La eliminación de Lerroux y expulsión de Gil-Robles del Gobierno precipita a España a la guerra civil – Pio Moa

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro “Los orígenes de la guerra civil”, tomo II: “El derrumbe de la República y del Frente Popular”, de Pío Moa. En esta ocasión abordamos la segunda parte del capítulo décimo cuarto

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La labor del gobierno prosiguió en noviembre en un clima de recelos, en el que Chapaprieta creía que Gil-Robles boicoteaba sus planes, y éste, a su vez, que aquel maniobraba en connivencia con don Niceto. Se sumaba a ello la furia de los radicales contra ambos, ante los prolegómenos de un nuevo escándalo que redondeaba el del straperlo. Se trataba de la denuncia de un militar de extrema derecha, Nombela, sobre el intento de pagar una indemnización indebida a un industrial, Tayá, con negocios en la Guinea. La denuncia, dirigida contra los radicales, intentaba contaminar a la CEDA y arrastrarla en la caída. Parece que Nombela faltó a la verdad en varios extremos, sobre todo en relación con la CEDA, y fue destituido, pero el fondo de su denuncia era real, aunque la indemnización no llegara a pagarse. El día 9 de diciembre, siguiente de aquel en que se había tratado el nuevo escándalo en las Cortes, Chapaprieta dimitía, habiendo durado dos meses largos. Alega en sus memorias que Gil-Robles obstruía sus proyectos, con intención de provocar la crisis y sucederle a la cabeza del gobierno. Suena dura de creer, vista la renuencia presidencial, que el líder católico cayese en la ingenuidad de esperar tal cosa, y éste, desde luego, sostiene lo contrario: “Pretendí con todas mis fuerzas disuadirle (a Chapaprieta, de dimitir). Una crisis en aquellos momentos podría tener gravísimas consecuencias (…) Lo que se pretendía, por lo visto, era demostrar al presidente de la república la incapacidad de las Cortes para llevar a cabo ninguna obra legislativa, con lo cual se le forzaba a disolverlas” (1).

Pero cabe también que se hiciera ilusiones, pues por algún tiempo creyó, según Chapaprieta, haber sintonizado con don Niceto: “El señor Gil Robles se mostraba muy satisfecho por su relación con el presidente (…) Sus amigos lo pregonaban alborozados(…) Pero desgraciadamente la realidad en cuanto a la situación de ánimo del presidente era bien distinta de la que suponían el señor Gil Robles y su ministros”. Al parecer el cuarto militar del presidente pasaba a éste informaciones, nacidas de los celos y rencores profesionales, por las cuales “vivía el señor Alcalá-Zamora (…) en continuo sobresalto y llegué a creer que hasta temía por su seguridad personal”.”Una vez le aseguraban que se estaban realizando obras en el ministerio de la Guerra para convertirlo casi en una plaza fuerte. Otra, que se iba a dar mando a personas notoriamente desafectas al régimen, preparando así las cosas para provocar y consumar un golpe de fuerza” (2).

La dimisión de Chapaprieta creaba una sensación de crisis general del centro derecha. Para dar al fracaso un aire más simbólico, mientras en las Cortes y en la calle las extremas izquierdas y derechas se cebaban en el Partido Radical por el caso Nombela-Tayá, y procuraban, aunque en vano, implicar a la CEDA, el máximo dirigente de la insurrección de octubre, Largo Caballero, salía absuelto “por falta de pruebas”.

Siguieron movimientos por parte de don Niceto y de Gil-Robles, el primero para imponer un gobierno sin la CEDA, y el otro para impedirlo. Fracasadas las maniobras del presidente, éste convocó el día 11 al líder cedista. La mayoría de los comentaristas, y el mismo interesado, creían que por fin iba a encargarle formar gabinete. (3)

Pero ocurrió justamente lo contrario, previo un incidente grotesco: ese día la Guardia Civil vigilaba los accesos a Madrid, el edificio del ministerio de la Guerra, y los cuarteles y aeródromos. Gil-Robles, alarmado, acudió al palacio presidencial algo antes de la cita, y allí tropezó con el ministro de Gobernación en funciones, De Pablo Blanco, que salía de consultar con don Niceto. El cedista se dirigió al ministro con duras palabras, conminándole a retirar la vigilancia, y entró en el despacho presidencial con ánimo airado. Entonces se aclaró el asunto: Alcalá-Zamora no estaba dispuesto a encomendarle el gobierno y trataba de neutralizar con la Guardia Civil cualquier posible reacción. (4)

