España – verano de 1934, inicios de la guerra civil –  Pio Moa

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¿Por qué la guerra civil empezó en 1934? 

«¿Estamos en pie de guerra! ¿Por la insurrección armada! ¿Todo el poder a los socialistas!»; «La guerra civil está a punto de estallar sin que nada pueda ya detenerla»; «Uniformados, alineados en firme formación militar, en alto los puños, impacientes por apretar el fusil. Un poso de odio imposible de borrar sin una violencia ejemplar y decidida, sin una operación quirúrgica»; «El proletariado marcha a la guerra civil con ánimo firme». Estas y otras muchas frases semejantes podían leerse en la prensa socialista en el año 1934.

Socialistas y nacionalistas catalanes empleaban un lenguaje de guerra civil. Ello no basta para determinar el salto de las intenciones a los hechos, pero iban a resultar más que palabras. La decisión socialista quedó clara en un debate interno entre la mayoría favorable a la insurrección y la minoría democrática, que negaba las acusaciones de fascismo lanzadas contra la derecha como pretexto para atacar al gobierno legítimo. Exponía Amaro del Rosal, uno de los líderes guerracivilistas: «Por encima de nuestra voluntad hay una situación objetivamente revolucionaria. Existe un espíritu revolucionario, existe un Ejército completamente desquiciado, hay una pequeña burguesía con incapacidad de gobernar, en descomposición. Tenemos un gobierno que es el de menor capacidad, el de menor fuerza moral, el de menor resistencia. Ahora todo está propicio». Propicio para una revolución que instaurase la llamada dictadura del proletariado (que el proletariado jamás ejerció ni se benefició de ella). Idea también rechazada por la débil minoría legalista en el PSOE, dirigida por Besteiro.

La decisión de ir a la dictadura socialista partía, por tanto, de un designio frío, presuntamente científico, y de la convicción, por otra parte no muy errada, de la debilidad derechista. Una vez triunfante la mayoría revolucionaria, sus instrucciones secretas insurreccionales precisaban que el movimiento «tiene todos los caracteres de una guerra civil». La retórica de la Esquerra suena más emocional y con un toque de charlatanería, pero los hechos demostrarían otra cosa. A lo largo de 1934 los dos partidos desestabilizaron al gobierno democrático, desafiaron sistemáticamente la ley, se armaron, infiltraron y socavaron el ejército y la policía, prepararon milicias y planes concretos para la rebelión que estallaría finalmente en octubre de dicho año. No puede dudarse hoy de la decisión guerracivilista de ambos partidos.

Una historiografía lastrada por la propaganda y las justificaciones a posteriori ha querido borrar o difuminar estos hechos, pero creo haberlos documentado plenamente en el libro. «Los orígenes de la guerra civil española». Para entender la rebelión de octubre del 34, de la que se cumple este año el 70 aniversario, conviene compararla con la de Sanjurjo de agosto de 1932. Ante todo, Sanjurjo no pensaba en guerras civiles, sino en un golpe rápido y poco cruento. En segundo lugar, su golpe no fue «de la derecha», como suele decirse, sino de un sector mínimo de ella, y por eso quedó aislado y vencido rápidamente; en cambio, en octubre participaron los dos partidos más potentes de la izquierda, más los comunistas y algunos anarquistas, con apoyo moral y político de los republicanos de izquierda. La rebelión de Sanjurjo no fue de la derecha, pero la de octubre sí fue de la izquierda. La primera causó 10 muertos, y la segunda, 1.400.

Aun así, ¿hubo verdadera guerra civil en octubre del 34? La hubo, con muertos en 26 provincias. Fracasó en casi todo el país porque los obreros y la población catalana desdeñaron los llamamientos de los partidos, pero en el único sitio donde sucedió lo contrario, Asturias, la lucha duró dos semanas, y vencerla exigió la presencia de tropas traídas de Marruecos (ya Azaña las había traído contra Sanjurjo).

En apariencia, esta insurrección es distinta de la derechista de 1936, pero hay un hilo conductor entre ambas. En el 1934, la derecha defendió la legalidad republicana ¬pese a disgustarle su carácter anticatólico, más que laico¬, pero en julio del 36 casi toda ella apoyó el alzamiento de un sector del ejército. ¿A qué obedeció ese cambio? Debe señalarse, para empezar, que las izquierdas en ningún momento se echaron atrás de su intentona de octubre, sino que la ensalzaron como una gesta gloriosa e inspiradora. Los socialistas de Largo Caballero la interpretaron como una derrota momentánea, y siguieron pensando en una «dictadura proletaria» en el más breve plazo. Cuando esas fuerzas, unidas en el después llamado Frente Popular, ganaron en febrero del 36 unas elecciones muy anómalas, buena parte de la población se sintió al borde del desastre.

Aun así, quienes pasaron a gobernar fueron los republicanos de izquierda, con Azaña, y las derechas se apresuraron a ofrecerle su colaboración para frenar la oleada de desórdenes que cundió de inmediato bajo un triple empuje revolucionario: por un lado, los socialistas de Largo trataban de provocar una crisis de gobierno, a fin de heredarlo «legalmente» y aplicar su programa desde el poder, sin riesgo de fracasar en una nueva insurrección; los anarquistas, ante el caos imperante, creyeron muy próxima, a su vez, la revolución libertaria; y los comunistas presionaban para que el gobierno republicano proscribiese a la derecha y encarcelase a sus líderes, empezando por Gil-Robles. El resultado fue una orgía de asesinatos, incendios de iglesias, asaltos a sedes, periódicos y domicilios particulares de las derechas, huelgas salvajes, desfiles de milicias, etc. El mismo Prieto declaró la situación insostenible.

