Fidel Castro Ruz, el mayor terrorista nacido en América – Manuel Castro – La Ilustración Liberal

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Se necesitaría escribir un voluminoso libro para poder narrar los actos terroristas de los que Fidel Castro Ruz es responsable.

En marzo de 1955, la revista Bohemia publicó un artículo de Fidel Castro enviado desde la prisión de Isla de Pinos, titulado “Carta sobre la amnistía”, en el que expresa:

Nosotros no somos perturbadores de oficio, ni ciegos partidarios de la violencia, la patria mejor que anhelamos se puede realizar con las armas de la razón y la inteligencia.

El colmo del cinismo, como muy pronto se demostraría.

Fidel Castro fue liberado dos meses después, el 15 de mayo de 1955, y al mes siguiente fundó el Movimiento 26 de Julio (M-26-7), siendo su máximo líder.

El 30 de noviembre de 1956, un año y medio después de que Castro escribiese “no somos perturbadores de oficio, ni ciegos partidarios de la violencia”, el Movimiento 26 de Julio realizó diversas acciones armadas y sabotajes en casi todo el país. Según Léster Rodríguez,

el plan para el 30 de noviembre fue concebido por Fidel en su parte general. Hacía falta que se llevaran a cabo acciones en el resto de la Isla que impidieran al ejército batistiano trasladar sus efectivos con suficiente rapidez a la zona de desembarco. Hubo compromisos de levantamiento en Las Villas y Matanzas; y de otras acciones en parte de La Habana y Pinar del Río. En Oriente debían realizarse de manera simultánea en Santiago, Puerto Padre y Guantánamo; los compañeros de Bayamo y Manzanillo se iban a incorporar al desembarco, que sería por esa zona.

Dos días después, el 2 de diciembre de 1956, Fidel Castro desembarcó al frente de la expedición del yate Granma en las Coloradas, al sur de la provincia de Oriente.

Durante los años 1957 y 1958, el Movimiento 26 de Julio realizaría acciones terroristas en lugares públicos de las ciudades cubanas, que se correspondían con su consigna de las tres C: cero Cine, cero Compras y cero Cabaret. El estallido de petardos y bombas se convirtió en algo bastante habitual en las noches habaneras.

Orgullosos de su historial terrorista

Faustino Pérez, jefe nacional de Acción y Sabotaje del M-26-7 y miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, se jactó de un acto terrorista cometido el 28 de mayo de 1957:

Aquí una vez se voló un registro de electricidad: se alquiló una casa, se hizo un túnel desde la casa hasta la calle, hasta el registro de electricidad, se coloca una bomba, y estuvo tres días sin electricidad la mayor parte de la capital. Eso produjo su tremendo impacto también, figúrense lo que significa eso, las fábricas paradas, la Cía. Eléctrica, los refrigeradores no andan, todas esas cosas.

Varios integrantes de los grupos de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio dirigido por Fidel Castro que ahora son generales del Ejército cubano realizaron un sinnúmero de actos terroristas, relatados por ellos –después de ser autorizados por Fidel Castro– para el libro Secretos de generales, de Luis Báez, publicado en Cuba en 1996. Así, el general de brigada (r) Demetrio Monsetny, Villa, se ufana:

Quemamos dos guaguas, se inutilizaron algunos otros transportes, saboteamos el tendido eléctrico y colocamos varios petardos. (…) En varias ocasiones logramos paralizar la ciudad. Saboteamos el transporte por carretera y ferrocarril, pusimos petardos y bombas, lanzamos cócteles molotov, dejamos la ciudad sin electricidad, ajusticiamos chivatos y traidores, incluyendo al gallego José Morán. También tuvimos que lamentar la explosión de un arsenal de explosivos que teníamos en la calle Aguilera, que le llamábamos el laboratorio de fabricar bombas.

El general de división Samuel Rodiles Planas, por su parte, también se jacta de su historial terrorista:

En unión de varios compañeros puse petardos y bombas, la más importante fue en la Compañía Cubana de Electricidad, la que dirigí como segundo jefe de Acción y Sabotaje en Guantánamo. También tiré cócteles molotov (…) Planifiqué atentados contra varios traidores y chivatos. Algunos fueron realizados con éxitos (…).

El Curita’, el más renombrado terrorista habanero

El 8 de noviembre de 1957, cien bombas hicieron explosión coordinada en la capital cubana. Sergio González López, el Curita, jefe de Acción y Sabotaje del M-27-7 en La Habana, llamó por teléfono al jefe de la Policía, al que le dijo:

Cobarde, prepara el oído esta noche… Vamos a estallar cien bombas en tus propias narices.

El Curita también participó en el incendio de la refinería de la Esso Standard Oil Company, la voladura de los cables de la Estación de Ferrocarril de Bejucal y de la Estación de Ómnibus Nacionales y en la explosión del acueducto de Vento.