Negar el poder a la CEDA significaba disolverlas Cortes en breve plazo, y eso, en efecto, insinuó el presidente. Gil-Robles recuerda la escena: “Todo el porvenir trágico de España se presentó a mi vista. Con ardor, casi con angustia, supliqué al señor Alcalá-Zamora que no diera un paso semejante. El momento elegido para la disolución, le dije, no podía ser más inoportuno. Las Cortes se hallaban aun capacitadas para rematar una obra fecunda, tras de la cual podría llevarse a cabo sin riesgos la consulta electoral. En un breve plazo, a lo sumo dentro de algunos meses, sería posible sanear la Hacienda; votar los créditos necesarios para un plan de obras públicas que absorbería la casi totalidad del paro; liquidar los procesos del movimiento revolucionario de 1934, que eran temible bandera de agitación en manos de las izquierdas; aplicar la reforma agraria, con el reparto de los cien primeros millones de pesetas ya consignados; completar la reorganización del Ejército (…) para adoptar en seguida el acuerdo de la reforma de la Constitución que, según palabras del propio jefe del estado invitaba a la guerra civil. Impedir la realización de esa tarea, añadí con toda vehemencia, era tan peligroso como injusto”. Pero sus argumentos dejaban impasible a su interlocutor. “El presidente llevaba a España hacia el abismo”. Fuera de sí, le apostrofó: “Su decisión (…) arrojará, sin duda, a las derechas fuera del camino de la legalidad y del acatamiento al régimen. Con el fracaso de mi política, sólo podrán ya intentarse las soluciones violentas. Triunfen en las urnas las derechas o las izquierdas, no quedará otra salida, por desgracia, que la guerra civil. Su responsabilidad por la catástrofe que se avecina será inmensa. Sobre usted recaerá, además, el desprecio de todos. Será destituido por cualquiera de los bandos triunfantes. Por mi parte, no volveré a verle jamás aquí. Ha destruido usted una misión conciliadora” (A) (5)

Alcalá-Zamora se justifica en sus memorias arguyendo que Gil-Robles no se había proclamado inequívocamente republicano. Argumento flojo y, desde luego, ni democrático ni constitucional. La CEDA había probado con reiteración y en circunstancias arduas su moderación y respeto a las leyes, mientras que muchos republicanos habían vulnerado de modo abierto la legalidad: así Azaña, Prieto o Largo Caballero, según él sabía perfectamente. El análisis implícito en las frases de Gil-Robles tenía, por lo demás, harta consistencia. Si alguien tenía derecho a gobernar, de acuerdo con la legalidad parlamentaria, era la CEDA, y negarle el ejercicio de ese derecho después de tan paciente espera equivalía a hacer a la república incompatible con la derecha católica y, por lo tanto, con una gran masa de población del país. Ello suministraba la mejor munición a la extrema derecha, ansiosa de derrocar un régimen del que se sentían disociados desde la quema de conventos en mayo de 1931. Para estos grupos, la táctica “posibilista” de Gil-Robles no era más que una dañina pérdida de tiempo, al abrigo de la cual engrosaba el movimiento revolucionario. El capital político conseguido por el legalismo de la CEDA después de la revolución de octubre quedaba dilapidado en un instante por la decisión de don Niceto.

Ocurría esto, además, en momento muy desfavorable para la CEDA, cuando su alianza con los radicales yacía en ruinas, y apenas habían comenzado sus medidas económicas y sociales. Peor todavía: cuando el programa de Chapaprieta, verdadero plan de estabilización, se hallaba en su fase inicial de sacrificios —entre ellos un aumento del paro— mientras que los beneficios tardarían aun bastantes meses en percibirse.

Las memorias de Alcalá-Zamora no prestan la menor atención a estos factores. De manera típica, interpretan la indignación y la furia de Gil-Robles en términos puramente personalistas, como simple despecho y obcecación. Pero no exagera el frustrado cedista al acusarle de haber arruinado una misión conciliadora en el atormentado panorama de la época.

