Mi Viaje a la Rusia sovietista 1934

Fernando de los Ríos Urruti (1879 – 1949), catedrático, político y escritor, realizó en 1920 un viaje a Rusia, cuya descripción plasmó en este libro, publicado en 1921 y dedicado por su autor en dicha fecha.

 

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Al Partido Socialista Español, con el más profundo respeto.

Índice

Índice. 2

Al Lector 4

Prólogo a la Segunda Edición. 6

Prólogo a la Tercera Edición. 10

  1. Rusia 1922-1934. 10
  2. La lucha en 1926-1927. 11
  3. El mito heroico. El Plan Quinquenal: Piatiletka, 1928-1932. 18
  4. 4. 24

Capítulo Primero – La Vida en Rusia. 26

El viaje. 26

Estonia. 28

La entrada en Rusia. 30

La vida en el tren. 31

La llegada al punto de destino. 34

La vida en el hotel. 36

La impresión exterior de la ciudad. 41

El Kremlin. 46

Los teatros. 48

El mitin. 52

El club. 55

El mercado clandestino: La Zugaretzka. 57

La vida de hogar 60

Capítulo Segundo – La Organización Política. 67

La doctrina guía. 67

Los ideólogos: Lenin. 69

Bujarin: su visión. 73

La Revolución y sus dos momentos. 77

La realización del ideario político de los comunistas. 81

El eclipse de los derechos del hombre. 83

El derecho del grupo y el derecho del pueblo. 87

Observaciones sobre los principios bolcheviques. 91

El nudo. 93

El insolidarismo total 97

Un triunfo de Bizancio. 101

Capítulo Tercero – Instituciones de Trabajo y Cultura. 104

El Comisariado del Trabajo: organismos dependientes de él; 104

Protección social 108

El seguro social 111

La remuneración del trabajo: los salarios. 114

Cartas y raciones. 118

Los Sindicatos. 131

Las instituciones de cultura. 136

Funcionamiento de los Centros de enseñanza. 140

El sentido pedagógico. 145

Los Museos. 146

Capítulo Cuarto – La Organización Administrativa y Económica. 148

El proletariado industrial 148

Primera fase económica de la Revolución: los Comités de Fábrica. Su apogeo y decadencia  150

La segunda fase económica de la Revolución: Marx frente a Proudhon. Dificultades para llegar al centralismo autoritario. 155

El Consejo Supremo de la Economía Nacional: órgano del autoritarismo económico y de su centralización. 159

El presupuesto de producción. 161

La cuestión agraria. 177

Tercera etapa económica de la Revolución: el minimalismo de los maximalistas  182

Conclusión. 186

La primacía de la igualdad. 186

Revolución social y maximalismo económico. 191

Apéndices. 199

Apéndice I – Decreto sobre Concesiones. 199

Apéndice II – Informe sobre la situación interior y exterior presentado por Lenin el 8 de Marzo de 1921, en nombre del Comite Central del Partido Comunista al X Congreso del Partido Comunista Ruso. 201

Paso de la guerra a la paz 201

Las dificultades de la desmovilización. 202

Errores de cálculo. 203

La discusión del papel sobre los Sindicatos. 206

La revolución mundial 208

Las relaciones con el extranjero. 209

Los desórdenes de Cronstadt 211

Mejoremos nuestras relaciones con los campesinos. 212

El impuesto sobre mercancías. 214

La lucha contra el burocratismo. 216

Apéndice III – Discurso de Lenin del 17 de Octubre (1921) pronunciado en Moscú durante el Congreso del Comité de Educación Política. 218

Nuestros errores. 219

La lucha entre el capitalismo y el poder proletario. 220

El enemigo estará entre nosotros. 222

Desarrollemos la iniciativa y la responsabilidad individuales. 225

El interés personal 225

Es preciso salvar la República. 226

Cómo vencer al capitalismo mundial 227

Sepamos aplicar nuestras leyes. 228

Conclusión. 229

ANEXOS. 231

Anexo I 232

Anexo II 235

Mi viaje a la Rusia Sovietista

Al Lector

No obstante correr los meses y ser ya seis muy cumplidos los que hace salió el autor de este trabajo de tierra rusa, no ha tenido, a partir de aquellos días, otra preocupación que la de ver claro en el fondo de su pensamiento, conturbado por las impresiones allí recibidas y las interrogaciones que una realidad social, en ocasiones muy nueva, suscitaba en él.

Debería añadir, y con ello no hace sino una íntima confesión al lector, que jamás ha sentido la sensibilidad de su conciencia tan dolorida y atormentada como en esta ocasión, en que, inevitablemente, ha estado pugnando por llegar a tener una visión del sentido histórico de la Revolución Rusa, y cuando cree haberla logrado, el sentimiento de la responsabilidad intelectual que contrae al juzgar un hecho de esta magnitud renueva los sinsabores del ánimo en forma de dudas; mas, puesto que la voluntad del Partido Socialista Español le puso en contacto con la vida rusa en un momento de la Revolución, no retiene por más tiempo el publicar los hechos de que fue testigo, los datos que pudo recoger y las reflexiones que le han sugerido unos y otros.

Ni por un instante, al meditar sobre Rusia y pensar en redactar este trabajo, me he sentido hombre de partido, si bien he tenido de continuo la sensación aguda de mi ideal socialista: y es que siempre he considerado a los partidos como órganos de interpretación de los ideales, no como al ideal mismo, y necesitados, por tanto, de vivir en una perenne subordinación a éstos. El ideal es de suyo infinitamente rico, vario, complejo, y el riesgo de todo partido, como el de las Iglesias, reside en el anquilosamiento por dogmatismo. Un partido no debe ser sino una dirección ideal, y porque así lo piensa quien esto escribe y el norte de la suya fue una concepción humanista de la Historia, es por lo que, de razonamiento en razonamiento, llegó a la conclusión, por la vía de la Ética, de que el Socialismo era un imperativo moral que arrancaba de la entraña del problema del hombre. Así me he situado para juzgar el hecho ruso.

La ruta que he seguido en Rusia ha sido la de Reval-Petrogrado-Moscú. He visitado dos veces la aldea de Dimitrof, donde moraba la excelsa figura de Kropotkin. En su intimidad y la de su noble familia pasé largas horas y alguna velada que siempre recordaré. Invitado oficialmente a una excursión a los Urales, no pude aceptar. Sin testigos oficiales, he tenido ocasión de hablar con personas de las más diversas tendencias y ocupaciones: poetas, ingenieros, filósofos, pintores, médicos, abogados, empleados, obreros de diversas industrias, antiguos patronos, socialistas de diversas tendencias, sindicalistas, anarquistas y comunistas militantes.

He tenido comunicación asidua con algunos militantes extranjeros que llevaban años de estancia en Rusia, y alguno de ellos había permanecido más de dos, después de comenzada la Revolución, en Siberia, estudiando la vida de aquella vasta zona. Algún otro dedicóse a estudiar la situación de Ucrania y el Sur, especialmente en las aldeas.

Tal ha sido nuestro estado de espíritu desde que llegamos a Rusia, y más aún desde que la abandonamos; he ahí los sitios recorridos y los tipos de personas con quienes hemos mantenido relación durante nuestra estancia, la cual duró desde el 17 de octubre al 13 de diciembre. A todo lector discreto se le alcanzará que tampoco puede ocultársenos a nosotros el carácter forzosamente incompleto y defectuoso de nuestro trabajo. Por último, nos resta por decir que una revolución de tipo histórico no ha menester de que se encubran sus faltas para que triunfe lo que lleva en sus entrañas de fecundo y grande; otra actitud revelaría, a más de una visión pueril de la Historia, escasa fe en la verdad.

Granada, junio 1921

(NOTA. Falto de un traductor oficial ruso para poder conocer los folletos y datos que nos suministraban en las oficinas, hemos acudido privadamente a personas de competencia y escrupulosidad.)

Prólogo a la Segunda Edición

Hace ya meses que se agotó la primera edición de esta obra que de nuevo entregamos al público. No hemos creído que debía ser ampliada en la parte de texto, ya que en tal caso se desnaturalizaría su significación: ser el fruto de las observaciones y reflexiones sugeridas por un viaje. Queda limitada, pues, al examen de un período de la Revolución Rusia que ha significado el momento álgido del maximalismo político y económico.

Pero lo que no pudo hacerse en la primera edición por dificultades circunstanciales, la corrección de pruebas y el ajuste de los cuadros estadísticos, se ha hecho ahora. Esta edición consta además de un nuevo apéndice, cuya lectura recomienda el autor de la obra a cuantos sientan interés por el gran drama ruso: se trata del importantísimo discurso de Lenin pronunciado en Moscú el 17 de octubre de 1921 ante el Congreso del Comité de Educación política. Por aquellos mismos días aparecía nuestro libro, y las coincidencias entre las tesis de aquel discurso y las de este nuestro trabajo son fundamentales.

En ese discurso, que insertamos como apéndice III, Lenin reconoce el cambio brusco llevado a cabo por el Gobierno de los Soviets en la política económica; ¿a qué se ha debido? A que “nuestra política económica del primer período suponía que es posible pasar directamente del antiguo régimen económico ruso a la estatización de la producción y a la repartición sobre bases comunistas”. La Revolución Rusa, hemos dicho y escrito reiteradamente, sigue su proceso, se ensaya a sí misma, se rectifica, como es propio de toda experiencia social. Mas, a pesar de que los hechos lo atestiguan y Lenin lo pregona, hay fuerzas sociales a las que sólo las llamaradas le iluminan el camino de la vida; pero se lo iluminan cegándoles e impidiéndoles ver, por consiguiente, la continuidad y sinuosidad del desenvolvimiento del sendero. Para unos, la vida es orgánica y, en consecuencia, una dirección vital; para otros es una serie de actos discontinuos. Visto desde el mundo del pensamiento, para los primeros, aun los llamados dogmas, se disuelven en interrogaciones, en problemas; para los segundos, aun los más puros problemas sólo pueden asirlos si hacen de ellos dogmas.

Que los dogmáticos lean y relean el segundo y tercer apéndice y los mediten y comparen; que todos fijen su atención en el final, en la “Conclusión” de Lenin, en aquellas palabras, verdadero canto de cisne “es indispensable elevar el nivel de las masas; es preciso alcanzar un cierto grado de cultura; sin esto no puede hacerse nada. Los problemas de cultura no pueden ser resueltos tan prontamente como los de orden político y militar”…, y Lenin ve hoy que la reserva última, el baluarte de la Revolución, está ¡en la conciencia! No en la eficacia de la imposición, sino en la adhesión de las conciencias, que es flor de la intimidad del espíritu, quieren buscar la salvación de la República sovietista.

Pero la voz rusa, la voz de Bizancio, perdura, y cuando Lenin habla de salvar la República considera también indispensable “hacer perecer a aquellos que querían aplastarlos”. Mas ¿cómo no acoger con una leve sonrisa esta manifestación de Lenin al ver la solicitud con que se prosigue la busca de capitalistas y las condiciones en que se les hacen las concesiones? ¿Es que al retroceder económicamente la Revolución, pero consolidarse la dictadura del partido, confían en un nuevo golpe de Estado, en un mañana próximo, acto que al hallar a Rusia en mejores condiciones económicas y culturales conseguiría lo que ahora no ha logrado? Resurge de nuevo la tesis blanquista aplicada a lo económico: la Revolución social como un acto y no como un proceso. Es tanto como afirmar que las causas que han imposibilitado al maximalismo alcanzar sus objetivos son contingentes y no necesarias.

La gran obra del admirable pensador alemán Spengler, El ocaso de los pueblos de Occidente (Der Untergang des Abendlandes Zw. B. 1922), cuyo segundo volumen apareció el pasado verano, nos ha reafirmado en la idea del carácter religioso inmanente en el movimiento ruso. Tal vez lo que impide ver de un modo inequívoco este su carácter es la nube de literatura económico-marxista en que se ha envuelto; mas para los que creemos que esas manifestaciones, e incluso los actos del Gobierno revolucionario, hay que valorarlos poniéndolos en relación con la voz de hermandad que el epos ruso ha dejado oír en los hombres que de un modo preeminente simbolizan su lírica, Dostoievsky, Tolstoy, Andreief, Kropotkin, no puede aquello ser bastante a oscurecer esto.

Tanto menos puede conseguirla literatura bolchevique velar el sentido de la lírica rusa, cuanto que la primera no es literatura que pudiéramos llamar substantiva; esta derivada de principios y axiomas que ella no pone; es literatura en que se pretende aplicar a una realidad concreta los axiomas de Marx. Ahora bien: todo el socialismo es un brote de la escuela del Derecho natural, y si Marx pretende desasirse de esta filiación apelando al método naturalista y descriptivo, no por ello lo consigue. En tanto se limita Marx a describir, nos dice lo que es; pero en toda su obra hay, ya implícito, ya explícito, un juicio condenatorio y, por tanto, de “deber ser”, que culmina en el estudio de la plusvalía. Y esto ya no es naturalismo, en el sentido biológico, sino ius naturale con el mismo significado que el existente en la memorable frase de la Antígona de Sófocles. Y del primitivo manantial del Derecho natural parten dos corrientes: fundamentalmente religiosa una, y eticista y racionalista la otra. Son las dos mismas vías ideales que ha seguido la interpretación del cristianismo en el seno de la pluralidad de confesiones que ha originado, al intentar insertársele en la vida cotidiana para que señalara el sendero de ésta. Decía el Reverendo P. Campbel (el autor de The New Theology) en 1907, en la iglesia de San Pablo de Londres: la Religión no ha de consistir en llevar a los hombres de la tierra al cielo, sino en traer a Dios del cielo a la tierra. Pues bien: esta última versión, la versión del Antiguo Testamento, visión de los profetas, pervive en Marx (véase Fritz Geriich, Der Kommunismus als Lehre vom Tausendjahrigen Reich, Munich, 1920), quien lejos de mantenerse en una actitud fría de mera descripción, oscila siempre entre el tono de imprecación o el apologético.

* * *

Muchos lectores nos han escrito rogándonos que dijésemos cómo fuimos tratados personalmente en Rusia por el Gobierno. Sin duda se ha supuesto que al declarar oficialmente en la sesión de la Tercera Internacional celebrada el 2 de noviembre de 1920 nuestra disconformidad teórica y táctica con las 21 condiciones -redactadas con posterioridad a la celebración del Congreso socialista español que nos enviaba como delegado-, nos habríamos colocado en situación difícil durante nuestra estancia.

Pues bien: si es cierto que nuestras palabras determinaron una actitud de reserva y frialdad en algún personaje, Zinowief, y de desdén de otro, Radek, también lo es que esto no fue general y que unos y otros se mantuvieron no sólo dentro de la corrección más acabada, sino que oficialmente nos hicieron objeto de atenciones que nunca olvidaremos; así, por ejemplo, cuando el frío se hizo intenso recibimos la visita de un representante oficial que nos llevó a un almacén, donde se nos hizo entrega de un admirable gabán y gorro de pieles, que al partir de Rusia quisieron retuviésemos -a lo que no accedimos- como un obsequio que nos sirviera de recuerdo. Bujarin y Kobezky, con quienes mantuvimos una relación más constante, se mostraron en todo instante, a más de atentos, cordiales, singularmente el primero.

Por último, hay un hecho digno de hacerse constar. Sabedor de que en la frontera rusa habían sido objeto de registro en el equipaje, y aun en sus personas, por autoridades rusas, delegados de otros partidos, como el independiente alemán, dijimos al Secretario de la Tercera Internacional, Kobezky, que nuestros cuadernos de apuntes privados y los paquetes de notas que habíamos redactado en las reiteradas visitas que habíamos hecho a los Centros oficiales los poníamos a su disposición; Kobezky nos hizo conservar los cuadernos de bolsillo, y para que no tuviésemos molestia alguna en la frontera de Estonia nos recogió las demás notas y las entregó a la valija diplomática rusa, que nos las devolvió intactas en Reval; al pasar la frontera rusa no fuimos objeto del más insignificante examen.

* * *

Al evocar aquellos días dramáticos en que, sumidos en el dolor y esperanza que constituían y forman aún la atmósfera vital del alma rusa, sentíamos, como ellos, atribulado nuestro espíritu y agudizada el hambre de justicia; al rememorar la pasión con que unos y otros procurábamos desentrañar lo por venir, se hace de nuevo vivaz en nuestra conciencia esta idea que, a partir del primer día, nunca nos abandona al meditar sobre el movimiento ruso: el álveo de éste es la emoción religiosa. ¿Es, como cree Spengler, un tercer movimiento cristiano en la Historia?

Octubre 1922


Prólogo a la Tercera Edición

I. Rusia 1922-1934

Hace años que hubo de agotarse la segunda edición de esta obra, en la que, si bien exponemos la directa visión de una realidad modificada en parte, queda asimismo analizada la ideología subyacente en el Estado bolchevique, la concepción de sus fines y la estructura jurídico-política que ello implicaba. Nada ha cambiado, en efecto, a este respecto, ni creemos, hoy como ayer, que pueda cambiar, pues toda tesis totalitaria conlleva un cierto número de corolarios imposibles de eliminar.

Mas la trayectoria histórica del ensayo ruso requiere un estudio atento; esa experiencia de vastedad insólita plantea problemas complejos, así al cultivador de las ciencias políticas, sociales o económicas, cuanto al filósofo de la historia. Rusia intenta construir una Sociedad-estatal, más bien que un Estado-social, y para lograrlo construye un Estado-Leviatán, omnipotente en términos jurídicos, y se afana por cambiar las bases de la organización económica y de la repartición de productos. Al desarrollar este propósito zigzaguea, ensaya caminos y pasa estoicamente por encima de todo dolor posible; a veces, cuando parece inminente su caída, su fracaso, se yergue vigorosamente y emprende una vía nueva, con sacrificio de todos y con ímpetu heroico, inusitado; así ha acontecido en los años 1926-1927.

Dos etapas singularmente cabe señalar desde 1921: la de la Nep, que les condujo a la situación angustiosa de 1926-1927 por el avance del capitalismo y el retroceso socialista; y la iniciada con el Plan Quinquenal en 1928. El deseo de que el lector conozca en su intimidad ambos momentos me lleva a otorgar cierto espacio, primero a la polémica Trotsky-Stalin, lucha que tuvo como consecuencia la expulsión del organizador del ejército rojo; y segundo, al estudio del Plan Quinquenal, cuya enunciación de propósitos tanto impresionó a los científicos de todos los países. Considero indispensable, por último, añadir unas palabras a fin de explicar al lector cómo y por qué ha cambiado la situación de Rusia en la vida internacional.

II. La lucha en 1926-1927

Uno de los libros publicados por Trotsky a comienzos de 1926 pone de manifiesto lo que llamaríamos batiente de luz en la obra llevada a cabo económicamente por la Revolución rusa. La obra se titula ¿A dónde va Rusia?, y está llena de sentido de modernidad al apreciar con agudeza profunda los problemas de administración que hay en la base de toda eficaz ordenación de un plan económico. La Revolución rusa continúa desarrollando -sobre supuestos ideológicos distintos- la organización pública de la economía que todos los pueblos, y de un modo especial Alemania, se vieron precisados a montar durante la guerra mundial; mas la variación de los objetivos y la perseverancia en los métodos administrativos que Alemania iniciara, va llenando de hechos nuevos y problemas asimismo noveles el ámbito de la política rusa.

La socialización, en el sentido de estatización, llegó en Rusia (1925) a los siguientes resultados: el capital, base de la industria, estaba socializado en un 89 por 100; los transportes, en un 100 por 100; en el comercio, los medios del Estado y los de las cooperativas ascendían al 70 por 100 del capital total, y el comercio exterior, así como el sistema de crédito, estaban plenamente socializados. En la agricultura, si bien la tierra está nacionalizada -el título de dominio es del Estado-, y en tal sentido no hay, aparentemente, entorpecimiento para ordenar la propiedad del modo que se juzgue más justo; del capital que se emplea, en cambio, sólo había un 4 por 100 que correspondiera al Estado.

La importancia del factor agricultura, en la unidad de la economía social rusa, la subraya este hecho: que el 82 por 100 de la población rusa es campesina, y sólo el 18 por 100 urbana. Ante la conjunción de estos dos factores, situación de la economía agraria y estructura de la población rusa, se preguntaba Trotsky: ¿A dónde va Rusia? ¿Hacia el Capitalismo o hacia el Socialismo? La duda se justifica por un tercer dato de mayor importancia aún: según el informe oficial de Rikov, la diferenciación de las clases agrarias en el campo se manifestaba por los siguientes porcentajes en 1922, año en que se implanta la nueva economía política (la Nep), y en 1925, o sea tres años después:

1922                     l925

Superficie cultivada                                      6,9                        4,2

Tenedores de fundos hasta de 2 deciatinas   46                         13

Tenedores de fundos de 2 a 10                     45,9                      59,5

Tenedores de fundos de más de 10                 1,2                        3,3

Es decir, una concentración de la propiedad con perjuicio de los más pobres, que vuelven a caer en la angustiosa situación de proletarios campesinos.

¿Cómo impedir que la agricultura arrastre a la total economía rusa y a la organización soviética hacia derroteros absolutamente incompatibles con los fines que quiere realizar? Trotsky no se arroja arena a los ojos para evitarse ver las dificultades; creo que ese problema lo vio incluso antes que Lenin, con quien hubimos de tratar sobre este asunto en un día inolvidable. Trotsky advierte con toda acuidad la encrucijada en que se halla Rusia: ¿logrará la economía industrial uncir a ella la economía agraria, o será ésta la que arrastre tras sí a la primera? El dilema arranca de que en el seno de la economía rusa no ha habido más remedio que consentir vivan factores antagónicos, representando unos tendencias capitalistas, como el kulak, el campesino rico, o el comerciante, con su órgano el mercado; y otros la economía estatista socializada, que aspira y lucha por suplantar el mercado libre mediante órganos públicos obediente a un plan de socialización de la distribución. ¿Impondrá sus leyes el mercado libre, y se convertirá entonces, como acontece en el capitalismo, en el órgano legislativo de la vida económica, o logrará dominarlo la economía pública socializada?

Si la industria del Estado -era la tesis de Trotsky- se desarrolla más lentamente que la agricultura; si en ésta se separan cada vez más las capas sociales extremas, entonces ese proceso nos conduciría de nuevo al capitalismo; mas si la industria crece en poder y capacidad de rendimiento, si disminuye los costos de los productos y el poder no abandona la dirección política y económica de la aldea, entonces se puede impedir el proceso de diferenciación en ésta y será capaz la industria de crear la base técnica de un progresivo colectivismo agrario. ¿Cómo conseguir este enlace de la economía industrial y de la agrícola? El tema ruso, tan maravillosamente planteado por Trotsky, es una tema eterno; los estudios de Max Weber nos lo han mostrado en Roma, y ese problema fue la clave de las luchas políticas y sociales en la vida medieval europea, mas en Rusia se presenta con rasgos completamente nuevos, por un plexo de circunstancias históricas y por las específicas de la organización política de poder.

Insistimos en considerar del máximo interés para la organización del Estado ruso y del programa-respuesta de Trotsky lo que ya sostuvimos en 1920: la concepción administrativa de la economía. Comprendo, pues, a causa de ello, que lo primero que publicara sobre su viaje a Rusia el joven profesor norteamericano R. G. Tugwell fuera un estudio sobre Experimental Control in Russian Industry (Political Science Quaterly, 1928, número 2); es de ello de lo que va a depender el porvenir de Rusia: eficiencia económica y eficiencia administrativa; ninguna de ellas, por sí sola, es suficiente a impedir una desviación; se precisa el consorcio de ambas.

Pero Trotsky es optimista no por la cuantía del capital base socializado -el 62 por 100 del total de la nación-, sino por el ritmo de la producción, la cual se había detenido con el comunismo de guerra -etapa primera de la Revolución, que se extiende hasta el 1921-, y crece después de esta fecha hasta alcanzar el 75 por 100 en la agricultura -calculada la producción por los precios anteriores de la guerra-; es optimista Trotsky, porque la industria ha triplicado su producción desde 1921. Si la industria, pues, no sólo aumenta su producción, sino que disminuye sus costos gracias a la renovación del instrumental y estandarización y racionalización de métodos de trabajo, lo cual le permite competir con los productos de la economía mundial de la que es un anillo la economía rusa; si coordina las partes constitutivas de la industria, incluyendo los transportes; si su situación excepcional le permite utilizar los órganos bancarios como órganos exclusivamente orientados hacia la movilización del dinero metálico y el crédito para el sostenimiento del proceso de producción; si todo esto acontece y ello lo cree factible y probable Trotsky, entonces la dinámica de la economía rusa, considerada en su conjunto, dominará la situación histórica, no obstante sus internas contradicciones. Mas el libro de Trotsky estaba escrito a comienzos de 1926; ¿qué ha acontecido después para que llegue a tocar a rebato y considere agudizado el peligro? ¿Cuál es la situación social del trabajador para que en su nombre hable Trotsky con acento pesimista?

En efecto, ese mismo caudillo cambia su tono en 1927; así lo revela su otro libro La situación real de Rusia. ¿Qué ha acaecido? A los datos de Trotsky sería preciso oponer los de su rival Stalin, incluidos en el libro con que le replica: Los errores de Trotsky y la situación en la Unión Soviética. Pero será preferible, para que el lector se oriente mejor, destacar las afirmaciones del primero y el valor de la rectificación intentado por el segundo. El capitalismo, dice Trotsky, se desarrolla en el campo ruso y en la ciudad; las capas superiores de aquél y ésta se entrelazan subrepticia o abiertamente con el aparato burocrático del Estado, y logran, por los medios abundantes de que disponen, que se les favorezca en sus designios; de otra parte, el aparato burocrático comercial del Estado acentúa su pesantez y costo, en tanto el del capitalismo privado, más ágil, logra mediante su destreza suministrar al consumidor el 50 por 100 de los productos que necesita. Tal hecho comercial tiene, como consecuencia indeclinable, la de reportar beneficios cuantiosos que van a engrosar la acumulación del capital privado. ¿Dé qué procede esto? Obedece, según Trotsky, a la disparidad entre los precios agrícolas y los industriales; entre los precios al por mayor y al detalle; entre las distintas ramas de la economía rural en las diferentes regiones y épocas del año, y, por último, a la diferencia entre los precios nacionales y los mundiales, que estimulan el contrabando, ya que la diferencia es de un promedio de 250 por 100.

La industria capitalista privada, afirma el ex comisario del pueblo, aunque decrece de un modo relativo, aumenta en sentido absoluto: su producción es un quinto del total y abarca el 40 por 100 de las mercancías que desembocan en el mercado general; y, como no podía menos de acontecer, ese auge del capital privado industrial y comercial lleva consigo la explotación encubierta o manifiesta, bajo formas capitalistas, del obrero y el artesano. Más escuchemos a Stalin. Este afirma que la intensidad del desarrollo industrial de Rusia no tiene paridad con la de ningún otro pueblo, ya que la gran industria nacionalizada -o sea, según Stalin, el 77 por 100 de toda la industria nacional- ha aumentado su producción en 1925-26, sobre el año anterior, en el 42,4 por 100; el 18,2 en 1926-27, y se calculaba en el 15,8 el aumento para 1927-28. Frente a ella, América del Norte, en el espacio que media de 1890 a 1916, en ningún quinquenio rebasó la cifra máxima de un 8,2 por 100 de aumento en la producción. De otra parte, dado ese aumento en la productividad y los altos precios de las mercancías, la renta nacional ha subido en esos mismos años económicos un 29,9 por 100, un 11,4 y un 7,3, respectivamente; en tanto el aumento de los Estados Unidos suele ser de un 3 a un 4 por 100, y en Alemania e Inglaterra de un 1 a un 3.

Ahora bien: aceptando como bueno el porcentaje oficial ruso, para lo cual es preciso no sopesar los factores patológicos con que opera su economía, plantéasenos la cuestión capital en una ordenación socialista de la producción y el cambio, a saber: esa riqueza creciente, ese aumento insólito de la renta nacional, ¿en qué tanto sirve para elevar el bienestar de cuantos contribuyeron a formarla? ¿Se ha conseguido modificar la dirección del provecho, del rendimiento neto del capital? ¿Hasta qué punto es exacta la afirmación de Trotsky de que al obrero y al artesano se les explotaba? Stalin aporta unas cifras que no pueden menos de retener la atención de quien desee conocer la dirección del provecho obtenido por la industria rusa y, en general, por el aparato económico del Estado. Las inversiones de capital en las empresas del Estado, dice Stalin, aumentan rápidamente, pues si en 1924-25 fue de 1.231 millones de rublos oro, en 1926-27 lo fue de 2.638 y para 1927-28 se calculaba había de ascender a 3.456 millones de rublos oro el ahorro hecho por la economía del Estado e invertido en el perfeccionamiento del instrumental.

Mas ¿cómo repercutió a su vez esa capitalización en la economía individual del trabajador industrial? El cuadro que trazaba Trotsky de la situación de este era desolador, pues afirmaba que decrecía su participación real en la renta nacional, ya que el salario se mantenía casi inalterable y desde luego iba a la zaga del costo de la vida: albergue, alimentación, esparcimiento y medios de cultura se hacían difíciles de alcanzar aún para el trabajador. Stalin intenta atenuar el valor de las cifras de Trotsky; mas todo lo que logra es afirmar que el salario real de los obreros ha subido el 5,4 por 100 con relación a la época anterior a la guerra; ¡el 5,4 por 100, cuando hay pueblo capitalista -Estados Unidos- en que el poder adquisitivo del salario había subido en ese período en el 37,1 por 100! ¿Es que, al menos, tiene la compensación de la seguridad en el empleo, o ha aparecido el fenómeno del paro, fenómeno insito en el desarrollo de los ciclos económicos del capitalismo? La cifra de Trotsky, dos millones de parados, la reduce Stalin a 1.048.000; mas aun aceptada esta última, representa el 10 por 100 de la clase obrera; siendo así que el paro inglés, paro formidable que tanto y tan justamente preocupa a Inglaterra, alcanzaba al finalizar el año 1928 el 10,9 por 100 de la población obrera. Dos razones hacen pensar en la imposibilidad de disminuir el paro en Rusia: una, que la racionalización de la industria, iniciada allí en fuerte escala, entraña la desocupación de muchos trabajadores, a menos que, conjuntamente, la industrialización se desarrolle en términos que permitan reabsorber el excedente inicial de mano de obra; y el segundo motivo, que hace temer no desaparezcan los parados, proviene del éxodo de los campos.

Pero si la industria se fortalece en la medida anotada, ¿no podrá acontecer que su ensanchamiento consiga levantar el nivel general de vida del país y el particular de la clase obrera? Para que esto aconteciera era preciso que la economía agraria, de la que vive el 82 por 100 de la población rusa, elevase la capacidad adquisitiva de sus elementos y se desarrollara en el mismo sentido público que la economía industrial. Si no acaeciese lo primero, el crecimiento industrial veríase detenido por la falta de mercado; y sí lo segundo, entablaríase una lucha entre una economía industrial con dirección socialista y una economía agraria con tendencias capitalistas. La situación dramática de aquel país, situación que Trotsky subrayaba y Chajnovski confirmaba, precisamente radicaba en que no ocurría lo primero, mas sí lo segundo.

En las páginas de este libro escribimos, a la vista de la realidad de 1920: “La población aldeana (…) va a especular con la necesidad y a acumular valores, porque ya no se le recogerá sino una cuota parte de la producción y el resto quedará a beneficio de ella; ¿logrará convertirlo en valores de renta?… ¿Qué acontecerá con la tierra? Hoy, municipalizada la propiedad urbana, se hacen, sin embargo, transmisiones abundantes, especulando sobre un mañana incierto… La tierra no puede legalmente ser transmitida en herencia; pero ¿y de hecho?, ¿se capitalizará la tierra o se logrará conservarla como mero instrumento personal? Si se transforma en renta, entonces adviene inevitablemente movilizada y entra en el mundo de la concurrencia del comercio. Si esto aconteciera, la suerte seria muy análoga a la de la Revolución francesa”.

Más tarde Lenin decía a su partido: “las raíces del capitalismo residen en la pequeña economía. Mientras vivamos en un país pequeño-burgués, el capitalismo tiene en Rusia una base económica más sólida que el comunismo. Todos aquellos que observan atentamente la vida del campo, en comparación con la vida de la ciudad, saben que no hemos extirpado las raíces del capitalismo y que todavía no hemos arrancado los fundamentos a nuestro enemigo interior”, y aún añadía estas palabras llenas de tristes presagios, palabras que, como las anteriores, las transcribe Stalin (Los errores de Trotsky, etc., páginas 236-237): “Somos más débiles que el capitalismo no sólo en la escala mundial, sino también en el seno de nuestro país”,· esto es, añadirá Stalin, de aquí se deduce “la posibilidad de la restauración del capitalismo en nuestro país y también la posibilidad del triunfo del socialismo”. ¿De qué depende, para Stalin, el que esta última posibilidad se convierta en realidad? Para él, como para Lenin, todo depende de que realicen “un trabajo encarnizado por la electrificación del país” que pueda proporcionar “a la industria, a la agricultura y a los transportes la base técnica de la gran industria moderna”; pero “es imposible edificar el Socialismo en la industria moderna y dejar a la agricultura en la arbitrariedad de un desarrollo elemental”. Así estaba planteada la cuestión en 1921 y en 1927; empero ¿cabría provocar una fe civil, una emoción heroica, un mito que, movilizando las energías nacionales, operase la transformación?

Siempre aparece como problema primordial -que en un comienzo sólo vieron Trotsky y Lenin y ahora es patente a todos los directores-, el de la organización administrativa, esto es, el de los órganos de acción del Estado, ya que ellos, son los que establecen la conexión funcional entre los Órganos creadores de las normas jurídicas -como si dijésemos órganos de razón- y aquellos que representan lo vital, con toda la heterogeneidad de que es susceptible la vida civil,· por eso, sin una administración técnica eficaz fracasa todo Estado; pero una administración ni se improvisa ni se transforma por un acto del poder; diez años llevaba la Revolución rusa ejerciendo inusitada presión sobre ella y encomendando la dirección administrativa a sus hombres de confianza, y, no obstante, el aparato administrativo no respondía, así lo declaraban todos, a los designios de la revolución.

¿Qué acontecía en el mundo agrario el 1927 para que se ahondase cada vez más la distancia entre la ciudad y el campo? Trotsky, en su obra La situación real de Rusia nos da cifras sobre la proletarización creciente en la agricultura, el engrosamiento del grupo de los sin tierra y la concentración de la propiedad en mano de los kulak. Es decir, los dos fenómenos típicos del capitalismo se repetían en el seno de la Revolución rusa, a pesar de la dictadura y organización disciplinaria de la administración económica; Stalin no lo niega, y con posterioridad a las obras de uno y otro ha aparecido el estudio de Chajnovski, reproducido en un Bulletin del Bureau International du Travail, de Ginebra. Habíamos llegado a creer que el acento patético con que Trotsky describe la situación del campesino no tenía justificación real; sin embargo, había datos de carácter oficial sobre la estructura que iba adoptando la tierra, suficientes a despertar la sospecha de veracidad; así, en Ucrania, Cáucaso septentrional y Siberia el 50 por 100 de los propietarios más débiles corresponde el 15 por 100 de las tierras explotadas,· al 35 por 100, una porción también del 35 por 100, y el 50 por 100 de las restantes tierras a un 15 por 100 de grandes terratenientes. En cuanto a los productos véase un fenómeno tipo: en abril de 1926 el 58 por 100 de todo el grano superfluo se hallaba en manos del 6 por 100 de los propietarios campesinos. La distribución de la renta neta de la tierra no era mejor; así, sólo percibe el 18 por 100 de ella el grupo que forma el 34 por 100 de pequeños propietarios, en tanto el grupo más rico, un 7,5 por 100, percibe esa misma cuota-parte. Después de leer el trabajo oficial de Chajnovski no era posible la duda sobre la gravedad del momento, tanto en lo que concierne a los fenómenos anotados, cuanto en lo que atañe a la situación de los jornaleros.

III. El mito heroico. El Plan Quinquenal: Piatiletka, 1928-1932

Difícilmente se hallará en la historia política una etapa de mayor vigor mítico que la actual; movilizar las esperanzas, la fe constructiva de los pueblos, ha sido y es afán de todo gran estadista que quiera hacer de su país un sujeto juvenil en la obra de la Historia; mas para lograrlo se requiere, entre otras muchas circunstancias, una favorable predisposición psicológica en el ambiente histórico; la coexistencia hoy de individualidades fuertes con psicología de caudillos y ansias colectivas afanosas de embarcarse y ponerse al servicio de grandes hazañas nacionales, explica lo acontecido el año 1927: Rusia lanza su promesa y su orden: Piatiletka, Plan Quinquenal; Italia esculpe su programa y su mandato en la expresión “Estado corporativo”.

El “Plan Quinquenal” no fue una improvisación, sino el resultado de un estudio tenaz, llevado a cabo durante años por ingenieros, economistas, gestores de empresas, administrativos, etc. Fue el informe de G. S. Strumilin, presentado en la primavera de 1926 al primer Congreso del Gosplan sobre perspectivas quinquenales de la economía soviética, lo que sirvió como punto de partida para el Plan. Un año después, en 1927, se publica la obra Perspectivas del desenvolvimiento de la economía nacional de la Unión Soviética de 1926-27 a 1930-31, en la que con toda claridad aparece ya el ensayo del Plan Quinquenal. En efecto, al finalizar el año 1927, el partido comunista ruso, en su XV Congreso, hecho cargo de las posibilidades de previsión y dirección de la economía soviética y a la vista del trabajo antes citado, tomó la resolución histórica de adoptar el Plan Quinquenal de desenvolvimiento económico como programa inmediato, al servicio de cuya realización había de ser puesto así el poder proselitista del Partido cuanto la fuerza compulsiva del Estado.

Las directrices del Plan habían sido fijadas calculando industria por industria, el crecimiento de que eran susceptibles, habida cuenta de lo que existía y de lo que podría llegar a crearse en el plazo previsto. Según el Plan, si en el quinquenio anterior las inversiones habían sido de 26.500 millones de rublos, en el del Plan había de subir esa cifra a 64.600 millones. No sólo había de apoderarse el Estado de las industrias existentes, sino que, por la magnitud de las empresas industriales a crear y fundar, debería llegar a variar las bases de la economía rusa: no de predominio agrario, sino más bien industrial; no dependiente del exterior, sino autárquica, capaz de bastarse a sí misma; no importadora, sino exportadora, no de predominio privado en la economía, sino pública.

Se comprende la impresión profunda que hubo de causar en el mundo industrial un programa en que se preveía que, al final de los cinco años, el 35 por 100, al menos, de la producción habrían de proporcionarla las empresas nuevas; la economía socializada habría de pasar del 53 al 69 por 100, la privada bajaría del 47 al 31 por 100, y se anticipaba un crecimiento en la producción industrial -tomada globalmente- que haría subir el valor de la misma de 18.300 a 43.200 millones de rublos. En la agricultura se esperaba un aumento que permitiría elevar la cifra del valor de las mercancías negociables de 2,9 a 6,4 millones. La producción de energía eléctrica se planeaba elevando la producción existente en 1927 (5.000 millones de kilovatios-hora) a 22.000 millones. Se calculaba que, merced al instrumental, la productibilidad del trabajo individual se elevaría en la industria en un 110 por 100; los salarios reales, en un 66 por 100, y el descenso del costo de vida creíase que habría de alcanzar un 14 por 100. El presupuesto de seguros sociales anticipábase que crecería de 970 a 1.950 millones de rublos.

¿Cómo lograr empeños tales sino poniendo en máxima tensión las energías creadoras del país y logrando la adhesión entusiasta, férvida de la masa obrera? El nitchevo ruso, expresión del indiferentismo y del escepticismo, ¿sería suplantado por la credulidad y el ansia constructiva? ¿Lograrían producir en las almas rusas una subversión tan honda como se precisaba para lanzarlas a la adquisición de objetivos que exigía de ellas esfuerzos constantes y sacrificios profundos durante años? Esta tendencia perdurable del alma rusa a hallar satisfacción en el dolor, goce en la privación y amor por el sacrificio, ¿vería en este programa algo que satisficiese sus hondas apetencias?

Las cifras susceptibles de utilizar, a fin de esclarecer lo que con relación a las anteriores cuestiones puede ser, mediante ellas, aclarando, han sido sometidas reiteradas veces a análisis numerosos; como resultado de ellos podrían agruparse en torno a estos cuatro problemas los resultados del primer Plan: Equipo, Inversiones, Producción y Bienestar. El programa para equipar la economía no sólo fue cumplido, sino superado en más de un 6 por 100; las inversiones previstas fueron colmadas con un plus del 30 por 100; en la producción global hubo una insuficiencia leve respecto a las previsiones, ya que rozó el total de lo calculado, sin satisfacerlo; mas para lograr lo alcanzado hubo necesidad de una mano de obra tan superior a lo previsto (57 por 100 aproximadamente), que al modificar el cálculo del rendimiento del trabajo, cambió asimismo lo relativo a costos de producción. En conjunto, y habida cuenta de que los bolcheviques rebajaron en nueve meses los cinco años del Plan, lo cual es partida de tiempo que habría de computarse en su haber, éste, según los cálculos menos favorables, hubo de realizarse en un 80 por 100 de sus previsiones, si bien con muy vario resultado en las industrias, siendo las menos favorecidas la siderúrgica; y la de transportes, con lo cual toda la economía ha sufrido las acciones reflejas; pero el proceso de industrialización ha sido tan vigoroso, que el porcentaje del valor de la producción industrial -tomados los precios de 1926-27-, en la producción global de la economía nacional, sube de 54,5 por 100 el año 1929, segundo año del primer Plan, a 70,4 el 1932. Asistimos, pues, a un cambio de estructura en la economía rusa, modificación tan rápida como no se había conocido en la Historia de ningún otro pueblo. A su vez, la renta nacional a que se refieren los anteriores datos sube de 27.000 millones en 1929 a 50.000 a fines de 1933.

¿En qué medida ha sufrido la economía agraria la modificación ansiada y se ha logrado colectivizarla? Evidentemente, la estabilidad jurídica de una empresa agraria tiene infinita más fragilidad que una empresa industrial: las líneas jurídicas en la propiedad territorial, el mapa de las lindes, tiene fijeza enorme; mas ello es así si las lindes señalan la órbita de propiedades individuales; en cambio, carecen de esa misma estabilidad si el gestor de la empresa es un sujeto público y la tierra acotada no es un prado natural o un bosque, sino tierra de cultivo. Hay ejemplos de interés sumo a este respecto: tal el de Hungría, a que hacemos referencia en el texto de esta obra, y es que una empresa agraria colectivizada, si la lleva el Estado, la garantía de su subsistencia la da el sujeto estatal que la controla; y si no es así, y ha de dirigirla un grupo autónomo, exige una educación social y económica muy superior a la que se precisa para un empeño análogo en la fábrica, que de suyo es una unidad indivisa.

Rusia ha desarrollado una política de colectivización mediante dos tipos de empresa: la granja modelo del Estado (Sovjozes) y las explotaciones colectivas (Koljozes). Las primeras, llamadas por algunos economistas “fábricas de cereales”, han llegado a adquirir dimensiones desconocidas aun en los Estados Unidos; así la denominada “Gigante”, la más extensa, enclavada en el norte del Cáucaso, con 130.000 hectáreas de superficie, y dotada, cuando aún estaba la mitad por preparar para el cultivo, de 460 tractores. En la siembra absorbía el Sovjoz gigante un equipo de 2.300 hombres durante nueve días, utilizando para su faena las abundantes máquinas de la empresa, y en la siega creíase serían suficientes 64.000 hombres durante dos o tres semanas, con su parque de máquinas correspondiente para llevar a cabo la recolección. El tipo de empresa autónoma y colectivizada se ha extendido más que la granja estatal; ello se debe a un cambio de táctica en la política del Estado respecto del campesino. Así como la Nep sólo se ocupó de favorecer la producción y estimular los esfuerzos individuales, llegando por esta vía no más allá de donde había llegado Alemania y Dinamarca con sus cooperativas; en cambio, desde 1927, el Estado ruso, valiéndose en un comienzo del instrumental agrícola, e inmediatamente después de los servicios que es capaz de proporcionar un Estado de ideales ambiciosos, ha logrado extender su poder director y centralizador mediante tres formas colectivistas: la cooperativa para el cultivo en común, el artel y la empresa integralmente colectivizada o Koljozes. En la primera, lo común es sólo el suelo y el cultivo, mas no la producción, la cual se reparte en proporción de la tierra y servicios aportados; en la segunda, el artel, se extiende lo común a la propiedad en si de las aportaciones de tierra; pero combina los interese: de la comunidad con los del individuo, reservándose aquélla una parte de los producto: para acrecentar el patrimonio común y engrandecer la empresa, y deja a los individuos la casa, el huerto, la vaca, el ganado pequeño, etc., y una cantidad de dinero; en tanto la tercera, los Koljozes, en su forma plena de “Comunidad” colectivizada, proveen al individuo de cuanto ha menester: casa, escuelas, comedores, alimentación, bibliotecas, cines y teatros, sostenimiento de enfermos y viejos, dándole: no más que el dinero que estrictamente puedan necesitar para vestirse.

Esta forma última va decreciendo en beneficio del artel, el cual, según declaró Stalin en su informe de enero de 1934 al XVII Congreso del Partido Comunista, ha logrado conjugar con más modernidad y mayor flexibilidad lo colectivo y lo individual, No renuncian a difundir los Koljozes; mas estima Stalin que la colectivización de los intereses personales privados ha sido llevada a cabo en los Koljozes con un sentido igualitario petit­bourgeois, viejo estilo; ello es causa de que vayan siendo suplantados por el artel, donde se han colectivizado exclusivamente los medios de producción. La marcha hacia la Communa integral irá surgiendo -escribe Stalin- conforme vaya persuadiéndose el aldeano de “que es más provechoso para el recibir la carne y la leche de la granja que el tener su propia vaca y ganado menor; cuando se convenza de que le es más ventajoso comer en la cantina, tomar el pan en la panadería y recibir la ropa limpia del taller público de lavado y planchado, que ocuparse directamente de ello… ¿Cuándo acontecerá esto? No en plazo breve, ciertamente, mas llegará; pero sería criminal acelerar artificialmente el proceso de transformación del artel en Koljoz, pues con ello sólo se lograría embrollar la situación y facilitar la obra de nuestros enemigos”. (Stalin, URSS Bilan, l934. -Denoel et Steële, Paris, pág, 85.)

Ese lenguaje, en que aparece confiado el porvenir de la colectivización al convencimiento, expresa la realidad de un deseo y la convicción en la eficacia de un método; porque si el Estado provee de simientes, abonos, ganado, aperos, abre créditos a bajo interés, reduce impuestos y concede las explotaciones accesorias, como molinos y habitaciones de los antiguos dominios de la nobleza, a quienes constituyen empresas colectivas -que es lo que acontece-, es evidente que coloca en mejor situación a éstos que a quienes explotan individualmente sus tierras, y les hace difícil la competencia. De aquí el progreso evidente de la colectivización. Empero, decidido a dirigir la economía, aun la privatizada, el Gobierno ruso ha discurrido otra forma de lograrlo con mayor sutileza, y es la Kontraktatsia. Se trata con ella de establecer una relación entre la explotación agrícola individual y las industrias que absorben su producción; y así, el que cultiva la remolacha, el tabaco, el lino, el cáñamo o el algodón, contrata con los trusts azucareros, textil, etc., y lo mismo hacen los aldeanos que cultivan los cereales con el trust de los cereales. A virtud de estos contratos, los trusts proveen a los aldeanos de simientes seleccionadas, abonos, aperos, máquinas, les abren cuentas de créditos e incluso llegan a procurarles artículos de consumo; pero el aldeano, a su vez, obligase a producir la cantidad de primera materia para la industria que se fija y a vender la cosecha a los centros que se estipulan por los precios de antemano señalados. De esta suerte, la dirección de la producción agrícola va concentrándose en las manos del Gobierno.

Extensivamente, la superficie cultivada por las empresas más o menos colectivizadas ascendía en 1929 al 3,9 por 100 del total, y al finalizar el 1933 el porcentaje ascendía al 65 por 100. De la superficie dedicada a cereales absorbían los Sovjozes y Koljozes el 85 por 100; ha cambiado, pues, sin duda la estructura agraria; mas los propios gobernantes reconocen los difíciles problemas que tienen planteados: la desaparición creciente de la ganadería -sin la cual no hay agricultura próspera-, el bajo rendimiento medio por unidad de superficie, la rentabilidad de los Sovjozes; el desgaste terrible de la maquinaria por falta de preparación bastante en quienes la usan y de centros suficientes de reparación; la ordenación del tráfico de los productos, amén del problema crucial que ha de coordinar la ciudad y el campo: el envío a éstos de artículos fabricados de uso indispensable; sin ello, la tensión entre una y otro no ha de cesar. No olvidemos que, aun elevando, por ejemplo, la industria del calzado su producción de 23 a 80 millones de pares -que era el Plan-, como la población es de 168 millones, el déficit sigue siendo enorme.

¿Cuál ha sido el resultado del Plan en la vida material del obrero? ¿En que medida se ha beneficiado del aumento enorme de la renta nacional? La respuesta a esas cuestiones no es fácil si no diferenciamos el salario en sí de la ayuda y fortalecimiento que pueda recibir el asalariado a virtud de las cargas sociales que en relación con él se impone el Estado. Lo primero, la mejora del salario real, requeriría conocer el valor adquisitivo del rublo; mas esto no es posible desde 1930, a virtud de haber desaparecido ciertas estadísticas, y el dato del alza media de un 70 por 100 en el salario nominal no es bastante a autorizar una conclusión. Importa subrayar en la política del salario, antes de indicar algo sobre las cargas sociales, de un lado, la tendencia a equiparar las bases de remuneración en todas las ramas de la economía; y de otro, la actitud acentuada desde 1931 en cuanto al método de remuneración, o sea por pieza, por tarea.

Es en lo relativo a seguros sociales, asistencia social, viviendas, ayuda escolar, donde puede reflejarse tal vez más inequívocamente la elevación del bienestar. Los seguros sociales en los que se invertían en 1928 cerca de 1.000 millones de rublos, han absorbido en 1933 4.610, especialmente dedicados a la invalidez, la vejez y medicina preventiva; el presupuesto de Sanidad social ha subido de 400 a más de 2.000 millones de rublos, el número de niños que se benefician de las instituciones preescolares ha aumentado veinte veces, superando la cifra de seis millones los niños que acuden a estas instituciones; en la construcción de viviendas se ha invertido en los cuatro últimos años 3.800 millones, y, para no cansar al lector, señalaremos la difusión de los comedores sociales, en los que, si en 1929, el número de comidas servidas diariamente era de un millón, en 1933 pasaba de quince, siendo, por tanto, clientes de estos restaurantes el 70 por100 de los obreros.

Los problemas críticos que plantea el esfuerzo ruso son múltiples; mas el interés profundo despertado en los medios científicos revela de modo indubitable el unánime reconocimiento de la vastedad y heroísmo del sacrificio solicitado y la repercusión que en la política económica de los Estados va a llegar a tener la experiencia allí realizada. Cuando se valore con serenidad cómo se ha logrado lanzar la voluntad colectiva del pueblo ruso a la conquista de los objetivos que le han sido propuestos, será asimismo llegada la hora de revisar una vez más la propia metodología de la Historia, exaltada por el partido bolchevique. Cuando el segundo Plan Quinquenal, ahora en ejecución, dice a las masas: éste es el Plan del bienestar, pues vamos a centrar el esfuerzo en el acrecentamiento de artículos de consumo, lo que en verdad hace es agitar una promesa de bien, capaz de imantar las voluntades; ¡pocas veces se habrá puesto tan al desnudo el valor creador de los contenidos materiales de la voluntad colectiva!

IV

Pervive la primitiva estructura jurídica que hubo de darse el Estado ruso al renacer el 1917; subsiste, pues, la dictadura con su secuela dramática para la conciencia disidente y para la libertad científica; persiste, pues, la estructura política totalitaria del Estado; y, sin embargo, no obstante ser el mismo ese Estado, su posición internacional ha cambiado totalmente. Estamos ya muy alejados de los días en que Inglaterra hizo el reconocimiento de facto el 16 de marzo de 1921, y tras ella Alemania (6 mayo 1921) y Noruega (2 septiembre 1921); lo estamos, inclusive, de estas otras fechas fundamentales en la política internacional de los Soviets: el reconocimiento incondicional y de jure del Gobierno ruso en enero de 1923 por Alemania, mediante el tratado de Rapallo, punto de partida de la nueva política de Europa con Rusia; lo estamos del 1 de febrero de 1924, en que de jure la reconoce Inglaterra; el 7 de febrero de 1924 Italia, y el 28 de octubre del mismo año Francia. El año 1929 señala el triunfo del llamado protocolo de Moscú, en el que se articulan las bases del pacto de no agresión con Polonia, Letonia, Estonia y Rumania, Ese pacto, por lo que concierne a Polonia, fue objeto de una renovación total en 25 de julio de 1932.

Dos hechos ulteriores han venido a exaltar la significación internacional de Rusia: el reconocimiento de jure por los Estados Unidos, y su entrada en la Sociedad de Naciones el pasado septiembre. ¿A qué va Rusia a la Sociedad de Naciones? ¿Va en busca del apoyo colectivo que prometen los artículos 10, 11 y 16 del Pacto al agredido? ¿Va a la Sociedad de Naciones previendo la posible agresión del Japón, con quien los motivos de fricción difícilmente pueden desaparecer una vez instalados los japoneses en Manchuria y embarcados en una política de grandes alientos imperialistas? Al rehacerse la inteligencia franco-rusa en los expresivos términos que lo ha sido, y modificarse la actitud de Italia respecto de Alemania, por la conducta de ésta para con Austria, el valor político de Rusia se acrecienta; mas a cambio de lo que aporta a la seguridad de la Europa Occidental y Oriental, querrá a su vez tener garantida la no agresión en su flanco este. ¿Logrará su objetivo y contribuirá de este modo a impedir la guerra?

Este pueblo semieuropeo y semiasiático, tan singular en su geografía como en su economía y en sus rasgos psicológicos, de nuevo se convierte en un motivo de sugestión; su originalidad espiritual e histórica, así como el ensayo que hace, deben ser justificadamente motivos de reflexión y estudio; pero…cada pueblo tiene necesidad de seguir la ruta auténtica que le traza la biología de su espíritu, sus postulados históricos, su interna voz.

Madrid, diciembre, 1934

NOTA. Véase sobre el “Plan Quinquenal” los estudios de Arthur Freiler, The Russian Experiment (New York. 1930), y en The Annals Of the American Academy Of Political A. Social Science (julio 1934); Michael Farbman, Piatiletka (Berlín, 1931) Rusia U. S. S. R., edited by P. Malevsky-Malevith (New York, 1931); Gustave Mequet, Les leçons du Plan Quinquennal (París, Alcan, 1934), St. P. Duggan, Russia after eight Years (Harpers Magazine, November 1934) y los estudios oficiales de Grinko, El Plan Quinquenal de los Soviets, Madrid, 1930; El de Stalin, antes citado, publicado con carácter oficial en New York, sin fecha, From the First to the Second Five·Year Plan.


Capítulo Primero – La Vida en Rusia

El viaje.

El día 9 de octubre de 1920. a las ocho de la mañana de un día muy luminoso, salíamos de Berlín para Stettin, en donde tomamos inmediatamente un barco, el Prinzessin Sophie Charlotte, que zarpó para Reval aquella misma tarde. El pasaporte español estaba extendido para Alemania; en ésta, gracias a un documento del Ministerio de Negocios Extranjeros alemán, me ha sido fácil obtener el pase para Estonia; no así el de Rusia, para cuya consecución fueron necesarias dos semanas y la intervención de la Secretaría de la Tercera Internacional de Berlín.

El viaje por el Báltico ha sido de un encanto inmenso; el mar estaba sereno, como no es usual ni aun en nuestro Mediterráneo; no hay un punto blanco en el agua; el barco parece caminar vacilante por un verdadero sendero; una desviación pequeña podría hacerle entrar en la zona de minas que los beligerantes colocaron en los años de guerra y aun restan. El capitán, hombre abierto, nos enseña la carta marina; los puntos con que se señalan los pasos que es preciso evitar están sumamente próximos unos a otros. Los días han sido muy claros y las puestas de sol, singularmente una, alcanzaron belleza inmensa. Los pasajeros han subido a cubierta para presenciarla: nadie habla; sólo se oye el ruido leve y blando de las aguas que hiende el barco.

En el pasaje van dos representantes oficiales del Gobierno de los Soviets; el uno lleva la valija, y el otro ha tomado parte, como delegado de la Internacional de Moscú, en el Congreso de los Sindicatos y Consejos de Industria de los obreros alemanes, celebrado en Berlín los días 5, 6 y 7 del propio mes de octubre; los dos tienen un tipo marcadamente semita. Converso con ambos, uno y otro saben quien soy y adónde me dirijo; ellos me hablan del progreso de las instituciones actuales y de su creciente arraigo; en ambos se advierte una extraordinaria fuerza de convicción, y, especialmente en el representante de los Sindicatos, su desdén es absoluto para cuanto le rodea. Su gesto es agrio, su mirada penetrante, y si por su exterior no atrae, con su conversación, en cambio, muestra una gran capacidad de sugestión.

El representante de los Sindicatos hablóme largamente de la génesis de los partidos obreros en Rusia; del insignificante papel que, a su juicio, había desempeñado la doctrina de Bakunin; de la lucha entre los marxistas y los narodniki, que simboliza la lucha entre Rusia, Estado agrario y Rusia evolucionando hacia la estructura de la economía capitalista e industrial; del nacimiento del primer grupo ruso marxista en Ginebra 1883, con Plejanof y Axelrod, entre otros; de la decadencia de los terroristas, quienes alcanzaron su éxito mayor, y al propio tiempo el más ruidoso fracaso, con la muerte violenta de Alejandro II, porque jamás ha sido tan fuerte la reacción como inmediatamente después de ese atentado; de la aparición, en 1897, del libro de Lenin La Evolución del Capitalismo en Rusia, y de la crisis que la publicación de tal obra determinó; y, el fin, de otros problemas que sirvieron, como estos, para atraer nuestra atención hacia cuestiones de grande interés. No creo que un hombre como éste deje de  desempeñar un gran papel en la Revolución Rusa; al menos, yo no he conocido ni oído en Rusia ha muchos de su valía. Con anterioridad a la Revolución trabajaba como químico en Suiza.

Una señorita rusa, que pudo abandonar Petrogrado y se ha refugiado en Helsingfors, va con nosotros y come en la misma mesa. Se muestra indignada ante el libro de Goldsmith, Moskau, 1920. “Es inconcebible –dice- que puedan escribirse tales inexactitudes: muchachas vestidas de blanco, uniformadas, barriendo las estaciones, etc., etc.”; y la señorita delgada, alta, morena y no guapa, va animándose mas y más, y opone a las afirmaciones de Goldsmith la verdad vivida por ella; los aldeanos viniendo a las casas de los burgueses a venderles sus mercancías a cambio de ropa, muebles y joyas; la historia de su hermana, maestra, con 6.000 rublos de sueldo mensual, que es el precio de una libra de manteca y una ración alimenticia de media libra de pan y una sopa. Entre esta señorita y los representantes oficiales rusos jamás se cruzó ni una palabra ni un saludo; ellos no se ocupaban de su presencia; ella, cuando les nombraba, lo hacia con un desdén insuperable. A veces creí que, en parte, me alcanzaba en algo su desdén por dirigirme a Rusia; “vaya, vaya -me decía-, y verá el paraíso soviético”.

El doce, al mediodía, llegamos al espléndido puerto de Helsingfors, puerto sembrado de infinidad de pequeñas islas arboladas, con casas que, por el cuidado y esmero de su exterior, parecen delatar la abundancia. No se nos permite desembarcar. Al día siguiente, muy de mañana, atracamos en el puerto de Reval.

Estonia.

Nos hallamos en una de las ciudades bálticas de la vieja liga “La Hansa”; el sello que ésta imprimiera a Reval no ha sido borrado por la dominación rusa. He hablado con uno de los ministros sobre los problemas de este país y con un técnico de la Química. Los elementos fundamentales con que este pequeño Estado cuenta para la vida industrial son un salto de agua, en Narva, de 100.000 caballos, suficiente para la electrificación de la industria del país y aun para otros usos; grandes yacimientos de turba y de un mineral bituminoso. Los bosques ocupan el 20 por 100 de la superficie nacional. Las principales explotaciones industriales son las textiles, que se encuentran en Narva muy bien preparadas de utillaje, y las metalúrgicas, en Reval. El problema de la tierra ha sido acometido en este pueblo con más audacia que en ningún otro Estado capitalista; ante el peligro de contagio bolchevique se han apresurado a satisfacer el hambre de tierra de los campesinos, procediendo al reparto de los latifundios, expropiándoles, sin indemnización, la tierra, y pagándoles lo que representaba un trabajo incorporado o el inventario vivo. El proyecto aprobado es el de entregar a cada familia la tierra de labor que se calcula puede labrarse con una yunta, o sea 30 hectáreas -me dice el ministro, señor Sauer-, mas una cierta extensión de prado y bosque. Al propietario se le ha concedido el derecho de reservarse igual cantidad que la asignada a un colono, a condición de que se incorpore al trabajo directo y personal de la tierra.

El aspecto de la ciudad es pobre, mísero, sombrío. Las casas, de madera las más, parecen estar carcomidas, descascarilladas y llenas de verdín. La ciudad da sensación de lobreguez, y, sin duda, por la humedad enorme de su clima, sale del fondo de las casas, de los patios, de los comedores de los restaurantes, un olor acre a moho viscoso. Las calles están empedradas, y en los bordes, próximos a las aceras, crece abundante la hierba. La ciudad tiene un gran perímetro y un espléndido parque, con una residencia real del siglo XVIII, pobrísima, que contrasta con las de igual época en los pueblos occidentales.

Mujeres del pueblo y aldeanos van vestidos miserablemente; éstos, con gorras planas y cabellos largos que caen sobre las orejas y las protegen, van echados con negligencia sobre el heno o las hortalizas que llevan en el carro. Las mujeres, envueltas en toquillas de punto, se abrigan también con ellas la cabeza. En el Ministerio, donde estuve, las funciones de ordenanza las llenaban mujeres de aire aldeano, modestísimo, que entraban asimismo con un pañuelo bien ceñido a la cabeza y falda no muy larga, de abundante vuelo, cuando el ministro solicitaba algo. El tipo de unos y otras, más que ruso, es fines, y abundan, sobre todo, los rostros ovalados y los ojos mas bien pequeños y ligeramente oblicuos.

En el Hotel Petrogrado, de Reval, se halla la misión comercial rusa dirigida por Gukovski. Al presentar el volante que acreditaba nuestra personalidad y misión, se nos dijo que era necesario aguardar a que contestase por telégrafo Moscú, dando de nuevo la autorización y enviando a la frontera nuestro nombre para que no se nos opusiese obstáculo alguno. Las relaciones ferroviarias con Petrogrado y Moscú son bisemanales: martes y viernes. No obstante el criterio del Gobierno estoniano, tan contrario al comunismo, que ha llegado incluso a considerar ilegal la existencia de este partido, no pueden ser más cordiales las relaciones comerciales con Rusia. En aquellos días de octubre acababan de firmar un contrato con el Gobierno soviético sobre reparación de locomotoras en los talleres de Reval, cobrándose Estonia un tanto por ciento del material reparado, que era próximamente el 43.

Para el 16, por la noche, se nos designa la partida; hacemos las ultimas provisiones de cuanto nos recomiendan los amigos que han estado en Rusia; llevamos bastantes docenas de agujas, jabones, carretes de hilo, velas, café, chocolate, azúcar, leche condensada, té, y adquirimos en Reval dos bloques de manteca de seis kilos, regalo para Kropotkin; uno de ellos, de un camarada español.