El 18 de marzo de 1958, el Curita fue detenido. Al día siguiente apareció su cuerpo torturado y baleado en el reparto Alta Habana.

El Curita es uno de los terroristas fallecidos que más homenaje recibe en Cuba desde hace más de medio siglo. Por ejemplo, la antigua Plaza del Vapor y algunas dependencias estatales llevan su nombre, la casa donde fue detenido está considerada un sitio histórico y una hija de él es miembro de la directiva del Club Martiano Herencia Rebelde, creado el 20 de junio de 2012.

El periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista –único partido legal en la Cuba de los hermanos Castro–, publicó el 19 de marzo de 2008 un artículo titulado “Un curita que estremecióLa Habana”. En ese artículo se evidencia que las acciones realizadas por Sergio González López formaban parte de la estrategia terrorista de Fidel Castro. Ese artículo ha desaparecido de internet, pero si en Google usted escribe “Un curita que ‘estremeció’ La Habana” comprobará que quedó el rastro de que fue publicado en el Granma, pero ahora no puede visualizarse:

Fwd: [granma] Boletín digital diario AÑO VI No. 65 – Yahoo! Grupos

es.groups.yahoo.com/group/unidad_latinoamericana/…/11185

1 entrada – 20 Mar 2008

Un curita que “estremeció” La Habana Si la prensa de entonces les negó justicia, la nuestra no deja de agradecerles que en la Cuba de hoy (…)

¿Por qué desapareció ese artículo que había sido publicado en el diario Granma?

Mi hermano Enrique”

Armando Hart Dávalos –miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba y uno de los principales colaboradores de Fidel Castro desde los años cincuenta– es el autor de “Mi hermano Enrique”, artículo publicado en el diario Granma el 21 de abril de 2008 y que desapareció delGranma y de todos los otros sitios en Cuba donde se había publicado.

En el momento de ocurrir esos hechos, Armando Hart Dávalos continuaba teniendo un poder omnímodo, como muy pocos lo han podido poseer en la Cuba de los hermanos Castro. Entonces, ¿quién pudo haber decretado la censura de su artículo?

Aunque dos meses antes, el 19 de febrero de 2008, Fidel Castro anunció su retirada de la primera línea del poder, todo parece indicar que él fue el censor, al igual que hizo unos meses antes con un discurso de su hermano, el dictador designado. El 26 julio de 2007 Raúl Castro pronunció un discurso en Camagüey –la mayor provincia de Cuba– que despertó una gran polémica por la mención a “un vaso de leche para todo el que quiera tomárselo”, que luego fue suprimida de la trascripción que hizo de dicho discurso el periódico Granma. También fue cortado ese fragmento de la retransmisión que hiciera al día siguiente la televisión cubana. Gracias a contactocuba.com, que grabó el discurso en directo, puede verse el famoso fragmento.

¿Qué objetivo se persigue al censurar los artículos “Un curita que estremeció La Habana” y “Mi hermano Enrique”? Espero que el lector me dé su opinión.

Debido a que Armando Hart Dávalos también envió su artículo “Mi hermano Enrique” al periódico mexicano Por Esto! y está visible en internet. Véase:

El 21 de abril de 1958 murió mi hermano Enrique. El Movimiento 26 de Julio lo había nombrado Jefe de Acción y Sabotaje en la provincia de Matanzas. Ese trágico día se hallaba en una casa de la calle Yara, en el reparto Cumbre, de la ciudad yumurina, preparando unas bombas para su empleo generalizado en la insurrección y les explotaron los artefactos que destrozaron su vida y la de los jóvenes combatientes Carlos García Gil y Juan A. González Bayona.

Mi hermano ofrece la imagen del combatiente revolucionario de la etapa insurreccional, que pude apreciar en otros muchos compañeros durante aquellos años. Desde el mismo 10 de marzo de 1952 nos identificamos políticamente y comenzamos a relacionarnos con los grupos más activos, sobre la base de una doble condición: que se mantuvieran firmes las posiciones insurreccionales contra la tiranía y que no estuvieran responsabilizados con el gobierno derrocado ni con los partidos tradicionales de la oposición.

El cuartelazo lo situó de súbito y sin que vacilara un segundo dentro de la vanguardia combatiente. Aquel día estaba de vacaciones en casa de unos tíos, en Trinidad, y tan pronto escuchó por radio la noticia hizo las maletas, regresó a La Habana y empezó a interesarse activamente por la lucha contra la tiranía.

Él mismo me brindó la explicación de este hecho. Me dijo que antes del golpe no veía solución a la situación de Cuba, pero que el cuartelazo le había abierto al país el camino de la Revolución. Recordé entonces que meses antes él había criticado a los máximos dirigentes ortodoxos porque no habían convertido el entierro de Chibás en un movimiento encaminado a la toma revolucionaria del poder.

