Hambre y comunismo. El camello de Kruschov y el caso de Ucrania – Cristina Losada

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Nikita Kruschov se preguntaba en una ocasión, siendo líder de la Unión Soviética, por qué, “tras 50 años de poder soviético”, era imposible encontrar carne y huevos en las provincias; y formuló este deseo: “Ansío ver el día en que un camello pueda marchar de Moscú a Vladivostok sin que lo coman por el camino los campesinos hambrientos”[1]. El dirigente soviético, al contrario que sus predecesores y buena parte de sus sucesores, tuvo el mérito de reconocer lo que todos ellos sabían de sobra: que el régimen comunista era incapaz de alimentar a su población. Era así desde hacía mucho tiempo, en realidad desde su inicio, y así sería hasta el final. Kruschov lo lamentaba y creía que aquel fallo podía arreglarse dentro del sistema. Pero ¿por qué hemos de dar por supuesto que el comunismo soviético (como otros de su estirpe) tenía entre sus objetivos el de mantener alimentada a la gente?

La política hacia o, mejor, contra el campesinado que se desarrolló en la URSS bajo Stalin constituye una de las pruebas más claras de que en los primeros y decisivos tiempos del imperio soviético no constituía una prioridad, ni mucho menos, asegurar la subsistencia y elevar el nivel de vida de “las masas”, en cuyo nombre se había tomado el poder. Tales metas, que se da por supuesto se persiguen en cualquier país, a excepción de en ciertas dictaduras –entre ellas, las comunistas que aún permanecen–, eran absolutamente ajenas al pensamiento y al sentimiento de los líderes bolcheviques.

La cuestión regresa a la actualidad tras la petición[2] del Gobierno de Ucrania a la ONU para que declare que fue un genocidio la hambruna que azotó dicho país en los años 30. La demanda puede resultar, a primera vista, sorprendente. ¿Desde cuándo una hambruna merece calificarse de genocidio, como si fuera el resultado de una actuación deliberadamente dirigida a exterminar a un pueblo? ¿No es el hambre extendida a grandes zonas una catástrofe originada por causas naturales, aunque contribuyan factores políticos y pueda siempre atribuirse responsabilidad a los gobiernos? ¿Es una hipérbole propagandística decir que la hambruna de los 30 en la URSS fue planeada y provocada para eliminar, en este caso, a los ucranianos?

Del término “genocidio” se abusa con frecuencia. En los 60 se convirtió en epíteto favorito de los activistas contra la guerra de Vietnam, y desde entonces se ha seguido aplicando sin rigor alguno a todo tipo de actuaciones por su valor descalificatorio y, en definitiva, por su utilidad para la propaganda política. El penúltimo ejemplo de este uso improcedente lo tuvimos a raíz de la intervención militar de EEUU en Irak. Presentaba la peculiaridad de que los mismos que acusaban a los norteamericanos de perpetrar el genocidio del pueblo iraquí habían pasado por alto las actividades genocidas de Sadam Husein contra los kurdos y los chiitas.

La calificación de “genocidio” para la hambruna de Ucrania resulta posiblemente discutible si nos atenemos al sentido riguroso del término. Además, hay que tener en cuenta que la política que la provocó afectó a otras zonas de la Unión Soviética. Pero, en cambio, se tienen pruebas suficientes para asegurar que se trató de un intento deliberado de exterminio dirigido, en especial, contra el campesinado, y que puede enmarcarse en el proyecto de supresión de las clases sociales burguesas propio del marxismo-leninismo.

El principal estudio sobre el destino atroz del campesinado soviético en los años 30 es el de Robert Conquest, recogido en The harvest of sorrow. Soviet Collectivization and the terror-famine, publicado en 1986. Su investigación destapó un horror de tal calibre que el autor, aún en esos años ya finales del imperio soviético, fue sometido, particularmente en Occidente, a una campaña de descalificaciones típicamente stalinista. La campaña sigue rulando todavía hoy, bajo el motto de que Conquest continuó una operación propagandística iniciada por la Gestapo, y con acusaciones de haber recibido financiación de la CIA y otras agencias del “imperialismo” para desarrollar, basándose en falsedades, unos estudios que desprestigiaran el comunismo. Ahora mismo, pues, siguen negándose las evidencias de la hambruna y la responsabilidad de los dirigentes soviéticos en ella.