Cenamos la noche de partida en el Hotel Petrogrado. En el comedor esta el personal de la misión rusa, y formando la mayor parte de ella muchachas jóvenes, inteligentes, afables, que fuman sin cesar. En la estación de Reval entramos directamente en el coche cama, hoy del Gobierno ruso, ayer de la Compañía Internacional de Wagon-lits, a la que le fue embargado. Previamente se nos ha designado un departamento, por el que no hemos pagado nada; las camas son amplias, y las sábanas, de hilo, limpias; en el vagón solo hay un tocador.

 

 

La entrada en Rusia.

Mediada la noche parte el tren; a la mañana siguiente, a las once y media, llegamos a Narva, última ciudad estoniana. Antes de entrar en Rusia sube al vagón un hombre joven, vestido con traje impermeable gris oscuro, cosa muy usual entre los comunistas significados; es representante del Gobierno ruso y pregunta por un señor austriaco; este señor, que va en el departamento contiguo al nuestro, es bajo, jorobado y parece dedicarse al comercio. Mantiene con él una conversación reservada el representante de los Soviets, quien se dirige después a mí para saber con que carácter viajo.

Pasan las horas en medio de un silencio absoluto; la estación es de madera y hay en ella un modesto buffet, donde adquirimos algo de comer, ya que nuestras provisiones, salvo la manteca, van en un baúl, y aun nos quedan dos días de viaje hasta Moscú, sin que haya lugar alguno en el trayecto donde pueda tomarse ni un pequeño refrigerio. A las tres horas de hallarnos detenidos parte el tren, compuesto exclusivamente del vagón en que nos hallamos nosotros. La locomotora lleva un depósito abundante de leña, y nuestro vagón, otro para alimentar la lumbre del depósito con que se le caldea, depósito que está en uno de los ángulos del coche. A poco entramos en la frontera rusa, y antes de llegar a la primera estación, Yamburg, hemos visto los guardias rojos. Suben en pelotones al vagón, miran, inquieren una y otra vez; nos presentan un cuestionario en ruso, que alguno de ellos traduce al alemán y en el que es preciso hacer constar la edad que se tiene; el sitio de procedencia; la profesión; los centros de enseñanza a los que se ha pertenecido; los países que se han visitado, y con qué fin; cuál es el que nos lleva a Rusia; si se han tenido propiedades en este país, y en que sitio; a qué partido político se pertenece, y cuanto tiempo hace que se es miembro de él; a qué personas se conoce en Rusia, etc., etc.

Los soldados eran rudos, pero no descorteses; uno de ellos, de cara ancha, muy rubio, de aire tosco, va señalándome en el cuestionario donde debo escribir mis respuestas; llevaba una sortija de oro con un granate. No están mal vestidos; el traje es de paño recio, gris claro; se muestran alegres. En la estación hay ocho o diez con instrumentos de música y un aire abigarrado y andrajoso.

Han hecho descender al jorobadito y recoger todo su equipaje; lleva una expresión triste y nos impresiona la escena; preguntamos al courrier diplomático, y nos dice que, si bien trae el permiso del representante comercial ruso en Reval, no está incluido en la autorización telegráfica enviada para este tren por el Gobierno de Moscú. Quedamos pues, nueve personas: una estoniana, dos españoles y seis rusos; éste es el personal que oficialmente entra ese día de Europa en Rusia por Occidente.

Nos hallamos en pleno paisaje ruso; bosques de abetos y hayas se divisan por todas partes; la planicie es interminable; aun cuando estamos a 18 de octubre, nieva copiosamente y todo esta blanco. Algunos vagones sirven de abrigo a los soldados. Arranca el tren, que camina lentamente a 20 ó 25 verstas[1] aproximadamente por hora. La línea del telégrafo, destrozada por uno de los lados, está intacta por el otro, y los postes son magníficos. La línea férrea, como secundaria que es, sólo tiene vía sencilla.

La vida en el tren.

Un hombre rubio con jersey de lana, o unas mujeres marchitas e insignificantes de exterior descuidado y que frisarían en los cuarenta, se han ocupado de mantener el samovar siempre alerta en el coche-cama. Es el samovar un centinela permanente que próvidamente trata de satisfacer un ansia continua de este pueblo, En el sur de España, en Andalucía, el agua fresca y cristalina es amada y se la bebe como realizando un rito; esto mismo acontece en Rusia con el té o con las infusiones que, a modo de substitutivos, se han generalizado. Se bebe en cantidades increíbles, sin azúcar las más veces -ahora por la dificultad de hallar el azúcar y por su carestía cuando se encuentra-, y, con el vaso por delante, el ruso habla y habla, horas y horas sin cansarse.

En el tren cada cual come de lo que lleva; al regreso traíamos abundante pan, caviar, manteca y latas de pescado en conserva que nos habían dado abundantemente en el hotel. De vez en cuando, al ir, visitábamos a algunos de nuestros compañeros de viaje. Hay una joven comunista, morena, de pelo lacio y cortado a la romana que viene de Suecia con otro joven ruso y tienen un mismo departamento. Hemos hablado con la joven, que conoce algo el francés, sobre la situación de su país; le apasiona la disciplina de su partido y habla con delectación de las exigencias de una obediencia incuestionada que les lleva a vivir para la idea sin pertenecerse. Yo no sé, me dice, lo que haré al llegar a Petrogrado, y aun cuando sería mi deseo seguir a Moscú y visitar los teatros, pudiera ser que me mandasen inmediatamente a hacer una guardia o a desempeñar una misión en Persia. Y como charlásemos de literatura y la conversación recayese sobre Tolstoy, dijo, con una cierta benevolencia no exenta de menosprecio ideal: “El momento actual no es de fraternidad ni de libertad, sino de lucha de clases; el momento no es de cristianismo sino de marxismo; los hombres son demasiado malos para que esas bellas ideas de libertad y fraternidad se puedan tomar en serio hasta que terminen las luchas de clases”. ¿Y cuando tendrán su fin?, le preguntamos. “En Rusia, contesta, estamos próximos, a mi juicio, a terminar; pero Europa es muy distinta de Rusia por historia, temperamento, etc. Nuestra Revolución muestra que la organización de Rusia no puede ser hoy distinta de como es”. Y la joven, de cara pálida y redonda, envuelta en un abrigo sin forma y tocada con boina marrón, fuma un cigarrillo tras otro.

El tren queda oscuro cuando llega la noche, y sólo hay la luz que pueden proporcionarse los viajeros con bujías o lámparas eléctricas de mano; en general, el vagón queda durante muchas horas sin luz alguna; sigue atravesando bosques y calveros dedicados al cultivo, y en el silencio denso sólo se escucha el hablar constante que sale de cada uno de los agujeros o compartimientos y el caminar penoso de la máquina, que lanza por la chimenea chispas luminosas desprendidas del fuego de leña con que alimenta su caldera.

Cuando el viaje es breve y se disfruta de algún favor, se puede hallar puesto en un coche de tercera; si no se logra esto, es preciso ir, como van los demás, en vagones de ganados, en los que se cierra la compuerta para evitar el frío y en los que se sienta, ya sobre el suelo, bien sobre el bulto en que lleva sus ropas, trebejos o provisiones. En estos coches, me decían, es donde el pueblo, seguro de que no va ningún favorecido del poder, da rienda suelta a sus quejas y por la crítica que hace entreabre la puerta por donde se pueden vislumbrar sus deseos.

En el coche de tercera en que hemos ido a la aldea de Dimitrof nos acomoda un hombre que va provisto de un farol; el vagón está tan oscuro que para caminar por él es preciso ayudarse de las manos. Como las cabezas de línea en Rusia distan tantos días de viaje unas de otras, Cada compartimiento va provisto de tablones amplios, plegables, susceptibles de ser colocados horizontalmente para que sirvan de cama, quedando, cuando así se hace, a la altura de las cabezas. En un ángulo del coche, revestido de cinc, han instalado un chubesqui, que alimentan con gruesos bloques de leña. De continuo se ven pasar hombres y mujeres que van a calentarse y rodean la lumbre; el reflejo leve de ésta deja entrever las figuras silenciosas de los que, sentados o de pie, forman rueda; llevan gorros de piel de distintas formas, colores y clases; altos y negros, de astracán que apenas les entra en la cabeza; blancos, redondos, de lana, formando un círculo enorme sobre los hombros; de piel fina y protegiéndoles el cuello; visten abrigos, en general viejos, ya azul marino, bien gris claro, casi todos de piel; sólo uno de los viajeros habla, y  cuando cesa comienza otro un nuevo monólogo. Por el pasillo del coche van y vienen sombras que, al llegar a un punto, trepan y se meten en el hueco que dejan libre dos tablas, quedando los pies asomados. Se oye el chirriar de la leña, que de un modo intermitente, arroja un resplandor rojizo sobre la negrura del vagón; se escucha el tono monocorde del que discurre en voz alta, y alguna vez, rara, un canto popular a media voz; la cadencia es triste e incita al ensimismamiento; es un canto, según me dicen, de la estepa; suena como una queja y recuerda enormemente a los de nuestra zona gallega y asturiana. Debajo de los tablones, y sin poder levantar bien la cabeza, va un grupo compacto que ocupa los asientos; no hay conversación general y, por descontado, nadie dice nada acerca de la situación actual.

Al final del tren va a veces -no sabemos si siempre- un vagón para el personal del servicio. Al volver en una ocasión de Dimitrof con un ingeniero -figura preeminente en la Ciencia y en la Economía rusa, que hubo de desempeñar un gran papel en los últimos días del Gobierno de Kerensky- y decir él que éramos delegados extranjeros, fuimos invitados por el personal a subir a su departamento y a hacer el viaje reunidos. Este ingeniero, sin ocultar, ni mucho menos, su nombre, lo que dio a conocer fue nuestra significación, y a ella y no a su persona se debió el que se nos invitase.

El coche tiene dos camas; una de ellas, en bajo, sirve durante el día de sofá; delante hay un samovar sobre una mesa, del que se extrae constantemente el liquido amado. La distancia entre Dimitrof y Moscú es de 60 verstas, y hemos invertido en el camino cinco horas; no siempre ha estado el tren en marcha, sino que ha aguardado largo tiempo, a veces, en alguna estación desierta. Preguntan con curiosidad por el objeto de nuestro viaje los obreros que van en el vagón de servicio, y nuestro amigo, el ingeniero, se lo explica. A poco comienza la conversación rusa, de lejanías ideales, y todos se absorben en ella; los dos vasos que hay circulan llenos de infusión caliente; alguna vez, sin que sonara un monosílabo que interrumpiese al que hablaba, ha estado una misma voz sonando durante una hora; no ha habido un gesto de impaciencia y nadie ha cambiado su postura; se escucha como se bebe y se bebe como si se oyera.

Ha sobrevenido en la tarde un súbito ablandamiento del tiempo y se está derritiendo la nieve. Nos invitan, a causa de ello, a pasar la noche en el coche del servicio para evitarnos el atravesar Moscú con el piso encharcado, y declinamos el ofrecimiento; nuestro amigo el ingeniero, que se había quitado los calcetines y las valenky -botas enormes de un fieltro grueso y compacto, de gran abrigo, que cubren hasta cerca de las rodillas, y que hoy suelen hacer los obreros ambulantes por un pud (40 libras de trigo) y las había puesto a secar-, acepta la oferta. El coche no ofrecía el menor confort y todo estaba mugriento, sucio; a nuestro amigo, en cambio, aguardaba en Moscú su casa y su familia, a las que vivía muy afecto; y, en su virtud, su resolución, llena de naturalidad, de permanecer allí toda la noche nos produce asombro, pero nos parece muy natural en un ruso.

 La llegada al punto de destino.

 

La llegada a Petrogrado nos proporcionó el primero y más profundo choque con la nueva realidad social. Al amanecer de un día de octubre estábamos a la vista de Petrogrado, en una llanura desarbolada y cubierta de nieve; miramos con avidez, y no vemos signos que anuncien la gran ciudad. En las vías se ven muchachas y muchachos trabajando y hombres que se ocupan en aserrar madera. Adelanta algo más el tren y entramos en la estación Nicolás. El correo diplomático nos dice que aguardemos en el vagón, pues vendrán a buscarnos.

No cesan de llegar trenes; en media hora hemos contado siete, compuestos, en su mayoría, de vagones de ganado y mercancías, ocupados por personas, y coches de otras clases, en que los cristales están substituidos por tablas blancas sin desbastar. El personal que sale de los coches se envuelve en abrigos recios y va en general, bien calzado; abundan las botas altas; a poco salen de otros trenes montones de hombres; a algunos los encuentro de vestir casi flamantes, y a muchos, casi andrajosos y harapientos. ¿Son los restos de la antigua desigualdad o un indicio de que ésta pervive en el actual régimen?

Casi todo el mundo lleva un saco a la espalda; esta imagen de hombres, mujeres y jóvenes con un bulto de tela tosca, de yute o cáñamo, no podrá fácilmente olvidarla quien hay visitado la Rusia actual. En muchas personas, especialmente señoras no acostumbradas y de alguna edad, se observa a menudo un gesto de fatiga y dolor que impresiona. Pasan dos muchachas jóvenes por nuestro lado que no representan más de veinte años; sobre sus espaldas gravita asimismo un pequeño equipaje, y de su hombro derecho pende un fusil; una de ellas, pequeña, de rostro pálido y moreno, lleva pendientes.

Junto a nuestro departamento hay un tren, dispuesto para la propaganda; uno de esos admirables focos de luz con que el partido bolchevique se interna en Rusia, impresiona la sensibilidad del pueblo y derrama su ideario sobre las conciencias. El tren lo componen dos o tres vagones, pintados en amarillo y rojo, en cuyo exterior se ven representados a los campesinos que acuden anhelantes a escuchar a los que predican la buena nueva de la redención y les reparten folletos y libros. La cornisa de los vagones está adornada con pequeñas banderita rojas que se mantienen enhiestas.

Transcurren las horas y nadie viene por nosotros, tengo el Baedecker, y siento vivos deseos de lanzarme a la ciudad; pero alguien, con quien consulto, me disuade; al no tener documentación especial, podemos ser detenidos por la policía, Y, ¿adónde  iríamos a comer llegada la hora de hacerlo, puesto que no hay un restaurante accesible al que se sienta acuciado por la necesidad? ¿Cómo buscar un café, si no existe, o un almacén de comestibles, si los que están abiertos no disponen de lo necesario para el que trabaja, y, aun éste, ha menester de infinidad de formalidades para recibir la ración que le corresponde? No cabe tomar iniciativa sin incurrir en riesgo; esta sensación de impotencia llega a producirnos un cansancio nervioso y nos da la sensación, por vez primera, de la subversión profunda que en la organización de nuestra vida representa este régimen ruso. Hemos nacido bajo la advocación del principio de la libertad individual. ¿Cuál es la función que en el nuevo régimen desempeña hoy este principio?

A las cuatro horas de espera se ha presentado un automóvil que viene a por nosotros. Este mismo fenómeno se repite al llegar a Moscú. Una vez en esta ciudad, se nos condujo al Comisariado de Negocios Extranjeros y se transportó allí nuestro equipaje. En una habitación pequeña, con algunos muebles imperio, y en la que hay varias personas, aguardamos a que se nos diga donde hemos de ir; ha pasado una hora; entran y salen hombres con revólveres al cinto, que parecen ser empleados; y, tras otro rato de espera, guiados por el courrier que nos acompañó en el barco, se nos lleva al hotel Delovoy Dvor, que es el de los sindicatos. A poco de salir sufre una avería el automóvil, y, en el coche abierto, aguardamos largo rato a que se repare la avería, sufriendo un temporal de nieve y aire helado. En el Delovoy Dvor somos presentados al comandante político del hotel; no saben si podrán darnos habitación; entran y salen hombres y mujeres, discuten, reclaman. Pasan las horas y se nos dice que podemos ir a comer. Una vez hecho esto, volvemos a aguardar, quietos y callados, dos horas largas; y a la siete y media, pasivos siempre, somos trasladados al hotel Lux, en donde se nos da habitación. A las doce de la noche nos entran dos sardinas, dos trozos de pan, una buena ración de manteca y un vaso de té. Una profunda sensación de fatiga nos domina.

La vida en el hotel.

 

El hotel ocupa una amplia casa de tres pisos de la calle Tverskaia; fue hotel de segundo orden antes de la Revolución, y hoy puesto al servicio de la Tercera Internacional; es el hotel, por excelencia, de mayor confort. Durante nuestra estancia ha ido embelleciéndose y enriqueciendo su mobiliario; han pintado y repintado minuciosamente los pasillos y habitaciones; se han habilitado comedores, y estaba a punto de ser terminada la decoración de la sala en que, según nos dijeron, el Comité de la Tercera Internacional habría de celebrar en adelante sus sesiones. Los letreros que penden de la espléndida puerta principal, y ya en el interior de la entrada al salón de periódicos, están sobre fondo rojo; este es también el tono de la escalera y de la alfombra del magnífico hall. Las inscripciones, o recuerdan la apelación de Marx a la unión de los proletarios, o son alusiones al ejercito rojo, o a expresiones condenatorias y despectivas para el capitalismo. La cartela de la entrada principal, iluminada durante la noche y escrita en alemán, atrae alguna vez la curiosidad del transeúnte.

Las habitaciones del hotel diferían mucho en tamaño y comodidades; algunas tenían cuarto de baño. Era criterio general que cada habitación la ocupasen dos personas; mas, a veces, tres y cuatro vivían en una misma. En cuanto a las alcobas espléndidas, las disfrutaba, bien alguna joven, ya el delegado de un país importante o algún elevado empleado de la Tercera Internacional.

Las habitaciones apenas se ventilaban, pues los resquicios de las hojas de las ventanas estaban tapados con masilla en vez de estarlo con burlete, y de esta suerte formaba todo ello un solo cuerpo. Solo en uno de los ángulos superiores de la doble cristalera había un pequeño ventano, perfectamente coincidente en ambas, de diez a doce centímetros de altura y del ancho del cristal, que permitía entrar directamente el aire. En general, la gente se muestra muy reacia a ventilar las casas; pero tal vez se deba ello a las dificultades enormes con que luchan ahora para lograr templarlas.

El personal que se alojaba en el hotel y afluía a él de continuo, procedía de los más apartados lugares; era el hotel un punto de confluencia de hombres de todas las razas y pueblos. ¿Es que existía unidad de temperamento ideal entre los que se congregaban? ¿Es que al sentirse atraídos hacia Moscú eran los mismos anhelos los que los impulsaban? Había hombres en quienes la continencia de gesto y palabra, la expresión concentrada y la sencillez de su persona dejaban adivinar fácilmente al que vive entregado a una idea y solo para ella existe; muchachas de una resolución que sólo el alma eslava es capaz de crear; y junto a estos tipos, el Tartarin eterno, facedor de hazañas innumeras, ya pretéritas, bien futuras; el tipo del pícaro que hace presa en la nobleza de un ideal; los muchachos románticos ávidos de lo absoluto; los que ansían conocer y los que, perseguidos en su país, acuden allí al amparo de un nuevo Poder.

Del Afganistán y del Extremo Oriente, de la América del Norte y del Sur de Inglaterra, Francia o los Balcanes, acuden rusos que son perseguidos y que retornan como delegados de núcleos que han conseguido fundar. Todos son acogidos por la munificencia del Estado soviético en los hoteles oficiales, únicos existentes, Se es huésped, y, en su virtud, no se paga nada; más no sólo es gratuita la manutención, sino que quien desea algo de vestir lo dice al comandante del hotel –persona que representa a las instituciones oficiales y tiene la autoridad suprema en el establecimiento-, el cual lo comunica al que dentro del establecimiento se encarga de lo que han menester empleados y delegados, y si lo hay se es atendido.

A no pocos abusos se presta la diligencia con que se satisfacen las solicitudes de los extranjeros, y, por ello sin duda, el personal del servicio del hotel carece a veces hasta de lo más indispensable. Como preguntase un día a una de las mujeres que allí trabajaban en la limpieza de las habitaciones por qué estaba casi descalza y tan desabrigada, contestóme, mediante una persona que conocía el ruso, que no había recibido, en seis meses que hacia abandono la aldea, ni una prenda de las organizaciones oficiales, y que como le daban 4.000 rublos al mes y no es fácil hallar unas botas fuertes en el mercado clandestino por menos de 100.000, le era imposible pensar en adquirirlas.

El rostro de la mujer a que me refiero tenía una extraña distinción de rasgos: era una figura de belleza bizantina. Al indagar, resultó que no sabía leer ni escribir, y alguien, ruso y, al parecer, muy conocedor de su país, díjome que en las aldeas es frecuente hallar tipos así. “No olvide –añadió- que el padre de esa mujer era esclavo y que los nobles nunca se caracterizaron por el respeto a las infelices mujeres que vivían en sus dominios”.

Ocupando otras funciones del servicio del hotel, había muchachas de expresión humilde y triste que carecían asimismo de abrigo fuerte, de chanclos, de guantes recios. Los empleados, no del hotel, sino de la Internacional, no carecían de nada.

E1 personal del servicio aumentaba de continuo; más no por ello la limpieza era mayor. El comandante vigila a todos, y a él se necesita acudir para cuanto se desee, bien relacionado con la vida propia, ya con la vida interior del hotel, sea un coche, una prenda, algo de comer, etcétera. Cuando se quiere salir a la calle con algún paquete visible, se acude al comandante para que dé la autorización, la cual es preciso entregar a la joven que, con funciones fiscalizadoras y fines estadísticos, se encuentra en la plataforma del arranque de la escalera. Sólo llevando el permiso del comandante se evitara que al atravesar el amplio vestíbulo, los soldados que hay allí con fusil y bayoneta calada puedan cortarle a uno el paso.

En el propio despacho del comandante del hotel había un joven amable y correcto que hablaba inglés, y dos mujeres en funciones de intérpretes, que indistintamente se expresaban en francés, inglés o alemán. Ambas eran rusas, pero de muy diferente temperamento y tipo: la una, joven, de pelo castaño rizoso y cortado, había sido artista dramática y tenia una expresión que delataba que la vida le era atractiva; la otra, que frisaría en los cincuenta, de baja estatura, de tipo insignificante, de ojos pequeños y tez mate, revelaba ser un espíritu fino, y su mirada, y a veces sus palabras, dejaban traslucir una marcada inapetencia de vivir. ¡Cuántas veces nos ha impresionado ese mirar del esclavo, melancólico, lleno de ternura, vago y, sin embargo, profundo!

En aquel mismo cuarto, adornado con retratos de Lenin, Trotsky y Zinovief, había un muchacho muy joven, no mayor de dieciocho o veinte anos, que según me dijeron era el vigía, el ojo de la organización comunista, el que fiscalizaba a los demás. La habitación del comandante e intérpretes se veía muy visitada, y como el quehacer de todos ellos no era mucho, pasaban la mayor parte del día leyendo y jugando al ajedrez o a las damas.

Había en el hotel quien tenía a su mujer y sus hijos; se trataba por lo común de algún ruso ausente largos años que volvía fascinado por la atmósfera que envuelve a su país, o de algún perseguido; los chicos iban a la escuela; pero cuando no, jugaban en los pasillos y constituían una nota refrescante y alegre.

Las comidas eran tres al día, y antes de comenzar se entregaba una tarjeta impresa, de color, tarjeta renovable los días 1 y 16 de cada mes, en la que se hacía constar el nombre del huésped y se repetían, en tres columnas diferentes, las fechas, para que pudieran ser tachadas en cada comida. Había dos comedores: el de los delegados, instalado en una hermosa pieza con artesonado oscuro y dos amplias ventanas a la calle, veladas con cortinas de damasco rojo. Las paredes de este comedor estaban cubiertas de papel carmesí mate con adornos dorados. En la cabecera destacábase un busto de Carlos Marx, de proporciones algo deformes, y sobre la pared, en el centro, el retrato de Zinovief, orlado con una ancha cinta roja, y los de Trotsky y Lenin a sus lados.

El otro comedor era más sencill0, y dividíanlo en dos partes desiguales unas columnatas de mampostería; en él estaba instalado el samovar, el trinchero y unas mesas en que se hacía la distribución de raciones, En un comienzo solo existía este comedor; mas un proceso de diferenciación y desdoble interior dio origen al segundo, a que las tarjetas tuviesen color diferente, según el carácter de la representación que se tenía, y las raciones creciesen o menguasen según el rango que se disfrutaba, En el hotel se podía ser: a), delegado; b), empleado de la Internacional; c), personal del servicio interior; d), obrero encargado de las reparaciones, etc.

Por la mañana, a las ocho, alguna de las jóvenes encargadas del servicio dc comedor recorría los pasillos del hotel tocando sin cesar una campanilla: era el anuncio de que el desayuno estaba presto. Lo constituía un plato de entrada, consistente en tres huevos pasados por agua, o en un plato similar al arroz, un trozo de manteca y otro de caviar, té con azúcar y pan negro a discreción. De cuatro a seis era la comida: una sopa de verduras y un plato -por lo común de carne- bastante abundante; un postre, a veces de repostería, y té. De nueve a once de la noche, la cena: un plato fuerte, manteca y caviar con pan y té. La mesa estaba servida por mujeres cubiertas con blusones blancos.

En cierta ocasión, un delegado alemán de gran renombre nos dijo: “Esto es comer demasiado bien”. Y, efectivamente, hecha la comparación con el vivir del resto del país, éste era un trato que rayaba en lo pantagruélico. A guisa de complemento, por las mañanas, cada huésped podía recoger en la oficina del comandante una cajetilla de cigarros emboquillados.

De vez en cuando se nos obsequiaba con grandes cartuchos de caramelos; pero ni alcanzaba a todos en igual medida ni llegaban, aun en proporciones mínimas, al personal del servicio; éste era el que lo repartía, y si disfrutaba de ellos era gracias a la generosidad de los huéspedes. Otro tanto acontecía con los cigarrillos: repetidamente vimos a los obreros que trabajaban en el hotel envolver en papel de periódicos el tabaco.

Durante el primer mes de nuestra estancia, y como estuvieran haciendo obra en la parte del comedor contigua al hall, en la escalera y en la puerta principal, la guardia no se limito a estar en el vestíbulo, sino que en un ángulo del comedor hubo siempre sentado un soldado con revolver al cinto. Jamás pude acostumbrarme a comer bajo su protección.

Al entrar de la calle, si quien lo hacía era un huésped, decía a la joven vigilante el número del cuarto, y si se trataba de alguien extraño al hotel había de decir el nombre de la persona que se proponía visitar, y dejaba, hasta su salida, la tarjeta de identidad extendida por la policía; tarjeta que mensualmente es preciso renovar y en la que se hace constar el nombre, domicilio y centro en que se sirve.

En el hotel había facilidades para entrar en relación con un pequeño número de personas interesantes que conocían bien algunos problemas de su país, y hasta con personas que habían estudiado algún problema actual de Rusia. Una sala existía a la que llegaban con cierta periodicidad los diarios y revistas de Europa -único sitio en Moscú donde tal vez podían ser hallados-, y a una joven estaba encomendando anotar el nombre del lector y, a juzgar por las preguntas que hacia, los periódicos que eran objeto de su lectura. Organizábanse conferencias en el hotel y reclutábase el publico yendo de cuarto en cuarto, y si bien al final de tales conferencias se solicitaba del auditorio la observación critica o aclaratoria, nunca escuchamos nada de interés; y es que, o había un exceso de coincidencias mentales, o un cierto temor a aparecer como heterodoxo.

En la sala de periódicos concluyó por fijarse en un tablero unas hojas amplias, escritas a máquina, en que se daban las noticias, así militares como políticas o económicas, de cuanto concernía a Rusia y al movimiento comunista mundial. Este mismo fin, pero en más dilatado espacio, era el que se proponía satisfacer la Revista Semanal, de la que se nos daba a cada cual un ejemplar. El hotel llegó a tener una oficina que organizaba excursiones a los comisariados e instituciones del Estado en otras provincias. Del hotel se recibían los billetes para los teatros que se deseaba visitar; en el hotel preparaban las visitas a los Museos, con guías, y en el hotel había un médico con consulta diaria a determinadas horas, y se habilito una peluquería para los huéspedes. Innecesario es decir que el dinero era absolutamente inútil para todo esto. El lector advertirá que el hotel y sus órganos aspiraban, y era muy natural, a que lo ofrecido por ellos fuera suficiente para el huésped y no sintiera éste la necesidad de acudir al mundo no oficial. Desgraciadamente para los países que envían misiones, lo conseguían casi siempre.

La impresión exterior de la ciudad

Petrogrado, aun más que Moscú, da la sensación de una catástrofe, las casas parecen amenazar ruina, a juzgar por el aspecto externo; las calles están ocupadas en la parte central por grandes montañas de leña custodiadas por soldados; circulan tranvías abarrotados de gente, que pagan una insignificancia; y una multitud casi andrajosa, macilenta y triste llena las calles a la hora en que cesa el trabajo. Diríase que toda clase de calamidades -incendio, guerra y peste- han pasado por la ciudad, dejando su huella de devastación y dolor.

Los comercios han desaparecido, y pronto se advierte que su transito a otra vida fue entre convulsiones; los sitios que ocupaban están desportillados, y o sus propietarios defendieron la presa con sana, o los que se adueñaron de ellos tenían venganzas que satisfacer, pues hay en su desaparición rastros indudables de que ha pasado por ellos la cólera mas encendida. Las puertas, escaparates y anaquelerías, no solo tienen adherida la suciedad de lo abandonado, sino que sus agujeros y grietas, o se exhiben pensaríase que con complacencia, o se cubren con maderas blancas clavadas al descuido y en forma tan incongruente con lo que se oculta, que es un modo de acentuar la falta de lo velado.

Los que tienen en Moscú locales del comercio están más rellenos de mercancías, y la ciudad, a causa de ello, no parece gravitar sobre el vacío en la misma medida que Petrogrado, ni sufrir tan agudamente como ésta de hambre. Sin embargo, el exterior de la ciudad está igualmente abandonado -cosa que no puede extrañar a quien haya visitado

las grandes ciudades de la Europa occidental a raíz de terminar la guerra-, y las casas, por lo común no más altas de dos o tres pisos, padecen de la misma enfermedad de desatención. Solo dos veces he visto albañiles en Moscú: una, derribando un edificio, y otra, colocando algunos ladrillos en una obra comenzada antes de la guerra, y en la cual sólo muy de tarde en tarde se ponía mano.

Sin embargo, la población de Moscú aumenta de un modo enorme, y las casas se hunden. Personas especialmente enteradas dijéronme que se calculaba en 5.000 el número de las que, por ser de madera, habían sido derruidas a fin de utilizar sus materiales para combustible, y a 15.000 hacían ascender las que, por falta de reparaciones oportunas, estaban ya inhabitables. Evidentemente, el aire de la edificación no puede ser más deplorable. Caminando por aquellas calles y observando se adquiere la convicción firmísima de que Rusia ha de sufrir una crisis en su organización para no dejar desplomarse las ciudades; pregúntase el viajero cuanto tiempo podrán resistir los edificios y qué esfuerzos no van a ser necesarios para ponerlos en las condiciones anteriores a la guerra.

En las principales vías de Moscú, en los cruces de calles, hay a toda hora un guardia rojo que pasea y vigila con fusil y bayoneta; ellos son los que ejercen las funciones de agentes de orden publico; el portafusil rara vez es de cuero; a menudo es una tira de arpillera. Con frecuencia se ven pelotones de hombres de muy diversa edad y catadura conducidos por los guardias; es un espectáculo habitual: son vendedores clandestinos, esto es, vendedores y desertores del Ejército o de las fabricas. En Rusia hay dos frentes, dicen: el frente del Ejército y el frente industrial.

Sin embargo, en Moscú se venden por las calles frutas, petacas, peines y baratijas; se venden cigarrillos aun en las proximidades de los “comisariados”; se venden guantes y algunas otras pequeñeces muy a la vista de todos y sin que intervenga la autoridad. Del comercio no ambulante, sino establecido, sólo resta alguna tienda de flores, bien poco lozanas, por cierto, en los meses a que nos referimos, y otras, míseras, de sombreros de señora, de fotografías, perfumería, algún pequeño establecimiento de objetos de música y tal cual modesto taller de zapatería.

En las esquinas se ven con frecuencia grandes carteles, pintados a veces con gran maestría artística y en colores muy vivos; mediante ellos, el Gobierno anuncia alguna fiesta, recuerda alguna fecha, hace algún llamamiento al país para fines militares, económicos, de sanidad, etc., o expone, mediante gráficos abundantes y llamativos, los resultados de la requisa de granos y patatas, o de la difusión de organismos con que combatir el analfabetismo. Una señora muy culta y de espíritu sumamente distinguido, empleada en un comisariado -a la que puso en un difícil aprieto político, por no ser comunista, la basteza de un visitante extranjero-, decía, comentando la profusión de gráficos en colores, que en todas partes y para cualquier futesa suele hacerse: “El pueblo es como niño, y éstos son los juguetes con que aspiramos a impresionarle y a tener su atención hacia el mundo de los problemas”. En las paredes, y con relativa abundancia, se fijan a diario los periódicos de modo que todos los transeúntes pueden leerlos.

Por las calles cruzan algunos autos oficiales; cochecillos abiertos, de un caballo, con capota, muy rara vez echada; camiones oficiales y carros de aldeanos, o de los Centros del Estado, que se los utiliza para los fines de la economía socializada. Así como no ha quedado un solo auto sin requisar, los coches de punto no lo han sido, y es preciso, tras mucho regatear, pagar de 5 a 7.000 rublos por una carrera, lo cual, al cambio extraoficial clandestino, que es el cambio mas favorable, representaba de 6 a 9 pesetas, aproximadamente.

Muchas veces encontramos tendidos en la calle caballos muertos; el hambre los exterminaba. Su alimentación, díjonos un cochero, cuesta de 20 a 25.000 rublos diarios; pero es más fácil tener los rublos que el heno que ha menester el ganado. El número de animales vivos se va reduciendo, ya por falta de alimentos, bien porque el margen de residuos, una vez atendidas las más apremiantes necesidades de los hombres, no permite que de él viva ningún otro ser. En vano se tratara de hallar un perro o un gato en Moscú; no hemos visto ninguno; al paso actual se convertirán en animales raros. Lo que sí hay, y en número incalculable, son cuervos; no se puede pensar en Moscú, singularmente en sus calles arboladas, en las plazas, bulevares y patios interiores, sin evocar estas torvas aves.

Alguna tarde, a la hora del crepúsculo, hemos subido por los bulevares; veíanse en ellos muchos hombres, mujeres y niños; los primeros iban cargados con sacos y muchos de los niños se deslizaban sobre trineos de madera; no se oía una palabra ni una risa fresca de chicuelo; yo no sé si el pueblo ruso reiría antes; pero si puedo asegurar que el día que sorprendí una risa en la calle me pareció algo absolutamente insólito, y que este hecho no creo se repitiera más de dos veces en el transcurso de mi estancia. Los árboles de los bulevares veíanse en la semi-oscuridad cuajados de cuervos que, inquietos, removíanse de vez en cuando y se levantaban en bandadas que promovían un ruido desagradable, agrio, que turbaba el silencio y la luz apagada, pero suave, del bulevar.

El transeúnte tropieza con algunos mendigos, pocos, y de ellos no todos tienen aire de ser gente que proceda de los bajos fondos sociales; imploran con breves palabras, sin insistencia, y siguen su camino, o aguardan callados la dadiva del que pasa, que, según hubimos de apreciar, no se muestra ni esquivo ni tacaño, Aunque no frecuentemente, todavía se puede escuchar a algún artista popular que, en el violín o en la flauta, modula canciones populares rusas, que la gente se detiene a escuchar con místico recogimiento. Tal aconteció un día al pie de la estatua de Puchkin; el artista callejero había puesto su sombrero en el peldaño más bajo de la escalinata. Tocaba como un poseído, absolutamente absorto; los que se acercaban echaban algún billete, escuchaban un rato y, sin comentar ni aún con el vecino, se marchaban. Los cantos, ¡cómo no!, tenían un aire profundamente doliente. Escuchándolos vino a nuestra memoria la expresión del propio Puchkin: “Todos nosotros cantamos tristemente; el canto ruso es una queja melancólica”.

Moscú está blanco; están blancos los tejados y los suelos, y blancos están a veces hasta los cascos de los caballos que arrastran los vehículos; las propias personas llevan en las barbas y bigotes gruesos cristales de hielo. Todo se ha helado; el río de Moscú -el Moskua-, un río con historia, pero sin grandeza, esta endurecido. Y esta inclemencia, que sin duda pesa y contribuye a dar un tono especial a los espíritus, es, en cambio, en lo externo fuente abundante de valores estéticos. Moscú tiene días blancos de una belleza inmensa, y noches de luna inolvidables para el que una vez las ha gozado. En los días invernales de sol, Moscú brilla, y reverberan sus miles de cúpulas pequeñas, color añil, sembradas de estrellas doradas e hilos de igual metálico color, tendidos desde el arranque exterior de la cúpula hasta el pie de la cruz dorada que se yergue en lo alto.

En tales momentos se tiene la sensación punzante de que se está en una gran ciudad que, si no es asiática, por lo menos no es europea; ¿es eslava? Esa es una pregunta de trascendencia para la interpretación de la historia de Rusia.

Al andar por Moscú échase de ver cuan abundantes son las iglesias; y el extranjero, que ha leído, sin duda, algunas narraciones truculentas sobre la Revolución Rusa, se sorprende al notar que no sólo las iglesias repican invitando a sus fieles a congregarse para la oración, sino que a veces puede ocurrir, como nos aconteció a nosotros, que presencia en medio del mayor orden y respeto una procesión en la que un grupo de creyentes rodea a una imagen adornada con los vivos colores que tanto ama el pueblo ruso, colores más encendidos aun que los usados en los pueblos del sur de España.

El interior de los templos es infinitamente más rico y fastuoso en decoración e imágenes que los templos católicos; son más pequeños; por lo común las paredes estén revestidas de estofado; al culto acude gente, a veces mucha, existiendo aun una iglesia de buen tono, en la que se congrega los domingos gran parte del antiguo señorío; entre los fieles abundan los hombres tanto como las mujeres. Al pasar por delante de las iglesias subsiste aun en mucha parte del publico el hábito de santiguarse. El culto lo sostiene la acción privada.

Moscú está aún lleno de iconos, de imágenes sagradas, frecuentemente de gran belleza, que en ocasiones penden del intradós de un arco y en otras están adosados a las paredes; imágenes siempre enmarcadas lujosamente y en las que, como en los templos, y en general en todo el decorado ruso, se pone de relieve el influjo del arte y del gusto bizantino.

Entre las múltiples iglesias y capillas esparcidas por Moscú, ninguna iglesia como la de San Basilio, ni capilla alguna que tanto diga como la ibérica o de la Virgen de Iberia. Aquella es una yuxtaposición de once capillas que forman un todo, con una docena de cúpulas de mosaicos brillantes; es en el exterior donde está su belleza extraña, hija de su

originalidad, de su asimetría, de su color terroso oscuro. La iglesia de San Basilio es esencialmente rusa; viéndola es fácil evocar las paginas de la época que la creara: el siglo XVI, la época de Iván el Terrible; no falta a esta iglesia ni aún la conseja lúgubre que sugiere el nombre del monarca que la edificara, en recuerdo de la toma de Kazan. La iglesia se halla enclavada en la inmensa Plaza Roja, en uno de cuyos extremos está también la capilla de la Virgen de Iberia, la imagen dcl siglo XVII, la más venerada entre todas por los rusos, y aún hoy constante asilo de creyentes. Allí es donde se ha colocado el famoso letrero: “La religión es el opio del pueblo”. El viajero que quiera tener una sensación fuerte y singular de Moscú no deberá dejar de visitar de noche esta plaza, cerrada en uno de sus lados por los muros rojos, de ladrillo, de la vieja fortaleza que protege el lugar sagrado: el Kremlin. Esos muros están llenos ahora de huellas de los combates revolucionarios.

El Kremlin

He ahí la síntesis de la historia rusa: todos los monumentos culminantes de ésta han dejado su rastro en el Kremlin, en el interior del recinto de la fortaleza que comenzó a edificarse en el siglo XIV para defenderse de las invasiones mongólicas. El Kremlin es la colina en que se refugiaban los habitantes de las aldeas y donde se encuentran las iglesias de tesoros más ricos y de tradiciones sagradas, iglesias debidas casi todas a arquitectos italianos, que llevaban consigo el recuerdo del arte gótico y renacentista de su época y de su patria y lo infiltraban en los monumentos bizantinos. Allí está la catedral Uspensky, donde se celebra la ceremonia de la Consagración; es decir, donde el Poder civil, hasta ayer, no bastándose a sí mismo, buscaba en la exaltación del zar a primer sacerdote un medio de fortalecer su poder; en el Kremlin se encuentran conventos del siglo XIV y el viejo palacio de los zares, casi todo él del XVII. Es éste un palacio de techos bajos, habitaciones pintadas en tonos obscuros y de rico decorado mural en que se representan los comienzos del cristianismo en Rusia, los pasajes más simbólicos dcl reinado de los monarcas de vida más rica en hazañas o de mayores vanidades; gabinetes íntimos con chimeneas de preciosos azulejos moscovitas del siglo XVII, en los que dentro de un ovalo central blanco hay una fina flor en azul; el viejo dormitorio de los antiguos zares, y junto a él una habitación lateral, pequeña, recogida, de luz escasa, cuarto de oración decorado con viejos iconos llenos de patina, iconos de enorme valor estético. En medio del testero central hay un ejemplar espléndido del Antiguo Testamento, con miniaturas que, al decir de algunos eruditos, datan del siglo XlV.

Otro edificio lo forma el palacio moderno, el Gran Palacio, del siglo XIX, lujoso y sin atractivo, a pesar de la magnificencia de sus proporciones y su rico decorado en blanco y oro. Es de tipo absolutamente europeo. Lo que impresiona al visitante hoy es la sala del trono, por lo que asocia a aquel sitial vacío, cubierto de gasa, y junto al cual hay dos sillones destinados, me dicen, a la zarina y a la madre del zar. Todo está impecable, y en la parte superior de las pilastras, enteramente cubiertas del adorno dorado en madera tan usual en nuestros retablos del siglo XVIII, hay en cada lado un pequeño Cristo crucificado, en cruz bizantina. El fondo del trono es el Águila Imperial de Bizancio, aquel águila que aparece en los escudos moscovitas en el siglo XV, con Iván III, cuando cae Constantinopla y ya no tiene allí una iglesia y un príncipe ortodoxo al cual cobijar.

Junto al salón del trono esta el de la zarina, rico y sobrio, con maravillosos candelabros de cristal, de mas de dos metros de altura, y pequeños medallones en el friso, con escenas religiosas. En esta sala recibía la zarina a las damas de la corte, y por esta sala -me dice un ruso- ha pasado más de una vez el monje sádico y grosero Rasputín.

Este palacio, blanco y lleno de luz, es exótico en el Kremlin; desdice dentro de aquel abigarrado conjunto de iglesias, monasterios y palacios de corte bizantino y de torres de ladrillos que en tantas ocasiones recuerdan al arte mudéjar español. Es verdad que hay otros muchos caserones destinados a dependencias de oficinas y personal subalterno; pero todos ellos son cuerpos extraños en aquel amasijo inorgánico de recuerdos históricos que ha ido depositando en la colina la continuidad de una idea religiosa y política.

Desde el Kremlin, edificado sobre lo que antaño fue un bosque en un altozano, se divisa todo Moscú y sus campos vecinos, y las aldeas lejanas tendidas en la llanura ondulante y fértil, y los bosques que cierran por doquier el horizonte, y los dos ríos que cruzan la ciudad, el Moskua y el Yauza, y las torres y campanarios y cúpulas de los centenares de iglesias, capillas y monasterios sembrados en la ciudad. No hay una sola nota que choque con el significado de ciudad santa que al Moscú del Kremlin le ha venido atribuyendo la tradición. Todos los edificios religiosos del Kremlin los hemos hallado cerrados; la religión no es hoy lo que al Kremlin le da su significación y ascendiente, o, al menos, la religión de ayer.

En una sala del palacio moderno hay un cuadro de un pintor, ruso, creo que es de Riepin. El cuadro representa a Alejandro III recibiendo una comisión popular. En torno al zar se hallan los grandes dignatarios, y tras él la zarina con sus dos hijos; a la derecha lleva a un niño de diez o doce años: Nicolás II. Los guías han llamado la atención al grupo que visitaba el palacio, grupo todo el de extranjeros, hacia el cuadro. Tan pronto ha explicado la significación de los personajes y ha señalado la figura, infantil allí, del último zar, casi todos han cruzado miradas de ironía y sonrisas; muy pocos tuvieron la expresión compasiva que exigía el recuerdo de la tragedia reciente.

Los teatros

Hay una actividad, una sola, a nuestro juicio, que da la sensación cotidiana de que no se ha roto la continuidad creadora de la vida espiritual y de que perdura potente aún el anhelo de Rusia de hallar nuevas rutas en el mundo estético: el teatro. Yo no sé si puede hablarse de la originalidad del teatro en estos momentos en Rusia. A mi juicio, y en lo que he podido ver, ellos buscan afanosamente; pero el espíritu, en su faz especulativa, se halla cohibido y no crea; la emoción lírica, que es la emoción creadora del arte, pide vía libre. Más esta misma dificultad, debida a la situación en que se encuentra el mundo del pensamiento ruso, los incita a trabajar en un aspecto del arte en que ellos se han revelado hace tiempo geniales: en el arte de la escena.

Los teatros de Moscú están rebosantes; han sido casi todos socializados, y son repartidas las entradas por las Juntas de distrito del partido comunista. Algunos teatros se han entregado por el Gobierno a un grupo de artistas, que reciben además un apoyo material oficial, y a cambio de ello dan un efímero gratuito de entradas, vendiendo el resto. En mayor o menor número, en todos los teatros hay un tanto de localidades para la venta.

Se mantienen los antiguos teatros y han surgido otros. Brillante es la vida del Gran Teatro de la Opera, y su grandiosidad impresiona vivamente por el aire modesto del personal que lo llena. No es que el público lo componga masa obrera; de vez en cuando se descubre en tal cual antepalco o butaca una mujeruca con la cabeza envuelta en una toquilla de lana, o un hombre de aire rudo, con su chap de blancos vellones de camero metido hasta las orejas; más por lo común el público está reclutado entre el ejército inmenso de empleados y negociantes; su vestir es el de la antigua clase media, aunque algo ajado. A veces, inopinadamente, se sorprende una prenda bella y lujosa en una dama que lleva destrozado el resto del vestido, e investigando, no dejan de hallarse personas que dan una sensación externa de bienestar: es la nueva burguesía.

¡Cómo escucha el público! ¡Con qué compostura y respeto se conduce! Es evidente que si se le sigue en sus movimientos de interés y entusiasmo, se advierte que, infinitamente más que los motivos musicales, con interesarle mucho éstos, le atrae la acción, el gesto vivo y dinámico. Quieto, embebido, hipnotizado, no vive estas horas sino para el arte, para la emoción libertadora de la vida cotidiana, y aporta al teatro la pureza de su ingenuidad y el anhelo oscuro que en estas horas trágicas de su vida yacen en el misterio de su alma. Hemos asistido varias veces a la ópera, y siempre hemos hallado motivos para que se ahonde y ratifique esta impresión, que llegó a alcanzar una intensidad emocional insuperable la noche en que escuchamos una de las más hermosas óperas rusas, ópera en que se narra una leyenda medieval desnuda de valores románticos y llena de sencillez y poesía. Llegado en el momento de la danza, de la danza dionisíaca de aquel gran poema musical, la escena adquirió una vibración lírica intensísima; los danzarines, entregados a su emoción íntima, parecían poner en el ritmo de sus movimientos lo mejor de su espíritu; cada cual estaba entregado a sí mismo, y el resultado era una creación armoniosa. Movíase la masa, llegaba en su ímpetu lírico hasta las candilejas, y retrocedía como si replegase su espíritu para buscar en la propia intimidad algo con que expresar sus afanes; y avanzaba de nuevo con frenesí; y el publico, con el aliento reprimido, seguía los giros de los brazos y piernas, los movimientos de amor y repulsa, y al cesar los últimos acordes de la danza maravillosa se levantó todo el que estaba en las butacas, llegó hasta la orquesta y con expresión apasionada ovacionó, así como el resto de los espectadores, de un modo delirante, a los artistas.

Al retirarnos aquella noche, mas impresionados que de ordinario por la música y la danza, nos preguntábamos, como en tantas ocasiones lo hemos hecho, por las razones que pueden determinar esa analogía melódica entre los cantos rusos y los españoles. ¿Por qué se han sentido ellos, los rusos, tan fuertemente conmovidos por nuestra música e impulsados a estudiarla? ¿Por qué Glinka vive en esta Granada, por el año 1846, en contacto con los literatos y artistas de la “cuerda” y compone las primeras grandes obras de lírica musical española? ¿Por qué se repite el mismo fenómeno, más tarde, con Rimsky Korsakof y Borodin, y ambos componen espléndidos poemas musicales a base de cantos populares españoles? ¿Por qué Stravinsky afirma asimismo hoy esta semejanza? Como un día hablásemos de ellos, al volver de Rusia, con el admirable maestro Falla, éste nos dijo que la analogía era efectiva y obedecía a que sobre la música de ambos pueblos influyen de un modo decisivo, al punto de darle carácter, la tradición litúrgica y la oriental; sin duda ello es la causa de que haya artistas rusos que afirman haber descubierto el epos musical de aquel país a través de España.[2]

El “Teatro del Arte”, que parece haber sido fundado, según nos dijeron, para representar las obras de Chejov, es el teatro exquisito del drama y la comedia, en donde trabajan los mejores artistas rusos. Tan grandes artistas de la mímica son, de tal suerte saben subrayar el valor de la inflexión de voz o la significación de una mirada, etc., que sin necesidad de traductor pudimos seguir perfectamente el desarrollo de la comedia. En este teatro creemos recordar que era donde se representaba frecuentemente, según nos informaron, Fuenteovejuna, de Lope de Vega. El teatro es de mucho gusto, y el público, un público que no representa al promedio. En los entreactos pasean hombres y mujeres en el foyer, formando cadena, Hay un buffet, en el que se venden manzanas y refrescos; he comprado una manzana y he pagado 200 rublos.

Pero el nuevo esfuerzo teatral de Rusia hay que buscarlo, como anotábamos, en la vida escénica. Unas veces se ha intentado llevar la acción de las masas a la obra dramática, no como elemento artificioso, sino como elemento vivo, que de la sensación de algo espontáneo y real; ensayos de esta naturaleza, refiriéronme pintores y poetas, se han acometido en San Petersburgo, haciendo que dentro del espacio que comprendía el teatro, o sea cuanto abarcaban público y actores, quedara visible el espléndido y majestuoso río Neva. Un grupo de artistas busca en esta dirección.

Lo conseguido, lo que ya parece casi logrado en estos tanteos escenográficos, es preciso buscarlo en los teatros de Kamerlin y Zon. No sabemos hasta qué punto uno y otro pueden representar novedades para el arte escénico universal; lo que sí afirmamos es que los artistas nos condujeron a ellos para hacernos saborear, aun en agraz a veces, lo que ellos tienen por mejor y más exquisito.

En el teatro Kamerlin se reúne el grupo de la izquierda dramática. El telón de boca ostenta en negro y plata, a los lados, las figuras, estilizadas y rampantes, de un macho cabrio y un perro; grandes avestruces con las plumas de la cola erectas, y cenefas de amplísimo desarrollo que recuerdan las líneas de los grifones, Descorrido el telón, el fondo de la escena parece pintado en amarillo, y a los lados, sin combinar, se destacan los colores verde, negro y blanco. El escenario lo ocupan pirámides pintadas en negro y blanco y columnas rotas. El vestido de los actores es de uno o varios colores simples. Todos ellos estudian el arte del acróbata para componer sus saltos, así como cuanto puede conducirlos al conocimiento del valor artístico del gesto. No andan en la escena, sino que se mueven con paso de danza, ya adoptando la carrera, bien el salto, y quedando siempre, a la postre, en postura de composición artística y de línea angulosa.

El gesto es más vivaz mientras hablan, y al quedar pasivos en la escena parece que se recogen y ensimisman, perdurando, sin embargo, como la huella del último gesto que, conjuntamente con la palabra, brotó. Todo lo fugaz y nimio pretende ser asido por la acción, y entre ésta y la palabra se entabla una lucha de esfuerzos, en que cada cual pugna por apresar lo más recatado y oscuro del fondo espiritual. Había, a no dudar, un inmenso campo de emociones a sugerir, nuevas y fuertes, en aquel esfuerzo artístico, que, según tuvimos ocasión de oír a los directores del teatro -hombres finos y de gran sensibilidad-, sólo espera ocasión propicia para presentarse a los demás pueblos de Europa.

El teatro Zon es principalmente cubista, El telón está formado por figuras geométricas que se entrecortan; en la coloración no hay novedad alguna con relación al teatro de Kamerlin; más el interior del escenario está ocupado por cuerpos geométricos de distinta dimensión, colocados en planos diferentes y suspensos a veces del espacio, De la parte superior del escenario pende un disco dorado, y en el suelo, en primer término, dos cubos de tamaño diferente, encima de los cuales colocánse personajes relevantes que toman parte en la escena; quien desde allí habla es el portavoz de la idea guía.

HE AQUÍ LA COMPOSICIÓN DEL TELÓN DE BOCA EN EL TEATRO ZON

Una vez vi representar en este teatro Les Aubes, de Verhaeren: la acción no se circunscribe al escenario; diseminados en el público hay grupos que intervienen; suenan cantos funerarios que proceden del fondo del teatro; la música parte de otro lado; toda la sala es, de un modo difuso, escena. El público se halla interesado vivamente, y se advierte que el teatro desempeña hoy un papel espiritual enorme en la vida de este pueblo. Hay en provincias -me dicen- infinidad de teatros, y ellos son hoy el asilo de pintores, poetas y literatos. A ellos se les ha encomendado su dirección artística, y así queda oficialmente justificada la ración y el plus en dinero que, de igual suerte que los demás servidores del Estado, reciben. En los barrios de Moscú hay asimismo teatros de obreros, por los que vela literariamente y a los que vigila el Poder.

El mitin

A veces la vida política penetraba en el teatro, llevando a él, no las contrapuestas inquietudes y anhelos, ya que la libre polémica estaba vedada, sino la voz del Gobierno y de los oradores que pertenecen al partido de éste. En los actos solemnes, el pueblo, especialmente el afiliado al grupo comunista, llena el teatro. Los mítines que hubimos de presenciar celebráronse en el Gran Teatro, es decir, en la suntuosa sala de la Ópera; y si en una ocasión lo escuchamos desde el palco que fue del zar -palco ricamente cubierto de damasco rojo y amueblado lujosamente, en estilo que no recordamos si es Luis XV o Imperio-, otra vez, el día del aniversario de la conquista del Poder por los bolcheviques, lo presenciamos desde el escenario.

HE AQUÍ UN ESQUEMA DEL INTERIO DEL ESCENARIO

Todas las puertas del teatro están tomadas militarmente por soldados provistos de fusil con bayoneta calada, quienes revisan cuidadosamente la tarjeta de entrada; una vez en el interior, en el arranque de cada tramo de escalera al desembocar en los pasillos de cada piso, se renueva por soldados, armados de igual modo, la comprobación de la legitimidad del billete. El foyer del teatro está completamente ocupado por retenes de soldados, y en el fondo del escenario hay asimismo soldados, que hacen la guardia. Todos permanecen en sus puestos durante la celebración del acto.

El público escucha al orador sin dar la menor muestra de impaciencia, por largo y monótono que sea el discurso; pero rara vez da muestras de entusiasmo. Se saca la impresión de que ama el razonamiento más que la apelación al sentimiento vago. ¿Qué tipo de razonamiento? ¿Aquel en que se toma por base lo concreto e inmediato, o aquel en que se argumenta con ideas absolutas y se elimina el valor de la realidad? ¿Aquel en que se procura ensanchar, dilatando y afinando la sensibilidad, la base de la comprensión, o aquel en que, montado sobre una idea de repulsión y exclusivismo, se da satisfacción a aquella misma sentimentalidad que parecía no desempeñar papel preponderante?

Dos oradores han causado impresión excepcional en el público: Lenin y Trotsky, si bien éste infinitamente mayor que aquél. Ambos entraron directamente a hablar, sin aguardar en la escena como oyentes un solo instante. La aparición de Lenin es acogida con grandes aplausos, y el público, por iniciativa de alguien, se puso en pie. Su estatura, su andar y su cabeza evocan inmediatamente el recuerdo del gran novelista español Pío Baroja, a quien se asemeja en modo extremo en los rasgos externos, Lenin habló brevemente, una media hora escasa, con gesto aldeano, adelantando a un tiempo los dos brazos y cruzándolos detrás; se mueve en un breve espacio del escenario; al terminar se le aplaude, y sale del teatro.

Anuncian al camarada Trotsky. He ahí el hombre que simboliza la acción en su máximum revolucionario; sin él no podría explicarse el triunfo del bolchevismo: fue él quién organizó el primer asalto al Poder del partido comunista, y quién supo sacar del fracaso enseñanzas suficientes para que el segundo, el definitivo, resultara una maravilla de audacia y prevención. Su mirada es profunda, brillante, algo extraviada, dura y fría; tan fría y desdeñosa que modifica la situación de ánimo de quien le habla, induciéndole a adoptar igual actitud; pero en él esto parece ser una fuerza hondamente natural. ¡Qué enorme poder tiene en su desdén!

Un día estuvimos muy cerca de él y le escuchamos durante un apasionado debate que sostuvo en el pleno de la Tercera Internacional con representantes alemanes. Tenía para ellos expresiones de suma dureza, y cuando le contestaban con ataques, a veces asimismo fuertes, sonreía con expresión conmiserativa, sin que por un instante ello perturbara su serenidad dialéctica. Su frente es dilatada y bella, su cabellera es negra y abundante; la perilla rusa que lleva es breve y acentúa la pronunciada mueca despectiva que hay latente en su boca. Es un hombre en quien inmediatamente se advierte la voluntad y la inteligencia; por ellas, gracias a ellas, Trotsky se domina a sí mismo, domina su nerviosidad, tal vez también la vida pasional, y porque se domina y es una inmensa fuerza viva, domina, sugestiona y arrastra.

Llevaba espuelas el día en que le vimos de cerca y metido en combate dialéctico; a la puerta de la pequeña salita en que nos hallábamos había dos guardias rojos, admirablemente equipados y con la bayoneta calada. Al terminar la sesión, el público del hotel, comunistas distinguidos, formaba un pelotón alineado junto a la pared; Trotsky salió, detúvose ante el teléfono y marchó sin dirigir ni un saludo, ni una palabra, ni una mirada hacia aquel grupo admirativo. Trotsky es el bolchevismo triunfante; el eje de la acción revolucionaria del partido comunista.

Helo aquí; cuando lo anuncian y aparece, el teatro se levanta súbitamente y le hace objeto de una ovación, cerrada, que se repite dos veces. Trotsky permanece hierático, sin hacer un gesto, sin dibujársele una sonrisa. En esta actitud habla; su voz metálica va cargada de energía; su extraña y vigorosa mirada da a su persona un aire de misterio.

El presidente, al finalizar Trotsky, pide a los asistentes al mitin un recuerdo para los muertos en el frente, y el público se levanta y permanece mudo durante unos minutos; no recordamos un silencio igual. ¿Cuál era la actitud interior de las conciencias en aquel instante augusto? Transcurridos unos momentos, una orquesta oculta ha tocado la Marcha fúnebre de Chopín, que es la que se toca hoy en Rusia para las ceremonias funerarias oficiales; todos se han destocado; y muchos permanecen con la mano levantada, al uso militar. Se entona, como siempre al final de tales asambleas, la Internacional. Escucharla ésta desde el interior del palco que fue del zar, entre chicuelos, representantes de Sindicatos, hombres del pueblo y soldados, los acentos de la Internacional evocan un mundo nuevo. Evidentemente, estamos en presencia de un fenómeno de inmensas perspectivas históricas. Entre aquellos hombres en un medio espiritual homogéneo y alimentados por un mismo ideal, la Internacional se entonaba como los cantos de gloria entre los cristianos.

El club

Conducido por un joven poeta, secretario de Lunacharstky, y una joven pintora que, con afán y entusiasma, labora desde el Comisariado de Cultura por edificar la nueva vida rusa, visitamos uno de esos clubes que no sólo dan la sensación honda y viva de que efectivamente nos hallamos ante un régimen que ha intentado meter un arado de desfonde en la realidad histórica, sino que pone un empeño vigoroso y noble en fomentar cuanto a la cultura concierne.

No son clubes en que reine el alborozo o en los que se discutan ideas universales respecto al modo como la vida civil debe ser ordenada; y porque no son sensibles a estas inquietudes, constituye una nota artificiosa de estos clubes tal silencio; y de ahí también el porqué de la pobreza de clubes en la Revolución Rusa; pues quien no puede compartir sus más profundas preocupaciones vitales y las necesita recatar, antes que buscar compañía que sea ocasión de tentaciones, huirá de ellas. Existen algunos clubes anarquistas, en los que se congregan para leer individualmente sus socios, o, como ocurre entre los llamados universalistas, con el fin de fundar a más de la biblioteca un restaurante económico donde comer mejor que en los del Estado.

Dos clubes de tal naturaleza hemos conocido en Moscú, y alguna vez, como celebrasen reuniones en que el entusiasmo de unos y la incontinencia de otros los hizo resbalar y caer en la zona prohibida, presentóse la vigilante policía y, maternalmente, púsolos bajo el recaudo de una institución que se encargo de ellos durante quince días.

Los clubes vibrantes son, pues, aquellos en que se cultiva la literatura, y a uno de ellos fuimos. Se llama el que visitamos “La Casa de la Prensa”, y está enclavado en los bulevares, en una bella mansión, residencia hasta ayer de un particular, y amueblada hoy ricamente y con grandísimo gusto. Los miembros del club ascienden a cuatrocientos, y se denominan “Amigos de la cultura proletaria”. Para ser socio es menester haber escrito algo, siquiera sea un artículo de periódico; forman entre sí grupos diversos, que ocupan distintas habitaciones, en las que celebran sus veladas. Presenciamos dos: en una, un grupo de hombres y mujeres, en que predominaban obreros, y eran jóvenes los más, discutían un cuento, original del que acababa de leerlo; he aquí el tema: “El obrero de la fábrica, fatigado, se retira al campo, y allí, acariciado por la naturaleza, se rehace; conoce a la hija de un antiguo burgués, que habla en francés, y se enamora de ella”. Un asistente de barba cerrada, con la pipa en la boca, el gorro de piel bien metido y recostado sobre un sofá muelle, le argumenta y le amonesta; era una voz ideal en que se conocía la mordedura tolstoiana: “Esto es literatura burguesa

-dijo-; ella es la que ha excitado la sexualidad en unos y otros, y eso es impropio de nosotros; los hombres nuevos de la vida nueva deben ser puros”; y en su hablar abundante subrayaba estas dos ideas, que eran los pilares de su fe: “Ha comenzado una nueva vida: debe comenzar un nuevo hombre”. Mas también surgían otras voces que pugnaban por atraer la atención sobre los fueros de la sensibilidad: “Ese cuento refiere la vida, y lo que en él se dice -argüía un tercero- es el fruto natural del encarcelamiento en que la fábrica ha tenido al trabajador. Ayuno de todo comercio espiritual con quienes ha dispuesto de más solaz para cultivarlo, está propenso a admirar y prendarse de aquellas mujeres en quienes halla superioridades espirituales efectivas, aún cuando tales superioridades sean hijas de la injusticia de un régimen”; y allí quedaron entregados al té y a la polémica, en tanto que la junta directiva del grupo, en torno a una espléndida mesa de caoba, tomaba tal cual nota, calados sus gorros de piel.

En otra habitación, una joven de la antigua clase media recitaba una poesía doliente, de la que era autora, y la sometía asimismo a la crítica. En el piso bajo nos dieron té y un pedazo de pan cocido en forma de torta; al té acompañaban unos caramelos para azucararlo. El club disponía dc un precioso salón de teatro para las veladas solemnes, y a la puerta creemos recordar que había un guardarropa, del que pocos se servían por la temperatura escasa que había en el interior. Para entrar era preciso ser socio o ir provisto de autorización.