Enrique fue uno de los jóvenes que acudieron a la Colina en aquellos memorables días después del golpe, aunque debe decirse que sus vínculos más fuertes no eran universitarios, porque desarrolló relaciones más estrechas con los trabajadores bancarios y después con los del Movimiento.

Para Enrique, la posición insurreccional contra el gobierno era una cuestión de principios. El problema clave de la definición política había pasado a ser la insurrección popular y la independencia política.

Se unió como todos nosotros a Fidel y al Movimiento 26 de Julio, pues fue allí donde encontró el lugar exacto para encauzar su rebeldía y sed de justicia social. Con la posibilidad que abría la jefatura política de Fidel y el ansia de acción que existía dentro de las masas juveniles y trabajadoras, Enrique se convirtió en uno de los hombres más intrépidos y audaces del movimiento clandestino.

En 1956 viajó por unos meses a Estados Unidos. Durante el tiempo que permaneció allí estuvo trabajando como obrero en una factoría, y cuando regresó a Cuba volvió más antimperialista que antes.

Estos son algunos de los recuerdos más queridos de aquel hermano que murió por sus ideales y convicciones, y a quien, como le dije a Faustino Pérez una vez, lo mató su exceso de dinamismo.

Murió luchando por desarrollar la insurrección popular, con un odio profundo hacia el medio político y social burgués, con un claro sentimiento antimperialista y con la idea muy firme de que esta era la Revolución de los trabajadores y los explotados.

Armando Hart olvida que, antes de pertenecer al Movimiento 26 de Julio, él fue uno de los dirigentes del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), organización creada por el profesor Rafael García Bárcena, cuyo ideario político se podría resumir en declaraciones suyas de 1955 (Bohemia, 13 de noviembre de 1955, pág. 24): “Nacionalismo, democracia y justicia social tienen que marchar juntos en nuestros países de Hispanoamérica”.

Armando Hart también olvida que su hermano Enrique igualmente perteneció al MNR creado por García Bárcena.

Desde hace casi medio siglo, Fidel Castro y sus principales acólitos han pretendido que el mundo crea que el objetivo de la Revolución cubana era la construcción de una sociedad socialista, cuando todos los documentos de las organizaciones que participaron en la lucha armada contra la tiranía de Batista demuestran lo contrario.

Como reconoce Canek Sánchez Guevara, el nieto mayor de Ernesto Che Guevara:

La primera traición es que no se quería hacer tanto una revolución como recuperar la Constitución de 1940 y llegar a unas elecciones.

El castrismo rinde homenaje a terroristas

De diversa forma, el régimen de Fidel y Raúl Castro siempre ha rendido homenaje a terroristas que fallecieron en el momento de llevar a cabo su criminal actividad. El caso más conocido es el de Urselia Díaz Báez. Una tarja colocada en el cine-teatro América, ubicado en la calle Galiano entre Neptuno y Concordia, Centro Habana, recuerda que el 3 de septiembre de 1957 murió destrozada Díaz Báez, estudiante del Instituto de La Habana e integrante de los grupos de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, cuando le explotó la bomba que iba a poner en el cine:

A la memoria de Urselia Díaz Báez, que murió heroicamente luchando contra la tiranía el 3 de septiembre de 1957.

Aunque Urselia Díaz Báez solamente tenía 18 años de edad al momento de morir, ya había realizado varios actos terroristas en lugares públicos de La Habana, como se muestra en el libroTras las huellas de los héroes, escrito por la investigadora Nidia Sarabia y publicado en 1980 por la editorial Gente Nueva. En sus páginas se puede leer:

Cierto día se le dio la encomienda de realizar una misión peligrosa: tenía que hacer explotar una bomba en el edificio Bacardí. Mientras, otra compañera realizaría una acción similar en el edificio de la Manzana de Gómez.

Un miembro de su célula fue detenido. Los padres de Urselia, temerosos de ser delatados, consiguieron que su hija se trasladara a la casa de un familiar, pero ella accedió con tal de llevar a cabo una misión que se le había encomendado. Se trataba de realizar un sabotaje en un bar situado en las calles Ángeles y Estrella, a pocos metros de la casa de su tía, donde se escondía. Urselia llevó a cabo el mismo y se mezcló entre el público y la policía para observar el resultado de su operación.

Otro día realizó semejante operación en el Ten Cent de la calle Obispo.

Los terroristas Agustín Gómez-Lubián Urioste y Julio Pino Machado murieron el 26 de mayo de 1957:

Ese día se dirigían a colocar una bomba en el edificio del Gobierno Provincial de Santa Clara. Lamentablemente, el artefacto explotó dentro del automóvil en que viajaban y sus cuerpos quedaron, de inmediato, sin vida.

