El ‘Síndrome de Catalunya’  – Antonio Robles / La ilustración Liberal, revista española y americana

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1. Justificación

El nacionalismo ha convertido toda disidencia en una patología. Ejercicio simple y efectivo cuando se tiene al auditorio de tu parte. Es hora de enfrentarlos a un juego de espejos, para que se vean con los mismos ojos con que nos juzgan; pero con una diferencia: intentaré dar razones además de revelar las diversas infecciones nacionalistas que han convertido Cataluña en una sociedad enferma. Eso no me disculpará, pero al menos podremos confrontar visiones. Seguro que no tendré la razón en todo o en la mayor parte de lo teorizado a continuación, y colectivos o personas diversas tendrán razones para sentirse molestas; es el precio por intentar explorar lo que nos pasa y por qué nos pasa. Disculpas de antemano, si así fuere. Y una última aclaración: en cualquier caso, los ciudadanos son libres para elegir su destino, sea cual sea éste, incluso el de la sumisión, por lo que mi diagnóstico sólo es cognitivo, en modo alguno sancionador de conductas. Como decían en mis infancias: cada cual va al infierno por el camino que elige.

En 1973, en la ciudad de Estocolmo, en un asalto, los ladrones retuvieron a los empleados del banco durante varios días. En el momento de la liberación un periodista fotografió el instante en que una de las rehenes y uno de los captores se besaban. Este hecho sirvió para bautizar como “Síndrome de Estocolmo” ciertas conductas “extrañas” que demuestran afecto entre los captores y sus rehenes. Desde entonces se conoce con ese nombre la conducta de afectividad que sentiría el individuo sujeto a secuestro, como autoengaño y modo de agradecimiento, al vivir en una situación de suma fragilidad y chantaje. La consecuencia más desalentadora culminará en la justificación de la conducta ilegal de los secuestradores.

Cuando escribía Extranjeros en su país[1], a finales de los 80, ante la imposibilidad de dar una explicación al silencio de los castellanohablantes despojados de sus derechos lingüísticos en Cataluña, adopté el concepto de “síndrome de Estocolmo” para describir la sumisión social al nacionalismo. Quince años después, quiero describir con más detalle aquella metáfora. Pero ahora con un concepto aún más exacto: “El síndrome de Catalunya”. Para ello me he valido del concepto psicoanalítico de “complejo de inferioridad”, en diversas variantes, como respuesta a una situación conflictiva que causa frustración, intranquilidad, miedo, angustia o desajustes con el entorno. En términos freudianos, se trata de un mecanismo de defensa, es decir, de una de las maneras adaptativas inconscientes que posee el individuo para resolver esos conflictos y reducir la angustia que le producen.

El “acoso moral” que han sufrido cientos de miles de inmigrantes andaluces, extremeños, gallegos, aragoneses, castellanos, valencianos –españoles, en suma– a lo largo del último tercio del siglo XX en Cataluña por parte de una élite intelectual y política camuflada en el nacionalismo catalán ha llevado a la inmensa mayoría de ellos al autoodio, a la vergüenza, o si prefieren a la desgana cultural, lingüística y nacional y, por ende, a comportarse como si fueran culpables de un pecado original lingüístico por no hablar catalán y seguir utilizando el castellano en una tierra donde les han repetido hasta la saciedad que es una lengua agresora, culpable de la debilidad de la “lengua propia” del país e instrumento imperialista de la dictadura franquista para eliminar las señas de identidad de la “nación catalana”.

Soportar este tipo de acusaciones en un tiempo histórico y en un espacio geográfico donde toda sospecha de centralismo, franquismo, españolismo, fachismo se hacía insoportable a causa de los aborrecibles 40 años de la dictadura, y donde tales apelativos se habían mezclado a propósito y maquiavélicamente con todo lo que fuera cultura y lengua españolas; soportar, digo, tan pesada carga no estaba a la altura de la inmensa mayoría de los castellanohablantes, que, por otra parte, carecían en su mayoría de instrumentos intelectuales para defenderse de la agresión. Como consecuencia de ese acoso moral continuado y generalizado desde el poder autonómico y sus medios de comunicación se produjo una contaminación, también generalizada a sindicatos y partidos de izquierdas, sobre todo a CCOO, UGT, PSUC y PSOE/PSC; no porque fuera mayor, sino porque en estas formaciones se concentraba la mayoría de los inmigrantes castellanohablantes de raíz cultural española (también lo es la catalana, por ser una parte del todo, pero en fin… el lenguaje es la primera víctima del catalanismo).

