita, Joaquincho y Rosarito, hijos de Ignacio y Carmen, de corta edad. Para que estuvieran más protegidos pensaron que era mejor evacuarlos de la casa de Fernández Arenas, donde vivían, y que también estaba siendo hostigada.

Triste despertar.

“…Aquel día infernal tocaba a su fin. Ya, las gentes cansadas de vociferar se retiraron a sus casas, dejando desiertas las calles de la ciudad. Un silencio pavoroso, extraño, reinaba por todas partes. Era tan siniestro, que hacía temer algo horroroso.

            Ignacio, con varios jóvenes, velaba en su casa, temiendo un ataque inesperado. Además, como enfrente de la iglesia San Nicolás, se había organizado aquella tarde un tumulto, organizó con algunos jefes que llegaron hasta él, una guardia para conventos e iglesias.

            A la una de la madrugada, se les permitió a los hermanos y a los chicos subir a descansar. Y el buen Juan Pedro nos preparó alojamiento a todos. Y hay que advertir, que el número de los cautivos había aumentado con la venida de los chicos de Ignacio Silvita, Joaquincho y Rosarito, así como de Coté[1] y sus muchachas, a quienes sacaron de la calle de San Ignacio[2], por lo que pudiera ocurrir; Reyes e Ignacito[3] fueron llevados desde las Ursulinas a casa de María Luisa Subiza[4] que se presento a recogerlos[5]. Durante la noche, se oía que los autos desfilaban continuamente. Parecía que la gente huía de una ciudad apestada.

TRISTE DESPERTAR

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


– “Quieo i a cata bela”
  Amaneció el día 19 de abril frío y lluvioso. Como quien despierta de una pesadilla, después de una noche, relativamente buena, nos volvió a la realidad de nuestra situación la voz somnolienta de Coté:

            ¡Pobrecico! Aquellas palabras salieron de su boca angelical, eran la adhesión, la afirmación del cariño a la casa familiar tan injusta y brutalmente atacada. Como a “cata bela” no se podía ir con la alegría y despreocupación de siempre, había que decidir de nuestras personas.

            El Poncio nos mandaba que saliésemos cuanto antes de Pamplona…”
 

[1] José Jaurrieta, sobrino del aitacho

[2] Donde vivían

[3] Hermanos de Coté. Los otros hermanos Rosari y Javierico estaban en los Colegios del Sagado Corazón de San Sebastián, la una, y en Lecároz, el otro.

[4] Amiga de la familia

Los Baleztena expulsados de Pamplona.

“…El Poncio[1] nos mandaba que saliésemos cuanto antes de Pamplona[2], y resolvimos trasladarnos aquel mismo día a Leiza. Santita y yo, medio disfrazadas, fuimos a casa Baleztena en el auto de Estanis Aranzadi a recoger algunas cosas indispensables para la marcha.

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


No había tiempo en detenerse en sentimentalismos. Hicimos muy deprisa los baúles, un bulto con las mantas, confiamos a Angeles y Jesusita Aranzadi, que nos acompañaban, los objetos de más valor, y tras una rápida despedida, en la que la emoción anudaba la garganta y oprimía el corazón, al oratorio, ¡tan desmantelado sin la Dolorosa!, a las habitaciones de los padres, abandonamos, sin saber cuando ni cómo volveríamos a ella, aquella casa en la que habíamos nacido los nueve hermanos; en la que nuestros padres se durmieron en la Paz del Señor, y en donde las penas y alegrías habían sido gozadas y sufridas al calor de la unión de la familia.
 No es explicable la impresión sentida al penetrar en ella: en la escalera, medio quemada, obscurecida por el humo, se percibía un potente olor a gasolina; el comedor, aquel comedor tan alegre, con tanto cariño arreglado siempre, presentaba un aspecto desolador; bien podría decirse: “por aquí pasó la revolución”. Los muebles derribados, un sin número de piedras confundidas con trozos de cristales cubrían el suelo; el espejo roto; los búcaros con sus flores caídos; en el cuadro de bronce del cazador, se notaban las huellas de los impactos. Pero la estatua del Sagrado Corazón, con los brazos amorosamente abiertos, seguía en pie y bendecía el hogar en el que se le había entronizado.

            Al pasar, miraba los objetos familiares, y al separarnos de ellos, sentía con el poeta que recorría por última vez el bosque poblado de encantos en que soñó en su niñez:

“J’allais d’un arbre a l’autre

Je les embrassais;

je leer pretai le sens

De larmes que je versai.

Et je croyais sentir

¡tant notre ame a de force!

Un coeur ami du mieu

Palpiter sous l’ecorce”

            En esta rápida peregrinación, pude apreciar  que durante las horas de la “huelga sentimental”, como denominó Andrés a aquella salvajada, nos habían robado del salón dos miniaturas, recuerdo de Silvia, y un icono ruso traído de Jerusalén.

            Ya de vuelta, al pasar el auto por delante de casa vimos la puerta quemada; las señales de las balas dejaban su huella en la fachada. La pobre Santita lloraba desconsolada, y el chofer amigo, más cariñoso que prudente, abandonó el volante para darle un cariñoso y compasivo abrazo.

            Las amistades seguían desfilando por la casa de los primos.