Por desgracia, el gobierno republicano se negó una y otra vez a contener el caos y a aplicar la ley. Con ello perdía la legitimidad, no muy clara, obtenida en las elecciones. Además, cometió irregularidades del calibre de la revisión de actas para privar arbitrariamente a la derecha de numerosos diputados, y la destitución del presidente de la república, Alcalá-Zamora. En esas circunstancias la conjura de algunos militares, insignificante hasta entonces, empezó a cobrar peligro desde mayo.

Cuando en julio un jefe de la oposición, Calvo Sotelo, fue asesinado por una fuerza mixta de policía y milicianos de Prieto ¬Gil Robles escapó a la muerte por no hallarse en su casa¬, la rebelión de las derechas ya no tuvo marcha atrás. La mitad de la población, como vino a decir Gil Robles, tuvo que elegir entre someterse a su destrucción política y en parte física, o alzarse en armas, un tanto a la desesperada. Optó por lo segundo. Las mismas derechas que en octubre del 34 habían defendido la democracia contra el asalto de la izquierda, perdieron toda confianza en la legalidad republicana y se rebelaron en 1936, en un clima generalizado de ilegalidad y descomposición social y política. En 1936, por lo tanto, sólo se reanudó una guerra emprendida en el 34. El hilo conductor entre ambas situaciones es el de una amenaza revolucionaria que se había demostrado muy real e inminente, al revés que el peligro fascista pretextado por el PSOE y la Esquerra. Esa amenaza arruinó la convivencia política entre izquierdas y derechas, y de ahí nacería una dictadura autoritaria para impedir un sistema totalitario.

P: Actualmente se está comentando que la guerra civil empezó con el golpe de 1934. Pero qué opina del proceso revolucionario de enero de 1932 llevado por los mismos que dieron el golpe del 34 (socialistas, independentistas, anarquistas. Hubo revolución en Cataluña, Andalucía, La Rioja, País Vasco… en Madrid incluso se apoderaron del Ministerio de la Guerra y del Palacio de Comunicaciones.

R: Lo que dice usted es cierto y también es verdad que esos mismos combatieron en el bando frentepopulista en el 36. Con todo, la ruptura del sistema republicano no se da hasta la sublevación del PSOE y ERC en octubre de 1934. La diferencia entre una amenaza importante y el final del sistema vino marcada por lo tanto por socialistas y nacionalistas y de ahí su enorme responsabilidad en lo que sucedió después. Dr.C.VIDAL,historiador, filósofo: 2004-10-26-L.D.España

Verano de 1934 (I)

La actual colusión de los nacionalismos vasco y catalán, apoyados por el PSOE, en su ofensiva contra la legalidad democrática no es un hecho nuevo. Durante el verano de 1934 se produjo exactamente el mismo fenómeno, que culminaría en la insurrección de octubre de ese año, comienzo real de la guerra civil.

Aunque hay considerables diferencias entre ambas épocas (no parecen estar pensando ahora en una insurrección), existen también numerosas analogías, particularmente en el carácter desestabilizador de las maniobras, y en el mismo hecho de que se pusieran de acuerdo, pese a la disparidad de sus objetivos, partidos tan distintos como el racista y ultraderechista PNV con los entonces revolucionarios socialistas, la extremadamente anticatólica Esquerra, o los nacionalistas españoles de Azaña.

Estos episodios están prácticamente olvidados, o, mejor, sepultados por una seudohistoriografía impuesta durante estos años desde la universidad y los medios de masas. Sin embargo son muy interesantes y en muchos aspectos aleccionadores, tanto por sí mismos como por algunas conclusiones extraíbles de ellos, y todavía válidas. En Los orígenes de la guerra civil los traté en varios capítulos, y aquí haré un resumen, también en varias entregas.

Como es sabido, en noviembre de 1933 ganó las elecciones el centro derecha, por una gran mayoría (más de cinco millones de votos contra tres de las izquierdas). Esa victoria no fue aceptada por los partidos perdedores. Los republicanos, empezando por Azaña, intentaron un golpe de estado intrigando con el presidente de la república, Alcalá-Zamora, y con el jefe del gobierno, Martínez Barrio, para impedir la reunión de las Cortes democráticamente elegidas. No obstante, los dos últimos rechazaron la propuesta, y las Cortes se reunieron.

El partido más votado había sido la CEDA. Su jefe, Gil-Robles, había hecho en la campaña electoral algunas declaraciones antiparlamentarias (en realidad todos los partidos habían expresado propósitos antidemocráticos, muy especialmente el PSOE), pero se mostró, en general, moderado y conciliador, y terminó pidiendo concordia entre derechas e izquierdas, a pesar de haber sido asesinados seis derechistas durante la campaña, y ninguno de los contrarios. La petición fue interpretada por las izquierdas como un síntoma de debilidad. La moderación de Gil-Robles se manifestó en la práctica cuando renunció al gobierno, dejando la tarea a Lerroux, dirigente del segundo grupo parlamentario. Esperaba, declaró, que se calmaran las pasiones políticas antes de exigir su derecho a entrar en el gabinete.