Todo ha sido siempre muy sutil. Se empezó por aquello de: “Los caciques te echaron de tu tierra y dejaron sin futuro a tus hijos; aquí, en tu país de adopción, te damos trabajo y un futuro para ellos” (No eres tú quien se gana el sueldo, ni cooperas con el empresario a aumentar sus ganancias; es el patrón quien te salva de la miseria. Los años 60 son un claro exponente de la explotación de la clase trabajadora inmigrante, hacinada en colmenas del cinturón o de barrios enteros de aluminosis, que tantos dividendos dieron a los especuladores de entonces, a los nacionalistas de ahora); “Cataluña me quitó el hambre por primera vez” (Se empiezan a asumir sentimientos de culpa, mezclados con los de agradecimiento. El acoso moral comienza a erosionar conciencias); “No muerdas la mano de quien te da de comer”; “De fuera vendrán y de tu casa te echarán” (A la menor resistencia, mayor dosis de acoso moral); “La lengua catalana desaparecerá en 50 años por culpa del castellano” (Victimismo como estrategia para legalizar futuras agresiones a la lengua impropia).

Nada de imposiciones brutas ni evidentes, siempre sutiles formas de acoso moral, como la campaña En català, si us plau (la mayor y más eficaz campaña para imponer el catalán como única lengua aprovechando un entorno de evidente injusticia contra ella. El imperativo es indirecto pero evidente: “En català”, sólo en catalán. Después de la coma venía el “si us plau”, coletilla para mostrar indefensión y de paso culpabilizar al castellanohablante). Se trata de hacerlo sentir culpable: él, que vive y se gana el pan en Cataluña, ni se molesta en hablar “la lengua propia del país”, lengua minorizada por él como agente inconsciente del franquismo; lengua, por otra parte, frondosa y exuberante, amenazadora y descomunal, con más de 300 millones de hablantes en todo el mundo (intento sucio de que el castellanohablante se acompleje por hablar una lengua soberbia y acepte la sustitución). Tales sutilezas son imposibles de percibir por cientos de miles de ciudadanos que se sienten culpables de las desventuras de una lengua a la que, lejos de poner en peligro, han sacado de su marginalidad demográfica (si no hubiera sido por la inmigración, ahora la lengua catalana tendría de dos a tres millones de hablantes, en lugar de los seis o siete de la actualidad, según un estudio demográfico de Anna Cabré).

Hasta la misma palabra “inmigrante”, una vez interiorizada, les lleva a asumir su condición de extraños, forasteros o extranjeros. Esa evidencia quedará como una huella inconsciente de súbdito agradecido, ciudadano sin derecho ni altura para ocupar democráticamente el poder de la “propiedad”. Una prueba de ello es que existe un 48,8% de catalanes que dicen tener como lengua propia el catalán, cuando en realidad el número de catalanes con lengua materna catalana es únicamente del 44,4%. Ese 4,4% de diferencia juraría haber matado a Manolete con tal de pasar desapercibido.

El campo de la Historia es otro de los potros de tortura que ha utilizado el nacionalismo para acomplejar y responsabilizar de los males de Cataluña a los inmigrantes: “La Guerra Civil se libró contra Cataluña”, “La Guerra Civil la perdieron los catalanes” (¡Como si “la República”, la democracia española, Azaña, García Lorca, Antonio Machado o el bueno de mi tío Juan fueran de Olot!). El victimismo falsifica de raíz la contienda española de clases y convierte términos como “facha” o “franquista” en algo genuinamente español. “Esos feos atributos –dirán de mil maneras– son de ustedes, los españoles. ¡Avergonzaos!, pedidnos perdón; o sea, callaos. Al menos no empeoréis nuestra vida presente con vuestra presencia cultural bastarda, que tanto mal nos ha hecho”. O lo que es lo mismo: “¡Cooperad con el catalanismo, único método de redimir vuestro pecado original de hablar la misma lengua que Franco!”.