            El ambiente seguía siendo malo. Un sacerdote había sido detenido y pasado ante los grupos de obreros que volvían del trabajo. Un grupo de Margaritas le seguían llorosas, como las piadosas Marías. Los carlistas eran también detenidos, sus casas registradas, y la de Ignacio, vigilada por los de la “casa del pueblo”.

            El día transcurría triste y amenazador. Puede decirse, que casi fue animada la comida de despedida: volvían el humor y el apetito.

            A las tres en punto, nos despedíamos de la buenísima familia de Juan Pedro que con tanto cariño nos había acogido. En el auto de Perico Sagüés montaron Pello y Patro. La cara de aquel estaba muy desfigurada por la herida. Un segundo auto, de Arratíbel, lo ocupaba Luisa, José Joaquín y todos los niños. En el Fiat de Dª Eugenia, María Isabel, las tres sobrinas y yo. Cuando bajábamos precipitadamente, subía Ignacio. El pobre, después de las veinticuatro horas horribles que habíamos estado separados, estaba muy pálido y desencajado ¡qué abrazos nos dio! No podíamos decir palabra. También la pobre Carmen, muy valiente en su estado[3], con Margarita vino a abrazarnos.

            Partieron los autos. Dejamos atrás Pamplona. Al contemplar por última vez la ciudad natal, la ciudad ingrata, recordaba tristemente las palabras de los “Improperios” del oficio de Viernes Santo:

            “Pueblo mío ¿qué te hice?, ¿en qué te he contristado?. ¡Respóndeme!”…

[1] Se refiere a Manuel Andrés Casaus, el Gobernador Civil

[2] El Gobernador Civil Andrés, manifestando que la presencia en Pamplona de la familia Baleztena era una provocación y un peligro para la pacífica convivencia de los ciudadanos, conminó a sus componentes a abandonar la ciudad en seguida, en vez de tomar medidas contra los causantes de los disturbios.

[3] Carmen Abarrategui, mi madre, mujer de Ignacio Baleztena, que estaba embarazada de muchas semanas, como ya hemos comentado anteriormente

Camino del destierro.

donde veíamos como el Gobernador Civil de la II república,  Manuel Andrés Casaus, expulsaba a los Baleztena de Pamplona

Manuscriro de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”

“…¿Qué viaje aquel! ¡Cómo se agolpaban los recuerdos de aquellas idas a Leiza, cantando y riendo por la larga carretera en compañía de papá y mamá!

            Conforme íbamos avanzando, el tiempo era cada vez más desapacible; nevaba en el alto de Huici, y aquella bellísima bajada estaba húmeda y gris; los árboles, aún desmantelados; el paisaje familiar, medio velado por la niebla.

            Leiza apareció a nuestra vista, triste y oscuro, a la caída de la tarde de aquel día en el que el sol ni calentó ni iluminó nuestra pena.

            Cuando los autos pasaron a la puerta de casa, vimos en el eskartze , rezumante de humedad, a Mercerdes, María Angela, Joshepa Antonia y José Luis. Todos nos abrazaban o estrechaban las manos. El buen Bautista, con voz ahogada por la emoción, nos despidió diciendo

            “¡Adiós! Arriba os he hecho un buen fuego”

Dado lo glacial de la temperatura, era el obsequio más oportuno y comprensivo que se nos podía hacer.

Petrorena, la casa familiar de Leiza, en invierno, vista desde el jardín.


Nos sentamos junto a la enorme fogata, y sin podernos entregar de lleno a nuestros pensamientos, empezamos a recibir a las gentes que acudían a saludarnos. Dado el carácter introvertido de los leizarras, aquellas visitas eran un extraordinario, una prueba sincera de adhesión y cariño.
 Al penetrar en la querida Sukalde, un tropel de recuerdos vino a recibirnos ¡Dulces evocaciones del pasado! ¡Qué delicadamente mitigaban las tristezas del presente, las inquietudes del porvenir…! Decididamente, las cosas y lugares tienen alma de hermanos.

La hora de la cena nos reunió a todos junto a la gran mesa del comedor. Como hacía tanto frío en la casa, estábamos envueltos en mantas y abrigos. En medio de todo, la cena no fue triste: nos reíamos del efecto que hacíamos. Pello, metido en una bata lila de María Isabel, estaba divertido.

Ante la Virgen de Rezuma rezamos el rosario, según costumbre, y dimos por terminado este día tan lleno de fuertes impresiones.

Las sábanas estaban húmedas, así es, que meterse en la cama era como sumergirse en una bañera de agua helada. Como en la precipitación de la marcha no habíamos cogido bastantes mantas, Dios sabe el frío que pasamos en aquella primera noche. Al frío se añadía una gran inquietud.

En Pamplona habían quedado Ignacio, Angeles y Joaquín. Este último necesitaba entrar en casa para recoger importantes papeles de negocios y demás ¿Saldrían de esta visita y de la ciudad sin contratiempos? 

 

Pensaban efectuar esta salida a media noche y salir para Leiza a las dos de la madrugada. A las cuatro no habían llegado todavía, y empezábamos a inquietarnos, temiendo algo malo, cuando se oyó un fuerte aldabonazo. Pello bajó precipitadamente a abrir la puerta.

