Los intelectuales y la guerra civil – Rafael Zaragoza Pelayo – La Ilustración Liberal

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A pesar de la imagen que la guerra civil nos ha dejado de una intelectualidad dividida en dos bandos, la realidad es que hasta bien entrada la República los intelectuales españoles de diversas ideologías mantuvieron unas relaciones normales entre conciudadanos: piénsese por ejemplo en la amistad entre el comunista Bergamín y el falangista Sánchez Mazas, tan chocante a los ojos de hoy.

Si bien es cierto que el sectarismo republicano-izquierdista hizo aparecer con relativa prontitud la deserción nada menos que de uno de los llamados padres espirituales de la República, Ortega y Gasset, con el célebre artículo “No es esto, no es esto”, no fue hasta el embate de la izquierda revolucionaria, en octubre de 1934, cuando se va a producir una brecha entre la intelectualidad española. Alberti la certificará rematando uno de sus versos sobre Asturias con un “Viva la dinamita”. Una brecha que irá aumentando en proporción a una acometida del grueso de la izquierda que no paró en el 34: siguió con la campaña de la represión de Asturias, las irregulares elecciones del 36, la destitución anticonstitucional del presidente Alcalá Zamora, la Primavera Trágica y el asesinato para policial de Calvo Sotelo. Tras la rebelión militar, la entrega de armas a las organizaciones izquierdistas terminó definitivamente con lo poco que quedaba de la legalidad republicana, incapaz siquiera de garantizar la vida.

Las dos Españas

Tras el estallido de la guerra civil, dos grupos minoritarios de intelectuales, todo ellos jóvenes, se alinean de forma clara: los comprometidos con el frentepopulismo por un lado y los que defienden la sublevación de Franco por otro. Entre los primeros destacarán los militantes del Partido Comunista y sus organizaciones satélites. Entre los segundos, los falangistas y los que se sitúan alrededor de la prensa conservadora. A pesar del mito, la verdad es que el resto, la gran mayoría, casi todos intelectuales maduros y consagrados, se mantendrá alejada de estos sectores extremistas.

Bergamín, Alberti, María Teresa León y Miguel Hernández serán los más comprometidos del primer bando. Entre los no extranjeros, Neruda y Malraux. Todos ellos, comunistas o cercanos. Diversos testimonios coinciden en resaltar la actitud de los jóvenes Alberti, León, Malraux y Neruda de utilizar la guerra al servicio de sus carreras (obsérvese que están en todas las fotos de la época). Miguel Hernández mantuvo sin embargo un comportamiento íntegro, estuvo en el frente y se enfrentó a los Alberti, a los que recriminó su actitud de llevar una vida frívola y de fiestas en el palacio de Spínola de Madrid. De Bergamín no hablará bien nadie, dado su extremado sectarismo. Picasso también colaboró al servicio de la propaganda frentepopulista con su cuadro Guernica, por el que cobró una cuantiosa suma del Gobierno, y gran fama.

Un caso especial fue el de Antonio Machado. Republicano de primera hora, aunque no muy político, fue evolucionando y terminó próximo al Partido Comunista: hizo loas al Quinto Regimiento y a Líster. No obstante, hay testimonios que lo describen como un hombre manipulado y desbordado por sus responsabilidades familiares. El caso es que, pese a algunas opiniones actuales que lo niegan (García Montero), el Gobierno de Negrín lo abandonó al final de la guerra y cruzó la frontera por sus propios medios junto a Corpus Barga, quien lo dio a conocer para que no fuese enviado a un campo de concentración.

Otros intelectuales afines al Frente Popular fueron Emilio Prados, Altolaguirre, Álvarez del Vayo, Corpus Barga, Gil Albert y María Zambrano, quien, a pesar de su vinculación con el grupo, tuvo que huir por un tiempo, acusada de ser amiga de fascistas.

De entre los intelectuales falangistas destacó desde el principio Dionisio Ridruejo, director general de Propaganda, quien se rodeó de jóvenes correligionarios que luego gozarían de renombre intelectual: Vivanco, Torrente, Laín, Tovar, Luis Escobar, etc. Prácticamente todos ellos, empezando por el propio Ridruejo, terminaron oponiéndose al régimen creado por Franco.

Algunos de esos magníficos escritores han estado silenciados en estos últimos 35 años precisamente por su compromiso franquista. Destacan en este sentido Sánchez Mazas (padre de los Sánchez Ferlosio), Agustín de Foxá –en Sevilla una concejala comunista prohibió en 2009 que se le hiciera un homenaje literario– y César González Ruano, de comportamiento tan dudoso como magistral columnista. Finalmente, dos grandísimos poetas y amigos: Luis Rosales y Leopoldo Panero.