El mercado clandestino: La Zugaretzka

 

A la necesidad biológica no hay modo de impedirle que busque el medio dc ser satisfecha: o triunfa, si es efectiva, de todo dictado de razón, u ofrenda su sacrificio haciendo de tal ofrenda el eje de la vida, que es la forma más exaltada de pregonar el valor que se otorga a aquello a que se renuncia. Los que esto último hacen son los menos, y por muy elevado que sea el grado de ascetismo de un pueblo jamás será colectivamente arrastrado a una tal actitud.

Tal vez no hay país alguno con tanta capacidad para soportar los sufrimientos y privaciones como Rusia, incluyendo entre los que no pueden compararse con él a este desdichado pueblo de España; y, a pesar de tal disposición psicológica, movidos por una necesidad punzante, acuden hoy a la clandestinidad para apagar sus exigencias más elementales. Toda Rusia -nos decía una figura preeminente en el mundo de las ideas más extremistas- esta movilizada para la especulación, y difícilmente se hallara una sola persona que no especule; a la puerta de la propia casa, exponiéndose a caer en manos de la policía, viene a traer harina, carne, leche, etc., a cambio de objetos de vestir, joyas o dinero, más con preferencia a éste se buscan aquellos. En los trenes son muchos, muchos, los que viajan con el fin de vender en la ciudad carne, huevos, manteca o cualquier otro producto; y desde que entran en el vagón hasta que salen por las puertas de la ciudad va disminuyendo la mercancía; más lo que resta es siempre el valor muy superior a lo que puede ganarse, no ya en un día, sino en una quincena en cualquier fábrica; y de aquí la enorme cantidad de deserciones del frente del trabajo y la huida a las aldeas en busca de tierra y bienes con que comerciar. Yo he visto quien salió de un punto dado del oriente ruso con cinco pudds de harina (80 kilos) y llegó a Moscú con dos pudds; con el resto fue engrasando el camino. A las puertas de las casas, los aldeanos, claro es que con precauciones, paran sus carros cargados de leña, la cual venden a precios altos.

Más todo eso constituye lo que podríamos llamar el mercado difuso, y hay un órgano específico encargado, por espontáneo acuerdo de la ciudad, de la misión de faltar a la ley de un modo contumaz. Existe un mercado clandestino de todos conocido, aunque parezca paradójico. Ocupa una espléndida avenida y cubre una extensión grande, que el bullicio hace difícil calcular, porque hay ocasiones, y sobre todo zonas del mercado, en que compradores y vendedores son tantos, que el tránsito se hace no difícil, sino imposible. El mercado toma su nombre del lugar en que se realiza, y se le llama la Zugaretzka.

Cada artículo se ha colocado junto a su análogo, y así resulta que, sin necesidad de policía alguna, se han distribuido las mercancías por géneros y el comprador halla fácilmente lo que busca. El mercado está dividido en dos partes desiguales: en una, la mayor, se venden los comestibles; en la otra, los artículos de beber, vestir y de lujo. La circulación es desordenada.

Aquí están los que venden el pan; pan negro, ácido y arenoso, que extraen de unos sacos sucios y lo dan a tocar al parroquiano, al cual piden 500 rublos por una libra; pan blanco y reluciente como no piensa uno que exista en Rusia, bollos de una libra escasa, por cada uno de los cuales tal hombre o mujer solicita 2.000 rublos; pan de varios tamaños y de diversas apariencias, Mas allá se vende la manteca a 6.000 rublos la libra de 400 gramos, la cual, en pellas no grandes envueltas en papeles o trapos, muestran al que pasa; la carne la ofrecen asimismo en trozos de aspecto nauseabundo, colocados sobre guiñapos de color dudoso, a 1.500 rublos la libra de la calidad más ínfima; allí hay un hombre de tipo señorial, alto y bien engalanado, que recata unas veces y muestra otras un menudo de animal, el que, como todos, sostiene sobre las manos y lo ha medio envuelto en papeles de periódicos. Al poco trecho se venden los huevos a 225 rublos pieza, y más allá hay un niño abrazado a su cabrita blanca y gris, ansioso tal vez de que no se presente el comprador que le es absolutamente preciso. Todos los vendedores están de pie y forman filas, por entre las que discurre la gente.

En otra zona de esta misma parte hay hornillas con grandes sartenes, en torno a las cuales se congregan de continuo soldados y trabajadores. -¿Es qué los demás no se atreven, es que no tienen dinero, o es que la necesidad no es en ellos tan grande?-. Provistos de un trinchante de latón que en cada hornilla hay para la clientela, aguardan que caiga una rodaja de un embutido -¿hecho con qué?- para tomar un pedacito de pan y trinchar la rodaja, no bien ha dado unas cuantas vueltas en la grasa; pagan 200 rublos por cada vez que trinchan, y aún cuando son muchas las hornillas y sartenes que humean, son más los que aguardan ávidamente un puesto en el corro.

Allí están los cafetines improvisados, los samovares monumentales para el té, los grandes recipientes con leche y pan negro; sobre bancos y mesas astrosas, mujeres y hombres llenos de cochambre sirven a un público que, o se lanza voraz sobre cuanto hay, o da muestras de codiciarlo por la insistencia con que ronda y pregunta el precio; para tomar un pequeño vaso de café con leche hay que pagar 250 ó 300 rublos.

Del otro lado del mercado se halla lo que respecta a perfumería, alhajas, y allí se encuentran, así vestidos ricos de la antigua grandeza, como los trajes más indispensables, calzado, baratijas y cuanto se ha creado en el mundo moderno para satisfacer, no sólo necesidades inmediatas y primarias, sino también esas otras que ha ido engendrando el proceso secular de los hábitos, viciosos unas veces y de refinamiento y delicadeza otras; allí se venden jabones, libros, bellos encajes, telas artísticas, bujías, vinos, etc.

He ahí una señora con sombrero, en pie como las demás, con la cabeza baja, deseosa, sin duda, de ocultar su rostro -¡hoy aún, cuando nadie hace de esta necesidad misterio, por lo mismo que es general!-; tiene una mano levemente tendida y en uno de sus dedos brilla una sortija espléndida; el gesto indica que solicita un comprador. A su lado, una joven separa de su pecho un pendentif para mostrarlo, con igual fin, al gentío. Ese señor gira sobre los tacones de vez en cuando y abre su gabán para que pueda verse la riqueza e impecabilidad de la prenda que ofrece al mercado; más allá, un joven muestra, suspensas de sus manos, dos pares de botas de hombre; el adquirir uno es signo de que se tienen 120.000 rublos. Y al extremo de esta parte de la Zugaretzka, hombres y mujeres cambian sus harapos por ropas viejas de las que aún no penden hilachos ni están agujereadas.

Todos los vendedores están de pie, preparados para huir tan pronto se presente la policía; y hay entre el público a ello dispuesto la mujer de tipo gentil que ayer fue gran dama de corte, la joven empleada del Comisariado, la privada de este ó aquel prohombre de hoy, la obrera del taller, el aldeano, el profesor, el obrero, el agiotista; allí está revuelto todo Moscú, unido casi siempre por la necesidad y sólo en muy pocos casos atraído por afanes superfluos, En vano prohibirán y conducirán por las calles a cientos y miles de los que aquí concurren, militarmente custodiados, hasta depositarlos en las cárceles, donde durante algún tiempo se los obliga a trabajar en tal o cual cosa. Sólo habría un modo de terminar con la Zugaretzka: hacer innecesaria su función; mas esto no es obra que pueda resolverse con medidas externas y prohibitivas.

La vida de hogar

La Revolución ha necesitado, sin duda, ofrecer inmediatamente algún bien que indique a unos y otros cuan íntimamente ha cambiado la organización social, y ha comenzado por proveer de viviendas a todos, no obstante la disminución de casas habitables. Tal medida, como otras adoptadas en Rusia, que afectan aún más en su raíz a la entraña de la sociedad capitalista, tiene antecedentes, ya en la Alemania de la guerra, bien en la de la posguerra.

A los habitantes de inmuebles espléndidos se les ha limitado el derecho de aprovechar la totalidad de una casa o un piso, y no se ha permitido que nadie pueda tener dos habitaciones sino cuando estuviere asegurado a cada cual el disponer de una. La regla general era, al finalizar el año 1920, una habitación para cada dos personas, a menos que se tratase de un médico con consulta, el cual podía disfrutar de dos habitaciones. Hay muchas otras excepciones, en razón del número de individuos que componen una familia.

Más esta casa que hoy disfruta el ciudadano de la Republica Soviética en la gran ciudad, es una vivienda sin confort, arruinada, destrozada y sin sosiego. La antigua vivienda del obrero, vivienda hedionda, lóbrega, hecha con materiales viejos y por la que había necesidad de pagar lo que no permitía el salario, ha desaparecido; la vivienda palacial, y aun el piso independiente, de mediano confort, también ha dejado de existir; la rasante es baja, pero no tanto que no exista un crecido número para quien la casa de hoy no represente bienestar.

El interior de un piso causa la impresión de algo revuelto, caótico y penoso. A la entrada se tropieza con montones diversos de leña que unos y otros han hacinado; aquí y allá, colgadores con ropa puesta a secar; a poco trecho, un artilugio pobre en que se disponen a lavar; y allí mismo, o en otra habitación contigua, una cama, una hornilla de hierro que sirve también de estufa, y quizá una mesita de trabajo; y

así en las más de las habitaciones de los pisos de cada casa. Los retretes, entelarañados y con las tazas de porcelana desportilladas las más veces, están descompuestos, y los vecinos deben subir una y otra vez el agua, tanto para limpieza de aquellos, cuanto para los menesteres del aseo personal o para beber.

La vida íntima del hogar, la vida espiritual, es tan pobre y sórdida como lo son las condiciones materiales de la vivienda; ambas se corresponden, y el eje de las preocupaciones de cada familia es el mismo: comer. Un día, como hablase con una señora que me rogó reservara su nombre por lo muy conocido que es para cuantos han leído algo de historia rusa de nuestros días, díjome: “Hoy estoy contenta porque voy a hallar en mi casa, a la vuelta, un poco de carne y mi hijo tendrá con ello una viva alegría; es nuestro solo pensamiento: comer”.

Nada de lo que relatamos y hemos de decir respecto a la pobreza ambiente en Rusia puede extrañar sino a quien desconozca las privaciones a que se vio forzada, por ejemplo, Alemania durante la guerra: seis meses hubo en el año 1917 en que los habitantes de Berlín se alimentaron exclusivamente de nabos. Sólo Rusia, país de tan prodigiosa abundancia en materias primas que le evita padecer normalmente de déficit alimenticio, podría haber soportado siete años de guerra en el exterior, revolución social y bloqueo. La situación actual, por consiguiente, es en gran parte el resultado de la inmensa catástrofe que originó el viejo régimen y le sepultó; el nuevo nació ya en medio de una pobreza que ha seguido acentuándose. Pero así como proveyó de albergue a los que antes carecían de algo que mereciese este nombre y les dio ajuar, hoy pretende llevar un pedazo de pan a cuantos aceptan el principio de la obligación del trabajo, No es éste el instante de analizar los métodos mediante los cuales ha intentado rehacer la vida rusa, sino simplemente el de señalar la repercusión de la situación económica de este momento en el hogar.

El déficit de cada casa es tan grande, que el visitante se pregunta con asombro como puede saldarse. He aquí el hogar de un obrero técnico del arte textil que ha tenido importantísimos puestos en las fábricas de Polonia. Nos reciben con alborozo porque somos portadores de una carta y algún dinero del hermano de la mujer, que habita en España; ella está jubilosa, radiante. “Hoy es día de albricias en nuestra casa -repite una y otra vez en alemán-, porque sé de mi hermano, y él es la luz de mi vida”; y nos enseña con ingenuidad y ternura a sus pequeños; y el marido nos insta a que tomemos el té o un vaso de leche, y nos pide perdón por lo menguado del refrigerio ofrecido; mas se disculpa de ello por la miseria de su vivir.

Contadas las primas, él gana al mes, aproximadamente. 13.000 rublos; recibe media libra de pan diaria y de tiempo en tiempo algún azúcar; en el transcurso de tres años, dos veces, en pequeñas cantidades, le ha dado patatas la Administración. Su mujer y sus hijos tienen también derecho a media libra de pan diaria; mas como no lo hay en los almacenes del Estado, no lo perciben. El costo de la vida mensual de la familia lo evalúan ambos en 200.000 rublos. ¿Dónde hallar lo que falta y cómo hacerse de los artículos de comer necesarios, si su adquisición esta prohibida? Ha estado enfermo este hombre inteligente y culto, y al narramos sus angustias se va excitando; es el ruso neurótico con que la novela realista nos ha familiarizado; concluye pidiéndonos un consejo sobre qué debería hacer y suplicando intercedamos para que lo dejen salir de Rusia a un país de clima más benigno, en que pueda cuidar de su organismo quebrantado.

Este hombre hacía una clasificación de los actuales ciudadanos en cuatro clases: 1.°, los que comercian con los asuntos del Estado, que no bajarán del 70 por 100 de los empleados; 2.º, los que no hacen objeto de comercio su conciencia y venden cuanto tienen; 3.°, los especuladores; y 4.°, los que no tienen que vender ni pueden robar, y languidecen.

El presupuesto a que antes nos hemos referido es el de las familias modestas. He aquí la vida del hijo de uno de los más célebres fabricantes de Moscú, que desempeña hoy un puesto administrativo en una fábrica. Como los demás, provee directamente a las necesidades menudas de la casa: partir la leña por la mañana, subir el agua, etc. Ha de ir después a su trabajo, y conjuntamente con su mujer ha de procurar, por ultimo, arbitrarse los medios de alimentación y vestido, ya que ración no es ni medio suficiente para él. Gana, aproximadamente, 14.000 rublos, y aunque no tiene hijos, como no sabe prescindir de comer carne, necesita de 350 a 400.000 rublos mensuales.

Hemos sido invitados a cenar por esta familia, que, signo del círculo a que pertenecía, se expresa en francés, conocen la literatura de su país y hablan de Rusia con pasión. Reconocen que estaban ciegos, y ven en lo actual una lección que sabrán aprovechar cuando las circunstancias cambien…  En la habitación en que comemos hay una chaise-longue que sirve de lecho por la noche, y un chubesqui de leña, en el que ayudamos al marido a freír unos trozos de pan y pequeñas ruedas de carne. Sobre la mesita-velador se ha puesto la fuente, y en torno nos sentamos siete personas; no hay cubiertos; apenas si caben en el velador los pequeños platos de postre sobre los que colocamos el trozo que a cada cual pertenece; hay además manteca con que aderezar el pan que no ha sido frito, y han llevado una botella de un liquido alcohólico extremadamente fuerte -¡¡72 grados!!-. Nos dicen que es una bebida muy amada por los rusos, y lo que si tuvimos ocasión de admirar fue la imperturbabilidad y copiosidad con que las señoras lo absorbían. Como siempre, el té era la base de la comida; y con el vaso de té en la mano nos hemos internado en la noche en diálogos inacabables, que contribuyen a iluminarnos el alma de este pueblo.

La señora del hoy empleado y la hermana eran admirables tipos rusos: altas, blancas, de cabello rubio abundante y ojos azules; angulosas de facciones, con mirada brillante y llena de audacia, una; la otra, de belleza no usual y de facciones más redondas, daba la impresión de un alma serena, Todos habían padecido persecuciones en la Revolución, y aún había dos miembros de la familia condenados a muerte y ocultos. Hacían motivo de humorismo lo que otras almas de menos fortaleza habrían estimado grandes desventuras, y así, como advirtiesen, sin duda, que habíamos reparado en el traje algo extraño del marido, dijéronme que lo habían hecho ellas utilizando un portier. Hablaron de personalidades del arte español y tocaron el piano y cantaron. ¡Qué extraño hace escuchar música o canto en uno de estos hogares por donde ha pasado y sigue aún cerniéndose la tragedia, y donde la necesidad, antes desconocida, es hoy una asidua visitante! A muchas personas he oído con frecuencia en Moscú: “No podemos oír tocar ni cantar en el interior de nuestras casas sin sentir honda congoja”.

En los hogares donde habitan los miembros que forman el estado llano de los nuevos cruzados, los encendidos por la fe comunista, la privación es asimismo grande, sobre todo entre los antiguos adheridos al partido; pero sobrellevan la penuria con el entusiasmo del sacrificio por el ideal. Nos encontramos en la casa de una obrera sastra, y hay dos niños; el pequeño pide comida, y como no la hay, le dice a la madre que le dé pan; sólo existe un pequeño trozo, y se lo dan. “Estamos muy mal -nos dice-, sí; nuestra organización es imperfecta, lo sabemos; pero si nos dejan en paz y hacen el intercambio con nosotros, realizaremos algo que dentro de siglos se verá con asombro; porque ahora es cuando hemos hallado el sentido de la vida”. Y aquella mujer, morena, de pelo negro, ojos grandes y rostro enjuto, se recogía en sí misma y hablaba con el fervor y entusiasmo de una iluminada. Esta pasión y fe articulada es el tejido orgánico que sostiene a la Rusia oficial de hoy. Aquella mujer viuda deja a sus hijos gozosa en una institución del Estado, si se la requiere, en nombre de su partido, para desempeñar una misión en el último confín del Asia.

Por las mañanas, en todas las casas tiene lugar el éxodo familiar: los niños van al colegio; la madre y el padre, a alguna fábrica u oficina, donde a las dos de la tarde se reparte una comida que es preciso aprovechar. Antes de partir se ha tomado una infusión que hace las veces del té o el café -el kilo de té cuesta 20.000 rublos- y un pedazo de pan. Raras son las familias que toman azúcar. A las diez de la mañana suele comenzarse el trabajo en las oficinas y a las cuatro termina. Las exigencias materiales absorben la mayor parte del tiempo que resta. Leer, apenas si leen las antiguas clases directoras; han perdido el gusto por vivir, son indiferentes a todo y, con ese imponderable espíritu de adaptación y renuncia del ruso, han hecho como dejación de la vida. Allí en Moscú, en la penumbra, habita una de las princesas más renombradas de la vieja corte del zar; vive, con sus dos hijas, de lo que les deja una modesta casa de comidas, en la que ocultamente se reúnen antiguos señores que llevaron vida de holgura y holganza; la princesa y sus hijas son las que cocinan y se ocupan en los otros menesteres de la vivienda.

Los hogares antes abundantes se van vaciando: hoy se venden los cubiertos; mañana las señoras se hacen un traje de un abigarrado mantón de cachemira con que antaño se cubría el piano; otro día se manda al mercado un abrigo de señora que costo 250 rublos y se vende en 1.200.000, y, faltos de jabón y dedicados todos a labores manuales, las manos se ennegrecen y la ropa blanca deja de ser tal. Hemos visto a un profesor de la Universidad con un cuello de camisa que inspiraba piedad; era un hombre refinado, para quien aquello constituía un acerbo dolor.

Para hallar en la Rusia de hoy un sereno remanso espiritual rico en sugerencias es preciso tener la suerte de conocer el medio íntimo de una de esas figuras relevantes que han abundado en Rusia desde que comienza ésta, a fines de la primera mitad del siglo XIX, a buscarse a sí misma y a descubrir la intimidad de su genio. En la aldea de Dimitrof hallamos al venerable y paternal Kropotkin; vivía, con su bondadosa mujer e inteligentísima hija, en una casita de madera, rodeada de huerto y jardín. El huerto lo trabajaba la mujer, a pesar de sus sesenta y dos años y de no haber tenido costumbre de ello; pero era necesario suplir de algún modo la ración de viejo que “Pedro” recibía. La hija, delicada de salud, no podía ayudarla en estos sus empeños de horticultura. Tenían una vaca, respecto de la cual una orden de Lenin prohibía la requisa, y de vez en cuando anarquistas de aquí y de allá acudían con un presente modesto para el anciano ex príncipe, que siempre hallaba una palabra espiritual o un gusto lleno de dignidad con que revelar al recién llegado cuán íntimamente le afectaban estas atenciones.

Cumplía sus setenta y ocho años uno de aquellos días; y en una habitación amplia, con techo de madera obscura, alumbrada con dos quinqués de petróleo, una joven artista, que fue con nosotros de Moscú, canta al piano, al atardecer, melodías rusas. En la sala hay también un señor médico y un joven silencioso, de mirada muy abierta. La familia Kropotkin está en el salón, y el viejo de corazón infantil aprovecha las pausas de la artista para acercarse ya a uno, ya a otro, e interesarse por las inquietudes espirituales que la estancia en Rusia nos despierta. En sus juicios se ve la preocupación por ser justo, y con delicadeza conduce a su interlocutor al punto en que radican los problemas fundamentales de la actual situación rusa. Sus apreciaciones no nos pertenecen; los momentos son harto polémicos para sacar a la luz postreros juicios de aquel hombre admirable; más de sus palabras extraíase lo que es difícil lograr en estos instantes: una perspectiva histórica de la Revolución Rusa.

También en el hogar de aquel anciano se conocía la privación. Un día, como acompañase por la aldea silenciosa y muerta a la señora de Kropotkin y le preguntara por la vida de ellos, díjome con la voz velada: “Ayer vendimos el gabán de Pedro”. Cuando los periódicos alemanes, especialmente Die Freiheit, publicaron la noticia de la escasez con que vivía Kropotkin, llamó a su señora el comisario de Cultura y le propuso enviarle cuanto necesitara. “Gracias -contestaron los ancianos-; mal estamos, pero aún están peor otros muchos en Rusia”.

Lo poco que se lee entre quienes tenían el habito de hacerlo se refiere a la Revolución Francesa; en los relatos de entonces se busca un alivio a los dolores de hoy y una guía para el pensamiento; en todas partes hablan y evocan aquella Revolución; se lee sobre ella en las prisiones y en los hogares antiguos; lo lee, sobre todo, el viejo patriciado y la antigua burguesía.

El hogar está hoy, pues, exhausto de espíritu. La concepción de la vida sobre la cual se asentaba la relación de padres a hijos; la moralidad creada por una sociedad viciada por muchas injusticias, algunas de las cuales ahora periclitan; la propia relación sexual, todo ha sentido la conmoción del nuevo régimen, que, ansioso de afirmar los valores a los cuales quiere servir, esfuérzase por atraer hacia sí el centro ideal de todo grupo social y absorberlo. En su virtud, la familia siente moverse las bases de su poder; desde las varias instituciones oficiales tiran del individuo; los chicos se casan a los quince o dieciséis años, y, por tanto, el hogar tiende a ser substituido como núcleo formador; el Leviatán lucha por devorarle, y tal vez ello permitirá la iniciación de una visión más completa, rica y justa de la relación entre hombre y mujer, que haga posible a los afanes irracionales del corazón no quedar sometidos a la suma racionalidad: a la uniforme racionalidad legalista. Es evidente que el hogar ruso tiende hoy a diluirse en el todo social; tal vez en Rusia haya existido siempre una tendencia a ello; pero lo que resta del antiguo hogar vive envuelto en un cendal de dolor y pobreza. La generalización del tal dolor y pobreza tiene el carácter de un fallo universal sobre la infame estructura de la sociedad en que vivimos. Torpe o acertadamente ejecutado -éste es un segundo problema-, el valor eterno de ese fallo consiste en que ha intentado sustituir el principio cardinal de la organización social por otro más justo, y en cuanto intento, ha dado satisfacción a anhelos puros de justicia.

¿Con qué métodos ha querido realizar los nuevos principios? He aquí lo que vamos a estudiar en los capítulos siguientes.


Capítulo Segundo – La Organización Política

Según la concepción y la firme convicción rusa, por

el contrario, no deberá transformarse la Iglesia en Esta-

do como de un tipo más bajo en otro superior, sino que

debe prepararse el Estado, sola y exclusivamente, u

advenir Iglesia, y no más que Iglesia; sea éste su objetivo

final, y así suceda. ¡Amén!

DOSTOYEWSKI, Die Brüder Karamasoff

Munich, 1920, p. 115[3]

Si las condiciones de la guerra internacional se han

modificado, no se han modificado menos en lo concerniente

a la lucha de clases. Ya no es el tiempo de las

revoluciones realizadas mediante la toma súbita del

poder por minorías conscientes que se ponían a la cabeza

de las masas inconscientes. Cuando se trata de una

transformación completa de la organización social, las

masas mismas deben participar en la acción, sabiendo

por qué han entrado, y comprender ellas mismas de lo

que se trata. Esta enseñanza nos la ofrece la historia del

último medio siglo; y para que las masas comprendan la

obra a realizar es menester un trabajo largo y sistemático,

y este trabajo es el que ahora hacemos con tal éxito,

que desespera a nuestros adversarios.

(Prefacio de Engels, escrito en 1895,

al folleto de Marx, Klassenkampfe in Frankreich,

  1. del Vorwärts, 1920, p. 20)

La doctrina guía.

Los hombres de la Revolución Francesa llegan a ella con un ideal formado en la doctrina del progreso, alma mater de la concepción histórica del siglo XVIII, y un concepto republicano del Estado, inspirado en el Contrato social. La educación en los clásicos latinos fomentó la visión democrática, y los materiales para construir la República fueron tomados en Montesquieu, Rousseau y el abate Mably. El lenguaje de los Parlamentos de aquella Revolución es ininteligible si no se le interpreta en vista de las doctrinas de quienes lo inspiran; hay momentos en que las expresiones más luminosas, los principios que se invocan y mediante los cuales se aclara el rumbo que se intenta dar a la Revolución, están taxativamente tomados de uno de los clásicos antedichos; son frases cargadas de ideal que fecundaron la conciencia de una época, y llegado el momento propicio principian a mostrar su poder creador. Y lo que de la Revolución Francesa decimos cabe asimismo afirmarlo de la Revolución Inglesa del XVII, que es hija de la concepción civil de los puritanos; y lo mismo puede decirse de todo tránsito dramático y revolucionario en que se acomete la obra de cambiar el principio sobre el cual se cimientan las instituciones jurídicas y políticas por otro esencialmente distinto; es decir, de toda gran revolución de tipo histórico, o sea de las que aspiran a sustituir una totalidad por otra totalidad, cambiando la clave de las instituciones.

No es posible ni aun acometer tal obra sin una previa madurez, siquiera sea en un grupo social, del ideal renovador. ¿Cuál es éste en Rusia? Lector, he de limitarme casi a designar, o poco menos, los nombres representativos de la doctrina a que se necesita apelar a fin de esclarecer la realidad de que he sido testigo. Decía Platón que las ideas son como lámparas que iluminan el camino, y este que recorre hoy la gran Revolución Rusa ha menester del esfuerzo discursivo de cuantos se interesen por conocer las ideas que llenan de luz su ruta.

Así como los hombres ingleses del XVII inspiraron sus doctrinas en los Covenants de las congregaciones religiosas y los revolucionarios franceses del XVIII las fundaron en las obras de los autores antes citados, así los revolucionarios rusos que hoy están en el Poder han tenido sus guías ideales, respecto de las cuales insistente y tenazmente se declaran ortodoxos: Carlos Marx y Federico Engels.

*  *  *

En la abundantísima literatura marxista hay dos interpretaciones de la doctrina de Marx, que difieren esencialmente: una, encendida por la emoción de lucha de clases, da por resultado una teoría esencialmente política y revolucionaria; la otra considera la lucha de clases como hecho, subraya la interpretación económica de la historia y deduce de ella que carece de fundamento intentar cambiar la infraestructura por obra de una modificación en la superestructura, ya que la primera es la condicionante y la segunda la condicionada. La infraestructura, esto es, el sistema de las condiciones de la producción, ira modificándose por la ley inmanente al régimen capitalista, por el proceso de concentración (aspecto técnico), que engendrará una proletarización cada vez mayor (aspecto social).

Esta misma proletarización creciente llegara a un punto de saturación, y por virtud de ello la Revolución Social estará cumplida, o, por el contrario -y de nuevo renace la tesis predominantemente política-, “el antagonismo entre proletariado y burguesía en una lucha de clases no puede menos de conducir a una Revolución completa”, en la cual la clase trabajadora, dueña del Poder, establecerá su dictadura de clase.[4]

¿Qué es, pues, ser ortodoxo marxista? A medida que es más profunda la visión de un pensador, son mas los gérmenes que encierra y las vías que deja abiertas al espíritu: así ha acontecido con todo pensador genial.

Llamarse a sí mismo ortodoxo respecto de algo, a más de revelar una disposición de espíritu anticientífica, confesional, es limitar la capacidad creadora de aquello respecto de lo cual nos consideramos ortodoxos, porque esto sólo es posible a condición de disecar y desposeer de toda vitalidad a una doctrina; hay ortodoxos católicos o protestantes, pero no hay ortodoxos cristianos, porque el cristianismo en sí no ha sido dogmatizado, y a causa de ello abarca muchos dogmas y los supera, y es susceptible de infinitas interpretaciones; cada edad, bajo el estímulo de una doctrina, va sintiendo movilizadas sus emociones de un modo peculiar y da una interpretación singular a aquélla.

Los ideólogos: Lenin

Henos aquí ante Lenin -en su cuarto de trabajo, tantas veces descrito, amueblado con sobriedad. Una gran carta mural de Rusia atrae de continuo el pensamiento y la mirada de Lenin.

El acceso ha sido difícil; hemos necesitado recibir el plácet de distintos grupos de centinelas, y, al fin, cuando hemos entrado en el amplio despacho de Lenin, inmediatamente después de una misión rumana, ha venido él a nuestro encuentro y, con afabilidad, nos ha dicho que ya sabe cuan largamente hemos departido sobre cuestiones doctrinales con Bujarin.

El Poder ha suavizado, sin duda, el carácter de Lenin; en el curso de la conversación extensa que hemos tenido, no obstante conocer perfectamente nuestra concepción teórica y táctica, no nos ha dirigido ni una pregunta cuya respuesta pudiera sernos embarazosa, ni una frase veladamente molesta; sin embargo, este hombre ha sido y es temible por el vigor sarcástico de sus sonrisas y sus frases agresivas, mortificantes, incisivas. El blanco de ellas es singularmente el adversario próximo, el llamado reformista.

Lenin viste un modesto traje de americana oscuro; nos invita a tomar asiento en una butaca y él lo hace en una silla; inclinado hacia adelante, nos pregunta por España. Le observamos con interés. He aquí Lenin -nos decimos-; él es el creador de la ideología del partido que está en el Poder, y aún del partido mismo; es el pensamiento que pugna por concretarse en realidades en este momento de la Revolución; va hacia su objetivo y no vacila ni en la elección de medios, ni en las finalidades, ni en las rectificaciones tácticas. La gran “experiencia social” de la cual es el gran demiurgo exige, a su juicio, no tener en cuenta sino los dictados de la razón; las filtraciones sentimentales de lo inmediato no perturban en él -así nos lo imaginamos- los propósitos de construcción. Tal vez nadie haya acometido hasta hoy empresa comparable con la que acomete este hombre de aspecto insignificante y frío.

Su cabeza esta casi desprovista de cabello; su barba y bigote son más bien rubios; los ojos, pequeños, oblicuados y escudriñadores; con frecuencia la mirada de uno de ellos se desvía; la cabeza es alargada, y, efectivamente, responde su rostro, como de continuo se ha observado, al tipo mongol.

Le hemos pedido permiso para hacerle preguntas, no con otro propósito que el de escucharle; y si su exterior y su mirada no atraen, su hablar sereno embarga la atención de quien le escucha. Quisimos que las cuestiones que le planteásemos fuesen como el eco de las grandes preocupaciones que entonces embargaban a la masa rusa más despierta, preocupaciones que nos habían dado a conocer las personas con quienes conversamos; eran preguntas mediante las cuales aspirábamos también a conocer qué trayectoria política pretendía él imprimir a la Revolución.

-¿Cómo y cuando cree usted –interrogamos- que podría pasarse del actual período de transición a un régimen de plena libertad para Sindicatos, Prensa e individuos?

-Nosotros -respondió Lenin- nunca hemos hablado de libertad, sino de dictadura del proletariado; la ejercemos desde el Poder, en pro del proletariado, y como en Rusia la clase obrera propiamente dicha, esto es, la clase obrera industrial, es una minoría, la dictadura es ejercida por esa minoría, y durará mientras no se sometan los demás elementos sociales a las condiciones económicas que el comunismo impone, ya que para nosotros es un delito así el explotar a otro hombre como el guardarse la harina de que ha menester alguien. La psicología de los aldeanos es refractaria a nuestro sistema; su mentalidad es de pequeños burgueses y por eso no los contamos como elementos proletarios; entre ellos han hallado los lideres de la contrarrevolución (Denikin, Kolchak, Wrangel, etc.) sus adeptos; más los aldeanos han llegado a una conclusión, a saber: que si los bolcheviques son malos, los demás son insoportables. Nosotros, a los aldeanos les decimos que o se someten o juzgaremos que nos declaran la guerra civil, que son nuestros enemigos, y en tal caso responderemos con la guerra civil. Lentamente, la psicología de éstos va cambiando y los va acercando al Gobierno. La dificultad para nosotros estriba en la cercanía de productos industriales con que recompensar lo que les requisamos; a ello se debe el que necesitemos seguir emitiendo billetes, lo cual para nosotros no ofrece dificultad alguna, pues disponemos de papel y máquinas de estampillar; este dinero-papel sólo significa, pues, una promesa de pago de productos.

El periodo de transición de dictadura -continuó diciendo Lenin- será entre nosotros muy largo…, tal vez cuarenta o cincuenta años; otros pueblos, como Alemania e Inglaterra, podrán, a causa de su mayor industrialización, hacer más breve este período; pero esos pueblos, en cambio, tienen otros problemas que no existen aquí; en alguno de ellos se ha formado una clase obrera a base de la dependencia de las colonias. Sí, sí, el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de ésta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?

-Pero si el período de transición ha de durar –dijimósle- lo que tarde en lograrse el sometimiento de los hombres y las cosas a las medidas de socialización, ¿no cree usted que las concesiones acordadas al capitalismo extranjero, al llamar de nuevo a los capitales en las condiciones que lo hace, alarga, por un acto del Poder, este periodo de transición, y obligará mañana a exigir de nuevo a la masa obrera que vuelva a hacer otra revolución para adueñarse de las empresas que se establezcan, una vez se encuentren éstas consolidadas?

-Tiene usted razón -respondió Lenin-; eso va a dilatar la dictadura proletaria y va a exigir nuevas luchas; pero nosotros no podemos vencer al capitalismo extranjero, al cual sostienen las masas obreras, y necesitamos reconstruirnos económicamente. Rusia se ha mantenido estos tres años mediante sacrificios inauditos pero no puede continuar sufriendo las privaciones actuales, y ello sólo podría evitarse o mediante las concesiones, o porque estallase la revolución mundial, que no sólo la deseamos, sino que tenemos seguridad absoluta de que está comenzada, aunque se desenvuelve más lentamente de lo que fuese de desear.

Hablamos de la posibilidad de que saliese de Rusia alguien que ya había recibido permiso y hasta misión especial del Comisariado de Enseñanza, pero a quien la policía, no obstante, negaba el pasaporte oficial; y retomando a las cuestiones objetivas, Lenin nos habló de cómo gobernar es maniobrar; hizo la apología de los planes de electrificación; nos describió la trascendencia de ellos en la nueva economía, y por último nos dijo:

-Hemos despertado en el país el año diecisiete, mediante nuestra propaganda, el entusiasmo político, defendiendo las ideas de paz y Soviet, que es la institución más democrática que puede idearse; hemos suscitado más tarde en el pueblo el entusiasmo militar, mostrándole cómo las naciones burguesas se coligaban contra nosotros, y ahora lograremos despertar el entusiasmo por la reconstrucción económica[5].

Existe una idea central en la concepción de Lenin que no aparece en esta conversación, más debemos añadirla, porque es indispensable para penetrar en la realidad rusa y juzgarla: nos referimos a la dictadura ejercida por el partido como vanguardia del proletariado, idea que es el leitmotiv de las obras de Lenin y razón de ser del tipo de actuación de toda su vida; es la idea matriz de la organización civil de Rusia en la época de la Revolución de que hemos sido testigos, y de la cual debemos juzgar; es la doctrina “de la vanguardia consciente”, convertida en guía histórica de la masa; así la expone Lenin en su admirable estudio Los problemas inmediatos del Poder de los Soviets[6] y en su no menos profundo El radicalismo, enfermedad infantil del Comunismo[7].

Es tan de esencia este principio a la ideología bolchevique, cuyo creador, como hemos dicho, es Lenin, que al proyectar la concepción comunista en la vida internacional obrera ha continuado siendo la clave de la armazón; ése es el sentido de las “Tesis” y “Condiciones” que sirven de normas a la Tercera Internacional, las cuales exigen a quien haya de pertenecer a ésta que acepte el principio al cual nos referimos.[8]

Bujarin: su visión

El líder de la izquierda comunista es el joven Bujarin. No cuenta más de treinta y tres años; es pequeño de estatura, rubio, de ojos azules llenos de vivacidad y energía; tiene un profundo poder de seducción. Es el Saint-Just de la Revolución Rusa; va hasta la última consecuencia sin la menor vacilación. El mesianismo eslavo-comunista tiene en él su más potente vocero. ¿Dificultades? La revolución es el desarrollo de una tesis que es indispensable insertar en la vida, la cual es mecanismo. El carácter racionalista a ultranza del partido adquiere en Bujarin un relieve insólito. Se enfebrece escuchándose a sí mismo u oyendo al adversario; preso en la idea, habla como un poseído, y su mirada, abierta y luminosa, no recae sobre el mundo exterior, sino que se abisma en su propia intimidad y se enciende por el fuego interno que la abrasa.

Se levanta, se mueve, gira, se desabrocha la airosa blusa rusa que viste, descubre su pecho desnudo, revuelve sus pelos lacios y no abundantes, aspira con frenesí el cigarrillo, y en todo instante, durante horas y horas, no cesa de hacer “observaciones teórica” encaminadas a fundamentar cada una de sus palabras. Echado sobre la chaise-longue, o de pie, con voz aguda y frase cortante va construyendo verdaderos aparatos dialécticos encaminados a inmovilizar al adversario. Es implacable y es jovial; tiene fragancia juvenil y es un silogismo vivo. Ante él, Lenin, Radek o Zinovief resultan oportunistas y hombres transigentes: Bujarin es el hombre que vive en los fines últimos y cree posible llevar a Rusia, si pudiera uncirla a su deseo, a la sociedad soñada.

Estamos en un cuarto amplio del Hotel Lux, con Bujarin y el secretario de la Tercera Internacional, Kobesky. Bujarin va a explicarnos y convencernos del alcance teórico y táctico de los temas considerados por la Tercera Internacional como fundamentales: Revolución mundial, Dictadura del proletariado, Régimen de los Soviets, Reformismo y Democracia burguesa.

La Revolución Social, el hundimiento efectivo del régimen capitalista, es para el grupo director de Moscú una afirmación que sirve de clave a su política mundial; lo estima como un hecho, y a describirlo encamina su enorme poder dialéctico y persuasivo Bujarin. La literatura oficial de la Revolución ha divulgado, no las razones en que apoyan esta creencia -como era lo obligado dada su concepción estrictamente económica y marxista-, sino que se ha limitado a despertar la credulidad en un hecho que todos los socialistas deseamos, pero cuya existencia indubitable nos parece peligroso afirmar a las propias masas obreras[9].

Bujarin, con vivísimos colores y acentos de convicción honda, nos iba poniendo de manifiesto fenómenos que en realidad acompañan las más veces a las crisis periódicas del capitalismo; otros que son propios del colapso de la economía en la post-guerra, y subrayaba, por último, con vehementes palabras el decrecimiento de la capacidad de producción de los obreros, pareciendo ver en ello un hecho que atestiguaba la firmeza del aserto que sirve de clave a la actitud internacional del grupo ruso: el momento de la Revolución mundial ha llegado.

Sin esta convicción no habrían redactado los rusos las 21 condiciones para los partidos socialistas; con ellas se ha querido formar el grupo homogéneo que había de organizar el asalto y guiar a la masa en la post-revolución. Pero, ¿han acertado en el juicio del momento histórico de la economía y en la elección de medios para elevar el entusiasmo de la masa proletaria? Hay cuestiones que inevitablemente se las habrán de plantear los historiadores de la gran Revolución Rusa. Y llegado a este punto, aparte la grave cuestión táctica que significa detener en nombre de dogmas el movimiento espontáneo de adhesión que la Revolución Rusa suscitó en el Socialismo mundial, hay estos otros problemas preliminares, de los que depende que se estime como acierto o desacierto lo hecho: 1.° ¿Qué razones científicas -¿no estamos ante una doctrina socialista que invoca este carácter?-, ¿qué razones científicas se han aducido para demostrar que efectivamente nos encontramos ante el momento final del capitalismo? 2.º Si así fuese, ¿cómo puede el capitalismo sobrevivirse a sí mismo? Y si así no fuera, ¿cómo puede un acto de voluntad de clase poner fin a un régimen económico? 3.° ¿Qué sentido tiene en este punto la concepción de los bolcheviques, dada la idea marxista de la superproducción crónica y del decrecimiento del provecho como causas determinantes del hundimiento capitalista? ¿Es, pues, la razón y no la unidad de los factores de la materia social la que crea la historia para los marxistas rusos?[10]

Cuando el joven Bujarin, siguiendo el desenvolvimiento lógico de los temas, explica el valor de la dictadura del proletariado, su cuerpo parece arder: es indispensable, dice, que al pueblo se le persuada de que sus luchas han de concluir en la guerra civil, en la guerra armada; la huelga general, que habían llegado a considerar forma suprema de lucha los sindicalistas, es pueril; la burguesía los aplastará con la fuerza de sus cañones; y para que así no acontezca es preciso una labor tenaz en los cuarteles y una organización militar en el partido comunista, que es el que ha de asumir más tarde funciones dictatoriales sin vacilaciones de ningún género, sin temor de llegar a las más implacables actitudes, las cuales habrán de ser tanto más rigurosas cuanto mayores sean las fuerzas sociales que se opongan al fin por el cual se propugna.

En cuanto a la democracia, estima el líder ruso que el supuesto de ella es el reconocimiento de la voluntad común; y como la doctrina de Moscú lo que afirma del hombre es su carácter de productor -pero no admite el supuesto común Hombre-, considera que hablar de voluntad común entre productores y burgueses es tanto como hablar de voluntad común entre el lobo y el cordero, según la expresión de Bujarin; la democracia es, pues, un residuo ideológico –afirmaba- de la Revolución Francesa, y a ella hay que oponer la lucha de clases.

Para esto, así como para la lucha armada y para la obra a realizar inmediatamente después de la Revolución, el reformismo socialista es un obstáculo; y lo es porque los hombres que encarnan estas tendencias, en los momentos decisivos -decía Bujarin-, movidos por estímulos democráticos o de compasión, traicionan la causa.

Bujarin, el más mesiánico de cuantos hombres de relieve hemos escuchado en Rusia, apresado por el iluminismo ambiente y respondiendo a un rasgo profundo del alma eslava, evocaba, por ultimo, al Ejército rojo golpeando ya en el Afganistán, bien en la India, ya en Polonia o Alemania, y levantando a los proletarios del mundo y sumando con ellos sus armas para poner fin a la era capitalista. La grandeza de la evocación remueve lo más profundo y grave del alma de este hombre, y en parte la de este país: es la visión irresistible de que el pueblo ruso tiene una misión histórica que realizar, por virtud de la cual va a depurar al mundo de las injusticias del régimen actual.

Nuestros ejércitos desplegaran tanta más actividad agresiva cuanta mayor sea nuestra fuerza y más raigambre vaya teniendo el Gobierno actual -decía Bujarin-; sólo una gran debilidad nos reducirá a la inercia militar. En vano le recordábamos la necesidad de que contaran con el pueblo para tales empresas; Bujarin veía al pueblo atraído por la magnificencia de la obra a cumplir y no admitía la posibilidad de que fallase el instrumento.

“¡Marchara!” –decía-; y a los ojos claros de Bujarin se asomaba la ardiente y mística alma rusa, batiéndose siempre por asir sus ensueños y disipándose cuando llega lo concreto.

La Revolución y sus dos momentos

El antiguo régimen se hundió, por su propia abyección, en el breve transcurso de una semana; apenas halló defensores tan pronto como un acto de voluntad colectiva, enérgico y firme, se manifestó; y al verse libre Rusia del siniestro régimen que tanto atormentó su carne y su alma, al sentirse dueña de su destino, parece como que se reveló el fondo tierno y amoroso del eslavo; los desconocidos se abrazaban y besaban en las calles. “Era -nos decían los rusos- la luna de miel de

la Revolución; días de felicidad, días de idilio civil que también conoció la Revolución Francesa; días que recuerdan todos como los de suprema dicha que ha conocido aquel pueblo; días en que se sentían capaces de crear un mañana riente y en que cada cual, al par que sus expresiones fraternas, ofrecía la flor de su alma. Rusia vivía una hora de entrega y se diluía en su propio amor. Evocando aquellos días, que han contribuido a exacerbar la añoranza de los rusos, decíanos un gran científico, en Moscú: “Quien vivió aquellos meses puede morir tranquilo: nunca más volveré a gozar de espectáculo análogo”.

Y estos momentos primeros tal vez sean los que mejor descubran las aspiraciones germinales de los grandes movimientos históricos; lo que después comienza es la obra de escoger los medios con que realizar aquellos fines, que, en forma velada aun para la conciencia del propio pueblo, se estremecen dentro de ésta; y la labor artística del hombre político en instantes de tal linaje es acertar con la ecuación de medios y fines sin tocar al manadero de donde fluye la savia del movimiento. La Revolución se forma y alimenta con los anhelos que trae un pueblo, anhelos a los cuales es preciso seriar, ordenar; más tan pronto como el hombre individual trata de sustituir al pueblo en su función creadora, la marcha de la revolución se detiene, y, en la medida en que logra realmente el individuo tal sustitución, va cerrando el movimiento su ciclo creador.

Cuando irrumpe el movimiento ruso, lo primero que hace el pueblo es afirmar su poder, y lo hace del propio modo que lo hiciera en las tormentas sociales de 1905: creando espontáneamente el Soviet, esto es, el Consejo, la Asamblea del pueblo, que es la forma más ingenua del Poder, y por lo mismo la más fuerte, pues es la más inmediata; aquella en que cada cual esta más cerca de la autoridad porque todos son autoridad; y este principio de democracia pura, dotado de una virtud prolífica eterna, inagotable, se extiende inmediatamente en Rusia de la calle al cuartel, a la fábrica y al campo. Es el despertar civil de un pueblo, es el momento de espasmo reivindicatorio en el que se recaban los derechos.

Una de las primeras proclamas, si no la primera, que publicó el “Consejo de diputados obreros y soldados de Petrogrado” dice, entre otras cosas: “El antiguo Poder debe ser derruido y reemplazado por el Gobierno del pueblo: he ahí la salvación de Rusia; para alcanzar este fin y el interés de la democracia, el pueblo debe organizar el Poder. El Consejo de los diputados obreros quiere organizar las fuerzas populares para asegurar la libertad política y el Poder popular en Rusia”; y siguiendo la obra comenzada, da este Consejo el Prikase número uno el día tercero de la Revolución, en el cual ésta se revela a sí misma y descubre que aspira a modificar los viejos cimientos de la sociedad civil mediante la aportación de nuevas instituciones y principios encaminados a hacer más hombre al hombre. Este es el decreto llamado más tarde “Decreto sobre los derechos del soldado”, y es la clave de la Revolución.[11] Cuando se publicaba este decreto existía aún en Rusia el zarismo y afirmaba la Duma, frente a éste, su poder; más desde el comienzo se vio -fíjese el lector en el anterior decreto- que el órgano supremo no había de residir en ésta -en la Duma-, sino que la Revolución traía un principio y una Constitución, el Soviet, que negaba por el pronto a la Duma el carácter de soberana y estaba llamado a eliminarla en la medida en que la Revolución siguiese una vía triunfal: la democracia orgánica del trabajo; en ella residía el nuevo principio político y, por tanto, para el derecho público, la significación histórica del movimiento.

Al propio tiempo que se hacía luz y ahondaba en cada individuo la conciencia de su valor de hombre en la vida civil, los noveles órganos creados por la Revolución, los Soviets de fábrica y los Soviets políticos, iban recabando para sí el poder no sólo decisorio, sino director, y anulando a los demás órganos. Rusia se atomizaba, se disolvía en su propio ensueño de creación, a falta de un aglutinante práctico que pudiera resolver en un hacer aquel ansia ideal; ¿carecía de organizadores o carecía y carece de aptitud para una vida libre y orgánica? Hubo –hasta donde hemos podido informarnos- noble repugnancia a la violencia en los hombres directores; pero vacilación constante al tratar de dirigir la Revolución.

A la postre, el 24 de julio restablece Kerensky la pena de muerte sobre el frente para los delitos militares; la guerra con Alemania continuaba, a pesar de que uno de los deseos más inequívocos de la Revolución, al punto de haber sido una de sus causas inmediatas determinantes, era el de cesar en la guerra. No hay medio de mantener un frente guerrero con un ansia de paz en quienes lo constituyen; persistir en la guerra cuando tan tenaz e indubitablemente se había manifestado la voluntad de la Revolución contraria a ella, era un gravísimo error; además, el ejército del viejo régimen había muerto moralmente y el del nuevo no había sido creado.

Pero la sombra de la Entente ha sido nefasta a la Rusia revolucionaria: en la primera fase, por la presión que ejerció para mantenerla unida a su causa, siendo así que eran pueblos que hablaban ya ideales distintos; en la segunda, por la persistencia abominable con que ha azuzado a los pueblos contra Rusia; y en ambos instantes, por la sordidez y baja codicia con que ha defendido los intereses de los prestamistas, quienes, insensibles al dolor amontonado por la guerra, no han vacilado en comprometer a infinidad de países en otras nuevas con tal de rescatar sus títulos de renta.

Entre tanto, aumentaban las dificultades para abastecer las ciudades a medida que se descoyuntaba más la organización del tráfico; el hambre principiaba a adueñarse de los centros urbanos, y con videncia política se había organizado potentemente una fuerza durante la Revolución, con la aspiración de recoger la dirección de ella: era el partido bolchevique. Los elementos sentimentales sobre los cuales había de apoyarse para llevar a las masas al asalto estaban dados, y el 7 de noviembre de 1917, con la bandera de “Paz, pan, abolición de la pena de muerte”, y “Todo el Poder para los Soviets”, el partido comunista, apoyado en el Soviet y en la masa y demostrando un gran sentido de organización, que era la gran flaqueza del Gobierno, se hace dueño de Kronstadt y de Petrogrado sin necesidad de grandes luchas; otro tanto acontece en Moscú.

En este movimiento que da el Poder a los bolcheviques participan los anarquistas de modo tal, que, según ellos nos han referido, su influjo fue decisivo. Vueltos a Rusia desde Norteamérica, donde habían llegado a organizar una Federación con veintitrés asociaciones, hallan en la época de la primera revolución, la de marzo, toda clase de facilidades para la propaganda; únense a ellos los que habían abandonado Siberia al darse la libertad a los condenados políticos, y organizan grupos, especialmente en Petrogrado y Moscú, y editan periódicos; muchos se fueron al Don y a la Ucrania. Ellos fueron -nos relatan- quienes primero abandonaron la Asamblea Democrática de Kerensky; y al iniciarse la desviación derechista de éste, danse la orden de ayudar a los bolcheviques, aun cuando abrigaban temores respecto de éstos, que después se han confirmado; sin embargo, la experiencia actual, nos dicen, la necesitaba el pueblo.

Una vez más el Soviet aparece en la Revolución como el órgano que tiene la fuerza decisiva. El Soviet había ido acentuando su trayectoria de izquierda, y cuando los bolcheviques asaltan el Poder, tenían tras sí la mayoría del Congreso Panruso de los Soviets.[12]

He ahí un momento de inmenso interés en la historia de la Revolución Rusa. Paralelamente al Soviet, que es el órgano que de un modo permanente ha dejado escuchar la voz de la Revolución, actuó la Duma, que sucumbió, y fue devorada la Asamblea Democrática, que no supo actuar, y, por último, la Constituyente, violentamente disuelta a las pocas horas de estar reunida. En una revolución de tipo social, ¿qué voto había de prevalecer, el de la Constituyente o el del Soviet? El Soviet era, en realidad, lo espontáneo, vivo y orgánico de la Revolución. ¿Podía renunciar, llegado el instante de la Constituyente, a recabar para sí el carácter de institución básica del nuevo Estado, esto es, de órgano supremo constituyente? El problema, puesto que nace en la realidad, sólo tiene sentido si se le plantea con referencia a la Revolución Rusa; ahora bien: las ambiciones de esta revolución eran de carácter social, y quien la dio a luz, la ha seguido alimentando y forma el rasgo peculiar de su estructura, ha sido el Soviet. La Constituyente, por el modo como fue reclutada, por la movilización política general que determinó, y por su inmenso valor educativo, goza de un gran prestigio hoy en Rusia; se la evoca con respeto, y tal vez en un día más o menos lejano se llegará a la necesaria síntesis, que era difícil obtener en los momentos más enconados de la lucha: se llegará a distinguir el órgano de elección que ha de designar a los representantes de intereses económicos o profesionales, del que elija a quienes han de tener como problema el cuidar de intereses generales humanos.[13]

La realización del ideario político de los comunistas

Una vez el Gobierno en manos de un partido tan de acción como el comunista -en el que el sentido de la organización llega a lo genial-, adquirió el poder una acometividad inusitada; Rusia se halló a poco con una estructura política efectiva, y los objetivos económicos y sociales de la Revolución fueron llevados a las últimas consecuencias: la reja penetró hasta la entraña y lo volteo todo; nunca se ha visto una experiencia social de igual ambición de fines; el maximalismo se ensayaba a sí mismo, y el pueblo, que ha sido la materia del gran ensayo histórico, ha mostrado, al prestarse a ello, su inusitado heroísmo, que es dolor ofrendado a un ideal.

Pero, políticamente, ¿cuáles fueron las consecuencias del ideario del partido que llegaba al Poder? Desde el comienzo viose de un modo inequívoco adonde había de conducir la actitud del Gobierno, El grito “todo el Poder para los Soviets” significaba, en realidad, por virtud de la doctrina de la “vanguardia consciente”, “todo el Poder para el partido comunista”; más esto sólo se podía tener la seguridad plena de conseguirlo si se amordazaba la conciencia social, eterna creadora de variantes, y, por lo tanto, si se instauraba un régimen de terror. De esta suerte revive, una vez más, el eterno dualismo político de la Historia, libertad o tiranía, aun en circunstancias de Revolución Social, que parecía habían de ser enteramente adversas a que se plantease, como resultado de la doctrina del Poder, tal disyuntiva.

Rusia, por temperamento, parece oscilar entre dos formas extremas: o se diluye, impulsada por su ilimitado anhelo, falta de tejidos que mantengan la unidad orgánica, o se estructura tanto, que corre el riesgo de ahogar su propio espíritu; entre esos dos polos viene girando la Revolución; el principio del relativismo, representado por la democracia liberal, solo ocupa en su vida instantes fugaces.

No se demuestra el amor a un ideal asintiendo a cuanto en su nombre se realiza; la depuración y aquilatamiento de las ideas e instituciones no seria posible si el pensamiento adoptara esa servil actitud; además, sería nulo el valor pragmático de la Historia. Solo la ingenuidad, por consiguiente, puede haber intentado evitar la critica de este movimiento. Nosotros juzgamos pletórico de dimensiones ideales al acto histórico ruso, pero también creemos que el vibrante son del alma rusa ha cesado -queremos creer que temporalmente- por obra y gracia de una conducta del Poder que, aun cuando alguien lograra justificarla alegando razones peculiares a Rusia, sería monstruoso para la conciencia socialista tomarla como norma de su actividad futura. ¿Que es lo que ha acontecido?

Cuando sólo habían transcurrido diez días de la segunda revolución, el 17 de noviembre de 1917, un grupo de comisarios del pueblo, miembros, por tanto, del Gobierno y figuras relevantes del propio partido comunista -Rikof, Larin, Schliapnikof, Noghin, Miliutin, Yedolof, Riasanof, Teodorovich y Gumnof-, presentaban la dimisión de su cargo, acompañándola de la siguiente protesta:

“Creemos necesaria la formación de un Gobierno compuesto de todos los partidos socialistas representados en los Soviets; sólo la formación de un Gobierno de tal naturaleza podrá afirmar y consolidar la victoria alcanzada merced a la lucha heroica de los obreros y del Ejército revolucionario. Estamos convencidos de que si se rechaza esta solución sólo habrá un camino: el de conservar a toda costa un Gobierno bolchevique por medio del terror político. Este es el derrotero que ha emprendido el Consejo de Comisarios del Pueblo, y nosotros no podemos ni queremos seguirle en esa dirección. Vemos que ello conduce al alejamiento de las organizaciones proletarias de la dirección de la vida política, a la creación de un régimen irresponsable, sin control, y a la destrucción de la Revolución y del país. No podemos nosotros asumir la responsabilidad de esta política, y, en su virtud, ponemos a disposición del Comité central ejecutivo nuestro mandato de comisarios del pueblo”[14].

Que el lector reflexivo medite sobre el sentido de esas palabras; la predicción, cuando se ve la realidad rusa a los tres años de haber sido dicho lo trascrito, por elementos que eran y continúan siendo miembros del Gobierno, resulta de una clarividencia plena. Ello ha conducido a la situación que vamos a describir.

El eclipse de los derechos del hombre

 

El pensamiento carece actualmente en Rusia de medios normales y públicos de expresión. Como visitara el Centro de las publicaciones oficiales, vi entre los varios gráficos que nos presentaron uno en que se determinaba el número de periódicos diarios que se publicaban en toda Rusia; ascendían a 21: cuatro en Petrogrado, seis en Moscú y 11 en el resto del país; son los únicos permitidos, y dicho se está que todos son órganos oficiales u oficiosos del Gobierno. Los que con excepción de ellos puedan aparecer, caen dentro del delito de clandestinidad y bajo el temible de acto contrarrevolucionario.

Mas es difícil, aunque no imposible, burlar la prohibición, porque el Gobierno tiene requisadas todas las imprentas, fábricas de papel y existencias de este producto; por tanto, quien desee publicar, por ejemplo, un libro, se ha de dirigir al Comisariado de Cultura solicitando que se le imprima; pero no en virtud de un derecho; éste se reduce a la facultad de solicitar. El autor deberá acompañar el manuscrito, para que, en vista de su contenido, el Gobierno, si lo considera conveniente, dé las órdenes a sus imprentas y almacenes para que lo impriman, 0 bien contesta al autor con una negativa inapelable.

Como Kropotkin deseara hacer privadamente una edición completa de sus obras y vivir de ellas, en vez de vivir del socorro oficial, díjole primero el Gobierno que editaría cuatro de sus obras, las históricas, pero no doctrinales; y como se negara a ello el noble anciano de Dimitrof y tampoco aceptara la protección material que le ofrecieron –al hacerse público en el mundo mediante artículos que acerca de su pobreza se insertaron en varios periódicos de Alemania, Francia e Inglaterra-, hízole una segunda proposición el Gobierno: editarle las obras completas. Kropotkin exigió hacerlo él, en la imprenta que tenían los anarquistas, y recabó el derecho a que las pudieran vender sus camaradas en ideas, así en los Centros como en cuantos sitios les fuera posible. El Gobierno no lo consintió, y él declaró que no podía reconocer mediante un acto suyo el derecho exclusivo del Poder a ser quien avalase el pensamiento; “hacerlo –decía-, equivaldría a reconocer algo que lleva consigo la muerte para la libertad del pensar”.

Una vez publicado un libro, va a las librerías oficiales, únicas que existen, y en ellas se vende o no, según lo deseen oficialmente. Nadie privadamente tiene derecho a comprarlos; solo los organismos oficiales, en una solicitud, llamémosla así, son los que pueden dirigirse a los Centros de publicaciones en demanda de alguna obra. La producción intelectual está, pues, intervenida en todos los momentos. Pretender satisfacer un deseo inmediato e individual es imposible; es preciso recurrir a la dirección administrativa de algún organismo publico.

¿Es qué con la palabra se goza de mayores posibilidades de difundir el pensamiento? Hay en la vida rusa núcleos que representan idealmente direcciones contrarias a la del Gobierno, y a los cuales, sin embargo, se los tolera: tal es el caso de sindicalistas y anarquistas; mas en los clubes de unos y otros esta vedado -como hemos dicho al tratar de los clubes en el capitulo anterior- hablar de política y, en general, de cuanto pueda significar fomentar un disentimiento con el Poder. Si alguna vez se improvisa un pequeño mitin de protesta contra alguna tropelía, se corre el riesgo de que el Argos policiaco acuda y ponga a todos directamente bajo su custodia, como aconteció precisamente en un club sindicalista, y así nos lo referían ellos mismos privadamente, no muchas noches antes de ir nosotros a visitarlos en su círculo.

Es más: para los primeros días de diciembre ultimo pasado –1920- estaba convocado el Congreso sindicalista en Kharkov, y, según nos dijeron delegados a quienes hablamos, había sido autorizado tal Congreso; más luego supimos por la familia de estos delegados que, una vez reunidos, fueron todos presos.

Y así, no ya los grupos, sino ni aun el mismo individuo, puede tener seguridad de que su actividad profesional no suscite sospechas y se la juzgue contrarrevolucionaria; hay casos de este género en el profesorado que causan un vivo pesar. Y la miseria ambiente y, por tanto, la necesidad de obtener un plus de ración facilita el reclutamiento de delatores aun entre jóvenes escolares. De esta suerte, la conciencia de mucha gente va envenenándose por la mancilla que hábitos de tal condición imprimen. ¡Con qué amargura lo advierten y comentan en la Rusia soñadora gentes en quienes está extinta la concepción burguesa, pero potente y lozana la visión ideal de la nueva sociedad!

Hombres y mujeres, singularmente cuantos habitan en las ciudades y han hallado algún lugar en uno de los innúmeros centros burocráticos que han surgido, o en cualquier dependencia industrial o comercial del Estado, han quedado civilmente inmóviles; han quedado como clavados en la vida; su puesto no puede ser abandonado; el obrero de una fábrica, ya sea de calzado o bien textil; la mujer que hace el servicio en tal hotel oficial; el antiguo abogado y filósofo que hoy ha encontrado un medio de vida en la Central que distribuye las patatas; el escritor o pintor de antaño que ha hallado tal o cual acomodo pasajero, ninguno puede escuchar la voz del deseo, esa voz íntima que es la esencia de la individualidad misma, es decir, la vocación, el llamamiento interior. Lo que una vez seas, has de continuar siéndolo; los alborozos e inquietudes, la busca de nuevos senderos para tu actividad, o la forma más elemental de cambio, la de abandonar un sitio para ir a otro en que se haga lo mismo, pero que sea mas del agrado propio, es imposible, porque el trabajo está concebido en los servicios que considera el Estado necesarios y urgentes, como un servicio militar y siendo el Estado monopolizador del trabajo, así la inscripción en un servicio, como las mas leves mudanzas, necesitan su plácet.

Los uno, si abandonan el trabajo de lo que se llama el “frente industrial”, incurren en el delito de deserción; los otros, aun cuando no contraigan responsabilidad penal, corren un grave riesgo: el de no hallar trabajo y perder la ración oficial; sólo tienen una salida; huir al campo.

Pero hay que huir propiamente, porque el trasladarse de una provincia a otra por el ferrocarril solo es permitido si la policía lo consiente, y ni hay apelación posible, ni hay derecho en que apoyar la demanda. La policía lo niega, en general, a menos que se trate de un caso excepcional. Así, una joven, de familia que nos era conocida, solicito ir a ver a su padre enfermo, habitante en una provincia limítrofe a la de Moscú, y la policía no estimó que esto era razón suficiente.

