Kameraden Polizei: Kapos – Carlos Semprún Maura / La Ilustración Liberal – Revista española y americana

“Generosidad comunista”

No voy a hablar sólo de deportación, voy a hablar de mentira, de los logros inauditos de la propaganda comunista, poscomunista y socialburócrata, que impregna las mentes de muchedumbres, incluso de amplios sectores de la derecha pazguata y acomplejada.

Un ejemplo: se ha montado un misterio opaco en torno a los kapos en los campos nazis. El término kapo se viene utilizando desde 1945, sin que nadie sepa exactamente lo que significa, sólo que es negativo y hasta insultante, aunque pocos hayan alcanzado las cumbres de idiotez e ignorancia de un Schröder y un Berlusconi echándose en cara los “kapos nazis”, como si los kaposy las SS fueran lo mismo.

Los kapos no eran nazis; eran deportados, pero deportados de confianza de los nazis, que gozaban de ciertos privilegios (comían, vestían y recibían mejor asistencia médica que el resto) a cambio de servir incondicionalmente a los amos absolutos, los SS, en todas las tareas, incluso las de asesinos y verdugos. Esos privilegios podrán parecer humildes a cualquier ciudadano de nuestros países, pero en las condiciones infrahumanas de los campos les permitían permanecer con vida y buena salud, mientras que en torno suyo los demás deportados morían como moscas. En esas condiciones se trataba de privilegios exorbitantes.

Esta colaboración activa de los kapos en las más negras y mortíferas tareas creó un odio mortal de los demás deportados hacia ellos, a veces aun mayor que hacia los nazis, porque éstos eran el enemigo y estaban en guerra. Un enemigo monstruoso, pero enemigo, mientras que los kaposeran “camaradas”, deportados como ellos pero que actuaban como policías al servicio de los SS; y para manifestar su odio y desprecio les llamaron kapos, o sea, Kameraden Polizei, camaradas policías.

Pues resulta que en Buchenwald y otros campos nazis los kapos eran comunistas, y actuaron más eficazmente al servicio de los SS nazis que los comunes, también kapos en ciertos campos, porque tenían mayor sentido de la disciplina y de la organización que aquellos, siempre demasiado individualistas. Y si por los años 1937-39, cuando el pacto nazi-soviético era aún secreto, los SS no se opusieron a la conquista –a puñalada limpia– del “poder” por parte de los comunistas en la subadministración de los campos, cuyas prerrogativas delegaban los nazis a los deportados de confianza o kapos, lo más probable es que la facilitaron.

Su eficacia en la servidumbre hacia los amos y en la mano dura contra los demás deportados se evidencia aún más cuando Hitler cambió de política rompiendo el pacto nazi-soviético y atacando por sorpresa la URSS en junio de 1941, con lo que los comunistas se convertían ipso facto y de nuevo en adversarios de la Alemania nazi: eso no repercutió en absoluto en la situación de loskapos comunistas. Los nazis perseguían a los comunistas en toda la Europa ocupada, salvo en sus campos, donde habían logrado convertirse en kapos y se les dejó seguir siéndolo; o sea, siempre deportados, pero de confianza.

Esto, evidentemente, no encaja en la leyenda embustera de los Frentes Populares y de la heroica resistencia comunista contra los nazis. Más valía ocultar el papel de los kapos comunistas en los campos nazis. Se ocultó, y todo el mundo fue cómplice de esa ocultación. Y así, el más famoso de los kapos comunistas podía declarar por televisión, hace pocos años, que eso de kapo era un mote irónico –casi cariñoso– que les habían colgado, venía del italiano capo y significaba “jefecillo”. Como hablaban en francés, dijo petit chef.

Pues no, camarada policía: viene del alemán y significa kamerad polizei.