Un excelente poeta que también ha pagado su pertenencia (quizás forzada) al bando franquista es Manuel Machado, quien ha debido soportar siempre la innecesaria comparación con su hermano. Precisamente para revindicar su importancia, Borges dijo aquello de: “No sabía que Manuel Machado tuviera un hermano”.

Los intelectuales consagrados del bando franquista fueron pocos y pertenecieron sobre todo alABC: D’Ors, Marquina, Julio Camba y Pemán, este último quizás exageradamente importante entonces, pero no tan insignificante como (no) aparece hoy. Finalmente, el mejor prosista catalán del siglo XX, el gran Josep Pla, que luchó a favor de Franco, nunca fue bien visto por el bandonacional, dada su vocación liberal y su condición de seguidor de Cambó. Se autoexilió al final de la guerra en su Ampurdán y se escapaba viajando como corresponsal.

La Tercera España

El grueso de la intelectualidad formó parte de una España de imposible existencia tras el estallido de la guerra: la Tercera España. La gran mayoría se marchó en los primeros meses de la guerra (como bien asevera Julián Marías) y desde la llamada España republicana, y no al final de la contienda, lo que contradice el mito de una intelectualidad defensora de la República que se exilia en masa tras la victoria de Franco. Se fueron de la España republicana por su repudio a los crímenes que se estaban cometiendo, por la desconfianza hacia los poderes revolucionarios imperantes, sobre todo a los comunistas, o simplemente por el miedo razonable a perder la vida. En realidad, casi todos optaron finalmente por uno de los bandos, pero no por identificación con el programa de los sectores extremistas de uno u otro lado, sino por razones de detalle: por ser cristianos o personas de orden de una parte, o por ser antifascistas y fieles a una República ya inexistente, de la otra.

Si finalmente hiciésemos las cuentas de las simpatías por uno u otro bando, el resultado sería el de una equidad casi milimétrica, como demuestra Andrés Trapiello en el mejor libro conocido sobre este asunto: Las armas y las letras. La creencia falsa de una mayoría de intelectuales a favor de la República es una victoria más de la izquierda, que si bien perdió la guerra, ganó la batalla de la propaganda. Según el testimonio de Marañón, una gran parte de estos exiliados eran republicanos, entre ellos un jefe de Estado, tres jefes de Gobierno y 14 ministros, y más del 80% del profesorado universitario de Madrid, Valencia y Barcelona, lo que da una idea de la verdadera deriva revolucionaria del régimen.

Ya se ha dicho que este grupo de intelectuales que se marchó fue el más numeroso. Pero no fue homogéneo. Dejando obviamente al margen a los que huyeron del campo republicano por sus simpatías franquistas, podemos entrever a efectos didácticos cinco grupos, si bien debemos advertir que se pueden encontrar algunas circunstancias intercambiables entre ellos. Al final, también dedicaremos un apartado a los intelectuales muertos y asesinados. Veamos cada uno de ellos.

1) Los que, siendo republicanos, liberales o conservadores, y criticando a las dos Españas, acabaron prefiriendo la España ‘nacional’

Su acomodo en la España de Franco después de la guerra dependió de cada caso, si bien la mayoría no fueron aceptados por el régimen, al menos al principio. La mayor parte se va las primeras semanas de la guerra del Madrid de las checas y los paseos: Menéndez Pidal, Gómez de la Serna, Azorín, Gaziel (éste se va de Barcelona), Marañón, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset. En algunos casos escaparon milagrosamente. Ortega fue el de más prestigio internacional. En los primeros días de la guerra, María Zambrano, junto a otros milicianos, lo obligaron en la Residencia de Estudiantes, donde residía, a que firmara un escrito de apoyo a la República. París fue la residencia de casi todos.

Pío Baroja, el mejor novelista del siglo XX al decir de muchos críticos, también se marchó a Francia tras un episodio en el que fue apresado. Regresó ocasionalmente a la España de Franco durante la guerra. Al final se instaló en su caserón de Vera y pasó temporadas en Madrid.

A Gerardo Diego le cogió el estallido de la guerra en Francia, de donde no volvió hasta el final de la contienda.

2) Los republicanos que se mostraron más firmemente neutrales y comprometidos con esa Tercera España

El de más prestigio internacional fue Unamuno. Es posible que, tras una vida de compromiso, muriera prematuramente, olvidado por unos y otros. En principio había apoyado, pero descalificado poco después, la rebelión de Franco.