¡La policía! ¡La Tcheka! ¡Con qué terror se evoca a esta siniestra organización, en la que se ha infiltrado el espíritu y aun las personas que constituían la antigua Okrana, o policía de los tiempos zaristas! ¡Aquella Okrana, a cuyos individuos niega la Constitución sovietista el derecho electoral activo y pasivo (art. 65), recogiendo una de las emociones más densas de menosprecio y odio que existían en el castigado pueblo ruso! ¡Y hoy ese mismo pueblo tiembla de continuo ante su posible aparición súbita en las primeras horas de la madrugada! Y la Tcheka, sucesora de la Okrana, ha advenido de nuevo un instrumento formidable del Poder, y por su impunidad absoluta, por su autoridad sin control alguno, ha degenerado en lo que, desgraciadamente, pero de un modo casi fatal, se convierten los órganos de autoridad que carecen de quien los pueda someter a su vez a un juicio de responsabilidad y no tienen siquiera el freno de la crítica de la opinión: en un órgano de tiranía.

¡La Tcheka! Ya no hay poder alguno superior al de ella. Un día, Lenin intervino, a instancias de un querido camarada español, para que se autorizase a salir de Rusia a una inteligentísima dama en quien es culto familiar el amor por las más radicales formas de la organización social; mas tarde, el comisario de Cultura, Lunachartsky, uno de los espíritus mas amplios y jugosos del grupo director ruso, intervino en pro de dicha dama, por la que siente un vivo respeto intelectual y gran cariño; encargóla de una misión oficial de enseñanza en Inglaterra; todo estaba presto; pero… la Tcheka nególe el permiso, y quedóse en Rusia. El Gobierno fomentó este organismo para dominar, y hoy es él, a su vez, dominado por la Tcheka.

Mas, ¿y los tribunales de Justicia? -se preguntará el lector-. ¿No tiene el pueblo acceso a ellos en calidad de jurados? ¿No hay modo fácil de corregir los errores que la policía comete? Hemos preguntado con afán a abogados, profesores, trabajadores y a personas cercanas al Poder respecto al funcionamiento y organización de los tribunales; a veces, un hecho relacionado con personas íntimas nos ha revelado un trozo doloroso de la realidad. De nuestra indagación resulta que existen:

  1. a) Tribunales ordinarios,
  2. b) Ídem especiales.

Estos últimos están agregarlos a las Comisiones extraordinarias, o sea Comisiones de la policía, que existen por toda Rusia, que se encargan de instruir el sumario -sin dar vista al defensor- y de entregarlo al tribunal especial. Esta constituido éste por miembros de la propia policía. La especialidad de estos tribunales reside en que no hay apelación de su fallo y pueden mandar que se le dé inmediatamente cumplimiento. Es más: después del decreto de 22 de mayo de 1920, aun cuando la sentencia sea de muerte, no hay lugar a recurso de casación si se muestra de acuerdo con dicha sentencia el Comité ejecutivo local.

Los Tribunales revolucionarios ordinarios están constituidos por jueces designados por los Soviets, o en su defecto por los Comités revolucionarios; el Jurado fue abolido en 1918. Existe, por ultimo, un Tribunal Supremo dc Casación, cuyos miembros los nombra o confirma el Comité central ejecutivo. La defensa depende asimismo de este ultimo Comité, y a que para formar parte del llamado “Colegio de los Defensores de los Derechos” se necesita que el “Comité central ejecutivo” autorice a ejercer la defensa. Pero los tribunales, según decreto de enero de 1920 publicado por el Comité central ejecutivo, pueden prohibir al defensor, y a la defensa, si así lo estiman bien, el discutir la deposición de los testigos; todo lo cual es causa de que, en realidad, lo definitivo es la acción de la policía, que es quien redacta el primitivo informe, que sirve de base a la actuación judicial.

Es más, en realidad, la Comisión extraordinaria no se atiene a derecho alguno, y aun cuando esto pudiera ser ilustrado con abundantes hechos que hemos escuchado de personas que tenían algunos de sus deudos en la cárcel, baste uno, del que recogimos directamente la primera noticia, esto es, cuando se avisaba del hecho a los deudos: fue a la Tcheka, en Moscú, un joven para pedir noticias de su padre -persona muy íntima de familia con quien nosotros también estábamos relacionados-, y cual no sería su sorpresa al encontrarse con que había sido trasladado a la prisión de Butirki y condenado a dos años sin haber sido interrogado y sin que el abogado defensor hubiese tenido conocimiento de ello.

El derecho del grupo y el derecho del pueblo

Organizada Rusia según el estatismo más extremo; centralizadas en el Gobierno las funciones de autoridad, y monopolizadas por él las principales actividades económicas, el grupo profesional, el Sindicato, no puede menos de hallarse en una situación que contrasta con la significación polémica que tiene en los países capitalistas y con la que aspira a adquirir en un nuevo régimen social. Hoy, en los países de capitalismo, el Sindicato es el órgano que lucha por los intereses del grupo, el defensor de la personalidad jurídico-económica de éste, y tal lucha está iluminada por un propósito: el de hacer al Sindicato órgano de gestión administrativa y financiera de los intereses de su industria y profesión.

Mas he aquí que, al centralizar el Estado ruso la dirección de la economía y organizar ésta sobre un régimen jerárquico y autoritario que tiende a encerrar a aquélla y someter a los hombres, se encuentra el Sindicato desposeído de toda función real; no puede plantear un movimiento sobre remuneración o alimento sin incurrir en delito, si el ramo de industria a que pertenece el Sindicato es de los militarizados; y en el caso más favorable, esto es, si no es de los militarizados, corre el riesgo de que le niegue trabajo quien dispone de él: el Estado. De otra parte, el Sindicato no tiene ninguna función directora en la economía.

El Sindicato, en una organización estrictamente estatista de la economía, tal como aspira a ser hoy la de Rusia, no puede tener otro valor que el de un flácido órgano burocrático. Reunido con obreros de diferentes oficios en Moscú escuchamos de ellos relaciones puntuales de diversos movimientos que habían sido planteados en diferentes industrias y fábricas. El último de que nos hablaron, acaecido en una fábrica de la industria de la piel, por deficiencias en la alimentación, tuvo como respuesta gubernativa el cierre de la fábrica, lo cual representó la miseria de los huelguistas, miseria sin apelación posible, porque la economía estaba legalmente cerrada y no había modo de incorporarse a la economía industrial o comercial más que acatando pasivamente las órdenes del Poder.

El Estado ruso se ha visto arrastrado a una consecuencia inevitable, dados los principios de su organización centralista y la actitud que había adoptado ante la economía: se ha visto constreñido a convertir el trabajo obligatorio en forzado, porque el trabajo en sí mismo ha advenido propiedad del Estado, lo ha patrimonializado; es él, y no el grupo ni el individuo, quien dispone de la fuerza humana para aplicarla a la producción, y, en su virtud, carece de sentido la huelga.

Pero la huelga habrá de ser una expresión constante de lucha en tanto haya alguien contra quien luchar, y este alguien existirá mientras no coincidan los poderes de dirección administrativa y financiera con el poder disciplinario de la unidad profesional; esto es, en tanto se dé una separación entre el órgano que ha de realizar los fines económicos, y el titular de la autoridad, o el de los medios materiales con que realizar aquellos fines. De un modo absoluto, la coincidencia no se logrará jamás, sobre los intereses del grupo esta los generales de la comunidad, y la adaptación de aquél a los fines de ésta no puede hacerse sin resolver oposiciones inevitables que emergen de la índole de la propia economía y de la psicología humana.[15]

Ahora bien: cabe irse aproximando más y más al ideal de la coincidencia armónica de los poderes en el Sindicato-institución, a condición de que el Sindicato vaya absorbiendo poderes y colabore después en la elaboración de las normas generales; más esto supone precisamente la democracia industrial y política, que es irreconciliable con los principios del partido comunista ruso.

Se dirá: ¿qué significan entonces los Soviets? Significan la afirmación de que el trabajo es la razón de ser de la ciudadanía y de la democracia; representan la contrarrespuesta que se da, pasado un siglo, a las primeras interpretaciones dadas a la ciudadanía por la Revolución Francesa y el constitucionalismo; entonces, para ser ciudadano activo fue preciso pagar renta: el derecho del hombre-ciudadano limitóse a los ricos o artesanos; y hoy el derecho del hombre tiene en Rusia, constitucionalmente, una condición: la de no ser rentista ni vivir del trabajo ajeno.

Más, en la realidad política, la necesidad para el partido de conservar el Poder ha viciado toda la estructura del régimen, y el Comité de fábrica como el Soviet de aldea, el económico como el político, están plenamente subvertidos; desde el instante en que el grito de asalto de noviembre de 1917: “todo el Poder para los Soviets” fue substituido por “todo el Poder para el partido comunista”, aquél quedó vacío de realidad, y para hacer efectivo éste hubo necesidad de sojuzgar al Soviet con el terror político que preveían las figuras relevantes del comunismo en el documento que al comienzo de esta parte del capítulo dejamos trascrito, y con ello la propia conciencia proletaria quedó sometida a una fuerza que la impelía, no a la acción, sino a la inhibición.

En las fábricas -nos contaban cuantas personas interrogábamos- la propaganda está vedada a quienes no son comunistas; en cambio, éstos gozan de un poder absoluto, y cuando alguien presenta candidatura que no les es grata, lo denuncian por contrarrevolucionario y es detenido. ¡Con qué amargura nos relataba una eminente personalidad rusa las elecciones de Soviet presenciadas por él! Un delegado oficial leía unos documentos, mascullando sordamente las palabras, ante la ingenua asamblea, que aguardaba el momento de su intervención; mas antes de que este momento llegara dijo: “Quedan elegidos para el Comité ejecutivo, Fulan0”; etc. Levantáronse algunas tímidas voces de oposición; pero el delegado amenazó, y, sabedores de lo que esto significaba, disolvióse tristemente el grupo de aldeanos.

Todo el poder que la Constitución asigna a los Soviets, o se invalida en la realidad por actos como el que acabamos de relatar, o puede legalmente imposibilitarse mediante el nombramiento de un comisario extraordinario, según el decreto del 3-16 de abril de 1920, concerniente a las Comisiones provinciales, según el cual -artículo 4º- las órdenes dadas por estos comisarios extraordinarios, a quienes nombre el Consejo de Comisarios del Pueblo, son ejecutivas para los Soviets locales.

He ahí por qué puede ser un lema de guerra hoy en Rusia “¡Viva el Soviet libre!”, y he ahí la razón de que sea éste el santo y seña así del ejército de Maxnó, en la Ucrania -ejército de oposición al Gobierno, sostenido por los propios campesinos ucranianos, y en el que predomina un ideario anarquista-, como de los obreros de Moscú o Petrogrado.

La reivindicación política fundamental de todos los partidos de extrema izquierda coincide en esa apelación; de ahí también que en marzo último el movimiento de Kronstadt y Petrogrado recabase del Gobierno el Soviet libre. El Soviet, que ha sido en la Revolución Rusa el órgano primario creador, y al cual, según la propia Constitución (art. 7°), “debe pertenecer en totalidad y exclusivamente el Poder”, y en cuyo veto y mayoría se apoyó el partido comunista para asaltar el poder, y más tarde para disolver la Constituyente, ha vivido estos años de gobierno de sus apologistas una vida exangüe, no porque se hubiese apagado internamente su espíritu, sino por la presión ahogadiza, por el amordazamiento y terror policiaco a que ha estado sometido; mas, felizmente, la inquietud que se respiraba cuando visitábamos Rusia parece ir lentamente acentuando de nuevo el vigor nativo y, por tanto, la función real de estos organismos.

Lo acontecido a los tipógrafos de Moscú que hablaron cuando la misión inglesa visitó Rusia; lo ocurrido a los aldeanos que se distinguieron por su oposición al Poder en la Asamblea convocada en esa misma ciudad en el mes de nuestra llegada; la persecución y encarcelamiento de unos y otros, nos han sido referidos por trabajadores de Moscú, y son hechos que no tienen el valor de hechos esporádicos, como tampoco los demás que llevamos relatados, sino que son resultados de una posición de principios y no pueden menos de servir para juzgar a éstos. Otra cosa fuera si se tratase de fenómenos que no estuvieren íntimamente atados a las doctrinas que se invocan, pues en este caso nos hallaríamos ante el elemento patológico que no puede por menos, desgraciadamente, de acompañar a toda manifestación de la vida; mas no es así, como habrá notado quién haya reflexionado sobre las ideas-guías del partido comunista ruso, recogidas en nuestras conversaciones con ellos, impresas en sus obras y sumariamente expuestas en este mismo capítulo.

Observaciones sobre los principios bolcheviques

 

Los principios políticos en que se orienta la actividad del partido comunista y, como consecuencia, la realidad política que hemos descrito son, a nuestro juicio:

1) La dictadura del proletariado ha de ser ejercida por un partido.

2) Atribución al partido comunista del privilegio del Poder y del derecho exclusivo a interpretar los métodos y fines sociales.

3) La dictadura como principio de Gobierno en la época de transición.

4) La transición abarca lo que se tarde en llegar a la plena socialización y, por tanto, se dice, a la supresión de las clases y del Estado.

5) No hay derecho para la conciencia humana en cuanto tal, por que no existe hoy un elemento general humano. Los hombres actualmente son enteramente insolidarios.

6) Sólo existe derecho objetivo, no subjetivo, y el encargado de definirlo es el titular del Poder.

Pocas personas habrá de cuantas han visitado Rusia que, si lograron ponerse en libre contacto con la opinión de aquel país, hablaron con hombres y mujeres de condición y hábitos varios, se atrevan a afirmar que la critica que hoy se hace en Rusia del régimen allí existente es obra de los contrarrevolucionarios. Si así fuera, ¿cómo podría explicarse el hecho de que, a pesar del escaso numero de militantes inscritos en el partido que está en el Poder, persista la Revolución? ¿Cómo podría cohonestarse aquella afirmación con las bajas registradas en el partido comunista en los primeros meses de este año de 1921, bajas de marineros de la escuadra del Báltico y soldados de la guarnición de Petrogrado, que siempre se han distinguido por su fervor revolucionario?[16] No, Rusia ama su Revolución, pero quiere transformar el Poder, quiere volver a sentirse dueña de sí, de su destino, y comienza a recobrar ahora la personalidad que durante dos años de ortodoxia en la aplicación de los principios bolcheviques estuvo esfumada.

Y esos principios, que son los que han producido la congoja de Rusia en estos años, y de los cuales principia a desembarazarse a fuerza de actos heroicos, no pueden ser aceptados por los demás partidos socialistas de Europa, ya que significan la negación de los valores culturales que, no como elementos variables, sino con el carácter de constantes, se dan en toda la civilización moderna. ¡Civilización capitalista, dirá alguien! Y nosotros contestamos que en el proceso secular de esas civilizaciones ha habido un aspecto, el económico, y un periodo dentro de éste, el capitalista, que representan, aquél, una modalidad del contenido de la conciencia histórica, y la forma capitalista concreta, un obstáculo a superar, si es que la historia ha de ir eliminando -como creemos firmemente- las grandes arbitrariedades y ha de seguir un proceso de plenitud, de integración.

Mas lo que ha hecho posible que vayan siendo cada día más y más las fuerzas individuales y colectivas que intencionalmente colaboren en la vida social; lo que ha creado un medio ideal de amparo favorable a ideas que, mas tarde, al madurar, han sido bandera de grandes núcleos protestatarios; lo que ha permitido a esos núcleos convertirse en defensores de la necesidad de que se resuelva un antagonismo incompatible con el estado de conciencia del mundo en una época determinada, eso también forma parte de esta civilización, y se llama libertad y constituye la forma condicionante de todos los contenidos políticos de la Historia; representa el enorme drama de ésta hasta conseguir el respeto a la conciencia individual, drama que con caracteres inequívocos se inicia en Sócrates. Equivale, después de siglos de lucha, al reconocimiento de la santidad de la herejía, fermento y síntesis de todas las posibilidades. Por todo ello, el mundo de la conciencia ha llegado a no reconocer más que un método posible para con él: aquel que no le niega ningún posible rumbo, y deja integro, por tanto, los gérmenes del mañana, lo que sólo es factible con la plena libertad de la función del espíritu.

Pero Lenin -y con él el Gobierno ruso de hoy- concibe la libertad como un absoluto realizable en la sociedad comunista: “cuando la resistencia de los capitalistas –escribe- haya sido definitivamente rota; cuando los capitalistas hayan desaparecido; cuando no haya clases, es decir, cuando no haya distinción entre los miembros de la sociedad en sus relaciones con los medios sociales de producción, sólo entonces desaparece el Estado y se puede hablar de libertad”[17]. Mas así concebida la libertad, esto es, como la resultante de una forma de organización social, queda eliminado lo que es la raíz del liberalismo, el problema de la conciencia, y nos lleva además a una visión de la libertad en pugna con todo el sentido científico del moderno liberalismo, para lo cual la libertad, a fuer de noción absoluta y en oposición precisamente con la ingenua doctrina del progreso del siglo XVIII, que estimaba apostables los contenidos de aquélla, es concebida más bien como un juicio al que en cada momento se le va añadiendo un predicado: “¿libertad de qué?” -decía Hartmann-; y así, la libertad aparece en cada instante con una misión concreta y real que satisfacer en el hoy, aun cuando, además, sea como una asíntota, es decir, algo a que nos aproximamos siempre sin poderlo alcanzar jamás; ¿pero tiene sentido concebir, como lo hace Lenin, lo absoluto a modo de algo quiescente susceptible de ser derretido en la experiencia algún día?

El nudo

 

Y en tanto se llega a la meta de la organización comunista, ¿bajo qué régimen vivir? Ese es el periodo de la dictadura del proletariado, periodo de transición que abarcará -según el art. 9.° de la Constitución- lo que se tarde en “aniquilar totalmente a la burguesía, en extirpar la explotación del hombre por el hombre y en instaurar el orden social socialista, bajo el cual ni habrá división de clases ni poder del Estado”. Estas últimas palabras no dejan lugar alguno a duda; tampoco permiten vacilaciones las que a este propósito nos dirigió Lenin: “La dictadura durará lo que tarde en conseguirse la socialización total”. ¿Y se puede asegurar que este estadio, insuperable para los comunistas rusos, llamado por Marx “clase superior de la sociedad comunista”, se ha de alcanzar de un modo pleno?

He aquí el pasaje de Marx (Carta sobre el programa de Gotha): “En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la sumisión del hombre al principio avasallador de la división del trabajo; cuando, al mismo tiempo, haya desaparecido la oposición entre el trabajo físico y el intelectual; cuando el trabajo haya cesado de ser un mero medio de existencia para advenir la primera necesidad de la vida; cuando, conjuntamente con el desenvolvimiento completo del individuo, se hayan aumentado las fuerzas productoras y todas las fuentes de la riqueza publica corran a plenos torrentes, sólo entonces podrá ser traspasado el horizonte estrecho del derecho burgués y podrá la sociedad escribir en su bandera: a cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Marx proyecta en la historia, mediante esta hermosa visión, el ideal comunista, y ofrece con ella una norma en que orientar a la voluntad socialista; pero es tan evidente que en su realización intervienen elementos imponderables, y que el acercarse más o menos lentamente depende del grado de madurez que vaya alcanzando el hombre, que el propio Lenin, comentando esa anticipación ideal de Marx, escribe:

Ningún socialista se ha atrevido “a prometer” que se llegará a la fase superior del comunismo; y cuando los grandes teóricos del socialismo la prevén, suponen una productividad del trabajo distinta de la de hoy y un hombre completamente diferente del actual[18].

Mas si la dictadura ha de existir en tanto no se consiga alcanzar lo que no se puede prometer; si sólo ha de cesar con la desaparición de las clases, y, por tanto -es la doctrina de Engels y la oficial rusa-, cuando el Estado, a su vez, termine su función histórica, resulta que la dictadura será la forma de gobierno para el período que es  capaz de abarcar la razón; es lo único que puede proclamarse, y sólo puede preverse que se saldrá de ella; y es evidente que si no hay posibilidad de prometer otra forma de organización es porque ni se pueden predecir cuales serían las variaciones que surjan en el sistema de condiciones de la vida social –a la cual afecta desde el temporal de agua o la pertinacia en la sequía hasta la publicación de una novela o un decreto del Gobierno-, ni se puede anticipar la manera como reaccionarán las conciencias ante esas variaciones; es decir, la resultante no es anticipable.

La Historia, pues, habrá de desenvolverse con una seguridad: la del régimen de la dictadura, y una esperanza: la de libertarse de ella. Y en esta larga travesía, además, la voz popular debería permanecer muda siempre que, no ya en los fines, sino en los medios, en la táctica, discrepase del Poder. Porque es éste, a fuer de órgano supremo de la “vanguardia consciente”, quien se ha atribuido el derecho a definir la verdad civil, verdad con carácter de dogma, llamada a ser impuesta desde arriba si de abajo surgen protestas.

Nos encontramos, pues, una vez mas, ante la concepción de un régimen de despotismo ilustrado, formado para el pueblo, pero que no se asiste del pueblo en su función. Y la experiencia moderna de la pedagogía -¿hay algo más próximo a la política que la denominada pedagogía social?-, experiencia de medio siglo, ha conducido a cuantos han hecho de ella objeto de actividad atenta a estimar que la formación del individuo no se logra por el maestro sino en la medida en que se hace de aquél un colaborador reflexivo en la interna edificación de sí mismo; mientras se es pasivo no hay conciencia de la autorresponsabilidad ni para los individuos ni para los pueblos, y, sin embargo, solo de ella puede nacer la capacidad de regirse a sí mismo; quien maniata a un pueblo, prorroga, pues, su servidumbre en la Historia.

¿Es esto decir que la doctrina de las minorías selectas, la de las aristocracias, haya de ser proscrita? Lejos de estimarlo así, consideramos que la democracia es, políticamente, el único método para crear las aristocracias efectivas; y asimismo afirmamos que el rendimiento histórico de éstas será tanto mayor cuanto más se acelere el crepúsculo del capitalismo, pues la concepción, esencial a éste, de la transmisión de los derechos sobre las cosas no solo le incapacita para crear grupos aristárquicos, sino que invalida en buena parte las posibilidades de la mera democracia política.

Pero las minorías directoras, ¿por obra de quién han de ser elevadas a este rango? Para el pensamiento socialista no puede haber opción: han de ser exaltadas por el pueblo y han de permanecer en una relación de tal intimidad con él, que pueda decirse que actúan en función del pueblo; más si el factor voluntad popular es suplantado -que es el caso ruso, como hemos visto- y es uno mismo quien se atribuye a sí el carácter de guía, sin admitir respecto de ello la legitimidad de una oposición, entonces nos hallamos ante un régimen de autocracia que, aun supuesto que esté confiado a los mejores, lleva ya en si, precisamente por ser autocracia, el germen de todos los privilegios e infecundidades.

El régimen político ruso, tal como se hallaba al finalizar el 1920, época de nuestra estancia, no dejaba, por consiguiente, salida alguna a la opinión; no hay modo de que vayan siendo vertidas en la vida pública las modificaciones de la conciencia social, porque se niega la legitimidad de la función de ésta. La dictadura, así entendida, durará, mirando a la economía, el tiempo que ésta tarde en ser socializada; mirando a las conciencias, el tiempo que hayan menester para someterse. Más puede suceder que las propias necesidades del Gobierno obliguen a éste a tomar medidas que vayan dilatando la posibilidad de aquella socialización: repartición de las tierras en pequeñas propiedades, concesiones industriales a grandes empresas, etc.; y puede y debe asimismo acontecer que jamás se sometan las personas a las privaciones de libertad, y surjan revueltas contra el Gobierno, las cuales ha de juzgarlas él -está obligado a hacerlo, dadas sus ideas- pruebas inequívocas del despertar de la conciencia burguesa y contrarrevolucionaria, que seguirían justificando, por tanto, la dictadura. ¿Cuándo terminará esta situación? O con la rebeldía violenta, o con el apagamiento total de la conciencia; tal es la desventurada disyuntiva a que ha conducido a la Revolución Rusa la concepción de la dictadura del proletariado como dictadura de partido, “vanguardia consciente” que ha de conservar la dirección del Poder hasta alcanzar fines que se pierden en un futuro remoto.

No es nueva, históricamente, esta conducta para con el ciudadano en las grandes revoluciones; no bien hubo la Revolución Francesa declarado el derecho de resistencia a la opresión, tradujo del inglés el Riot Act (tradujo la letra, no el espíritu con que se aplicaba), y de aquí la Ley Marcial (21 de octubre de 1789), promulgada, no ciertamente para regular el ejercicio de aquel derecho que se reconociera, sino para encadenar al hombre y dejar vacío de todo contenido real el precepto; para que continuase el individuo siendo súbdito, esto es, un sometido, y no un colaborador de la vida civil, un ciudadano. Y durante todo el siglo XIX ha sufrido la Europa continental los resultados de este grave error, que ha conducido a una exaltación de la autoridad y semiimpotencia del ciudadano; y ahora, cuando un tipo distinto de revolución surge en la Historia y un pueblo nuevo entra en ella, se ata otra vez políticamente al hombre, y, como entonces, para hacer posible su inmovilidad ante la majestad naciente, surge -es fatal que así acontezca- un régimen de policía. Entonces en nombre de los derechos del hombre, y hoy en nombre de los del trabajador, se es autoritario; sobrevive el numen de la vieja norma regalista de la Francia de la realeza y de la Rusia del zar,

El insolidarismo total

Una vez concebido el mundo de la conciencia como epifenómeno de los factores económicos, y estimados éstos como generadores de la lucha de clases, fácilmente se llega a una simplificación extrema del hombre; a la reducción de éste a hombre económico. El resto de cuanto hay en él, se dice -usando el vocabulario que populariza la doctrina del materialismo histórico-, es superestructura; y conducidos por estas ideas no se ve en la historia sino un mero campo de liza en el que tiene lugar la lucha de clases. La consecuencia de tal visión es la de suponer a los hombres no insolidarios de un modo relativo, sino total y absolutamente insolidarios; es decir, llegados a este punto se nos ha esfumado el común divisor humano, y no sé si esto alcanzará también al mundo del pensar, en cuyo caso se nos habría disipado la lógica y aún la física -ya se habla en Moscú, bajo la fiebre del originalismo, de química proletaria-; pero lo que sí es seguro es que no hay ni ética ni estética humana posible; aquellas emociones ejemplares, aglutinantes, que son el perfume ideal y normativo de resurrección pierden todo valor de orientación para la conducta; el friso de los arqueros del palacio de Susa, o el de las Panateneas, el Entierro del Conde de Orgaz, o el pórtico de Notre-Dame, nada dicen de un fondo universal humano, a pesar de ser centros de convergencia sentimental.[19]

Y puestos a desatar lazos entre los hombres, la compasión ¡cómo no! es un estorbo, y por ello es preciso ir desembarazándose de cuantos la sientan; y de aquí que sea necesario adoptar precauciones respecto del propio pueblo constituido en tribunal revolucionario, porque también en él -dice Lenin- se filtra esa emoción. Fue una desgracia de las anteriores revoluciones –escribe- que se dejasen llevar las masas de su entusiasmo y no ejercitaran por largo tiempo y de modo implacable el sojuzgamiento de los explotadores; y es lamentable “la increíble debilidad de nuestros tribunales populares revolucionarios”[20], y, sin duda, por ello se han creado tribunales más eficaces a fin de realizar un objetivo que no parece ir ya contra el capitalismo, sino contra los disidentes y capitalistas; la lucha se ha desviado hacia las personas, y ello es fatal una vez adoptada esa actitud negativa de lo humano y del derecho a la heterodoxia y a la protesta; más precisamente esto nos hace recordar lo que escribiera Marx en el prólogo primero al primer volumen de El capital, en 1867:

Una palabra para evitar cualquier mala inteligencia posible. Las formas de la propiedad capitalista y territorial no las describo, en modo alguno, con colores de rosa; pero sólo se trata aquí de las personas, en tanto son personificación de categorías económicas y titulares de determinadas situaciones de clases e intereses. Dada mi concepción, según la cual la evolución de la formación económica de la sociedad es considerada como un proceso de la historia natural, no puedo hacer al individuo responsable de situaciones de las que él es un producto social, aun cuando se eleva subjetivamente sobre ellas.

“¡No puedo hacer al individuo responsable de situaciones de las que él es un producto social!” Y, ¿cómo puede dejarse a salvo al individuo sino reconociéndole un valor de esencia, un valor en sí que necesitará ser traducido en el reconocimiento de su derecho inmanente, y, por tanto, de su derecho al amparo contra la arbitrariedad de la autoridad? Robespierre también llegó a decir: “IL n’y a de citoyens dans la République, que les républicains”; y en otra ocasión afirmaba la insinceridad del error y la existencia de la “verdad política”, que, naturalmente, era

él -durante el período que antecede inmediatamente al 9 Thermidor- quien papalmente la revelaba al pueblo. Pero esto engendró el terror y, conjuntamente, una vida de pesadilla para Francia. Más el terror no crea ni consolida, sino, a lo sumo, paraliza; y esta actitud del ánimo es la negación de aquella ansia creadora y ambición de poderío espiritual que es cualitativa de toda gran revolución. Tal vez pudiera decirse que el terror en las revoluciones es el índice que muestra el grado de incongruencia entre fines y posibilidades o entre fines de gobierno y voluntad social; y sin duda cabe afirmar que el terror elevado a principio es un disolvente del hombre como sujeto de la vida civil, porque hace imposible a ésta el apoyarse en la voluntad humana.

Más la violencia en las revoluciones, en este fenómeno profundamente complejo por tratarse de un encrespamiento de la vida pasional y de un intento de retorno a la fuente originaria de la justicia a fin de distribuir mas equitativamente el Poder, es portadora de un ideal; ideal que no puede menos de llevar consigo, por el hecho de referirse a lo que nuestra voluntad debe hacer, una concepción del hombre y del pueblo. Pues bien: nuestro pesimismo respecto al momento de la Revolución Rusa a que se refieren nuestras observaciones -en modo alguno respecto a la Revolución en general- reside en que al hombre se le ha venido concibiendo como un mecanismo polarizado por lo económico, y al pueblo, en toda la segunda fase bolchevique, como un comparsa mudo e inepto.

¡Cuántas veces, escuchando a jóvenes comunistas en Moscú, hemos experimentado esa sensación de tristeza que ocasiona siempre a cualquier temperamento medianamente optimista una pintura negra de los móviles humanos! “Si al pueblo le pudiéramos dar hoy más pan, estaría contento” -nos decían una y otra vez-; y al coincidir en estos juicios los directores espirituales e irse difundiendo entre los fieles de la Iglesia comunista y penetrar en las conciencias, ha engendrado ello una actitud de apartamiento hacia la masa y ha tenido además como secuela todo un sistema de conducta para con ella. Recordamos aquellas jornadas de trabajo de los pintores del Hotel Lux -hotel, precisamente, en que se albergaban las más significadas personas del comunismo extranjero y el alto personal de la Tercera Internacional-, quienes a las dos de la madrugada continuaban aun la jornada comenzada por la mañana; recordamos que a las cuatro de la tarde, cuando íbamos nosotros a tomar nuestra segunda comida, no habían ellos tomado la primera, y les mandaban a un restaurante de los Soviets a tomar un plato de sopa sin grasa y un trozo de pan. Tengo presentes aquellas muchachas vestidas con mandiles blancos y de mirada triste que entraban a veces en nuestras habitaciones a llevarnos jabones, caramelos, azúcar, que ellas apetecían y necesitaban, pero no conseguían. Y así también con el vestir: el primero en ser atendido era el comunista; después, el pueblo; y ésos no son hechos sin significación, sino, por el contrario, son los corolarios inevitables de un principio: el de alienar que existe una minoría a la cual le corresponde el privilegio del mando porque ha ascendido al conocimiento de la verdad última. Ahora bien: el privilegio es de suyo invasor y no puede detenerse ahí, y extiende su zona y arrastra a aquellos que lo disfrutan a diferenciarse de los parias del espíritu que no han llegado al reino de la verdad.

* * *

Fueron Bujarin, Miliutin, Osinsky, y, en general, los más izquierdas del partido, esto es, aquellos que se estiman guardadores de las esencias más puras, quienes defendieron la necesidad de militarizar el trabajo y la “discip1ina de hierro en el trabajo”; y Trotsky, respondiendo a esta idea -que llamaríamos unánime si no conociéramos la discrepancia de algunos, como Larin el economista-, dijo en el informe presentado al IX Congreso del Partido Comunista, celebrado del 29 de marzo al 5 de abril del pasado año de 1920: “La libertad del trabajo es propia de la sociedad burguesa, para ejecutar las ordenes concernientes al trabajo forzado, obligatorio para todos, sin distinción de sexo, debe ser empleada la fuerza armada. Los obreros deberán ser incorporados a las empresas, y se introducirá un régimen severo, con aplicación de castigos disciplinados. Sólo las personas llenas de prejuicios burgueses pueden levantarse contra tal sistema”. Y unos días antes, el 23 de marzo, publicaba el propio Trotsky en el periódico Pravda un artículo en el que, al tratar esta misma cuestión del trabajo libre y el trabajo forzado, se ponía al descubierto esa visión del hombre y el pueblo a que antes aludíamos, visión que, felizmente, no tiene en su haber la consolidación de un solo ensayo de régimen comunista autoritario: “La adaptación del trabajo a las necesidades -escribía Trotsky- y la intensidad de la producción están determinadas en buena parte por el interés personal de los trabajadores; y lo que importa aquí no es el régimen jurídico bajo el cual goza de los frutos del esfuerzo, sino la parte efectiva de lo que llega a corresponderle”.

¡Sólo la parte efectiva, la cuantía de la ración, y no más que ello, es lo que al hombre importa! Porque el ideal de la Revolución Rusa, felizmente, no puede ser alcanzado con el látigo que los cosacos hicieron caer durante siglos sobre las espaldas de hombres y mujeres, es por lo que ha principiado el ocaso de esa visión. Puestos en la disyuntiva de vencer o convencer, los hombres de Rusia, como los de todos los pueblos educados en la tradición autoritaria, regaliana, han optado por lo primero; pero en los pueblos revolucionarios, al par que la pasión, se enciende la conciencia de la masa, y, alumbrada por la propia luz de su ideal, consigue a veces abrir de nuevo su ruta; tal acontece al presente en Rusia: la Revolución sigue solemne y trágicamente su marcha.

No olvidemos, al juzgar las opiniones de los hombres que gobiernan hoy en Rusia, estas palabras de Carlos Marx, que forman la base de su doctrina sobre el ilusionismo social: “Del propio modo que no se juzga de un individuo por la idea que él se forma de sí mismo, de igual suerte no puede juzgarse de una época de transformación por la conciencia que ella tiene de sí”. (Zur Kritik der politischen Oekonomie Vorwort).

Un triunfo de Bizancio

La emoción revolucionaria pareció haber roto la estructura que durante siglos había prevalecido en Rusia. Modelóse la vida espiritual de este país bajo la inspiración de la civilización bizantina, de la que fue tomando todos sus elementos culturales y de quien adopta las formas peculiares de la organización política. Bizancio, salvo los anos de Justiniano, vivió mirando a Oriente; de él absorbió los rasgos de la majestad autocrática que le llevaron a divinizar el monarca con la ceremonia de la Consagración. El Estado y la Iglesia se fundieron y nació lo que se ha llamado Cesaropapismo, en el cual el emperador era la ley viva. A partir de entonces, la ortodoxia se identifica con el titular del poder y con la nacionalidad, y la divisa “un solo Poder y una sola fe» adviene la clave del régimen. Da éste un paso más, y mediante una centralización administrativa poderosa, que hace a sus servidores dependientes de un modo absoluto del emperador, forma una unidad que queda cerrada política y espiritualmente a todo cisma religioso y a cualquier innovación civil.

Rusia, heredera de Bizancio, ha representado exactamente este mismo tipo de organización estatista, absolutista, burocrática, férreamente disciplinada y sometida a la dirección univoca de un zar investido de poder religioso y político. Con Bizancio tuvo sus primeros contactos este pueblo eslavo al aparecer en la Historia (siglo IX); en Bizancio se convierte su zarina Olga al cristianismo; la última princesa de los Paleólogos, Sofía, se casa con Iván III, que aspira a sustituir a Bizancio cuando cae Constantinopla en poder de los turcos; a ella ha seguido mirando Rusia hasta los días postreros del zarismo; el espíritu civil y la estructura política de Rusia no habían sufrido, con relación a los de Bizancio, sino modificaciones superficiales. Su alma semioriental ha vivido adaptada a las formas bizantinas, de la que han surgido las normas en que se ha inspirado la conciencia religiosa y política de la clase que ha gobernado a Rusia; mas la concepción que esto representaba se filtró también en el pueblo y le dio la fisonomía externa con que lo ha conocido hasta ahora la Historia.

Cuando la Revolución Rusa principio a hallar las dificultades inherentes a las iniciaciones de un régimen de democracia, de autodirección, en un pueblo acostumbrado a vivir en tutela, y principio a temer por si mismo, surge potente de las entrañas de la Revolución una fuerza que organiza a Rusia -¿es la voz del epos político ruso?-; pero la organiza con las normas de Bizancio, a saber: formando una unidad férrea y cerrada y erigiendo en dogma incontrovertible la idea por él representada; desencadenando la lucha contra los cismáticos socialistas: estructurando la administración de modo que no contraiga esta responsabilidad ante el ciudadano, sino ante el Poder; por ultimo, consubstancializa a Rusia con la idea por éste representada, y repite la antigua consigna que tantos siglos de dolor para la conciencia humana simboliza: “Un solo Poder y una sola fe”. ¿Podemos los españoles olvidar lo que esto significa para nosotros?”.

El partido comunista ruso puso fin a las ambiciones de los partidos burgueses de su país, ambiciones que los impulsaban a exigir como compensación de guerra la ciudad de Constantinopla; pero si esto, que es externo, lo invalidó, en cambio las esencias políticas de lo que Bizancio significó en los siglos de su máximo esplendor cultural, eso que también lo llevaban en lo más íntimo de su espíritu las antiguas agrupaciones políticas, lejos de serle extraño, es el rasgo político fundamental de la organización de este nuevo partido; su época estrictamente bolchevique, aquella en que el programa se desarrolla a compás de la letra, es un período de triunfo pleno para la visión de las normas civiles que representó Bizancio, y por ello la Rusia bolchevique está tan próxima de Dostoyewski como distante de Engels. Las raíces de la Historia, cuando están vivas, no hay modo de cortarlas porque las llevamos dentro de nosotros mismos; y así como, según el proverbio árabe, nadie puede saltar sobre su sombra, así tampoco la conciencia de los pueblos puede saltar sobre sí misma.


Capítulo Tercero – Instituciones de Trabajo y Cultura

El Código ruso del trabajo data de 1919; pero antes y después de él se han promulgado decretos que no están en él contenidos. No entra en nuestro propósito, por juzgarlo impropio de este libro de impresiones referido a un momento de la Revolución Rusa, el exponer de un modo sistemático las instituciones obreras. Además, es muy difícil comprobar en qué tanto han sido realizados los fines que la legislación se ha propuesto cumplir, y mucho más valorar justamente lo conseguido en momentos de tanta escasez económica como aquellos de que fuimos testigos.

El Comisariado del Trabajo: organismos dependientes de él;

funcionamiento de los mismos

Al frente de la organización administrativa del trabajo figura un “Comisario del Trabajo”, designado por el Consejo de Comisarios a propuesta de la Central de los Sindicatos. Por lo común, el cargo recae en un miembro de la Junta directiva de la Central de los Sindicatos. El que lo ocupaba cuando nosotros visitamos Rusia había sido secretario de dicha Junta.

El Comisariado se ocupa de la protección social, tarifas, protección y división del trabajo y conflictos. El comisario es hombre joven, atractivo, de gesto muy sobrio, barbilampiño, de abundante cabellera, tez mate y mirada profunda: está vestido con blusa de forma rusa, cuello alto abrochado, y ceñida con cinturón oscuro de lana. El departamento funciona -según nos dice- en relación con la Central de Sindicatos. Esta toma acuerdos, a los que añade un informe con fundamentos legales elaborado por las Secciones especiales de la Central Sindical, y una vez sometidos al Comisario del Trabajo y aprobados por éste, se convierten en reglas.

Los conflictos de salario y las normas sobre tarifas, etc., son cuestiones que conciernen a las Centrales de Sindicatos, pero cuya sanción última está reservada al Comisario del Trabajo.

La obra peculiar y más difícil del Comisario consiste hoy en la distribución del trabajo, ya que el Estado se ha hecho cargo de la organización y funcionamiento de la economía, y los trabajadores, por tanto, trabajan para una economía pública y estatizada.

Al llevarse a cabo la revolución de octubre, el paro llego a ser general; y si bien el comisario del Trabajo, al señalarnos el hecho, no dijo, porque no era cuestión que a él directamente se refiriera, cuales fueron las causas de aquel paro, es sabido que, si bien en parte se debió a la repercusión en la economía del estado de animo del trabajador –al cual le atraía más la vida del Soviet, donde se discutía el rumbo que había de darse a la Revolución, que el taller-, coadyuvó aún en mayor medida la paralización del tráfico y la carencia de primeras materias.

Lo cierto es que al comenzar el 1918 se encontraron con

Obreros parados …………………… 1.500.000

Solicitudes de trabajo …………….. 1.000.000

Obreros que fueron colocados ……   800.000

El resto de los sin trabajo enviáronse a las zonas agrarias -no pudieron decirnos si a las Empresas del Estado o como colonos de tierras aun no repartidas-; y quedo de esta suerte liquidado el paro.

En 1919, las peticiones de trabajo han ascendido a 1.000.000, y los colocados, a 600.000; los más de los que quedaron sin colocar, nos dice el comisario, fueron mujeres y niños que son objeto de la asistencia social. En 1920, las exigencias de trabajo fueron tales que no era posible satisfacerlas, añade el comisario; pero las causas de este paro no debían ser muy sinceras, pues aun cuando faltaban primeras materias para muchas ramas industriales -la obra de socialización ya estaba terminada-, había otras en que lo necesario eran brazos; y solo así se comprende que, como un medio para resolver el paro, apareciesen las disposiciones sobre el trabajo obligatorio, disciplinario, y se quejase tres meses después Trotsky de las frecuentes deserciones de los obreros y de la carencia de la mano de obra. (Discurso de Trotsky en el IX Congreso del Partido Comunista, 29 de marzo – 4 de abril de 1920).

Una vez acordado el deber del trabajo, fue preciso montar un órgano que lo hiciese efectivo; y a este fin constituyóse un Comité compuesto de los comisarios del Trabajo, Guerra, Interior y de un representante del Consejo Central de los Sindicatos. Este Comité, cuya obra fundamental es la de movilizar la mano de obra y distribuirla según las peticiones de cada Comisario, ha substituido a los antiguos Colegios que había al frente de las Bolsas de Trabajo. Se trata, pues, de un órgano fundamental en la actual economía rusa, ya que ésta se encuentra organizada por el Estado según las reglas de un estatuto de tipo militar que a este Comité, adjunto del Consejo Superior de la Defensa Nacional, toca llevar a la practica. Para ello organiza Comisiones provinciales y Comisiones médicas, encargadas de comprobar la veracidad de las alegaciones que se presenten para no trabajar. Están sujetos a movilización los varones desde los dieciocho hasta los cincuenta años y las mujeres desde dieciocho a cuarenta; antes y después de estas edades, el trabajo tiene el carácter de voluntario.

“Los primeros en ser sometidos a la obligación del trabajo han sido los antiguos burgueses -me dice el comisario-, así como los antiguos elementos parásitos; y si bien trabajan según su capacidad, se les ha prohibido, una vez incorporados a una Empresa u oficina, el que puedan ni abandonarla ni trasladarse a otra. Hemos querido también, y se ha conseguido mucho en este sentido -añade el comisario-, hacer volver a las fábricas los obreros que habían huido al campo”. Mas, sin duda, no debe ser gran cosa lo que se haya alcanzado, a pesar de la afirmación del comisario, pues en el discurso de Trotsky antes citado se dice que, “aun cuando teóricamente figuran 1.150.000 obreros inscritos en las principales ramas de la industria, en realidad sólo trabajan 850.000. ¿Dónde están -se pregunta Trotsky- los restantes 300.000? Se han ido –contesta- al campo, o quizás se dediquen a la especulación. Así, pues, por 850.000 que trabajan hay 300.000 desertores”. Nosotros recordamos las constantes e interminables filas de desertores de los frentes militar e industrial que a diario llenaban las calles. Y es evidente que si una de las causas fundamentales de la deserción era la insuficiencia de la ración alimenticia en las ciudades, mientras no cambie la situación económica persistirán sus efectos.

Los trabajadores han sido movilizados por quintas y se los lleva a establecimientos del Estado donde se los clasifica según el principio de la especialización industrial y de la especialización por rama u oficio dentro de cada sección industrial. Ahora, nos dijo el comisario, han sido movilizados los nacidos en 1890, 1896 y 1898; de los obreros no calificados hemos elegido 100.000 hombres y el resto ha sido enviado al frente militar.

Hay trabajos, como el de cortar madera, limpiar las calles de hielo y nieve, o confeccionar prendas para los niños o el ejército, que se consideran trabajos obligatorios; los dos primeros no se estiman calificados y pesan sobre todos los vecinos, hombres y mujeres, y el segundo compete exclusivamente a éstas. En los últimos días de nuestra estancia en Moscú asignóse a cada mujer la obligación de confeccionar un número de prendas blancas de niño, en un plazo dado, durante las horas que le quedasen libres después de su ocupación oficial.

Las Bolsas de Trabajo ascienden a 400, y además hay 500 agencias. Unas y otras tienen por misión principal llevar el registro de la situación general de los trabajadores de la localidad en que se hallan enclavadas y distribuir el personal de acuerdo con los organismos dependientes del Comité que antes hemos descrito. He aquí el mecanismo real de una Bolsa de Trabajo según datos suministrados directamente por obreros y contratistas. Todo trabajador debe recibir su trabajo y por mediación de la Bolsa; mas como los trabajadores no acuden a ella, quien necesita de alguno o algunos de ellos los busca privadamente, ofreciéndoles un plus sobre la remuneración que oficialmente está fijada, y entonces escribe a la Bolsa, pidiendo que se le envíen tantos operarios, y en carta separada advierte que, en caso de no haberlos en las listas oficiales, se sirva mandar a los que indica, como en realidad se hace. De este modo, las estadísticas de las Bolsas abarcan casi en su totalidad la mano de obra que ha pasado por el mercado; pero si bien es realmente un inventario de los brazos disponibles en lo que concierne a la mano de obra rnovilizada y puesta al servicio de las industrias socializadas y centros burocráticos, hay en cambio muchos otros servicios en que los contratos de trabajo, clandestinos son los que exclusivamente hacen posible obtener la mano de obra que se necesita, porque es el modo de poder pagar mas, y en estos casos la bolsa funciona del modo que hemos descrito, o sea llenando un mero formalismo para dar la carta al trabajador e inscribirlo en sus libros.

Las Bolsas de Trabajo son los organismos fundamentales para liquidar el paro; mas precisamente los datos que acerca de esta cuestión suministra el Boletín del Comisariado del Trabajo, y hubo de suminístranos alguna de las personas que se ocupaban especialmente de estos problemas, arrojan mucha luz para explicar de qué modo, con la militarización, se ha intentado vencer las dificultades que surgían. Se daba el caso, por ejemplo, de que una ciudad necesitara albañiles y hubiera en otra muchos miles disponibles que se negaban a ir a aquélla si no se les garantizaba tal o cual alimentación, y, en cambio, todos procuraban irse, como si fuese un fenómeno de tropismo, hacia los Centros productores de trigo. Esto indica hasta qué punto el regularizar los aprovisionamientos de los Centros urbanos, y por tanto la normalización del trafico, es un problema central para el desarrollo de la política social rusa y para la política industrial, ya que, a más del aliciente del comercio clandestino, existe como causa normal de deserción en la industria la de la pequeñez e inseguridad de la ración. ¿Es que la militarización ha resuelto los problemas que pretendía solucionar, o los ha exacerbado y ha planteado otros nuevos? Los datos que se recogen son muy contradictorios, y, por lo que al paro respecta, según nos decían privadamente obreros e ingenieros, lo sucedido es que se ha acentuado el carácter meramente burocrático de las Bolsas y ha crecido el número de los acuerdos clandestinos para realizar obras.

El trabajador movilizado, adscrito a los establecimientos industriales, está sometido en caso de deserción al fuero de guerra, y el no movilizado para estas actividades económicas, pero que rehuye el trabajo, es llevado a un campo de concentración, donde se le deja trabajar en lo que él desea, a menos de ser reincidente, en cuyo caso se le impone ya un especial trabajo.

A fin de utilizar bien la mano de obra extranjera se ha organizado un Comité de inmigración que recoge y distribuye a los trabajadores cualificados que, especialmente de Norteamérica, Alemania e Italia, han comenzado a afluir; en Saratof, por ejemplo, se había formado ya, en la época a que nos referimos, una colonia. Al propio tiempo existen Comisiones técnicas en Riga y Alemania para reclutar obreros técnicos; los grupos principales existentes eran 500 alemanes y 900 norteamericanos. Se aguardaba en breve una expedición de 3.000 alemanes; casi todos llevan consigo los útiles de trabajo.

Protección social

 

La situación de Rusia en lo que a esta cuestión atañe nos la expone un hombre igualmente joven, de luenga barba y melena, de ademanes sumamente nerviosos, jefe de la sección de Protección social en el departamento del Trabajo. Le formulamos algunas preguntas y, a juzgar por sus respuestas, resulta la siguiente situación:

La jornada legal es de ocho horas, pero se ha autorizado hasta cuatro suplementarias de acuerdo con los Sindicatos. Aun no está acabada la lista de los trabajos que se juzgan perniciosos y en los cuales, según es uso, habrá de ser disminuida la jornada; no obstante, hay algunos entre los dañinos, como, por ejemplo, las manipulaciones con plomo, en las que, como por razones circunstanciales no se puede acortar la jornada, lo que se ha hecho es -a fin de contrarrestar en lo posible el influjo malsano de las emanaciones- aumentar la ración alimenticia y los periodos de descanso. Hay muchos centros de trabajo con vacas de leche; pero así como aquellos cuyas tareas no son insalubres tienen la obligación de dar la leche de ellas al Estado, los de este carácter la retienen para el personal.

Sólo de un modo excepcional está permitido el trabajo de niños cuya edad oscile entre los catorce y dieciséis años, y aun esto, en fabricaciones donde no se opere con elementos perjudiciales para la salud. La autorización para trabajar a dicha edad la recibe el niño del inspector médico y se le da en atención a pertenecer a una familia numerosa. La jornada no puede ser superior a cuatro horas, sin que se admitan suplementarias. De dieciséis a veinte años trabajan seis horas, y si la fábrica en que está ocupado provee a las necesidades de guerra, se le permite un suplemento máximo de dos horas. Todos ellos disfrutan de un mes de descanso con remuneración. A los niños les está prohibido el trabajo durante la noche y en las minas; también nos hablaron de algunas otras prohibiciones, pero no fueron especificadas. Los niños no están sometidos a la obligatoriedad del trabajo, y cuando se los utiliza en un servicio de atenciones apremiantes la jornada es de seis horas -como hemos dicho- para los mayores de dieciséis y menores de dieciocho años.

La situación de la mujer en el trabajo difiere según se trate de una empresa que conste o no de varios equipos; en el primer caso, la mujer no trabaja de noche, y, en general, solo lo hace por excepción, a falta de hombres y en servicios como los de teléfonos, telégrafos y hospitales.

La protección a la mujer es concebida, ante todo y sobre todo, como protección a la maternidad: consiste en el derecho que se le reconoce a abandonar el trabajo y a recibir ración y salario íntegros durante un periodo de ocho semanas antes del parto y otras tantas después. Cuando la actividad que desarrolla no es física, sino intelectual -profesorado, burocracia, etc.-, el periodo se limita a seis semanas antes y seis después del alumbramiento; mas es digno de hacerse notar que a las actrices y masajistas, por ejemplo, se las incluye entre las que realizan un trabajo intelectual y disfrutan, sin embargo, del derecho de asistencia durante dos plazos de ocho semanas.

En el periodo de la lactancia tiene derecho la madre, cada tres horas, a media de reposo, para que pueda dedicarla al niño. En las fábricas se han establecido Casas-cunas (crèches); pero como no son suficientes, se ha resuelto que las obreras necesitadas de ello no trabajen en un radio superior a dos kilómetros de distancia de su hogar.

Como el aborto está legalmente admitido y regulado -nos dice el jefe de está sección-, ha sido preciso también pensar en la protección que se ha de dispensar llegado este caso; para las mujeres que se ocupen en trabajos físicos es tres semanas antes y otras tres después, y para las que se dediquen a esfuerzos intelectuales, dos y dos.

Después del alumbramiento reciben las madres una suma en dinero para el recién nacido, y durante los primeros nueve meses de lactancia, un suplemento alimenticio ya prefijado y un plus de salario equivalente a una cuarta parte del que ordinariamente percibía.

La mujer embarazada trabaja allí donde vive, sea cual fuera la necesidad que el Estado tenga de su esfuerzo, a menos que se ofrezca a ser trasladada. En los trabajos rudos no se la puede emplear, así como tampoco a la que está lactando, ni a aquella cuyos hijos son menores de ocho años. Si son mayores de esta edad y menores de doce, se la admite, pero solo en la zona que habita, a fin de que no se fatigue al tener que salvar grandes distancias. La mujer de quien dependen cuatro miembros de familia está exenta de la obligatoriedad del trabajo. Si hay alguien en la familial que pueda substituirla en las faenas de la casa, ha de trabajar; más no en el caso de que tenga alguna persona a quien cuidar bien sea niño, ya anciano.

La inspección del trabajo es, o médica, que cuenta con 150 facultativos, o técnica, es decir, de especialistas, constituida por otros 150; a ambos los designa el Comisariado del Trabajo. Hay además inspectores especiales de Servicios concretos, como, por ejemplo, ferrocarriles, los cuales, por la índole de su función, actúan de un modo disperso y los nombra directamente la Central de los Sindicatos; hay delegados o ayudantes de los inspectores cuya misión consiste en vigilar el trabajo de los jóvenes. Estos delegados o ayudantes son nombrados por la organización de jóvenes existente en cada Ujezdia[21]. En las asambleas de Ujezdia celebradas por los delegados de fábrica se eligen los inspectores de estos distritos, quienes a su vez son confirmados por el comisario del Trabajo. El órgano que los nombra puede retirarles su confianza, y tanto en este caso como en el de que, a juicio del comisario, sea un funcionario que no cumple, puede y debe ser revocado por este comisario.

El número de inspectores de esta clase es grande y lo forman en su mayoría obreros.

El seguro social

Hay un Comisariado especial de provisión social, cuya función es el seguro. Desde el comienzo, la Revolución dio al seguro una importancia excepcional; y así como hasta entonces solo en la minería existía con carácter obligatorio, hoy abarca el seguro, legalmente, la pérdida de capacidad, temporal o permanente, parcial o total, el paro, y extiende sus beneficios a todos los asalariados, siendo el Estado quien financieramente provee a su sostenimiento. Mas el Comisariado no se limita a este género de seguro, sino que amplía su radio de acción y ampara a cuantos han sufrido por la contrarrevolución, a las familias de los que están en el Ejército rojo, y, por último, ha organizado el seguro contra los efectos de los agentes naturales, como, por ejemplo, la inundación o el incendio. Se estudiaba a fines del pasado año -1920- lo relativo al seguro en caso de pérdida o disminución sensible de cosecha, más no había sido del todo resuelto.

El problema de más complejidad técnica ha sido el del seguro entre los aldeanos. Se ha comenzado por dividir a éstos en tres categorías: a), pobres; b), de posición media, y c), ricos; los dos primeros son asegurados; el tercero, no. Mas para hacer la clasificación ha sido precisa una contabilidad en la que se inventaríen y valoren los medios económicos de aquellos. No ha podido hacerse para este fin una estadística nueva, y en su virtud han necesitado utilizar la que existía antes de la guerra.

Se ha declarado que tienen derecho a seguro los aldeanos cuyo capital no representa un valor superior a 180 pudds de cereales por miembro de familia[22].

Los que tengan menos de 80 pudds reciben el 100 por 100 del seguro:

Entre 81 y 100 ídem, de 99 a 80 por 100;

De 101 a 140 ídem, de 79 a 40 por 100;

De 141 a 180 ídem, de 39 a 0,

decreciendo el tanto del seguro en un 1 por 100 por cada pudd. Mas era necesario a su vez referir las mercancías todas a una unidad de especie; esto es, era preciso modificar en su raíz el sistema usual de valoración. Aquí se ve ya uno de los ensayos más interesantes que se han acometido en Rusia: el de transformar la valoración económica de las cosas quitándoles el carácter de mercancías –como en el capítulo próximo diremos-, tal como lo adquieren en el mundo capitalista, o sea en el momento del cambio, y buscando una medida normativa que las considere en sí, substraídas a las fluctuaciones creadas por las necesidades del consumo. Se notaba que lo hecho en este sentido estaba aun por consolidar, y así nos lo dijo el amable especialista con quien hubimos de hablar repetidas veces sobre este problema.

He aquí algunas de las ecuaciones obtenidas tomando como equivalente general el pudd del cereal trigo:

Fuerza de un hombre en pleno vigor….. 170 pudds

Valor de una desiatina[23]…………………… 90 pudds

Una desiatina con jardín………………… 180 pudds

Caballo…………………………………………. 60 pudds

Vaca…………………………………………….. 45 pudds

Cerdo……………………………………………. 15 pudds

Oveja o cabra…………………………………… 5 pudds

Para saber, pues, si una familia tiene derecho a seguro, se toma el inventario, se suma el valor por él representado, y la diferencia entre este resultado y el producto que obtengamos de multiplicar los individuos de familia por 180 nos indicará: primero, si hay lugar al seguro; segundo, en qué tanto.

Provisionalmente, esto solo se esta aplicando -díjome el comisario- a las familias de los que están en el Ejército rojo; pero también añadió que trabajaban en un plan general.

El obrero que enferma y va al hospital recibe, a más del cuidado personal, el salario mínimo de la tarifa que a él le aplicaban, y si tiene familia, el salario y una prima de 100 por 100, sin duda para compensar la carencia de su carta de alimentación. El auxilio lo percibe directamente de la fábrica, pero no lo paga ésta, sino el Comisariado, y si han transcurrido cuatro meses desde que comencé a recibir el socorro y aun no ha obtenido el alta, pasa a ocuparse de él directamente el Comisariado. El seguro, en ningún caso se carga y computa al presupuesto de gastos de la industria, sino al del Estado.

Para el seguro no se tiene en consideración si el casado lo está o no legalmente, o si estándolo ha creado una segunda familia, o si los hijos son no legítimos; en verdad, sólo por virtud del filisteísmo ambiente se ha podido llegar a pensar en la sociedad actual que la situación jurídica de las personas puede dejar de obligarnos para con ellas y puede influir en que tengan o dejen de sentir necesidades.

Tienen condiciones para recibir el seguro obrero:

  1. Los asalariados.
  2. Los que tienen o tuvieron taller y no explotan a nadie.
  3. Los que habiendo explotado a alguien han quedado inválidos, en cuyo caso reciben el seguro de invalidez.
  4. Los que lo recibían antes del Estado, a excepción de los eclesiásticos e individuos de la antigua policía y cuerpo de seguridad.

En cuanto al seguro por pérdida total o relativa, temporal o permanente, de la capacidad de trabajo, he aquí la escala gradual que se ha establecido:

  1. Estén incluidos en esta categoría aquellos que no sólo se hallan impedidos, sino que necesitan la ayuda de alguna persona, tales como paralíticos y ciegos, entre otros. A éstos se les da el 150 por 100 de un salario normal, 0 sea un 50 por 100 de suplemento.
  2. Los que han perdido del 60 al 100 por 100 de su fuerza de trabajo, en cuyo caso reciben el total del salario.
  3. Los que han perdido del 45 al 60, a los cuales les abona el 75 por 100 del salario.
  4. Aquellos que han perdido del 30 al 45 por 100 de su capacidad de esfuerzo, los cuales reciben el 50 por 100 del salario.

Estos datos representan -no nos lo recató, noblemente, la persona con quien oficialmente hubimos de hablar para obtenerlos- principalmente orientaciones legales, no realidades. Para llevar a la práctica estas medidas se requiere lo que falta hoy en Rusia: es preciso una administración muy capaz, oficinas de estadística abundantes y medios económicos materiales, de todo lo cual se carece. Así, los ancianos no reciben hoy su ración porque no hay forma de darla, y los inválidos han de vivir al calor de la familia y de su amparo.

La remuneración del trabajo: los salarios

Para cuanto concierne a la remuneración -de igual modo que hemos hecho con las anteriores cuestiones siempre que nos ha sido posible- no nos referiremos a los datos legales suministrados por el “Código del Trabajo Ruso”, y sí a las impresiones y datos recogidos por nosotros directamente. Lo primero queda fuera del alcance de este libro, que se desvirtuaría si pretendiese ser un resumen de leyes, si bien en ocasiones, al recoger informes orales no pase de expresar lo que la minoría directora desearía realizar y está consignado en el derecho escrito.

Estamos en la “Casa Central de los Sindicatos”, edificio amplísimo. Nos hemos recogido en un pequeño cuarto, en torno a una mesa, y hemos sido atendidos muy amablemente en nuestros deseos. Hay dos intérpretes: un joven que habla alemán y una jovencita menuda, morena, de mirada muy viva, con el pelo cortado y rizoso y luciendo alguna sortija de pequeños rubíes; su persona da una sensación insólita hoy en Rusia, de limpieza, alegría y fragancia. El hablar francés muy correctamente, la gentileza de su tipo y tal cual detalle, parecían delatar que pertenecía a una familia del antiguo régimen.

*  *  *

La Sección de Tarifas de la Central Sindical Rusa tiene secciones provinciales, y éstas se componen a su vez de subsecciones esparcidas en ciudades y aldeas, que informan, aplican o elaboran el plan de tarifas. La Central requiere a las secciones, y éstas, a las que de ellas dependen, para que les envíen el material que ha de servir para formar las tarifas, siendo los principales datos a suministrar los que se refieren al costo de la vida, riesgos que hay en la industria y capacidad profesional de los obreros.

La Sección Central de Tarifas se subdivide en:

  • La que determina los tipos normales de salario.
  • La que fija los tipos de primas.
  • La encargada de clasificar el trabajo cualificado.
  • Sección jurídica.
  • Sección de control.

Las industrias -al decir de nuestros informantes- que principalmente sirven para fijar los tipos normales de salarios son la metalúrgica, la química, la industria de transporte y la textil. La mayor parte de los miembros de la Comisión de Salarios son delegados del Comité Central Sindical o de los Comités de Fabrica, antiguos trabajadores conocedores de las condiciones de cada industria, y cuenta además en su seno con algunos ingenieros.

La fábrica que quiere someter su producción a un régimen de tipos, o la que desee organizar la administración conforme a cánones determinados, ha de enviar el material de contabilidad de la época en que la gestión de la Empresa era capitalista y se hallaba Rusia en un periodo de paz. El mínimo de producción que se le permite -nos dicen- es el 50 por 100 de lo que producía en 1914; pero si se trata de industrias químicas se le exige que llegue al 75 por 100.

La cualificación del trabajo, ¿quién la hace? Se ha formado en la sección encargada de ello un instituto. La mitad de los que lo componen son obreros calificados, y la otra mitad, técnicos. Este organismo ha hecho el examen de las fuerzas obreras industriales, según los distintos momentos de la producción, y ha formado una escala con 34 a 35 grados, según la industria, y a cada grado corresponde un tipo de salario. Esta idea fue iniciativa de los trabajadores de la industria química al comenzar la Revolución; más el primer Congreso Panruso de los Sindicatos la hizo suya, y sus bases generales datan de 1 febrero de 1918.

Claro es que, ante preguntas nuestras, se nos dijo que había el deseo de llegar a la unificación de los salarios; pero esto sin duda es algo que va unido, en la concepción de los directores, a la idea de una fase superior en que el comunismo sea realizado, pero a la que no sólo no corresponde la practica de hoy, sino tampoco el mañana inmediato que ellos prevén, ya que todo lo encaminan a cualificar cada vez mejor el trabajo y a este fin crean organismos más y más aptos. Marx ha dicho y subrayado que no hay medio de deshacerse de los métodos y conciertos de derecho burgués en tanto las conciencias y el medio histórico estén saturados de él; y hoy, en Rusia, en efecto, el problema real, el problema vivo, es el de hallar base efectiva sobre la que asentar un criterio de jerarquización.