Se han podido escribir libros tan impresionantes como Archipiélago Gulag, de Alejandro Soljénytsin, y yo me sé de algunos que se han estremecido al leerlo: “¡Qué espanto! ¿Cómo es posible?”, y a los dos días votaban comunista por considerar que “sus” comunistas eran “buenos”, y los PCE, PCF, PCI, etcétera nada tenían que ver con los campos de concentración soviéticos. Se ha podido leer El fin de la inocencia, de Stephen Koch, magnífica y documentada denuncia de varios de los mitos de la propaganda comunista, y seguir considerando que Dimitrov era un “gran dirigente obrero”, y que los comunistas siempre han sido partidarios de la democracia. Se puede haber leído, asimismo, el libro de Nina Berberova sobre el proceso Kravchenko y seguir considerando que éste fue un personaje turbio, si no agente de la CIA, como se dijo, al menos un aventurero capaz de cualquier cosa. Se puede considerar los llamados “procesos de Moscú”, y los demás procesos comunistas, que no faltan, como exageraciones o distorsiones de la legalidad, pero no se acepta que el Terror sea consubstancial al comunismo. No ha habido, ni puede haber, comunismo sin Terror, ni en la URSS, ni en China, ni en Camboya, ni en Vietnam ni en Corea del Norte (ni en Vallecas, aunque en este caso las posibilidades de ejercer el terror sean limitadas).

Para dar algún ejemplo español, recordaré el proceso del POUM, por orden de Moscú, durante nuestra guerra civil, y si Stalin quería que se fusilara a todos los dirigentes poumistas (“hitlero-trotskistas”), sólo asesinaron a Andrés Nin (¡lo despellejaron vivo!), pero todos los dirigentes fueron encarcelados, y prohibidos el partido, sus juventudes y su prensa (siguieron funcionando clandestinamente, gracias a la CNT. Un partido marxista antifascista actuando clandestinamente en la zona roja, ¿no resulta significativo?). Esto es conocido, pero no impide a Antonio Elorza, por ejemplo, afirmar que la legalidad republicana y las garantías jurídicas habían sido respetadas en dicho proceso. ¡Menuda totalitaria concepción de la Justicia y la legalidad! ¿Qué diría él, que dirían tantos, si se hubieran tomado medidas contra el PCE? (Que conste que, a mí, el POUM ¡plim! Denuncio la mentira y la represión).

Nuestra guerra civil pone de manifiesto una de las gigantescas estafas del comunismo, totalmente ocultada, como otras, porque mientras se desarrolla la embustera propaganda de “defensa de la legalidad republicana” y de “lucha contra el fascismo” y se grita “¡No pasarán!”, Hitler y Stalin acordaban la victoria de Franco, cuyos resultados se vieron en 1938, cuando desertan las Brigadas Internacionales, se marchan los consejeros soviéticos e internacionales, se interrumpe el envío de armas ya pagadas, etcétera.

No estoy diciendo que la tan cacareada “ayuda soviética” fuera decisiva, porque se trataba más bien de complacer a Hitler con esta retirada, pero ya va siendo hora de enfocar los intríngulis, los conflictos y las crisis políticas en la zona “republicana” bajo el ángulo de esa realidad: habiendo Stalin, y por lo tanto la URSS y la Internacional Comunista, decidido retirarse para facilitar la victoria de Franco (y a cambio de la mitad de Polonia, los países bálticos y muchas otras cosas), todos los discursos “antifascistas” se convierten en mentiras evidentes y el PCE, una vez más, tiene que aplicar una doble política. Puesto que su derrota constituye una victoria para Stalin, hay que aceptarla, poniendo a salvo la plana mayor del partido –los Ibárruri, Díaz, Uribe, Antón, etcétera estaban en Moscú antes de la victoria franquista–, y al mismo tiempo había que sacrificar a los militantes de base para mantener la ficción de una guerra hasta el final contra el nazifascismo.

De todo esto, archirresumido aquí, ¿qué queda? Nada. Seguimos oyendo, leyendo y viendo en las pantallas la retahíla de “la heroica lucha del pueblo español contra el fascismo”. Esto se explica, y no sólo en el caso de España, porque la verdad es una gota de agua, un charco a lo sumo, en medio de un océano de mentiras, día a día repetidas machaconamente en la prensa, los libros, la televisión, la universidades y hasta en las escuelas. Si afirmas hoy que Hitler y Stalin conspiraron secretamente para facilitar la victoria de Franco, lo mejor que te puede ocurrir es que te encierren en un manicomio. Lo mismo ocurre, por ejemplo, con el Gulag: se admite que existió, pero no se acepta lo que esto significa. Se sabe asimismo que hubo acuerdos secretos, y no sólo sobre España, a partir de diciembre de 1936 y a iniciativa de Stalin, entre nazis y soviéticos, pero no se aceptan las consecuencias. Stalingrado ha lavado todos los cerebros.