La reacción de los socialistas resultó peor que la de los republicanos de izquierda: la mayoría, resuelta a establecer cuanto antes la dictadura del proletariado, se desembarazó de Besteiro, opuesto a tales planes. Y en enero del 34 empezó a organizar una insurrección considerada como “guerra civil”, de la mayor violencia y alcance posibles.

Los nacionalistas catalanes de izquierda, la Esquerra fundamentalmente, acogieron la derrota electoral profiriendo graves amenazas de subversión, y se declararon “en pie de guerra”. En cuanto al PNV, le unían a la CEDA el catolicismo y la defensa de numerosos valores conservadores, pero en aquellos momentos todo ello cedía ante su ambición de conseguir el estatuto de autonomía. Debe decirse, contra panegiristas de dicho partido, que desde el primer momento los nacionalistas manifestaron su decisión de vulnerar el estatuto, convirtiéndolo en una palanca para abrir la puerta a la separación de Vasconia de la odiada Maketania. Las declaraciones abundaban y no había el menor secreto al respecto.

Por esa razón fue posible, en aquellos meses, una estrecha alianza de hecho entre el PNV y las izquierdas, incluso las revolucionarias. Por extraño que suene, una amplia tendencia historiográfica ha presentado este giro como prueba de una supuesta democratización y moderación del PNV frente a una —también imaginaria— radicalización de la CEDA. Curiosamente, ocurrió al revés: al inclinarse por aquellas izquierdas, el PNV contribuía a la inestabilidad del país y al proceso revolucionario, mientras que la CEDA mantuvo una esencial moderación que la iba a convertir, como veremos, en el último puntal de la legalidad republicana. La CEDA tampoco amenazó con enfrentamientos civiles ni provocó disturbios o muertes callejeras, como harían las izquierdas, pese a sufrir de éstas un permanente acoso, sin exceptuar asesinatos.

Al hacer del estatuto, y no de intereses religiosos o de conservación social, el eje de su política, la opción del PNV por la izquierda, incluso por la extrema izquierda, tenía lógica. Las izquierdas no sólo parecían dispuestas a emplear todas las fuerzas posibles contra el gobierno, incluyendo al PNV, sino que para ellas la unidad de España tenía mucha menos relevancia que para la derecha. El nacionalismo español de los republicanos se basaba en promesas e ilusiones sobre el futuro, sin raíces en un pasado que tenían por nefasto, y por ello ofrecía una clara debilidad a las pretensiones separatistas. Y los socialistas y comunistas reivindicaban a veces una patria hispana más “auténtica”, contra “la patria de los señoritos y los explotadores”, pero su doctrina era internacionalista, y suponía que “los obreros no tienen patria”. En definitiva, la unidad nacional no significaba mucho para ellos si, destruyéndola, quebraban a la “oligarquía” e impulsaban la revolución. De modo parejo, el PNV concedía importancia menor a los avances revolucionarios en España, si ellos le facilitaban avanzar a la secesión. Con tales actitudes, el año 34 se presentaba muy tormentoso.

Por otra parte, el gobierno Lerroux tenía serios problemas con el presidente de la república, Niceto Alcalá-Zamora. Durante el bienio izquierdista, el presidente no se había entrometido en las labores gubernamentales de Azaña, pero se creía con derecho a inmiscuirse en las del gobierno de centro derecha. Su ambición, desde el principio mismo de la república, había sido dirigir o tutelar una gran fuerza conservadora capaz de contrapesar a las izquierdas. Esa aspiración se había hundido por su lamentable reacción, o falta de reacción, ante la oleada de incendios de bibliotecas, conventos y escuelas en mayo del 31. Entonces había perdido su prestigio ante la opinión de derechas. Sin embargo persistía en la vieja intención tuteladora, que le impulsaría a decisiones catastróficas. Tenía además otra debilidad, muy similar a la de Romanones, a cuyo lado había crecido políticamente: el miedo a ser tildado de “reaccionario” por las izquierdas, lo cual le llevaba a graves claudicaciones.

Así pues, se convirtió enseguida en una plaga para Lerroux, en cuyo partido intrigaba para fomentar divisiones que favorecieran su influencia. Las tensiones llegaron al máximo cuando, ante el indulto y reposición de los golpistas de Sanjurjo en el ejército, Alcalá-Zamora echó un pulso a Lerroux, provocando para ello una grave crisis constitucional. Al resistirse a firmar el indulto y la reposición, el presidente ofrecía una estampa progresista e intransigente en defensa del espíritu republicano, pero se trataba de un pretexto: casi dos años justos después serían repuestos triunfalmente numerosos militares participantes en la insurrección izquierdista de octubre del 34 y condenados por ello, y entonces Don Niceto no pondría la menor objeción.

nte la intransigencia presidencial, Lerroux prefirió retirarse, y entró a gobernar Ricardo Samper, un político de la confianza de Alcalá-Zamora, buena persona, conciliador y dialogante, pero falto de la firmeza necesaria para arrostrar las ofensivas izquierdistas y nacionalistas que se venían claramente encima. Azaña no ahorra sarcasmos contra Samper, a quien todos sus adversarios despreciaron desde el principio, y ante quien se sentían crecidos. En estas circunstancias se plantearon las gravísimas maniobras de desestabilización de las izquierdas y el PNV contra la legalidad republicana.