¡Gracias a Dios! Ya, todos reunidos alejados del peligro nos abrazábamos efusivamente. Nos contaron, que a las dos de la madrugada, estando en casa de Juan Pedro, llamaron al teléfono desde “El Pensamiento”[1]advirtiendo que ya podían ir a casa, que la Plaza del Castillo estaba desierta y que muchachos de la juventud guardaban las bocacalles.

Marcharon los hermanos en el auto de Arratibel, y por el boquete abierto durante el incendio, penetraron desde el Cisne a la casa. Como la luz eléctrica estaba estropeada, con una vela recorrieron las instancias y dieron, a su vez, el adiós a la casa tan querida.

Ayudados por unos muchachos Jaimistas[2] hicieron maletas, recogieron efectos y partieron para Leiza, después de dar las gracias a los leales amigos…”

[1] “El Pensamiento Navarro”, periódico tradicionalista.

[2] Se refiere a las juventudes tradicionalistas (carlistas), aunque D. Jaime ya había fallecido recientemente.

Un hijo de Ignacio Baleztena en el destierro.

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”


Quiso Dios, que este primer día de nuestro relativo destierro fuera alegrado por un sol magnífico.
“…Al día siguiente

            Empezamos todos a estremar la casa con cariño y esmero: incluso pusimos flores de espino. En estos quehaceres andábamos entretenidos, cuando recibimos aviso de Pamplona de que el Baleztenica que Carmen esperaba, impaciente por llegar al mundo y aumentar la familia, en ocasión en que tantos deseaban su desaparición, había adelantado su venida y esperaba, sano y hermoso, el ser bautizado[1].

            No era prudente que Ignacio fuera a Pamplona dada la excitación de los ánimos, así, que tuvo que ofrecer a Dios el sacrificio de la ausencia de su casa en ocasión tan memorable.

            A este niño, que llegaba a este mundo cuando todos los suyos andaban perseguidos; en momentos que la religión era atacada, las cruces proscritas y derribadas, se le impuso el nombre de: Cruz, en recuerdo de la Cruz que su familia defendía y su patria profanaba.

Una gotita más…

Estaba de Dios que siguiéramos pasando penas y sobresaltos; y aquella paz, por la que tanto suspirábamos, no nos era concedida todavía. El tercer día de nuestra estancia en Leiza, al volver de un paseo por el campo, recibimos de Pamplona un aviso por demás inquietante: la casa contigua a la de los hermanos estaba ardiendo[2]. Carmen, en su delicado estado, corría peligro de muerte entre el humo que hasta su cuarto subía, y sobre todo,  ante el riesgo de que se propagase el incendio.

Dado lo crítico y alarmante de la situación, los médicos decidieron meterla en una ambulancia con el niño y llevarla a San Sebastián a casa de su madre…”

Al comienzo de este incendio volvió a congregarse primeramente un grupo de radicales izquierdistas que comenzaron de nuevo a insultar y vociferar contra los Baleztena. Enseguida en esta ocasión se formó otro grupo de personas indignadas que intentaban sofocar el fuego. En medio de este tumulto, cuando montaban a Carmen y su recién nacido hijo en la ambulancia, arreciaron los insultos de una parte de los congregados, ante lo cual ella les dijo con su hijo en brazos:

– ¿No queríais Baleztenas?, pues, ¡aquí tenéis uno más!.
…Ignacio salió precipitadamente a esperarla en la carretera de Lecumberri y a conocer a su hijo en aquella extraordinaria circunstancia.

Este nuevo incendio indignó y congregó al público, y fue sofocado inmediatamente. Se dijo que fue casual, pero no todos lo quisieron creer. Tampoco en esta adversidad nos abandonó la Providencia. Carmen hizo un viaje buenísimo y sin tener ninguna complicación. Ya repuesta del todo, quiso salir el primer día a ofrecer a Cruz Mari al Santo Cristo de Lezo, el día tres de Mayo, fiesta de la Instauración de la Santa Cruz.

El rey Alfonso Carlos (q.D.g.) había mandado que sus súbditos festejaran especialmente en aquel año de persecución religiosa, la fiesta de la Santa Cruz. Ignacio y Carmen cumplieron el real mandato ofreciendo un cristiano a Dios, un ciudadano a la Patria y un futuro requeté al Rey…”

“Cruz Mari Baleztena, el hijo del fuego”


[1]
Enre todos estos percances se adelanto varias semanas el parto de Carmen, la mujer de Ignacio Baleztena, que dio a luz en su casa de la Calle San Ignacio (Actual Fernández Arenas) a su cuarto hijo, mientras el padre estaba desterrado en Leiza.Continuará en la próxima entrada si Dios quiere.

[2] Se refiere a la casa contigua a la que vivían Ignacio y Carmen en de la Calle San Ignacio (Actual Fernández Arenas)

De Leiza a San Sebastián.

donde dejábamos a la familia Baleztena en Leiza tras su expulsión de Pamplona

Manuscrito de la tía Lola Baleztena “Recuerdos de un día trágico”

…Indecisos estábamos los primeros días sobre qué partido deberíamos tomar. ¿Nos iríamos a Francia? ¿Era prudente permanecer cerca de Pamplona después de lo ocurrido?[1]

Hacia la normalidad

Sin embargo, a pesar de que allí se habían repartido, otra vez, unas hojas de carácter exaltado y revolucionario y de que el ambiente seguía siendo desagradable, la gente que venía a visitarnos nos aconsejaba que nos quedásemos, porque ya las cosas iban entrando, poco a poco, en calma. Todas las tardes muchos autos se estacionaban en la plaza y numerosos amigos llegaban a saludarnos y acompañarnos.