Julio Pino Machado era el jefe de los grupos de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio en la provincia de Las Villas, mientras que Agustín Gómez-Lubián Urioste era el jefe del Directorio Revolucionario 13 de Marzo en la misma provincia. En la pared del frente de la casa natal de Pino Machado fue develada una tarja en su honor el 7 de febrero de 1989. En dicho acto hicieron uso de la palabra la madre de Pino Machado y el secretario ideológico del Partido Comunista de la actual provincia de Villa Clara.

Raúl y Fidel Castro ordenaron los primeros secuestros aéreos

Por órdenes de Raúl Castro, terroristas integrantes del M-26-7 secuestraron dos aviones civilespara incorporarlos a la Fuerza Aérea Rebelde –había sido creada el 12 de abril de 1958–, que radicaba en la Sierra Cristal, Oriente, y que

disponía de 1 Piper PA-20 Pacer (entregado por Ozías Suárez), 2 Piper PA-12 Vagabundo (entregados por Erasmo Matos y Angel Pérez), 1 Cessna-120.

Esa fuerza llegó a contar con un parque de más de 10 aviones –tipo Cesna 120 y 180, Ryan Navion, Piper PA-12, T-28, entre otros–, obtenidos por donaciones de sus propietarios, el arrebato a las tropas enemigas o incluso traídos desde otros países.

Pero el primer secuestro de avión en vuelos internacionales fue ordenado por Fidel Castro.

Lo que sigue es un texto publicado por Gerardo Reyes en El Nuevo Herald en abril de 2002.

***

Cuando Omara González sintió que a su vida le quedaban pocos minutos, sacó de su cartera un rosario de cuentas de madera que le regaló su padre y se lo puso en el cuello. Uno de los asaltantes, que llevaba un brazalete del Movimiento 26 de Julio, ordenó a los pasajeros que se apretaran el cinturón de seguridad y que doblaran el tronco del cuerpo hacia delante, con la cabeza sobre las piernas.

En medio de un forzado descenso, el avión Viscount de cuatro turbohélices de Cubana de Aviación se partió en dos y Omara González salió volando por el agujero del fuselaje, hasta caer en las aguas infestadas de tiburones de la bahía de Nipe, cerca del pueblo de Preston, en la provincia de Oriente, Cuba. Eran aproximadamente las 9 de la noche del primero de noviembre de 1958. El mundo no sabía lo que era el secuestro de un avión en vuelo internacional. La palabra más cercana a terrorismo era sabotaje.

En algún lugar de la Sierra Maestra, el comandante Fidel Castro esperaba noticias del desvío del vuelo 495 que había salido de Miami con destino a Varadero y que él había ordenado secuestrar. En el interior de la aeronave, sus compañeros de causa, Edmundo Ponce de León, Erasmo Aponte, Raúl Rolando y Pedro Lázaro Valdés, llevaban pistolas, carabinas, granadas, varios litros de repelente para mosquitos R-33 y otros pertrechos, que serían usados en la ofensiva final contra el gobierno de Fulgencio Batista. La encomienda jamás llegó a su destino. Los piratas anunciaron a los pasajeros que su acción “nunca se había producido en el mundo”.

Omara González Rodríguez, sobreviviente del desvío y caída de un vuelo de Cubana de Aviación, 47 años después de ese acto terrorista quiso poner la tragedia del vuelo de Cubana de Aviación –donde murieron tantas personas– en los radares de la historia del terrorismo. Ella y sus familiares creen que, un mundo en el que la gente está auscultando en el pasado el origen de las amenazas terroristas de hoy, este episodio tiene que ser rescatado.

Por ahora, Omara González Rodríguez espera que el mundo sepa que Fidel Castro fue el primer profesor de los secuestros aéreos, y que a los pocos meses de la tragedia, cuando el Movimiento 26 de Julio llegó al poder, Castro la llamó para justificar la acción en nombre de la revolución.

Fidel Castro me pide que le relate qué había pasado. Y entonces me dice:”Mira, el sabotaje es así, te tocó a ti y te tocó, yo estoy ahora con una bomba en un cine y mi mamá llega y está ahí, pues le tocó a ella”.

González ha presentado su caso ante la fundación Judiciary Watch con la esperanza de que sea anexado como antecedente grave del patrocinio del gobierno de Cuba al terrorismo. En su casa de Coral Gables, acompañada por su madre y un primo hermano que la despidió en el aeropuerto de Miami de la Calle 36 esa tarde del primero de noviembre de 1958, Omara relató en frases frenadas por su miedo inconsciente a revivir el drama las horas de angustia a bordo del Viscount secuestrado.

Omara tenía 16 años. Regresaba con su maleta llena de ropa nueva a su casa en Varadero, de donde había salido dos días antes en compañía de su abuelo José Manuel Atanasio Rodríguez y su primo de 12 años Luis Sosa para pasar un fin de semana de compras en Miami. Era un viaje corto y barato. El pasaje de ida vuelta costaba 45 dólares y el vuelo se demoraba 25 minutos. Sólo se necesitaba la visa americana. La tía Julia los esperaba en Miami.