Verano del 1934-La gran huelga campesina (II)

 Una vez neutralizado Besteiro, el PSOE pudo poner en marcha, a principios del 34, la maquinaria y los preparativos insurreccionales. Las instrucciones secretas de la insurrección declaraban con plena concreción que se trataba de una guerra civil, y no de un simple golpe de fuerza más o menos cruento. Por lo demás, no era sólo una instrucción secreta, porque la propaganda del partido hablaba abiertamente de la necesidad de ir con paso firme a la guerra civil, que abriría el camino a la dictadura del proletariado, es decir, del PSOE. No es de extrañar que la derecha se sintiera alarmada.

La primera gran maniobra de desestabilización del verano del 34 provino del PSOE. Éste había resuelto organizar una revolución de tipo soviético, contra la resistencia de Besteiro. Es impresionante leer las palabras del lúcido, pero impotente líder socialista, dirigidas a sus compañeros de partido: “Vais a llegar al poder, si es que llegáis, empapados y tintos en sangre”, para luego “lanzaros a una cruel guerra fratricida con los obreros comunistas, sindicalistas y anarquistas” (lo último ocurriría en plena guerra civil del 36 al 39). “La prensa del partido envenena a los trabajadores”. “Por ese camino de locura decimos a la clase trabajadora que se la lleva al desastre, a la ruina”. “La República social en España y el Estado totalitario socialista son algo absurdo, un camino de locuras”. Rechazaba la pretensión de imponer “la dictadura del proletariado y la toma íntegra del poder por los socialistas” y denunciaba aquella “vana ilusión que se paga demasiado cara, porque al final son las masas las que cosechan los desengaños y sufrimientos”. “¿Es que no habrá posibilidad de salir de esta locura dictatorial que invade el mundo? ¿Es que nos vamos a contagiar de la peste del momento?”

No menos impresionante es que ninguna de las prevenciones y denuncias de Besteiro tuviera efecto. La razón es doble. Dentro del partido, Prieto no estaba convencido de la revolución, pero, entre Besteiro y Largo Caballero, optó por el segundo, y contribuyó a hundir a Besteiro mediante intrigas y maniobras a veces de gran violencia, como señala Amaro del Rosal, muy complicado en ellas. En segundo lugar, la mayoría socialista estaba convencida de la victoria: el ejército estaba minado e incapacitado, y la derecha carecía de ánimo y decisión para oponer verdadera resistencia. Esta es la principal razón, y no un imaginario fascismo, cuya inexistencia conocían muy bien los dirigentes socialistas, como prueban sus documentos, aunque utilizaran ese espantajo para acosar a las derechas y soliviantar a los trabajadores.

Una vez neutralizado Besteiro, pudo ponerse en marcha, a principios del 34, la maquinaria y los preparativos insurreccionales. Las instrucciones secretas de la insurrección declaraban con plena concreción que se trataba de una guerra civil, y no de un simple golpe de fuerza más o menos cruento. Por lo demás, no era sólo una instrucción secreta, porque la propaganda del partido hablaba abiertamente de la necesidad de ir con paso firme a la guerra civil, que abriría el camino a la dictadura del proletariado, es decir, del PSOE. No es de extrañar que la derecha se sintiera alarmada.

El movimiento insurreccional seguía una preparación secreta, pero sus reflejos exteriores eran inevitables e inequívocos, pese a lo cual el gobierno Samper tendía a cerrar los ojos y no creer lo que le parecía demasiado increíble. Al PSOE se le planteaba también el problema de provocar fuertes movimientos previos para ir, por así decir, entrenando a las masas, o bien mantener todo oculto hasta el momento decisivo. No era fácil decidir, y, a pesar de que Largo Caballero no era muy favorable, al acercarse la cosecha de 1934 un sector del partido, encabezado por Zabalza, líder de la FNTT, sector agrario de la UGT, y Margarita Nelken, diputada por Badajoz, decidió lanzar una gran prueba de fuerza. Ha sido muy divulgada la idea de que la derecha desde el poder procuraba dejar sin cultivar los campos para vengarse de los jornaleros, a quienes aconsejaba sarcásticamente: “¡Comed república!” En realidad la cosecha de aquel año se presentaba como una de las mejores del siglo hasta entonces.