De Tolosa vino con gran emoción para determinada persona de la familia una lucida representación de “Lealtad guipuzcoana”. Todos querían oír de nuestros labios el relato de los inconcebibles sucesos y nos felicitaban por haber salido con vida de tantos peligros.

María Isabel, cual correspondía una cumplida etxekoandre[2] de la montaña, así que veía llegar las caravanas, daba las órdenes oportunas en la cocina para que se preparasen las meriendas. Se freían docenas de huevos, kilos de chistores, se hervían libras y más libras de chocolate. Este ataque a la despensa hizo decir a Joaquín en broma, que el asalto la casa de Leiza, iba a costarnos más caro que la acometida a la de Pamplona.

Y los días, conforme iban pasando, imprimían paz a nuestros corazones, normalidad a nuestra vida.

En la fría y lluviosa primavera aprovechábamos los claros de sol para salir al campo a recrearnos en la contemplación del maravilloso renacer de la naturaleza, mientras el mundo entero parecía agitarse en pensamientos de guerra y destrucción.

Cuando por la noche, nos reuníamos junto al fuego de la sukalde, la conversación recaía invariablemente en los horrendos sucesos que cortaron brutalmente el curso normal de nuestra existencia, y que por una amorosa protección de la Providencia no acabaron con nuestras vidas.

Ante la Virgen del Chaparro, Reina y Dama de sus caballeros, rezábamos al finalizar el día, el Santo Rosario. Y en medio de la amargura que proporcionan los desengaños; en medio de la barbarie de la injusticia, de la intranquilidad de los tiempos, gozábamos al vernos todos reunidos. Chanico decía alborozado continuamente: “¡qué bien estamos en plan familiar!”

Compenetrados por las mismas ideas y sentimientos; fieles por la oración al recuerdo de los padres, una paz, una alegría inmensa invadían nuestros corazones, y podíamos exclamar con el Real Profeta:

“¡Cuán buena es, cuán dulce y apacible es la unión de los hermanos!”

Los que estaban en Casa Baleztena durante su asalto y quema en 1932


Aquí termina el verídico relato de este episodio revolucionario que quiso hacer presa en tu exuberante adolescencia. Aquellas impresiones vividas, difícilmente podrán borrarse de tu imaginación. Pasarán estos tiempos desventurados, con la gracia de Dios, a reinar la paz y la normalidad sobre esta pobre España desangrada. El tiempo te traerá ilusiones, te arrebatará cariños, hará vibrar, al choque de las ideas nobles y generosas, tu juvenil corazón. Verás muchas veces con espanto y desaliento cómo las pasiones, la codicia de los hombres triunfan sobre ideales puros y desinteresados.
¡Querida Silvita!

¡Y cuántas esperanzas van quedando hechas jirones por las zarzas del camino de la vida!

Pero tu fe firme, la rectitud de tus convicciones, por las que tan joven te tocó padecer, iluminarán seguramente tu inteligencia en medio de este caos, de esta confusión de ideas en que se debate el mundo entero.

Tus abuelos con el arma en la mano, el valor en el corazón, la justicia de su parte lucharon por la Causa Santa de Dios, Patria, Rey.

Tus tíos defendieron esas ideas en tiempos de egoísmos, de glacial indiferencia, primero, de revueltas y anarquías después; y si es cierto que por significarse en la defensa de esa Causa, tuvieron que sufrir graves peligros, vivas inquietudes, también es verdad, que esas ideas nobles y puras les proporcionaron vibraciones de entusiasmo, satisfacciones por deberes generosamente cumplidos, goces, para muchos insospechables, y que bendetas ráfagas de Ideal acariciaron sus frentes y barrieron las nubes de prosa y egoísmo, que muchas veces pretendieron ensombrecer el sol que iluminó los días más felices de su existencia.

Que por la gracia de Dios, el sol de la verdad, las brisas del Ideal iluminen y reconforten la tuya, es el deseo vehemente de tu “tía hermana”

Dolores”

Continuará en las entradas después de Navidad en las que se verá la reacción que tuvo el pueblo y las autoridades de Pamplona y Navarra al respecto, como amablemente me solicita un lector de la anterior entrada. Pero vamos a hacer un resumen por Navidad, que celebraremos estas fechas si Dios quiere.