Es evidente que las propias razones de C. Marx y la práctica rusa indican cuán pueriles son esas ilusiones totalistas que alimentan muchos intérpretes del maximalismo fuera de Rusia, por virtud de cuyas ilusiones se ha hecho creer en un cambio radical, escenográfico, incluso de la valoración del esfuerzo humano, siendo así que ha de ser obra lema.

El paso de un grado a otro se obtiene en Rusia previa solicitud dirigida al Comité de fábrica, el cual encarga de un trabajo al peticionario, y si lo hace pasa a otro grado. La ultima palabra ha de pronunciarla la Sección de la ciudad, delegada de la “Central Panrusa de Sindicatos”.

Así como se califican las capacidades, así también se califican las industrias; y se remunera a los que de ellas forman parte, según la necesidad que tiene el Estado de la producción, esto es, según que sean perentorios los productos para atenciones del Estado (industrias de guerra), o para las necesidades individuales (vestido, alimentación, medicamentos, etc.). Así, una fábrica de caramelos que visitamos en Moscú ocupaba en aquel entonces el lugar 12º en la escala de importancia.

Para fijar las primas a la producción se hacen ensayos ante ingenieros y obreros, y teniendo en cuenta el utillaje se determinan las normas de producción, y según ellas, las primas.

La prima no puede exceder de un 200 por 100, salvo que se trate de industrias cuya vigorización y productos sean urgentes, en cuyo caso se permite el elevarla a 300 por 100; tal ocurría con las de transportes, metalurgia y química. Para determinar asimismo el máximo de pérdida de materia prima se hacen repetidas pruebas.

He aquí, por ejemplo, la recompensa del trabajo en dicha fábrica de caramelos, provista de una maquinaria admirable; faltan en nuestros datos los salarios de la segunda y tercera categoría de hombres y mujeres.

La fábrica ocupaba, como hemos dicho, el número 12 en importancia jerárquica, atendiendo a la necesidad de la producción:

Salario Hombres Mujeres Primas para Hombres y Mujeres
1ª Categoría 3.200 rublos /mes 2.100 200 %
2ª Categoría // // 160 %
3ª Categoría // // 120 %

Pérdida máxima de materia prima permitida, 2 por 100.

Norma de producción para un oficial con dos ayudantes, 8 pudds y 30 libras (=140 kilos). Cada operario lleva una libreta en la que se le apunta lo que se le da y lo que de él se recibe elaborado. El examen de estas libretas hecho por nosotros nos mostró que casi todos llegaban al máximo del 2 por 100 de pérdida de mercancía, y con frecuencia lo rebasaban. La fijación de este límite tiene por objeto no perjudicar el coste de producción, pues si al incentivo de la prima no se le pone un dique, la celeridad en el trabajo de producción, sobre influir, como con frecuencia ocurre, en la calidad del producto, pesaría además sobre la producción misma. A quienes rebasan el 2 por 100 de pérdida está acordado que no se le dé prima; más, en realidad, se le sigue dando, salvo el caso de una pérdida pertinaz y muy superior a la fijada.

De esa pérdida de materia prima sale, a nuestro juicio, el plus que es indispensable a unos y otros para vivir; esas filtraciones generales de mercancías son después las que rezuman en el mercado clandestino y buscan en la Zugaretzka, o en la casa privada, una compensación en especie o dinero que permita adquirir algo de lo necesario.

He aquí algunos datos de salarios. Figuran entre ellos trabajadores intelectuales y manuales, ya que, como veremos al tratar de los sindicatos, toda actividad profesional forma parte de la Central Panrusa de los Sindicatos y a todos alcanza la obligación de las tarifas, normas y cartas allí acordadas.

A la cabeza de Rusia figura el gran barítono Schalapin con una remuneración en dinero que, según se me asegura por diversos conductos -entre ellos el de algunos artistas-, asciende mensualmente a 1.000.000 de rublos. Primeras partes de los teatros: 7.200 a 100.000, según las funciones. Segundas partes: máximo, 25.000. Profesores de centros superiores de enseñanza, universidades, escuelas técnicas, etc., 20.000. Profesores especialistas de enseñanza primaria, dibujo, gimnasia, etc., de 9 a 10.000. Maestros y maestras[24] 3.600. Profesora de un jardín de infancia, 10.200. Obrero técnico del arte textil, incluyendo la prima media, 13.000. Obrero técnico de una fábrica de jabón, 12.000. Clase de música de una hora alterna para los niños de la escuela, 5.000. Concertistas buenos, pero no excepcionales, recibían del Estado por un concierto de cuarteto entre 20 y 50.000 rublos. Obreros calificados de fábricas de galletas y similares, con prima máxima, 9.600. Empleado superior de un centro administrativo de Moscú, 14.000. Joven de diecisiete años encargado de misiones de confianza, 7.000. Empleado en un centro editorial, 6.000. Cocinera y lavandera de un centro de enseñanza, 2.800.

Pretender agotar la escala de los salarios seria obra penosa y pueril, porque las excepciones son tantas que difieren por centros y ciudades; ni en dos centros burocráticos de Moscú se pagan los mismos sueldos, ni entre las ciudades hay igual remuneración para una misma industria. Teniendo en cuenta el elevado costo de la vida, se paga en Petrogrado y Moscú, según nos dijeron en la Sección de Tarifas, un 150 por 100 sobre el salario ordinario en dinero, y en otro grupo de centros industriales, entre los que figuran Tula, Nijni-Novgorod, y varios mas, se da el 120 por 100 de plus. Y decimos que seria pueril, económicamente considerado, tratar de agotar la escala de salario, porque como la depreciación del dinero es cada día mayor, se ven precisados a alterar constantemente los salarios, y, además, porque la capacidad adquisitiva del dinero resulta tan escasa, dado el precio de las cosas, que su trascendencia para la economía privada es muy insignificante; lo importante es lo que se recibe en mercancías.

Cartas y raciones

La necesidad de establecer el salario en especie se fue haciendo sentir con tanta más rapidez cuanta mayor era la desvaloración del dinero y más dificultad había para aprovisionarse de los géneros necesarios. El precio de las mercancías se burlaba de la estampación del dinero papel; y por lo mismo que éste procuraba salir al mercado en la medida en que fuese preciso para poner las cosas al alcance del que las necesitaba, éstas no sólo aumentaban en precio en una progresión incomparable con la del dinero, sino que en muchos sitios de Rusia no se aceptaba, ni se acepta ya, el dinero. Este problema, en mayor o menor medida, se ha notado durante la guerra en todos los países, pero especialmente en la Europa central, y ello ha servido para ayudar a esclarecer la función económica del dinero en la actual organización; función auxiliar, mediadora, entre la producción y el consumo, símbolo jurídico para la adquisición de una masa de mercancías; pero, por esto mismo, ha de estar supeditado su valor a la existencia de éstas y a la relación de las mismas con las necesidades; el valor, pues, del dinero esta económicamente determinado principalmente por la proporción entre la masa real de productos en circulación y las necesidades del mercado.

En 1914, la masa total del dinero en curso en Rusia era 14 rublos por cabeza; en enero de 1916, 39; en 1917, 117, y al comenzar el 1920, 4.000; más, ¿cuál había sido el encarecimiento de las mercancías?

Tomando como punto de partida el mes de agosto de 1918, época en que, según el Boletín del Comisariado del Trabajo, había ya encarecido la vida en un 1.500 por 100 con relación a 1916, y haciendo igual a 100 el precio en el citado mes, tenemos los siguientes precios:

Agosto de 1918               100

Enero de 1919                224

Julio de 1919                           684

Enero de 1920              2.052

¿Cuál había sido la subida de los salarios? El promedio en esa misma época última, de un 150 por 100, Los datos oficiales arrojan un resultado que autoriza al siguiente razonamiento: dado el precio de los artículos, supuesto que fuese dable adquirirlos con dinero papel, seria preciso aumentar la circulación de éste, no en la proporción de 300 a 1, sino en una media de 750 a 1, que es la del encarecimiento medio de la vida, Es más, en Moscú, según la oficina de estadística del Comisariado del Trabajo, los artículos necesarios a la vida han encarecido en la proporción de 3.400 a 1; y si el dinero en curso hubiera de crecer en esta misma relación, sería preciso un promedio no de 4.000 rublos por habitante, sino de 10.500, y en Moscú, de 47.600. Pero como el mercado no permanece pasivo ante el dinero, sino que reacciona y se defiende como hace un organismo con la enfermedad, el precio sigue su carrera.

El salario en productos era, pues, una necesidad apremiante; y si el primer año de régimen sovietista sólo se pagó en dinero, en septiembre de 1918 se planteó ya el problema del “salario en productos”, y por iniciativa de la Federación de metalúrgicos, en el Congreso por ella celebrado en octubre de 1918, aparece como una petición obrera. La primera medida general en este sentido es el decreto de abril de 1919 sobre la gratuidad de medios alimenticios para los menores de dieciséis años, hijos de trabajadores y empleados, y a partir de entonces principia a extenderse la remuneración en productos y a ser desestimado el dinero. Si valoramos en pan negro, por ejemplo, el salario en dinero de un obrero calificado, resulta -dados los precios del mercado libre- igual a 24 0 26 libras, y si se reduce a manteca, a dos libras.

Las cartas de alimentación y las raciones cambian sin cesar, ya en vista de las existencias de los almacenes, bien según las necesidades que de una industria o profesión tiene el Estado. Para aumentar los estudiantes de Medicina o los trabajadores de las industrias químicas, el procedimiento es subir la ración y como ésta es la obsesión dominante, precisamente a causa de no verse nadie satisfecho, es fácil maniobrar sobre lo externo de la actividad y dirigirla aquí o allá.

Las raciones las fija el Comisariado de Alimentación, de acuerdo con el Comité Central del Consejo de los Sindicatos.

Existen tres cartas generales de alimentación y un número crecidísimo de raciones especiales o payok. Las cartas son:

Carta A. La disfrutan los funcionarios con responsabilidad y trabajo ilimitado, profesores de Universidad y enseñanza secundaria, obreros que se ocupan en trabajos penosos, mujeres que tienen más de cuatro personas a su cuidado, niños de tres a siete años, y estudiantes.

Carta B. Trabajadores que se ocupan en labores no muy penosas, y funcionarios.

Carta C. El resto de los ciudadanos.

Hay una carta especial Ab para el Ejército rojo, estudiantes de Medicina y de escuelas técnicas superiores. He aquí la carta de alimentación del Ejército rojo y del personal sanitario, según circular del 5 de marzo de 1920, publicada por el Comisariado de Aprovisionamientos:

Productos                       Primera categoría           Segunda categoría

Pan                                          2 libras diarias                         2 libras

Harina                                     1 libra 48 zolotniks[25]                72 zolotniks

Granos                                    24 ídem                                    17 ídem

Carne o pescado                       1/2 libra                                  1/4 de libra

Sal                                          3 zolotniks                              3 zolotniks

Legumbres secas                   4 ídem                                    4 ídem

Ídem frescas                           60 ídem                                  60 ídem

Manteca o tocino                    8 ídem                                    5 ídem

Harina para sazonar (¿?)       4 ídem                                    4 ídem

Té                                           0,24 ídem                               0,24 ídem

Azúcar                                    8 ídem                                    6 ídem

Pimienta                                 1/6 ídem                                1/6 ídem

Jabón                                     1/2 libra al mes                     1/2 libra al mes

Cerillas                                   4 cajas al mes                        4 cajas al mes

Tabaco                                    8 zolotniks                              3 zolotniks

La circular lleva una nota en que se dice: El aprovisionamiento se efectúa según la orden especial del Comité local, el cual hace saber al Comisariado cual es la situación real del aprovisionamiento; como para recibir la carta de la “Estrella roja” es preciso presentar un certificado del Comité de Seguridad Social en que se haga constar la incapacidad para el trabajo, y otro del Comisariado de Sanidad en que se consigne que está prestando servicio en las barracas para los enfermos de tifus. Se confirma, en vista de la escasez del personal sanitario, el privilegio de “ración del frente del Ejército rojo” al que desempeña aquella función. Si su misión la realiza fuera de las zonas del frente recibe pan, pescado, legumbres, azúcar, jabón, tabaco y cerillas, en la proporción que disfrutan de ello las retaguardias del Ejército rojo (segunda categoría). Los miembros de las familias a quienes afectan las disposiciones de esta circular y que son incapaces de trabajar, reciben la carta de la primera categoría y la suplementaria de la “Estrella roja”.

Ración fijada el 8 de junio de 1920 para los marinos militares mensualmente:

Pan                                                   45 libras

Harina de centeno                                      33 1/4 libras

Granos                                              6 libras

Carne                                               8 libras

Pescado                                             3 libras

Sal                                                    1 libra

Legumbres secas (diariamente)          4 zolotniks

Ídem frescas (ídem)                                     60 zolotniks

Manteca                                            2 libras

Aceite                                               3 libras

Harina para especiales menesteres    1/4 libra

Té                                                     1/3 libras

Azúcar o polvos de azúcar                           2 1/2 libras

ORDEN NÚMERO 1.008

Pimienta                                           3 zolotniks

Laurel                                                        2 zolotniks

Cebolla                                             2 1/2 libras

Tomate                                              4 1/2 libras

Jabón                                               1/2 libra

Cigarrillos                                         600 cigarrillos

Cerillas                                             4 cajas

Hay una nota según la cual el personal de máquina recibe una libra de jabón mensual, y el de los barcos, al tomar parte en operaciones militares, un suplemento mensual de 15 libras de pan, media de granos y tres de carne.

Según la misma resolución, el personal de aviación y submarinos recibe, en calidad de suplemento, la ración de los marinos y el siguiente payok:

Azúcar                                              1/2 libra al mes

Granos                                              2 1/2 libra al mes

Grasa (manteca o aceite)                   1/2 libra al mes

Cebolla                                             1/2 libra al mes

Harina especial                                 1/4 libra al mes

Té                                                     12 zolotniks

Legumbres secas                               20 zolotniks

Chocolate                                          1/2 libra

Café                                                  3 libras

Compota                                           1 libra

Ración oficial para los obreros que trabajan en los yacimientos de turba, en las minas, fábricas de productos químicos, y, en general, trabajos físicos especialmente pesados:

Productos              Para los obreros              Para los miembros de la familia

Pan                       25 a 36 libras al mes      18 libras

Azúcar                  1/2 libras al mes

Sal                       1 libra al mes                 1/2 libra al mes

Carne o pescado    4 libras al mes               4 libras al mes

Jabón                   1/4 libra al mes             1/8 libra al mes

Aceite                   1/2 libra al mes             1/2 libra al mes

Imitación de café   1/4 libra al mes

Cerillas                 3 cajas al mes                1 caja al mes

Ración para los obreros de construcción, fijada por el Comisariado Nacional de Aprovisionamiento (Resolución de 26 mayo 1920):

Harina                  36 libras mensuales

Pescado o carne    4 libras mensuales

Azúcar                  3/4 libras mensuales

Sal                       1 libra mensuales

Manteca               1/4 libra mensuales

Legumbres            15 libras mensuales

Cerillas                 3 cajas

Té o café               1/4 de libra mensuales

A los 0breros que se ocupan en la turba se les dio un suplemento mensual de un cuarto de libra de jabón, una de tabaco y tres cajas de cerillas.

Raciones de los obreros que se encuentran en las estaciones radiotelegráficas[26]:

Productos              Para los obreros              Para los miembros de la familia

Harina                  36 libras                        18 libras

Carne o pescado    7 1/2 libras                    4 libras

Aceite                   1 libra

Granos                 7 1/2 libras

Azúcar                  1 libra

Sal                       2 libras                          1 libra

Legumbres            1 libra                                     1/2 libra

Café                      1/3 libra                        1/4 libra

Tabaco                  1 libra

Cerillas                 3 cajas                           2 cajas

Ración para los que trabajan en la Estadística del Censo general desde el 1º de mayo de 1920 hasta el 1° de mayo de 1921: y Personal permanente, por mes: pan, 30 libras (en las zonas consumidoras) y 45 (en las zonas productoras); carne o pescado, 15 libras; granos, ocho; azúcar, una; sal, media, y tabaco, una.

Para los temporeros, he aquí la ración diaria: pan, una libra; carnes o pescado, un cuarto de libra.

RACION DE LOS PRESOS

Productos                      Ración normal                Ración disminuida un 25% por la escasez de medios

Por quincena                           Por quincena

Pan                       15 libras                        11 1/4 libras

Granos                 5 libras                          3,75 libras

Harina especial     1/4 libra                        3/16 libra

Carne                   5 libras                          3,75 libras

Legumbres            7 1/2 libras                    5 5/8 libras

Patatas                 15 libras                        11 1/4 libras

Grasa                   3/4 libra                        3/16 libra

Azúcar                  1/2 libra                        3/8 libra

Té                         1/32 libra                      1/48 libra

Sal                       1/2 libra                        1/8 libra

Condimentos         1/8 libra                        1/12 libra

En el protocolo número 42 de la Comisión de Aprovisionamiento de los obreros, fecha 13 de agosto de 1920, se establecen las siguientes categorías generales para los empleados y obreros de la Economía de los Soviets:

1ª Obreros que realizan trabajo físico.

2ª Empleados en la Economía de los Soviets; miembros en primer grado de la familia de éstos que no trabajan a causa de incapacidad; mujeres encinta ocho semanas antes y después del parto.

3ª Hijos de obreros y empleados, hasta los quince años.

Pan:            1ª categoría:                   30 libras/mes

2ª categoría:                   25 libras/mes

3ª categoría:                   18 libras/mes

Patatas:       1ª categoría:          2 pudds/mes

2ª y 3ª categoría:   1 pudd/mes

Sin distinción de categoría reciben:

Legumbres            30 libras

Carne o pescado    7 1/2 libras

Manteca               1 libra

Granos                 7 1/2 libras

Leche                    30 botellas

Sal                       2 libras

Cerillas                 5 ó 3 cajas, según que sea o no fumador

Más sería un error considerar que estos datos expresan la efectiva ración de aquellos a quienes se atribuyen; son, sí, como los salarios, documentos de importancia para apreciar, bien en juicio de valoración física del esfuerzo, ya indicios que permiten colegir el rango de estimación en que se tiene a cada actividad. A veces, o no se reciben las raciones durante mucho tiempo, o buena parte de los artículos que figuran en ellas; así por ejemplo, en diciembre había centros oficiales en Moscú a cuyos empleados se les estaba dando artículos que debieron recibir en julio, y algunos géneros ni aun con retraso podían ser entregados.

Para complementar los datos anteriores véanse estos otros, tomados directamente de los interesados.

Ración académica de un profesor de Universidad:

Harina negra                  35 libras mensuales

Mijo                      18 libras mensuales

Carne                   20 libras mensuales

Azúcar                  2 1/2 libras mensuales

Manteca               3 libras mensuales

Aceite de grano     3 libras mensuales

Café                      1/4 libras mensuales

Sal                       1 1/2 libras mensuales

Cigarrillos             750

Ración de una profesora de Jardín de Infancia:

Carta general B, o sea la que corresponde a todos los habitantes que trabajan:

Pan                       1/2 libra diaria

Azúcar                  1/4 libra mensual

Café                      1/4 libra mensual

Sal                       1 libra mensual

Cerillas                 2 cajas

Además, toman al mediodía una comida en la escuela con los niños, como ocurre hoy en todos los centros del Estado, de cualquiera índole que sean.

He aquí la carta de los médicos:

Pan                       1 libra diaria

Aceite vegetal        1 libra mensual

Harina especial     1 ó 2 libra mensual

Granos                 3 libras mensuales

Arenque                3 a 4 libras mensuales

Azúcar                  2 libras mensuales

Sal                       1 1/2 libras mensuales

Jabón                   1/2 libra mensual

Cigarrillos             200

Cerillas                 3 cajas

Ración mensual de un empleado de uno de los centros oficiales de Moscú -se trataba de un sujeto de cultura superior-, de cincuenta años de edad:

Harina                  20 libras

Pescado                5 libras

Carne                   5 libras

Azúcar                  1 libra

Sal                       1 1/2 libras

Manteca               1 1/2 libras

Jabón                   1 libra

Café                      1/4 libra

Cigarrillos             250

Cerillas                 3 cajas

Y la de un joven de diecisiete años que hace un servicio de recadero de confianza:

Harina                  40 libras

Arenques              15 libras

Mijo                      10 libras

Aceite                   2 1/2 libras

Jabón                   1 libras

Azúcar                  2 libras

Sal                       2 libras

Café                      1/4 libra

Imitación tabaco   1 libra

Cerillas                 5 cajas

A veces se reciben suplementos inesperados; azúcar, legumbres, etc.; así, un obrero textil calificado, en el espacio de tres años ha recibido dos veces patatas de la Administración. Más lo usual es que la ración, el payok -que es la palabra más pronunciada en la Rusia de hoy-, no pueda ser dada por falta de medios oficiales.

¿Qué representa el total de lo dado por el Estado con relación a las necesidades fisiológicas del individuo? En un grupo de médicos con quienes frecuentemente hablamos en Moscú sobre estos problemas se  nos decía que la ración media del ruso, en época normal, era mayor que la del hombre, no ya de la Europa occidental, sino de la central, y que giraba alrededor de 5.000 calorías; lo cual, efectivamente  -si fuese exacto, que lo dudamos-, es muy superior a la de los demás pueblos, ya que la cifra para el alemán ha sido estimada en 4.020, en 3.800 la del francés, en 3.410 la del inglés y en 3.130 calorías la del italiano[27].

Personas que ocupan un puesto oficial en alguno de los centros más importantes de Sanidad en Rusia nos hicieron la advertencia de que las normas oficiales que ellos se han fijado a este respecto representan un deseo, pero no una realidad. En el Museo de Higiene habláronme de la importancia de las investigaciones del profesor Solowsov, de Petrogrado, sobre la substitución de productos alimenticios; y también me dijeron que las valoraciones calóricas de los alimentos se habían hecho tomando como base las investigaciones del americano Atwater.

La ración normal media de un hombre que no hace trabajo físico, sino sedentario, se calcula en 2.400 calorías, y la del que hace trabajos pesados, entre 4.000 y 5.000. La ración media considerada por los alemanes durante la guerra como indispensable para no sufrir detrimento físico fue de 2.650[28]. La Sección de Alimentación Social Rusa considera el mínimum -mínimum que varia según edad, sexo, casa, clima, condición individual, etc.-, de 2.700 a 2.800. ¿En que tanto se satisface este mínimum? En el Comisariado de Alimentación se nos dije oficialmente que, salvo en Moscú, donde por razones políticas se daba el 50 por 100 de lo indispensable, en las demás ciudades sólo se había podido llegar a un 23 por 100, lo cual, tomando por base la ración mínima fijada por los organismos antes citados, arrojaría exclusivamente un total de 621 calorías.

Y, en efecto, oficialmente confirma Larin estos datos, pues afirma que en 42 ciudades, de agosto a noviembre del 19, se repartieron 20.000 calorías mensualmente por cabeza, lo que daba una media diaria de 666 calorías[29].

Es evidente que hay necesidad de pensar en el mercado clandestino como medio de explicar la existencia física de la población urbana rusa, pues la cifra a que hemos llegado es notoriamente inferior a cuanto se ha estimado como mínimum físicamente infranqueable. Más, ¿con qué medios subviene a la compra del suplemento necesario? ¿Con el salario? El salario normal más alto, el de 30.000 rublos al mes, evaluado por su capacidad para adquirir, es igual a 15 libras de pan blanco, o 60 de pan negro, o cinco libras de manteca.

El salario en dinero no representa, por consiguiente, un tanto por ciento que pueda ser muy estimado al apreciar los ingresos con se subviene a las necesidades no cubiertas; el medio fundamental hay que buscarle en una serie de actividades ilícitas: venta en el mercado clandestino del propio ajuar, substracciones en los centros de trabajo, acuerdos con algún aldeano para recibir y vender fraudulentamente algún artículo, etc. Según el testimonio del informe oficial de Larin, aun incluyendo lo que se adquiere de este modo, el total de la ración en Petrogrado sólo alcanza al 53 por 100 de lo indispensable, y en Moscú, al 78 por 100. Hay otras zonas, las de producción, que rebasan el límite de lo indispensable.

Y si se considera no sólo los medios de vida, sino las necesidades globales de una familia, resulta, según el informe últimamente citado, que lo dado por el Estado representaba al comienzo de 1920 algo menos del 5 por 100 del presupuesto total de una familia trabajadora. El 95 por 100 restante había de comprarlo en el mercado libre, cuya alta significación la subraya ese mismo dato[30]. ¡Y este mercado libre que tiene por misión económica ofrecer ese déficit de 95 por 100 estaba prohibido!; ¡era ilícito! Ese mercado es en Moscú la Zugaretzka, descrita en nuestro capitulo primero,

Cuando se hablaba de este problema con los comunistas de Moscú, afirmaban que la vida de ese mercado iba a ser muy pasajera. Lenin mismo nos hablaba de la guerra civil al aldeano, guerra implacable merced a la cual lograría imponérseles el acatamiento de las normas de la nueva economía, mágicamente creada en los decretos; esto es, se abrigaba la ilusión de que la economía del Estado, la economía oficial, iba a lograr absorber, por la intimidación o por su desarrollo propio, a la economía social; pero la economía es más fuerte que la voluntad de los gobernantes -verdad elemental para marxistas y no marxistas, pero no para los blanquistas-; y como el poder político de un grupo social depende, por lo menos en gran medida, de lo que pese como tal grupo en la economía, ha resultado que la población campesina, o sea -según los datos del censo que nos dieron y vimos en algunas cartas murales- el 82 a 85 por 100 de la población[31], ha logrado romper la arquitectura de la economía creada artificiosamente por el maximalismo, y en vez de morir, como auguraban, principia a renacer oficialmente el mercado libre por propio decreto del Gobierno fechado en marzo de 1921. Si de la economía y el hombre pudiera obtenerse lo que se deseara, ya por la orden, bien por la intimidación, el camino de la Historia sería tan fácil, como simple la función de la conciencia y de la voluntad.

En el año 1917 Alemania llego al máximum de depresión alimenticia; en Berlín, Bonn, Coblenza y otras ciudades, el valor de la ración osciló entre 1.500 a 1.600 calorías; el capital fisiológico del país llegó a una pérdida de tal naturaleza que aun no ha podido rehacerse; la mortalidad experimentó un aumento de 37 por 100 con relación a la de 1914; el país no pudo sufrir más y se entregó. En Rusia, ¿qué ha acontecido en este sentido? ¿Se sabe el peso que ha perdido el promedio de las personas que constituyen la población urbana? Dice la Comisión inglesa respecto de Alemania que en el invierno del 17 vivió de la grasa de sus propios tejidos, y que no fue raro el perder por individuo hasta 80 libras. ¿Qué ha ocurrido en Rusia? La sensación exterior es que ha perdido el ruso, no sólo lozanía y vigor, sino incluso que ha disminuido de estatura; pero no hemos podido hallar estadísticas acerca de estas cuestiones vitalísimas. Sin embargo, nadie recata la gravedad de la situación a este respecto.[32]

Lenin ha visto igualmente -sus palabras están recogidas en la conferencia que tuvimos con él- que Rusia no podía continuar sufriendo los dolores y privaciones de los tres años pasados, y ése ha sido su argumento capital, en noviembre, para defender las concesiones, y en marzo, el impuesto sobre especies y el mercado libre. El ejemplo de Alemania y Rusia, la coincidencia de las causas -el bloqueo y el hambre- que ha llevado a ambas a pactar con su enemigo, y el verse una y otra en esa necesidad, a pesar de la estructura esencialmente diferente de ambas economías, no podrá menos de atraer la atención de cuantos aspiren a sacar de este gran fenómeno de la Historia la enseñanza de que es susceptible.

Los Sindicatos

 

En Rusia el Estado ordena la producción y absorbe a los Sindicatos, los cuales no dirigen aquélla, sino se limitan a ejecutar las órdenes de los órganos oficiales estatistas, a los cuales están subordinados. A más de las funciones a que antes nos hemos referido respecto a la colaboración de estos Sindicatos en la elaboración de las reglas del seguro, tarifa, raciones y nombramientos de comisarios del Trabajo, tienen otra no precisada, pues es difusa, de carácter político y depende, como no puede por menos, de su poder social.

Losowsky, uno de los líderes comunistas más significados dentro del movimiento sindical ruso y al frente hoy de la Sección Internacional de los Sindicatos Rojos, insiste, en su libro citado, sobre la carencia de tradición sindical en Rusia, y dice repetidas veces que los Sindicatos han nacido con la Revolución, no concediendo a lo que antes existió gran importancia. No parece enteramente exacta esta apreciación de Losowsky, pues Petrogrado, como Moscú, Odessa, Kiev, Nishni-Nowgorod, Saratow, Samara y muchos otros centros, han conocido desde 1906, no sólo el Sindicato, sino la Federación Sindical Provincial; tal es el caso, por ejemplo, de Petrogrado, donde la Federación llegó a tener un órgano periodístico semanal y más de 40.000 sindicados; y si bien las persecuciones que comienzan en 1907 desnutren las organizaciones, no logran destruirlas, sino, antes bien, concentran más y más el deseo de los obreros luchadores por sostener los organismos, los cuales logran sobrevivir a las tormentas del terrorismo zarista y principian una actuación huelguística, la más de las veces de carácter político, actuación que llega hasta la entrada de Rusia en la guerra[33]. Y en el dolor se templó el espíritu societario ruso, y lo que le salvó entonces, su capacidad ideal, es la posibilidad que hoy existe de que la Revolución se desenvuelva económicamente bajo su influjo.

En Moscú se encuentra instalada la Central de los Sindicatos rusos, y a los Congresos anuales envían su representación las Asambleas de los representantes de los Sindicatos de Distrito, Aquélla elige delegados para las Asambleas de provincia, y éstas, para la Asamblea general rusa; en caso de no poder hacer la designación las Asambleas, nombran representantes las Juntas directivas, El Pleno de una provincia lo constituye, pues, la representación de todos sus Sindicatos, y este Pleno designa la Directiva.

El ingreso en el Sindicato es indirectamente obligatorio; lo es porque para trabajar sin incurrir en responsabilidad penal es preciso tener una tarjeta oficial en que se haga constar donde y con que carácter se trabaja; esta tarjeta se recibe de la Bolsa de Trabajo, que es un organismo oficial, y si no está el trabajador inscrito en un Sindicato se le considera movilizable para trabajos forzosos, como el de cortar leña en los bosques, limpiar las calles, etcétera; lo es, además, porque el seguro en caso de enfermedad y los servicios de mutualidad se reciben si se está inscrito, pero no en caso contrario.

Al ingresar en los Sindicatos se abona un medio salario, y después, en calidad de cuota mensual, un 2 por 100 de la suma global que se percibe al mes. La caja sindical no hemos llegado a saber qué obligaciones contrae, pues, dada la centralización allí existente, no sabemos si la maquina burocrática sindical es costeada por el Estado; nos inclinamos a creerlo, porque los Sindicatos no perciben el tanto por ciento sino del salario en metálico, pero no de la ración, y es éste, como hemos puesto de relieve, y no aquél, lo importante; de suerte que a los empleados de la Central sindical es de creer los racione el Estado.

¿Cuál es, pues, el fin de la caja sindical? Probablemente es la persistencia de una obligación contraída cuando los Sindicatos, época primera de la Revolución comunista, sostenían con sus cajas el seguro obrero, o al menos parte de él.

Los Sindicatos rusos, constituidos por Sindicatos de industria, se concentran por días, y si se hubiese de atender a lo meramente externo, diríase que lo están aun más que los alemanes, pues en tanto éstos han llegado a formar 48 Sindicatos nacionales, los rusos, según Losowsky, han concentrado la actividad económica en 23, a saber[34]:

  • Empleados y trabajadores de asuntos sanitarios: médicos, ayudantes, farmacéuticos, etc.
  • Trabajadores en madera.
  • Trabajadores de tierra y forestales.
  • Los que cuidan de la alimentación en común.
  • Ramo de la piel.
  • Metalúrgicos.
  • Trabajadores y empleados de la economía municipal; desde el que se ocupa del agua hasta el bombero o el barbero.
  • Los que se dedican a la enseñanza.
  • Comunicaciones: correos, telégrafos, teléfonos y radio.
  • Arte de imprimir.
  • Industria del papel.
  • Rama de la alimentación: panaderos, molineros, confiteros, carniceros, etc.
  • Ramo de construcción.
  • Industria azucarera.
  • Empleados de los Centros sovietistas.
  • Industria del tabaco.
  • Arte textil.
  • Industrias químicas.
  • Industria de la aguja.
  • Empleados encargados de los impuestos, de la Hacienda y del Control.

Aun cuando los recursos de fuerza y coacción de que el Poder usa tienden a mantener por la violencia la hegemonía indiscutible dentro de los Sindicatos del partido que está en el Poder, a pesar de ello, el fermento sindical antiguo y la lógica inmanente al movimiento corporativo va haciendo su labor en el proceso de la Revolución; y si políticamente es el Soviet el órgano que recaba la efectividad de la dirección frente al Gobierno centralista y omnipotente, económicamente es el Sindicato el que exige cada día con más apremio el que se le reconozca su función relevante en la producción.

El Consejo de Fábrica -de cuya desaparición hablaremos en el próximo capitulo-, esto es, el Soviet de Empresa, es evidentemente un modo de ahondar el sentido realista del Sindicato, un modo de darle a éste más riqueza de organización, más vitalidad; el Sindicato es abstracto relativamente al Consejo de Fábrica, que coge al hombre en su taller, en su labor cotidiana específica; y si dentro del Sindicato no desaparecen esos subórganos, sino que se mantienen como unidades vivas auxiliares, la economía se habría beneficiado, pues habría creado un organismo sindical más apto, por ser más conocedor de la experiencia. En Rusia, como en Alemania y, en menos medida que en ésta, en Inglaterra, hay partidarios de los Consejos económicos que, o no sienten entusiasmos por los Sindicatos, o se muestran francamente hostiles a éstos, como acontece al partido comunista obrero alemán; más la oposición, muy débil hoy en Rusia, se va resolviendo, así en ésta como en Alemania -donde era el pasado año mayor-, en una síntesis fecunda.

En el Tercer Congreso de los Sindicatos Rusos, celebrado en abril de 1920, se vio como, no obstante las grandes dificultades con que los Sindicatos luchan, crece en ellos el espíritu de reivindicación. Entonces pidieron que las atribuciones del Comisariado del Trabajo pasasen por entero a la Central de los Sindicatos y desapareciese aquél, por estimar que existía una dualidad de órganos innecesaria y que a los Sindicatos correspondía de un modo exclusivo el reglar cuanto al trabajo concierne. También solicitaron una ampliación de las atribuciones del control que venían ejerciendo, y se preveía, o al menos lo prevé Losowsky, el momento en que la “Central Panrusa de Sindicatos” se funda con el “Consejo Económico Supremo de la Economía”.

Cuando Schliapnikof, secretario de la Federación de Metales, planteaba en el citado Congreso el problema diciendo: “Al partido comunista pertenece la dirección política, pero el poder en el orden político corresponde por entero a los Soviets y en el económico a los Sindicatos”, ponía la cuestión del Soviet y el Sindicato en los términos teóricos en que la habría colocado un socialista respetuoso para los organismos que han servido de supuestos a la fase segunda de la Revolución Rusa; mas contra él se levantaron los notables del partido comunista para rechazar la tesis, y se declaro que recabar la dirección económica para las uniones profesionales era un eco de la Segunda Internacional.

“De hecho -escribe Lenin-, todas las instituciones directoras de la inmensa mayoría de los Sindicatos, y en primer lugar, naturalmente, del Centro Panruso de los Sindicatos y del Buró (Soviet Central Panruso de los Sindicatos), están dirigidos por comunistas que aplican los acuerdos del partido”.[35] Pero los Sindicatos aspiran a ser quienes elaboren las normas que se han de aplicar en el orden económico, y éste es el momento del conflicto inevitable entre ellos y el Gobierno ruso, el cual, a causa de su concepción autocrática, choca con el pueblo tan pronto recaba éste para sí funciones efectivas de Poder.

Mas la crisis se agudiza, pues posteriormente a nuestra partida de Rusia se ha celebrado el X Congreso Comunista Panruso, en marzo de 1921, y en él los hombres realmente en contacto con las masas obreras de Petrogrado, Moscú y otros centros industriales han hecho conocer cuáles son las aspiraciones concretas de éstas; y Lenin, con su sagaz visión oportunista, se ha visto obligado a repetir la eterna frase gubernamental: “Cuando se encuentra el Gobierno ante sí un Poder indudable es preciso hacer concesiones, porque aceptar la tesis de los Sindicatos -ha escrito en la Pravda del 21 de enero- es dar todos los derechos a los sin partido, que constituyen las nueve décimas partes de los efectivos sindicales. La desviación sindicalista, si no la contenemos, llevará al partido a su ruina”.

¡El partido! He ahí la obsesión de los bolcheviques rusos; de tal modo, que a causa de ella ha llegado en esta revolución de carácter social a esfumarse la masa durante un largo periodo como órgano de poder, se ha desvirtuado el Soviet y no tiene ninguna de las atribuciones que soñó con ejercer el Sindicato. Solo el partido triunfa, y para ello se ve constreñido a desarrollar, por la fuerza misma de los hechos, la política peculiar a la estructura del Poder regalista, una conducta conservadora de sí y destructora de toda oposición; más ni hay modo de apagar la vida, ni es fácil desviar la historia de las rutas que las ideas generatrices van abriendo, y así como sería absurdo reprochar al Estado espartano que no hubiese organizado su vida comunista sindicalmente, sería hoy imposible para todo Estado socialista intentar organizarse a la espartana y no a base de la estructura propia de nuestra época: el Sindicato profesional como órgano de gestión. En esto, como en lo político, el partido bolchevique no da satisfacción a la historia de las ideas de su tiempo, ni tal vez -esto es más difícil de afirmar para el que escribe- a necesidades del pueblo ruso; pero el Sindicato ruso, si la Revolución acentúa su matiz económico social, adquirirá cada día mayor preeminencia, y si lo que se afirma y consolida es tan solo la revolución política, se convertirá en un potente órgano de ataque.

Las instituciones de cultura

Estamos ante el comisario de Instrucción pública, Lunachartski, hombre de amplia educación literaria y filosófica, autor dramático y secuaz de la filosofía de Avenarius y Mach. Quizá sea el menos dogmático de cuantos dirigen actualmente Rusia, a causa, probablemente, de esa misma sensibilidad espiritual que conjuntamente el arte y la filosofía ayudan a crear. En su mirada tiene Lunachartski una expresión entre dulce e irónica que le hace atractivo.

Las grandes facilidades que nos dio para conocer la obra que se lleva a cabo en su departamento nos mueve a consignar nuestra gratitud para con él, hacia su secretario, joven poeta, y hacia la cultísima joven Lubavin –pintora-, que igualmente trabaja en el Comisariado. Todos nos ayudaron a ver satisfechos nuestros deseos de conocer los esfuerzos inauditos que hace la Revolución por extender la acción de la cultura.

La situación material en que se halla Rusia para difundir la enseñanza no puede ser mas desfavorable: carencia de libros, cuadernos, plumas, lápices, hilo, insuficiencia de maestros, de bibliotecarios. Mas, en cambio, la disposición de espíritu en el pueblo es admirable, porque se esta en un momento de anhelo, de credulidad en la eficacia del saber, de apetencias mesiánicas, y con esto se vence aquello, y las dificultades mismas son incentivos que favorecen el esfuerzo popular, porque dan pábulo a la idea de que la obra de la redención es penosa, y quizá esto (una mas o menos leve sensualidad en el dolor no es extraña al ruso) preste a la obra, tal como se desarrolla, un ambiente en extremo propicio.

La carencia de libros obliga al estudiante que los desea a acudir al mercado clandestino y pagar por un pequeño volumen de estudio 8 a 10.000 rublos; y la imposibilidad, las mas veces, de tener esta cantidad le fuerza a abstenerse de comprarlo, y con frecuencia le impide estudiar. Además, en los centros no obreros he oído repetidamente que los chicos acuden, no por el estudio, sino por la ración, por el payok, y es respuesta muy usual entre padres y muchachos, cuando se pregunta por los estudios de aquellos, contestar: estudia payok.

Del material de libros que puede dar el Gobierno hace éste objeto de actos de propaganda; así, a veces un tren con cargamento de libros parte de Petrogrado o Moscú para una ciudad lejana y va deteniéndose en los puntos de tránsito, a cuyas estaciones acuden solícitos algunos grupos para recoger los libros que la Administración les destina. La obra no se lleva a cabo calladamente, sino, antes bien, empleando cuantos medios se creen aptos para impresionar la imaginación popular. Frutos de esta acción tenaz y entusiasta es la proliferación creciente de Bibliotecas y Centros de enseñanza y la disminución efectiva del analfabetismo. La proporción de éste variaba en el este de Rusia entre el 75 por 100 en Uralsk al 94 por 100 en Astrakán.

Se imprimen abecedarios en lengua rusa y en cuantas se hablan en el país; se han formado dos tipos de escuela de adultos o escuelas de liquidación de analfabetismo, elemental una, con misión de enseñar a leer y escribir, y más superior otra, en donde a los que saben ya lo anterior se les da una instrucción sobre Ciencias Naturales, Matemáticas y Geografía económica. Por último, se estaban organizando las escuelas del partido comunista, con misión de enseñar todo lo que tiene importancia directa para el régimen soviético.

Si en 1917 había 11.900 Bibliotecas, en 1919, en 32 provincias, existían 13.506, y en 1920 había en estas mismas provincias 26.118. Mediante la requisa de bibliotecas privadas superiores a 500 volúmenes, aumenta poderosamente el fondo de libros de las públicas y el número de éstas, las cuales, según datos oficiales publicados por N, Krupskaia, respecto a Petrogrado, eran 23, con 140.000 volúmenes, y son ahora 59, con 800.000. Dado el criterio oficial dominante, se somete a una depuración el catalogo, y existen libros como “las ediciones de los Cien negros y los libros de moral religiosa, que son excluidos y reemplazados por libros que traten de cuestiones políticas”.[36]

La estadística escolar rusa parece datar de 1886, época en que sólo había 22.770 escuelas, con una población escolar de 1.141.915 niños, de los cuales 904.918 eran varones y 236.997 hembras, o sea el 13 por 100 de la población infantil masculina de edad escolar y el 3 por 100 de la femenina. A partir de esta época hay un evidente crecimiento, aun cuando, dadas las necesidades de la población, resulte muy pequeño. Al derrumbarse el zarismo, el número de escuelas era 55.345. Rápidamente sube este número gracias a la obra pedagógica de la Revolución, y llega a ser de 74.000 escuelas de primer grado en 1919 y 80.000 el 20, con una asistencia de 5.600.000 alumnos, o sea el 67,4 por 100. El número de los maestros ascendía en 1920 a 170.000.

Pero no es en la obra de primera enseñanza donde se puede admirar mejor la obra de creación llevada a cabo en Rusia, con ser mucho lo que se ha necesitado hacer y se ha hecho, en efecto, y enormes los obstáculos que ha sido preciso vencer para conseguir el rápido crecimiento de las escuelas primarias. Donde se refleja el entusiasmo cultural de las minorías que dirigen es en la organización preescolar y en la enseñanza secundaria y superior. Ha sido preciso en éstas crearlo todo: La “Casa de la Infancia», en donde al niño se le recoge desde los tres años y vive en internado, como se hace en los Jardines de Infancia y las Crêches. Toda ellas son para Rusia organizaciones nuevas, como lo serían hoy en nuestro país; existían, sí, pero las dos últimas sólo a modo de organismos privados y exóticos, que únicamente satisfacían, o necesidades de las clases privilegiadas, o exigencias sentimentales de personas bienhechoras.

Con los Jardines de la Infancia se han formado dos grupos: uno, en el que el niño pasa las horas escolares, y otro, llamado “Hogar”, en que vive todo el día. Por último, para los que se encuentran con una salud quebrantada, existen las Colonias escolares permanentes. En Petrogrado había al finalizar el año 20 116 hogares de infancia, 29 jardines –12 de los cuales no podían funcionar por falta de madera-, 59 Casas de infancia y tres Colonias escolares. En Moscú, el total de las instalaciones preescolares era de 240, con 13.288 niños y niñas. La población total rusa llamada a ser recogida por las instituciones preescolares es de 8.434.000, y sólo ha sido posible hasta hoy crear las bastantes como para que hallen en ellas lo que han menester 235.725 niños y niñas, esto es, un 2,7 por 100.

Para estos establecimientos es indispensable un personal pedagógico numeroso, que es preciso formar rápidamente, y a cuya obra se ha entregado también con denuedo el Comisariado de Cultura. Los establecimientos para preparar tal personal son: 90 para el grado elemental, 154 para el grado medio, y 55 para el superior, con un total de 35.000 estudiantes en vez de 4.000 que, según el Comisariado, había en la época del zar. Estas Escuelas Normales están en provincias; las del grado elemental tienden a ser transformadas en escuelas de grado medio. La diferencia entre unas y otras es de tiempo, siendo de un año la preparación para advenir maestro elemental, tres para obtener el grado medio, y cuatro el superior.

El niño, antes de entrar en la Escuela donde ha de recibir la enseñanza, pasa por un Centro Colector, en donde permanece de dos a seis semanas; allí se le observa, y una comisión técnica dictamina y lo envía a las escuelas generales o a las de anormales físicos o anormales morales, según lo que resulte del examen. En Petrogrado había dos colectores y 34 establecimientos para niños defectuosos, con 2.000 alumnos en los de anormales mentales y 1.000 en los de anormales físicos. En Moscú eran 29 los colectores y 189 las escuelas de anormales.

La escuela de segundo grado, o sea la que equivale a nuestra segunda enseñanza, allí, como en la mayor parte de los países, era exclusivamente accesible, por razones económicas, a las clases adineradas. Hoy, en vista de que la falta de maestros y edificios no permite atender todas las solicitudes, sólo los más capaces son quienes tienen entrada en ellas; 500.000 alumnos -los que están en edad de recibir este grado de enseñanza ascienden a 6.081.000-, dirigidos por 29.000 profesores en 3.600 escuelas, forman la masa escolar de segundo grado.

La enseñanza superior esta dividida en des secciones; Altas Escuelas Científicas y Altas Escuelas Profesionales Técnicas; a las primeras pertenecen las Universidades, que hoy son 21, incluyendo la región del Don, la Ucrania y la Siberia, en vez de nueve que existían en la época del zar en el territorio de la actual Rusia sovietista. Las Altas Escuelas Profesionales Técnicas de Agronomía, Forestales, Químicas, Veterinaria, etc., son 33, y el número de aquellas en que se da una enseñanza media, bastante a hacerlos obreros calificados conocedores de los problemas técnicos esenciales, ascienden a 1.980. Unas se especializan en telégrafos, teléfonos o radiotelegrafía, y otras, en caminos de hierro o en transporte fluvial, etc. Para extender aún más este tipo de enseñanza han buscado al obrero en su propia fábrica, y acudiendo a los expeditos medios coactivos se le ha impuesto la obligación de recibir un curso especial sobre cuestiones concernientes a la industria en que trabaja.

De todos estos centros de enseñanza superior, cuyos programas -cuando se trata de escuelas especiales- están elaborados de acuerdo con el Consejo Supremo de la Economía Nacional, toma la Administración y la Industria sovietista sus directores, obreros técnicos, administrativos, etc., Los Comités de las escuelas profesionales y sus estudiantes están militarizados, tienen ración especial y llegado el final de sus estudios se los distribuye entre los distintos ramos de la administración y la industria, según las necesidades de una y otra.

Los más altos grados de la enseñanza han quedado abiertos a todos. Hay 27 facultades obreras; 20 de ellas funcionan con regularidad y hay siete en período de formación. La misión de estas facultades es recoger a los que poseen nociones primarias y, mediante una preparación intensiva, ponerlos en condiciones de ingresar, si lo desean, en los centros superiores.

Las casas dedicadas a la lectura están escogidas por lo común de entre las mejores que fueron expropiadas. Esparcidas por toda Rusia hay mas de 12.000 casas de este género en pueblecitos pequeños y 1.563 Casas del Pueblo y clubes, todas costeadas oficialmente, como ya dijimos.

La educación artística ha sido fomentada. En Petrogrado existen 35 talleres de pintura y escultura y 36 estudios donde aprender artes industriales, En vez de seis escuelas de música que había en 1917 existen hoy 10 en toda Rusia e infinidad de centros para el aprendizaje de las danzas. En vez de dos escuelas de Arqueología existen tres. El teatro ha adquirido un desarrollo inusitado: es el refugio de pintores, poetas, etc., los cuales, a condición de no incurrir en actos que el Comité Central estime contrarrevolucionarios, tienen plena libertad artística. El teatro se ha llevado al propio Ejército rojo y es el solaz preferido; ha sido el derivativo ideal de Rusia en los días en que el alma rusa estaba más profundamente invadida por imágenes siniestras.

Funcionamiento de los Centros de enseñanza

Henos aquí en un Colector de niños. Al recogerlos se visita a sus padres para adquirir antecedentes de éstos y de aquél. A los chicos no los encontramos sucios -que ya es mucho-, pero sí desarreglados; en la clase falta por completo la preocupación artística; no hay nada que delate un gusto refinado; sin embargo, todo tiene un aire de mayor esmero del que es habitual.

A la entrada del edificio hay un compartimiento pequeño, donde hallamos un grupo de chicos rapados y andrajosos; eran niños –nos dijeron- llegados de Siberia, adonde los enviara Koltchak; los chicos vienen llenos de miseria y se les ha pelado y bañado; pero como no hay ropa que darles, se los tiene apartados, a fin de evitar el contagio posible de alguna enfermedad.

Los pequeños hacen sus camas y quitan las mesas; las maestras los tratan con ternura maternal. Se llevan dos diarios, uno en que se escribe la vida de la escuela y otra en el que se narra el historial dc cada niño, su entrada, sus antecedentes, el día de su salida y el sitio a que va.

Hemos penetrado en una vasta sala luminosa; estamos en una escuela de niños levemente defectuosos; de las paredes claras de este hall penden retratos de los grandes escritores y pensadores rusos; pasamos al comedor en el momento en que los chicos -que oscilan entre diez y siete años- toman en sus escudillas la comida del mediodía. Las maneras de los muchachos son torpes; pero esto, que en un centro de este carácter singular no nos ha chocado grandemente, sí nos ha sorprendido en muchas otras ocasiones en establecimientos para niños normales; por lo visto, eso queda mas allá de las lindes que se ha trazado la escuela.

Con los chicos se forman grupos de 18 a 20, graduados por edades. Las clases duran treinta o cuarenta minutos, según la materia, con descansos entre clase y clase de cinco a diez minutos. Los chicos hacen trabajos manuales de mimbre, colaboran con un maestro en el taller de zapatería, y el fruto de todo ello va a los almacenes. Los dormitorios son amplios salones en los que las camas están próximas y los ventanales espléndidos siempre cerrados. Los chicos más anormales duermen en dormitorios especiales.

La directora de esta escuela es una joven de aspecto limpio –cosa inusitada, desgraciadamente, en estos momentos en Rusia-; muy correcta, lleva el pelo, que es rizoso, cortado a la romana, según es uso, y abierta la raya; su expresión es enérgica. Le preguntamos si había alguna indicación especial para el tratamiento pedagógico de estos muchachos y nos dijo que no.

Visitamos un Jardín de Infancia. A las diez han ido los niños; hemos pasado allí varias horas; no debe de ser usual un Jardín de Infancia como éste. Es una hermosa casa con habitaciones espaciosas y limpias. Los niños forman tres grupos; la edad de los que están en los “Jardines” es de tres a siete años. Por la mañana al llegar los niños, cantan, dibujan, modelan y recortan papeles. A la una se sirve la comida y la hemos tomado con los pequeños; uno de ellos, muy atractivo, se esforzaba por decimos algo en francés. La comida la ha constituido un plato de sopa, dos trozos de pasta como de patatas, fritos, y una manzana cocida.

Cuatro profesoras cuidan de los pequeños, entre los que había un impedido con parálisis de medio cuerpo inferior; su cara impresionaba por lo inteligente; todos los chicos le querían, y la directora, madre de familia y de condiciones morales tan excepcionales como exige la misión a que consagraba con fervor su actividad, tenía para aquel niño y para los demás un desvelo constante y una expresión de bondad profunda.

Nuestra acompañanta oficial nos ha llevado, de acuerdo con nuestros deseos, a una escuela en que a la vez podemos ver el funcionamiento de las de primero y segundo grado. Se trata de una de las mejor organizadas y atendidas; tanto, que como el cochero torciera el gesto al decirle adonde nos dirigíamos, por lo muy lejos sin duda, sirvió de argumento decisivo para que nos condujera el que la joven del ministerio le hablase de la buena comida que en aquel establecimiento se daba y le prometiese hacerle participe en aquel día del festín allí habitual.

Caminamos largo tiempo a través de Moscú hasta llegar a un lugar empinado y silencioso en donde, rodeado de jardín, hay un magnífico edifico: la Escuela de primero y segundo grado llamada Radis, antes Colegio de Nobles. En el primer grado están los niños cuya edad oscila entre ocho y catorce años, y en el segundo, los de catorce a diecisiete.

La coeducación es común a ambos grados. En cada uno de ellos, a más de los cinco grupos en que se divide a los alumnos, hay un sexto para los retrasados. Estos no son calificados así por dictamen del médico, sino según el criterio pedagógico.

Muchos de los niños y niñas viven allí, y, o son huérfanos, o hijos de los guardias rojos. He aquí la vida que hacen: a las ocho se levantan y a las nueve toman té con un cuarto de libra de pan, y manteca si la hay. De diez a doce y media tienen lugar tres clases de treinta o cuarenta y cinco minutos, y descansos de quince; de doce y media a dos, interrupción para comer; de dos a cuatro y media, clases distribuidas de igual modo que por la mañana. A las cinco es la comida, y a las seis y media comienza la vida del club escolar. En el club se forman grupos según el interés de cada cual, lecturas dramáticas, dibujo, novelas, etc.; y asistidos por el profesor o por algún especialista, al cual se ha invitado, el chico profundiza en lo que es de su gusto. En el club están los de primer grado hasta las diez de la noche, y los del segundo grado, hasta las once y media; a las ocho toman todos el té con pan, en la misma proporción que por la mañana, y manteca si la hay.

Cada grupo dedica aproximadamente treinta horas a la enseñanza, distribuidas en esta forma: Primer grado: cuatro horas de Lengua Materna; tres a cuatro de Matemáticas; dos de Historia rusa; tres a cuatro de Lenguas modernas; tres de Dibujo; tres de Gimnasia; dos de Modelado y dos de Canto coral. En el segundo grado: cuatro a cinco de Lengua rusa; cuatro a cinco de Historia Natural; dos de Geografía; tres a cuatro de Historia Social; cuatro a seis de Matemática; cuatro a cinco de Física; dos de Psicología; una de Canto; una de Cultura física; dos de Higiene; dos de Lenguas vivas. A más de esto, cada grupo trabaja cuatro horas en los talleres, y aun hay alguno que trabaja seis. Los talleres son de encuadernación, calzado, sastrería, costura, ferretería y carpintería.

La escuela tiene una hermosa biblioteca muy bien instalada, y en ella busca cada chico lo que más le interesa; los más jóvenes prefieren las relaciones de viaje, la Historia Natural, los cuentos, y cuando la crisis de la pubertad aparece, si bien les atrae la Historia de la cultura, lo que se agudiza especialmente es el interés por la novela, siendo los preferidos Gogol y Turguenef. El club del segundo grado está instalado en la antigua iglesia del edificio, cuyas paredes están adornadas con banderas rojas, inscripciones alusivas a los principios de la Revolución y retratos de Marx, Liebknecht y los comisarios rusos.

Los niños designan un Comité ejecutivo, el cual elige, a su vez, una Comisión de control administrativo y vigilancia del club. No falta el núcleo juvenil de comunistas rojos con que el partido escruta, y en cierta medida desvirtúa, cuanto se lleva a cabo en todas partes; son 30 en esta escuela, y cuando realizan servicios fuera de ella, el Comité del partido, no obstante la edad de los pequeños, los provee de armas de fuego.

Los dormitorios son salas con cinco filas de camas, unas pegadas a otras, y, aun cuando provistas de amplias ventanas, acontece lo que en otros establecimientos, que se las utiliza muy poco. La limpieza no es grande, y en algunas de las profesoras que hallamos en una sección de los talleres la suciedad llegaba a revestir un grado extremo.  Esto no puede tomarse hoy como reproche, sino como un signo del dramático estado en que se halla aquel país.

Hemos entrado en varias clases, y, contra lo que habría ocurrido en un país latino, los chicos apenas si se han distraído un momento. En una, la de Lengua rusa, el profesor, aprovechando que el día siguiente, 20 de noviembre, se cumplían diez años de la muerte del glorioso Tolstoy, les explica la vida de éste; la atención de todos es muy grande, y con gran sencillez preguntan los chicos al profesor, quien enteramente está desposeído del aire odioso del antiguo magíster.

Nos quedaban por ver algunos de los centros de que se muestran más orgullosos quienes a la enseñanza se dedican: las Facultades obreras. En ninguna parte hemos recibido impresión tan honda; funcionan por las noches. A la entrada, en el amplio vestíbulo del hermoso edificio que visitamos, hay una mujer tras un mostrador, que cuida del monumental samovar, alto de metro y medio, y distribuye algún que otro trozo de pan negro. Se hacinan muchachos y muchachas que van y vienen, piden un vaso de una infusión que quiere ser té, se lo dan sin azúcar y lo beben muy lentamente, con intervalos, y se alejan. Las espaciosas escalinatas están llenas de estudiantas y estudiantes de vestimenta miserable; sólo alguno que otro se halla bien ataviado. Al llegar por la tarde, de cinco a seis, reciben una comida los alumnos inscritos, y enseguida comienzan las clases; se subdividen los estudiantes en grupos dentro de un mismo salón, y unos trabajan en Física elemental; otros, en Problemas de álgebra; cuáles, en ajuste. Los profesores los vigilan en sus labores, y, según me dijeron, lo general es que los alumnos demuestren verdadera ansia de saber. Recorremos las diversas clases y asistimos íntegramente a una de inglés, comprobando que el interés puesto por alumnos y maestros no puede ser más grande. Antes de salir, como nos acercáramos a un grupo en que se daba clase de Química y preguntara un joven obrero de donde éramos y se lo dijesen, levántose y nos lanzo una arenga ardiente -pertenecía al núcleo comunista- en que nos pintaba con apasionado acento la obra llevada a cabo en Rusia por los obreros.

A preguntas nuestras, dijéronnos los directores que se había pensado que cada fábrica eligiese los más aptos, a fin de descargarlos de todo trabajo, y que se pudieran dedicar por entero al estudio. Este principio de la selección de los más capaces, bastante organizado en Alemania, esta llamado a dar grandes resultados.

Al margen de la vida de trabajo y lucha, ha creado lo más fino de la espiritualidad revolucionaria rusa centros de paz, a los que afluyen hombres, mujeres y niños a quienes el desgaste excesivo agotó física y moralmente; son casas llamadas a rehacer a los caídos; muy pocas en relación con los millones de seres abatidos que hay hoy en Rusia; casas, pues, a las que muy contados llegan; pero esto, que sirve para indicar lo extenso del dolor que queda fuera, no desvirtúa el significado de estas “Casas de reposo”.

Visitamos una en Petrogrado, necesitando atravesar antes de llegar a ella el maravilloso Neva. Llegamos a la parte de la ciudad en que se hallan las suntuosas villas; en una de ellas, de aspecto palacial, que fue propiedad del conde Polovtseff, está instalada una “Casa de Reposo”. Todo se conserva intacto. Las paredes del hall de entrada continúan con sus fastuosos tapices; los muebles Imperio están en sus sitios; solo ha cambiado el personal; aquel palacio lo ocupan ahora 220 aldeanos, con gorros de piel tosca, aldeanos que andan lentamente de uno a otro lado; mujerucas con la cabeza envuelta en trapos de lana, que ignoraban antes, como ellos, y los niños que por allí discurren, lo que es una vida de regalo. En aquellos salones, en la lujosa biblioteca, se reúnen grupos, y ora lee uno de los encargados, ya es una joven quien toca el piano para distraerlos, como es su misión; la hemos escuchado y hemos visto a ellos replegados en sí mismos, en esa actitud en que el ruso halla tanta facilidad para libertarse del tiempo y entregarse a sus profundos y vagos ensueños.

La magnificencia del decorado y mobiliario del palacio, la grandiosidad de las propias escaleras, las lámparas, la claridad de los tonos, el silencio interior, todo contribuía a hacer más patético el contraste entre el palacio y sus moradores actuales. No es fácil imaginar una mudanza mayor, ni un ejemplo que mejor atestigüe las ansias interiores de esta Revolución.

El sentido pedagógico

 

Dos modos hay de concebir la acción pedagógica: como una ocasión para dar contenidos encerrados en una unidad dogmática respecto del sentido de la vida, o como un período singularmente propicio para entender la emoción del respeto hacia la cultura en sí, hacer conocer los contenidos de ésta y crear una capacidad de discernimiento mediante la cual sea el propio individuo quien oriente su conciencia. La acción pedagógica de tipo dogmático es una modalidad del abuso del Poder; en ella se orientan todas las escuelas confesionales: católicas o protestantes, republicanas o comunistas, y a esta orientación responde la actual rusa; la segunda es aún la obra de minorías, incluso en Alemania e Inglaterra; pero cada día se consolida más su valor científico.

Los Museos

 

En el Comisariado de Cultura ha habido, por ultimo, la preocupación por los Museos. No sólo los que existían han sido conservados y es posible gracias a ello, hoy como ayer, ver y admirar los cuadros de Vrubel, Serof y Malavin, sino que se han enriquecido las colecciones mediante la obra socializadora. Las que eran antes de particulares, hoy, expropiadas, son de la nación y pueden ser visitadas por todos. Este es el caso de la admirable colección Schuking, a cuyo antiguo dueño se le ha dejado como director de su propio Museo. Y quien con tanto amor y talento reunió la más completa serie que hemos visto de cuadros de Picasso y de Matisses; quien ha elegido, con tan exquisito gusto, cuadros de Manet y Cézanne y de Gauguin y van Dougen, no puede menos de continuar poniendo hoy, aun cuando no le pertenezcan ni la casa ni los cuadros, el mismo cuidado diligente en su conservación. Todo pregona refinamiento y atención.

Otro tanto ocurre con la casa del escritor ruso Yomiakaff, muerto en 1860 y nacionalizada el pasado año al morir su hija. Esta casa, que fue el centro en donde se reunía el grupo selecto de escritores de la época, grupo encendido por el eslavofilismo, tiene un atractivo singular. He aquí una habitación pequeña, con un sofá corrido en tres testeros y en el cual se sentaban los eslavófilos; en las paredes, los retratos de Gogol, Turguenef, Yasikof, Puchkin, Aksakaf, Cherkarki y ocupando un lugar preeminente, el de Karamsin, autor de la Historia de Rusia.

En un ángulo, la pipa de origen turco, el Chlbuck, larga y finamente bordada en seda.

En otras habitaciones, de sólido mobiliario nacional, trabajos a mano, recuerdo de los esclavos, y ricas porcelanas de Popof y Kornilof, de comienzos del XIX aquélla y mediados ésta, y ambas muy influidas por la francesa. En el tocador hay un retrato lleno de encanto: es de Osara-Tiuskaia, cantada por Puchkin; es morena, de ojos grandes y negros, nariz recta, cejas finas y labios pronunciados. En el dormitorio se

conserva aún la huella de quien lo viviera; la pequeña cama de caoba está cubierta; a un lado hay un tríptico sagrado del siglo XVIII, y al otro, en una mesita, un libro de oraciones de igual época, con canto dorado. Toda la casa tiene un inmenso atractivo para el extranjero, por lo muy ruso del ambiente y por el sabor histórico de cuanto hay en ella.