No es extraño, por tanto, que el 11 de septiembre de 1714 se presente como una guerra de liberación e independencia contra España, en vez de una lucha de intereses por imponer una dinastía monárquica. Eslóganes, chistes, camisetas con la teoría de la evolución, utilizada para mostrar el avance de la inteligencia y la civilización a través de una secuencia de prototipos humanos evolutivos, el primero de los cuales representa a los españoles a través de imágenes de monos a cuatro patas, hasta llegar, erguidos y afeitados, a los sapiens catalanes. Una retahíla de insultos nunca contestados, sumisión e impotencia, silencios, miradas, desenfoques históricos, mitos, desventuras reales e inventadas: todo es lícito para destruir la autoestima cultural y lingüística de tres o cuatro millones de ciudadanos españoles que sólo pueden ser considerados catalanes a condición de que dejen de ser lo que sienten.

Aceptar la mirada de superioridad con que te mira el otro como una minusvalía tuya es asumir la inferioridad respecto del otro. Llegado el caso, sólo habrá espacio para las concesiones. Marcados con el estigma, lo ocultan de mil maneras transparentes: relativizan el acoso lingüístico, lo justifican o lo defienden, miran para otro lado cada vez que desprecian sus raíces culturales, arrían los símbolos de España, callan o asumen. En el peor de los casos, ejercen de verdugos al servicio del exterminio de sus propias vivencias y sentimientos españoles. De ese entramado de despropósitos y renuncias surgen tipologías diversas, todas ellas marcadas por un inconfesable “complejo de inferioridad”.

2. El ‘Síndrome de Catalunya’

Aunque parezca una exageración, considero que todos los que residimos hoy en Cataluña padecemos en mayor o menor medida este síndrome: unos porque lo imponen, otros porque lo soportan, otros porque caen en su patología, y los demás porque han de padecer la dialéctica patológica de una sociedad enferma de nacionalismo. Como las gripes, hasta quienes no las padecen viven la tensión y la incomodidad de su prevención.

Divido la patología en múltiples categorías; el grueso de los ciudadanos que las padecen son inmigrantes castellanohablantes, pero no exclusivamente: hay miles de catalanohablantes, aunque en ellos el efecto no tenga tanto contraste, por ser su malestar menos objetivable. La exclusión de un castellanohablante llegado de fuera de Cataluña por no saber catalán es más objetivable que la inclusión por defecto de todo catalanohablante en el nacionalismo.

2. 1. Castellanohablantes “alienados”

Son incapaces de visualizar su condición. Sufren, pero no alcanzan siquiera a ver el origen de su malestar. Son grupos de escasa instrucción social, nada estructurados en categorías políticas, llegados casi todos de fuera en las oleadas de los años 50 y 60. No militan ni votan en las elecciones autonómicas, y cuando lo hacen se esparcen por todo el arco parlamentario, sin criterio conocido. Mayoritariamente, viven en las ciudades dormitorio del cinturón industrial y en las zonas turísticas costeras, y en menor medida en el resto de Cataluña. Sus hijos son carne de cañón en la escuela pública, dirigida por la Logse (LOE), la inmersión y el fracaso escolar. Sueñan con jubilarse y volver a su pueblo natal, prueba irrefutable de que su vida en Cataluña ha sido un paréntesis soportado por la nostalgia del retorno. Vana ilusión en la mayoría, pues no es fácil dejar aquí a sus hijos y allí no encontrar casi nada de lo que añoraron siempre.

