El terror Rojo de Companys  – Memoria recobrada (1931-1939)  / momentosespañoles.es

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José María Fontana Tarrats, Los catalanes en la guerra de España -Grafite Ediciones, pag 170 

Las prácticas de exterminio de los coaligados en el Frente Popular en Barcelona y alrededores en la memoria de José María Fontana Tarrats.

Lo primero que hicieron el 20 de julio de 1936 los “líderes de la libertad humana” fue establecer cárceles por toda Barcelona, al extremo de que pronto excedieron en número a los cines y a las tabernas. Las más tristemente famosas entre las cárceles, descontando al ex siniestro Montjuich y la ex trágica Modelo, fueron la de San Elías, la de los Sanjuanistas, la de los Escolapios, la Tamarita, la del antiguo Banco de España; la del C.A.D.C.I. (Centro Autonomista de Dependientes del Comercio y de la Industria) en la Rambla de Santa Mónica, la de la calle Zaragoza y Prisiones Militares en un convento de la calle Enrique Granados. En suma, aparte de las cárceles oficiales cerca de un centenar de otras prisiones fundadas, patrocinadas y regidas todas ellas por los diversos partidos políticos “antifascistas”. Sus inquilinos eran reclutados a diario en las expediciones depuradoras que llevaban a cabo los piquetes armados —”patrulleros”— que, vestidos con mono, gorrito de borla y abundancia de insignias, recorrían calles y domicilios en busca de víctimas.

En los aludidos recintos carcelarios almacenábase, asimismo, parte de lo que se robaba, con independencia de su función principal: la de constituir una especie de antesala de la muerte. Ésta llegaba al atardecer o de madrugada, con la lectura de una lista de presos, a los que se les montaba en un coche, pasando, con el Sol naciente, a engrosar el número de hemorragias internas que asoló a toda la región. En estas patrullas de asesinos vulgares forman todos los partidos políticos que siguieron la causa roja. Dos de sus directivos más destacados fueron los militantes de Acciò Catalana González Batlle y Pons.

En Moncada, localidad muy cercana a Barcelona, se aprovecharon los hornos industriales para hacer experiencias crematorias, a fin, sin duda, de desterrar la anticuada inhumación al viejo estilo; así desaparecieron, sin dejar rastro, muchísimos ciudadanos. También en la cárcel de la calle San Elías se efectuaron ensayos de técnica constructora moderna, sustituyendo los ladrillos por cuerpos humanos; algunos ejemplares de dichaingeniería se encontraron al liberarse la ciudad.

Pero, en general, las cárceles particulares sólo sirvieron para asesinar, para interrumpir vidas. La cosa, no obstante, era bastante fea; y las presiones extranjeras decidieron al Gobierno a terminar con todos los “aficionados” y con sus “centros experimentales”. Entonces fue creado el S.I.M. (Servicio de Información Militar, montado sobre un intento anterior del socialista Indalecio Prieto llamado D.E.D.I.D.E.); se simplificaron las cárceles urbanas y, al modo soviético, nacieron los campos de trabajo. Una ola de tecnicismo represivo, made in U.R.S.S. lo invadió todo. Y los “liberales” del mundo pudieron dormir tranquilos y satisfechos de sus sentimientos humanitarios… y de la costilla de puerco que engullían para cenar. He de confesar que jamás acerté con el extraño impulso que suele obligar a los amantes del “liberalismo” a convertir en presidiarios a la mayor cantidad posible de sus congéneres; y a los “demócratas” a sellar in aeternum las palabras y sesos de los que no piensan como ellos.

Atenuada la época de los paseos y asesinatos a la buena… del diablo, se mataba con la hipocresía de una ley carente de justicia. No había día de descanso para aquellos ominosos tribunales contra “el espionaje, el derrotismo y la alta traición”; y el resultado era idéntico casi siempre; pena de muerte a la mayoría de los inculpados; y el S.I.M. se encargaba del resto, incluso de los absueltos. Matar, matar y matar: he aquí el lema del contubernio rojo-catalanista. Y quien dude de la región de procedencia de las víctimas, que lea los apellidos y por ellos podrá juzgar cómo el pueblo catalán estaba en el foso de Santa Elena.