Los bolcheviques y el hambre

Resumiendo el trabajo en unas pocas cifras y conceptos, Conquest calculaba que entre 1930 y 1937 habían muerto 14,5 millones de campesinos soviéticos a causa del hambre, las deportaciones y las ejecuciones, que fueron efecto o acompañaron a la colectivización y ladeskulakización. De ese total, 5 millones eran habitantes de Ucrania. Para hacerse una idea de la dimensión de la tragedia: las víctimas del terror stalinista contra el campesinado superan el número de caídos de todos los países en la Primera Guerra Mundial.

Conquest demostraba, además, que la hambruna fue una política conscientemente aplicada, que pretendía completar el objetivo de la campaña de colectivizaciones: la eliminación sistemática de clases sociales y grupos nacionales que se tenían por una amenaza para el poder bolchevique. El historiador también entroncaba esta política con el desprecio que destilaban el marxismo y el leninismo por el campesinado, y ello a pesar de que en el caso de Rusia la revolución había sido posible gracias a la existencia, como escribe Paul Johnson, de un “enorme movimiento inorgánico, pragmático y sin dirección de los campesinos”, que constituían la inmensa mayoría de la población.

Stalin suprimió la NEP (Nueva Política Económica), que Lenin había tenido que aceptar para que no quedaran desabastecidas las ciudades, y entre 1929 y 1932 se lanza a una doble ofensiva en el campo: la colectivización forzosa y la deskulakización, que supuso la desposesión y la deportación de millones de personas. Los bolcheviques presentaban al kulak como un campesino rico, pero bastaba tener una vaca o un pequeño huerto para ser incluido en la categoría. La imposición de cuotas de entrega de cereal imposibles de cumplir, la retirada de cualquier otra fuente de alimento y la prohibición de recibir ayuda externa provocaron una hambruna generalizada entre los campesinos colectivizados de Ucrania y otras zonas entre 1932 y 1933. Está documentado que llegaron a registrarse episodios de canibalismo.

En su última obra, The dragons of expectation. Reality and delusion in the course of History, Conquest señala que los documentos conocidos con posterioridad al derrumbe de la URSS no desmienten, sino que confirman, el grueso de su estudio, y presenta algunos que así lo certifican. Entre ellos hay uno que registra una reunión del Politburó, en julio de 1932, donde Molotov, justo de vuelta de Ucrania, informa: “Definitivamente, nos enfrentamos al espectro de la hambruna”. Tras ello, y pese a ello, el Buró decide que “los planes para requisar el grano deben cumplirse a cualquier coste”.

Unos meses después, el secretario del Partido en Dnepropetrovsk, ciudad ucraniana, escribe que para asegurar la producción futura “debemos tener en cuenta las necesidades mínimas de loskoljosianos (miembros del koljós, la explotación agrícola colectivizada); de lo contrario, no quedará nadie para sembrar y asegurar la producción”. La respuesta de Molotov es la siguiente: “Su posición es profundamente antibolchevique. Nosotros, los bolcheviques, no podemos poner las necesidades del Estado –necesidades definidas con precisión en las resoluciones del partido– en el décimo lugar, ni siquiera en el segundo”.

Cuando ya el espectro se había corporeizado, y los campesinos huían en masa en busca de comida, un telegrama de Stalin y Molotov, en enero de 1933, ordena a los jefes del partido y de la policía de las provincias afectadas que impidan la entrada de los hambrientos en Rusia y detengan a los cabecillas. Un informe posterior de Yagoda, de la OGPU[3], señala que se ha mandado de vuelta a 200.000 personas y detenido a varios miles.

Conquest subraya en ese último libro que con la colectivización “no se perseguía sólo la destrucción de fuerzas económicas independientes, también la financiación de la industria soviética”. Y hace notar que en otros países, como Japón, eso se lograría sin el tremendo coste humano que tuvo en la URSS. Aquí se daría la sangrante paradoja de que, al tiempo que se exportaban millones de toneladas de cereal para pagar la maquinaria extranjera, la hambruna segaba en el campo la vida de millones de personas. Era un precio que los dirigentes comunistas no tenían inconveniente alguno en pagar para crear la “nueva sociedad” que debía erigirse sobre las cenizas de la vieja. El humanitarismo no ocupaba ningún lugar en su jerarquía de valores. Era un estorbo y, como haría notar Lenin, un rasgo pequeñoburgués que había que erradicar, como otros de ese tipo.