Para dar otro ejemplo, más reciente, de la eficacia de la internacional de la mentira, cuya capital fue durante decenios Moscú –luego tuvo Pekín como rival– y que desde la implosión de la URSS está “descentralizada” pero sigue funcionando, como las gallinas siguen corriendo después de que se les haya cortado la cabeza –espectáculo impresionante–, recordaré el “caso de los hogares turcos”. Hace una docena de años, por lo menos, una serie de hogares de trabajadores turcos fueron criminalmente incendiados en Alemania. Inmediatamente, todas las agencias de prensa –lugares predilectos para los expertos en desinformación–, como todos los periódicos, desde ABChasta L’Humanité, lanzaron unánimes el gigantesco timo del renacimiento del nazismo en Alemania; y no en cualquier Alemania, claro: en la del Oeste, la RFA, la capitalista, y por lo tanto la antesala permanente del nazismo.

Se lanzó una gigantesca campaña “kominterniana”, con la consigna ¡Nunca más! y los consabidos¡No pasarán! En varias ciudades alemanas desfilaron multitudinarias manifestaciones nocturnas con velas y cantos fúnebres, muy espectaculares, ¡y todo era mentira! Una mentira montada y manejada por los servicios comunistas y sus agentes en la prensa, a quienes interesa mantener el mito del constante renacimiento del nazismo para ocultar que los nazis son ellos. Y funcionó magníficamente, cuando en Alemania no existe nazismo, ni peligro de renacimiento, y los grupitos de bestias cabezas rapadas pseudonazis en su mayoría están montados y controlados por la policía, para vete a saber qué provocaciones.

Cuando se supo que quienes habían cometido tales atentados criminales contra trabajadores turcos eran los comunistas kurdos del PKK, la noticia se arrinconó en sueltos de cinco líneas, en las páginas 27 ó 32, de los diarios. No era una noticia rentable y políticamente incorrecta.

Evidentemente, este impresionante conformismo progre, que supera las fronteras movedizas entre izquierda y derecha, ya que todos creen en la “heroica lucha del pueblo español”, todos temen “el renacimiento del nazismo”, etcétera, no se explica únicamente por la prodigiosa habilidad de ciertos titiriteros que manejan los medios; la verdad es que entronca con viejos prejuicios y toda clase de idées reçues. Resumiendo, indicaré tres temas: el capitalismo, considerado como el Mal con mayúscula; el “antiyanquismo”, odio irracional, y una adoración, si no religiosa al menos supersticiosa, del Estado, el Estado de Bienestar, el Estado todopoderoso, el Estado-dios, el Estado-padre, al que, puesto que es Todo, se le exige todo, que prevea y evite catástrofes naturales, sin hablar del aumento del nivel de vida, pensiones elevadas, coitos felices y vacaciones eternas.

Pese a que se reconozca, muy a regañadientes, el triunfo histórico del capitalismo contra el comunismo, del libre mercado frente a la “planificación socialista de la economía”, nadie quiere tenerlo en cuenta, y en muchos casos el odio al capitalismo ha aumentado, precisamente, porque “los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Recuerdo al patético de Michel Rocard, quien quiso ser algo así como un Tony Blair à la française y fracasó rotundamente, recorriendo los platós de televisión y gimiendo: “Mis camaradas no quieren entender que el capitalismo ha triunfado”. Él lo habrá entendido, pero no se ha dado por enterado.

Aunque el lenguaje político de la izquierda socialcomunista o socialburocrata haya evolucionado, siguen objetivamente anticapitalistas. Aceptan el mercado, pero corregido, o sea maniatado, y propugnan una “economía social de mercado” que nada quiere decir, salvo el control burocrático y la prepotencia del Estado en economía. Existen evidentes contradicciones en esta práctica “capitalista”, envuelta en teorías y métodos anticapitalistas, y puede verificarse a diario el apoyo estatal a grandes grupos capitalistas con la coartada del “patriotismo económico”, reciente invención de varios gobiernos contra la globalización, o sea contra el progreso.