Continuará con las reacciones que hubo ante los hechos si Dios quiere

[1] Finalmente, tras una breve estancia en Leiza, por prudencia decidieron poner más tierra por medio pero sin salir de España, refugiándose en San Sebastián en una casa llamada Villa Valencia

Villa Valencia, la casa donde se refugió la familia en San Sebastián


.
[2] Señora de la casa

Reacciones tras el asalto y quema de Casa Baleztena. Abril 1932

Estos hechos produjeron el rechazo de muchas personas como veremos enseguida. Entre ellas se encontraba Ar­turo Campión, que desde San Sebastián, donde residía, a través de su mujer Emilia Galdiano, en­vió una carta de condolencia a la tía Mª Isabel, hermana de mi padre Ignacio Baleztena, di­ciendo:  

“Querida Mª Isabel, no se cómo expresar el horror y la pena  que me causa la salvajada de que fueron V. víctimas el pasado día. Quien hubiera creído que tanto como VV. han hecho por los obreros y pobres había de ser tan mal correspondido! Créame V. no me puedo desimpresionar y lo recordamos Arturo y yo constantemente protestando ambos de acto tan bochornoso para Pamplona como el que hemos presenciado el lunes. Que recuperen VV. la tranquilidad en ese pueblo procurando no recordar lo que sufrieron. Ya sabe V. cuan sinceramente los acompaño y lamento todo lo sucedido. Salude V. a sus hermanos y ya sabe V. cuan de veras le aprecia su afma. amiga

Emilia Galdiano”.

Tras la firma aparecen en líneas torcidas estas palabras de Campión:  

“Distinguida amiga: Agur. Pro­testo airadamente contra las brutales hazañas de la chusma. Comunique mis sentimientos a sus hermanos. Singularmente a Ignacio”. Si­guiendo una anotación de su mujer: “Vea V. como escribe un casi ciego”.

Carta de los Campión a los Baleztena protestando contra el asalto y quema de Casa Baleztena por la “chusma”, y transmitiendo su pesar y apoyo a la familia tras dichos sucesos.

Este es solo un botón de muestra de las muchísimas adhesiones y muestras de apoyo recibidas por la familia. ¿Cómo?. Mediante cartas en los periódicos y a través de la Cámara de Comercio, cuyo comunicado conservamos gracias a la tía Lola Baleztena, hermana de mi padre Ignacio:

“Adhesiones a la actitud de la Oficial de la Cámara Oficial del Comercio e Industria De Navarra”

            El Pleno de esta Corporación volvió a celebrar a noche sesión extraordinaria, con asistencia de veinticinco señores de los que la integran.

            Vio con completa satisfacción que le acompaña el sentir unánime de las fuerzas vivas de la Capital, las cuales se han adherido con el mayor entusiasmo al telegrama dirigido por esta Cámara, el martes último, a los Excmos. Señores Presidentes del consejo de Ministros y Ministro de Gobernación, protestando contra los vergonzosos sucesos ocurridos en Pamplona recientemente y pidiendo la destitución del Gobernador Civil.

            Así bien, reconoció el Pleno de esta entidad que las actuales circunstancias son las menos a propósito para la organización de actos que pudieran perturbar la vida de nuestra querida ciudad, y a la vez, ser mal interpretados.

            Igualmente, acordó rogar a la Prensa de Pamplona, la publicación de las adhesiones que la Cámara ha recibido hasta la fecha, y en nombre de todas ellas, reiterar ante los Poderes Públicos la petición que se formuló en el mencionado despacho y que espera será atendida.

            A continuación, sigue la lista de las adhesiones recibidas a los acuerdos adoptados por unanimidad por el pleno de la Cámara Oficialdel Comercio e Industria de Navarra, en su sesión extraordinaria, del 19 del actual…”

Obviamente el gobernador civil de la república Andrés no dimitió, y esto parece que es una patología asociada a algunos cargos políticos que viene de tiempo atrás. Todo menos soltar el sillón.

“El Pensamiento Navarro” además de la reseña de la noticia, transcribe, al igual que otros diarios, la petición de dimisión del Gobernador Andrés Casaus, solicitada por la Cámara de Comercio.
Lamentablemente, y contestando a una pregunta que me hace un lector en una entrada anterior, que puedes leer pinchando aquí, que yo tenga constancia, ni la Diputación de Navarra ni el Ayuntamiento de Pamplona, de los que formó parte el aitacho, se dignaron a condenar oficialmente los lamentables sucesos, ni tomaron medidas a su nivel al respecto. Tuvo que ser la sociedad civil como hemos visto, y seguiremos viendo, con iniciativas como la expuesta en estas líneas y otras que introduciré en la siguiente entrada.

“LA REPARACION DE UNA INJURIA

Difícil es, por no decir imposible, que se borre de nosotros en mucho tiempo la impresión funestísima que recibimos al contemplar el desarrollo de los sucesos del domingo y lunes en nuestra ciudad.

            Con todo, en ese cúmulo de hechos luctuosos y reprobables, quiero fijarme en uno, que reclama una reparación pronta como justa, por tratarse de una familia de tanto relieve en la Provincia y en España entera, como demuestra la multitud de telefonemas de adhesión y cariño que se reciben de distintos puntos de la Nación, y por ser los que, en aquel día del lunes, la escarnecieron, tal vez los que hayan recibido mayores beneficios de sus bondadosos corazones.

            La familia de los Baleztena, como todo navarro les llama, pasó por un trance amargo e injusto, que le hace más dolorosa la ingratitud monstruosa de sus favorecidos.