Los dirigentes bolcheviques no mostrarían compasión hacia los padecimientos de sus súbditos en ninguna circunstancia, y tampoco hacia el hambre y los sufrimientos que causaron la colectivización y la deskulakización. Su retórica de salvación de la Humanidad podía convivir con la indiferencia absoluta hacia la situación presente y el destino real de los “desheredados de la tierra”. Lenin marcó el camino de esta disociación. Ya en 1891-92, en tiempos del Zar, cuando hubo una hambruna, mucho más leve que las posteriores, y los estudiantes se volcaron en ayudar a los afectados, afirmó: “Psicológicamente, esta cháchara de alimentar a las masas hambrientas no es nada más que la expresión de la mentalidad sacarinosa de la intelligentsia”[4]. Más aún, señaló entonces la parte “positiva” de esa hambruna: “Destruirá la fe no sólo en el Zar, también en Dios”[5]. Las que luego provocaron los bolcheviques destruirían a aquellos que, en el paroxismo paranoico, conceptuaban como enemigos.

La actitud de Lenin ante la hambruna que se registró entre 1921 y 1922 en torno al Volga y la república tártara, cuando ya estaba en el poder, fue característica. El desastre afectó a 29 millones de rusos y murieron cinco millones. Pese a la magnitud del mismo, los bolcheviques se resistieron, primero, y obstaculizaron, después, la ayuda internacional, que fluiría sobre todo de los Estados Unidos de América. El éxito del esfuerzo internacional y también de la iglesia rusa en la operación de auxilio fue tal que Lenin pensó que amenazaba la hegemonía bolchevique y tomó medidas de inmediato. Se coartaron los movimientos de los extranjeros, y el comité de ayuda creado en la propia Rusia fue detenido. Ordenó, típicamente, que se les llenara de insultos y de burlas y que se les acusara de ser agentes de la burguesía[6].

Shaw, o la ceguera voluntaria

Las noticias del hambre en Rusia llegaron a Occidente ya en la primera época del nuevo régimen revolucionario, pero fueron negadas y desmentidas por los que simpatizaban con el gran “experimento social” que tenía lugar allá. Uno de los objetivos de buena parte de las personalidades prestigiosas (intelectuales, escritores, periodistas, científicos, artistas) que visitaban la “patria del proletariado” en aquellos años era “comprobar” que tales noticias eran infundios, y transmitir luego urbi et orbe que el experimento iba de maravilla.

Algunos estaban seguros de que eran falsas antes, incluso, de llegar. Ese fue el caso de George B. Shaw. Tan predispuesto iba a creer que no había escasez alguna en la URSS que antes de entrar en el país arrojó por la ventanilla del tren una ración de provisiones. Eso ocurría en el año 1932, es decir, en plena hambruna. El periodista Eugene Lyons, que también se encontraba allí, recuerda las reacciones de los rusos al gesto del dramaturgo inglés. “La visión de la buena comida inglesa lanzada hacia Polonia resultó una burla para la audiencia subalimentada. Los que escuchaban a Shaw jadeaban…”[7].

Lyons, que publicó Assignment in Utopia en 1937 y fue uno de los pocos que denunció, en un capítulo[8] de dicho libro, la ocultación de la hambruna por los corresponsales de los periódicos occidentales en la URSS (en especial por Walter Duranty, del New York Times), narraba un encuentro entre Shaw y la esposa de un corresponsal norteamericano durante un almuerzo en el hotel Metropole. La señora le dijo a Shaw que los rusos lamentaban mucho que no hubiera esperado a estar en tierra soviética para arrojar su comida. El dramaturgo miró a su alrededor y le preguntó: “¿Dónde ve usted el racionamiento?”. La señora le explicó que tenía una hija pequeña, y que como extranjera podía comprarle leche, pero que si dependiera de las raciones rusas su hija sufriría. “¿Por qué no le da el pecho?”, replicó el británico. “Bueno, tiene cuatro años, es demasiado grande”. Y Shaw le espetó: “¡Pamplinas! Algunas esquimales amamantan a sus hijos hasta los veinte años de edad”[9].