Sabotear la recogida mediante una huelga, en un país fundamentalmente agrario, podía resultar catastrófico, máxime en una época de crisis mundial. El gobierno acogió las sucesivas reivindicaciones salariales y otras, presentadas por los socialistas, pero pronto se hizo claro que las mismas no pasaban de pretextos, pues eran seguidas de nuevas exigencias cada vez más inaceptables. Y, en efecto, finalmente fue ordenada la huelga el 5 de junio, en el momento crítico de la recolección. Fueron asesinados algunos patronos y obreros que se negaban a seguir las instrucciones socialistas —pues las concesiones del gobierno habían desmovilizado a muchos—, incendio de campos y de maquinaria agrícola, etc.  El gobierno Samper, por una vez, reaccionó con energía, declaró que “la cosecha es la república” y que no admitiría su sabotaje. Detuvo a numerosos dirigentes y trasladó a cientos de activistas a decenas de kilómetros de sus lugares. Esta reacción se debió sobre todo al ministro republicano radical Salazar Alonso —que sería asesinado por los milicianos a poco de reiniciarse la guerra en 1936—, abortando gracias a ella un movimiento sumamente peligroso para la estabilidad del país. La Nelken pretendió que todo el campo español estaba parado, pero la huelga sólo afectó, muy parcialmente en la mayoría de los casos, a 1.600 municipios de los 9.000 del país, según las estimaciones de Malefakis. Hubo 13 muertos y 200 heridos, en su mayoría trabajadores no huelguistas.

Los socialistas lanzaron entonces una campaña de propaganda hablando de manera muy exagerada y mendaz de la represión, creando una leyenda que ha sido repetida acríticamente por Preston y otros historiadores, pero cuyas contradicciones e inconsistencias he analizado en Los orígenes de la guerra civil. La represión fue enérgica y efectiva, como requería el grave peligro, pero de ningún modo tuvo el carácter criminal pretendido por la propaganda. No hubo, por poner un ejemplo, ningún episodio remotamente comparable al de Casas Viejas, cuando, bajo el gobierno socialista-azañista, la policía había organizado una brutal matanza de campesinos.

Dentro del PSOE, el fracaso produjo serias tensiones. Aunque el partido persistía en sus denuncias exaltadas de la represión, tenemos una imagen mucho más fidedigna de lo que realmente pensaban. El 11 de junio se reunió la comisión ejecutiva de la UGT para tratar el caso. Zabalza pidió extender el paro a los trabajadores industriales. Esto podía parecer razonable porque, para convencer a los campesinos, se les había hecho creer que la UGT declararía la huelga general también en las ciudades. Además, Zabalza pensaba aprovechar un momento de crisis política extrema provocada por un nuevo conflicto fabricado por la Esquerra, del que hablaremos en el próximo capítulo. Pero la mayoría de la ejecutiva estaba furiosa con la experiencia, que no había llevado a nada y, en lugar de servir de preparación orgánica y psicológica para la guerra civil planeada, había supuesto un paso atrás. Insistir en la misma línea podría llevar al enfrentamiento armado prematuro y a la derrota segura. Uno de los dirigentes, Pretel, acusó a Zabalza prácticamente de traidor, aunque “no consciente”, y el ambiente era de haber caído en una provocación. Entonces Zabalza cambió bruscamente de disco y propuso hablar con el gobierno para buscar una salida que les permitiera salvar la cara. Largo Caballero, irritado, replicó: “Lo que dice Zabalza no puede considerarse un argumento de buena fe. No hemos intentado todavía esas gestiones. No sabemos el resultado que darán”.

Pero, en fin, se aceptó negociar con el gobierno, y éste, tachado de fascista y represor, ratificó jornales no inferiores a los del año anterior y otras diversas reivindicaciones. Los socialistas propusieron tribunales provinciales compuestos por un obrero, un patrono y una persona neutral, para arbitrar las diferencias, sugerencia que, señala el acta de la UGT “los ministros acogieron con simpatía”. Y así terminó un conflicto que pudo haber traído un hambre masiva.

Evidentemente nada de estas gestiones secretas trascendió entonces. El PSOE continuó “envenenando a los obreros”, como decía Besteiro, y atacando al gobierno como criminal y fascista, Y, por supuesto, preparando activamente la insurrección, que incluía acopio de armas, entrenamiento de grupos de acción, el socavamiento del ejército y preparación de un golpe militar con numerosos oficiales comprometidos, etc. E inmediatamente comenzó su colaboración con los nacionalistas catalanes que durante el verano lanzaron un reto extremadamente peligroso a la legalidad republicana.

1934: Los nacionalistas catalanes y vascos, contra la República (III) 

Como hemos visto en la peligrosa huelga agraria lanzada por el PSOE en junio de 1934, el gobierno Samper, vencedor, había aceptado negociar con los vencidos socialistas y acoger con “simpatía” sus propuestas, según testimonio de la propia UGT. Samper esperaba contagiar su propia moderación a los socialistas, cuyos activos preparativos para la guerra civil ignoraba, aunque había sobrados indicios de ellos.

Obviamente, no consiguió calmar al PSOE. La izquierda en general veía esas actitudes como claudicaciones y síntomas de debilidad, y acentuaba su agresividad hacia la derecha, tildada incansablemente de “fascista”. El propio Azaña expresa en sus diarios todo el desdén que le inspiraba el conciliador Samper.

Y no había terminado la huelga cuando se abría un nuevo frente, esta vez a cargo de la Generalidad, dominada por los nacionalistas catalanes de izquierda. Éstos, agrupados principalmente en la Esquerra, habían acogido la victoria electoral de las derechas en noviembre del año anterior declarándose “en pie de guerra”, “arma al brazo”, etc. En vano la derecha nacionalista, la Lliga, les había exhortado a no reproducir, con tales actitudes, la historia española del siglo XIX. Pues bien, en ausencia de la Lliga, que se había retirado del Parlament en protesta por las arbitrariedades y violencias de la Esquerra, fue aprobada una ley de contratos de cultivo, en principio moderada, pero que la Lliga encontró inadmisible y contraria a las competencias del estatuto autonómico. Entonces la Lliga demandó al gobierno que recurriese la ley ante el Tribunal de Garantías Constitucionales.