2. 2. Inmigrantes con Síndrome de Catalunya

En esta categoría aplico el concepto general de “Síndrome de Catalunya” a un grupo concreto. Y, como advertía al principio, utilizaré este termino en lugar de “Síndrome de Estocolmo” porque éste es una patología provocada por un reducido grupo de secuestradores sobre sus secuestrados, mientras que el acoso moral sufrido en Cataluña es el drama sufrido sin excepción por la totalidad de la población a manos de una cultura catalanista y de sus gestores, los nacionalistas. Al menos hay dos grupos distintos azotados por este “Síndrome de Catalunya”: el de “los politizados”, que suelen militar en el PSC y la izquierda en general, y el de “los no politizados”, de parecidas características sociales pero alejados de la política.

2. 2. 1. Inmigrantes politizados con Síndrome de Catalunya

Son estómagos agradecidos, piezas prescindibles de la maquinaria del PSC o de cualquiera de las versiones del PSUC (IC), CCOO y UGT, que abrevan en pequeños cargos públicos o en concejalías de ayuntamientos charnegos.Son la tropa del PSC. Se saben ocupantes privilegiados de cargos y puestos que, por su origen, el catalanismo no les permitiría ocupar; por lo que han de pagar con fidelidad histérica la gracia concedida por el amo de la masía. Y es que, como acertadamente describían socialistas díscolos en una carta dirigida a sus hermanos del PSOE,

hay que comprender a estos compañeros, porque les ha costado mucho llegar donde están, son muchos los complejos que han debido afrontar y los rasgos identitarios que han debido hacerse perdonar, han tenido que renegar de demasiadas herencias, el precio por ser considerados catalanes elegibles ha sido demasiado alto… como para pedirles ahora que tengan discurso propio“.

Es la chica secuestrada que besa a su secuestrador. En términos patológicos, es la respuesta emocional a la extrema vulnerabilidad e indefensión que produce el cautiverio, que,

cuando es consciente y voluntaria, tiene como objeto obtener cierto dominio de la situación o algunos beneficios de los captores, o bien como un mecanismo inconsciente que ayuda a la persona a negar y no sentir la amenaza de la situación y/o la agresión de los secuestradores”(Skurnik).

Generalmente sin estudios universitarios, proceden mayoritariamente de la inmigración andaluza. Muchos de ellos pasaron del señorito andaluz al capataz nacionalcatalanista sin transición. La adhesión sentimental al PSOE fue el cebo utilizado por el nacionalismo del PSC para atraerlos al redil nacionalsocialista y destruirlos como socialistas y como personas. Agradecidos y acomplejados, ejercen de tontos útiles. De nuevo los dueños de la masía imponen “la propiedad”.

2. 2. 2. Inmigrantes no politizados con Síndrome de Catalunya

Participan de los mismos síntomas que los encuadrados en la órbita del PSC, pero toda su participación política se reduce a votar. Y no siempre lo hacen.Son gentes que asumen sin crítica ni resistencia los tópicos al uso: “Cataluña es la comunidad que paga más y recibe menos”, “Las únicas autopistas de pago son las catalanas”, “En cuanto pasas el Ebro, todas las carreteras son gratuitas”, “El catalán es la lengua propia de Cataluña”, “La presencia del castellano en Cataluña viene de una violencia antigua”, “Los españoles nos tienen manía” (la “catalanofobia” de Carod Rovira), “El catalán desaparecerá en 50 años por culpa del castellano”, “Cataluña es una nación”, “Los papeles de Salamanca son un expolio imperialista”, “¿Para cuándo la devolución del Castillo de Montjuic”, “Si vas a Francia, ¿qué has de hablar? Pues en Cataluña, catalán”… Reproches, desaires, desdenes.

¡Cuánto desprecio escondido en gracietas sin maldita la gracia hacia la canción española, el flamenco, las sevillanas, los fachas de Fachadoliz o el deje andaluz! Y un sinfín de conceptos y símbolos satanizados por el constante goteo de exclusiones, insultos y acosos, como la quema de banderas españolas, su retirada de ayuntamientos o la inmediata calificación de fachas a quienes se atrevan a lucirla. Últimamente se han concentrado en calificar de ultraderechistas a todos los que disienten del “Estatus”, como la COPE, Onda Cero o El Mundo, o de nazis a los que alientan el boicot a productos colaboracionistas con la exclusión catalanista, como si Catalunya Ràdio, Òmnium Cultural, las “Oficinas de Delación Lingüística” que multan por tener el letrero en castellano, las pintadas xenófobas contra todo lo español o las tachaduras en las señales de circulación de toda referencia a España no fueran lo que proyectan en los demás.