El divulgador más conocido de esa Tercera España liberal fue Madariaga, el cual llegó a ser ministro de la República. Su manifestación de que la izquierda no tenía autoridad moral para condenar a Franco, por haberse levantado ella antes en Asturias, tuvo gran repercusión.

Otra de esas figuras republicanas fue Clara Campoamor, cuyo libro La revolución española vista por una republicana fue silenciado durante más de 70 años por ambos bandos: la izquierda no le perdonó que sacara adelante el voto de la mujer porque consideraba que eso le perjudicaba electoralmente, y la derecha no le perdonó que promoviera el divorcio.

Por último, Chaves Nogales: como muchos de los anteriores, fue silenciado primero por el franquismo y luego por los aparatos culturales de una izquierda molesta porque un sincero republicano y excelente escritor contara los horrores que había visto en sus extraordinarios relatos de A sangre y fuego.

También Pío Baroja se manifestó partidario de la Tercera España en algún momento.

3) Los que siguieron defendiendo una República que ya no existía a pesar de no ser revolucionarios

El más importante fue Juan Ramón Jiménez, el cual apoyó y defendió siempre en lo que pudo a una idealizada República de forma desinteresada. Se marchó a América y dejó sus pertenencias en un piso de Madrid, que fue asaltado. Recuperó algunos de sus documentos ya en la posguerra, gracias a las gestiones de un generoso Pemán.

Casi todos los miembros de este grupo fueron, además de escritores, excelsos universitarios. Uno de ellos, que además ostentó cargos en la República, fue Américo Castro. Tras ser detenido, siguió para Francia, donde fue nombrado cónsul. Renunció por no estar de acuerdo con los excesos que se estaban cometiendo. Finalmente se trasladó a Norteamérica, donde estuvo treinta años. Regresó en 1969, sin impedimentos aunque sin afecto.

Claudio Sánchez Albornoz fue desposeído de sus cátedras por el Frente Popular, como Américo Castro y Ortega, en lo que él llamó “la barrida de los republicanos liberales”. También lo desposeyó Franco. Fue un sincero liberal que se mantuvo alejado tanto del fascismo como del comunismo. Volvió a España en 1976 y declaró a la periodista Carmen Sarmiento que no pudo estar con los rebeldes por ser liberal, ni con los republicanos porque ya no lo eran: eran revolucionarios.

Destacan también dos excelentes poetas y amigos, Pedro Salinas y Jorge Guillén. El segundo permaneció en la Sevilla franquista en situación delicada, aunque apoyado por otros intelectuales conservadores. Ambos se marcharon a América, donde ejercieron como profesores.

Uno de los pocos republicanos que se quedaron defendiendo una República imposible hasta el final fue José Moreno Villa, pintor y escritor que pasó veinte años en la Residencia de Estudiantes, de la que se tuvo que marchar junto a los intelectuales que allí estaban, incluido su director, por sentirse amenazados de paseo por los propios trabajadores de la institución. Él también escribió a favor de la Tercera España en sus excelentes y silenciadas memorias, Vida en claro.

4. Los que, siendo de izquierdas, se van para no someterse a los comunistas dominantes

Luis Cernuda es el caso más emblemático de este grupo, dada la trascendencia de su obra literaria. Tras serle censurado un poema a Lorca y ver cómo condenaban a un amigo por ser homosexual, se automarginó del Congreso de Valencia y se fue en cuanto pudo, en 1938.

Un caso similar es el de Rosa Chacel. Fue la primera deserción revolucionaria, pues se marcha a París en 1937, acosada por los comunistas, debido a sus ideas ácratas.

Como Cernuda, también León Felipe llegará a ser interrogado por la dirección, de predominio comunista, de la revista Hora de España, por un poema condenatorio de los saqueos milicianos. De ideología ácrata y de actitud algo frívola (fue compañero de fiestas de disfraces de los Alberti en Madrid), seguramente salvó la vida al marcharse a Méjico en 1938.

Ramón J. Sender dedicó su literatura a la defensa de sus ideas revolucionarias. Tras evolucionar del anarquismo a posiciones filocomunistas, fue desposeído de sus cargos por éstos, al parecer por razones políticas. Finalmente se exilió de las dos Españas.

Por último, Alejandro Casona, escritor de obras radicalmente sociales, se marchó rápidamente, espantado, al estallar la guerra.