Cuando murió el Papa Juan Pablo II muchos comentaristas católicos, además de exaltar sus grandes virtudes espirituales, elogiaron su magnífica y ejemplar labor política contra el comunismo, llegando incluso a afirmar que había logrado vencerlo él solo; pero también contra el capitalismo, e insistían: ¡también contra el capitalismo! Yo no soy católico, ni experto en temas religiosos, pero tenía la impresión de que el Papa condenaba el materialismo de nuestras sociedades, y políticamente me queda bien claro que se opuso al comunismo en Polonia mucho más que al capitalismo, incluso en el Estado del Vaticano. Da lo mismo, porque si muy pocos son hoy quienes siguen exigiendo “la abolición de la propiedad privada de los medios de producción”, la defensa e ilustración del capitalismo se sigue considerando como el mal absoluto.

“Antiyanquismo”

El profundo sentimiento antiyanqui que existe en amplios sectores europeos es ante todo irracional; se odia de entrada, se explica, o no, después, lo mismo que la xenofobia y el racismo. Dejando de lado las diversas fobias europeas (y latinoamericanas) contra los USA, esa “obsesión antiamericana” tan bien analizada por Jean-François Revel en su libro[1], veamos ciertos aspectos políticos de este “antiyanquismo”: los USA aparecen como la quintaesencia del capitalismo, del capitalismo más liberal, y por lo tanto el más salvaje, el más nefasto e inhumano, explotador de los trabajadores y destructor de las almas puras y del clima. Evidentemente, los Estados Unidos constituyen una gran potencia capitalista, y en su caso puede decirse “gran potencia” gracias al ímpetu de su capitalismo; pero, obcecados por un anticapitalismo irracional, sus enemigos, nostálgicos o no del Gulag, creen condenarle definitivamente al tildarle de “liberal”, habiendo convertido este ideal humanista de libertad en el peor de los insultos, la expresión del infierno terrenal, porque nuestros progres odian la libertad.

Pues yo no considero que los USA sean suficientemente liberales; desde luego, lo son infinitamente más que los países europeos, y más bajo la presidencia de Reagan que en la del papanatas de Carter, pongamos, pero se dan casos en los que el intervencionismo del Estado federal en materias comerciales, industriales o agrícolas no puede realmente ser considerado como liberal. Señalaré, de paso, una de las grandes victorias del capitalismo en EEUU, totalmente ocultada por el “antiyanquismo” y su demagogia obrerista o social: hace decenios que la clase obrera norteamericana se ha convertido al capitalismo, y no por ideología barata o “populista”, como dirían algunos, sino por experiencia; han logrado, no sin luchas, un nivel de vida y unas condiciones de trabajo jamás logrados en ningún otro país. Como nobody’s perfect, también puede criticarse un corporatismo excesivo y muy poco liberal en los potentes sindicatos norteamericanos.

Los USA son imperialistas y el imperialismo es la guerra. “El capitalismo lleva en sí la guerra, como las nubes los rayos”, dijo el infeliz de Jean Jaurès; frase demagógica y absurda, porque hubo guerras precapitalistas como guerras entre países socialistas, pero resulta como un caramelo que se saborea y se repite, como hacen los loros. La verdad es que los Estados Unidos, desde 1942, no han cesado de combatir a favor de la democracia y la libertad de todos los países. Ya oigo los alaridos; me da lo mismo, insisto: los USA desempañaron un papel fundamental en la guerra contra el nazismo y, muy solos, contra el Japón imperial, y su “ocupación” favoreció el ulterior desarrollo económico y democrático en ambos países vencidos.

Esta realidad histórica, que parecía aceptada, salvo por los comunistas, empieza a resquebrajarse con la nueva y pujante “obsesión antiamericana”. Las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki se presentan como la peor barbarie cometida en la Historia, sin que se precise que terminaron fulminantemente con una guerra atroz, y sin que nadie pueda cifrar exactamente cuántos muertos hubiera provocado la continuación de esa mortífera guerra.