Hoy, lo ultimísimo en insultos es el grito de “Espanyols!”; sin contar un sinfín de temores por llevar pegado en el coche el toro de Osborne, o cualquier otro signo de identidad “español”, que amedrentan a quienes legítimamente los quisieran portar. Pero sobre todo señalan lo que es lícito pensar, decir, portar, y lo que no. Y, en cualquier caso, ellos construyen siempre tu propia personalidad. Por eso los ciudadanos de Valladolid son de Fachadoliz; las asociaciones en defensa del bilingüismo, españolistas, o sea, fachas; Fernando Savater, por denunciar la raíz totalitaria del nacionalismo, facha y nacionalista español; Albert Boadella, de azote del ejército a golpista…; Rodríguez Ibarra… deduzcan. Imaginen qué apelativos tendremos la gente común que nos empecinamos en defender nuestro derecho constitucional a seguir enseñando en castellano o rotulando en el idioma de Cervantes.

Es difícil explicar la naturaleza de ese virus nacionalista que ha conseguido aturdir el alma de la inmensa mayoría de estos inocentes ciudadanos. Ni siquiera saben por qué reaccionan en contra; es un resorte, estímulo-respuesta. No es que no se sientan españoles, o que quieran dejar de serlo. No. Es que están condicionados como los perros de Paulov. España = Facha. Bandera española = Facha. Defensor del castellano = Facha = Del PP = Españolista. O todo a la vez. Esta actitud es general en los sectores de izquierda, en periodistas, profesores y políticos. O lo que es lo mismo: cuanto más en contacto se está con el aquelarre cotidiano nacional, más expuesto se está a la contaminación.

El grupo social que en este apartado analizamos como “inmigrantes no politizados con Síndrome de Catalunya” está compuesto por ciudadanos honrados a quienes nadie tiene en cuenta. Como con los “inmigrantes alienados”, nadie llorará por ellos.

2. 3. Socialistas lúcidos

Dentro de esa red clientelar en la que el PSC tiene amarrados a los militantes del PSOE existe un grupo reducido, pero persistente y lúcido de su propia condición y de la sociedad en que viven. Conocen la trampa, se saben marginados. Durante años han ido perdiendo su escaso poder, o las expectativas que tuvieron algún día. Su número se ha reducido paulatinamente. Y es que han asistido a la deserción de demasiados compañeros, apretados por un cargo o por simple cobardía.

Su resistencia es muy digna, de una fidelidad al proyecto socialista del PSOE casi religiosa, pero su capacidad de influencia en el PSC es nula. Recuperar la antigua Federación del PSOE en Cataluña o, en su defecto, crear un nuevo proyecto político que la representase sería lo más coherente, pero se aferran al partido como a un club de fútbol, con la fidelidad de un creyente. ¿Cómo dejar a los 60 años el proyecto de toda una vida? Ni comen ni dejan comer. Incluso sirven a la legitimación del PSC, con su presencia díscola pero inocua. Izquierda Socialista, Ágora Socialista, Socialistas en Positivo y muchos otros no encuadrados por “el qué dirán” son resistentes dignos, necesarios, puede que imprescindibles para mantener, al menos, la incertidumbre dentro de sus filas. Hay diferencia entre ellos.

2. 3. 1. Los románticos

Personas intachables. Toda una vida al servicio de los ideales socialistas, se resisten a dejar a su padre, aunque les haya maltratado desde la infancia. Una fidelidad ciega que hoy día han comenzado a denunciar en los medios de comunicación, pero aún no han ido a la comisaría. Y es que no quieren que lo encierren: sólo que se corrija. Grandeza y miseria mezclados por raros sentimientos de secta y escasos arrestos librepensadores. Puede más la superstición de partido que las ideas sin dueño. Nunca triunfaréis, pero siempre tendréis el respeto de quienes os conocemos.