El Tribunal Militar Permanente no quiso ser menos y en poco tiempo se puso a la misma altura que aquéllos, con aterradoras cifras de fusilados catalanes, por deserción, abandono, etc., que en abril de 1938 pasaban de dos mil ochocientos.

Encharcada así Cataluña de sangre inocente, sin derechos que invocar ni leyes en que ampararse, aterrorizados por la dictadura rusa y escarnecidos por la bota soez del gobierno de Negrín, ¿qué provecho obtuvo el catalanismo de su contubernio? Este tan sólo: que el señor Companys y cuatro más se pasearan en coche oficial con la bandera barrada y que se pudiera hacer vivir con subvenciones oficiales al teatro catalán. ¿Y para eso cincuenta años de catalanismo?

De vez en cuando se daba publicidad sumaria a las ejecuciones: “Ayer en los fosos del castillo de Montjuich fueron cumplimentadas diecisiete penas capitales”. ¡Y los fariseos victimarios se habían pasado la vida hablando del “siniestro” castillo porque se había fusilado allí a un sujeto apellidado Ferrer Guardia y a unos pocos más a lo largo de un siglo!

El clima político y espiritual (¿) que todo lo envolvía puede definirse y entenderse con un pequeño vocabulario de dieciséis palabras, machaconamente repetidas en la prensa roja. Helas aquí: comité, patrullas, antifascismo, pueblo, control, incautación, cumplimentada, incontrolado, derrotismo, alta traición, preventorios, campo de trabajo, espionaje, Catalunya, cementerio y marxista.

Rafael Vidiella, consejero de la Generalidad, afirmó en la prensa que “el robo y el asesinato no son delitos ni merecen aquella calificación cuando se cometen revolucionariamente por el pueblo —o sus hombres—, o sea sin ánimo de lucro o venganza personal.” ¡Para que luego la Generalidad fingiera ser incompatible con los incontrolados…! Cuando el clamor mundial les asfixió, sustituyeron a los “incontrolados” por el S.I.M. y los tribunales de sangre, y ¡tan tranquilos! Entre sus sicarios, los nombres de Chorro, Rodríguez Dranguet, Pelayo Sala, Palazón y Pascual Galbe, adquirieron tan triste notoriedad que fueron pronunciados con espanto: ellos eran los nuevos incontrolados actuantes desde la mesa de un tribunal, que les evitaba las salpicaduras de sesos humanos. ¡Ah!, pero a cambio de tanta infrahumanidad, se tenía el consuelo de que el teatro Poliorama pudiese denominarse Teatre Cátala de la Comèdia.

    Durante todo el año 1938 se organizaron grandes procesos: el de Radio nacional, el de la “quinta columna”, el de Iturrioz… El aniversario de la proclamación de la República fue conmemorado, en este año, con cuarenta y un fusilamientos… y en el primer semestre del mismo, nueve mujeres fueron fusiladas en Montjuich por su afección a la Causa nacional, entre ellas, aquella admirable muchacha de veintidós años, Carmen Tronchoni, ejemplo de patriotismo y abnegación.

Ello no es obstáculo para que, además, se produzcan desapariciones d individuos que luego aparecen en los cementerios con traumatismos (¿) irreparables. La Prensa publica a veces estas noticias, y así nos enteramos de la desaparición dl actor de teatro catalán Pedro Ventayols. Aunque no sea por la Prensa, precisamente, como se conoce el asesinato de familias enteras, incluidas las criadas, como los Olalde, Vidal, Ordeig, Bonanova Claramunt…

El monstruo también devora a sus propios retoños. Dígalo, si no, como uno de los crímenes más característicos, el que costó la vida al obrero antifascista Miguel Manso, Nin de Berga,  cuyos asesinos fueron juzgados y absueltos por el tribunal número 4, no obstante las manifestaciones de todo el pueblo, las gestiones oficiales y las promesas hechas en contra.