Asimismo, se acusa a los USA y a los aliados (salvo, curiosamente, a la URSS) de no haber hecho nada para evitar el genocidio de los judíos por los nazis. Cabe preguntarse qué podrían haber hecho más importante que ganar la guerra y liberar los campos de concentración. Sí, se dice: hubieran podido intervenir antes mediante bombardeos. Quienes tales cosas afirman no saben lo que dicen, o sólo pretenden desprestigiar como sea a los USA. Hubieran podido bombardear las vías de ferrocarril para frenar la deportación: pues bombardear dichas vías sólo habría acelerado la masacre de judíos. Con los trenes inmovilizados, los nazis hubieran repetido la “operación Paracuellos”, ametrallando en el acto a los deportados judíos como a los demás. ¿Bombardear los campos o sus alrededores? Afirmar esto es ignorar que la aviación de entonces no tenía la precisión de la actual –que no evita todos los errores–, y cualquier tipo de bombardeo hubiera precipitado la masacre de judíos, incluso si también hubieran muerto SS y kapos.

Otra cosa es preguntarse si el Holocausto formaba parte de las preocupaciones prioritarias de los aliados; y mi respuesta es que probablemente no de todos, y con absoluta seguridad no de Stalin, quien desencadenó la peor ola de antisemitismo en la URSS precisamente después de la guerra.

Desde entonces, la guerra de Corea, la de Vietnam, como las de Afganistán e Irak, se basan en los mismos principios de defensa de la democracia, y no tendré la ingenuidad de precisar que eso no excluye errores, a veces graves y sangrientos, porque va de clavo. Las de Corea y Vietnam fueron guerras contra la expansión imperialista comunista, provocadas por sus agresiones: Corea del Norte atacó Corea del Sur y Vietnam del Norte, Vietnam del Sur. Si se ha criticado con razón –pero con muchas exageraciones– el bulo de las armas de destrucción masiva en Irak, en cambio nada se ha dicho, ni se dice, sobre los gigantescos bulos montados por la internacional de la mentira en relación con las guerras de Corea y Vietnam, empezando por el más cínico: los agresores se convierten en agredidos, Corea del Norte agredió a Corea del Sur, y convencieron a medio mundo de que había ocurrido exactamente lo contrario. Y en Vietnam ocurrió lo mismo. También se lanzó una campaña contra la “guerra bactereológica”, desencadenada por los USA, en Corea totalmente inventada.

Esas guerras contra el comunismo no fueron victorias militares para los USA, y si la de Corea fue un “empate”, con el armisticio que confirmaba la anterior y artificial frontera norte-sur, el paralelo 38º, puede decirse y se ha dicho que la de Vietnam fue una derrota, tanto militar como política, para los USA. Militar, porque el ejército norteamericano se retiró de mala manera, y en los propios Estados Unidos (como en el extranjero) los “partidarios de la paz” obtuvieron una victoria política. Pero se trata de una extraña victoria para el comunismo, ya que in fine ha perdido, o mejor dicho, ya que el capitalismo ha ganado, y no se puede descartar que esas guerras tuvieran sus repercusiones en el agotamiento, la crisis económica y social del sistema comunista.

El caso es que todo ha cambiado, y Rusia, China, Camboya, Vietnam, con sus diferencias y matices importantes, han adoptado el capitalismo y conocido, así, un crecimiento económico espectacular.

El fenómeno del capitalismo chino –y en menor grado el vietnamita– es interesante y totalmente inédito: un rápido desarrollo económico, con grandes desigualdades, en un país que conocía hace pocos años millones de muertos de hambruna –sin hablar de, pero sin olvidar, la feroz represión totalitaria–, bajo la férula de un partido único, el comunista, tan rígido, jerarquizado y monstruoso como antaño. Que yo sepa, ninguno de nuestros marxistas descafeinados ha analizado mínimamente esta situación. No basta colgarle el sambenito de “dictadura de partido único”, utilizado por Hannah Arendt para calificar a la URSS de los tiempos de Jruchov y distinguirla del totalitarismo –con lo cual se equivocaba, a mi modo de ver: con sus altibajos y contradicciones, la URSS fue totalitaria hasta Yeltsin–, para explicar el fenómeno. Aunque yo también la haya utilizado, la fórmula “dictadura de partido único” no pasa de ser el título de un capítulo, pero el capítulo queda por escribir.