No seria justo dejar de consignar dos palabras para hacer conocer el desvelo con que un grupo se ocupa de restablecer la verdad artística en los iconos, los cuales, mediante restauraciones indoctas, se han ido desnaturalizando; la riqueza de Rusia en iconos es extraordinaria. Nada mejor para apreciarla y darse cuenta de la evolución de éstos y de las escuelas primitivas que la colección Ostronhof en Moscú.


Capítulo Cuarto – La Organización Administrativa y Económica[37]

Al entrar en la escena de la Historia como directora

de la Sociedad una nueva clase, nunca acontece esto sin

que tengan lugar grandes conmociones, luchas, asaltos y,

al propio tiempo, un período de pasos inseguros,

experimentos, vacilaciones y tanteos, en vista de la elección de

nuevos métodos correspondientes a los nuevos objetivos.

LENIN, Die Nächsten Aufgaben der Sowjet-Macht,

  1. 33 y 34

El proletariado industrial

Se ha repetido y es del dominio común, que el proletariado realmente industrial en Rusia, esto es, el obrero que exclusivamente vive de su ingreso como trabajador de fábrica y a esto dedica de un modo ininterrumpido su actividad, es una minoría, no sólo con relación al país en general, lo cual es sobrado notorio, sino incluso dentro de los propios obreros industriales. Los más no han roto su relación con la aldea, con el campo, con el trozo de tierra, en el cual continúan pensando, con la familia que dejaron en el pueblo y a la que envían sus ahorros, como lo hace el emigrante con los que deja en su país.

Según las estadísticas que hacen subir más el número de los obreros industriales, el total de éstos no era superior a 2.595.000,[38] y todos coinciden en considerar a la industria textil como la más fuerte de cuantas existían en Rusia, pues absorbía una masa de 800.000 trabajadores y ascendía el valor de su producción a 1.331 millones de rublos.[39]

De la masa general obrera, según el censo de los principales centros industriales, solo una quinta parte pasaba de los cuarenta años, y entre los de edad inferior a ésta la inestabilidad es grande; no suelen permanecer muchos años en la industria y ello es origen de que el proletariado industrial calificado, tal como se ha formado en los medios europeo y americano, fuera relativamente escaso en Rusia, aun cuando el que existía se distinguiese por su aptitud e idealidad.

La guerra ha disminuido aun más la relación de proporción entre este grupo selecto calificado y la total masa obrera industrial, porque la movilización lanzó a muchos desde la fábrica al frente, y en cambio, las exigencias de la guerra y el relativo aislamiento de Rusia hizo necesario aumentar la producción con mano de obra improvisada.

Ahora bien: con esa masa proletaria semi-industrial, semialdeana, fluctuante, que vive con los ojos fijos en la idea de la apropiación y anhela el momento de satisfacer este deseo, se inicia en Rusia la Revolución social. ¿Existía, por consiguiente, en ella una preparación, siquiera fuese mínima, pero la suficiente para la obra que ineludiblemente ha de realizar la masa en una Revolución que aspira a sustituir un régimen de producción por otro y una forma de repartición por otra? ¿Se daban los supuestos, no ya políticos, no ya técnico-económicos, sino psicológicos? Paralelamente a la transformación capitalista ha de ir la de la conciencia; aquella transformación facilita la obra de captar a los espíritus para una nueva manera de concebir el lugar que ocupa el hombre en el mundo de la economía, pero no crea por sí misma esta concepción, la cual es obra de cultivo, de cultura. ¿Había en Rusia la precisa para realizar los objetivos que se propuso la Revolución, o existía una incongruencia, circunstancialmente insuperable, entre lo que quiso hacer y lo que podía realizar?

Primera fase económica de la Revolución: los Comités de Fábrica. Su apogeo y decadencia

Los Comités de Fabrica, de igual suerte que el Soviet político, fueron obra de la espontaneidad. Surgen en la vida de taller en los comienzos de la Revolución de marzo, reciben su sanción y llegan al máximo de poder con motivo del decreto de 16 de noviembre de 1917, y principian a declinar y al fin mueren como órganos de gestión, por virtud del Reglamento de 15 de abril de 1919.

¿Cómo se desarrollan y por qué desaparecen? Al estallar la Revolución, algunas fabricas fueron abandonadas, y los obreros, so pena de cesar en el trabajo, se vieron obligados a organizar la dirección de la Empresa. Fueron muchos los ingenieros y contramaestres que huyeron, pero pasados los meses primeros vuelven algunos e incluso son designados a veces miembros del Comité. Las atribuciones de éstos en las Empresas del Estado -singularmente en ciertas fábricas dependientes de guerra- en abril de 1917 eran absolutamente soberanas en cuanto concernía al trabajo y al nombramiento del personal. El control técnico y administrativo abarcaba asimismo todos los aspectos de la vida de la fábrica: contabilidad, dirección, etc.

Mas en la industria privada, muchos patronos sagaces habían comenzado a hacer conciertos con los obreros de su fabrica, y, en su virtud, éstos se convenían en defensores de la vida de la Empresa y auxiliares de ella en la obra dificilísima de hallar la materia prima que permitía a aquéllas continuar funcionando. La carencia de materias primas y combustibles crearon una situación de tal naturaleza, que muchas fábricas no producían renta, y a petición de los patronos se nombraron comisiones de investigación encargadas de comprobar la veracidad de tal aserto. La acentuación de este proceso iba llevando la economía industrial a un descoyuntamiento pleno, tanto más apreciable si se tiene en cuenta que la obra de los “trust” y “cartels” estaba muy adelantada en Rusia, donde existían más de 100 al comenzar la guerra, que habían articulado, disciplinado y concentrado la producción[40].

Pero la idea que domina a la Revolución al nacer es la de extender la acción del pueblo a la totalidad de la vida: la acción “desde abajo”; e impulsado el movimiento por este móvil llega a considerar el control industrial, no como un medio, sino como el fin que habría de resolver el problema. Desgraciadamente, es muy usual pensar en los actos revolucionarios como en actos resolutorios, siendo así que, especialmente en el orden económico social, una vez realizado este acto, lo que se ha hecho es plantear con más apremio el problema al cual se busca solución.

El control define la situación jurídica de quienes van a ejercerlo; es decir, afirma los derechos del grupo trabajador en la vida interior de la Empresa; pero la Empresa tiene un fin económico, que es la razón de su existencia misma como órgano de la producción, y, por tanto, es preciso organizarla atendiendo al hombre trabajador, cuyos derechos expresa el estatuto, y atendiendo a la producción. El no concebir el problema más que como una cuestión de estatuto se debe, principalmente, al deseo primordial de participar en los productos, deseo que, por desventura para la idea socialista, es aún muy fuerte y revela el carácter hedonista del movimiento.

Como el Comité de Fábrica era la bandera de guerra de los núcleos obreros más luchadores que existían en el ano 1917, Lenin y el partido comunista recogieron la voz del pueblo y prometieron la dirección de las empresas a los grupos colegiales; es más, conquistado el Poder, se promulgó el 16 de noviembre de 1917 el decreto en que se consignan las atribuciones de los Comités. Más Lenin -que siempre ha concebido la organización de la economía de un modo centralista- secundado por los economistas del partido, Larin, Miliutin, y por los líderes de los sindicatos, principian inmediatamente a denunciar el desorden, el caos que engendraba el régimen de los Consejos en la producción: dejaba a ésta exenta de plan, y, por tanto, sin posibilidad, decían, de aprovechar las escasas existencias en materias primas. No es posible tampoco de este modo, afirmaban, sacar el máximo provecho de las redes ferroviarias y fluviales, coordinando las necesidades y medios de las distintas zonas de Rusia; y si de un lado daban el decreto del 16 de noviembre en pro de las reivindicaciones de los Consejos de Fabrica, crean al propio tiempo, el 1º de diciembre de 1917, el órgano mediante el cual pensaban absorber la dirección de toda la economía: el Consejo Supremo de la Economía Nacional.

Este período de los Consejos de Fábrica es de un inmenso interés en el proceso de la Revolución; tal vez pudiera afirmarse que hubo un momento, en los días de esplendor de los Consejos de Fábrica, en que la Revolución tendió a transformar el régimen de la empresa patronal en empresa del grupo trabajador, dejando subsistente en su virtud el régimen de producción capitalista, pero cambiando la organización jurídica y económica interior del taller. Así lo hacen creer los argumentos y hechos aducidos por los defensores de la organización sindical de la producción y por sus contradictores: “El control -escribía Larin- no es cuestión que ataña a los obreros de cada Empresa, sino a los de una rama industrial; los Sindicatos representan los intereses de toda la clase, en tanto que los Comités de Fábrica sólo representan los intereses particulares”; y Dridzo, en su folleto El control obrero, Petrogrado, 1918, en nombre de los Sindicatos dice: “Los intereses de una fábrica o un taller pueden hacer olvidar los intereses generales… . Importa decirlo con absoluta claridad, a fin de que los obreros de cada empresa no tengan la impresión de que les pertenece ésta”.

Pero los Comités, a su vez, se defienden de las imputaciones que se les hace, celebran sus reuniones generales, elaboran sus propios estatutos -que ya no es el que les diera el Gobierno-, afirman que mediante las Federaciones regionales de los Comités y la unión nacional de ellos la economía quedaría unificada, si bien con una gran autonomía de los órganos que estaban en la base, y declaran, directamente mediante sus defensores, que lo que ellos deseaban era completar por una acción de abajo lo que se hacia desde arriba.

Mas en el estatuto que se dan a sí mismos los Comités de Fabrica extendían su poder de control a la gestión completa de la Empresa; y aun cuando subsistía el patronato, había sido ya anulada la efectividad de su poder; a tal punto, que a veces, espontáneamente, abandonaba la fábrica. Cada Comité de Fábrica debía formar cuatro Subcomisiones: la de organización de la producción, la de aprovisionamiento en materias primas, la de desmovilización y la encargada de cuidar del aprovisionamiento de combustible. La primera, que es la de más trascendencia, fijaba las relaciones entre los distintos departamentos de la fábrica, comprobaba el estado técnico de la maquinaria, el coeficiente de explotación, la amortización de las máquinas y del edificio, el sueldo de los administradores, obreros y empleados, los intereses al capital, el número de talleres que debía haber y lo concerniente a la parte financiera; esto es, todo cuanto abarca la dirección de una empresa.

Bajo el poder de los Comités, la incautación de las fábricas se generaliza. ¿Cuál fue la conducta del personal técnico en estos momentos? Hay dos versiones: la de que sabotean la producción, bien por actos directos, ya por una abstención, y la que da el propio técnico, según la cual, o fueron echados, o corrieron riesgo personal de tal naturaleza que hubieron de abstenerse de concurrir a la fábrica ya que, además, no podían realmente hacer nada.

El testimonio del defensor de los Sindicatos frente a los Consejos de Fábrica, Dridzo, es favorable a los técnicos de condición media, pues, según él, quisieron ayudar a los obreros; pero la desconfianza de éstos hizo imposible concertar las acciones. Y el mismo autor afirma que, en tanto acontecían tales hechos, la industria se hundía, y una veces los obreros de la fábrica se distribuían los dividendos, o bien los de las estaciones ferroviarias obligaban a facturar y sacar billete en cada estación a fin de poder ellos repartir los ingresos que hubiese habido en el sector que correspondía a cada Comité. La producción, efectivamente, desciende aceleradamente, y si como ejemplo tomamos la industria metalúrgica y su producción principal, locomotoras y vagones, las cifras son las siguientes:

Años                     Locomotoras          Vagones

1913                     632                       20.400

1917                     520                       13.000

1918                     200                       5.000[41]

¿Pero es que esto era imputable de un modo específico al Consejo de Fábrica y no a los trastornos económicos inevitables en una revolución social? El que esto escribe no tiene elementos de juicio para contestar a este problema, pero lo estima fundamental; ¿por qué?

El célebre decreto de 28 de junio de 1918 sobre la nacionalización de la industria acentúa el poder del “Consejo Supremo de la Economía Nacional” y se lo resta a los de empresa, que al fin llegan a un ocaso pleno el 15 de abril de 1919.

Se ha cerrado, a nuestro parecer, al llegar este momento un período en la vida social de la Revolución Rusa, y ha terminado exactamente de la misma forma que terminó el período político de los Soviets. En lo económico, como en lo político, el Poder ha estimado a estos órganos populares ineptos, al menos momentáneamente, para la misión que querían realizar; y en su virtud, aplicando a la esfera económica el mismo criterio que siguió en lo político, aquélla ha sido centralizada, y las fábricas hoy no tienen dirección colegial obrera, sino unipersonal y técnica.

¿Ha sido esto necesario a causa de la falta de preparación del proletariado industrial? He aquí precisamente el gran problema de la democracia proletaria, expresión muy usada y querida de los teóricos de Rusia. ¿Democracia llevada al mundo de la economía industrial?; pues es claro su sentido: esto equivale al selfgovernment industrial, al autogobierno en la vida de la economía; y ¿es ello posible sin una especial capacitación científica? Aquí radica, por lo que al sujeto gestor concierne, y dejando a un lado razones objetivas que en las conclusiones señalaremos, el motivo de que afirmemos la absoluta imposibilidad de que en el orden económico, que es por esencia realista y producto en buena parte de factores psicológicos, pueda haber maximalismo, esto es, súbita substitución de un régimen por otro.

La economía es un sistema de medios, y el modo como se ha de operar con ellos para conseguir los ideales no constituye ya un juicio de fines, sino un tipo de juicios estrictamente técnicos y que responden a un concreto ¿cómo hacer esto? De la relación entre la capacidad de los que formulan la serie de preguntas, ¿cómo hacer lo que se necesita realizar?, y la aptitud de los que han de ejecutar lo que sea necesario llevar a cabo, depende la eficacia del personal como elemento subjetivo de la producción[42].

Sólo puede, pues, irse en una revolución social -que, por definición, para consolidarse ha de estar apoyada y sostenida por la acción colaborante de la masa, esto es, por la democracia- hasta donde la preparación del pueblo lo permita; lo que se haga por el Poder a más de esto es literatura de programas; y si en Rusia el primer periodo económico de la revolución, el de “democracia directa industrial”» -de igual suerte que ha acontecido con el momento político, el de la democracia de los Soviets- se ha fallado contra la democracia, el segundo, el de socialización, organización centralista de la economía y régimen personal en la Empresa, el cual representa el maximalismo ruso en su forma más pura y plena, ¿puede subsistir?, ¿ofrece base para ello? Puesto que falló la libre voluntad, se va a intentar otro método, el coactivo: es la antitesis; tal vez haya lugar en un día mas o menos lejano para el tercer momento dialéctico: la síntesis de los opuestos.

La evolución paralela de la democracia política e industrial en el primer periodo, y de la autocracia política e industrial en el segundo, es muy visible en la Revolución Rusa; la una pone a la otra; no es posible organizar un Poder en lo económico sin que éste intente transformarse en político, y viceversa; es lo que hace el capitalismo en todas partes, y es la razón de que el movimiento obrero, que conoce esta relación mutua, considere un inmenso error no luchar por adquirir poder en lo político conforme lo vaya adquiriendo en lo económico, precisamente para consolidar éste; el poder económico que no es político deja a la postre también de ser económico.

La segunda fase económica de la Revolución: Marx frente a Proudhon. Dificultades para llegar al centralismo autoritario

La obra de nacionalización culmina en las medidas del Gobierno prohibiendo la compraventa de cuanto monopolizaba; y como este monopolio iba extendiéndose en la casi totalidad de las funciones y los productos, la economía se iba cerrando; y si hubiera de juzgarse la realidad por las prescripciones legales, diríase que el proceso de la circulación llegó a ser tan otro del que han conocido las economías en que ha existido el cambio, que estábamos ante una realidad social en la cual la relación contractual mercantil se había disipado.

Y es el haber perseguido este fin uno de los rasgos de mayor grandeza de la Revolución Rusa. En una posición maximalista marxista tal propósito era obligado; y porque lo era, como han estado dispuestos a construir el Estado conforme a las normas de razón que según ellos se derivaban de la doctrina de Marx, acometieron la empresa formidable de aventar el cambio mercantil.

* * *

Es Marx frente a Proudhon, en su Miseria da la Filosofía, quien descubre a la economía el panorama que, más tarde, en la Crítica de la Economía práctica y en el Capital, revela en toda su magnitud. Es el gran problema del “valor”, cuya dualidad de uso y cambio no superó Proudhon, y cuya subsunción en el “valor en sí” logró  Marx mediante un análisis crítico de la realidad social realmente insuperable, el que ha servido de apoyatura ideal a la serie de actos concretos que, en lo que al problema del comercio respecta, ha llevado a cabo en Rusia el partido que está en el Poder.

Del examen de la sociedad económica, no de una relación individual, ni de la relación con un grupo dado, deduce Marx el sistema de las categorías económicas, esto es, el sistema de los conceptos con que apresamos y pensamos esa misma realidad; la ideología queda de esta suerte explicada en función de la experiencia, cuyas modificaciones esenciales han de producir, por consecuencia, una variante en la ideología.

La categoría central, la que cierra el arco de bóveda del mundo real y conceptual, engendrado por la sociedad económica capitalista -hasta donde es dable en Marx hablar de sociedad económica, dentro del régimen capitalista-, es el “valor”; en él se reflejan todas las peculiaridades del capitalismo, ya que este es, por excelencia, el régimen de la mercancía, el régimen de la parcelación del trabajo para la elaboración de ésta; y la mercancía es tal por el cambio, y el cambio es el momento culminante en la valoración. Por virtud del tejido de relaciones que constituyen el cambio se acercan unos a otros los productos y todos quedan prendidos en su malla.

En la mercancía, sorprendida en el momento que se la valora, se hallan objetivadas las contradicciones del régimen que la crea. A pesar de ser el cambio, visto externamente, una relación de igualdad formal, jurídica en cuanto quienes lo realizan son contratantes -igualdad de comprador-vendedor en cada uno de los que constituyen la relación-, en la práctica, están vivas las desigualdades originarias del régimen de producción dentro de cada relación; y esa relación de igualdad formal, jurídica, sin embargo, dirá Marx, expresa algo más que eso: expresa una igualdad positiva, velada hoy por los antagonismos de la actual sociedad; antagonismos que nos impiden ver la realidad real, a saber: la  igualdad inmanente que hay entre todos los productos que van al mundo del cambio, en cuanto son “productos del trabajo”.

“El secreto de la expresión valor, escribe Marx, la igualdad e igual valor de todos los trabajos, en tanto precisamente que trabajos humanos, sólo podrá descifrarse el día en que la idea de igualdad llegue a adquirir la firmeza de un prejuicio popular[43]”. La igualdad de los productos es, pues, la unidad de referencia, la base de toda posible estimativa en el campo de la economía para Marx; más ello exige la desaparición del actual régimen de cambio, y a conseguirlo orientó su esfuerzo el partido bolchevique.

* * *

La crisis de transportes dificultaba de día en día la vida económica de Rusia; les ferrocarriles no sólo se desorganizaban, sino que envejecía el material, sin que hubiera facilidades para reponerlo, y como consecuencia, se hacia difícil llevar las primeras materias que existían en el país a los centros de consumo. Se carecía de algunas, porque, o eran mercancías que se importaban en su totalidad o bien parcialmente. Así, en carbón se importaba en millares de pudds:

1910                     254,3

1911                     280,6

1912                     324,2

  • 473,6

En algodón consumieron las fábricas rusas en 1913 25,9 millones de pudds, de los cuales, 13,1 eran de algodón ruso, y el resto, de Norteamérica y Egipto.

En hierro, el déficit era en 1915 de 10 millones de pudds, y como las necesidades de la guerra llegan a absorber el 88 por 100 de la producción del país, no había medio, por consiguiente, de que con el resto se pudiera proveer a las necesidades de conservación y reparación del utillaje nacional. La maquinaria, el algodón, la lana y los productos químicos que era lo que constituía la masa principal de los productos importados, desaparecen casi por completo del cuadro de importación porque Alemania, que era la principal abastecedora de Rusia, bloqueó los puertos del Báltico y cerró sus fronteras. La pérdida de Polonia restó además a Rusia los carbones de aquélla.

Las industrias intervenidas por el Estado comenzaron a languidecer en muchas ocasiones por las razones apuntadas; y cuando aún continuaba el descenso de la actividad industrial y los Bancos se sostenían gracias al apoyo del Banco del Imperio, del cual se habían convertido en filiales, y trabajaban con déficits muchas fábricas, fue cuando asaltó el Poder el partido comunista, y a los pocos días, en los comienzos de diciembre, de un modo inesperado, se lleva a cabo la ocupación militar de los Bancos. Decretada la socialización de las industrias, o prestos a hacerla y dispuestos a impedir la libre circulación de las mercancías, ¿qué sentido tenía la libertad bancaria? Era dejar en pie un enemigo temible que no cumplía ninguna función eficiente.

La economía rusa, pues, en 1919, fecha en que la socialización ha llegado ya a su término, es legalmente una economía sometida casi en su totalidad, así la economía social como las economías privadas, a un régimen disciplinario.

Quedaban sin nacionalizar los talleres individuales y tal cual pequeña fábrica cuya razón no nos ha sido dable aclarar. Las estadísticas anteriores a la guerra hacían ascender las fábricas y talleres rusos a 10.000, y de ellos, según Rikof, presidente del Consejo Supremo de la Economía Nacional, estaban nacionalizados al finalizar el 1919, 4.000, de los cuales 2.000 estaban en activo y 2.000 reducidos a paro[44].

En esta fase disciplinaria, estatizada, la hemos visto nosotros funcionar; ella es, además, la que justifica el dictado de maximalistas que se han dado a sí mismos desde su origen los comunistas rusos; y a exponer el funcionamiento y los resultados de la organización creada conforme a tal táctica vamos a dedicar las paginas que siguen.

El Consejo Supremo de la Economía Nacional: órgano del autoritarismo económico y de su centralización

 

He aquí el órgano fundamental administrativo del régimen de los Soviets. En su formación, así como en la estructura económico-administrativa de Rusia, ha influido poderosamente el ejemplo de Alemania, y muy especialmente la Alemania de la guerra, la de la dictadura de las materias primas, régimen de cartas alimenticias y capitalismo de Estado. Es más: esta manera de reaccionar Alemania administrativamente ante la penuria económica -grado de penuria al que en amplias zonas quizá no haya llegado Rusia- causó, al decir de muchos comunistas preeminentes, gran impresión intelectual en el propio Lenin; y, en efecto, estudiando con objetividad la evolución de la estructura del Estado ruso durante la Revolución, no es difícil descubrir en órganos como la “Central de Guerra para combustibles”, la de “Transportes” y la de “Comunicaciones”, ideados según el modelo adoptado por Alemania durante la guerra, los órganos primitivos del “Consejo Supremo de la Economía Nacional”.

Desde que éste se crea en 1º de diciembre de 1917, principia a elaborar un plan de organización de la economía, y comienza a adquirir un desarrollo tal, que al poco tiempo algunas de las Secciones en que se subdivide se convierten en Comisariados independientes.

El hombre que en los primeros tiempos dio impulso al Consejo Económico y lo liberta de la incapacidad que comenzaba a mostrar fue Leónidas Krassin; él fue quien buscó personal técnico y le encomendó la dirección de las Secciones; más esto pudo hacerlo porque tenia plenos poderes; fue entonces cuando el Consejo de la Economía Nacional se decide a nacionalizar: ¿por qué se hizo con tal rapidez?; ¿fue, como muchos creen, por razones políticas nacidas del temor a Alemania?; ¿fue por razones técnicas en vista del rápido hundimiento industrial y del riesgo que el propio instrumental corría? Esta es la idea que se cree guió a Leónidas Krassin.

El Consejo Superior de la Economía Nacional consta de una directiva compuesta de once personas, tres de las cuales, el presidente y sus substitutos, los nombra el Comité Ejecutivo Central Panruso de los Soviets.

Existen varios grupos de Secciones. El primero se compone de: 1) Las de producción, en que se examinan los programas de producción de las diferentes ramas de la industria y se transmiten al Pleno para que los examine y acepte. 2) Hacienda y Contabilidad, que revisan los cálculos de gasto hechos por los órganos centrales y locales. 3) Utilización y aprovisionamiento, en los que toman parte los representantes del Comisariado de Abastecimiento. 4) Sección de estadística de fábricas y talleres; y 5) Sección de provincias.

El segundo grupo se refiere a la producción y abarca tantas Secciones como ramas de la industria hay organizadas. Las Secciones dirigen, distribuyen las materias primas, se ocupan de su presupuesto, etc. Cada Sección tiene al frente un jefe o un Colegio de tres a cinco personas. Las Secciones, a su vez, se dividen en Subsecciones: administrativa, de hacienda, etc.

Con las industrias nacionalizadas se ha hecho una subdivisión según su importancia, y 2.910 de estas empresas están directamente administradas por el Consejo Supremo Central de la Economía Nacional, de quienes reciben el dinero, los materiales y el combustible, según las órdenes centrales; otras, de segunda categoría, son administradas por las Secciones que representan al Comité en provincias, y éstas a su vez se dividen en tantas Secciones como actividades económicas existen en la zona provincial. Estas fábricas desarrollan el plan que les ha sido trazado desde arriba; y si bien pueden hacer reparos y enmiendas al proyecto, a la postre, la decisión del órgano superior es la que ha de ser ejecutada. Al tercer grupo pertenecen las empresas de mera significación local, las cuales están por completo sometidas a los consejos económicos provinciales. Sin embargo, deben enviar sus presupuestos para incluirlos en el plan general, controlarlos y saber en qué tanto pueden serles suministradas las materias primas.

En cuanto a las pequeñas industrias no nacionalizadas, lo establecido en la ley es que sólo pueden vender sus productos al Estado, el cual les fija el precio.

Los órganos administrativos se nombran del modo siguiente: para las Secciones del Comité de Economía Social de la Economía Nacional, presenta lista de aspirantes el Comité Central de los Sindicatos a que se refieren las industrias y la Directiva del Comité de Economía Social de la Economía Nacional, y ambas listas se examinan en una sesión celebrada conjuntamente por ambas directivas. El acuerdo es refrendado por el pleno del Comité Social de Economía Nacional. Para las Administraciones centrales y más importantes se presenta una doble lista: la del Comité Central de los Sindicatos y la del Colegio de cada Sección, correspondiendo decidir a la Directiva del Comité Social de Economía Nacional. Los nombramientos de los “Colegios” o grupos directores del Consejo Económico Popular Provincial se hacen de acuerdo con la Directiva del Soviet local y la de los Sindicatos, y se somete a la sanción del órgano supremo, esto es, a la Directiva o Presidum del Comité Social de Economía Nacional; y, por último, las Empresas de carácter meramente local, son administradas por las Secciones municipales de sus Soviets.

No porque se designen los órganos administrativos de acuerdo con los Sindicatos se crea que los trabajadores de la fabrica tienen intervención, siquiera sea poca, en la vida administrativa de la Empresa. Para que sobre ello no quepa duda alguna, véanse las palabras de Kritzmann: el Consejo de Fábrica as tan sólo órgano del Sindicato; pero en modo alguno, órgano administrativo; él no se mezcla en las cuestiones de Administración.[45] Sus funciones están obliteradas y no exceden, por lo que hemos podido averiguar, de vigilar el cumplimiento de las leyes de protección obrera.

La industria se ha organizado mediante el régimen de la subordinación vertical y se ha establecido una fiscalización administrativa de todas las actividades. A fin de conseguir lo primero se ha acentuado el sistema de trust, existiendo en la época a que se refieren nuestros datos, y según los informes que recogimos, 179 trusts del Estado, entre los cuales se aspira a establecer una correlación efectiva.[46]

El presupuesto de producción

El gran problema de una economía centralizada y sometida a régimen disciplinario, en la que el Estado se arroga el papel de órgano único de la distribución de los medios materiales de subsistencia. consiste: 1), en distribuir lo necesario; 2), para conseguirlo su necesita lograr que los órganos de la producción satisfagan las demandas de lo presupuestado, y 3), que lo entreguen a los órganos cuya misión es recoger los productos para que de este modo no salgan de la circulación de los órganos públicos y lleguen sin dificultad al consumidor.

El presupuesto monetario ha perdido su sentido, como aconteció en los países centrales de Europa durante la guerra y exactamente por las mismas razones; más en Rusia coadyuva una circunstancia nueva, a saber; el interés del propio Gobierno en depreciar el dinero para empujar al país de este modo a la realización de sus planes; ¿lo consigue?

El problema es de mercancías, de géneros, no de dinero. La fábrica de estampillar no descansa, y aun cuando, según nos dijo el comisario de Hacienda, calcula en 2.000 millones diarios los que se emitían en aquel entonces y en 800.000 millones los en circulación, aun no son suficientes a cubrir las necesidades. El presupuesto de los seis últimos meses de 1920, o de los seis primeros -la nota que tomamos no especifica este extremo- era de 169.000 millones. No puede hacerse cálculo de ingresos en papel moneda, porque los impuestos han sido suprimidos; el dinero no refluye a las cajas del Estado, sino en proporciones mínimas y solo por la venta mediante carta de algunos artículos en los almacenes del Estado.

Para darse cuenta del presupuesto de producción es necesario conocer el modo como se hace el de una Empresa o trust, y su mecanismo económico financiero. En fecha dada deben presentar sus presupuestos según indicaciones que se les envían; más éstas indicaciones se refieren a las formalidades administrativas a que debe ajustarse el presupuesto. Con anterioridad a la formación del mismo, la Empresa pide a la Sección correspondiente del Comité Social que le diga cual es el programa de producción que le asignan, para, en vista de lo que deba producir, hacer el presupuesto de primeras materias, combustibles, dinero-papel, etc.; y el Comité Social responde, después de haber consultado primero a los centros burocráticos que tienen bajo su dependencia a los órganos que están en relación con los consumidores, y segundo, después de hacer la distribución del total que ha de producirse entre los distintos órganos de producción. La complejidad, como es fácil imaginar, es enorme. Aceptado después de examen el presupuesto de las empresas, es objeto de un segundo examen por la Comisión adjunta a la presidencia.

Cada fábrica procura trabajar con las mayores facilidades posibles, esto es, con la mayor cantidad de elementos de todo género, lo cual, como es natural, repercute en el costo. No hemos logrado conocer el coeficiente del coste de producción en las principales industrias –cosa en realidad difícil, dada la fluctuación del signo dinero- ni la relación entre materias primas suministradas y productos elaborados. En general, los informes particulares que recogimos coincidían en afirmar que el régimen de primas a la producción había sido desfavorable al costo; más no pudimos obtener datos precisos.

A cada Sección del Comité Social de la Economía Nacional se abre una cuenta corriente en el Banco Nacional, y la Sección, a su vez, abre cuenta corriente a cada uno de los trusts y fábricas que de ella dependen, en la cuantía del presupuesto de cada una. Mensualmente, las fábricas presentan un estado que ha de ajustarse al presupuesto general aprobado, en el que detallan los gastos del mes corriente y del pasado.

La Sección lo examina, y con su visto y conforme pasa a la fiscalización de la Sección de Hacienda y Contabilidad; de aquí va el presupuesto a la Banca, donde, previos diversos trámites, se libra la suma a la fábrica. Cuando éstas necesitan hacerse pagos entre si, o a una administración, el procedimiento administrativo es análogo al descrito, y el financiero, el de transmisiones sobre cuentas corrientes.

¿Cómo se reparten entre las diversas fábricas las materias primas? No hay diferencia esencial con la tramitación seguida para distribuir el dinero; pero así como este se encuentra centralizado, aquéllas están dispersas entre los diversos órganos encargados de almacenarlas, cada uno de los cuales tiene, a su vez, almacenes filiales aquí o allá, que se han designado en vista del carácter de cada zona en la economía general: por ejemplo, productora de pieles, consumidora de granos, o productora de nafta y consumidora de combustibles, etc. Prácticamente, a más de haber producido este régimen una burocratización de la que a diario se lamentan en Moscú[47], hace muy lenta las operaciones de transmisión, porque no es posible llevarlas a cabo directamente, sino que el pedido ha de describir una enorme curva administrativa.

El dinero circula, y el que goza de más aceptación es el de la época del zar; después, el del Gobierno de Kerensky, y, por último, el actual. Este no lo toman en muchas aldeas, según oímos decir, y se exigen mercancías para hacer el cambio. Adviértase que las emisiones significan, en gran parte, un reconocimiento de la clandestinidad, porque el dinero que se emite para que el Estado pague a los aldeanos es relativamente poco, comparado con la masa absorbida, para que puedan pagar a éstos los individuos de las ciudades, a quienes, sin embargo, legalmente les está prohibido hacerlo, ya que todo el comercio es ilícito. El dualismo, casi permanente en la historia de la economía entre la ciudad y el campo, es hoy vivísimo en Rusia; esto se traduce en dificultades extraordinarias para el presupuesto de producción, concebido no ya en dinero, que puede estampillarse, sino en productos manufacturados y agrícolas destinados a satisfacer necesidades perentorias y deseos que debieran ser atendidos.

Puestos de acuerdo, como hemos dicho, los órganos directores del Comité Social de la Economía Nacional, especialmente los de producción con los de primeras materias y Comisariado de Abastecimientos, fijan, pues, a cada industria el tanto que debe producir, ya sea metalurgia o minería, materias textiles o conservas alimenticias. La sistematización de las necesidades que se cree posible satisfacer en vista no ya de las necesidades, sino de las materias primas, instrumental y masa obrera existentes, constituye el presupuesto de producción. Los artículos fundamentales de éste en una situación tan angustiosa como lo es hoy la de Rusia, es evidente que lo han de formar los comestibles, combustibles y vestido, y, además, por su carácter condicionante para la vida económica, el material de transporte.

El órgano perceptor de los artículos que por vía de requisa ingresan en los almacenes del Estado, y las normas según las cuales se hace ésta, es muy difícil llegarlo a conocer en toda su integridad, y no habríamos logrado en este sentido nada sin la colaboración privada de un joven economista extranjero auxiliar de la Administración, conocedor de la lengua rusa y a quien el día de nuestra partida trasladaron gravemente enfermo de tifus a un hospital. Insistentemente solicitamos los documentos oficiales en que constan los tantos por ciento que se toma a los aldeanos; pero, desgraciadamente, no pudimos obtenerlos; sin embargo, la circunstancia antedicha nos ha permitido llenar este vacío.

El organismo central encargado de recoger los artículos alimenticios y materias primas se llama Narkomprod (contracción de Narodni Komisariad Prodovolstvia), o sea el “Comisariado Popular de la Alimentación”. En las provincias y distritos existen órganos cuyos miembros los designa el Comisariado, y el de las aldeas lo nombra el Soviet local; existe, por lo tanto, un régimen centralista para los núcleos urbanos importantes y de auto-administración en los grupos rurales.

La función de los órganos dependientes del Narkomprod se complica por no estar socializada la tierra (ni la pequeña industria), esto es, el órgano productor principal de lo que aquél recoge. Para ordenar lo que el productor individual de los distintos artículos entrega, y hacer un cómputo de las necesidades. se divide el Narkomprod en ocho Secciones: 1) Administración general; 2) Sección de granos; 3) De carne; 4) De forrajes; 5) Leche y sus derivados; 6) Legumbres; 7) Materias primas animales: pieles, lanas, etc., y 8) Materias primas vegetales: algodón, lino, cáñamo, etc.

La cuestión más ardua para cada una de estas Secciones consiste en hallar el modo de desplegar su actividad. La primera, la Administración general, es la directora de todas las demás. El modo de recoger los artículos es el contingente. ¿Con arreglo a qué datos se determina éste? El Narkomprod fija, no el contingente de las aldeas, sino el de cada provincia, entre las que se distinguen tres grupos: las que son superproductoras y tienen, por consiguiente, un plus sobre sus necesidades; las que producen aproximadamente lo mismo que necesitan, y las que enteramente viven pendientes de las otras. Este es el primer dato y fundamental; a él se añaden, por orden de importancia, la estadística antigua de ferrocarriles como medio de conocer las mercancías entregadas al tráfico, la de comercio de exportación, la de producción y la de cultivos. Cada Sección fija su contingente, y en vista de los anteriores datos se hace la distribución.

Las provincias distribuyen el contingente entre los distritos, y éstos entre las aldeas, las cuales son, por tanto, las que, a la postre, mediante sus Soviets entran en relación individual con los que tributan; de este órgano, de su estructura, depende, por consiguiente, las probabilidades de que se haga mas o menos justamente la distribución. Más, precisamente -como veremos al hablar de la economía agraria- ha ido a la aldea gran parte de la antigua burguesía, vive en sus tierras, y su mayor cultura le hace influir mucho en las Asambleas de los aldeanos. La lucha en estas Asambleas es en ocasiones muy enconada, y a veces, si no existe es porque el antiguo propietario ha dado parte de sus tierras a los aldeanos y viven éstos supeditados a aquél.

Del contingente asignado a una aldea es responsable solidariamente el total de vecinos, y esta idea de la solidaridad en la responsabilidad del pago concuerda con la tradición del Mir, en el que existía ya esa forma de obligación.

Hay contingentes como el de trigo, que se ha evaluado para el año último –1920- en 437.500.000 pudds (= 70 millones de toneladas). Al aldeano se le deja simiente para sembrar y para su alimentación, calculando a este último fin 12 pudds por cabeza[48], el resto procura recogérsele, en tanto sea factible, mediante el contingente, y lo que reste, por venta obligada al Estado, que se declara monopolizador del artículo. El ganado bovino menor de tres años se inventaría y no debe matarse; pero del mayor se me dijo que existía la obligación de entregar anualmente un 80 por 100 del total peso vivo. En cuanto al ganado de cerda, la norma de tributación -según nos dijo un eminente profesor de economía, huésped de los Soviets- era la del 25 por 100 anual de cabezas. El trigo se entrega en el otoño y la carne en el invierno.

Los artículos se encuentran en los grandes depósitos que se han establecido en los nudos principales de las redes ferroviarias y fluviales; nueve son los puntos estratégicos que se han señalado: siete en los caminos de hierro y dos sobre el Volga. Cada base o departamento debe sustentar a una cantidad fija de provincias, y semanalmente deben enviar un telegrama al Narkomprod dando cuenta de las existencias.

De las dificultades reales a que esto da origen y de las calamidades que engendra el intento de realizar sin previa preparación de órganos, y sin la colaboración de los que han de aportar los artículos, darán idea estos datos que hemos recogido, ya en centros oficiales, bien privadamente del personal técnico adscrito a fábricas y servicios burocráticos:

Con esfuerzos inauditos, desplegando la energía militar de que frecuentemente han menester para conseguir los géneros, pudo conseguir el pasado año que la requisa de patatas subiese de 30 millones de pudds que habían sido en 1919, a 65 millones en 1920; pues bien, si el 1919 inutilizáronse antes de poder ser entregadas a los consumidores 8 millones de pudds, en 1920 se han inutilizado 60 millones. Estaban aún hacinadas en las estaciones cuando los primeros fríos las helaron. En torno a Moscú, hambriento, se acumulaban en diciembre varios cientos de vagones de patata helada que iban a ser entregados al trust del alcohol.

Con objeto de recoger alimentación para el ganado fíjose a muchos pueblos y aldeas las cantidades de ramas tiernas que habían de entregar para un día dado a la Administración, He aquí lo acontecido en Dimitrof. Extrañáronse los ancianos de la facilidad con que chicos y mujeres volvían al pueblo con las carretas llenas de lo que se les había ordenado aportan y como preguntasen asombrados, pues sabían cuán difícil era llegar hasta la copa de los árboles, dijéronles -y así nos lo referían- que, para poder cumplir pronto con lo mandado, cortaban el árbol. Unieron la cantidad exigida y se pidieron los cien vagones que eran necesarios para transportarla; pero sólo fue posible enviar uno, y los fríos quemaron e inutilizaron el resto, que nosotros vimos apilado y cubierto de nieve. La provincia de Twer debía dar 8 millones de pudds de heno, y como no tenía cantidad bastante y el que había era preciso para el ganado, mataron a éste y vendieron la carne a altos precios.

No multipliquemos los ejemplos simbólicos. ¿Cómo llegan hasta el consumidor los artículos? Por medio de las llamadas Cooperativas, y digo llamadas, primero, porque las existencias en la época a que nuestros datos directos se contraen, no tenían el carácter de una asociación voluntaria, ni eran centros a los que aportasen nada los cooperadores, quienes, por no aportar, ni aun siquiera podían llevar a tal Sociedad iniciativas personales. Se trata de un órgano de distribución en el que están obligados a inscribirse todos los vecinos del sector en que la cooperativa está enclavada y en que se ha dividido a estos efectos la ciudad, el pueblo o la aldea. En ellas se reciben, mediante carta, semanal, quincenalmente o por meses, o bien a diario, los artículos. La dirección de ellas corresponde a las personas designadas por el Narkomprod, a cuyo organismo estén sometidas.

Con las Cooperativas ha acontecido exactamente lo mismo que ha sucedido en el orden político, en el económico y en el industrial, lo cual demuestra la evolución orgánica de la Revolución y refleja cuán unitaria es la estructura de la vida civil.

En el primer momento de la Revolución, las Cooperativas juegan un papel de gran importancia que culmina en el decreto del 6 de diciembre de 1918; más el espíritu maximalista veía en todas partes un sentido “pequeño-burgués”; y como creían necesario y posible edificar sobre cimientos totalmente nuevos, el 20 de marzo de 1919 publicaron un decreto por virtud del cual murieron las Cooperativas como órganos libres y se incauto de ellas el Estado. Les había llegado también la segunda

fase: la de la estatización autoritaria.

Lenin ha reconocido la situación que se ha creado a las Cooperativas en un importantísimo discurso que pronunció en el X Congreso del Partido Comunista Ruso, celebrado en marzo del año 1921. Ha reconocido que para el intercambio local se debe recurrir a las Cooperativas, “previstas ya en nuestro programa como el mejor órgano de la distribución. Hasta ahora no las hemos utilizado suficientemente, y en ello hemos cometido un error. Es verdad que nos hemos visto constreñidos en ciertos casos a entablar luchas contra ellas, porque los socialistas revolucionarios y los mencheviques habían conseguido ponerse al frente de su dirección y, consciente o inconscientemente, restablecían mediante ellas el capitalismo.

* * *

Para que pueda el lector darse cuenta de los presupuestos de producción, vamos a suministrarle el de algunas industrias de valor fundamental, entre ellas, la metalurgia en su relación con los caminos de hierro, y además datos sobre el contingente de trigo.

El trigo se suele entregar en el otoño. He aquí lo que iba entregado el 11 de noviembre de 1920 por provincias y en total:

PROVINCIAS                           Total exigido               Entregas                     Porcentaje

del total

Tcheliabinsk                           17.000.000                   2.086.000                      12,3

Ufa                                           16.800.000                   4.388.000                      26,1

Saratov                                    14.500.000                   3.184.000                      22,0

Samara                                   14.010.000                   4.245.000                      30,3

República tártara                    11.990.000                   5.721.000                      48,1

Tambof                                    11.500.000                   3.206.000                      27,9

Viatka                                      10.750.000                   4.915.000                      45,7

Ekaterinburg                           11.000.000                   3.229.000                      32,3

Sumbirsk                                 8.500.000                    3.908.000                      46,0

Pokrovsk                                  15.500.000                     516.000                        3,3

(7.000.000)                                                         (7,4)

Voroneje                                   6.500.000                      664.000                       10,2

Kursk                                       6.300.000                      500.000                        9,5

Comuna alemana                    9.800.000                      401.000                        4,1

(6.000.000)                                                         (6,7)

Orel                                          5.500.000                    2.856.000                      51,9

Orenburgo                                5.000.000                       78.000                        15,6

Riazau                                      3.900.000                      741.000                       19,0

Tula                                          3.650.000                    2.410.000                      93,4

Penza                                        3.500.000                    2.674.000                      76,4

Perm                                         3.300.000                    2.289.000                      69,4

Bajkiria                                    3.000.000                      978.000                       31,3

La Commune                            2.500.000                    1.205.000                      40,8

de Tchuvaje                             (1.500.000)                                                        (80,3)

Tsaritzin                                   1.500.000                       66.000                         4,4

Uralsk                                      1.500.000                      545.000                        4,4

Siberia                                    110.000.000                 18.325.000                     16,6

Cáucaso                                 120.000.000                 21,319.000                     17,8

Totales                                    437.500.000                100.963.000              Media: 23,1

Según el informe presentado por Lenin al X Congreso del Partido Comunista Ruso, celebrado en marzo, y que forma el apéndice II de este libro, el total de lo recogido llegó a elevarse a 250.000.000 de pudds, o sea un 57 por 100 de lo presupuestado como indispensable para el consumo; pero como no se conocía la cuantía de las entregas que iban a hacer los aldeanos, no se disminuyeron las raciones más allá de ciertos límites, y ha resultado en este que corre, que de esos 250 millones de pudds se han consumido -y es menos de lo presupuestado- 150 millones en el primer semestre, y para el segundo, sólo queda el 45 por 100 de 10 que se creyó indispensable.[49]

La Comisión Provincial de Transporte ha presentado al Consejo del Trabajo y de la Defensa las siguientes cifras para informar sobre el estado del material móvil, reparaciones y piezas de recambio:

  1. Estado del parque de locomotoras:

MESES

Media en              Media para

agosto de 1920      septiembre

Nº de locomotoras existentes                      16.611                   17.577

Nº de locomotoras a eliminar del inventario    282                       253

N° de locomotoras en mal estado                  9.645                   10.028

Porcentaje de locomotoras en mal estado          58,1                      57,1

Extensión de la red ferroviaria, en verstas  64.272                   60.447

N° de locomotoras en buen estado                6.684                     7.296

Nº de verstas por locomotora en buen estado      9,6                        8,3

Así, pues, el porcentaje de locomotoras averiadas disminuyó en septiembre en 1 por 100 con relación a agosto.

  1. Cuadro de las reparaciones:
  2. a) En los talleres de los caminos de hierro:

MESES

Agosto                            Septiembre

Media exigida                                                 793                       753

Locomotoras Trabajo Efectuado:

Grandes reparaciones                                      58                         69

Reparaciones medianas                                  870                       845

Reparaciones medianas en unidades            1.044                     1.049

Salida de los Talleres de Reparación comparada con el Plan de Ejecución:

Cantidad                                                     + 251                     + 296

En tanto por 100                                            131,6                     139,3

MESES

Agosto                            Septiembre

Media exigida                                              7.200                     5.200

Vagones efectuados                                   10.879                     8.847

Salida de los Talleres de Reparación comparada con el Plan de Ejecución:

Cantidad                                                  + 3.369                  + 3.647

Tanto por 100                                                151                       170,1

  1. b) En las fábricas de choque del Consejo Superior de la Economía Nacional:

ENTREGA COMPARADA CON EL PLAN DE EJECUCIÓN

Meses              Exigidas Orden 1042              Efectuadas      Cantidad         Porcentaje

LOCOMOTORAS NUEVAS

Agosto                    13                           5                -8                38

Septiembre             13                           8                -5                61

LOCOMOTORAS REPARADAS

Agosto                    76                         56              -20                74

Septiembre             76                         61              -15                80

VAGONES NUEVOS

Agosto                    28                         50              +22              173

Septiembre             28                         58              +30              207

VAGONES REPARADOS

Agosto                   320                       162             -158                51

Septiembre           320                       271              -46                86

DETERMINADO TIPO DE PIEZAS DE RECAMBIO

Agosto            100.000                   32.302        -77.000                29

Septiembre     100.000                   32.822        -77.178                30

CHIMENEAS DE LOCOMOTORAS

Agosto              64.300                   16.850        -47.450                26

Septiembre       64.300                   30.822        -34.016                47

PIEZAS DE FORJA EN COBRE

Agosto              29.833                     9.988        -19.825                34

Septiembre       29.833                     9.988        -19.825                34

OTRAS PIEZAS PARA LOCOMOTORAS

Agosto              85.000                   13.700        -71.300                16

Septiembre       85.000                   18.818        -66.182                22

PIEZAS PARA VAGONES

Agosto              63.700                   26.100        -37.600                41

Septiembre       63.700                   41.012        -22.688                64

FUNDICION

Agosto            166.666                 150.000        -16.000                81

Septiembre     166.666                 150.000        -16.000                81

HIERRO Y ACERO

Agosto            506.700                   61.300      -445.400                12

Septiembre     506.700                 200.177      -300.533                40

PERNOS, TUERCAS Y CLAVOS

Agosto            102.000                   14.029        -87.971                14

Septiembre     102.000                   24.164        -75.836                24

En uno de los periódicos oficiales publicó Larin un artículo en el que se dan cifras detalladas del tanto por ciento del plan de trabajo, o sea del plan de producción, que había sido ejecutado en varias industrias en la primera mitad de 1920. La importancia de estas cifras nos decide a transcribirlas:

INDUSTRIAS                                     Tanto por ciento ejecutado

del plan de trabajo

Colores, barnices, etc.                                             25

Papel, cartón                                                          80

Productos de goma                                                  29

Cristalería y vidriería                                              57

Cerillas                                                                  56

Tabaco y majorca                                                    56

Espíritu de vino                                                      16

Azúcar                                                                    29

Almidón                                                                  20

Aceites                                                                   53

Jabón                                                                     49

Productos químicos                                                 58

Lapiceros                                                                15

Tinta                                                                        6

Pieles                                                                     60

Según el número 136 de Vida Económica (19-6-1920), si nos fijamos en la hulla, tendríamos para el primer cuatrimestre del 1920, en la cuenca del Don, la siguiente producción, en miles de pudds:

1913                1919                1920                Programa        % Ejecutado

Media              500.000           117.200           71.400             80.000               83

¿Cuál es la situación de la industria textil, industria, como hemos dicho en varias ocasiones, la más importante de toda Rusia? El número de fábricas de hilados, una vez separadas de Rusia Polonia, Finlandia y los Estados del Pacifico, son 88, con 7.284.572 husos. El programa máximo para 1920 (véase Vida Económica, número citado) consistía en poner en marcha 35 fábricas con 1.105.613 husos; más la situación real daba estos datos: en marzo funcionaban 531.420 husos, y en abril, 319.055.

En cuanto a las fábricas de tejido, de las 128 existentes y 164.700 talleres de artesanos, funcionaban en junio de 1920 34 de aquéllas y 17.841 de éstas. De las 94 fábricas de tintes trabajaban 16, notándose, dice el diario oficial Vida Económica, “como en todas las industrias, la falta de obreros y combustibles”. En cuanto a lo que a la lana afectaba, se había acordado que los propietarios de ganado lanar dieran en las 33 provincias de la Rusia Central 1,5 libras de lana por cabeza de ganado, y esperaba de esta suerte la administración, según declaraba, llegar a reunir 1.449.544 pudds, más lo que comprara en Asia, Habían trabajado hasta mediados del 20 estás fábricas exclusivamente para el ejército, pero se creía que podrían ampliar su acción. La falta principal en esta industria no radicaba tanto, según los centros oficiales, en la falta de primeras materias cuanto en la carencia de trabajadores calificados.

Por último, dada la trascendencia excepcional que de día en día adquiere para la vida industrial la fabricación de productos químicos, es de importancia conocer estos datos oficiales respecto a la situación de esta rama industrial. (Vida Económica, n° 162, 24-6-1920.)

Meses

Diciembre   Enero          Febrero       Marzo

1919           1920            1920            1920

Cantidad de empresas                30                30                30             30

EMPRESAS QUE HAN SUMINISTRADO

DATOS ESTADÍSTICOS

Activas                                      12                 6                12             15

Inactivas                                     8                 6                 6               6

EN LAS ACTIVAS

Obreros                                 4.117           1.521           5.478         5.482

EN LAS INACTIVAS

Obreros                                 1.266                77           1.147         1.005

EN TOTAL

Obreros                                    383           1.598           6.625         5.487

PRODUCCION EN PUDDS

NOMBRE DEL PRODUCTO                                   DURANTE ESOS CUATRO MESES

Diciembre   Enero          Febrero       Marzo

Ácido sulfúrico                          86.532          9.700          57.549        8.821

Ídem clorhídrico                        86.532          4.150           1.949         1.945

Ídem acético                             86.532          4.150           1.949          746

Caparrosa                                   510              270              100           292

Cloruro de cal                             352              270           10.212       16.985

Sulfato                                        586            8.502           1.574         1.431

Superfosfato                             32.340         24.267         44.055       31.122

Bicromato de                             1.107           3.726           3.283        31.122

Alumbre de cromo                      2.619           3.726           2.685        31.122

Aluminium                                2.619           3.726          10.338       31.122

Sosa cáustica                            2.619           3.726             25          31.122

Bicromato de sosa                      2.619           3.726           1.881        31.122

Sulfato de sodio                         2.619           3.726           7.128         4.190

Sal de                                         160            3.726           7.128          304

Sosa calcinada                          2.619           3.726           7.128         8.165

Sulfato                                      2.619           3.726           7.128        10.637

Para dar una idea de conjunto sobre la producción de cada industria, en relación con la productividad de ellas mismas en la época de paz, nada mejor que reproducir (véanse apéndice 1) el cuadro publicado por una personalidad de tanto relieve en la economía sovietista como Larin, en el artículo a que antes nos referimos[50]; pero bueno sería advertir que ni aun así habremos medido la insuficiencia con que las necesidades son atendidas, porque para ello necesitaríamos establecer una segunda relación, la en que se encontraba cada artículo de la producción con respecto al consumo nacional, dato que sólo parcialmente poseemos.

Dice Larin:”Damos aquí un resumen privado respecto a la situación económica, que en modo alguno pretende reemplazar el informe oficial del Consejo Supremo de la Economía Nacional…; los datos se refieren al territorio de la Rusia actual de los Soviets, sin incluir Ucrania, el Cáucaso, el Turquestán y la Siberia. Cuando se toma en consideración a éstos países lo consignamos expresamente.

“La producción normal está tomada de los años 1913 o 14, según las fuentes antiguas que teníamos a mano, y la cifra de producción de 1920 es la dada por las Centrales en el primer semestre, las comunicaciones de Vida Económica y de la revista Economía Nacional. Hay productos -los que sólo se dan en una estación- en que la cifra representa la producción de todo el año. Lo esencial, lo más importante, es la tercera columna, en la cual se da el porcentaje de lo producido en 1920 sobre el mismo territorio y plazo, en relación con la producción normal[51]”.

Tanto por 100 en

relación con la

INDUSTRIAS Y PRODUCTOS       Producción                    Producción del               producción en

Anual 1913/14              1er semestre 1920          medioaño normal

Datos en Pudds

  1. Colores, barnices, etc. 3.000.000 33.000                               2,2
  2. Papel y cartón

(incluyendo Ucrania)           13.500.000                 1.030.000                             15,2

  1. Productos de goma 1.480.000 34.000                               1,7
  2. Cristalería de diversas clases

(1 caja = 15 pudds)                   440.000 cajas             28.000 cajas                    13

  1. Cerillas 3.650,000 310.000                             16
  2. Tabaco y majorca 4.300,000 380.000                             17,7

7, Espíritu                               38.500.000                 1.930.000                               5

(para 1919-20)

  1. Azúcar 105.000.000 4.737.000                               4,5

(incluyendo Ucrania)                                              (para 1919-20)

  1. Almidón en bruto 13.200.000 1.042.000                               7,8

(para 1919-20)

  1. Carbón 1.800.000.000 225.000.000                             25

(incluyendo Ucrania y Siberia)

  1. Nafta 600.000.000 100.000.000                             33

(incluyendo Caúcaso y Emba)

  1. Cobre (explotación) 1.330.000 330.000                             50
  2. Manganeso

(incluyendo Ucrania)           17.000.000                    330.000                             50

  1. Plomo 100.000 330.000                             50

(incluyendo Caúcaso y Siberia)

  1. Cinc 200.000 330.000                             50

(incluyendo Caúcaso)

  1. Platino 300 50                             33
  2. Oro con plata 4.000 240                             12
  3. Pirita 3.500.000 700.000                             40
  4. Magnesita 4.000.000 »1.000.000                        un 25 (¿?)
  5. Hierro crómico 1.500.000 »500.000                             30
  6. Mineral de hierro 530.000.000 32.000.000                             12

(sin Crimea, pero incluida Ucrania)

  1. Hierro colado 257.000.000 30.000.000                               2,4

(incluyendo Ucrania)

  1. Hierro y acero 220.000.000 4.500                               4

(incluyendo Ucrania)

  1. Algodón, no elaborado,

del Turquestán                   20.000.000                 4.000.000                             20

(en 1915)

  1. Algodón fabricado

(hilo)                                    19.800.000                    330.000                               3,3

  1. Lino

(superficie sembrada)           1.060.000                    536.000                             50

  1. Fábricas de lino (hilo) 3.240.000 540.000                             33
  2. Ácido sulfúrico 11.000.000 1.250.000                             11,4

(para 1919)

  1. Soda (3/4 Ucrania) 11.500.000 1.200.000                             11,4
  2. Sales tripotásicas

(Cáucaso)                              1.600.000                 1.200.000                             11,4

  1. Ácido nítrico 1.470.000 1.200.000                             11,4
  2. Aceites vegetales

(incluida Ucrania y excluidos

Cáucaso, Don y Siberia)          23.000.000                    500.000                               4,3

  1. Productos químicos

(totales)                               32.620.000                 1.700.000                             10,4

  1. Cemento 115.000.000 1.700.000                             10,4
  2. Fábricas para aserrar

y preparar madera            115.000.000               45.000.000                             30

  1. Industria harinera 1.000.000 45.000.000                             30
  2. Abonos minerales 10.030.000 4.000.000                             18

(en 1916)

  1. Teersiedeln

(sin la Rusia Blanca)            6.000.000                 4.500.000                             75

  1. Jabones y bujías 20.867.000 291.000                               2,8
  2. Lápices

(gruesa = 144 piezas)               500.000 gruesas          7.000                               1,2

La cuestión agraria

Para quien no se sienta irremisiblemente polarizado por una solución concreta e inmediata del arduo problema de la tierra, es de una enseñanza grande la breve experiencia de los dos pueblos que han hecho la Revolución Social y se han puesto bajo la advocación de la táctica maximalista: Hungría y Rusia.

En la primera, en vez de ser repartida la tierra se conservo la antigua estructura de grandes propiedades, y al frente de ellas se puso el grupo aldeano que la había venido cultivando, si bien asesorado por un director técnico. De este modo se creyó interpretar mejor el criterio táctico que guiaba a la Revolución; pero he aquí que en aquellos trabajadores prodújose un fenómeno psicológico: el de desinteresarse por el cultivo; y llegados los días tristes de la contrarrevolución no defendieron la tierra.

En poder de ellos estaban todas las propiedades de más de 57 hectáreas (100 yoch), o sea el 50 por 100 de la superficie total del país, y un 35 a 40 por 100 de la tierra cultivable.

¿Por qué no defendieron la tierra? Porque no tuvieron la intuición de que les correspondía, de que era suya; socialmente nada había cambiado para ellos; se consideraban aun sometidos a quien dirigía la gran propiedad, que a veces, a fuer de experto, era el antiguo dueño. Por hacerlo mejor económicamente se hizo lo que menos convenía políticamente, y el campesino no comprendió la realidad de la Revolución porque ésta no le dio individualmente nada; de esta suerte, dice el entonces presidente del Consejo Económico de la Republica Sovietista Húngara, el profesor Varga, impidióse la difusión del espíritu revolucionario. Tal fue el precio que se pagó por mantener la continuidad de la producción agraria y aplicar rigurosamente el maximalismo.[52]

¡Cuán otro es el caso de Rusia! Decíame Lunacharski que la idea de conciliar una economía socializada en la ciudad con una economía a base individualista en el campo fue la gran genialidad revolucionaria de Lenin, para desembarazarse políticamente del aldeano decidióse a satisfacer el apetito de tierra que sentía el campesino; apetito anticomunista que, como acontecía en Francia antes de la Revolución, venia siendo de tiempo atrás objeto de medidas que procuraban aplacarlo.

No es de este lugar el señalar la congruencia o incongruencia de la reforma llevada a cabo por la Revolución con la que venia realizándose, especialmente a partir de 1905.[53] Pero hay una cuestión esencial: la de la estructura jurídico-económica del suelo, que puede ilustrar a este respecto.

Según el censo de 1905, existían en la Rusia campesina europea 12,3 millones de hogares, y de ellos, 2,8 millones, esto es, el 24 por 100 del total, poseían tierras por bajo del mínimum que, como promedio, en las zonas de tierras ricas, se estimaba necesario para el sostenimiento de una familia, o sean cinco desiatinas[54]. Había un proletariado rural numeroso, tres millones, que poseían menos de dos desiatinas; y descartada la parte de Polonia y zona báltica, que era donde más abundaba el jornalero sin tierra, en la Rusia propiamente dicha no había un tanto por ciento muy elevado de éstos; así, por ejemplo, al iniciarse la Revolución existían 19 provincias donde sólo un 4 por 100 de familias carecía de tierras.

Desde el 1905 aumenta la zona de tierra perteneciente a los aldeanos, pasando de 138,8 millones a 164 millones de desiatinas, y sólo restan en poder de los señores al llegar el 1917, 7 millones de desiatinas de tierras cultivables; el resto de lo que les pertenecía era zona de bosque.

El decreto de 7 de noviembre (26 octubre) de 1917 fue el acto principal de la Revolución. ¿Las medidas legales por ésta adoptadas y, sobre todo, los actos reales que se han llevado a cabo modifican la tendencia de la economía agraria rusa? El comité agrario de aldea, el Soviet de campesinos y el “Comité de Pobres», fueron las instituciones populares encargadas de distribuir las tierras de la zona que abarcaba cada aldea, según el criterio que estimaban más justo, pero a condición de que no quedara tierra alguna sin poseedor. Esta primera etapa de órganos populares termina a fines del verano de 1918.

Sólo muy parcialmente se tienen aun datos exactos; los que se recogen indican que no solo ha continuado su trayectoria prerrevolucionaria la economía agraria rusa, a saber, la división de la tierra, sino que se acentúa uno de los grandes defectos de la estructura que la agricultura rusa iba tomando, el de la parcelación; así, según censo de 1919 en 12 provincias -estos informes son oficiales y los da Larin- la medida por familia era en 1917, 3,44 desiatinas, frente a 2,73 en 1919.

He aquí en 32 provincias el porcentaje de la división de las tierras:

Antes de la Revolución

Propiedades privadas y del Estado                                           23,7 por 100

Ídem aldeanas                                                               76,3 por 100

Después de la Revolución

Propiedades de los Soviets y establecimientos industriales       2,7 por 100

Propiedades de colectividades, municipios y cooperativas         0,8 por 100

Propiedades de los aldeanos                                           96,0 por 100

Lenin ha comentado en un profundo discurso, “La lucha por el pan”, los inconvenientes de esta política; y Larin, después de afirmar como Rusia adviene más y más parcelada, escribe: “De las dos almas que luchan entre sí, según la expresión conocida, en el corazón del proletariado, la victoria, provisionalmente, la ha obtenido de un modo pleno aquella que le impulsaba a fundar una pequeña economía propia, y no la que le llevaba a la organización de grandes empresas del Estado”[55].

Las tierras que se ha reservado el Estado para establecer fundos modelos tienen una extensión de 2.238.567 desiatinas, divididas en 3.076 empresas, que ocupan 75.000 obreros (sin incluir las familias), y para los cuales se ha adquirido abundante ganado de trabajo y maquinaría. El propósito es que, a más de servir de núcleos de condensación a la futura economía agraria rusa, puedan también obtenerse de ellas gran parte de lo que han menester para su nutrición los grandes centros urbanos; pero los cálculos más optimistas no evalúan el excedente del grano de estas grandes propiedades en más de dos millones de pudds, y aun hemos oído afirmar en Moscú a personas peritas y conocedoras de la organización y productividad de esas empresas agrarias que, por razones varias, incluyendo en ellas la mala elección de las tierras, apenas si producen lo bastante para sostenerse. Se estimula también la formación de comunidades agrícolas; más su crecimiento es muy lento y a 1º de septiembre de 1920, la superficie cultivada por estas Comunidades no excedía de 140.786 desiatinas, y el total de las tierras labradas en común bajo formas diversas solo ascendía a 1.122.190 desiatinas.