Automutilación, deserción, traición, espionaje, derrotismo, desafección… Y listas y más listas de condenados a muerte; de “enterados”; de “organizaciones fascistas” descubiertas; y cifras —de vez en cuando— de sentencias para las ejecuciones cumplimentadas. ¿Con quién está, demócratas, el pueblo de Cataluña que deserta de vuestras filas, que os espía y traiciona, que se automutila para no serviros y que riega de sangre el foso de Montjuich…?

* * *

Llegamos a una de las cosas más monstruosas, más execrables y más horrible de la historia de la Humanidad: las chekas (checas). Cuando fueron descubiertas, al liberarse Barcelona, y cuando pudieron hablar los supervivientes, un estremecimiento de horror sacudió la conciencia de los españoles decentes. El mundo no se enteró ni quiso enterarse, porque era “liberal y demócrata”, porque había ayudado y protegido a sus constructores, porque comía con ellos en La Perigourdine, y porque estrechaba las manos de los asesinos “rojos” en el exilio, acogiéndolos en los suntuosos despachos oficiales del Quai D’Orsay o de las Trade Unions; ¿cómo habían de enterarse, si las chekas eran la consecuencia directa, el hijo natural, el lodo inmundo de los polvos y las ideas que ellos sembraron?

¡Nos revientan los ijares de risa y de rabia al pensar que las ingenuidades de la Inquisición nos han costado siglos e odio y de leyenda negra! ¡Y recordar que los padres de los chequistas levantaron monumentos a Ferrer Guardia! ¡Y leer que la Edad Media fue una época bárbara! ¡Y contemplar los rasgados ropajes de los santones europeos por una inocentísima expulsión de judíos y moriscos!

¡Cuánta ingenuidad, la nuestra! ¡Cuánta culta estulticia, la suya! ¡Cuánta maldad, Dios mío!

Como en trémolo lastimero, de sangre y de dolor, va subiendo el diapasón de la criminalidad roja. Graves fueron los asesinatos de los combatientes rendidos en las jornadas de julio; pero siquiera, entonces, había lucha, cadáveres, pasión… Espantosa la degollina de los “paseos”. Horrendas las muertes con torturas y con regodeo de los verdugos. ¿Pero qué es todo esto comparado con el horror refinado, progresista, técnico, de las chekas? Una náusea infinita, una piedad sin límites, nos acomete, sintiendo vergüenza de haber nacido y asco de pertenecer a la misma especie zoológica de los chequistas. ¿Progreso? ¿Cultura? ¿Libertad? ¿Democracia? ¿Edad Moderna? ¿Civilización?… ¡Mierda, señores; mierda inmunda y repulsiva, aunque duela el tímpano a los fariseos y lo perfumen con grado 33! ¡Ante eso no queda nada ni nada vale!

En los años de 1937 y 1938 de la era de Cristo, calendario Gregoriano, y en la culta ciudad de Barcelona, bajo la República Española y el Estatuto catalanista, los hombres construyeron ergástulas de tortura refinada, infinitamente más completas y perfectas que las de los siglos bárbaros, para hacer sufrir, psíquica y físicamente, a otros hombres iguales a ellos, por el solo delito de no pensar en la misma forma que sus verdugos.

Quisiera consolarme pensando que quien tal hizo fue sólo una minoría; que las personas decentes —de derechas o de izquierdas— pensaron igual. Hasta quiero creer que a muchos rojos les sorprendió e indignó el hecho, tanto como a nosotros, aunque en la excepción no incluya a un solo comunista ni marxista. Y para que se vea cuán rigurosa es tal previsión quiero hacer constar que, nada menos que un poeta de tan fina delicadeza como Antonio machado le contestó al editor Janés, cuando éste fue a pedirle su firma para un escrito en favor del poeta Félix Ros, a quien habían martirizado horriblemente en la cheka de Vallmajor: “Pues ¿qué?… ¿Quiere usted que nos arranquen también las uñas a los anti-fascistas?”

