Arendt vuelve a Jerusalén – Santiago Navajas –  La Ilustración Liberal

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A Hannah Arendt le cabían en la cabeza Alemania, el judaísmo, el totalitarismo y la filosofía de Martin Heidegger. Lo que habría hecho enloquecer a cualquiera pero no a la alemana judía que encarnó como nadie el cosmopolitismo en tiempos de nacionalismo, el humanismo en pleno auge del irracionalismo. La pensadora política más influyente del siglo XX engrosó afortunadamente las filas de los liberales –junto a Karl Popper, Isaiah Berlin, Friedrich Hayek o John Rawls– en un momento en el que fueron pocos los hombres y las mujeres de luz en una época de oscuridad, arrastrados por todo tipo de atractores colectivistas, del nacionalismo al socialismo, que encontraron su culmen abisal en la figura de Adolf Hitler. Su contribución a la democracia liberal fue decisiva a través de obras emblemáticas como Los orígenes del totalitarismo, La condición humana o Sobre la revolución, en las que articuló la más profunda y extensa visión humanista e ilustrada, enfrentada durante el siglo XX a los totalitarismos de izquierda (comunistas) y de derecha (fascistas).

Precisamente por su conocimiento de primera mano de dichos temas fue enviada por la revistaNew Yorker a Israel, al inicio de la década de los 60, para cubrir el proceso a Eichmann1, uno de los encargados nazis del exterminio de los judíos. A través de varias entregas en la revista estadounidense, que luego tomarían la forma de libro en Eichmann en Jerusalén, Arendt informó al mundo entero del juicio desde una perspectiva filosófica, lo que hizo que la crónica del mismo fuese a la vez un ensayo reflexivo sobre lo que significó la execrable aventura política hitleriana que emprendió el pueblo alemán.

Mientras que la ciencia se ocupa del cómo de los hechos y el periodismo del qué, los filósofos se atreven, con ese desparpajo entre ingenuo y suicida que llevó a los atenienses a invitar a una caña de cicuta a Sócrates, con el por qué. Su crónica del juicio israelí a Eichmann no es coloreada ni ocurrente, no abunda en anécdotas ingeniosas ni en chascarrillos picantes, ni trata de servir a ninguna causa que no sea la de la verdad, a la que se debe como filósofa, y la de la justicia, a la que se debe el proceso. Heredera tanto de la impertinencia de Sócrates como del rigor de Kant, sin embargo es el espíritu de Spinoza, el judío expulsado de la sinagoga, el que sobrevuela unas páginas en las que Arendt piensa intempestivamente contra aquellos que tratan de instrumentalizar los valores fundamentales de la verdad y la justicia para someterlos a intereses espurios de clase, raza, etnia o religión.

También carga contra ella misma, refutándose. Porque si había aplicado una categoría kantiana, el mal radical, en la explicación de los orígenes del totalitarismo, ahora, enfrentada a uno de los protagonistas de la dominación total sobre la sociedad y su exterminio, comprobó, entre asombrada y asustada, que el aire del crimen y el asesinato que rodeaba a Eichmann como un halo no olía a azufre, como daba a entender la categoría más bien teológica del mal radical que había acuñado el muy religioso Kant, sino que era dulce, penetrante, insidiosamente desagradable como el almizcle, pero al que uno se podía acostumbrar. Es decir, que no sólo no es verdad que los malos triunfan cuando los buenos no hacen nada para evitarlo, sino que son los mismos buenos, puestos en determinadas circunstancias, los que realizan el mal con la naturalidad del que hace lo que hacen los demás. Sólo se necesita un poco de autoridad, unas gotas de carisma, unas hebras de ideología y muchos litros de amoral instinto de supervivencia para preparar el brebaje con el que Hitler emborrachó a los alemanes.

A raíz del estreno de la película de Margarethe von Trotta sobre el viaje de Hannah Arendt a Jerusalén, donde esperaba sumergirse en el corazón de las tinieblas pero terminó bañándose simplemente en un corazón en invierno, se sorprendía Vargas Llosa2 de que Arendt hubiese recibido tantos ataques, precisamente de parte de judíos israelíes, que la llegaron a acusar de “pronazi” y “antijudía”. Vayamos por partes. El informe de Hannah Arendt fue un escándalo, en primer lugar, porque de un plumazo nos hizo ver que, al menos en este caso, era falso que muerto el perro se acabó la rabia. Eichmann no era Darth Vader o Hannibal el Caníbal, un tipo maligno, sino un hombre ridículo, astuto sin duda, pero definitivamente trivial, como cualquier hijo de vecino. Ahorcar a Eichmann, a todos los Eichmann, a todos los perros rabiosos, no sólo no iba a acabar con la rabia, sino que además implicaba el peligro de que el verdugo se contagiara de la enfermedad del odio y el resentimiento… Lo insoportable de Arendt para muchos judíos es que dedicó varias páginas a mostrar cómo la banalidad del mal había infectado también a la comunidad judía, algunos de cuyos miembros fueron cómplices en el exterminio de sus semejantes (Claude Lanzmann, uno de los que acusaron a Arendt, acaba de presentar en el Festival de Cannes El último de los injustos, su documental-entrevista a uno de los más prominentes judíos que colaboraron con los nazis, Benjamin Murmelstein).