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En esos años, el sur de la Florida era un hervidero de disidentes y perseguidos de Batista que enviaban armas y municiones a Cuba, algunas veces con el apoyo secreto del gobierno de Estados Unidos, para apoyar a la guerrilla de Fidel Castro. “En el negocio de la compra de armas”, decía una crónica de la época, “los rebeldes veían a Miami como una ama de casa mira al supermercado”.

El vuelo de Cubana salió retrasado del Aeropuerto Internacional de Miami, situado entonces en la Calle 36. Estaba programado para las tres de la tarde y despegó a las 4:46. Las sillas no estaban entonces numeradas. Como todos querían tener asiento con ventana, González se sentó en la segunda fila, su primo en la primera y su abuelo de 62 años en la tercera. Los últimos en subir fueron el empresario norteamericano Osiris Martínez, su esposa Betty Jane y sus hijos Tony, de 2 años, Byron, de 4, y Carl, de 5. Martínez había sido trasladado por una compañía estadounidense a gerenciar una fábrica de papel en Cuba.

González recuerda que cuando la azafata Ana Reina terminó de repartir las declaraciones de aduana, cuatro jóvenes se pusieron de pie y pistola en mano gritaron a los pasajeros que no se movieran. Uno de ellos se apostó en la parte delantera del avión y le apuntó con una pistola en la cara. A los pocos minutos los secuestradores levantaron la alfombra del pasillo delantero del avión y abrieron una escotilla, de la cual extrajeron unos uniformes verde oliva con brazaletes alusivos al 26 de Julio. Según un reporte de la revista Gente, uno de los secuestradores dijo:

No se muevan de sus asientos. Estamos haciendo algo que nunca se ha producido en el mundo. Podrán contarlo porque nos apearemos en una pista mejor que la de Varadero.

Los secuestradores se desnudaron hasta quedar en calzoncillos y se pusieron los uniformes delante de los aterrorizados pasajeros. Uno de los piratas, el más agresivo, recuerda González, llevaba zapatos blancos. Desde un comienzo, insistía en que quería tomar el mando del avión. Aparentemente se trataba de Edmundo Ponce de León, expiloto de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Pero el veterano capitán de la aeronave, Ruskin Medrano, se negaba a cederle el puesto. “Tendremos que matarlo, escuchó la muchacha. Uno de ellos dijo que le daría un tiro, pero los demás le ordenaron que lo hiciera con cuchillo.

Osiris Martínez dice que en sus pesadillas de la tragedia aún escucha el grito de dolor intenso que dio debajo del agua al golpearse brutalmente contra un objeto que le abrió tres agujeros en la cabeza.

Quizás por el trauma de ese golpe olvidó lo que ocurrió minutos antes, cuando el avión de Cubana de Aviación secuestrado en el que viajaba se partió en dos al caer en la Bahía de Nipe en la noche del primero de noviembre de 1958.

Por puro impulso de supervivencia, no porque supiera nadar, Martínez logró salir a la superficie, y cuando ya su boca estaba libre despidió un chorro de agua.

“Me salía y me salía agua como si fuera una manguera sin parar”, recuerda Martínez sentado en el sofá de su casa del suroeste de Miami, donde vive con su tercera esposa.

Finalmente con la garganta libre, sacó alientos de donde no tenía y empezó a llamar como un loco los nombres de su esposa y su tres niños, rogándoles en español, sin reparar que solo hablaban inglés, que le dieran una señal de vida en medio de esa sopa negra de mar oscuro y combustible en la que escasamente flotaba.

Como no podía mantenerse a flote, logró asirse a un objeto que brillaba con el resplandor de las luces del cercano pueblo de Preston, al oriente de Cuba. Era una de las puertas del avión Viscountturbohélice que minutos antes un grupo de secuestradores intentaba aterrizar en un pequeña pista del ingenio azucarero de Preston para llevar a Fidel Castro armas, municiones y pertrechos comprados en Miami.

En medio de una ordalía demencial de sobrevuelos rasantes por pistas sin iluminación del oriente de Cuba, el avión se quedó sin combustible y se fue a pique en la bahía.

Edmundo Ponce de León, otro de los sobrevivientes y a quien testigos y documentos señalan como uno de los presuntos secuestradores del avión, sostiene que la aeronave cayó en la bahía como consecuencia de una confusión que se creó en la cabina.

Según Ponce de León, el piloto Ruskin Medrano intentó aterrizar en la pista sin iluminación del ingenio azucarero de Preston, pero en su descenso descubrió que había sido bloqueada con unos barriles y debió alzar vuelo.

En medio de esa maniobra, la fragata Antonio Maceo, que estaba en la bahía, disparó una ráfaga de balas trazadoras al avión, lo que hizo que el piloto, confundido y nervioso, diera un viraje brusco hacia la bahía donde el Viscount se fue a pique, agregó Ponce de León. Los proyectiles no hicieron impacto en la aeronave, según Ponce de León.