El propósito de la ley de 19 de febrero de 1918 llamada de Socialización de la tierra -socialización del dominio, esto es, jurídica, que deja subsistente el uso y aprovechamiento individual-, fue, no sólo el abolir “todo derecho de propiedad sobre tierras, subsuelo, aguas, bosques y fuerzas vivas naturales”, y considerar que el derecho de uso entraña “el trabajo personal”, sino provocar mediante luchas políticas la nivelación agraria.

Los datos que se recogen dan a entender que el resultado no corresponde al deseo. En efecto, los propietarios más sagaces, explotando un estado de conciencia del campesino, han hecho de acuerdo con éstos escrituras de partición, y en su virtud les han entregado tierras, procurando reservarse las más y mejores.

El campesino, acostumbrado al derecho tradicional, no tiene la convicción de que la tierra es suya en tanto no intervienen actos simbólicos; a tal punto, que se dan aun hoy casos abundantes de pagar los aldeanos a los antiguos dueños la renta de tierras que les correspondieron en reparto.

La desigualdad entre los campesinos es aun mayor si se atiende al inventario vivo, a la ganadería, que tan decisivo influjo tiene en la agricultura, no sólo como base de renta, sino como elemento eficiente para la labor. Era casi imposible evitar que subsistiese el jornalero. Se nos habló de grandes zonas donde se utiliza aun al obrero mediante salario; dos razones principalmente lo motivan: primera, la existencia de propiedades tan pequeñas que no bastan a las necesidades del grupo familiar, cercanas de otras que tienen mas extensión de la que puede labrar una familia; y segunda que la composición de estas mismas es muy diferente, pues ni cuentan todas con igual numero de miembros, ni de la misma edad, ni de igual capacidad de esfuerzo.

¿Cómo ha repercutido la Revolución en la producción agraria? Al desorganizarse el tráfico y hacerse difícil la concentración de productos alimenticios, el primer efecto ha sido el de hacer reaccionar la economía agraria, produciéndose una modificación en la repartición de los cultivos, descendiendo súbitamente y de un modo asombroso el de plantas industriales: algodón, lino, remolacha, etcétera, y substituyéndosele por el de cereales y leguminosas, a fin de asegurar cada pequeña zona su sustento.

Así, por ejemplo, la superficie sembrada de lino en 1915 era de 982.000 desiatinas, y en 1919, de 537.000; la de algodón había descendido de 560.000 hectáreas que se cultivaban en 1916 a 80.000 hectáreas en 1919, y la remolacha, de 700.000 desiatinas que fueron sembradas en 1914 a 378.274 en 1919 y a 125.283 en 1920.[56]

El segundo efecto ha sido la contracción de la superficie general dedicada a cultivo, y el tercero, la reducción del rendimiento por unidad. Las causas de ambos fenómenos son de muy diverso carácter, según los comentaristas oficiales; pero la razón que se aduce continuamente entre agrónomos y aldeanos es la de que, como el Gobierno les dejaba a ellos lo que necesitaban para la familia, el ganado y la siembra, y tomaba el resto, ellos no se interesaban por producir sino en la medida que les era necesario para su personal sustento. Es un fenómeno natural, ya que a la propiedad privada se le ha querido desligar de la relación que la caracteriza: a más productividad, más ganancia.

En un 20 por 100 calcula Larin la reducción de la zona cultivada, y nada tan expresivo para poner de manifiesto la trascendencia económica del hecho como las palabras con que este autor lo comenta: “Esto representa más de lo que Rusia exportaba y de lo que hoy, a consecuencia de la penuria, pudiera reunir para la exportación”.

Algunos de estos fenómenos estaban iniciados antes de la Revolución y acentúan durante ésta la tendencia ya manifestada. La carencia de abonos y falta de maquinaría agrícola es, sin duda, un factor; pero ¿es que los utilizaba la agricultura rusa en la medida suficiente a explicar el descenso de la producción de una media de 49 a una de 43 pudds por desiatina? (exactamente, 700 kilogramos). Los reflejos en la ganadería no son más halagüeños: el ganado bovino ha perdido un 50 por 100 de peso; el ganado de cerda casi ha desaparecido de la casa aldeana, y el numero del lanar ha disminuido en un 20 por 100, no teniéndolo sino para las necesidades propias[57].

Rusia esta modificando su estructura económica, y se prevé que esto ha de tener una influencia grande, durante un período mas o menos largo, en la economía mundial: no se podrá contar con sus exportaciones de grano, porque ha de aprovisionarse mediante importaciones, a fin de proveer a las necesidades de la siembra y del sostenimiento de la población; además, si el aldeano ha de elevar su ración alimenticia, como es de esperar, el tanto exportado antes de la guerra será absorbido por la población campesina, porque aun así, computadas en grano las patatas, según la equivalencia nutritiva de 28 a 100, que es la asignada a éstas con relación a aquél, sólo da la producción general rusa una media de 332 kilogramos por cabeza -frente a 366 en Alemania-, que es no más que lo necesario para vivir.[58]

Tercera etapa económica de la Revolución: el minimalismo de los maximalistas

Nadie podrá extrañar que ante las situaciones y consecuencias generales descritas se haya iniciado una tercera etapa en la Revolución. Si la que se inicia ha de ser fecunda, no podrá menos de conceder al pueblo más influjo en los órganos del Poder. Económicamente, la coacción, la disciplina férrea de tipo militar, esto es, de fuera adentro, no ha dado el resultado que esperaban los que creen en el látigo como arma eficaz para despertar la convicción.

La primera fase de la socialización la hacía consistir Lenin, en su folleto Los problemas inmediatos del Poder de los Soviets, en lo que él denominaba “régimen de control, contabilidad de la producción y reparto de los productos”; régimen de control que había de encerrar dentro de la contabilidad del Estado aquellas dos funciones, las de contabilidad y reparto, cogiendo dentro de sí a todos los individuos, “sin lo cual la libertad de los trabajadores no podría mantenerse y sería inevitable el retroceso al yugo del capitalismo”[59]. Pues bien: he ahí la pérdida del control mediante la vuelta al comercio libre, comercio que significa la desaparición de los monopolios comerciales en el interior y conjuntamente la del control.

Al par que se hacen concesiones a los capitalistas extranjeros, la población aldeana, el 84 por 100 de la población total, va a especular con la necesidad y a acumular valores; porque ya no se le recogerá sino una cuarta parte de la producción, y el resto quedaré a beneficio de ella; ¿logrará convertirlo en valores de renta? Marx sabia muy bien que la fábrica es el órgano típico capitalista; que el capital comercial existe en Sociedades no industrializadas; pero también sabia, como cuantos han meditado sobre estos fenómenos, que el capital comercial tiende a convertirse en industrial tan pronto como se le presenta una ocasión propicia; y en Rusia esa ocasión será especialmente favorable si llega a haber grandes empresas; en ellas tenderá a deslizarse el ahorro acumulado, para advenir de nuevo valores rentísticos.

¿Qué acontecerá con la tierra? Hoy, municipalizada la propiedad urbana, se hacen, sin embargo, transmisiones abundantes, especulando sobre un mañana incierto, que si llegara a venir haría dueña de gran parte de Moscú, por ejemplo, a una Sociedad alemana. La tierra no puede legalmente ser transmitida en herencia; pero, ¿y de hecho?, ¿se capitalizará la tierra o se logrará conservarla como mero instrumento personal? Si se transforma en renta, entonces adviene inevitablemente

movilizada y entra en el mundo de la concurrencia, del comercio.

Si esto aconteciera, la suerte seria muy análoga a la Revolución Francesa. Lenin advertía este riesgo en un admirable discurso pronunciado en marzo último –1921- en el Congreso de Transportes.

La organización económica que se dibuja actualmente en la tercera fase que se ha iniciado en la Revolución Rusa estará caracterizada por los siguientes hechos: 1) Concesiones; 2) Impuesto sobre mercancías; 3) Mercado libre dentro de las zonas locales, y 4) Reanudación de las relaciones comerciales con los países capitalistas. Este tercer momento, del cual es síntesis teórica el discurso de Lenin que como apéndice damos al lector, permite afirmar que va a intentarse el equilibrio de una economía en la cual habrá: 1) Empresas socializadas por el Estado; 2) Empresas cedidas a Sociedades privadas con cláusulas de interés para el capital y de amortización para la maquinaria, reservándose el Estado el monopolio de venta de sus productos en el interior; 3) Una pequeña industria trabajando para el mercado libre, y 4) Propiedad agraria con carácter privado, si no de derecho, de hecho. ¿Llegará a producirse entre estos tipos de economía un régimen estable, o arrastrará la modalidad de una de ellas a las otras? Si el poder político depende a la postre del económico, entonces, ¿de quién sería el mañana ruso?

Al que se sienta sereno de conciencia y después de haber leído todo lo escrito se pregunte aún por la razón de que el maximalismo comience ahora una etapa minimalista tras haber ensayado sus aspiraciones, no obstante el esfuerzo inaudito y la abnegación del grupo director, brindámosle estas afirmaciones de Rikof, presidente del Consejo Supremo de la Economía Nacional, escritas con ocasión del Congreso que los Consejos Económicos acaban de celebrar en Moscú en el pasado mayo de 1921: “Nosotros no teníamos, no tolerábamos concurrentes; los aniquilábamos mediante las requisas, las confiscaciones, etc., incluso cuando estaban mejor dotados y eran más hábiles que nosotros… Es preciso poner fin a esto de un modo decisivo; debemos vencer no por razón de mandatos y monopolios, sino trabajando mejor… Es necesario, por consiguiente, si queremos que triunfe nuestra política, que renunciemos a nuestro antiguo camino. Al presente entramos en un período de concurrencia y renacimiento de la propiedad privada…; tenemos una inmensa ventaja sobre todos los concurrentes, pues podemos apoyarnos sobre el Gobierno, sobre el aparato administrativo oficial, sobre la gran industria, los medios de transporte, etc.”. Pero, ¿cómo explica Rikof la necesidad de emprender esta nueva vía? “Debo insistir –escribe- en que el medio en el cual hemos trabajado durante estos años varía demasiado poco”.[60]

¡El medio varía demasiado poco!; pero la interpretación marxista del bolchevismo, ¿no descansa en la creencia de que una minoría en circunstancias dadas puede modificar el sistema de condiciones que forman el medio, si no totalmente, al menos en aquel mínimum que hace posible a los pueblos ejecutar la Revolución social sin que pierdan tales revoluciones su fisonomía netamente socialista?

La gran pregunta vuelve a nacer, la pregunta que en la teoría de la táctica da lugar a dos conceptos enteramente distintos de la Revolución social: el movimiento obrero y -para plantearlo en términos de Moscú- la vanguardia consciente, ¿puede en algún momento considerarse capaz de independizarse de las condiciones históricas de la economía y variar por un acto de violencia el sistema de situaciones que ésta crea? ¿O está supeditada y no puede menos de obrar -aun cuando constituyendo, conjuntamente con el proletariado, un factor más y más importante en la variación de la estructura- en función de las condiciones históricas, y más bien como agente del medio que como creador del mismo? Llevado al mundo de lo económico social, es el problema del héroe en la Historia.

¿No parte Moscú del menosprecio al concepto de “madurez del proletariado”? Sí; el ritmo de la conciencia histórica es muy lento; y porque esto es cierto, lo es también que no hay otro modo de modificar los impulsos de la voluntad y los contenidos de las instituciones sociales que mediante la obra paciente de una educación libre que vaya rezumando y calando hasta modificar los instintos y los prejuicios, y por obra de una constante predicación del ideal y una presión potente sobre las instituciones capitalistas… y saltos de tigre en ocasiones dadas muy concretas.


Conclusión

 

 

 

 

La primacía de la igualdad

Una revolución de tipo histórico, si lo es, por el hecho mismo de serlo no puede fracasar; su misión consiste en renovar la ideología sobre la cual se apoyan las instituciones históricas y demandar con tonos apremiantes, a los que acompañan casi indefectiblemente actos dramáticos, la revisión de los principios de justicia y la generalización de los que de tal revisión deduce ella.

Lo que sí fracasa a menudo es el programa concreto de los partidos que ocupan el Poder en un momento de la revolución e intentan hacer coincidir los fines de ésta con los que ellos representan en cuanto grupo; mas tales episodios en nada desvirtúan la eficacia de estas hondas y ejemplares sacudidas, preparadas lenta y sordamente en la conciencia de los pueblos. Las revoluciones de tipo histórico sólo pueden hacerlas los pueblos que tienen poder espiritual bastante para decir algo nuevo y fundamental en la Historia y a los cuales, sin embargo, no les fue dable manifestarse por las circunstancias en que vivían. En cambio, las naciones que no sean mensajeras de buena nueva harán motines y revoluciones nacionales de valor secundario, con las que procuraran incorporarse a la vida internacional y no más. La revolución de tipo histórico es un nuevo sendero ideal que sólo puede abrirlo quien previamente lo haya recorrido en su alma.

Y Rusia, mediante la “Declaración de los derechos del trabajador”, no sólo dilata las perspectivas de los fines del Estado, sino que cambia en sus elementos reales ese problema y polariza las acciones políticas hacia objetivos que, más o menos modificados, habrán de ser la clave de la nueva edad. Pero el lenguaje mediante el cual se ha pretendido expresar los ideales de la Revolución por el partido bolchevique, que es hasta ahora al que por antonomasia se considera intérprete de la Revolución -aun cuando sólo sea una etapa en la marcha de ésta-. ¿Es un lenguaje congruente con las ambiciones ideales de la propia Revolución, del Socialismo europeo-americano y con los supuestos generales de la cultura grecolatina y germana?

La Revolución Rusa es el fruto del epos, del genio nacional, y como tal es una manifestación del modo como este pueblo concibe la vida; una respuesta, más o menos unánime, a la pregunta: ¿cómo vivir civilmente? Desde Gogol a Andreief, la literatura rusa se ha mantenido en un plano de realismo que permite al mundo conocer la Rusia subterránea y la corriente fundamental de la espiritualidad de aquel país. Y así, escudriñando en éste, en vano buscaríamos en su lírica, flor fragante y primigenia de él, algo que nos muestre que Rusia ha considerado como problema central el problema del pensar, el de la conciencia; cuando éste aparece en su mundo ideal es para ser vertido inmediatamente en la voluntad y dar origen a una cuestión de conducta.

Esta, la conducta, el cómo vivir, no para consigo mismo, sino para con los demás, es el leitmotiv de la gran literatura rusa, el tema que se transmiten unos a otros, el que ilustran con sus ensueños las distintas clases y grupos sociales, las personas de más diferente temperamento y formación cultural. Es el hecho de la miseria lo que les sirve de apoyatura ideal para lanzarse a buscar una norma de pureza; y porque es la miseria el fenómeno general que hace al pueblo ruso replegarse y buscar una norma de vida que ahuyente del mundo la desolación que aquélla engendra, es por lo que, subyacente, corre a través de la lírica rusa un inequívoco ideal de liberación de ella mediante la igualdad. Tan pronto como Rusia ha estado en condiciones de articular los ideales que se hallaban escondidos en los rincones de su alma nacional, ha ido como una flecha a desarticular la vida social para volverla a organizar de suerte que se pusiera en camino de conseguir la anhelada igualdad.

Asia sigue cumpliendo su secular misión de ir arrojando nuevas razas a la Historia. La eslava trajo consigo en el fondo de su espíritu el sentido de la unidad indistinta, y ha permanecido durante siglos agazapada en llanuras donde todo ha estado hablándole de lo infinito: los bosques interminables, los caminos en ellos abiertos y que se pierden en las lejanías llanas, la propia soledad. Y al poder decir por vez primera, el pueblo que en tales condiciones viviera, como concibe la felicidad humana, esto es, la edad de oro, no vacila, y dejando de reprimir lo que ansiaba manifestar, afirma e impone, como el supuesto indefectible de ella, la igualdad en forma de reino de lo uno indistinto.

Las civilizaciones grecorromanas y germanas, en cambio, han ido durante siglos subrayando el valor de la libertad como condicionante de la vida del pensar y de la convivencia social. El problema de la conciencia y el de la voluntad individual han sido los ejes ideales de aquellas civilizaciones; sólo a base de ellas es recibido el cristianismo. Y cuando las formas dogmáticas revestidas por éste principian a embarazar el pensamiento, por pesar sobre él con exceso, advienen el Renacimiento y la Reforma, que exaltan de nuevo el valor sustantivo de la conciencia individual, abren rutas ignoradas a la especulación filosófica y a la investigación científica, descomponen los dogmas y dan las bases, para que Locke, sacando la última consecuencia, dijera en sus admirables Cartas sobre la tolerancia que el problema de la religiosidad consistía en ser ortodoxo consigo mismo, con la visión personal. Y en lo que toca a la vida de la ciencia, de la moralidad y del régimen civil, es Descartes, es el drama postrero de Galileo, la Revolución inglesa, la declaración de derechos de Virginia, el siglo XVIII francés, y como símbolo que resume de un modo genial las bases de nuestra civilización, es Kant quien puede servirnos para comprender la consubstancialidad de la idea de libertad con la de nuestra cultura. Es más: si se observa la historia de pueblos desventurados que, cual el nuestro, no ha conseguido aun consolidar un mínimo patrimonio de libertad, se verá cuán continuo ha sido, sin embargo, el esfuerzo heroico, el sacrificio tenaz y cruento por conquistarlo: el substrátum, pues, es el mismo.

La clave de nuestra civilización radica, por consiguiente, en la libertad, como condición para que la conciencia y la voluntad desarrollen sus posibilidades innumeras; la libertad es la condición de la dignidad, y cuanto la estorbe entorpece la formación del hombre.

El capitalismo ha sido y es un obstáculo insuperable para el desarrollo de la libertad, y precisamente esta es la causa de que el Socialismo signifique un principio de civilización superior; es el ideal que señala la marcha hacia la liberación de todas las injusticias de la vida civil, y por ello todo paso hacia el Socialismo es fatalmente un avance hacia la libertad y una disminución en el poder arbitrario de la autoridad externa.

Que el capitalismo ha adulterado la idea de libertad al ligarla a sus tráficos y explotaciones, es evidente; pero cuando el Socialismo habla de libertad no pone sus ojos en las cosas, sino en las personas; y así como el capitalismo ha significado exaltación de la idea de libertad aplicada a los objetos económicos, con el fin de hacer más fácil la servidumbre de los hombres, el Socialismo, en cambio, representa el sometimiento gradual de la economía a un régimen disciplinario para hacer posible un mayor enriquecimiento de la libertad de las personas.

Pero la necesidad de establecer un régimen diferente para las personas que para las cosas, obliga a ir desatando los lazos que hoy unen a aquéllas con éstas, de modo tal que no fuerce al Poder la solidaridad de los perjudicados a un régimen de violencia sobre los individuos, y en cambio le permita, apoyado en la mayoría de los ciudadanos económicamente activos, ir avanzando en la obra de convertir los servicios e industrias que estén en condiciones en órganos de gestión pública directa, sustituir al propietario por los usuarios, y todo ello con la celeridad a que autorice la madurez de los nuevos gestores y el no comprometer el régimen general sobre las personas.

Resulta pueril el afirmar que la libertad es una idea burguesa, ya que equivale a menospreciar como idea matriz del mañana político lo que ha sido centro de convergencia de los afanes máximos de la Historia, no por obra de capricho, sino por absoluta necesidad cultural. Los contenidos de la libertad deben ser objeto de revisiones constantes y de ampliaciones permanentes; cada época se preguntará de qué ha de libertar a los hombres, y la pregunta quedará siempre abierta; no podrá nunca ser cerrada, porque la libertad es un sendero que desemboca en lo absoluto.

Mas Rusia, que comenzó balbuciendo un lenguaje de libertad en los primeros tiempos de su Revolución, habló en seguida -mejor dicho, el Poder- desdeñosamente de ella, oponiéndole, como la verdadera norma para llegar a la libertad efectiva, la igualdad; pero una igualdad que no sea hija de la voluntad libre, ¿qué raíces tendrá? ¿Los mandatos del Poder? He ahí una concepción en la que, si pueden hallarse rasgos jurídico-económicos que autoricen a llamarla socialista, faltan por completo las normas humanistas que cualifican al socialismo de nuestras civilizaciones.

¿Llegará Rusia a comprender que la igualdad sólo puede ser buscada por la vía de la libertad? Si así no fuera, habría dos lenguas en el Socialismo, Hay en este primado de la igualdad una idea que también es esencialmente cristiana. La libertad, para el cristiano -revelada la verdad-, no afecta ni al pensar ni al querer -no hay libertad para el mal, dijo aquél, como lo dice ahora el comunista ruso-, y la libertad aparece exclusivamente para el cristiano con un sentido trascendente, escatológico, que se refiere al más allá. Cuando el cristiano ha querido organizar la vida con pureza evangélica ha pensado en una vida de igualdad y ha constituido comunidades, las cuales, como se inspiraban en el sentimiento de fraternidad, establecían un régimen de igualdad material. Pero no se olvide, pues en ello reside una diferencia esencial de principios, que la fuerza profunda de tales grupos, más que en el modo como vivían, procedía de la adhesión sentimental e intima a la idea que los agrupaba: la creencia en el reino de Cristo. Así, pues, aun no inspirándose en la libertad como norma de vida, era la libre adhesión lo que a las comunidades religiosas les dio su vigor; la igualdad es, pues, siempre, un corolario del querer, y si no existe este querer la igualdad se edificara sobre arena.

Entre los escritos políticos de Dostoyevsky hay uno que se titula “Concepción utópica de la historia”,[61] en la que describe este genial autor la obra a que está predestinado el pueblo ruso. Todos los pueblos -dice Dostoyevsky- han ido encerrándose en sí mismos; a fuerza de cultivar el egoísmo, cada uno vive tan sólo “para sí, en sí”, y la Historia se ha convenido a causa de ello en una serie de grupos inconexos y hostiles; más hay un pueblo, Rusia, que habrá de unirlos, y al ofrendarse como servidor de la fraternidad humana denotará ser un pueblo elegido. ¿Por qué es Rusia la llamada a cumplir esta misión? Porque ama con amor de hermandad a los demás pueblos; porque representa “la creencia en el derecho”, dirá una y otra vez Dostoyevsky, y esta credulidad asegura no una mera unión política, sino la realización del reino de Cristo, que es el de la Fraternidad.

¡El reino de Cristo mediante el derecho! Esto es, mediante la fraternidad: de ahí la teorización del lenguaje de la lírica y de la Revolución. Los anhelos seculares de Rusia la empujaban a buscar la igualdad. ¿Cómo hablará Rusia después de este grandioso drama histórico que, para bien del mañana, se esta allí desarrollando? ¿Qué variantes aparecerán en su espíritu fluido? Rusia es actualmente el fermento de la Historia, y tal vez de hoy en adelante su poder inquietador se acentúe; la gran llama de Oriente, llama que lleva en sí gérmenes espirituales abundantísimos, ha comenzado a fecundar al mundo; pero Rusia, que tiene un inmenso poder de sacrificio y una capacidad ideal llena de robustez y lozanía, ¿posee asimismo condiciones para construir, o las modalidades de ser virtudes espirituales se traducen en una relativa incapacidad para ello?

Revolución social y maximalismo económico

 

La inexperiencia histórica respecto de grandes revoluciones sociales ha sido y es causa de que no se haya llegado a diferenciar una revolución política de otra de carácter social; se sabía, sí -y una inmensa literatura había acerca de ello-, las diferencias de principios y contenidos entre unas y otras; pero cuanto concernía a las dificultades reales que habían de hallarse para sustituir la organización económica, no sólo a causa de la complejidad técnica de esta, sino, lo que es aun más importante para la política, a causa de la trabazón intima que existe entre aquella y la disposición psicológica de los hombres, eso solo ahora principia a esclarecerse merced al gran ensayo ruso.

El esfuerzo enteramente local de la “Commune” de París, que aun cuando abrigaba propósitos de carácter económico no transcendió de un ensayo político, si bien con rasgos nuevos y profundos, sirvió a Marx para sacar consecuencias que han tenido trascendencia suma. ¿Y es posible que a un socialismo que se llama científico se le considere de tal modo cerrado y concluso que ante la primera gran experiencia de revolución social, la actual rusa, no tenga nada nuevo que añadir? ¿No hay nada que rectificar? Entonces, ¿por qué se rectifica a sí misma la Revolución? ¿Por qué se propusieron alcanzar lo que no logran conseguir? ¿Era aquello utópico o era científico y marxista, como afirmaban los líderes de la Revolución? Y si los objetivos que se propusieron eran los que científicamente correspondían, y sin embargo no han podido consolidarse, ¿cómo no sacar enseñanzas de esta pugna entre lo que quiso ser, y no vacilo en apelar a la violencia extrema para subsistir, y sin embargo no se van consolidando?

Hay dentro de la Revolución social un doble fenómeno que contribuye de un modo relevante a mantener la cohesión de las conciencias respecto a su sentido. La Revolución social lleva consigo un acto de expropiación que implica la modificación en la situación jurídica de las cosas; la expropiación es susceptible de ser decretada por el Poder y de ser llevada a la práctica si se dispone de un instrumento de fuerza; mas la Revolución social connota también -y esto es lo especifico de ella- un fenómeno de carácter vital, no meramente formal como lo es el primero, a saber: la socialización de la producción. Ambas son medidas socializadoras; pero cuando se piensa en movimientos sociales se piensa más en el cambio súbito escenográfico -viejo aspecto político de los actos históricos- que en las exigencias que implica sustituir el funcionamiento de la unidad orgánica de la producción. Aquélla, la socialización de la propiedad, como es un plexo de fenómenos reales, vivos, no por decretarla se alcanzará, aun cuando sean potentes los instrumentos de presión con que se cuente.

La Revolución Rusa ha ido en ambas vías, en la que mira a la propiedad y la que afecta a la producción, hasta donde estaba obligada, dado su programa maximalista; pero como lo que prende en la realidad no depende de la voluntad del que ordena, sino del sistema de las condiciones objetivas y subjetivas, ha resultado en Rusia que al máximum de sus imperiosos deseos no van correspondiendo hechos que aseguren su logro, sino hechos que se alejan más y más de tales deseos; en vano se ordenará la socialización de la producción si falta el órgano adecuado productor y no existe producción, esto es, productos que socializar; tal es el caso ruso.

Y es que el maximalismo, táctica susceptible de ser aplicada a la conquista de los órganos políticos y aun a los fenómenos jurídicos externos, es decir, incluso a la expropiación, es inaplicable cuando se trata del aspecto positivo de la Revolución Social, esto es, de la producción; porque no en todos los pueblos están las masas preparadas, ni siempre se halla en sazón una economía o un ramo de la actividad industrial para llegar a ser socializado, ni todos los momentos de la vida industrial son propicios. En Siberia, por ejemplo, donde casi exclusivamente existe la pequeña propiedad y el taller familiar, ni aun siquiera parece haber sido planteada por el Gobierno ruso la cuestión de socializar. ¿Es una inconsecuencia? No; es el reconocimiento de que una situación tal en la estructura de los órganos de producción no puede ser superada por meras disposiciones del Poder, a menos de crearse él mismo conflictos sociales insolubles; la socialización es un método, un proceso gradual, y es absolutamente imposible pensar en una socialización total cuando tan diferente es, aun dentro de un mismo país, el grado de concentración de las industrias, el perfeccionamiento de su utillaje y la aptitud gestora de los grupos.

El Gobierno bolchevique ha pretendido, en cambio, extender la socialización a toda la economía de la Rusia europea, y con su método se ha evidenciado cómo si con él se puede desmontar una economía, no se puede, en cambio, llegar a un nuevo régimen de producción. La economía rusa se encuentra en un colapso profundo. Que a ello ha contribuido el bloqueo no es dudoso; pero quizá más grave que éste ha sido para la Revolución el boicot de los campos y aldeas a las ciudades, la desorganización interior de las fábricas, la caída de la productibilidad del trabajo y la ruina del órgano ferroviario.

Para vencer estos obstáculos es indispensable hoy a Rusia la ayuda de los pueblos industriales, que la pueden proveer de instrumental; mas he aquí un fenómeno de interdependencia de las economías que será a su vez insuperable para todo maximalismo. La gran industria europea se ha ido formando a base de que persista si no la subordinación a ella de los países en que abundan las materias primas, al menos la seguridad de poderse abastecer en ellos. ¿Qué sería de la industria textil inglesa si no le enviasen la India, Egipto y Australia sus algodones y lanas? ¿qué sería asimismo de nuestra zona fabril catalana a los dos meses de suspenderse el envío de primeras materias? La causa fundamental de la agonía de Petrogrado reside en ese elemento trágico que se cierne hoy sobre las grandes ciudades industriales. Petrogrado se hizo ciudad fabril pensando en que por el Báltico y líneas férreas del Sur recibiría los medios para alimentar sus fábricas y población; pero cuando aquél se cerró para él y las líneas se descompusieron, Petrogrado principió a languidecer de hambre, y eso mismo acontece con la admirable industria textil de Moscú y la población de ésta.

¡Cómo pensar, pues, en una política maximalista! Inglaterra tiene un déficit alimenticio que ha llegado a elevarse a algunos artículos de primera necesidad, por ejemplo, la carne, al 45 por 100, y en otros, como los granos, al 80 por 100. ¿Puede ni por un momento pensarse -con la claridad que ha arrojado sobre éstas cuestiones el caso de Rusia- en que establecidos en el Poder los laboristas desarrollen una táctica que paralice la economía inglesa porque concite contra Inglaterra la abierta hostilidad de los pueblos que la provisionan o le consumen? ¡Qué tacto en tales condiciones no habrá de ser el que necesiten los laboristas a fin de que órganos tan centrales de su economía como la marina mercante no se descompongan! ¡Cómo una economía de exportación va a adoptar métodos que la ahoguen! ¡Cómo Suiza o Italia, sin carbón ni otras materias primas, van a comprometer su vida industrial! No será ciertamente Alemania la que, dada su contextura económica, se arriesgue a una política de ese orden. Las industrias se han localizado en el viejo mundo de un modo tal, que este fenómeno, el de la localización de las industrias; habrá de influir en toda orientación consciente de la táctica de las fuerzas sociales.

Más lo que con tales argumentos se demuestra, dirá alguien, es la necesidad de una coordinación en la acción internacional. Evidentemente, esta acción internacional es un supuesto de todo gran movimiento social; pero no puede significar que el movimiento se haga al propio tiempo y del mismo modo, ya que el desenvolvimiento industrial y la estructura de las capas sociales es muy diferente. Entre Francia, llena de matices en sus clases sociales, matices nacidos de los contactos que tienen grandes masas del pueblo con el capitalismo financiero, y España, hay una diferencia profunda que afectará indefectiblemente a la política socialista; entre Alemania o Inglaterra y los países agrarios no cabe una marcha acompasada hacia el Socialismo.

El estudio del gran hecho ruso muestra que el maximalismo, si bien es una fórmula sumamente fácil de entender, es una doctrina imposible económicamente de practicar. Difícilmente podría hallarse un pueblo en mejores condiciones de independencia económica que Rusia, dada su enorme riqueza en materias primas y la concentración poderosa de la industria metalúrgica y textil, para hacer un ensayo maximalista. Ya hemos dicho que, según, Lenin, la debilidad general industrial del país no era óbice para acometer la obra de socialización; y sin embargo, no antes, en que todavía se vivía de las acumulaciones existentes, sino ahora, en que se hace más y más apremiante salvar de la pobreza al país levantando de nuevo el órgano de la producción, es cuando se ve el gravísimo error cometido[62].

Lenin nos decía, y nadie con responsabilidad nos lo negaba, que Rusia no podría por sí misma salir de la postración económica en que se hallaba; ahora bien: las acumulaciones en oro al hacerse cargo del Poder los comunistas, embargar la caja de los Bancos y requisar las joyas y objetos de lujo, se evaluaban en 800 millones de rublos aproximadamente; pero estos fondos han sufrido mermas de importancia grande, y Rusia necesita hoy hallar un medio inmediato con que pagar a los otros pueblos lo que, con apremio cada vez mayor, necesita de ellos. Sólo los pedidos que hemos oído decir en Rusia se han hecho a los Estados Unidos suponen más de lo que representa su stock oro. El dinero papel carece de valor; las acumulaciones de géneros son insignificantes, y por estas razones le ha sido preciso llegar a concesiones de tipo esencialmente capitalista, en que aquéllas adquieren un carácter bilateral.[63]

¿Y van a acudir los capitalistas, sin garantías? Todas las noticias son que el capital mundial está retraído, y para animarle a que pacte, la necesidad va empujando a la economía rusa a una evolución rápida, que quizá sólo pueda detenerse cuando la estructura política de aquel país sea de tal naturaleza que ofrezca seguridades al crédito. Rusia no puede aguardar; a mayor hundimiento de la propia economía, mas necesidad de ayuda de la ajena; pero esto exige el encontrar medios de pago, y de ahí la propuesta de concesiones a empresas extranjeras mediante elevadas sumas, pagaderas de una vez o por canon anual.

¡Levantar del suelo una economía sin contar con el hombre! ¡Creer posible socializar la producción sin tener la adhesión de quienes habían de producir, ¡sin contar con su vocación para esta obra! ¡Pensar en la eficacia de la coacción y del régimen militar, que es el símbolo de la irrespetuosidad al hombre, por lo mismo que es el mandato exterior indiscutible! He ahí las viejas normas del regalismo administrativo. ¿Y podían ser éstas las adecuadas para traducir en realidad el Socialismo, que es un ideal de superación de lo actual, heredero de las esencias más nobles del humanismo y de las cuales aspira a hacer participe a todos los hombres? Hoy Rusia llama al hombre y todo lo fía en él; ¡ella, que lo desdeñó![64]

La sed de lo absoluto, que es el hogar metafísico de la Historia, está siempre acechando momentos propicios para revelarse. Hay pueblos en que ésta predisposición para amar lo absoluto se traduce además en un desdén para lo concreto; ésos son los pueblos maximalistas por temperamento: pueblos que aman el fin porque anhelan el reposo, el nirvana; son los que creen que la meta de la Historia es alcanzable; los que piensan en la redención como en los días que siguieron a la muerte del Cristo y en la época de los milenarios: en la redención como un acto y no como una dirección vital.

Se rechaza en nombre de ese maximalismo el nacimiento de todo lo que no sea traído por la Revolución. Evidentemente, hay varios modos de concebir la acción revolucionaria: uno, el que practican en estos últimos tiempos los pueblos más capacitados de Europa: se trata de una fuerte presión para alcanzar una serie de objetivos concretos que se renuevan de continuo y en que el desencadenamiento de la violencia es ocasional y solo surge cuando así lo exigen la favorable situación económica, la disposición moral de las masas y la resistencia porfiada y arbitraria del Poder. Esta es la táctica de expropiación y control, que sólo ahora comienza a iniciarse, táctica infinitamente más compleja que la hasta ahora seguida -mera táctica del salario- y más eficaz que la táctica que concibe la acción revolucionaria como un acto de catástrofe. Alemania e Italia, Austria, Luxemburgo o Noruega han creado, inspirándose en esa táctica, sus Consejos de fábrica, no con posterioridad a la conquista del Poder, sino en la marcha hacia él, esto es, previo un proceso de madurez interior del proletariado.

Qué éstas son meras reformas, ¡qué duda cabe! Pero estas reformas son absolutamente imposibles de rehuir; ¿es que se debe a meras circunstancias fortuitas la persistencia con que se repiten las peticiones, aun de los partidos comunistas, tanto en Francia como en Italia o Alemania? No; es que los objetivos concretos son resultados inevitables de la situación de la economía y de las masas en un momento dado. Lo que sí se debe procurar -y la sacudida rusa ha sido un estímulo poderoso para despertar la conciencia de esta necesidad- es que se forme en el pueblo una clara visión de ideales, a fin de que al llegar a las lindes de lo conquistado en un momento de abnegación y lucha, en lugar de sentirse satisfecho, se avive en él la sed del esfuerzo.

Pero mediante las reformas, se dice, dejáis subsistente la organización actual, labráis en terreno corrompido. ¿Es que hay modo de salirse de la Historia? Cuanto se haga, se hace en ella, dentro de ella, con sus elementos, con la mentalidad de los hombres dc la época y cogidos por el hoy. ¡Es inevitable! El ideal tropieza en su marcha hacia el mañana con sus propias creaciones, las cuales, una vez creadas, viven en parte de un modo sustantivo y con independencia relativa de la conciencia histórica que las creara; y de aquí surge un elemento dramático en la historia de la cultura, del que no hay modo de desasirse; es el choque entre la espiritualidad de ayer y la de mañana. ¡Romper con la Historia! Es el deseo profundo y eterno de todas las individualidades ávidas de bien con avidez juvenil; es la aspiración a liquidar las injusticias que se han ido acumulando en el transcurso de los siglos: ese

deseo es fuente de acciones purificadoras; pero jamás puede extinguirse, porque nunca se realiza plenamente y nunca, por tanto, agota su misión.

Rusia no ha podido, no, romper con la Historia, y al realizar su  Revolución, llena de grandeza y nobles afanes, ha disuelto los restos feudales que en ella existían, como lo hicieron antaño los demás pueblos: ha continuado el desenvolvimiento de la propiedad individual agraria, que ya estaba iniciado, y si ha intentado montar un nuevo régimen de producción y distribución sin la ayuda de quienes se hallaban al frente de estas funciones, esto es, rompiendo parcialmente con el elemento subjetivo director, cada día lo llama con acentos más comprometedores.

La Historia, a la cual no hay modo de expulsarla, es el motivo fundamental de que la Revolución Rusa se repliegue con rapidez; pero el potente ideal ruso hace esperar que este pueblo sabrá deshacerse más o menos prontamente del peso muerto que hay en su revolución; y al irse filtrando en el mundo -como ha comenzado ya a acontecer- el elemento positivo que lleva aquélla consigo, los individuos y los pueblos comprenderán toda la gratitud que le deben por haber sido Rusia, más o menos acertadamente, un pueblo que ha encendido en un momento dado la Historia y se ha ofrendado heroicamente a un ideal.

La propia tragedia que acompaña a la gran Revolución, si se la inserta en la dialéctica de la Historia, si se la valora con un criterio de justicia histórica, y ello es otro punto de vista necesario de adoptar, entonces se la reconocerá como la voz del Dios vengador, como la acción, igual y antitética, con la cual vengan los martirios sufridos en su alma y en su carne los humildes; y también con ello Rusia da un aldabonazo en la conciencia adormecida de nuestra edad. La plebe de levita, la plebe hedonista, que está corrompiendo al mundo, gracias al régimen capitalista, no ha vacilado en provocar, aun en momentos de angustia histórica -como la guerra mundial-, un hervor de ideales, a fin de aprovecharse de ellos de un modo siniestro. Sobre el dolor histórico cimentan lo que les asegura la orgía; no se acercan a los templos aquellos a que nos referimos como creyentes ni como fieles; les falta la exaltación pura y espiritual para lo uno y para lo otro; penetran para conseguir con sus dispendios convertirlos en sostenedores de la sociedad que ellos emponzoñan; mediante su presión van consiguiendo dejar vacías de religiosidad a las religiones, Y lo que lograron en este campo consíguenlo aún más fácilmente del mundo político; hiciéronse sacerdotes de ideales nobilísimos como los de Libertad y Democracia no para servirlos y honrarlos, sino para poderlos desvirtuar, convertirlos en meras negaciones y sembrar merced a ello la incredulidad; vieron con sagacidad que en un ambiente de fe deprimida y de epicureismo el reino de la Historia sería de ellos…

Hoy Rusia niega lo que han convertido los poderes en meras formas, niega la negación, lo que representaban, externa y falsamente, pero habían dicho simbolizar, los enemigos históricos del nuevo ideal. Tras estos días infecundos de fe en las negociaciones llegarán días luminosos en que se iniciará una epifanía, y el mundo tenderá civilmente su alma con anhelo hacia el principio eterno que Kant llamara “el hombre como fin en sí”; recogerá “La declaración de derechos del trabajador” con igual amor que la que afirma “los del hombre”, y en su virtud se orientará en un socialismo que corresponda a su interna finalidad: la comunidad de hombres libres en una sociedad económicamente disciplinada.


Apéndices

Apéndice I – Decreto sobre Concesiones*

El Consejo de los Comisarios del Pueblo se planteó, ha más de un año, la cuestión práctica concerniente al llamamiento de fuerzas técnicas y medios materiales de los países industrialmente más avanzados, con el doble fin de restaurar a Rusia como una de las grandes productoras de materias primas para el mercado mundial y desenvolver su industria, quebrantada con la guerra mundial.

Aunque el Gobierno de los Soviets se ha visto compelido en el transcurso de estos tres años a sostener una lucha armada contra sus enemigos, ha logrado, sin embargo, resultados importantes en la obra de reedificar su industria arruinada. Más este proceso de restauración de las fuerzas productivas de Rusia y, consecuentemente, de toda la economía mundial, puede acelerarse por modo considerable atrayendo a las naciones extranjeras, instituciones municipales, empresas privadas, sociedades anónimas, cooperativas y organizaciones obreras de otros países, a los fines de extraer y transformar las riquezas naturales dc Rusia.

La carencia de primeras materias, unido a la abundancia de capitales disponibles en algunos países de Europa, y especialmente en los Estados Unidos de América, han impelido a los capitalistas extranjeros a hacernos proposiciones concretas para explotar las riquezas naturales de la Rusia de los Soviets en ciertas condiciones.

Se nos han presentado ahora una serie de peticiones a fin de que se autorice la explotación de bosques y vastas zonas de tierras de cultivo, implantando en éstas la utilización del tractor, y para organizar algunas industrias.

Con el propósito de dar amplia aplicación a estos medios, conducentes a restaurar y desarrollar las fuerzas productoras de la República y del mundo, el Consejo de los Comisarios del Pueblo ha decidido hacer públicas las siguientes condiciones económicas y jurídicas de las concesiones, y enumerar lo que puede ser objeto de las concesiones que se hagan a las Compañías y organizaciones industriales extranjeras que tengan solidez y merezcan confianza:

El concesionario será remunerado con una cuarta parte de los productos de la explotación, que se determinará en el contrato y que tendrá derecho a exportar al extranjero.

En el caso en que se introduzcan por el concesionario, en vasta escala, grandes perfeccionamientos técnicos, se le concederán privilegios comerciales (como contratos especiales de grandes pedidos, abastecimiento de máquinas, etc.).

De conformidad con la naturaleza y condiciones de la concesión, se garantizará al concesionario un largo plazo para compensarle de riesgos y amortizar los medios técnicos empleados por él.

El Gobierno de los Soviets garantiza que las inversiones del concesionario en las concesiones no estarán afectadas a ninguna clase de nacionalización, confiscación ni requisa.

Se garantiza al concesionario el derecho a contratar trabajadores y empleados para sus empresas en el territorio de la Republica de los Soviets, a condición de que observen las leyes de la Republica sobre el trabajo, o un contrato especial en el que se garantice a los obreros y empleados determinadas condiciones, por virtud de las cuales queden protegidas su vida y salud.

El Gobierno de los Soviets garantiza al concesionario que no se modificarán unilateralmente por actos y decretos del Gobierno las condiciones de la concesión.

  1. ULIANOV (LENIN)

Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo

Moscú, Kremlin, 23 de noviembre de 1920


Apéndice II – Informe sobre la situación interior y exterior presentado por Lenin el 8 de Marzo de 1921, en nombre del Comite Central del Partido Comunista al X Congreso del Partido Comunista Ruso*

CAMARADAS: La cuestión acerca de la labor política del Comité Central está, como sabéis, tan íntimamente ligada con todo el trabajo del Partido, con las instituciones soviéticas y con la marcha de la Revolución, que no puede ser cuestión de un informe, en el sentido literal de la palabra. Mi tarea, tal como la concibo, consiste en destacar algunos de los acontecimientos más importantes, aquellos que, a mi juicio, representan como las articulaciones de nuestro trabajo y de la política socialista en el curso de este año; lo que ha sido más característico, lo que fue objeto principal de reflexión sobre la marcha de nuestra Revolución, sobre la importancia de las faltas cometidas (sin que haya habido mal en ello), y sobre las enseñanzas que de aquí pueden sacarse para el porvenir. Aunque sea natural hacer un informe del año transcurrido; aunque sea obligatorio para el Comité Central, e interesante en sí mismo para el Partido, los problemas de la lucha a plantear son tan urgentes, tan penosos, tan difíciles, gravitan de tal modo con todo su peso sobre nosotros, que involuntariamente nuestra atención se dirige a sacar de los acontecimientos pasados las conclusiones que se imponen, y a resolver del mejor modo los problemas de hoy y los de mañana.

Paso de la guerra a la paz

La primera de las cuestiones fundamentales que se presentan este año a nuestra atención, y a propósito de la cual se han cometido, a mi juicio, la mayoría de las faltas, es el paso de la guerra a la paz. Todos vosotros, sin duda, o por lo menos la mayoría de vosotros, os acordáis que hemos efectuado este paso muchas veces ya, en el curso de estos tres años y medio, pero que no lo hemos logrado una sola vez, y probablemente no lo conseguiremos ahora tampoco, pues los intereses vitales, harto profundos, del capitalismo internacional están aquí para poner obstáculos a este paso. Recuerdo que hace tres años, en abril de 1918, tuve ocasión de hablar al Comité Central Ejecutivo Panruso de los problemas que se planteaban; se decía entonces que la fuerza de la guerra civil había terminado, cuando en realidad no había hecho mas que comenzar. Os acordáis que en el Congreso anterior del partido basamos nuestros cálculos sobre este transito a la creación pacífica, porque supusimos que las enormes concesiones que hacíamos a Polonia nos garantizaba la paz. Pero precisamente en este mes de abril comenzó la ofensiva de la burguesía polaca, que, de igual suerte que los imperialistas de los países capitalistas, interpretó nuestra voluntad pacifista como debilidad; y lo ha pagado caro, porque ha obtenido una paz más desventajosa. Mas nosotros no hemos podido comenzar la obra de creación pacífica, y hemos necesitado concentrar de nuevo nuestra atención en la guerra contra Polonia, y en seguida en la liquidación de Wrangel. Tal fue lo esencial de nuestro trabajo durante el año transcurrido. Una vez más debimos consagrarnos a las cuestiones militares. Llegamos al paso de la guerra a la paz: habíamos podido conseguir que no quedase ni un soldado enemigo en el territorio de la R.S.F.S.R. Pero aquel tránsito ha ocasionado quebrantamientos que estábamos muy lejos de prever. En esto radica, evidentemente, una de las causas principales de las faltas, de los errores de nuestra política de este año, errores que actualmente sufrimos.

Las dificultades de la desmovilización

La desmovilización del ejército, que fue necesario ejecutar en un país agotado, donde un solo transporte de tropas en el estado actual de nuestros caminos de hierro crea dificultades inauditas, a las cuales se añadían el hambre, causada por la mala cosecha y la falta de combustible, está desmovilización, nos ha colocado ante problemas que, como vemos, esta aun bien lejos de haberse resuelto. Sobre ellos influyen los efectos de la crisis económica, social y política. He tenido ocasión de decir, a fines del año pasado, que una de las principales dificultades de la primavera sería la desmovilización del ejército. Lo he expuesto especialmente el 30 de diciembre, después de una gran discusión a la cual asististeis probablemente la mayor parte de vosotros. Debo decir que entonces no nos formábamos sino una vaga idea de estas dificultades; que no veíamos que además de las dificultades técnicas se manifestarían en el curso de la desmovilización todas las calamidades que habían destrozado al país durante la guerra imperialista y durante la guerra civil. Durante muchos anos el país ha concentrado sus esfuerzos exclusivamente sobre las cuestiones militares y ha consagrado a ellas sus últimos recursos; y sólo al final de la guerra es cuando nos hemos dado cuenta de estas ruinas y miserias, que nos condenan por mucho tiempo a ocuparnos únicamente de la curación de nuestras heridas. Las dificultades técnicas de la desmovilización del ejército revelan la gravedad de las devastaciones, de las cuales se deriva toda una serie de crisis inevitables de un carácter económico y social.

La falta del Comité Central no ha consistido, ciertamente, en no haber sabido medir la extensión de estas dificultades. Evidentemente, es preciso confesar que no había jalones para estas medidas, porque la guerra civil era tan dura que la única regla era: “Todo para la victoria sobre el frente de la guerra civil”. Siguiendo esta regla, y gracias a los esfuerzos inauditos del ejército rojo contra Koltchak, Yudenitch y otros, hemos podido obtener la victoria sobre los imperialistas que habían invadido Rusia.

Errores de cálculo

De este hecho capital, que ha llevado consigo una serie de faltas y ha agravado la crisis, quisiera pasar a este otro hecho: en el trabajo del Partido se han cometido inconsecuencias mas o menos graves, errores de cálculo y faltas de plan. Veamos los efectos en lo que concierne a dominios tan diferentes como nuestra guerra polaca, la cuestión del avituallamiento y la del combustible.

En nuestra ofensiva, en nuestro avance demasiado rápido hasta las puertas de Varsovia, es cierto que se ha cometido tan grave error. ¿Es un error estratégico o más bien un error político? No voy a examinarlo, porque esto me llevaría demasiado lejos. Creo que esto será objeto de los historiadores futuros; pero los que deben continuar una lucha penosa contra todos sus enemigos no tienen tiempo de entregarse a investigaciones históricas. De cualquier modo que sea, el error es evidente, y proviene de haber sobreestimado nuestra fuerza. Es difícil saber si nuestro error de cálculo resulta de las condiciones económicas o del hecho de que esta guerra ha despertado sentimientos patrióticos entre los elementos pequeños burgueses hostiles al comunismo y a la dictadura del proletariado. Pero lo cierto es que en esta guerra polaca hemos cometido un error evidente.

En la esfera del avituallamiento vemos un error análogo. Este año había sido mejor que el anterior. Se había recogido alrededor de 250 millones de pudds de trigo. En 1 de febrero se tenía un total de 235 millones de pudds, cuando en todo el año anterior la cifra no se elevó más que a 210. Y, sin embargo, ocurrió que de estos 235 millones recogidos en 1º de febrero gastamos durante el primer semestre unos 155 millones, es decir, 25 millones por término medio, y aun más, por mes. Es preciso confesar que no hemos sabido repartir igualmente nuestros recursos, a pesar de ser superiores a los del año anterior. No supimos prever los peligros de la crisis que nos esperaba en la primavera y nos dejamos llevar a aumentar la ración de los obreros hambrientos.

En esto también, es preciso decirlo, carecíamos de base para nuestros cálculos. En todos los países capitalistas, a pesar de la anarquía y el caos inherentes al capitalismo, la base del plan económico es una experiencia de decenas de años, experiencia que puede servir para todos los Estados capitalistas, puesto que tienen el mismo régimen económico y no difieren más que en los detalles. Esta comparación puede conducir a una ley verdaderamente científica, a un cierto método, a una cierta regularidad. No teníamos nada semejante para nuestros cálculos, y es muy natural que, cuando al fin de la guerra, tuvimos la posibilidad de dar un poco más a la población hambrienta, no hayamos sabido guardar la justa medida. Es claro que hubiésemos debido limitar el aumento de las raciones y constituir así un cierto fondo de reserva para los días malos, que habían de venir en la primavera, y que han llegado. No lo hemos hecho. Es una falta, y una de esas faltas particulares a todo nuestro trabajo, que muestra que el tránsito de la guerra a la paz presentaba una serie de problemas y de dificultades para cuya resolución no teníamos ni la experiencia, ni la preparación, ni los materiales necesarios. De aquí procede la extrema agravación de la crisis.

Respecto al combustible ha ocurrido algo análogo. Ésta es una cuestión fundamental para la vida económica. Todo el tránsito de la guerra a la paz y a la creación económica de que hemos hablado en el anterior Congreso del Partido, y que ha constituido el fondo de nuestra política durante el año transcurrido, no podía menos de basarse sobre la justa estimación de la producción de combustible y su reparto equitativo.

Sin esto es imposible triunfar de los obstáculos y levantar la industria. Es indudable que estamos en ese sentido en condiciones mejores que el año pasado. Entonces nos encontrábamos aislados de los centros mineros y petrolíferos. Después de las victorias del Ejército rojo hemos recibido carbón y nafta. Nuestros recursos en combustible han aumentado. Sabíamos que estos recursos eran mayores en el nuevo año que antes, y partiendo de aquí hemos cometido un error al arriesgarnos enseguida a un desarrollo de nuestras empresas, que ha devorado estos recursos, y nos hemos encontrado frente a una crisis de combustible antes de haber podido ponerlo todo en marcha.

Sobre estas cuestiones se os darán indicaciones especiales. En todo caso, instruidos por la experiencia pasada, debemos decir que nuestro error proviene de nuestra falsa estimación de la situación y de haber pasado demasiado rápidamente de la guerra a la paz. El hecho es que este pago exige un lapso de tiempo mucho mayor de lo que creíamos; requiere una preparación mucho más larga, un ritmo más lento; tal es la lección que este año nos ha dado, lección que el partido debe meditar si quiere definir cuales han de ser nuestras tareas fundamentales para este año y evitar faltas semejantes para el porvenir.

Es preciso añadir además que las consecuencias de estas faltas han sido agravadas por la mala cosecha. Así como he dicho que los servicios de aprovisionamiento nos han dado mucho más que antes, es preciso decir también que en esto residía una de las causas esenciales de la crisis, porque por la mala cosecha, por falta de forraje, la destrucción del ganado y la mina de las explotaciones campesinas el centro de las regiones productoras se encontraba con que los excedentes de trigo en aquéllas eran muy débiles. Estos excedentes eran más elevados en las Repúblicas de la periferia, en Siberia, en el Cáucaso del Norte; pero allí precisamente el poder de los Soviets era menos fuerte y los transportes eran más difíciles. Hemos tenido que hacer un llamamiento a los Gobiernos más castigados por la mala cosecha, y la crisis agrícola se ha agudizado más.

También en esto hemos cometido errores de cálculo. Pero estábamos, por otra parte, en una situación tan difícil, que no había opción. Un país que después de la guerra imperialista ha sufrido varios años de guerra civil no podía existir ni consagrar todas sus fuerzas al frente sin tomar su excedente al campesino, sin darle siquiera alguna compensación.

Ello era necesario para salvar el país, el ejercito y el Poder de los obreros y de los campesinos. Hemos dicho a éstos: “Evidentemente, dais vuestro trigo a crédito al Estado obrero y campesino; pero es que no podréis salvar de otro modo vuestro poder de los propietarios territoriales y de los capitalistas”. No podemos obrar de otro modo, dadas las condiciones en que nos han colocado los capitalistas e imperialistas con sus guerras. Estas condiciones han tenido por resultado el que las explotaciones aldeanas, después de una guerra tan prolongada, se encontrasen debilitadas y haya sido fatal una mala recolección por haber disminuido la superficie sembrada por el mal estado del material, la disminución del rendimiento, falta de brazos, etcétera.

La recolección ha sido extremadamente mala, si bien mejor de lo que esperábamos. La incautación de los excedentes ha coincidido con esta agravación de la crisis, la cual tal vez nos traiga aun mayores miserias y dificultades para los meses venideros. Es preciso tener en cuenta esta circunstancia cuando se analiza nuestra conducta política pasada y los problemas que se plantean para el nuevo año. Además, el que ha transcurrido entrega al que cierra las mismas cuestiones apremiantes.

La discusión del papel sobre los Sindicatos

Voy a pasar ahora a otro punto, que es de un orden completamente distinto: la discusión sobre los Sindicatos, que ha ocupado tanto tiempo al Partido. A mi juicio esto es completamente inadmisible, y al permitir una discusión semejante hemos cometido, sin duda, un error. De este modo hemos puesto en primer plano una cuestión que, por razones objetivas, no podrá ocuparlo, y nos hemos engañado, sin darnos cuenta de que apartábamos nuestra atención de cuestiones efectivas y amenazadoras que estaban próximas a nosotros.

¿Cuáles son, en efecto, los resultados reales de esta discusión? Se os darán referencias especiales sobre esto; pero quisiera atraer vuestra atención en este momento sobre un aspecto del asunto que justifica el proverbio: “En algunas cosas la desgracia es buena”. Sin embargo, ha ocasionado mucho mal y poco bien. Lo bueno ha sido que perdiendo tiempo y apartando la atención de los camaradas del Partido, de la lucha esencial contra los pequeños burgueses que nos rodean, hemos aprendido a discernir ciertas relaciones que no veíamos antes.

Aunque sabíamos que no podemos, en cuanto Partido director, fundir los órganos superiores del Partido con los de los Soviets (lo han estado y lo estarán aun), el Partido ha sacado de esta discusión una lección que es preciso meditar. Ha dado prueba de madurez.

Viendo una cierta marejada entre los directores del Partido; viendo que éstos decían: “No estamos de acuerdo, separadnos”, se ha movilizado muy rápidamente, y la enorme mayoría de los centros del Partido nos han contestado: “Tenemos una opinión y os la diremos”. En ésta discusión hemos tenido una larga serie de tesis. Había tantas, que creo no haber llegado a leerlas todas, aunque esté obligado a ello  por mi función. (Risas.) No sé si todos los miembros presentes han tenido ocio bastante para leerlas; pero de todos modos es preciso decir que la tendencia sindicalista, y hasta cierto punto semianarquista, que se ha revelado proporciona muchos motivos de reflexión. En tanto nos abandonábamos al estudio de los matices diferenciales del pensamiento, la crisis económica se agravaba. Esta discusión nos ha permitido comprender que nuestro Partido, que tiene más de medio millón de miembros, ha advenido, primero, un partido de masas, y segundo, un partido gubernamental. En calidad de partido de masas es, en parte, el eco de lo que pasa fuera de sus filas. Este es un punto muy importante. La débil tendencia sindicalista y semianarquista no sería muy terrible por sí misma, y el Partido pronto la hubiese reconocido y corregido. Pero si a ello se une el hecho de la preponderancia gigantesca del elemento campesino en el país, entonces no tenemos tiempo de discutir tendencias teóricas y debemos decir netamente en este Congreso: “No toleramos luchas de tendencia; debemos terminar con ellas”. El Congreso del Partido puede y debe decir esto. Debe sacar de todo ello la lección que se impone, y el informe político del Comité Central debe transformar tal resolución en obligación para el Partido, en ley.

La discusión en las condiciones actuales sería peligrosa en grado sumo. Cuando hace algunos meses decía yo: “Cuidado, hay ahí una amenaza a la hegemonía y a la dictadura de la clase obrera”, ciertos compañeros decían: “Es un proceder de intimidación; Lenin nos aterroriza”. He oído muchas veces que yo quería aterrorizar, y he contestado que sería ridículo por mi parte aterrorizar a viejos revolucionarios que han conocido toda clase de pruebas. Pero cuando veis ahora desarrollarse las dificultades de la situación, veis que es incontestable que no se trataba en modo alguno de aterrorizar, sino de indicar exactamente lo que iba a venir, y que hacia falta cohesión, continencia, disciplina entre nosotros, no sólo porque sin ello el partido proletario no puede trabajar de acuerdo, sino porque la primavera ha traído y traerá consigo dificultades que no podremos vencer más que con un máximo de disciplina en nuestras filas. Tales son las lecciones esenciales que sabremos sacar, espero, de la discusión.

Si hemos mostrado al mundo el cuadro extraordinario de un partido que a pesar de las dificultades extremas de una lucha desesperada dedica atención inaudita a detalles de exposición de tesis, hemos también sacado de aquí una conclusión política concerniente a las relaciones entre las clases, entre los obreros y los campesinos, en las condiciones de hambre y de crisis, de desorganización y desmovilización en que nos encontramos. Estas relaciones no son como pensábamos; exigen del proletariado una cohesión y una concentración de fuerzas infinitamente más grandes. Bajo el régimen de la dictadura del proletariado son un peligro cien veces mayor que Denikin, Koltchak y Yudenitch, todos juntos. Es preciso que no se equivoque nadie, porque el error en esto será fatal. Las dificultades que proceden de tales elementos de pequeña burguesía son muy grandes, y para vencerlas es preciso mas cohesión: es preciso una unidad real y no formal en el trabajo, es preciso una sola voluntad, porque no es sino con esta voluntad como el proletariado puede realizar en un país campesino la obra gigantesca de su dictadura.

La revolución mundial

 

Los socorros de los países occidentales llegan a nosotros. No tan pronto como quisiéramos, pero vienen y aumentan. En la sesión de la mañana he mostrado que uno de los principales factores del período transcurrido (y esto está también en relación estrecha con la actividad del Comité Central) es la organización del II Congreso de la Internacional Comunista. Es cierto que la Revolución Internacional ha dado hoy, con relación al año pasado, un gran paso hacia delante. La Internacional Comunista, que después del ultimo Congreso no existía sino en forma de proclamaciones, existe ahora como partido independiente en cada país; y no solamente es el partido de vanguardia, sino que el comunismo se ha convertido en la cuestión central de todo el movimiento obrero. En Alemania, en Francia, en Italia, la Internacional Comunista ha advenido no el centro del movimiento obrero, sino el de toda la vida política de estos países. No se podía coger este otoño un solo periódico alemán o francés sin encontrar en él algún artículo sobre Moscú y los bolcheviques, sin encontrar en él toda clase de epítetos dirigidos a nosotros, sin que las 21 condiciones de adhesión a la III Internacional fueran tratadas como la cuestión esencial de toda su vida política. Ésta es nuestra conquista, y nadie puede disputárnosla. La Revolución internacional aumenta, y paralelamente se acentúa en Europa la crisis económica.

En todo caso, si deducimos de aquí que el socorro vendrá tras breve espera, bajo la forma de una sólida Revolución proletaria, seríamos, sencillamente, unos insensatos; y yo no creo que haya insensatos en esta sala. Durante estos tres años hemos aprendido a comprender que fiar en la Revolución internacional no significa contar con ella en un plazo determinado, y que el ritmo de los acontecimientos, cada vez más rápido, puede traer consigo la Revolución en la primavera, pero puede también no traerla.

Y he aquí por que debemos saber adaptar nuestra acción a la relación de clases, así en nuestro país como en los demás; de manera que nos encontramos en estado de mantener durante tiempo prolongado la dictadura del proletariado y vencer progresivamente las calamidades y crisis que se precipiten sobre nosotros. Tal es la única manera justa y razonable de plantear la cuestión.

Las relaciones con el extranjero

Llego ahora a un punto que toca muy de cerca a los problemas que tenemos que resolver. Es la cuestión de nuestras relaciones con el extranjero.

Antes del X Congreso del Partido nuestra atención y nuestros esfuerzos se encaminaban a obtener el tránsito del estado de guerra al de relaciones pacíficas y comerciales con los países capitalistas. Hemos dado para conseguirlo toda clase de pasos diplomáticos, y hemos vencido a excelentes diplomáticos. Cuando, por ejemplo, los representantes de América o de la Liga de las Naciones nos han propuesto que cesasen, con ciertas condiciones, las hostilidades contra Denikin y Koltchak, creían colocarnos en una situación difícil. En realidad, son ellos los que se han colocado en ella y nosotros los que hemos alcanzado una gran victoria diplomática. Se han visto obligados a retirar sus condiciones, y el hecho fue revelado en la literatura diplomática y en la prensa del mundo entero. Pero es demasiado poco para nosotros contentarnos con una victoria diplomática. Necesitamos relaciones económicas efectivas, y no solamente victorias de aquel linaje. Sin embargo, hasta este año no han comenzado las relaciones económicas a desarrollarse un poco. Se ha planteado la cuestión de las relaciones con Inglaterra.