            Podrá tener disculpa la conducta de la juventud obrera de Pamplona, en la irreflexión y ofuscación del momento, tal vez, y más en los consejos perversísimos de unos malos dirigentes, que les incitaron a llevar a cabo actos que nunca hubieran soñado utilizar si hubieran tenido presentes los motivos de gratitud, que les ligaban fuertemente con las víctimas de sus brutales atropellos.

            Mas, a pesar de todo, una reparación se impone por parte de la clase obrera. Porque la familia de Baleztena, de rancio abolengo, de sentimientos cristianos, a pesar de su posición social tan elevada, siempre se ha distinguido por el amor y el cariño al pobre y al obrero, sin distinción de bandos ni partidos.

            ¡Cuántos y cuántas, de los que el lunes, situados ante su casa les insultaban con frases groseras, les apedreaban, les tiroteaban e incendiaban la casa, no han sido en muchas ocasiones objeto de su cariño, favor y socorro!

            Como prueba de ello, baste traer a la memoria la fiesta de los Reyes Magos, en la cual muchos de ellos recibieron de sus manos juguetes y dulces, y por las mismas escaleras a las que prendieron fuego subían a gozar infantilmente a la vista del magnífico nacimiento, en gran parte puesto para esparcimiento de los niños pobres y obreros.

            ¿Quien no recuerda aquellas cuadrillas de “blusas blancas”, tan renombradas en nuestras fiestas de San Fermín, que tan regocijados cantaban las composiciones musicales compuestas por esta familia, ante los balcones que ahora, con furia infernal, apedrean y tirotean?

            Hablen también ahora los jóvenes allí presentes en actitud hostil, los cuales, para sus funciones teatrales, acudían a esa casa, llamada de todos, en busca de sus trajes para las representaciones que habían preparado para celebrar su fiesta obrera[1]. Hablen, así mismo, la Escuela Dominical, la Escuela de Nazaret, el Sindicato de Obreras, la Cárcel, el Hospital y demás asilos benéficos de la población, donde a manos llenas han distribuido su cariño, su consuelo y sus limosnas. Imposible hallar una función o acto benéfico en que no haya tomado parte principal esa familia, hoy tan perseguida injustamente.

            Si de los favores colectivos pasamos a los individuales, sería cosa de nunca acabar la lista de los beneficios dispensados desde los distintos cargos que esta familia ha ocupado en consulados extranjeros, Diputación a Cortes, Diputación Provincial, Ayuntamiento de Pamplona, etc., etc., ya que su blasón mejor y su más preciado timbre de gloria ha sido siempre darse todo a todos, siendo esta casa rincón caritativo para toda desgracia y el fuego y entusiasmo para toda obra social, al servicio siempre de su amada ciudad.

            ¿A qué se debe, pues, este comportamiento, tan ingrato, por parte de esta clase social, tan querida para ellos? ¿Sería, tal vez, que ellos la han injuriado ahora, explotándola o engañándola por su medro particular, llenándose de enchufes?

            Con cuánta verdad puede esta familia repetir en presencia de esos obreros aquellas palabras que en cierta ocasión lanzaba Jesucristo contra los judíos: “¿por cual de estas obras me apedreáis?”.

            Es necesario pues, que, pasados aquellos primeros momentos irreflexivos y pasionales, la clase obrera, libre de toda influencia partidista, reconozca el borrón que pesa sobre ella y haga desaparecer la nota pésima de ingratitud, dando una muestra sincera de reconocimiento a esta familia, que, cierto, no guarda el menor rencor para nadie, y menos para vosotros, que inconscientemente habéis sido instrumento de pasiones bastardas.

            Y, ya que se trata de reparación de injurias y ofensas a esta respetabilísima familia, ¿no sería muy justo también que todo Pamplona demostrara su dolor por los hechos que todos lamentamos?

            Si parece bien la idea, tomen nota de ello, personas o entidad capacitada, para llevar a cabo tan caritativo pensamiento, y señalen centros o comercios donde se reciban tarjetas y pliegos de firmas que lleven entre sus líneas un pequeño lenitivo a esta familia tan atribulada, que se ha visto blanco de toda clase de insultos y agresiones, teniendo que abandonar su casa, su pueblo, como unos indeseables.        

            Démonos un abrazo de unión todos los habitantes de nuestra querida Pamplona, desterremos estas luchas fratricidas y vuelva nuestra amada Ciudad a ser el rincón envidiable donde reinen la paz y la verdadera alegría. – Fdo. UN PAMPLONES.

Efectivamente en muchos comercios e instituciones de Pamplona se recogieron innumerables muestras de apoyo de pamploneses de todo tipo y condición. Pero además la repercusión de los sucesos trascendió nuestras mugas forales, con indignación del gobernador Andrés como veremos en la próxima entrada si Dios quiere.