5) Los que no pudieron marcharse y se quedaron en silencio para no comprometer su vida

El más importante, Vicente Aleixandre. Se le detuvo acusado de fascista. Tras ser liberado, y bajo la excusa de enfermedad, se retiró a la sierra de Madrid. En la posguerra vivió en el silencio. Su situación mejoró cuando le fue otorgado el Premio Nobel. De espíritu bondadoso, ayudó en lo que pudo a Miguel Hernández.

Otro Premio Nobel, Jacinto Benavente, quiso marcharse y no pudo. En la posguerra vivió también silenciado, pero a finales de los 40 el franquismo lo redimió.

Quien pasó la guerra en Valencia fue Dámaso Alonso, tras haber estado varias semanas en la Residencia de Estudiantes refugiado, junto a Ortega, Cossío y Moreno Villa. En 1939 volvió a Madrid, donde permaneció muchos años aislado, aunque sin muchas dificultades.

El que sí vivió “cautivo en su propia casa”, según sus propias palabras, fue el gran escritor Cansinos Assens. Escribió unos diarios en varios idiomas, para protegerse políticamente; por ellos sabemos de su militancia en la Tercera España.

6) Los que murieron o fueron asesinados

La guerra se cobró muchas víctimas también entre los intelectuales. Muertes como las de Azaña, Unamuno o Machado fueron sin duda consecuencia del dolor de la guerra. También las de Armando Palacio Valdés y Serafín Álvarez Quintero, dos escritores viejos y conservadores que, faltos de recursos, murieron en Madrid olvidados y en la indigencia.

El primer intelectual asesinado es un caso de sorprendente desconocimiento, quizás por ser una víctima derechista: Hinojosa. Fue un poeta de corte surrealista, amigo de los de la Generación del 27 y que empezó con Prados y Altolaguirre. Viajó con Bergamín a la URSS en 1925, lo que no le eximió de ser fusilado en la tapia del cementerio de su Málaga.

Además de los fusilamientos de José Antonio y Ledesma Ramos, fueron asesinados escritores como Pedro Muñoz Seca, dramaturgo de éxito al que dieron muerte en Paracuellos del Jarama en 1936, junto a miles de personas, en lo que se considera la matanza más sistemática y atroz de la guerra; o como Ramiro de Maeztu, un radical izquierdista en su juventud que fue evolucionando a posiciones extremistas de derechas. Fue la primera muerte de un intelectual que tuvo gran relevancia mediática y política.

Otros conocidos conservadores asesinados fueron Víctor Pradera, abuelo del periodista Javier Pradera, y Manuel Bueno, famoso por su reyerta con Valle Inclán.

También hubo republicanos asesinados por los revolucionarios, como por ejemplo Melquíades Álvarez, del Partido Reformista Republicano. Incluso hubo víctimas notables en la guerra civilentre las diferentes utopías frentepopulistas: Andreu Nin, fundador del POUM, fue asesinado por los comunistas, hecho que tuvo gran repercusión.

De entre las víctimas comprometidas con la izquierda, la muerte del gran poeta y cabal persona Miguel Hernández fue debida a la enfermedad y al hambre de la cárcel franquista. También tenemos la muy lamentable muerte de un socialista coherente, bondadoso y moderado, Julián Besteiro, debida a la represión de la inmediata posguerra. Condenó la insurrección de Asturias (por lo que fue aislado por su propio partido) y promovió el fin de la guerra. Fue la única figura política que se quedó en Madrid para recibir a las tropas de Franco. Pero no hubo piedad para él, y aunque no lo mataron lo condenaron a treinta años. Murió en prisión víctima de la enfermedad y de las malas condiciones carcelarias.

Entre los directamente asesinados por el bando nacional, uno de los más conocidos fue el notario de Coria Blas Infante. Considerado hoy el padre de la patria andaluza, al parecer terminó próximo al islam. También fue fusilado en septiembre del 36 una de las figuras legendarias del anarquismo, el gaditano Vicente Ballester.

Pero sin duda el crimen que ha calado más hondo en la opinión pública internacional fue el asesinato de Federico García Lorca, no tanto por la eficaz propaganda progresista como por la talla universal del escritor. No se sabe si fue víctima de querellas locales de caciques (su padre lo era), de la homofobia, de la envidia o de odio político (si bien su compromiso fue muy tenue). Quizá fue víctima de una suma de todo ello. El caso es que su muerte, en plena juventud creadora, simboliza el horror de la guerra, especialmente de la guerra civil.

Origen: Rafael Zaragoza Pelayo – Los intelectuales y la guerra civil – La Ilustración Liberal – Revista española y americana

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