No es nada sencillo, porque una serie de incógnitas subsisten, y el reciente congreso del PC chino, en el que los uniformes dominaban, ha reafirmado su naturaleza comunista, o sea la barbarie militarizada, jerarquizada y dogmática, mientras que los productos de consumo chinos invaden el mundo, infinitamente más que el célebre, en su día, “librito rojo” de Mao. Lo que resulta evidente es la demostración de la eficacia económica capitalista, que se manifiesta una vez más en China y que deja sin habla a nuestros anticapitalistas.

Nada de esto es nuevo, sigue siendo la herencia de la añeja propaganda comunista. Cuando Moscú y la Internacional, por los años 30, denunciaban el imperialismo, “estadio supremo del capitalismo”, se referían al Reino Unido y Francia (imperios coloniales), y su odio y desprecio por las democracias parlamentarias iban asimismo esencialmente dirigidas contra esos países. Los Estados Unidos aparecían en un segundo lugar, como un país de salvajes, con su Chicago gangsteril y sus películas del Oeste. Todo cambia durante II Guerra Mundial, cuando se hace evidente que los USA constituyen la primera potencia capitalista, y la más avanzada desde el punto de vista militar, como lo demuestran precisamente sus bombas atómicas.

La propaganda comunista se adapta a esta situación y elabora una estrategia tan burda como eficaz: el nazismo (se decía fascismo), derrotado en Europa por la URSS, y únicamente por la URSS, ha renacido, más pujante y peligroso que nunca, en los Estados Unidos, uno de los pocos países democráticos del mundo. Esta contradicción no molesta a los teóricos del Kremlin, ya que desde Lenin saben que la democracia burguesa es la antesala del fascismo (o del despotismo, en su caso). Todas las baterías y las panzerdivisiones de la URSS y de sus satélites apuntaron contra los USA.

En este gigantesco esfuerzo los partidos comunistas contaron con la ayuda de varios líderes nacionalistas de derecha, como, por ejemplo, De Gaulle en Francia y Peron en Argentina; y esa tradición antiamericana no sólo perdura sino que crece, y Chirac fue más virulento “antiyanqui” que De Gaulle, como casi toda la socialburocracia europea y buena parte de la derecha. ¡Y no hablemos de América Latina! Desde los extremistas Castro, Chávez, Morales, hasta los “moderados” Kirchner, Lula y compañía, todos tienen, al menos, una demagogia antiyanqui, cuando no cosas peores.

Inútil me parece precisar que tanto Chirac como, ayer, Schröder, y muchos de sus predecesores y colegas, están encantados de que sean los USA quienes soporten solos los sacrificios de las guerras, manteniendo ellos una postura “moral y pacífica”, electoralmente productiva, se dicen, y precipitándose luego para intentar participar en el reparto del botín, como se vio con el repugnante paripé de la “reconstrucción” de Irak.

Esta campaña de propaganda, como todas, tiene sus temas favoritos, que se repiten durante años, como el caso de los esposos Rosenberg, presentados como inocentes víctimas condenadas a muerte únicamente porque eran comunistas; o las actividades de la comisión McCarthy, tildadas de “caza de brujas”. Tratándose de los esposos Ethel y Julius Rosenberg, hay que recordar que después de la guerra la URSS y todos sus servicios estuvieron movilizados y obsesionados por obtener los secretos de la bomba atómica. Infinitos recursos fueron movilizados con este objetivo, y varios científicos occidentales colaboraron, bien sea desde su país, bien sea partiendo a Moscú, en el éxito de esta empresa. Claro, el espionaje soviético y las acciones subversivas se concentraron en los USA, ya que era entonces el único país que poseía bombas atómicas.

Pues, pese a la leyenda, los esposos Rosenberg fueron, efectivamente, agentes al servicio del espionaje soviético, y por eso fueron juzgados y condenados, y no por tener “opiniones comunistas”. Que merecieran la muerte es otro debate, que mi conciencia ha zanjado, ya que soy adversario de la pena de muerte.