[1] Los de la Casa del Pueblo, fueron una vez a pedir trajes para su fiesta

El gobernador no dimite y pide “apoyo” a los Baleztena tras expulsarlos de Pamplona

la noticia del asalto y quema de Casa Baleztena tuvo un eco nacional y la cosa se estaba poniendo mal para el gobernador civil de la república Andrés. Dejo que de nuevo lo cuente la tía Lola en sus “Recuerdos de un día trágico” partiendo de un artículo copiado de “El Debate”:

Transcripción de un artículo de “El Debate” realizada por la tía Lola Baleztena en sus cuadernos “Recuerdos de un día trágico”


Ni fue destituido ni dimitió, naturalmente. Pero en respuesta a cuantos elementos mostraron disconformidad con su lamentable gestión, no se hizo esperar mucho tiempo. Los dos círculos Tradicionalistas clausurados; doscientos registros domiciliarios llevados a cabo por la policía, y doscientos ochenta detenidos de tradicionalistas navarros que sucesivamente han desfilado por
la Comisaría de Vigilancia”.    “Con motivo del ignominioso incendio de casa Baleztena, perpetrado a ciencia y paciencia del señor gobernador civil, que no hizo absolutamente nada para impedirlo, la Cámara de Comercio, con el apoyo de elementos totalmente alejados de la política, como el Casino Principal, y de todo cuantos es o significa algo en la ciudad, elevó una razonada y enérgica protesta al gobierno, pidiendo la destitución del mencionado gobernador.

A los pocos días de nuestra llegada a Leiza, nos cuenta la tía Lola recibieron la siguiente carta del Gobernador:

“Sr. D. José María Baleztena[1].

            Muy Señor mío:

            En “El Siglo Futuro” aparece una información rotulada de manera bien visible, así:

            “El Señor Baleztena y su Familia, fueron vejados por el gobernador e insultados por las turbas”.

            En otros diarios, se han dicho también cosas parecidas, que no he querido rectificar, porque esperaba que alguien, conocedor de mi actitud y la ayuda que les presté por la Guardia Civil en el momento crítico, y del amparo evidente que expuso el traslado de Us. Al Gobierno Civil, donde no estuvieron un minuto sus señoras hermanas, lo hiciera con la debida nobleza.

            Pero esto no ha sucedido, y me siento en la necesidad de preguntar a U. cual es su opinión sobre mi conducta.

            Desde luego, se lo pregunto particularmente, e invitándole a que la respuesta sea rabiosamente franca y sincera.

            Saluda a U. suyo af. S.S.

Manuel Andrés”

Continua narrando la tía Lola: “Como estábamos bajo la criminal dependencia del infame Andrés, la respuesta no podía ser lo “rabiosamente sincera” que él, con malas artes, pedía. Fue así:

Muy señor mío:

            Recibida la suya, paso a contestarla.

            En los sucesos del lunes, tenemos que lamentar que la tardanza dela Guardia Civil en llegar a nuestra casa, nos expusiera a gravísimos peligros de todos conocidos. Cuando por fin llegó, después de unas cuatro horas, durante las cuales estuvimos desamparados, actuó como siempre, con eficacia.

            Una vez en el Gobierno Civil, fuimos bien tratados, y por disposición de U. mis hermanas no permanecieron en él, sino que fueron conducidas por sus habitaciones particulares a casa de nuestros primos, los Sres. de Arraiza.

            No habiendo inspirado a ningún periódico la información que haya podido dar de los sucesos, no somos los llamados a aclararla, por la misma razón que no pedimos, que ninguna de las muchas personas convencidas de nuestra inocencia, salieran al paso de las referencias poco favorables a nosotros, que a su vez, han aparecido en determinados periódicos.

            Sin más, le saluda

Joaquín Baleztena”

Muchos más artículos conserva Dolores Baleztena de diferentes periódicos de todo España sobre dichos acontecimientos, pero para no alargarme más con este tema si alguién está interesado en profundizar puede hacérmelo llegar a premindeiruna@gmail.com

Así con la entrada de mañana dejaré por concluido este episodio de la vida del aitacho y su familia, con la conmemoración que se hizo del mismo 25 años después, pero esto será en la próxima entrada si Dios quiere. Posteriormente ¿Qué hizo Ignacio Baleztena tras su expulsión de la ciudad que tanto quería y por la que tanto había luchado?

[1] Ni siquiera se molestó en informarse bien del nombre a quién dirigía la carta.

Origen: Premín de Iruña: Dos muertos en algaradas en Pamplona. Abril 1932

Los odiados Baleztena y la verdad histórica

Querido lector, era mi intención hacer una entrada alegre y entretenida en torno a actividades culturales del aitacho en los años 40 y 50 pero las difamaciones vertidas contra él y la familia me obligan a cambiar de planes y tener que hacer esta otra, que no me hubiera gustado tener que publicar, pero que me veo en la obligación de realizarlo:

Ante las insinuaciones de las últimas semanas, a raíz de la exposición realizada en el Parlamento que debería ser de todos los navarros, que intentan relacionar a mi padre y resto de la familia con cualquier acto de violencia o represión, mediante caricaturas o menciones explícitas, quiero afirmar de forma tajante y de una vez por todas, en mi nombre, en el de mi padre Ignacio Baleztena Ascárate y en el del resto de mis antepasados que al igual que ellos condeno (sí, condeno, ese verbo que a algunos tanto les cuesta conjugar) y es más, maldigo, todos los crímenes, represalias, asesinatos, torturas y vejaciones, que se cometieron de forma cobarde antes de la guerra (en la II República), durante la guerra y en la postguerra (durante la dictadura franquista) en ambos bandos, en Navarra y en toda España, que acabaron de forma ruin con la vida de miles de personas, muchos de ellos navarros de ambos bandos.