Los demás sobrevivientes han declarado que el avión se precipitó en la bahía por falta de combustible.

Martínez explicó a El Nuevo Herald que uno de los secuestradores que estaba en la cabina se sentó en un asiento cercano a él y ordenó que se ajustaran los cinturones porque el avión se había quedado sin combustible.

Ponce de León sostuvo que el avión tenía combustible de sobra, tanto así que el vuelo se retrasó en la plataforma del aeropuerto de Miami porque el líquido se salió de los tanques y la compañía de seguros no permitía su salida por cuestiones de seguridad. Empleados de Cubana de Aviación en Miami le dijeron a The Miami Herald horas después del accidente que la aeronave tenía suficiente combustible.

Mientras trataba de mantenerse a flote, Martínez se quitó la ropa desgarrada que llevaba y se quedó en calzoncillos, no sin antes sacar la billetera con su identidad impulsado por un presentimiento de que lo fuesen a confundir con uno de los secuestradores.

De pronto sintió una mano en el hombro, dice, y se percató de que era Juana María Méndez, una pasajera embarazada que tampoco sabía nadar y trataba de salvarse.

“Me dio un gran susto cuando la vi, y le dije que me iba a hundir a mi también. Ella se soltó y se hundió”, dijo Martínez.

La puerta del avión amenazó con sumergirse y Martínez trató de mantenerse a flote infructuosamente abrazando una almohada que pasó cerca. Entonces confió de nuevo en la puerta flotante sin apoyar mayor peso en ella, solo la barbilla, y volvió a gritar desesperadamente.

Nadie le respondió. Sobre la bahía caía una tenue lluvia.

Se tocaba la cabeza y se preguntaba cómo era posible que estuviera vivo si podía meter sus dedos en los agujeros que tenía en el cráneo.

Sobre un ala del avión que quedó inclinada por fuera de la superficie, dos hombres luchaban por no resbalar y caer al mar infestado de tiburones. Martínez sostiene que eran dos de los piratas aéreos. Más tarde los vio lanzarse al mar.

Cuando se fueron apagando los últimos quejidos, Martínez escuchó lo que parecía ser un chapuceo de remos. De pie, sobre una canoa rudimentaria, iba hacia él un campesino de la región que le pidió que subiera, pero Martínez no tenía fuerzas y se había fracturado la mitad de las costillas por el cinturón de seguridad, que terminó rompiéndose.

Finalmente lo logró, pero como el bote tenía en el fondo agua fría de lluvia acumulada, el cuerpo corpulento del hombre de 5 pies y 10 pulgadas de estatura que estaba en las aguas tibias del mar empezó a convulsionar, lo que hacía bandear peligrosamente la canoa.

“Nos vamos a virar, nos vamos a virar”, me decía el guajiro mientras yo temblaba sin control y él me ponía la luz de la linterna en la cara.

La embarcación llegó a las playas de la bahía, adonde luego el mismo barquero llevó a Omara González y a su primo Luis Sosa, otros pasajeros sobrevivientes del avión.

El coronel Rodríguez, un primo de Martínez y oficial del Ejército de Fulgencio Batista que combatía en la zona contra los alzados de Raúl Castro, le envió 10 soldados, que lo llevaron al hospital de Preston.

Con las heridas suturadas y envuelto en un escudo de esparadrapo alrededor de las costillas, Martínez se presentó en el primer piso del hospital a reconocer los cadáveres de su familia.

Alrededor del tobillo de una pierna amputada que le mostraron vio una cadena con el nombre de su esposa, Betty Haney, con quien planeaba mudarse a Varadero. “La reconocí porque yo le había regalado una cadenita con el nombre de ella y dije sí, ésa es mi esposa”, expresó.

Los cuerpos de sus tres hijos no se los mostraron por las condiciones terribles en las que estaban.

Martínez se quería morir también.

A partir de ese instante no sólo ha tenido que cargar con el peso de la pena, ligeramente amortiguado por dosis diarias de antidepresivos, sino con el remordimiento que le producen los recuerdos de su mujer rogándole que no se fueran a vivir a Cuba.

Martínez aceptó un cargo de inspector de una gigantesca planta de conversión de bagazo de caña de azúcar en papel en la ciudad de Cárdenas, a pocos kilómetros de Varadero.

Le ofrecían un sueldo de 615 dólares mensuales, una muy buena suma para la época, el triple de lo que ganaba en el mismo cargo en la Bowaters Southern Paper Corporation de Tennessee.

A pesar de que había nacido en Cuba, Martínez no conocía Varadero, el lugar que escogió para alquilar una casa en la que comenzaría su nueva vida, lejos de los aletargadas parajes de Tennessee que tanto le aburrían.

“Llamé a mi esposa y le dije: ‘Vende o regala la casa que tenemos y vente con los niños'”, recuerda Martínez.