Gil Robles juzgó que el presidente “vulneraba la esencia misma del sistema constitucional, aunque respetara la forma”. Y se planteó: “¿Sería lícita una situación de fuerza para salvar al país?” Desesperado, habló con el general Fanjul sugiriéndole que el ejército tomara transitoriamente el poder y restableciera le legalidad constitucional, vulnerada a su juicio por el presidente. Fanjul decidió consultar con sus colegas. “La responsabilidad de una decisión que podía ser de vida o muerte para la patria pesó como una losa sobre mi espíritu en aquellas horas interminables, durante las cuales pasaron ante mis ojos, en trágico desfile, las más negras perspectivas”, recuerda el político. Por segunda vez propiciaba un golpe de estado. La anterior había sido con ocasión del indulto a Pérez Farràs, forzado por la intervención no constitucional de don Niceto. (7)

Simultáneamente con esta gestión, Calvo Sotelo comisionó a Ansaldo para que requiriese a Franco, Fanjul y Goded, a emplear la fuerza. Parece que también José Antonio presionó en el mismo sentido. Pero, como cuando el indulto a Pérez Farrás, los jefes militares se retrajeron, y también por consejo de Franco. Este no creía el momento lo bastante crítico ni al ejército lo bastante unido para una acción tan drástica. Por tercera vez impedía un golpe de estado contra la república. El primero había sido durante la revolución de octubre, cuando los monárquicos, según testimonio de Ansaldo, le propusieron aprovechar una coyuntura tan favorable. (8)

El presidente deseaba un gabinete centrista y probó a encomendar su formación a varios políticos; da la impresión de que actuaba bajo un intenso nerviosismo, pues incluso intentó la insólita maniobra de dar el encargo simultáneamente a Maura y a Portela. Cambó le apoyaba y trataba de calmar a Gil-Robles. Por fin, el día 13 recibió Portela la misión, cosa que muchos creían era la verdadera intención de don Niceto desde el principio.

Quizá las cosas habrían sido distintas para la CEDA si, cuando su victoria electoral en noviembre de 1933, Gil-Robles hubiera exigido la parte de poder que le correspondía legalmente. En cambio se había mantenido al margen del gobierno, con la intención de aplacar a las izquierdas, ya levantiscas. No logró aplacarlas, y su trayectoria posterior se resumirse así: sus ofrecimientos de concordia fueron recibidos con abierto desprecio, mientras el PSOE preparaba activamente la guerra civil, la Esquerra inflamaba a las masas en Cataluña y las izquierdas republicanas atizaban el fuego y urdían golpes de estado. Al entrar la CEDA en el gobierno, al cabo de un año y con timidez, las izquierdas se rebelaron. Sólo en mayo de 1935 pareció adoptar la CEDA una postura enérgica, pero Alcalá-Zamora se encargó de yugularla, en diciembre, concluyendo de este modo “el año de la CEDA”, sin haber tenido oportunidad de realizar más que en mínima parte su programa, y con la desairada pérdida del ministerio de la Guerra.

Tal como Azaña fue la figura más notable en las izquierdas republicanas, Gil-Robles lo fue en las derechas. Cabe advertir algunos paralelismos entre las gestiones de ambos: tuvieron poder durante unos dos años, y carecieron de tiempo para desarrollar o consolidar sus proyectos. Debieron sus fracasos más a las incoherencias y rivalidades en sus propios campos que a enemigos políticos abiertos. Fueron descabalgados del poder, no por elecciones, sino por Alcalá-Zamora. E intentaron golpes de estado, dos cada uno.

Hay otras semejanzas. Eran cultos y excelentes oradores, y concitaron odios feroces de sus enemigos. Ha sido muy comentado el rencor de la derecha contra Azaña, y menos el de la izquierda contra Gil-Robles, pero baste citar a Cambó: “Yo veía desde mi escaño las miradas de algunos socialistas cuando hablaba (…) Gil-Robles, en las cuales se veía claramente el deseo de asesinarlo”. (15) Expresión nada metafórica, pues estuvieron a punto de satisfacer ese deseo en julio de 1936. Los escritos de ambos reflejan honda preocupación, sin duda sincera, por el destino de España, así como una oscura angustia ante la guerra civil. Si bien Azaña pensó poco en ese peligro hasta que la guerra se reanudó de hecho.

Las disimilitudes cuentan más. Azaña tuvo un poder mucho mayor y más directo, durante casi dos años y medio, como ministro y como jefe del gabinete. Gil-Robles, en su primer año no pasó de presionar al ejecutivo desde fuera, y luego, aunque inspirase la política oficial, sólo llegó a ministro, y durante 7 meses, tiempo insuficiente para cualquier obra de gobierno. El poder de Azaña fue muy estable, mientras que el de centro-derecha padeció tales vaivenes que impidieron cualquier labor continuada: dos crisis totales y tres gobiernos en 1934; y cinco gobiernos en 1935 antes del de Portela.