La conducta obcecada y la evasión intelectual de Shaw no fueron una excepción, sino la regla entre los viajeros de países democráticos que visitaron la URSS durante los períodos del hambre y el Terror. Entre las excepciones cabe reseñar la del periodista Malcolm Muggeridge, corresponsal del Manchester Guardian, que había llegado al país como simpatizante del experimento. No obstante, contó lo que había visto, como en este fragmento, que confirma la visión de Conquest sobre la hambruna:

Interrumpí mi viaje varias veces, y nunca podré olvidar lo que vi. No era precisamente una hambruna (…) Esta hambruna particular estaba planificada y era deliberada; no se debía a cualquier catástrofe natural, como una sequía, un ciclón o una inundación. Una hambruna administrativa producida por la colectivización forzosa de la agricultura, un asalto al campo por parte de los apparatchiks –esos mismos hombres con los que había estado charlando tan amigablemente en el tren–, apoyados por violentas cuadrillas de militares y policías…

Y también es de interés lo que escribe acto seguido:

Cuando eso ocurrió, ningún periodista extranjero había estado en las zonas de hambruna en la URSS, excepto con el auspicio y la supervisión oficiales, de modo que mi relato iba camino de ser exclusivo. Esto no me trajo reverencias, sino muchas acusaciones de ser un mentiroso (…) Tuve que esperar a Kruschov (…) para tener una confirmación oficial. Por supuesto, según su versión, mi relato decía bastante menos de lo que había en realidad. Si la cuestión es tener un tema de controversia a posteriori, una de las voces más potentes del otro lado será la de Duranty, resaltado en el New York Times, insistiendo en esos graneros repletos de cereal, esas lecheras con mejillas como manzanas y las gordas vacas satisfechas (…)[10].

Por cierto: Duranty fue premiado con un Pulitzer, el más distinguido galardón del periodismo en Estados Unidos.

Zapatero y la amnesia

Bien, ¿y qué hará la ONU con la petición de Ucrania? ¿Y qué votará España si la cuestión llega a someterse a la aprobación de ese organismo internacional, en el que tanto dice confiar el presidente Zapatero? Tal vez podamos pronosticar la respuesta a esas preguntas tomando como ejemplo y precedente lo ocurrido en la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa a finales del pasado mes de enero. El Consejo, que es la más antigua de las organizaciones europeas (data de 1949), tiene 40 estados miembros, y uno de sus principales objetivos es la salvaguarda y el desarrollo de los derechos humanos y las libertades fundamentales.

La Asamblea aprobó finalmente una resolución[11] en favor de “una condena internacional de los crímenes de los regímenes comunistas totalitarios”, pero el Grupo Socialista, presidido por el senador del PSC Lluís María de Puig, se negó a apoyarla alegando que el informe adolecía de “falta de análisis” y podía dar lugar a “interpretaciones incorrectas y nefastas”. ¿Cuáles? ¿Por qué no quieren los socialistas que se condenen las “violaciones masivas de los derechos humanos” perpetradas por los regímenes comunistas? ¿Les molesta que se afirme que esos crímenes “se justificaron en nombre de la teoría de la lucha de clases y del principio de la dictadura del proletariado”, y que ello “hacía legítima la ‘eliminación’ de las categorías de personas consideradas perjudiciales para la construcción de una nueva sociedad, y por tanto enemigas de los regímenes comunistas totalitarios”?

¿Acaso se dan por aludidos los socialistas por ese análisis, aunque sea de manera indirecta? Seguramente, ése es el caso. Pues, a fin de cuentas, siguen compartiendo parte de la terminología del comunismo, empezando por la denominación “socialista”, y no está nada claro que algunos partidos socialistas, como el español, hayan analizado y rechazado su relación o sus afinidades ideológicas y sentimentales con la “utopía” que provocó tantos millones de muertos.