Cualquier persona que se hubiera interesado en indagar la verdad mínimamente debería conocer la posición de mi familia, y hubiera bastado con haber consultado este blog (pinchar aquí). Como has podido ver dicha posición quedó bien clara cuando mi tío Joaquín Baleztena Ascárate, Jefe Regional Carlista, hizo este llamamiento el 23 de Julio de 1936 que fue distribuido entre los carlistas y publicado en la prensa al día siguiente: “Los carlistas, hijos, nietos y biznietos de soldados no ven enemigos más que en el campo de batalla. Por consiguiente, ningún movilizado voluntario, ni afiliado a nuestra inmortal Comunión debe ejercer actos de violencia, así como debe evitar se cometan en su presencia. Para nosotros no existe más actos de represalias que los que la autoridad militar, siempre justa y ponderada, se crea en el deber de ordenar”. Dicha orden hizo que desde entonces tanto a mi padre Ignacio Baleztena Ascárate como a su hermano Joaquín en algunos ambientes, no carlistas precisamente, se les llamara “los vaselinas”, al considerar que eran muy blandos por intentar evitar las incalificables represalias.

Tanto es así que mi tía Dolores Baleztena Ascárate escribiría años después: “¡Lástima no fuera obedecida esta nota tan llena de nobleza, calificada por algunos de vaselina! El señor Obispo le felicitó por ella. De haberlo sido, no hubiéramos tenido que lamentar actos indignos realizados por, quienes huyendo del peligro de la vanguardia, se creían valientes actuando cobardemente en la retaguardia”.

Al contrario de lo que injustamente se señala los hermanos Baleztena se distinguieron por hacer todo lo posible por evitar represalias y fusilamientos, poniendo su vida en juego en varias ocasiones, salvando decenas de navarros de izquierdas o republicanos (como puedes ver pinchando estos enlaces: leizarras, miqueletes, enemigo declarado de la familia, carabinero republicano, que sirven de botón de muestra entre otros muchos), y a alguna personalidad ilustre como el Dr. Carlos Jiménez Díaz(ver la historia pinchando aquí). Y eso es ampliamente conocido entre los más mayores de Leiza y de Pamplona, así que no era tan difícil informarse.

Es más, los Baleztena fueron represaliados durante la II República. Para leer todo este episodio puedes pinchar aquí y luego continuar la historia pinchando en “continuará. En Abril de 1932 asaltaron y quemaron su casa con la familia dentro en 1932 y el Gobernador Civil de la República encargado de mantener el orden público, para quitarse el problema, en vez de detener a los autores desterró a la familia Baleztena de Pamplona. Pues bien, mis antepasados perdonaron y conociendo perfectamente a los asaltantes (teniente de alcalde incluido) en vez de vengarse o hacer algo contra los autores de aquel episodio, aun teniendo posibilidad de haberlo realizado posteriormente, lejos de ello pelearon porque nadie sufriera posteriormente lo que habían padecido ellos ni cosas peores y siempre nos hablaron de perdón cristiano, que produce la ventaja de vivir sin odio.

Por todo lo anterior cualquier referencia, caricatura, retrato o similar vertidos en exposiciones, escritos, libros o soportes de distinto tipo, que relacione a los Baleztena con represiones o crímenes, lo único que hacen es demostrar un profundo desconocimiento en el mejor de los casos, siendo bien pensado, y desacreditar a los autores y a toda su obra. De sabios es rectificar.

Además de los pseudo historiadores, periodistas y dibujantes, también la presidenta del Parlamento que debiera ser de todos los navarros, tiene una ocasión de oro para demostrar su altura de miras pidiendo perdón públicamente. Un gesto que le honraría.

No obstante es posible, y ojalá me equivoque, que todo esto no vaya a servir más que para que ciertas personas sigan difamando la memoria de mis antepasados a cualquier precio. Y lo hacen porque no les mueve la verdad, ni la justicia, sino el odio. Odian a “los Baleztena” porque fueron católicos, navarros, fueristas, españoles y vascos (sí, también vascos, más que muchos de los que los atacan y otros que hasta hace bien poco nos amenazaban de muerte a sus descendientes, nos agredían y nos ponían bombas). Y de estas ideas odiadas por algunos nunca renegaron mis antepasados y por supuesto tampoco yo. Esta es la realidad, esto es lo que realmente no se les perdona ni se les perdonará.

Sirva esto para que por lo menos la gente de buena fe, aunque sean de ideología totalmente opuesta, sepa la verdad a este respecto, desde la coincidencia o la discrepancia ideológica.

Y espero sinceramente que este clima de crispación y odio guerracivilista que están resucitando algunos y que me alarma profundamente no siga entorpeciendo las ansias de reconciliación de la mayoría y pueda seguir la marcha de este blog, contando cosas interesantes del aitacho si Dios quiere. Paz a los muertos.

Publicado por Javier Baleztena Abarrategui

Un comentario en “Navarros: Historia de los Baleztena Azcarate “Premín de Iruña” 

  1. Pingback: Navarros: Historia de los Baleztena Azcarate “Premín de Iruña”  — Verdades que ofenden.. – Memorias y Palabras

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