Estas exasperantes oscilaciones se debieron a un acoso de la izquierda incomparablemente mayor que el que Azaña había soportado de la derecha. El primer año del bienio conservador transcurrió bajo una continua subversión culminada revolucionariamente en octubre, y el año siguiente se adensó el lúgubre ambiente de guerra larvada. Por contraste, en el bienio azañista el único ataque violento de la derecha, el de Sanjurjo, apenas había hallado eco en el campo conservador, y lejos de debilitar a Azaña, le había fortalecido y llenado de euforia a las izquierdas.

Otros factores de desequilibrio en el segundo bienio fueron la hostilidad de los monárquicos, llevada hasta unir fuerzas con las izquierdas en torno al straperlo; y sobre todo el intervencionismo de Alcalá-Zamora, que forzó dos crisis constitucionalmente muy peligrosas, e indirectamente otras más. Azaña había logrado casi siempre tener a raya al presidente, el cual, en cambio, se convirtió en una pesadilla para Lerroux y Gil-Robles, como éste lamenta: “Combatida (la CEDA) con verdadera saña por izquierdas y derechas, su mayor enemigo era, sin embargo, el presidente de la República”. O bien: “La lucha contra todos resultaba en extremo agotadora. Si continuaba en ella era tan sólo por el convencimiento, cada vez más firme, de que nuestro partido constituía el único valladar existente contra el riesgo de una guerra civil”. (9)

También difieren los conatos golpistas de ambos políticos. Azaña intentó un golpe frontal contra el veredicto de las urnas en noviembre de 1933, y luego planeó otro, hacia julio del año siguiente, aprovechando una situación límite creada por la subversión de la propia izquierda. En cambio los dos amagos de Gil-Robles se orientaron contra decisiones muy dudosamente constitucionales o democráticas de Alcalá-Zamora.

Los diarios de Azaña citan a Gil-Robles poco y con desprecio: “Este Gil Robles, de voz metálica, inalterable, un poco cargado de hombros, sin ideas ni talento, es la estampa del abogado cínico”. “No le he dado la mano, ni al entrar ni al salir. Este danzante (…) me cubre de injurias soeces por esas provincias”. Alguien le habla “como un Gil Robles cualquiera”. A su vez Gil-Robles, que en sus memorias expresa casi admiración por Prieto, habla con repulsa de Azaña: “hombre altivo y soberbio (…) desdeñaba a cuantos tenía a su alrededor (…) Diestro conversador y uno de los grandes prosistas de su tiempo, la política le repugnaba en lo que tiene de intercambio y comunicación directa de sentimientos e ideas. Reservado e introvertido (…) manifestaba un radical sectarismo (…) Acusada cobardía (…) Oratoria a la vez fascinante y demoledora, pero siempre fría y monótona”. En realidad, los dos se trataron muy poco o nada, fuera de las Cortes. (10)

NOTAS

(A): Gil Robles finaliza: “La última parte de nuestra conversación fue durísima, violenta (…) Hasta el despacho donde se encontraban los ayudantes de servicio, incluso hasta la sala donde esperaban las visitas, llegaba mi voz, vibrante de indignación” (6)

1. J. Chapaprieta, La paz…, p. 303. Gil-Robles, No fue…, p. 357
2. Chapaprieta, La paz…p. 318 y 320
3. Gil-Robles, No fue…, p. 352
4. Ibid., p. 352-3
5. Ibid., p. 354-5
6. Ibid., p. 346-6
7. Ibid., p. 358. J. A. Ansaldo, Para qué, Buenos Aires, Ekin, 1951, p. 92-3
8. Cambó, Memorias, p. 459
9. Gil-Robles, No fue… p. 313 y 158-9
10. M. Azaña, Memorias políticas y de guerra, I, Madrid, Afrodisio Aguado, 1976, p. 477. Diarios 1932-33. Los cuadernos robados, Barcelona, Crítica, 1997, p. 175, 180. Gil Robles, No fue…p. 451 y 171

Origen: Pío Moa – Capítulo XIV: Eliminación de Lerroux y expulsión de Gil-Robles del Gobierno (II) – Libertad Digital

Un comentario en “La eliminación de Lerroux y expulsión de Gil-Robles del Gobierno precipita a España a la guerra civil – Pio Moa

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