La influencia de unos socialistas reacios todavía a condenar el comunismo, y el peso de las dictaduras de todo tipo que forman parte de la ONU (y que se defienden las unas a las otras), impedirá que la demanda de Ucrania salga adelante. Y lo que va a votar España casi podemos decirlo ahora. Si no vota en contra, se abstendrá. El presidente Zapatero se ha dedicado a cultivar la nostalgia por las utopías más desastrosas de la izquierda (como la II República), y ha mostrado su admiración y respeto hacia los comunistas, así que ¿cómo va a considerar un genocidio la política de aquellos?

En un breve prólogo que escribió Zapatero para el libro El convoy de los 927, dedicado a los republicanos refugiados en Francia tras la Guerra Civil que fueron trasladados al campo de concentración nazi de Mauthausen, decía que era necesario “rescatar la memoria de las víctimas de los regímenes antidemocráticos, del franquismo, del fascismo y del nazismo”. ¿Dónde está el comunismo? ¿Tal vez en la lista de los regímenes democráticos?

“La amnistía no debe confundirse con la amnesia, el perdón con el olvido”, escribía el presidente. Pero el primero que sufre de amnesia es él, al condenar al olvido a los millones de personas que sufrieron y murieron atrozmente bajo el yugo de los comunistas. Y no es una amnesia coyuntural, un despiste. Se trata de un deliberado intento por salvar al comunismo, y con él a sus parientes ideológicos, del juicio que merece. Se trata de continuar engañando a la opinión pública sobre las realidades de aquellos regímenes, como se hizo mientras aún existía el imperio.

Pues, volviendo a aquel deseo de Kruschov, el comunismo descubrió dos modos de hacer pasar un camello por el ojo de una aguja: uno, el que el premier soviético describía tan gráficamente: los campesinos se zampaban el camello y sus restos ya podían pasar por sitio tan pequeño; y el que hacía que las gentes se tragaran que, en efecto, el comunismo lograba que la naturaleza humana y las fuerzas económicas pasaran por su angosto aro, al otro lado del cual debía de aparecer el Paraíso. Quizás pasaban, sí, pero tan malamente que sólo mediante el uso masivo y sistemático del terror sobrevivieron aquellos regímenes.

Ojalá que la petición de Ucrania sirva, al menos, para generar un debate sobre el comunismo. En España buena falta hace. Prueba de ello es que no se ha publicado bibliografía fundamental para la comprensión de lo ocurrido en la URSS no ha sido traducida y publicada. Es el caso de The harvest of sorrow, de Conquest, y de tantos otros libros. Las gentes de la cultura han vivido en España, en su mayoría, ajenas a esas realidades horrendas que se fueron descubriendo en los “paraísos comunistas”. Deliberadamente ajenas. Todavía hoy encontramos actitudes elogiosas hacia el comunismo en el día a día periodístico. La terrible fascinación que ejerció aquella utopía, y que algunos padecimos, sigue ejerciendo su poder entre gauchistas a la moda, intelectuales a la violeta y políticos indocumentados como Zapatero, que intuyen y aprovechan el atractivo perverso que siempre ha tenido la aberración comunista para aquellos que no la han sufrido en sus propias carnes.

 


[1] Paul Johnson, Tiempos modernos, Javier Vergara, 2000.
[2] ‘Ucrania pide a la ONU que la muerte de millones de campesinos víctimas de Stalin sea declarada genocidio’, Libertad Digital, 26-IV-06.
[3] Administración Política Unificada del Estado. Uno de los antecedentes del KGB.
[4] Robert Conquest, The Dragons of Expectation, Norton, 2005.
[5] Stephen Koch, El fin de la inocencia, Tusquets.
[6] Koch, op. cit.
[7] Paul Hollander, Los peregrinos políticos, Playor, 1987.
[8] Http://colley.co.uk/garethjones/soviet_articles/assignment_in_utopia.htm
[9] Hollander, op. cit.
[10] Hollander, op. cit.
[11] “El Grupo Socialista en el Consejo de Europa se niega a condenar ‘los crímenes de los regímenes comunistas totalitarios'”, Libertad Digital, 25-I-06.

Origen: Cristina Losada – Hambre y comunismo. El camello de Kruschov y el caso de Ucrania – La Ilustración Liberal – Revista española y americana

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