2. 3. 2. Planificadores

Socialistas válidos, pero incomprendidos. Su discurso es bilingüista, socialista y no nacionalista. Españoles sin convicción agarrados a la tabla de salvación del patriotismo constitucional, trabajan con buenas y malas artes para manipular las fuerzas asociativas surgidas contra el nacionalismo en Cataluña e influir en su partido. Buena culpa de que hoy no exista una fuerza política no nacionalista desde hace una década, que pudiera haber hecho imposible el proyecto de estatuto cuatripartito, la tienen ellos. No son ni buenos ni malos: están equivocados.

2. 3. 3. Los arribistas

Excluidos, maltratados o simplemente fracasados en su ambición política, aprovechan esta lucha como han aprovechado otras. Buscan su oportunidad. Si un día triunfan estas ideas, ellos estarían bien situados para gestionarlas. Nada nuevo bajo el sol.

2.4. Castellanohablantes “conversos”. Los peores

El concepto viene históricamente de aquellos judíos que debieron convertirse al catolicismo ante la orden de expulsión de los Reyes Católicos, dictada contra ellos en pleno Renacimiento. En su afán por pasar por buenos cristianos, ponían tanto celo en el empeño que muchos acabaron convirtiéndose en verdaderos cooperantes de la Inquisición. Torquemada, el más cruel de los inquisidores, era judío converso.

La inmersión lingüística nunca hubiera sido posible si cientos de maestros castellanohablantes no hubieran actuado como verdaderos conversos. Son personalidades quebradas que, ante “la insoportable carga de una identidad inapropiada”, han optado por adaptar la personalidad de sus verdugos. Son radicales y extremistas, votan y militan en todos los movimientos nacionalistas independentistas que pululan alrededor de CiU y ERC.

En este grupo se dan verdaderos dramas humanos, “un hijo que reniega de su padre por ser español”, “un matrimonio que llega al odio por la educación lingüística de sus hijos”, “amigos de toda la vida separados por una bandera”, exilios, ausencias, incomunicación. Y lo más incomprensible: los más radicalizados nunca vivieron el franquismo o sus excesos. Son hijos directos de la educación escolar, la inmersión y los medios de comunicación nacionales diseñados por los 23 años de gobierno pujolista.

Es la consecuencia lógica de tantos años de manipulación sentimental y destrucción de lazos afectivos con España.

El sistema educativo, asociativo y mediático está infectado de maestros en historia ficción y manipulación sentimental. El ejemplo más evidente de esta tipología son los agrupados en Els Altres Andalusos.

2. 5. Castellanohablantes conscientes

Prácticamente todos han pasado años reducidos al silencio, dubitativos, incapaces de articular una contestación social. En muchos casos, la obviedad del atropello les ha llevado a comportamientos sociales reservados o reprimidos. Su resistencia pasiva a la lengua o a la ideología nacionalcatalanista les hizo asumir el complejo de fatxa (en sus distintas versiones: lerrouxistas, españolistas, botiflers, franquistas…), terribles estigmas que muy pocos han tenido la personalidad de superar.

Hartos de ser disidentes sin ejercer de tales, han sufrido, se han marchado, han pasado depresiones y acumulado resentimientos. Sólo cuando han podido verbalizar y denunciar su condición de ciudadanos con derechos lingüísticos, políticos y sociales y se han estructurado en asociaciones, a principios de los 90, han mejorado su autoestima y aliviado las heridas, infectadas durante años por las agresiones del sistema educativo y los medios de comunicación al servicio del Régimen.

Suelen ser hijos de la inmigración con estudios, militantes rebotados de organizaciones sindicales o políticas y profesionales liberales. Pero no exclusivamente. Sin embargo, sí es una evidencia la ausencia casi total de trabajadores manuales del cinturón industrial. Paradoja monumental: los más perjudicados, los menos conscientes; los mejor preparados y con menos flancos flacos para ser apartados del prestigio social, los más rebotados. Tiene explicación en sociología, pero excede este esbozo de alienaciones.