Tanto Eichmann como Murmelstein, salvando las distancias, hicieron lo que hicieron llevados por patéticas justificaciones de tipo utilitarista. Del tipo “Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho cualquier otro” o “Hice lo que hice para que el daño fuese el menor posible”. A Arendt lo que le importa señalar es que la presión de las circunstancias explica pero no justifica, y que al final es la conciencia, ese reducto final de la dignidad humana, lo que responde moralmente. Y en la Alemania nazi hubo personas que fueron capaces de mantenerse fieles a su conciencia arrostrando el peligro e incluso la muerte. A esos individuos de carne y hueso, independientemente de su credo y condición, son a los que Arendt rinde tributo y admiración, y no a pálidos espectros abstractos como la nación, la raza o la religión.

En su momento, Arendt fue acusada de caer en “la perversidad de la brillantez”3. Hoy, sin embargo, no podemos sino maravillarnos de su integridad y valentía, de cumplir aquello que le había profetizado su maestro Heidegger –tan cerca de ella en capacidad de abstracción intelectual, tan lejano en valentía moral–: el pensamiento es algo solitario. Ni el mejor de los amigos se va a tomar la copa de cicuta por ti. Sobre todo, porque no debe: cada cual ha de cargar con su responsabilidad. Por supuesto que sus elucubraciones no están basadas en caprichos conceptuales. Precisamente en esas fechas psicólogos y sociólogos estaban estudiado la banal conformidad social sesgada al mal absoluto (que tuvo su precedente en otro judío asimilado genial, Sigmund Freud, con su investigación sobre la psicología de las masas de 1921): de los experimentos de conformidad con el grupo de Asch (1951) al caso de la cárcel de Stanford diseñado por Philip Zimbardo (1971), pasando por el experimento de Milgram sobre el comportamiento de la obediencia a la autoridad (1963). Todo lo cual culminó en la obra de Zimbardo El efecto Lucifer: el porqué de la maldad (2008)4. En la misma senda que estos investigadores, Arendt se refirió con su expresión sobre “la banalidad del mal” a la relativa facilidad con la que factores sociales, afectivos y étnicos, pasando por la búsqueda de seguridad o el éxito, deciden el desequilibrio de la balanza antropológica entre la innata inclinación al mal y la, por naturaleza, disposición al bien.

Occidente camina por las calles de Atenas y Jerusalén, dos ciudades tan imbricadas en nuestra cosmovisión que la Avenida Aristóteles hace esquina con el Bulevar Salomón. En el caso de nuestra consideración sobre el mal, son dos mitos o alegorías los que configuran nuestra visión, el de Adán (Genésis) y el de Antígona (Sófocles). La responsabilidad humana en el mal contra el plan benéfico de Dios (“Vio lo que había hecho, y era bueno”, Génesis, 1, 10) y el enfrentamiento de la conciencia individual contra la sociedad y el Estado. Pero dicha responsabilidad humana habría sido llevada hasta el extremo en la doctrina del pecado original: el ser humano es malo en sí mismo y por naturaleza. Este gnosticismo maniqueo no fue debilitado por el cristianismo postagustiniano, que en realidad lo transformó: pasó de la creencia en un principio ontológico malvado a incrustarlo en la naturaleza humana. Tuvo que llegar esa Antigona judía que era Hannah Arendt para que Atenas y Jerusalén dejasen de ser dos ciudades unidas por puentes pero asentadas en dos continentes para que se fusionasen en una sola ciudadela. En un momento de la película de Trotta, la editora del New Yorker se lamenta: “Philosophers don’t make deadlines“. Efectivamente, los filósofos no cumplen con los plazos de entrega porque bastante tienen con cumplir, y hacernos cumplir, con la conciencia.


1 Información básica sobre el juicio a Eichmann, en el Museo sobre el Holocausto de los Estados Unidos: http://www.ushmm.org/wlc/sp/article.php?ModuleId=10007185

2 Mario Vargas Llosa, “El hombre sin cualidades”, El País, 16-VI-2013.

3 Un repaso de las descalificaciones que sufrió Hannah Arednt, en Daniel Maier-Katkin, “The Reception of Hannah Arendt’s Eichmann in Jerusalem in the United States 1963-2011”,http://www.hannaharendt.net/index.php/han/article/view/64/84

4 Y en el documental El poder de la situación, en el que se repasan los experimentos mencionados, algunos no se podrían realizar hoy en día por cuestiones éticas; disponible enhttp://www.youtube.com/watch?v=bNVjF9oKtwU

Origen: Santiago Navajas – Arendt vuelve a Jerusalén – La Ilustración Liberal – Revista española y americana

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