No olvidemos que en los USA nunca ha existido un PC de masas, como existió en Francia o Italia, pongamos, donde todos los trabajadores peceros en la industria atómica, armamentista, en la investigación científica, etcétera, se convertían en colaboradores eventuales de los profesionales del espionaje. Barridos de los sindicatos y de la sociedad civil en general, los comunistas yanquis se convirtieron en núcleos clandestinos cuyas tareas esenciales fueron el espionaje, la desinformación y la participación u organización de “evangélicas” campañas por la paz y el desarme (de los Estados Unidos). Fenómeno peculiar, analizado por Stephen Koch, los comunistas, barridos de la clase obrera, se “refugian” en ciertos círculos intelectuales, en algunas Universidades y… en Hollywood.

¡Ay, Hollywood! Símbolo de la decadencia burguesa, la Sodoma y Gomorra de los tiempos modernos convertida en nido de espías y agentes soviéticos. Este fenómeno persiste, como puede constatarse a diario, aunque los USA no hayan escapado al destino de los comunistas del mundo entero: están de capa caída, y su ideología, muy descafeinada, se limita un vulgar “antiyanquismo”. Pero en los inicios de la Guerra Fría era lógico y perfectamente democrático que el Senado, verdadero contrapoder, decidiera crear una comisión para investigar las actividades antiamericanas, que incluían el espionaje a favor de la URSS.

Ocurrió que el senador McCarthy, ebrio de poder, se pasó de la raya y el Senado que le había elegido en 1950 le destituyó en 1954. Cuatro años de “inquisición”; pero como fue anticomunista sólo podía ser nazi y durar eternamente. Como nunca nada es perfecto, hay que recodar que uno de los argumentos del entonces district attorney Robert Kennedy, en su enérgica lucha contra los métodos de McCarthy, fue que sus más próximos colaboradores eran una pareja de maricas (como si los maricas no pudieran ser honestos). Hoy, claro, se diría “homosexuales”.

El balance de esta “tremenda represión macartista” es ridículo: pocas y cortas penas de cárcel; pero queda la leyenda negra de esta “caza de brujas”, con sus mártires, los Diez de Hollywood, que prefirieron exiliarse, como el mediocre Jules Dassin o el excelente Joseph Losey, o utilizar pseudónimos. Las cifras son a veces simbólicas: diez fueron los “mártires”, en una población de, cuántos, ¿20.000, 30.000?, empleados, desde productores a tramoyistas, en la Meca del Cine. Y se compara con el Gulag…

De todas formas, si la lucha contra el comunismo se justificaba, los métodos de McCarthy no eran dignos de una democracia, y el Senado tuvo razón en disolver su comisión. Si lo hubiera hecho antes hubiera sido aún mejor.

Otro argumento de los antiyanquis es el racismo; y éste sí que existió, esencialmente contra los negros, o afroamericanos, y sobre todo en los estados del Sur. No fue un apartheid constitucional, ya que la Constitución de los Estados Unidos fue la primera en proclamar la igualdad de todos los ciudadanos, pero sí un apartheid de hecho, y hasta protegido por las autoridades no federales. Pero, en contra de la propaganda comunista, esta página de la historia de los USA no es una página negra, ya que expresa la vitalidad de la democracia norteamericana en su lucha por loshuman rights, en la que participaron desde asociaciones de barrio, organizaciones religiosas, políticas e intelectuales hasta los mismísimos presidentes, como Kennedy y Johnson y George W. Bush, cuyo Gobierno es el más multirracial de la historia de los USA.

Es, desde luego, más fácil derrotar al racismo en las leyes y reglamentos que barrerlo de las mentes y de las costumbres, y si se ha liquidado el apartheid de hecho, los prejuicios racistas subsisten. Pero, las cosas claras y el chocolate espeso, infinitamente menos que en Moscú, la capital más racista del mundo, después de las musulmanas.

En un próximo artículo bajaré a las alcantarillas, para observar a las ratas y la transformación en cloaca de la extrema izquierda, que busca alianzas y apoya al totalitarismo islamista, el cual no es en absoluto anticapitalista; rompecabezas para nuestros marxistas de café concert.

 


[1] Jean-François Revel: La obsesión antiamericana. Urano, Barcelona, 2003; 247 páginas.

Origen: Carlos Semprún Maura – Kameraden Polizei: Kapos – La Ilustración Liberal – Revista española y americana

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