2. 5. 1. Miserias y complejos entre los castellanohablantes conscientes

Paradójicamente, la autoconciencia de la marginación no los libra de desarrollar comportamientos patológicos. También en estos grupos se dan comportamientos individuales muy indignos y lesivos para el grupo de resistentes, por convertir el complejo en racionalizaciones. Asustados por su atrevimiento, se visten de dignidad progre y aclaman como papagayos contra los más atrevidos del grupo porque no pueden soportar el ruido de las palabras, los conceptos tantas veces satanizados (España, por ejemplo) o el nombre de asociaciones en defensa del castellano en las que militan o han militado, al quedar erosionadas y sucias por la propaganda nacionalista (como la Asociación por la Tolerancia). Y acaban criminalizando a los propios compañeros de batalla ante auditorios intelectuales sensibles para no ser confundidos con esos “fachas”, “vidalquadristas”, “españolistas” del arsenal nacionalista.

Poco importa que tales atribuciones sean falsas además de mezquinas; poco importa que esa sea la misma técnica sucia que el nacionalismo utilizó siempre, también contra él; o, precisamente por sentirse ahora, que ha salido del armario, más vulnerable, le sobreviene el pánico y se vuelve a negar. Poco importa que tales sujetos piensen y actúen en la intimidad con el mismo radical antinacionalismo que el resto de compañeros, sólo parece importarles estar por encima de la sospecha.

Patéticos personajes que han de hacerse perdonar su atrevimiento a través del sacrificio de los propios compañeros. La impostura es doblemente canalla: se niegan a ellos mismos y niegan a sus propios amigos para justificar su arriesgado comportamiento. Algún día habría que dar nombres y apellidos: algunos muy mediáticos; otros, patéticos; todos indignos.

2. 6. Castellanohablantes monolingüistas

La inmersión en catalán, el destierro del castellano como lengua vehicular en la escuela y en general, la voluntad monolingüista del nacionalcatalanismo han cargado de razón moral a los castellanohablantes, y, por lo mismo, su lucha en pro de la libertad lingüística está justificada. Nadie entre los grupos que reclaman ese derecho lo hace para agredir o desentenderse del aprendizaje y uso del catalán. Nadie, al menos organizadamente, aboga por un monolingüismo en castellano, pero sí que existe una atmósfera que calla su predilección por una España con un único idioma obligatorio, el castellano. Es transversal y mayoritariamente apolítico, pero cuando vota lo hace por el PPC.

Sus razones son múltiples: el que nunca ha llegado a dominar el catalán por razones de edad, el funcionario a quien acosan con el catalán y es consciente del abuso desarrollando un rebote en contra, el recién llegado que ve cómo se le impide presentarse a unas oposiciones porque no tiene el “nivel C” de catalán, o simplemente el que está en contra del catalán. Pero ni en este caso lo dicen, ni hacen pedagogía de tal posicionamiento. La presión del grupo, hoy, no se lo permite.

Como digo, estos ciudadanos votan, cuando lo hacen, al PPC, pero también aquí tienen dificultades. Este partido nunca ha condenado la inmersión, y ni siquiera Vidal Quadras en su época más herética dejó de hablar exclusivamente en catalán en el “Parlament”. La influencia, por tanto, de estos votos es residual, y sin ningún poder específico en ese ni en ningún otro partido. Con Piqué incluso puede que deserten a la abstención.

3. Los nacionalistas atrapados por el mito de la Tierra Prometida y los nacionalistas pragmáticos o “catalanistas interesados”

Si parte de lo teorizado es una patología social, si todo lo descrito tiene su origen en la ideología nacionalista, quienes participan o han participado en la difusión de este virus también están enfermos. Porque quienes esparcen la enfermedad han de estar forzosamente infectados. Dentro de esta pandemia nacional no se libra nadie. Tampoco los nacionalistas. Precisamente éstos son los peor tratados por el mal del sentimentalismo, la superstición nacional, el tribalismo instintivo de nuestra biología, la fe en la existencia de una esencia nacional inexistente, la confusión de la melancolía por pasados remotos y mágicos con la realidad cruda de no ser los únicos, ni los mejores.