El gobierno, de mala gana, aceptó la petición, y el tribunal sentenció la inconstitucionalidad de la ley. Samper no deseaba conflictos por ese lado, e inmediatamente propuso a Companys unos mínimos y ligeros cambios formales en la ley, y su rápida promulgación para no dar lugar a nuevos recursos. Llevaba las negociaciones con el gobierno el prestigioso abogado Amadeu Hurtado, catalanista moderado, que dice en sus memorias: “El amigo Companys no quiso admitir una sola enmienda”. Al contrario. El president declaraba el 11 de junio, en un mitin: “El fallo (del tribunal) es la culminación de una ofensiva contra Cataluña (…) Obliga a recordar a todos los que no han perdido el recuerdo de que son hijos de esta tierra generosa y altiva a defender su prestigio con la sangre de sus venas. (…) Hemos de fortalecer nuestro espíritu y decirnos cada día, de cara a nuestro deber presente, que puede convertirse en histórico: Yo soy catalán, soy un buen catalán. Y tal vez yo os diga a todos: hermanos, seguidme. Y toda Cataluña se levantará”. Eran palabras de guerra civil, y toda la Esquerra agitaba con verdadera histeria por el honor de… “Cataluña”.

Hurtado señala: “Supe que a la sombra de aquella situación confusa, la ley de Contratos de Cultivo era un simple pretexto para alzar un movimiento insurreccional contra la República, porque desde las elecciones de noviembre anterior no la gobernaba la derecha”. Y, efectivamente, Companys y los suyos diseñaron una doble maniobra: elevar al máximo la temperatura desde el Parlamento regional, y abandonar las Cortes.

En el Parlament dijo Companys: “Me han llenado de estupor unas declaraciones del señor Samper lanzando la sugerencia de que tal vez, si se modificaban algunos aspectos, (de la ley) podría haber un plano de avenencia que, en este problema, la sola palabra nos cubre de vergüenza”. La ley tendría que mantenerse con puntos y comas. Y añadió: “No somos hombres que nos dejemos llevar por los nervios ni por las exaltaciones clamorosas momentáneas (…) Sabemos adoptar aquel tono ponderativo de táctica y equilibrio, de saber hacer (…) No somos unos insensatos”. Pero previno contra la repetición de ocasiones en que, a su juicio, los catalanes habían sido injuriado y no habían respondido con la violencia necesaria. Si los nacionalistas volviesen a claudicar ahora, “¡Oh, amigos!, si eso sucediese y yo tuviese la desgracia de quedar con vida, me envolvería en mi desprecio y me retiraría a mi casa para ocultar mi vergüenza como hombres y el dolor por haber perdido la fe en los destinos de la Patria”.

Después del final de la aventura, Companys diría al fiscal que le interrogaba que su discurso había sido “muy moderado”. El fiscal comentó: “Primero, ¿qué concepto tendrá el señor Companys de la falta de moderación? Segundo, si el fascismo, según nos dijo ayer, se caracteriza por discursos heroicos, por amenazas de violencia, ¿quién no diría que el señor Companys, cuando pronunciaba este discurso, era fascista? Tercero, con razón se dice que los hombres estamos más dispuestos a matar o a hacer matar que a morir por nuestros ideales”.

Pero eso llegaría meses después. De momento, Companys unió la acción a la palabra, nombrando a Dencàs, separatista radical y violento, conseller de Gobernación. Dencàs explicará más tarde: “Intentábamos organizar unas juventudes  armadas, precisamente para traducir en hechos prácticos los clamores de heroísmo y de actitudes rebeldes (…) para implantar y hacer factible aquella revolución que todos los dirigentes en los actos y mítines predicaban a nuestro pueblo. ¿Cuáles eran las directrices que se me dieron cuando ocupé la Consejería de Gobernación? Se me dieron órdenes muy concretas. (…) Era necesario preparar nuestra casa para la resistencia armada”.

Al mismo tiempo la Esquerra  se retiró de las Cortes invocando “el prestigio de la República, el respeto y eficiencia de la Constitución y los derechos de Cataluña”. Estaba, precisamente, hundiendo la legalidad republicana al no respetar el fallo de un tribunal equivalente al Constitucional de hoy. En vano la Lliga había protestado de que tal actitud privaba a la Generalidad de todo derecho si en alguna ocasión el gobierno invadía sus competencias.

En las Cortes, un implorante Samper se dirigía a los vacío escaños de la Esquerra: “¿La esencia fundamental de la República no es el respeto profundo a las leyes?” Recordó que al plantearse el recurso de la Lliga , la Esquerra no había alzado la voz, y que un recurso legal no podía considerarlo nadie un agravio. “¿Por qué se retiran? ¿Se han acercado alguna vez al Gobierno en que hayan sido objeto de desatenciones? ¿Es que se puede llegar al rompimiento sin que haya precedido una gestión para el arreglo? ¿Han formulado sus quejas y sus cuitas?”