La guerra con Polonia nos ha obligado en este sentido a un retroceso, Inglaterra estaba muy dispuesta a firmar el Tratado comercial. La burguesía inglesa lo deseaba; pero los círculos que rodean a la Corte no lo apetecían. La guerra con Polonia dio a luz el acuerdo, y el problema no se ha resuelto hasta ahora[65]. La cuestión de las concesiones es muy compleja. Este año ha sido discutida más que nunca. El 23 de noviembre fue publicado el decreto del Consejo de Comisarios del Pueblo, que planteó la cuestión en la forma más aceptable para los capitalistas extranjeros. Cuando en el interior del Partido surgieron errores sobre esta cuestión, se celebraron una serie de reuniones de trabajadores responsables que la discutieron. En general no provoco discusiones, aun cuando no hubiese habido perjuicio en las protestas de los obreros y de los campesinos. Se decía: “Parece que se ha echado a nuestros propios capitalistas y ahora se quiere llamar a los capitalistas extranjeros”. En qué medida eran infundadas estas protestas, en qué medida eran eco de los Kulaks o del elemento capitalista de los “sin partido”, que estiman que tienen derecho a ser capitalistas en Rusia, y con esto a tener el Poder, y no quieren que se haga un llamamiento al capital extranjero ni al Poder; en qué medida uno u otro factor han desempeñado el papel esencial, no tiene datos precisos sobre ello el Comité Central y es dudoso que haya en el mundo una estadística que pueda resolver tal cuestión. En todo caso, el decreto nos ha hecho avanzar en el camino de las concesiones. El Comité Central, en su mayoría, ha sido partidario de la necesidad de éstas, y es el punto de vista que os pediremos confirméis con vuestra autoridad. Estas concesiones son necesarias, porque no podremos volver a levantar nuestra economía arruinada, con nuestras propias fuerzas, sin el material y la ayuda técnica del extranjero. La mera importación del material no basta. Se pueden hacer concesiones sobre bases aun más amplias para asegurarse el rescate de un material que será la última palabra de la técnica. Así podremos volver a atraer, aun cuando fuesen pocos (aun cuando sea en la proporción de un cuarto o de la mitad) a los grandes trusks de los demás países. Sin esto estamos condenados a permanecer en una posición muy difícil; sin una tensión extrema de todas nuestras fuerzas no alcanzaremos jamás al extranjero: nadie puede dudarlo cuando considere con un poco de buen sentido la situación actual. Los pourparlers han comenzado ya con algunos de los mayores trusts internacionales. Se comprende bien que, por su parte, no es que nos presten un simple servicio, sino únicamente que buscan beneficios enormes. El capitalismo contemporáneo no es el antiguo capitalismo del tiempo de paz: saca el ciento por ciento de provecho y explota un monopolio en el mercado mundial. Evidentemente, la cosa nos costara muy cara; pero nos es preciso fortalecer nuestra técnica.

El 1º de febrero de 1921 el Consejo de los Comisarios del Pueblo decidió comprar al extranjero 18.500.000 pudds de carbón, en vista de que ya en ese momento se declaraba la crisis de combustible. Aun nos veremos obligados a hacer más amplias concesiones a fin de comprar objetos de primera necesidad para los campesinos.

Los desórdenes de Cronstadt

Me detendré ahora sobre los sucesos de Cronstadt. No tengo aun las últimas noticias; pero no dudo que esta sublevación, que nos ha mostrado rápidamente la figura bien conocida de los generales blancos, será liquidada pronto. Debemos, sin embargo, sacar de este suceso enseñanzas políticas y económicas.

¿Qué significa? El paso del Poder político de los bolcheviques a un conglomerado informe o a una asociación de elementos heteróclitos, que parecen solamente un poco más de derecha que los bolcheviques, o quizá hasta un poco más de izquierda: a tal punto es indefinida la masa de los grupos políticos que han intentado tomar el Poder en Cronstadt. Es evidente, por otra parte, que los generales blancos, lo sabéis todos, han desempeñado un gran papel. El hecho está enteramente probado. Dos semanas antes de los sucesos de Cronstadt, los periódicos de París anunciaban ya la revuelta. Es claro que era el trabajo de los señores y de los guardias blancos del extranjero, y que el movimiento tenía como base un elemento de contrarrevolución, de pequeña burguesía, de anarquismo de pequeños burgueses. Esto es algo nuevo. Este hecho, puesto en contacto con todas las demás crisis, debe atraer nuestra atención y ser analizado de cerca. Aquí ha aparecido un elemento pequeño burgués, democrático, que reclama el comercio libre y protesta contra la dictadura del proletariado. Los elementos sin partido han servido de grada, de escalón, de pasarela a los guardias blancos; políticamente era inevitable.

Hemos encontrado muchas veces el elemento pequeño-burgués y anárquico en la Revolución Rusa, y hemos tenido que luchar durante mucho tiempo contra él. Desde febrero de 1917 lo hemos visto actuar, durante la “Gran Revolución”, y hemos presenciado la tentativa de los partidos pequeño-burgueses declarando que su programa no ofrecía casi ninguna diferencia con el de los bolcheviques; pero que querían realizarlo mediante métodos diferentes. Lo sabemos no sólo por la experiencia de la revolución de octubre, sino por la de las provincias fronterizas del ex imperio ruso donde el Poder de los Soviets ha sido reemplazado por otros. Recordemos el Comité Democrático de Samara. Todos han hecho aparecer divisas de Igualdad, Libertad, de Asamblea Constituyente, y no una vez, sino todas; han sido, finalmente, el puente de que se ha servido el Gobierno de los guardias blancos. La experiencia de Europa ha mostrado como se terminan todas estas tentativas de sentarse entre dos sillas. Debemos considerar con más atención a la contrarrevolución pequeño-burguesa, que reclama la libertad del comercio.

Mejoremos nuestras relaciones con los campesinos

 

Necesitamos comprender que en la crisis actual de la agricultura no podemos nosotros subsistir sino haciendo un llamamiento a la explotación campesina para socorrer las ciudades y los campos. Debemos recordar que la burguesía intenta levantar a los campesinos contra los obreros; levantar contra nosotros al elemento anarquista pequeño-burgués que existe entre los mismos obreros. He aquí las dificultades políticas que exigen del partido director, de los comunistas, de los elementos revolucionarios directores del proletariado, una actitud completamente diferente de la que hemos adoptado el año pasado. Estas dificultades exigen más cohesión, más disciplina, más unidad en el trabajo. Sin esto no llegaremos a vencer.

Enseguida se ponen las cuestiones económicas. ¿Qué es esta libertad del comercio reclamada por el elemento pequeño-burgués? Es la prueba de que en las relaciones entre el proletariado y los pequeños cultivadores subsisten problemas que no hemos resuelto todavía. Quiero hablar de la actitud del proletariado victorioso en relación con los pequeños propietarios, en el momento en que la revolución proletaria se desarrolla en este país, en el cual el proletariado es una minoría y la mayoría es pequeño-burguesa. El papel del proletariado en un país semejante consiste en dirigir a estos pequeños propietarios en el sentido del trabajo colectivo para el interés común. La cosa es cierta en teoría. Hemos dado a este propósito numerosos decretos; pero sabemos que no se trata de decretos, sino de realización práctica. Ahora bien: en la práctica el resultado no es posible si no tenemos una gran industria sumamente poderosa, que pueda proporcionar al pequeño productor beneficios suficientes a hacerle ver que son evidentes las ventajas de esta gran producción.

Así es como la cuestión se ha planteado siempre en teoría por los marxistas y por todos los socialistas que han razonado sobre la Revolución social. Ahora bien: tenemos una particularidad esencialmente propia de Rusia: la existencia no ya de una minoría, sino de una débil minoría de proletariado y en cambio de una enorme mayoría de campesinos. Además, las condiciones en que estamos obligados a defender la Revolución nos ha hecho muy difícil la solución del problema. Prácticamente, no podíamos mostrar las ventajas de la gran producción, puesto que esta gran producción estaba destruida, reducida a vegetar miserablemente, y no podíamos restaurarla sino imponiendo pesados sacrificios a estos mismos pequeños cultivadores. Necesitamos levantar la industria, y para esto nos es indispensable combustible; para satisfacer esta necesidad no podemos contar más que con la madera, y por consiguiente debemos pedírselo todo al campesino y a su caballo. Dada la crisis y dada la falta de forraje y la destrucción del ganado, el campesino debe abrirle crédito al Poder de los Soviets y tener confianza en esta gran industria, de la que por el momento no recibe nada. He aquí el hecho económico que crea enormes dificultades y nos obliga a profundizar más en las condiciones del paso de la guerra a la paz. No podemos mantener nuestra vida económica durante la guerra sino diciendo a los campesinos: “Es preciso dar crédito al Gobierno obrero y campesino, a fin de que pueda salir de su triste situación”. Cuando concentramos nuestra atención sobre la restauración económica debemos saber que tenemos delante de nosotros al pequeño cultivador, al pequeño patrono, al pequeño productor, que trabajaran para el mercado hasta la plena victoria de la gran producción, victoria que no es posible mas que sobre las antiguas bases. Este será asunto de largos años, de diez años por lo menos, y sin duda de mas, dada nuestra miseria. Hasta que llegue este momento, durante largos años deberemos entendernos con los pequeños productores como tales, y está reclamación del comercio libre será inevitable. A pesar del odio de la masa campesina, esta reclamación se extenderá mucho, pues responde a las condiciones económicas de existencia del pequeño productor. Partiendo de aquí, el Comité Central ha tomado la decisión y ha querido abrir la discusión concerniente a la substitución de las levas alimenticias por un impuesto. Hoy ha puesto la cuestión a la orden del día del Congreso, y vosotros lo habéis aprobado con vuestro voto.

El impuesto sobre mercancías

La cuestión del impuesto o de la leva ha sido planteada desde hace mucho tiempo, desde fines de 1918, pero no aplicada. La ley data del 30 de octubre de 1918. Ha ido acompañada durante algunos meses por un cierto número de circulares que nunca han sido puestas en práctica. De otra parte, el tomar a los campesinos su plus era para nosotros una medida que se había hecho necesaria por la guerra, pero que ya no corresponde a las condiciones del estado de paz. El campesino tiene necesidad de saber lo que se le pedirá y aquello de que podrá disponer para su pequeño comercio.

Toda nuestra economía nacional, así en su conjunto como en sus diversas ramas, ha sido afectada por las consecuencias de la guerra. Hemos decidido proponer, pues, reunir una cantidad determinada de animales alimenticios, sin tomar en consideración el resto de las necesidades económicas. Hoy, que no estamos ya obligados por las exigencias militares, comenzamos a considerar de otro modo el impuesto en mercancías: no se trata ya solamente de proveer a las necesidades del Estado, sino también de respetar las de las pequeñas explotaciones agrícolas.

Debemos comprender el aspecto económico de la indignación de los pequeños campesinos con respecto al proletariado, indignación que ha aparecido y que se ha agravado en el curso de la crisis actual. Debemos hacer el máximo en este sentido. Es esencial. Es preciso dar al campesino una cierta libertad de comercio local, cambiar la leva por un impuesto que permita al cultivador organizar su producción conforme a la tasa de este impuesto. Lo sabemos; en las circunstancias actuales es esto de difícil realización. La superficie sembrada, el rendimiento de las cosechas, los medios de producción, todo esto ha disminuido; los excedentes son menores, y en casos muy numerosos no hay ninguno. Es preciso adaptarse a la situación tal como es. Desde el punto de vista del Estado, la situación es muy clara, pero no podemos contar con que el campesino, pequeño propietario empobrecido, pueda comprenderla. Sabemos que no se podía dejar de recurrir a la coacción, coacción contra la cual los campesinos que están en la miseria reaccionan muy vigorosamente. No podemos esperar a que la medida propuesta nos salve de la crisis. Pero nuestro deber es hacer el máximo de concesiones para permitir al pequeño productor desplegar todos sus esfuerzos. Hasta ahora hemos tenido que resolver problemas de guerra. Ahora debemos adaptarnos a los problemas de paz. Esta tarea que se ha impuesto al Comité Central, y que está estrechamente ligada a la de concesiones, es la del paso al impuesto sobre especies bajo el régimen de la dictadura proletaria.

El Gobierno proletario, mediante concesiones, puede asegurar una alianza con los Estados capitalistas más desarrollados, y reforzar de esta suerte su industria, sin la cual no podemos hacer progresos hacia el comunismo. Al mismo tiempo, en este período de transición, en un país en que la clase campesina domina, debemos saber hacer el máximo para reforzar económicamente la clase campesina. Es preciso darle la posibilidad de desarrollar libremente su explotación. Nuestra Revolución esta rodeada de Estados capitalistas. En tanto nos hallemos en esta situación intermedia estamos obligados a buscar formulas excesivamente complejas de relaciones. Apremiados por la guerra, no hemos podido fijar nuestra atención sobre las relaciones económicas que deben existir entre el Poder proletario, teniendo entre sus manos la gran industria, arruinada hasta un punto inaudito, y los pequeños labradores, quienes en tanto permanezcan tales no pueden vivir sin que se les asegure una cierta libertad de movimiento. Estimo que esta cuestión es la más importante en el dominio económico y político para el Poder de los Soviets en la hora actual. Creo que representará el resultado político de nuestro trabajo en el momento en que hemos terminado el periodo de guerra y entramos en el de paz. Esta transición lleva consigo dificultades tales y ha subrayado tan netamente la existencia del elemento pequeño-burgués, que es preciso considerarla con la mayor precaución. Debemos partir del punto de vista de la lucha de clases y no olvidar que las relaciones entre el proletariado y la pequeña burguesía son una cuestión difícil que reclama medidas complejas, o más bien un sistema complicado de medidas de transición. Hemos acordado a fines de 1918 el impuesto sobre mercancías; esta es la prueba de que la cuestión se había planteado ante los comunistas; pero no hemos podido resolverla a causa de la guerra. Ella es la que nos ha obligado a recurrir a medidas militares. Pero sería un error enorme sacar la conclusión de que sólo estas medidas son posibles. Cuando se entra en la paz en medio de una crisis económica es preciso acordarse que es más fácil realizar el Estado proletario en un país provisto de una gran producción que en un país donde domina la pequeña producción. No olvidemos que el proletariado es una cosa y la pequeña producción otra. Debemos reconocer la necesidad de las concesiones, de la compra de máquinas y de instrumentos agrícolas, a fin de restablecer entre el proletariado y la clase campesina relaciones de naturaleza a asegurar la existencia de ambos durante el estado de paz.

La lucha contra el burocratismo

Para terminar diré dos palabras sobre la cuestión de la lucha contra el burocratismo, que tanto tiempo nos ha llevado ya. El verano pasado se expuso la cuestión al Comité Central, el cual envió en agosto una circular a todas las organizaciones. En septiembre fue de nuevo puesto sobre el tapete en la Conferencia del Partido, y. por fin, en el Congreso Panruso de los Soviets, de diciembre, se planteó otra vez en toda su amplitud. Sin duda alguna la plaga burocrática existe; ha sido reconocida y es indispensable organizar la lucha contra ella. En el transcurso de la discusión esta cuestión fue estudiada por lo menos de un modo ligero y examinada a fondo desde un punto de vista pequeño-burgués.

Es preciso que comprendamos que la lucha contra el burocratismo es una lucha absolutamente necesaria y que es tan complicada como la dirigida contra el elemento pequeño-burgués. El burocratismo en nuestro régimen ha tomado la forma de una enfermedad, de la que habla el Programa del Partido, y está unida a este elemento pequeño-burgués, que se ha reanimado. No nos podemos desembarazar de estas enfermedades más que por la unión de los trabajadores; es preciso que sepan no solamente aprobar los decretos sobre la inspección obrera y campesina (no tenemos pocos de estos decretos que se limitan a aprobar), sino que sepan asegurar también, por esta inspección obrera y campesina, sus derechos, cosa que no se hace ni en los campos ni en las ciudades, ni siquiera en las capitales. Con frecuencia, incluso no se sabe obtener su derecho allí donde se grita más fuerte como el burocratismo. Este hecho merece toda nuestra atención; comprobamos aquí frecuentemente que ciertos camaradas, al luchar contra este azote, quieren, quizá sinceramente, venir en ayuda del partido proletario, de la dictadura proletaria, pero de hecho van en ayuda del elemento anárquico pequeño-burgués, que muchas veces se ha revelado en el curso de esta Revolución como el enemigo más peligroso de la dictadura proletaria. Hoy, y ésta es la lección esencial que se puede sacar del año transcurrido, este elemento se ha mostrado una vez más como el enemigo más terrible: el que puede tener en el país el mayor número de partidarios y de sostenedores y el que es capaz de modificar el estado de espíritu de las amplias masas, y hasta de alcanzar a una fracción de obreros sin partido. Si no comprendemos esto, si de ello no sacamos una enseñanza, si no nos aprovechamos de este Congreso para modificar nuestra política económica y realizar el máximo de unión del proletariado, será preciso sacar la conclusión deplorable de que no hemos olvidado esas cosas, a veces insignificantes y vanas, que es preciso olvidar, y no hemos aprendido nada en este año de nuestra Revolución. Pero yo espero que no será así.


Apéndice III – Discurso de Lenin del 17 de Octubre (1921) pronunciado en Moscú durante el Congreso del Comité de Educación Política

CAMARADAS: Tengo la intención de consagrar este discurso a la nueva política económica y a la labor de los Comités de Educación política, tales como los concibo en relación con esta política.

Sois en gran parte comunistas, y a pesar de los pocos años de algunos de vosotros habéis realizado un gran trabajo desde los primeros días de nuestra Revolución.

No podéis dejar de apreciar el brusco cambio que se ha operado en el Gobierno de los Soviets y en el Partido Comunista al adoptar una nueva política económica, la cual encierra más elementos del antiguo régimen económico que la que practicábamos hasta ahora. ¿Por qué? Porque nuestra política económica del primer período supuso la posibilidad de pasar directamente del antiguo régimen económico ruso a la estatización de la producción y a la repartición sobre bases comunistas.

Recordad nuestra literatura económica anterior; recordad lo que escribían los comunistas antes de alcanzar el Poder o poco tiempo después, por ejemplo, a principios de 1918, cuando el primer asalto político contra la vieja Rusia terminó con un enorme éxito, cuando fue creada la República de los Soviets, cuando de la guerra imperialista salió Rusia desfigurada y mutilada, sin duda, pero con menos mutilaciones que si hubiese continuado defendiendo la patria, según el consejo de los imperialistas, de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios. En este primer período, en que acabábamos de terminar la primera obra creadora del Poder de los Soviet y de salir de la guerra imperialista, hablábamos de nuestros trabajos económicos con mucha más prudencia y reflexión que en la segunda mitad de 1918 y el transcurso de los años 1919 y 1920. Aquellos de vosotros que no pertenecíais entonces al grupo de los trabajadores activos del Partido ni de la República podríais daros cuenta leyendo decisiones tales como la del Comité Central Ejecutivo de fines de abril de 1918, las del Comité Central del Partido del 29 de abril de 1918, decisiones que insistían sobre la necesidad de contar con los campesinos, de tener en cuenta el papel del capitalismo de Estado en la creación del socialismo y subrayaban la importancia de la responsabilidad individual, personal, en la gestión de los asuntos del país, a diferencia de la actuación política del Poder y de los problemas militares.

Nuestros errores

A comienzos de 1918 descontábamos ya que durante un cierto período sería posible la creación pacifica. A la conclusión de la paz de Brest-Litowsk nos parecía descartado el peligro. Nos hemos equivocado. En 1918 tuvimos que afrontar, además de la guerra, el levantamiento de los checoeslovacos y el comienzo de la guerra civil, que duró hasta 1920, En parte por la influencia de estos sucesos y por la situación desesperada en que se encontraba entonces la Republica a causa de estos acontecimientos, y tal vez de otros de que no tengo tiempo de hablar, hemos cometido una falta: hemos decidido efectuar el paso inmediato a la producción y a la repartición comunistas.

Hemos pensado que los campesinos nos darían el pan gracias al sistema de las requisas; que este pan sería repartido entre talleres y fábricas, y se llegaría así a la producción y a la repartición comunistas. No diré que este plan estuviese bien concebido, pero lo cierto es que hemos obrado en tal sentido; desgraciadamente, es un hecho. Digo desgraciadamente porque la experiencia, aunque muy corta, ha demostrado el error de nuestra concepción, que estaba en contradicción con lo que decíamos antes sobre la necesidad de pasar del capitalismo al comunismo mediante un período de reglamentación y control socialista, sin lo cual es imposible alcanzar ni aun el más ínfimo grado del comunismo.

En teoría, desde 1918 nuestra literatura subrayaba claramente que la sociedad capitalista pasa a la comunista previo un largo período de control y de reglamentación socialista; más esto lo hemos olvidado, por decirlo así, en la fiebre de la guerra civil. Durante este período, y a causa dc este error, hemos sufrido una fuerte derrota económica, después de la cual hemos comenzado una retirada estratégica; mientras no estábamos completamente derrotados no teníamos más que replegarnos para reconstruir el todo de una manera más sólida. Nuestra derrota en el frente económico no da lugar a dudas y es una derrota muy grave; planteamos, pues, la cuestión de la nueva política económica con plena conciencia. Es natural que ciertos camaradas se encuentren muy deprimidos frente a esta comprobación y que se dejen invadir por el pánico.

Es un fenómeno inevitable. Cada vez que el Ejército Rojo retrocedía, observábamos en cierta clase de gente esta fase de pavor. Pero en el frente de Koltchak, de Denikin, de Yudenitch, de Wrangel, o en el frente polaco, siempre ocurría que cuando nos habían derrotado justificábamos el proverbio que dice que “un vencido hace nacer dos hombres no vencidos”. Después de haberlo sido una vez emprendimos el avance lentamente, sistemáticamente, con prudencia.

Es evidente que los trabajos en el frente económico son mucho más difíciles que los del frente militar; pero en las grandes líneas la estrategia se parece.

El ensayo de introducción del comunismo nos ha valido en la primavera de 1921, en el frente económico, una derrota mucho más grave que todas las que hemos sufrido en otro tiempo por Koltchak, Denikin y Pilsudski. En esta época se comprueba que nuestra política económica, tal como era convenida por los órganos directores, no correspondía en modo alguno a lo que pasaba en las masas, y que no era capaz de levantar las fuerzas productoras. Tal levantamiento estaba dificultado por las requisas en las aldeas y por la introducción inmediata de los métodos comunistas en las ciudades. Esta política es la que ha provocado la crisis profunda, económica y política, que ha hecho estragos en la primavera de 1921.

Desde el punto de vista de nuestra política general, es aquélla una derrota seria y una retirada; y no podemos decir, como respecto del Ejército Rojo, que era una retirada en orden perfecto sobre posiciones preparadas de antemano. Sin duda que estas posiciones habían sido preparadas, y se puede comprobar comparando las  decisiones de nuestro Partido en la primavera de 1921 con las de abril de 1918, que recordaba ahora mismo. Pero la retirada se ha operado hacia esas posiciones y se opera aun en muchos lugares de provincias en un desorden considerable y hasta extraordinario.

La misión de los Comités de Educación política consiste en combatir este desorden. Desde el punto de vista de nuestra política económica, la cuestión esencial es saber quién sabrá aprovechar mejor la situación.

La lucha entre el capitalismo y el poder proletario

La nueva política económica, que consiste en la sustitución de las requisiciones por el impuesto en especie, señala el paso hacia el restablecimiento del capitalismo en una cierta medida. ¿En qué medida? No lo sabemos. Las concesiones a los capitalistas extranjeros, concesiones de las cuales muy pocas están aun acordadas en relación con las proposiciones que hemos hecho y los arrendamientos consentidos a los capitalistas primados, no son otra cosa que el restablecimiento directo del capitalismo, y esto se halla radicalmente unido a nuestra nueva política económica.

La supresión de las requisas significa para los campesinos el comercio libre con el exceso de los artículos que les deje el impuesto, el cual sólo toma una pequeña parte de sus productos. Los campesinos constituyen una parte gigantesca del conjunto de la población y de toda nuestra economía nacional, y es por esto por lo que, a base de este comercio libre, el capitalismo no puede menos de desarrollarse.

Este es el abecé que se enseña en los manuales de ciencia económica, y que nos enseña aquí cualquier portador de saco (miechotchnik), fenómenos que nos han hecho conocer perfectamente las cosas económicas independientemente de las mismas ciencias políticas y económicas. Desde el punto de vista estratégico, la cuestión esencial es saber quién sabrá sacar partido más rápidamente de esta nueva situación. ¿Con quién irán los campesinos, con el proletariado que se esfuerza por crear la sociedad socialista, o con los capitalistas, que les dicen: “Volvamos atrás, es mas seguro, porque han inventado no se qué especie de socialismo”?

He aquí en qué consiste toda la guerra actual: ¿quién vencerá?, ¿quién se aprovechará antes de la situación, el capitalismo, al cual hacemos entrar por la puerta, por varias puertas y hasta por muchas que nosotros mismos no conocemos y que se abren cerca de nosotros y contra nosotros, o el poder proletario?, ¿sobre qué puede apoyarse económicamente este poder? Por una parte, sobre el mejoramiento de la vida de la población. En este respecto tenemos que acordarnos de los campesinos. Es incontestable, es evidente, que a pesar de este terrible azote del hambre el mejoramiento de la vida de la población se ha producido justamente gracias al cambio de nuestra política económica.

De otra parte, si el capitalismo hace beneficios la producción industrial se desarrollará, y con ella se desarrollará también el proletariado. Los capitalistas ganarán con nuestra política y crearan este proletariado industrial, que a causa de la guerra y de la ruina económica ha perdido su carácter de clase y ha dejado de existir como proletariado. Se llama, en efecto, proletariado a la clase que se ocupa de la producción de los valores materiales en las grandes empresas capitalistas. Pues bien; en la medida en que se ha destruido la gran industria capitalista, se paran los talleres y las fábricas, en esta misma medida ha desaparecido el proletariado. Si el capitalismo se restablece, veremos restablecerse con él la clase del proletariado ocupada en la producción de los valores materiales útiles para la sociedad, y ocupados en las grandes fábricas en cosa distinta de la mera especulación; en la fabricación de ladrillos o en otros “trabajos” de este género, que si no son demasiado útiles son inevitables en vista de la ruina de nuestra industria.

Toda la cuestión radica en esto: ¿quién adelantara al otro? Si los capitalistas llegan a organizarse los primeros, echaran a los comunistas; no se puede epilogar sobre esto. Hay que mirar las cosas de frente: ¿quién adelantará al otro? El Poder proletario, ¿se mostrará capaz, apoyándose en los campesinos de tener contenidos a los sectores capitalistas a fin de dirigir el capitalismo con las riendas del Estado y de crear un capitalismo sometido al Estado y dispuesto a servirle?

El enemigo estará entre nosotros

Es preciso, digo, plantear claramente la cuestión. Toda ideología, todas las disertaciones sobre las libertades políticas son disertaciones que se pueden encontrar en abundancia, sobre todo si se mira la Rusia del extranjero, la Rusia número 2, en que aparecen decenas de cotidianos de todos los partidos y donde estas libertades son cantadas en todos los tonos. Todo esto es charlatanería, son frases. Hay que saber liberarse de estas frases.

Durante estos cuatro años hemos librado muchas batallas serias, y hemos aprendido que la batalla es una cosa y que la charlatanería a que da origen esta batalla, sobre todo entre la gente que asiste a ella desde fuera, es otra. Hay que saber apartarse de toda esta ideología, de toda esta palabrería y mirar el fondo de las cosas. El hecho es que la lucha existe y que será aun más desesperada, más cruel que la lucha contra Koltchak y Denikin. Porque la lucha militar es una historia vieja: se bate la gente desde hace centenares y millares de años; se hacen grandes progresos en el arte de matar a los hombres en la guerra.

Es verdad que en los estados mayores de casi todos los terratenientes había socialistas revolucionarios y mencheviques que reclamaban el derecho del pueblo, la Asamblea constituyente y decían que los bolcheviques han destruido todas las libertades. Sin embargo, resolver el problema militar era más fácil que resolver el que se nos plantea actualmente a nosotros; se podía conseguir mediante el asalto, el avance, el entusiasmo; mediante la fuerza física de este gran número de obreros y campesinos que ven que el propietario de la tierra iba contra ellos.

Hoy no ven ya a esos propietarios frente a sí. Los Wrangel, los Koltchak, los Denikin, unos han ido a unirse de nuevo con Nicolás Romanov, los otros a ocultarse en lugar seguro en el extranjero. Este enemigo declarado, como lo era en otro tiempo el propietario y el capitalismo, no lo ve ya el pueblo. Que el enemigo se encuentre entre nosotros, que este enemigo sea siempre el mismo, que la revolución esté ante el abismo a que han sido impulsadas todas las Revoluciones precedentes y ante el cual han retrocedido, es cosa de la que el pueblo no puede tener noción por ser profundamente inculto e ignorante. Y es difícil decir en cuanto tiempo llegarán las comisiones extraordinarias a liquidar esta ignorancia mediante medidas extraordinarias.

¿Cómo hacer comprender al pueblo que en lugar de Koltchak, de Wrangel, de Denikin, es aquí, entre nosotros, donde se encuentra el enemigo que ha perdido a todas las revoluciones anteriores? Si los capitalistas triunfan de nosotros, esto significará la vuelta al pasado, como lo ha probado la experiencia de las precedentes revoluciones. La obra de nuestro Partido consiste en hacer comprender que el enemigo que está entre nosotros es el capitalismo anárquico y el cambio anárquico de los productos.

Es preciso ver claramente cual es la naturaleza de la lucha y llegar a dar una idea clara de ella a las amplias masas de obreros y de campesinos: ¿Quién vencerá? ¿Quién llevara la mejor parte? La dictadura del proletariado es la lucha cruel, desencadenada, en la cual el proletariado debe librar combate con el mundo entero, porque es el mundo entero el que ha marchado contra nosotros sosteniendo a Koltchak y Denikin.

Actualmente la burguesía mundial sostiene a la Rusia burguesa y es más fuerte que nosotros. Esto no provocará el pánico entre nosotros, porque sabemos que a pesar de contar también con mas fuerzas militares que Rusia no han bastado para aplastarnos en la guerra. Acaso hubiese sido suficiente para ello movilizar a tiempo algunos cuerpos de ejército de tal o cual potencia capitalista y no haber economizado algunos millones de oro con Koltchak.

Fracasaron porque la conciencia de la injusticia de su causa y de la justicia de la nuestra penetró en las masas de los soldados ingleses que habían llegado a Arcángel y de los marineros franceses que obligaron a la flota a abandonar Odesa.

Ahora se levantan contra nosotros fuerzas que, como antes, son mucho mas potentes que nosotros, y para alcanzar la victoria necesitamos apoyarnos en nuestra última reserva de fuerza. Esta última reserva es la masa de los obreros y de los campesinos, su conciencia, su organización. O el poder de los proletariados organizados, es decir, la vanguardia obrera y la minoría culta de los campesinos, comprende esta obra y sabe organizar en torno suyo el movimiento social, en cuyo caso saldremos victoriosos, o no sabemos hacerlo, y entonces el enemigo, que dispone de mas fuerzas técnicas, nos vencerá inevitablemente.

La dictadura del proletariado es una guerra sin cuartel. El proletariado ha vencido en un país, pero continua siendo el más débil en el dominio internacional. Debe agrupar en tomo suyo a todos los obreros y campesinos y hacerles comprender que la guerra no ha terminado. Aun cuando cantamos en nuestro himno que “ésta es la lucha final”, desgraciadamente se trata de una pequeña falsedad; no es, por desventura nuestra, lucha final. O conseguís unir en esta lucha a obreros y campesinos, o no obtendréis el éxito.

Una lucha como la de hoy no se ha entablado hasta ahora en la Historia, aunque haya habido muchas guerras de campesinos contra los propietarios, a partir de los primeros tiempos de la esclavitud. Nunca ha habido guerra del poder del Estado contra la burguesía del país y contra la burguesía coligada de todos los demás países. O bien organizamos la pequeña economía campesina sobre la base del desenvolvimiento de sus fuerzas productoras, sosteniendo este desenvolvimiento por el poder proletario, o dejamos a los capitalistas dirigir este desenvolvimiento; de aquí depende el resultado de la lucha. Este fue el caso de numerosas revoluciones precedentes; pero nunca hasta ahora ha visto el mundo una guerra semejante. El pueblo no puede tener experiencia en esto, y por tanto debemos crear nosotros mismos esta experiencia, y para ello no podemos menos de apoyarnos en la conciencia de los obreros y de los campesinos; y he ahí en lo que residen las mayores dificultades de nuestra lucha.

Desarrollemos la iniciativa y la responsabilidad individuales

No debemos contar con un paso inmediato al comunismo. Es preciso edificar sobre el interés personal del campesino. Se nos dice: “El interés personal del campesino equivale al restablecimiento de la propiedad privada”. No; la propiedad privada sobre los objetos de consumo e instrumentos indispensables no la hemos suprimido nunca entre los campesinos. Hemos suprimido la propiedad privada de la tierra, y el campesino ha trabajado, sin tener la propiedad privada del suelo, por su cuenta, en una tierra tomada en arriendo. Este sistema existía en muchos países, No hay en ello nada imposible desde el punto de vista económico. La dificultad consiste en despertar el interés personal. Es preciso igualmente interesar a cada especialista de manera que se interese en el desarrollo de la producción.

¿Hemos sabido hacer eso? No, no lo hemos sabido. Creíamos que la producción y la repartición se harían según las reglas comunistas en un país en que el proletariado está sin constituir. Deberemos cambiar de método, porque de otro modo no podremos hacer comprender al proletariado la transición. Hemos tratado de resolver el problema de pronto, por un ataque de frente, por decirlo así, y hemos sufrido una derrota. Habiendo fracasado en el ataque de frente, hagamos un movimiento giratorio; sitiemos al enemigo y realicemos trabajo de zapa.

El interés personal

Decimos que hay que basar toda la economía nacional sobre el interés personal. La discusión debe hacerse en común, pero la responsabilidad debe ser individual Sufrimos a cada paso por nuestra incapacidad para realizar este principio. La nueva política económica exige que esta distinción se haga con una claridad absoluta. Cuando el pueblo se ha encontrado en condiciones económicas nuevas se ha puesto a discutir para saber lo que resultaría y cómo era preciso arreglarse para reconstruir sobre nuevas bases. Sin discusión general no se podía comenzar nada, porque se había tenido al pueblo durante decenas y centenas de años lejos de toda discusión y porque la revolución no podía desarrollarse sin pasar por un período de asambleas para tratar todas las cuestiones. En muchos casos esto ha creado la confusión. Era inevitable. Solo sabiendo distinguir a tiempo lo que es preciso entregar a las discusiones en los mítines y lo que hay que dejar a la dirección estaremos a la altura de la situación de la Republica de los Soviets. Desgraciadamente, no sabemos todavía hacerlo y la mayor parte de los Congresos se pierden en palabras.

En la abundancia de Congresos estamos a la cabeza de todos los países del mundo. Ninguna de las Republicas democráticas tiene tantos Congresos como nosotros; es verdad que ellas no podrían permitírselo. Debemos acordamos que nuestro país es un país que ha perdido mucho y que se ha empobrecido mucho también. “Haz mítines si quieres, pero dirige sin la menor vacilación, dirige más firmemente de lo que hacía antes que tú el capitalismo. De otro modo no podrás vencerlo. Tú debes recordar que la dirección ha de ser aun más severa, más dura que antes”. En el Ejército Rojo, después de un período de mítines que duró largos meses, la disciplina no cedió en nada a la del ejército Antiguo. Se ha adoptado sobre ello medidas severas, llegando hasta la ejecución de medidas que ni siquiera había conocido el antiguo gobierno. Los burgueses han lanzado gritos: “He ahí los bolcheviques, que recurren a los fusilamientos”. Debemos contestarles: “Sí, hemos recurrido a ellos, y con plena conciencia”.

Es preciso salvar la República

Debemos decir que han de desaparecer aquellos que querían hacernos morir y que en nuestro sentir deben perecer, y entonces nuestra Republica de los Soviets permaneceré viva; de lo contrario, serán los capitalistas los que quedarán con vida y nuestra República la que perecerá. No hay ni puede haber elección, y a todo sentimentalismo debe dársele de lado. El sentimentalismo es un crimen tan grave como la deserción durante la guerra. Quien rebaja actualmente la disciplina, ése abre la puerta a los enemigos.

Por esto es por lo que digo que la nueva política económica tiene importancia también desde el punto de vista de la enseñanza. Vosotros discutís métodos de enseñanza. Debéis llegar a declarar que no hay lugar entre nosotros para los vacilantes. Cuando el comunismo llegue aquí a realizarse, la enseñanza podrá ser más suave. Pero hoy no puede dejar de ser severa, bajo amenaza de ruina. Hemos tenido desertores en el ejército y también en el frente del trabajo: tu trabajabas para el capitalista, para el explotador, y se comprende que trabajases mal; pero ahora trabajas para ti, para el poder obrero y campesino. Acuérdate que tienes que resolver la cuestión de saber si seremos capaces de trabajar para nosotros mismos; si no, lo repito, nuestra República perecerá. Y decimos como decíamos al ejército: deben perecer los que querían aplastamos, por eso recurrimos a las medidas de disciplina más severas; salvaremos al país y nuestra República vivirá. Tal debe ser nuestra línea de conducta; he ahí por qué, entre otras cosas, nos es preciso adoptar una nueva política económica.

Cómo vencer al capitalismo mundial

Tomad plenamente la dirección económica. Los capitalistas trabajarán a vuestro lado; a vuestro lado estarán también los capitalistas extranjeros, los concesionarios, los arrendatarios; ganarán entre vosotros beneficios de muchas centenas por ciento; se enriquecerán conviviendo con vosotros. Que se enriquezcan, ¡sea!; pero vosotros aprenderéis de ellos el arte de administrar la economía nacional, y sólo entonces sabréis crear la República comunista. Hay que aprender pronto; la demora será el mayor de los crímenes. Es preciso estudiar esta ciencia, esta ciencia dura, severa, a veces hasta cruel, porque no hay otra salida.

Debéis recordar que nuestra República sovietista, reducida a la miseria por largas pruebas, no está cercada por Francia e Inglaterra socialistas, que podrían ayudarnos por su alta técnica, por su industria superior. ¡No! Es preciso recordar que esta técnica, que esta industria, pertenecen a los capitalistas, que marchan contra nosotros. Es preciso recordar que debemos concentrar el máximo de nuestros esfuerzos en el trabajo cotidiano, sin lo cual nuestra pérdida es inevitable. El mundo entero, en el estado actual de las cosas, se desenvuelve más deprisa que nosotros. El mundo capitalista, al desarrollarse, dirige todas sus fuerzas contra nosotros. ¡He ahí como está planteada la cuestión! ¡He ahí por que debemos dirigir toda nuestra atención a esta lucha!

En vista de nuestra falta de cultura, no podemos asegurar por un ataque de frente la ruina del capitalismo. Con otro nivel de cultura se podría resolver directamente el problema, y acaso será así como lo resolverán los demás países cuando llegue el momento para ellos de edificar sus repúblicas comunistas. Pero nosotros, nosotros no podemos resolverlo de frente.

El Estado debe aprender a comerciar de manera que la industria satisfaga las necesidades de los campesinos, Es preciso arreglar las cosas de modo que cada trabajador utilice sus luchas en el afianzamiento del Estado obrero y campesino. Sólo entonces podrá crearse la gran industria. La conciencia de esta situación debe penetrar en las masas; más aun, debe conducirlas a resultados prácticos. Esta es la obra de los Comités de Educación política, Después de toda revolución política profunda se necesita un largo lapso de tiempo para que el pueblo se asimile la revolución. La cuestión que se plantea es la de saber si el pueblo ha aprendido las lecciones que se le han dado. Desgraciadamente, hay que contestar: no. Si así hubiese sido nos hubiésemos dedicado mucho mas pronto, mas rápidamente, a establecer la gran industria.

Es necesario asimilarse esta gran transformación política, hacerla comprensible a las masas. Hubo un tiempo en que hacían falta declaraciones, manifiestos, decretos. Basta ya de ellos, tenemos suficientes. Eran necesarios para mostrar al pueblo lo que queríamos y como deseábamos construir; cuales eran las cosas nuevas y desconocidas que poseía. ¿Pero no se puede seguir mostrando al pueblo lo que queremos construir? No. El más sencillo de los trabajadores se burlará de nosotros. Nos dirá: “¿Has terminado de enseñarnos como quieres construir? Muestra efectivamente que sabes construirlo; y si no sabes, no tenemos nada que ver contigo; ¡vete al diablo!”. Y tendrá razón.

Ha pasado la época en que era preciso plantear los problemas esenciales; ha llegado el momento de resolverlos prácticamente. Tenemos ante nosotros una obra de cultura; es preciso aprovechar la lección de la experiencia política. Perderemos las conquistas políticas del Poder de los Soviets si no ponemos debajo de ellas fundamentos económicos que aun no lo están. Tenemos que entregamos a esta obra.

La elevación de la cultura es una de las cuestiones de primer plano.

Sepamos aplicar nuestras leyes

Es preciso hacer de manera que el campesino pueda servirse de sus conocimientos en lectura y escritura para el mejoramiento de su vida económica y de la del Estado. Las leyes soviéticas son muy buenas, porque dan a todos la posibilidad de luchar contra el burocratismo y la apatía, posibilidad que no se ofrece a los obreros ni a los campesinos en ningún Estado capitalista. Pero ¿usan de esta posibilidad?; casi ninguno. Y no solamente los campesinos, sino un gran número de comunistas no saben servirse de las leyes para luchar contra la apatía, el burocratismo, o contra este fenómeno puramente ruso: venalidad. ¿Quién impide que se luche contra estos males? ¿Nuestras leyes? ¿Nuestra propaganda? Al contrario: tenéis leyes a montones. ¿Por qué la lucha, sin embargo, no llega a su término? Porque la propaganda no basta, y sólo es posible el éxito si la masa del pueblo presta su concurso. Entre los comunistas, la mitad por lo menos no saben luchar; sin hablar de los que obstaculizan la lucha. El 99 por 100 de vosotros sois comunistas y sabéis que estamos dispuestos a hacer una operación para depurar el Partido. Es de esperar que expulsemos cien mil; algunos desean llegar hasta doscientos mil, y esto me agrada más.

Por mi parte, espero que expulsaremos de cien mil a doscientos mil comunistas que se han adherido al Partido y que no solamente no saben luchar contra la apatía y la venalidad, sino que se oponen a esta lucha.

Tal depuración será muy provechosa, pero no es más que una ínfima parte de lo que tenemos que hacer. Hay que luchar contra la ignorancia; pero no es suficiente; necesitamos esa cultura que nos ha de enseñar a combatir la apatía y la venalidad. Es una enfermedad que no se puede curar por victorias militares o reformas políticas; hay que enseñar al pueblo y mostrarle con ejemplos, tomados no de entre los miembros de un Comité ejecutivo, sino de entre los simples ciudadanos, que esos hombres mejor educados políticamente saben no sólo protestar contra la apatía (gusta mucho esto entre nosotros), sino también de demostrar al propio tiempo como se puede vencer efectivamente ese azote. Este es un arte muy difícil, que no se puede adquirir sin una elevación general de la cultura, sin una educación superior de la masa obrera y campesina.

Conclusión

Quisiera resumir lo que he dicho y hacer el balance práctico de la labor que debe realizar la dirección de los Comités de Educación política. Según mi opinión, hay tres enemigos esenciales que el hombre debe combatir, independientemente del papel que desempeña él en el Estado. Estos tres enemigos son: 1º, la jactancia comunista; 2º, la ignorancia; 3º, la venalidad.

La primera existe entre aquellos que se imaginan que pueden resolver todos los problemas por decretos comunistas. El hecho de ser miembros del partido director y de cualquiera institución del Estado creen que les autoriza a hablar de los resultados de la educación política. ¡Lejos de nosotros el poder hablar de ello! Esto no es más que vanidad comunista. Se trata de adquirir una educación política, y hasta ahora no la hemos conseguido.

En lo que se refiere al segundo enemigo, la ignorancia, puede decir que en tanto que exista en el país será muy difícil hablar de educación política. Un iletrado está fuera de la política, y es preciso primero enseñarle el alfabeto. Sin esto no hay mas que cuentos, prejuicios, pero no política.

En fin, si existe la venalidad, si es posible, es inútil hablar asimismo de política. No se la podrá practicar, porque todas las medidas tomadas quedarán en el aire y no darán ningún resultado. Mas vale no tener ley si en la aplicación práctica se tolera la venalidad. En tales condiciones es imposible ocuparse de política. Para poder exponer al pueblo nuestra labor política, para poder decir a las masas: “He ahí los problemas que debemos tratar de resolver” (y esto es lo que deberíamos hacer), es preciso comprender que es indispensable levantar el nivel de las masas. Es preciso alcanzar un cierto grado de cultura; sin lograr esto, todo es ocioso.

Mas los problemas de cultura no pueden ser resueltos tan rápidamente como los de orden político y militar. Precisa percatarse de que las condiciones del movimiento hacia delante no son ya las mismas. Vencer políticamente en una época de gran crisis es posible en algunas semanas. En la guerra se puede vencer en algunos meses; pero en el terreno de la cultura hace falta mucho tiempo. También hay que prepararse para ello, adaptarse a esta lentitud, dar pruebas de tenacidad, de perseverancia, de método, Sin estas cualidades, es inútil ni aun el abordar la educación política. Los resultados de esta educación no se podrán apreciar más que por el levantamiento del nivel de la reducción.

No sólo es preciso que suprimamos la ignorancia y la venalidad –que se apoya en la ignorancia-, sino que es necesario también que nuestra propaganda, nuestros folletos, sean asimilados por el pueblo y veamos el resultado de ello en el mejoramiento de nuestra vida económica.

FIN


ANEXOS


Anexo I


Anexo II

[1] Medida itineraria rusa equivalente a 1.067 metros

[2] Véase Gocharova Larionof: L’Art décoratif teatral moderne, París, Rue de l’Epeon, 1919. En el prólogo, de Valentin Pamac, se dice: “Amour des idées messianiques…. Continuation puissante des traditions de Byzance et de la Bible, si peu traitées par l’Occident… Aifinité avec l’Espagne”.

[3]  Este pasaje, como muchos otros, está suprimido en la adaptación francesa de Halpérine-Kaminsky y Ch. Moriel.

[4] Véase Misère de la Philosophie, p. 243; Die Klassenkamphe in Frankreich, Berlín, 1920; Contribution à la Critique de l’Economie Politique, 6 y 7; Neue Zur, vol. I, 1883, p. 230,

Prólogo de Engels a  Die Klassenkamphe in Frankreich; Gothoer Progamenbrief; y las interesantes observaciones contenidas en Marx, Nachwort zu Enthüllungen ubre den Kommunisten-Prozess zu Koln (Hottinger, Zurich, 1885, p. 82).

[5] La conversación con Lenin, salvo brevísimas variantes tomadas de mis notas, es una trascripción del informe que, conjuntamente con el otro delegado, mi amigo el señor Anguiano, presentamos al partido. (Véase El Socialista de 18 de enero de 1921.)

[6] Edición alemana de Die Aktion, párrafos “Eine wohlgefügte Organisation”, “Die Diktatur” y “Die Entwickelung der Soviet Organisation”.

[7] Edición alemana, p. 28. Dice así: “La relación entre la dictadura del proletariado y el Partido y los Sindicatos, ha adoptado hoy entre nosotros la siguiente forma concreta: la dictadura del proletariado es realizada por el partido comunista bolchevique, el cual, según el informe del última Congreso del partido (abril 1920), contaba con 611.000 miembros.

[8] Véanse las tesis: “Naturaleza de la dictadura del proletariado y Poder de los Soviets”, párrafo 4º; “Sobre el papel del partido comunista en la revolución proletaria”, y “Sindicatos, Consejos de Fábrica y Tercera Internacional”.

[9] Lenin, en su obra La révolution prolétarienne et Kautsky le renégat, Moscú, 1919, p. 57,

se pregunta: “Sommes-nous en presence d’une situation révolutionnaire ou non?… La meilleure réponse y est fournie par les faits économiques: la famine et la ruine universelle engendrées par la guerre dénotent une situation révolutionnaire. Or, voici que maintenant, fin octobre 1918, la révolution grandit à vue d’oeil dans une serie de pays d’Europe”. Esto es cuanto sabemos que haya sido dicho por Moscú para justificar la afirmación clave de su política. Ahora bien: demostrar la generalidad del hecho que se afirma y sobre todo sus consecuencias, en el sentido en que se pretende, era precisamente el problema pues Lenin lo que hace en las palabras transcritas es sentar la tesis.

[10] Marx insiste, cuando habla del conflicto inevitable de las fuerzas de la producción en el régimen capitalista, en que este conflicto ha de producirse en un momento dado de la  evolución; este momento lo indican las contradicciones internas a que haya llegado la ley inmanente de la producción capitalista; ¿y pueden éstas ser anticipadas, o dependen de un sistema de causas generales e involuntarias? (Véase Das Kapital, III, cap. XV,) En el prólogo de 1867, escrito al frente del primer volumen de El capital, escribe Marx: “Una nación debe y puede aprender de las otras. Incluso cuando una sociedad ha encontrado la huella de la ley natural de su movimiento -y ése es el fin último de esta obra, esclarecer la ley del movimiento económico de las sociedades modernas- no puede ella, naturalmente, ni saltar sobre las fases de la evolución, ni decretar el abandonarla; pero puede abreviar el alumbramiento de éstas y atenuar sus dolores”.

[11] Helo aquí, en vista de su importancia:

“A todos los soldados de la guardia, Ejército, artillería y flota, a fin de que se ejecute inmediatamente, y a los obreros de Petrogrado, para que tomen nota de él.

El Consejo de los diputados obreros y soldados ha resuelto:

1º Que en todas las compañías, batallones, regimientos, parques, baterías, escuadrones y grupos separados de diferentes servicios militares, y sobre los barcos de la flota de guerra, se elijan sin demora Comités de soldados.

2º Que en los grupos militares donde no se hayan elegido aún representantes para el Consejo de los diputados obreros se elija uno por compañía, quienes deben llegar a la Duma el 2 de marzo (15 según el calendario nuevo, que es el nuestro, el gregoriano.

3º En todos sus actos políticos el grupo militar está sometido al Consejo de los diputados obreros y soldados y a sus Comités.

4º Las órdenes de la Comisión militar de la Duma imperial deben ser acatadas, excepto cuando contradigan las decisiones del Consejo de obreros y soldados.

5º Toda suerte de armas, fusiles, ametralladoras, autos blindados, etcétera, deben estar a la disposición y bajo el control del Comité de la compañía o del batallón, y un ningún caso deben ser dados a los oficiales, aun cuando lo exijan.

6º Durante el servicio, los soldados deben observar la disciplina militar más severa; pero fuera de las horas del servicio, en la vida política, social y privada, los soldados tienen los derechos de los demás ciudadanos. Especialmente son abolidos el saludo afectado a los generales y el saludo ordinario obligatorio.

7º De la misma manera son abolidos los antiguos tratamientos: Vuestra Nobleza, Vuestra Excelencia, etc., y se los reemplaza por señor general, señor coronel, etc.

Queda prohibido el apóstrofe grosero a los soldados, y de un modo particular el tutear a éstos, y cada vez que esta prohibición sea violada y, en general, siempre que surja una mala inteligencia entre oficiales y soldados, estos últimos deben dirigirse al Comité de sus grupos.

Este decreto debe ser leído en cada grupo, sea o no activo.

Firmado: Consejo de Petrogrado de los diputados obreros y soldados”.

[12] He aquí los datos oficiales:

Primer Congreso Panruso de los Soviets: 13 por 100 dc los representantes eran bolcheviques.

Segundo Congreso Panruso de los Soviets: 51 por 100 de los representantes eran bolcheviques.

Tercer Congreso Panruso de los Soviets: 61 por 100 de los representantes eran bolcheviques.

[13] El aspecto general de este problema constituye la tesis de nuestro discurso de apertura del curso de 1917-18: “La crisis de la democracia”.

[14] Debo la traducción de este documento oficial a la amabilidad de una bolchevique militante que se mostraba asimismo disconforme con la marcha política de la Revolución. La traducción coincide con la publicada por los delegados italianos Nofri y Pozzani en su folleto La Russia com’è.

[15] Este momento de supeditación de los intereses del Sindicato a los de la comunidad, para reducir a términos de armonía la pluralidad viva de los grupos corporativos, es un excelente momento ideal para advertir cómo el sindicalismo, si ha de superar los métodos egoístas de la producción capitalista, no puede mantenerse en un plano de lucha de grupos -aún cuando pueda ser éste un estadio en la evolución económica-, sino que ha de llegar a afirmar el valor preeminente de los intereses sociales y, por tanto, a la concepción socialista.

[16] Informe: de Zorin en la Conferencia del partido comunista celebrada en Petrogrado del 30 al 31 de enero ultimo.

[17] L’Etat et la Révolution (edición oficial; Moscú, 1919, p. 67).

[18] Lenin: Obra últimamente citada, pp. 73-74.

[19] ¿Es esto también marxismo? Cuanto hacen y piensan los directores del partido comunista ruso lo ponen bajo la advocación de Marx; el estudio de la relación efectiva entre marxismo y bolchevismo se ha iniciado -Sombart, Kautsky, E.O. Walter, entre otros-; pero dada la trascendencia de la cuestión doctrinal que planteamos, la de si en todas las actividades sociales hay un antagonismo fundamental, vale la pena recoger este juicio, de un hombre; a quien se le considero hasta la guerra, por los propios comunistas rusos, como el marxista por antonomasia: Kautsky: “Hay algunos intereses sociales a más de los de clase. La totalidad de los intereses de clase de una sociedad no forman la totalidad de los intereses sociales que en ella viven. Los intereses artísticos, científicos, sexuales, otros muchos, no entran en los de clase” (Die Neue Zeit, XXI, tomo II, p. 261); citado por Tugan Baranousky: “Los fundamentos teóricos del marxismo (traducción española del Sr. Carande, p. 141. nota); y A. Labriola, en su obra Karl Marx (p. 245), escribe: “No todas las cuestiones que se ponen en una sociedad determinada son cuestiones de clase, es decir, no requieren como solución la eliminación, como clase directora, de una clase determinada. El marxismo, con su visión de la lucha de clases no niega la realidad de este hecho; incluso lo aprovecha para exaltar, por ejemplo, los resultados de la legislación de fábrica”.

Claro es que el problema interno de la exégesis marxista es el de conciliar estas afirmaciones con esta otra del Manifiesto comunista de 1847: “La historia de toda sociedad hasta nuestros días se reduce a la historia de la lucha de clases”.

[20] Die Nachsten Aufgaben der Sowiet Macht. pp. 38-40.

[21] Distrito rural que agrupa aldeas y poblados.

[22] El pudd es una medida rusa equivalente a 40 libras de 400 gramos, o sea 16 kilos.

[23] Desiatina equivale a 1,09 hectáreas.

[24] En vista de la depreciación creciente del dinero dijéronme los maestros que iban a subir los sueldos, elevando el de ellos a 18.000 rublos mensuales.

[25] El zolornik es la 96ma parte de una libra.

[26] Actualmente hay en Rusia, según los datos oficiales, más de 300 estaciones de radiotelegrafía.

[27] Véase p. 4 del Report on food Conditions in Germany during the War. Por E.H. Tarlin, Londres, 1919.

[28] Véase el Report antes citado, pp, 7, 16 y apéndice 15.

[29] Traducida del ruso: Wirtschaftsleben und Wirtschaftlicher Aufbau in Sowiet Russland, 1917-1920, Berlín, 1921, p. 51.

[30] Larin: obra citada, p. 64.

[31] En las cartas murales existentes en el Museo de Higiene de Moscú están inscritas estas cifras: Población de las ciudades rusas en 1912: el 4 por 100 del total nacional; en 1835, el 5,8 por 100; en 1897, el 13 por 100, y en 1911, el 13,7 por 100. Con posterioridad se cree que ha llegado hasta un 15 por 100. El total de los poblados existentes en Rusia es de 728.157, y de ellos, 706.911 tienen menos de mil almas.

[32] Report on food Conditions in Germany, pp. 7 y 8 y apartado 15.

[33] Tan dudoso es lo que afirma Losowsky, que los centros industriales rusos, Petrogrado, Moscú, Baku, Kiew, etc., conocieron en 1914 huelgas potentísimas organizadas por los obreros sindicados; y si en parte obedecieron a la protesta contra la opresión de la prensa obrera, también se debieron a la disolución de la unión sindical de metalúrgicos.

[34] Losowky obra citada, pp. 85-86, y Revue Hebdomadaire, número 12.

[35] Der Radicalismus, etc., pp, 28-29

[36] Revue Hebdomadaire de la Presse Russe, Moscú, 5 de noviembre de 1920.

[37] Para este capítulo hemos tenido presente, sobre todo, los datos recogidos por nosotros en el Comisariado de Alimentación, Consejo de Economía Nacional y Comisariado de Hacienda; los números de Vida Económica que hubo de darnos el director, Krumin; la conversación con el vicepresidente del Consejo Económico, Lomof; los datos que nos suministraron economistas e ingenieros; los que obran en la Revista Semanal, que se publicaba oficialmente en Moscú durante nuestra estancia, y los consignados en el informe de Larin y Kritzmamm, ya citado. Para conocer el problema político internacional que suscita Rusia, nada tan importante como estudiar la estructura financiera de su industria, y para ello es de recomendar el libro espléndido del doctor B. Ischchanian, Die Auslandischen Elemente in der russischen Wolkswirtschaft; Berlín, 1913. Respecto a la evolución de la economía rusa durante la Revolución, a más del libro de Zagorky, La república Sovietista, véase el de Labry; L’industrie russe et la Révolution, y la publicación del Osteuropa-Institut, in Breslau, Quellen u. Studien, erste Abt. Recht u. Wirtschaft, 1 Hefte: Russisches Wirtschafsleben, seit der Herrschaft der Bolcheviki. Zw. Anfl. Teubner, 1919. Como libro en que se sostiene el punto de vista cominista ruso, véase Goldschmidt: Die Wirstschaflorganisation Sowiet Russland; Berlín, 1920.

[38]  Véase Kohler; obra citada, pp. 93 y 94. Las cifras que da para 1914 a 1917 son inferiores a la anterior, que es de Larin, en medio millón.

[39] Es decir, un 30,8 por 100 de la masa trabajadora; y siendo el valor global de los productos de las principales actividades de la industria rusa 4.838 millones de rublos, aquélla representa el 27 por 100 de esta cantidad.

[40] He aquí, por vía de ejemplo, con referencia a los años 71 al 95, el proceso de concentración en la industria textil en el sector de la Polonia Rusa.

1871                      1880                      1890                      1895

Número de fábricas                                           11.277                   10.871                   635                        395

Ídem trabajadores                                             28.046                   45.753                   60.288                   101.000

Valor de la producción por fábrica                1.612                     5.303                     139.298                433.435

(en rublos)

Véase Ischchanian: Obra citada, p. 166.

[41] Es de advertir que la capacidad de producción de las fábricas rusas es mucho mayor de la que hacen pensar las cifras de 1913. Hela aquí, según Vida Económica (en ruso), nº 110, 23 de mayo de 1920. Briabsk, 240; Kolomma, 180; Jarkof, 200; en tres grandes centros de Petrogrado, 500, y en Lugansk, 240; en cuanto al rendimiento posible en vagones, se evalúa en 67.000.

[42] Este problema así planteado, técnica y democracia, lo tratamos en el discurso de apertura del curso 1917-18, en la Universidad de Granada: “La crisis de la democracia”.

[43] Kapital, I, p. 26, edición 1919. Véase de Proudhon, a más del Systéme des contradictions éconómiques ou Philosophie de la misére, su obra De la capacité politique des classes ouvrières, capítulos VIII de la segunda parte y VIII de la tercera. Llamo la atención del lector sobre la sagaz doctrina de Proudhon acerca de las condiciones que hacen justo el intercambio económico.

[44] Informe de Rikof ante el Congreso Panruso de los Consejos de Economía Popular en Moscú, enero de 1920. Véase el estado trascrito de los empresas nacionalizadas. (Anexo I – Nota del Editor)

[45] Larin y Kritzmann: obra citada, p. 142.

[46] En qué tanto esto es algo logrado o meramente deseado, lo revela Trotsky en su informe: “Hacia un plan económico único”, que comenzó a publicarse en la Revue Hebdomadaire, números 12 y 13. El cuadro sinóptico (Anexo II) da una idea del modo como ha sido oficialmente concebida la organización de la economía.

[47] Véase el Apéndice II.

[48] Esta cifra, fijada por un decreto de 1918, se creyó que iba a contentar a los aldeanos y lograr que éstos no opusieran dificultades a la entrega.

[49] Revue Hebdomadaire (Moscú), nº 13, p. 23.

[50] También consta como apéndice en su informe, ya citado, Wirtschaftsleben, etc.

[51] Para satisfacer una curiosidad natural en el lector, daremos algunas noticias sobre cómo funcionan algunos servicios. En el de Correos, por ejemplo, la modificación introducida es la de la gratuidad. Su funcionamiento -en la época de nuestra estancia- era sumamente irregular e inseguro, existiendo una censura muy rigurosa. Otros servicios, como el de Teléfonos, son municipales; se concedió derecho a usarlo a cuantas personas tenían determinada jerarquía, o a aquellas cuyos servicios eran necesarios a la Administración; también era gratuito. La propiedad urbana se encuentra en situación que no pude del todo aclarar. En las grandes ciudades esta municipalizada, y hay un Comité en cada casa, elegido por los vecinos, que cobra los alquileres -una pequeñez, 500 rublos pagaba una familia muy conocida nuestra-, y con los fondos se proveía -teórica, pues prácticamente lo recaudado era insuficiente para hacer el más leve reparo- a las necesidades del sostenimiento de la casa. Los Comités de éstas constituían una asamblea de distrito, y los Comités de distrito la asamblea de la ciudad, que, a su vez, tiene una Directiva. En los pueblos pequeños y aldeas no se han municipalizado las viviendas. ¿Cuál es su situación?

[52] Die Wirtschaftspolitischen Probleme der proletarischen Diktatur, Viena, año 1920, p. 88.

[53] Véase acerca de esta reforma el hermoso libro de Knudsen Bauernfrage und Agrarreform in Russland.

[54] La desiatina es igual 1,09 hectáreas

[55] Véase Larin: obra citada, pp. 16 y 18. Véase además Revue Hebdomadaire, nº 8, correspondiente al 5 de noviembre de 1920.

[56] Véase Larin: obra citada, p. 17, y Revue Hebdomadaire (Moscú), nº 11, pp. 12 y 24,

[57] Véase Larin; obra citada, p. 20. En lo que al ganado caballar respecta, Larin sólo lo hace disminuir en 1,6 por 100; bien es verdad que esto es hasta el 19; todos los informes posteriores que hemos podido recoger coinciden en estimar el tanto por ciento real mucho más elevado. Para comprender lo que significa la casi desaparición del ganado de cerda no se olvide que Rusia contaba con 12 millones de cabezas de ese ganado.

[58] Véanse las observaciones del estadístico alemán profesor Ballod, Soviet-Russland, pp. 47 y 48.

[59]  Edición alemana, p. 23.

[60] Llega también a nuestro conocimiento el estudio sombrío publicado por Kritzman, persona de gran relieve en la economía oficial rusa, en la revisión, asimismo oficial, Ekonomistcheskaia-Jim nº 115, en la que dice: “El comienzo de 1921 se caracteriza por el aniquilamiento de todos los programas de producción concebidos hasta ahora y por el cierre en masa de las empresas industriales. El año 1921 deberá ser calificado como el de la desorganización estabilizada. (Véase sobre esto, así como sobre el informe de Rikof, L’Information Sociale de 27 de junio, artículo de Merreheim). The Times de 28 de junio publica un artículo con información muy exacta, en el que, bajo el título Russian Fact and Theory, se describe la postración económica de Rusia, y como consecuencia, su conciliación obligada y ya iniciada con el capitalismo. Lo terrible sería, a más de esto, que por haber esperado el bolchevismo al último momento, a aquel en que la necesidad no le permite aguardar, consiga el capitalismo respecto de Rusia -como por igual razón lo consiguió de Alemania- un nuevo Tratado de Versalles.

[61] Véase la edición alemana de sus obras, editada por Moeller van de Brutk, Munich,

1920; Politische Schriften, pp. 190 a 200.

[62] Véase, en nuestro Apéndice II, las reflexiones de Lenin a este respecto.

[63] Véase nuestro Apéndice I, especialmente la condición 6.

[64] Véase declaraciones de Krassin en Petit Parisien de 12 de junio del 1921.

[65] Lenin pronunciaba este discurso el 8 de marzo.

Origen: Mi Viaje a la Rusia sovietista 1934

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