Ella aceptó a regañadientes y se citaron en Miami. El vendría de La Habana y ella de Chattanooga, Tennessee, con los tres niños.

Contagiados quizás por la tristeza de su madre, los niños tampoco querían viajar a ese lugar remoto y extraño donde su papá había encontrado un mejor trabajo.

Martínez recuerda que los padres de Betty tuvieron que arrastrar a los niños, que lloraban y gritaban, hasta el avión que los llevó de Chatanooga hasta Atlanta. De allí tomaron un vuelo a Miami, donde los esperaba Martínez.

Los obstáculos que el destino interpuso a su familia para no viajar a Cuba aumentaron a la llegada a Miami, relató Martínez.

Empleados de la oficina de Cubana de Aviación en el aeropuerto se negaron a que la familia abordara el avión alegando que los documentos de Martínez no estaban en regla. Martínez era ciudadano estadounidense. Después de la tragedia, el sobreviviente concluyó que el verdadero motivo de los impedimentos era que algunos de los empleados eran cómplices de la operación. “Ellos sabían que iban a poner en riesgo a una familia americana y por eso no querían embarcarnos, quizás no querían niños a bordo, pero sus excusas para no llevarnos eran estúpidas”, dijo Martínez.

Al subir al avión de Cubana de Aviación en el Aeropuerto de Miami esa tarde del primero de noviembre de 1958, con sus hijos de 5, 4 y 2 años, Betty entregó a Martínez una póliza de seguro de vida firmada por ella, advirtiéndole melancólicamente, y con cierta rabia, recuerda Martínez, que si moría en Cuba que no la enterraran allí.

El vuelo, que debía salir para Varadero a las 2 de la tarde, despegó alrededor de las cinco como consecuencia de la larga discusión de los empleados con Martínez.

Cuando el avión iba a la altura de los cayos de la Florida, recuerda Martínez, unos cuatro o cinco hombres jóvenes se pusieron de pie, sacaron armas y apuntaron a los pasajeros. “Entonces se fueron hacia adelante y… se vistieron como de combate. Uno de ellos salió corriendo y entró a la cabina, y entonces en vez de ir a Varadero, que era un vuelo tan corto, desviaron el avión para Mayarí Arriba, en las montañas de Oriente”, relató Martínez.

Al llegar a esa zona el avión empezó a buscar pistas de aterrizaje y hacer aproximaciones suicidas, agregó el sobreviviente:

Trataron de aterrizar no sé cuántas veces, los motores aquellos rugían porque parecían que íbamos a chocar porque ya estaban tocando la tierra. Hasta que uno dice: “Pónganse los cinturones porque no hay más gasolina”, y entonces explotó el avión. Era que había caído en la playa de la Bahía de Nipe.

Martínez salió de Cuba a los pocos días con la ayuda de Wayne Smith, quien por entonces era funcionario de la embajada de Estados Unidos en Cuba y luego llegó a ser jefe de la Oficina de Intereses de Washington en La Habana.

Un mes después, Martínez volvió a Cuba. Esta vez con la idea de matar a uno de los secuestradores que, se había enterado, había sobrevivido.

Martínez se consiguió una pistola pequeña y visitó al secuestrador, cuyo nombre no recuerda con certeza. Lo visitó en una casa humilde de Puerto Padre. Su hermano le había ayudado a localizarlo. Pero al ingresar a la casa se arrepintió de su misión. “Aquello era tan miserable, niños alrededor, que yo me olvidé de la pistola en el bolsillo”, relató.

Martínez se identificó. “El hombre se puso pálido… Hablamos muy poco y me marché”, dijo.

Fidel Castro había llegado al poder en enero de 1959 y Martínez no hacía ningún esfuerzo por callar su tragedia. Se la comentaba a quien fuese, afirmando que el gobierno revolucionario le debía una explicación.

Un día, recuerda, recibió una carta en su casa. Estaba firmada por Raúl Castro, quien comandaba el Segundo Frente, donde supuestamente dos de los piratas aéreos se reportaron. Castro quería hablar con él sobre el accidente.

Yo leí la carta y empaqué mis cosas y me fui de Cuba. Tenía el presentimiento de que algo malo me podía pasar.

***

Terrorista arrepentido

El 27 de mayo de 2002, el exterrorista Domingo René García Collazo reconoció: “Aquí sí se ha hecho terrorismo”. Véase la entrevista que le hizo el periodista independiente José Antonio Fornaris, y con la que pondré punto final a este texto:

En una casa de Artemisa, poblado de donde salieron muchos de los asaltantes del cuartel Moncada en 1953, Domingo René García Collazo habla de su época de revolucionario desde el sillón de ruedas al que está unido hace décadas, cuando le explotó una bomba en las manos.