Pero la cosa no había acabado. Entonces se levantaron a su vez los diputados del PNV y se fueron también. Aguirre dijo “En nuestro pueblo hemos recibido quejas ardientes de Cataluña. Viendo que acuden a nosotros demandando solidaridad, no podemos negársela. No vale que el Gobierno diga que cumple estrictamente la Constitución, porque en la vida de los pueblos y en las relaciones ciudadanas, incluso al margen de la ley, existe algo superior, y es que de corazón a corazón se arreglan muchas veces más conflictos que con la aplicación estricta de las leyes”.

Esta doctrina que sustituía la aplicación de la ley por el compadreo no era menos sorprendente que la pretensión de que la Esquerra y Cataluña eran la misma cosa, o que la propia solidaridad de un partido tan derechista y católico como el PNV con un partido tan jacobino y anticlerical como la Esquerra. Solidaridad, por otra parte, en el ataque a la legalidad, como reconocía implícitamente Aguirre.

Por primera vez se producía esta unidad de acción entre el PNV y una extrema izquierda que estaba preparando una revolución. Alianza que, asombrosamente, muchos historiadores han presentado como prueba de la “democratización” y “modernización” del PNV, empezando por los autores del libro El péndulo patriótico,obra fuertemente contaminada de propaganda peneuvista.

No sólo se solidarizó el PNV con una Esquerra lanzada por caminos de insurrección. También lo hicieron los socialistas, encabezados en ello por Prieto, y los republicanos de Azaña.

Dos bases interpretativas de la guerra civil

Hay dos aproximaciones básicas a la guerra civil. Una de ellas insiste en la cuestión de la democracia: las izquierdas impusieron una legalidad sectaria, y luego se sublevaron contra ella en octubre de 1934, después de que el pueblo diera la victoria a la derecha en las elecciones del año anterior.

Ello hizo imposible la convivencia, sobre todo porque en 1936 ganaron en diputados —aunque no en votos— los mismos que se habían sublevado contra un gobierno democrático en 1934 o habían apoyado políticamente la sublevación. Todos los cuales volvieron a vulnerar la ley masivamente haciendo planear de nuevo una creciente amenaza revolucionaria sobre el país. En estas circunstancias, la derecha se vio obligada a rebelarse a su vez, casi a la desesperada. La convivencia se había hundido debido a las actitudes antidemocráticas de la izquierda, y la causa de la guerra civil no se encontraría en un peligro fascista, sino en el revolucionario.

La otra aproximación deja la democracia en un plano derivado o secundario, e incide ante todo en la cuestión “social” y económica: la crisis económica o la “injusticia social” como causa de la inestabilidad y la violencia laboral, el problema agrario, el “odio del pueblo” al ejército y al clero, el hambre etc. Este modo de pensar está muy extendido en la izquierda, y participa de él muy ampliamente la derecha. Entonces, los principales responsables de las lacras económicas y sociales del país eran las derechas, cuya resistencia feroz a las reformas propuestas por la izquierda para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores habría terminado cuajando en el levantamiento de julio de 1936. Habría, pues, en la guerra civil, un conflicto fundamental “de intereses de clase”, y la democracia, en definitiva, sería una cuestión “formal”, no muy relevante, cuyo contenido práctico estaba en dichos intereses. Unos partidos representarían los intereses de los obreros, o del pueblo, o de Cataluña o Euzkadi, etc.; y otros, los de la oligarquía reaccionaria, la pequeña o la media “burguesía”. Enfoque básicamente marxista, y mantenido, curiosamente, no sólo por las izquierdas, como he indicado. Ya casi nadie dice, claro está, que la democracia es un simple encubrimiento jurídico de la explotación capitalista, pero en cambio se sostienen las premisas que llevan a esa conclusión. De ahí parte toda la interpretación de los Tuñón de Lara, Preston, Jackson, Juliá y tantos otros, muy aceptada en amplios círculos académicos derechistas, horrorizados de pasar por “reaccionarios”.

La interpretación “socioeconómica” es, desde luego, radicalmente antidemocrática. Pero eso no sería un defecto si no fuese, además, radicalmente falsa. No existen partidos “de la oligarquía”, como tampoco “de la clase obrera” o “del pueblo”. Baste observar que había no menos de cuatro grupos que reclamaban la exclusiva de la representación del proletariado (el PSOE, la CNT, el PCE y el POUM, quizá alguno más), y que entre ellos, como es sabido, se persiguieron y asesinaron con la mayor brutalidad. O que al partido de la “oligarquía reaccionaria”, la CEDA, le votó una parte del pueblo mayor que a ningún otro partido, tanto en 1933 como en 1936. No es ahora cuestión de desarrollar estos temas, baste señalar que la historiografía cultivada mayoritariamente en los últimos treinta y tantos años en España y otros países está contaminada por ese enfoque, y no saldrá del atasco mientras no lo supere críticamente.