Por muchos motivos ni quiero ni puedo hacer demagogia. Pero, recordando a las gentes asesinadas y a los que pasaron por las cárceles y chekas, no puedo por menos de observar cuán pocos millonarios y plutócratas pasaron a mejor vida o sufrieron martirios. La inmensa mayoría de las víctimas y excautivos pertenecieron a la clase media y al proletariado. Justo será, pues, reconocer que a través de una mentalidad roja, la represión y sus crímenes apenas sí rozaron a quienes debían ser sus mayores enemigos; también en esto su fracaso fue total. Claro está que uno tiene sus ideas particulares sobre la materia, y cree que es más fácil el entendimiento entre un capitalista sin escrúpulos y un dirigente marxista que entre este último y un hombre modesto con ideales y los calcetines zurcidos.

* * *

El nombre de “Campos de trabajo” era el delicado eufemismo con que el sadismo democrático denominaba a los mataderos al aire libre. Estaban ya las ciudades demasiado cargadas de presos y, además, el aislamiento facilitaba las brutalidades y los crímenes.

Entre tales “Campos” el más célebre por su negra historia fue el número 3, situado en Omells de Nagaia (Lérida), que en los últimos tiempos de su funcionamiento tuvo por jefe a un tipo perfecto para una galería lombrosiana: se llamaba Monroy y tenía más muertos sobre la conciencia que pelos en la espesa barba.

El “Campo” número 1 estuvo en Hospitalet del Infante y tuvo como jefe también a Monroy. Mucha fue, asimismo, la gente en él asesinada, en virtud de la opinión del Mandamás de que “quien no podía trabajar no servía a la República”, y, por tanto, se le pegaba un tiro en la nuca. Solía curar a los enfermos de febrículas obligándoles a permanecer, en pleno invierno, veinte minutos dentro del mar, escogiendo para ello la hora del atardecer y buscando, incluso, los días ventosos.

Deporte favorito en tal “Campo” era el de lanzar piedras sobre los desdichados presos desde alguna distancia, juego en el que Monroy llegó a tal perfección que no fallaba una. Sin duda por esto y por su ferviente espíritu republicano le nombraron jefe de “Campos de Concentración”, durante cuyo mando se mató a los recluidos en aquellos por los motivos más nimios.

Otro notable “Campo” fue el de Falset, con destacamento en Porrera. Y hubo más. Ni uno solo de los miles de desdichados que pasaron por tales centros cumplía condena alguna; e incluso muchos habían sido absueltos por los Tribunales rojos.

Las democracias y los papanatas que de ellas viven, han querido asombrar y horrorizar con las explicaciones estilo Buchenwald: ¡a nosotros! Ante esta ingenuidad no puede por menos de asomar la sonrisa a nuestros labios al leer que la crueldad nacionalsocialista había consistido simplemente en matar. Y aun en hacerlo por medios rápidos como la cámara de gas. ¡Qué más hubieran querido las víctimas de las chekas y de los “Campos de Concentración” rojos, protegidos y apoyados, unos y otras, por el parlamentarismo socialdemócrata europeo, que se les hubiera ahorrado tanto sufrimiento por medio de un expeditivo Buchenwald!

(José María Fontana Tarrats, Los catalanes en la guerra de España, pp. 170 a 181 (en extracto), Grafite Ediciones).

Origen: momentosespañoles.es – Memoria recobrada (1931-1939) VII

3 comentarios en “El terror Rojo de Companys  – Memoria recobrada (1931-1939)  / momentosespañoles.es

  1. alguien, como Mas por ejemplo, ha pedido perdón por todo esto.? Por ser sus próceres mentores los culpables de tanto crimen y crueldad. Si una dictadura acabó con toda esta barbarie es lógico que se aplaudiera entonces.

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