Estos males de esta malísima educación sentimental no son privativos de Cataluña: la Historia rebosa. Recordemos algunos recientes: Bosnia, Servia; tutsis, hutus; la Alemania nazi… Todos trágicos. Antes de serlo, incubaron el huevo de la serpiente. Aquí estamos en esa fase, pero incluso en ella muchos sufren fiebres insoportables, como la exclusión y el desprecio. Y lo peor: no sabemos si podremos cortar sus efectos.

Hay dos focos claros de la enfermedad: los nacionalista atrapados por el mito de la Tierra Prometida y los nacionalistas pragmáticos o “catalanistas interesados”. Unos y otros son a la vez causa y consecuencia del Síndrome de Catalunya. Son culpables de provocar esta fiebre sentimental, son culpables del acoso moral a los ciudadanos castellanohablantes, son culpables de utilizar su razón para fortalecer la muralla sectaria en que viven, pero no son culpables de nacer en un mundo sectario fabricado por los mitos de sus educadores ni de haber creído sin crítica las mentiras de sus padres. Una minoría ha sido infectada desde el vientre; la mayoría, en la escuela. Unos y otros, a diario alimentados por cadenas de radio, televisiones, organizaciones políticas, asociaciones y splays nacionalistas.

A todos los culpables, el juicio de la Historia; a todos los inocentes destruidos por la propaganda de sus mayores, comprensión, información libre y libertad de pensamiento.

Lo que vendrá ya no depende de nadie, sólo nos queda esperar. El nacionalismo es así de impredecible y peligroso. Una vez creado, no lo controla ni quien lo engendró. Alea iacta est.

4. Los pedagogos de este ‘Síndrome de Catalunya’

Jordi Pujol, sin lugar a dudas, es el gran culpable. Siempre supo adónde iba. Puso en marcha todas las políticas lingüísticas tramposas y excluyentes. Sin hacer ruido, impidiendo con jueces, periodistas, maestros, curas y muchas complicidades empresariales que el acoso moral fuera percibido como una agresión. El victimismo desplegado ha sido tan generalizado y teatral que casi nadie, fuera de los círculos activistas en defensa de los derechos castellanohablantes de Cataluña, ha podido o querido enterarse. Gracias a la reforma del Estatuto, a ERC, a Carod Rovira, al Gobierno Tripartito y a su presidente Maragall, por este orden, hoy se acaban de enterar en toda España. Hasta de lo peor se extrae siempre algo positivo.

Junto a Jordi Pujol, han colaborado los nacionalistas del PSC y, sobre todo, los llamados “capitanes” de este partido. Se llama “capitanes” a los cuadros altos del partido socialista de Cataluña de origen inmigrante o que tienen cercanía con su cultura y la del PSOE. Estos capitanes han sido los verdaderos pastores, que no han dejado casa regional, feria de abril, acto rociero, procesión andaluza en Cataluña sin patear. Ahora lo hacen con los inmigrantes extranjeros. Les dan ayudas, ponen y quitan a sus adeptos al frente de casas y presidencias, y si es preciso se inventan asociaciones para enterrar aquéllas que nacen libres de sus garras; la última víctima, Fasancat, dirigida por la empresaria venezolana Laura Rojas.

Las diferentes opciones comunistas que en Cataluña han sido han colaborado de forma indirecta al principio, de manera directa actualmente: simplemente priorizaron la cuestión nacional sobre la cuestión obrera.

ERC no es más que el exabrupto sentimental y el capazo que recoge la destrucción democrática que su papá Pujol ha llevado a cabo en sus 23 años de gobierno.

El porvenir es fascismo… y resistencia. Y más sufrimiento.

 


[1] Ediciones Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1992; 288 páginas. Robles escribió este libro bajo el pseudónimo de Azahara Larra Servet

Origen: Antonio Robles – El ‘Síndrome de Catalunya’ – La Ilustración Liberal – Revista española y americana

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