Nosotros teníamos distintos trabajos a realizar, mandados por la organización desde La Habana [se refiere al Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro, conocido por las siglas M-26-7]. Poníamos bombas, quemábamos caña y [hacíamos] otros tipos de sabotajes. Aquello era terrorismo. En todo el circuito norte [provincia de Pinar del Río] teníamos esta forma de operar de acción y sabotaje. El señor Fidel Castro dice que aquí no se ha hecho terrorismo, pero aquí sí se ha hecho terrorismo.

–¿Recuerda usted en cuántas acciones de este tipo participó?

–En varias. A muchos otros miembros de Acción y Sabotaje yo les preparaba las bombas, se las hacía. Cuando se iba a hacer un trabajo en un pueblo, en teatros, en fiestas (…) a dos miembros se les daba una bomba en un cartucho para que la pusieran en los baños (…) pero siempre se trataba de evitar que fueran a cometer un crimen, que hubiera muertos.

–Pero eso podía suceder, como sucedió, que murieron inocentes.

–Sí, lógico. Dentro de toda esa cosa, era lógico que tenía que suceder. Me sucedió a mí. Cuando fui a poner las bombas que me quedaban, puse siete primero y me quedaban dos, eran nueve.

–¿Qué día, en qué momento sucedió esto?

–Sí, mira, cuando fui a poner las bombas que me quedaban, que eran para hacerle daño a las casas de la fábrica La Calera, la fábrica de cemento y la del hermano de Manuel Pérez Galán, había una niña en la puerta de una de las casas y le dije al chofer del yipi que diera la vuelta para esperar a que la niña se retirara, porque si ponía la bomba la niña iba a morir. El daño lo íbamos a hacer en un pasillo entre las dos casas, para que las bombas tumbaran las paredes. Pero, bueno… cuando dimos la vuelta, la bomba era para [que explotara a] las nueve de la noche, eran las nueve en punto y la bomba me hizo contacto. Me desbarató las dos piernas, que no pudieron salvarme ninguna, y la mano izquierda.

–¿Recuerda la fecha exacta?

–Sí, el 12 de junio de 1957.

–¿Qué edad tenía usted en ese momento?

–Tenía 26 años. Yo nací en 1930. Hacía un mes que me había casado.

–¿Qué sucedió después?

–Estuve preso en Pinar del Río. Estuve bien todo el tiempo, porque siempre estuve con presos políticos. Luego me celebraron el juicio. Me pedían 17 años y me echaron 14. Luego vino una libertad condicional.

–Pudiéramos decir que rápidamente después de esto llegó Fidel Castro al poder y usted, en alguna medida, comenzó a formar parte de ese gobierno, ¿fue así?

–Bueno, vino Castro [a Artemisa] el 17 de enero de 1959, habló con un capitán ayudante que yo tenía en el cuartel, le dijo que yo pasara al parque, que él quería hablar conmigo. Pude entrar al parque, los compañeros me llevaron. Me abrazó y, delante del pueblo, anunció que me daba el grado inmediato, que era el de comandante [grado máximo del ejército rebelde]. Ese mismo día me nombró segundo jefe del regimiento de Pinar del Río. Escalona [Juan] era el jefe del regimiento.

–¿Cuáles eran sus ideas políticas cuando usted comenzó a luchar contra el gobierno de Fulgencio Batista?

–Yo no tenía idea política alguna. Mi padre tenía camiones. Yo tenía cinco camiones. Yo fui agente de tres agencias de refrescos (soda), entre ellas la Orange Crush y la Royal Crown Cola, que eran compañías americanas. No me interesaba para nada la política.

–Por lo que narra, infiero que usted era uno de los jefes del M-26-7 en Artemisa.

–Sí, yo era uno de los jefes.

–¿Sabía usted lo que era el comunismo en esa etapa, simpatizaba con el comunismo?

–No, yo no sabía lo que era el comunismo ni lo que era el socialismo. Ese tipo de sistema nunca me interesó. Yo aspiraba a una democracia. Por eso luché, para vivir en democracia, para vivir en libertad.

–A más de 40 años de haber pertenecido usted al Grupo de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, de haber construido artefactos explosivos y de haber colocado muchos de ellos en distintos lugares, ¿cree que el terrorismo es un método válido de lucha?

–No, fue un error. Considero que nunca se debió haber hecho. Aunque aquí se dice que no se utilizó el terrorismo, esta revolución se hizo a base de terrorismo. Y lo tengo por experiencia propia, te lo puedo demostrar… te lo estoy demostrando. Mi estado físico, cómo quedé… deprimente. Eso, el terrorismo, lo detesto completamente.

El hombre hace una pausa y ratifica: “No creo que el terrorismo conduzca a ningún gobierno a nada. Aquí se dice que no hubo terrorismo pero sí, aquí se hizo esta revolución a base de terrorismo”.

Origen: Manuel Castro – Fidel Castro Ruz, el mayor terrorista nacido en América – La Ilustración Liberal – Revista española y americana

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