Un planteamiento más racional sería el siguiente: ante los problemas económicos y sociales característicos de una situación histórica, los partidos y los políticos ofrecen tales o cuales soluciones, cuya validez se revela por sus resultados, y no por metafísicas representatividades “de clase”. Conviene insistir en ello, porque el prejuicio de raíz marxista se sigue manteniendo con extraordinaria fuerza, incluso entre personas que se proclaman antimarxistas, y por supuesto no sólo en relación con la guerra civil. Es un prejuicio que lleva directamente a la destrucción de la democracia, porque la legitimidad de los partidos no estaría en las urnas o en la opinión pública, o en el mantenimiento de las libertades, sino en esas supuestas representatividades “de clase”.

Otro defecto grave de esa interpretación, en el plano académico, es que destruye el sentido crítico y el respeto a los hechos, los cuales se hacen entrar con calzador en el esquema. Por ejemplo, cualquier observador mínimamente objetivo percibe que las propuestas y soluciones aportadas por las izquierdas durante la república invocaban constantemente el interés de los trabajadores, pero no trajeron casi ningún beneficio a éstos. El paro y el hambre aumentaron con rapidez, y se paralizó la iniciativa privada, empeorando, en vez de mitigarse, los efectos de la depresión económica mundial. También es fácil observar el continuo ataque de las izquierdas a las libertades, pese a llenarse la boca de “democracia”. Azaña llegó a la política con la convicción de que sólo los republicanos de izquierda tenían “títulos” para gobernar, por lo cual intentó dos golpes de estado al perder las elecciones en 1933, y cuando volvió al gobierno, en 1936, anunció triunfalmente que el poder no saldría ya más de manos de los suyos. Pues bien, Azaña era uno de los políticos más moderados de las izquierdas, lo cual permite imaginar a los otros, y entender por qué la derecha hubo de sublevarse para no sucumbir (Hoy, conocido el resultado de la contienda, parecía predestinado el triunfo de los sublevados, pero no fue así: estuvieron muy cerca de ser completamente aplastados en las primeras semanas, y sin duda lo habrían sido si Franco no hubiera establecido el puente aéreo sobre el estrecho de Gibraltar). Hechos como éstos desmienten tanto la “representatividad popular” de aquellos partidos como el esquema “de clase”.

Las derechas se habían dejado arrebatar, desde 1930, la bandera de la democracia liberal, y en 1936 habían llegado a la conclusión de que la misma no podía funcionar en España. De ahí la prolongada dictadura posterior. Pero quien había saboteado violentamente la democracia y las libertades desde el comienzo mismo de la república habían sido las izquierdas, y las derechas habían defendido la legalidad republicana en octubre de 1934 frente a una intentona revolucionaria y separatista. El fracaso de las libertades no provino del “carácter del pueblo español”, como muchos concluyeron precipitadamente, sino del carácter mesiánico y totalitario de unas ideologías izquierdistas encubiertas con mucha fraseología de libertad.

Fue, pues, la actitud de los partidos ante los problemas de la época, y no los problemas “sociales” mismos, lo que causó el derrumbe hacia la guerra civil. Cuando esto no se tiene lo bastante en cuenta, la historiografía se convierte en un venero de errores, conscientes o inconscientes.

P: Es conocido que Azaña terminó muy escaldado por la actitud de Esquerra durante la Guerra Civil. ¿Cuál fue la relación del PSOE o los PSOEs de la época con el partido de Companys?

R: En 1934, colaboraron con la Esquerra para derrocar al gobierno legítimo de la República. A partir de 1936, el PSOE pudo hacer poco en Cataluña porque había sido absorbido por el PCE en un partido nuevo denominado PSUC.

P: 1) A su juicio, ¿R. Salas Larrazábal miente con relación a las victimas de la guerra civil? 2) ¿Ha tenido alguna consecuencia el denunciar tan claramente a Carrillo en su libro Las Checas (por cierto muy bueno)?

R: 1. No, creo que el cálculo es bastante cercano a la realidad aunque exija pequeños ajustes (menores de los que yo he pensado en alguna época). 2. No. Aún más. Después de publicarse Checas de Madrid he tenido acceso a más documentación soviética donde se le relaciona con los fusilamientos.

Carrilo = jefe del partido comunista.

audio http://www.ivoox.com/3656742

Origen: España – 9º 1934 verano inicio guerra civil

3 comentarios en “España – verano de 1934, inicios de la guerra civil –  Pio Moa

  1. Mire, es fácil:
    1 Establezca las acciones concretas tanto de la Revolución Rusa como de la Revolución Soviética.

    2 Compare por separado estos hechos con los que socialistas comunistas y anarquistas hicieron para hacer su revolución.

    La Revolución Soviética fue el “triunfo de de la revolución proletaria” que tuvo un éxito inmenso en todo occidente (era la modernidad: arreglar un problema político y social con un “nuevo humanismo”).

    Esta fama no solo estuvo con los obreros, sino con las clases medias (de ahí tantos comunistas por ejemplo entre los estudiantes de Oxford y Cambridge). Era crear el hombre nuevo sobre el mito del trabajo y del trabajador. (nadie quiso ver los horrores de Lenin y Stalin)

    No es extraño pues que lo que entonces se conocía sobre la Revolución Soviética haya sido estudiado por todos los revolucionarios con el objetivo de replicarlo. Excepto por los comunistas, que recibían información de primera mano de quienes efectivamente la habían hecho.

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  2. Pingback: España – verano de 1934, inicios de la guerra civil –  Pio Moa — Verdades que ofenden.. – Memorias y Palabras

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