Pulsiones totalitarias en el ecologismo. El experimento balear – Joan Font Rosselló / La Ilustración Liberal

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“No hemos aprendido a desconfiar de la sonrisa beatífica de la fraternidad”, nos advierte Alain Finkielkraut (1990, 110). En cuanto una nueva ideología se reviste de buenas intenciones y apela a la ley del corazón, a la promesa de un nuevo paraíso en la Tierra, bajamos la guardia y terminamos sucumbiendo a sus irresistibles encantos. Enterrado el comunismo, una nueva amenaza se cierne sobre la democracia y la libertad. Se presenta apelando a las buenas intenciones, aunque no sea difícil descubrir en ella visos inquietantes que nos recuerdan demasiado algunos rasgos de los totalitarismos canónicos. Su poder de sugestión proviene de su carácter profético y mesiánico, así como de sus pretensiones científicas, defendidas desde una intransigencia y un fanatismo que nos resultan familiares.

Cuando en los años 50 se definió una nueva categoría política con el nombre de totalitarismo, los politólogos y los filósofos políticos eran conscientes de que se encontraban ante regímenes y movimientos políticos que difícilmente podían ser subsumidos entre las categorías canónicas de gobierno que hasta entonces habían estudiado y clasificado. El nazismo y el comunismo conformaban algo novedoso. ¿Por qué se les denominó totalitarismos? Por una parte, un régimen totalitario descansa sobre el control total, espiritual también, no sólo en lo que se refiere a la participación en la vida política (prohibida también en regímenes autoritarios, como las dictaduras de partido único), sino en el control de todos y cada uno de los comportamientos, aficiones y actos del individuo, que deben someterse en todo momento a la Idea del movimiento, quedando así anulado cualquier atisbo de individualidad, independencia o espontaneidad personales. Por otra parte, tanto el nazismo como el comunismo (y en menor medida los fascismos) se caracterizaron por su desmedido afán de conquistar el mundo no totalitario y de fagocitar todos los ámbitos y órdenes de la vida pública.

El totalitarismo, por tanto, tiene una triple vertiente. Una primera, de tipo individual, consistente en atrapar la propia conciencia del individuo, enjaulado en una ideología que le condiciona toda su vida, tanto exterior como interior. Una segunda, de tipo político, en la medida en que tanto el nacionalsocialismo como el comunismo intentaban controlar y dirigir cualquier ámbito de la vida pública bajo el tamiz de la Idea matriz del movimiento: la Raza o la Clase. Y una tercera, de dominación, que se desvela en los esfuerzos de los totalitarismos por conquistar el mundo. Esta triple vertiente totalitaria es la que hace que en los regímenes totalitarios la ideología dominante esté siempre presente, en cualquier parte y en cualquier momento de la vida de los dominados.

A primera vista puede parecer exagerado comparar el ecologismo con el nazismo o el comunismo. Existe un factor disuasorio que repele tamaña comparación: el uso de la violencia. Quizá sólo sea un espejismo. En sus balbuceos, tampoco las ideologías totalitarias mostraron toda la crueldad y brutalidad de que hicieron gala cuando consiguieron el poder absoluto. Por otra parte, el movimiento ecologista tampoco es absolutamente renuente al uso de la violencia. De hecho, en el seno del denominado ecologismo profundo existen grupos dispuestos a emplear la violencia para obtener sus objetivos. “Su juego sucio va más allá de la simple desobediencia, e incluye la perforación de árboles, la destrucción de carreteras y el boicot de la construcción de redes viales”, alertan Heath y Potter (2005, 354). No acaba aquí el desenfreno violento. Hay constancia de grupos de ecologistas radicales que han incendiado bloques de apartamentos en construcción, destruido centros de investigación biotecnológica y prendido fuego a concesionarios de automóviles. De ahí que la violencia para la consecución de sus objetivos no deba descartarse de antemano como instrumento de la lucha ecologista.

Sin embargo, a día de hoy sería injusto confundir la parte (ecologismo profundo con rebrotes de violencia) con el todo (ecologismo superficial, que, pese a su intransigencia, no recurre a la violencia). Ahora bien, si dejamos de lado la violencia, observamos cómo también el ecologismo participa de esta triple vertiente total-itaria a la que nos referíamos anteriormente. Para empezar, el ecologismo es una ideología que condiciona todos los actos, hábitos y comportamientos de sus militantes, sobre todo entre los ecologistas profundos, ya que les dota de su particular “concepción del mundo”, o de una visión parcial de la realidad. En segundo lugar, el ecologismo propende a extender sus tentáculos a todos los ámbitos de la vida pública, más allá de lo estrictamente medioambiental. Lo veremos más adelante, cuando analicemos el concepto de “ordenación del territorio”. En tercer lugar, algunos de los principales problemas que anuncia el ecologismo son de nivel planetario, como el calentamiento terrestre. Ello obliga a tomar a los gobiernos decisiones tan drásticas como las que se recogen en el Protocolo de Kioto, un plan mundial que va a reducir la actividad industrial y la producción energética de los países firmantes a cambio de la reducción de las emisiones de los gases de efecto invernadero que estarían provocando el supuesto calentamiento de la Tierra.

El ecologismo, por tanto, ya está condicionando a muy alto nivel las políticas socioeconómicas mundiales. El Protocolo de Kioto es la prueba más palpable de esta tercera vertiente “totalizadora” del ecologismo, su afán de modelar el mundo.

Así las cosas, la pregunta es pertinente: ¿está el ecologismo sentando las bases para convertirse en el futuro en el nuevo totalitarismo que sustituya al comunismo? Y la verdad es que hay muchos elementos en el ecologismo que son cuando menos inquietantes. En Nostalgia del absolutoGeorge Steiner (2001) apuntaba los rasgos esenciales que componen los “credos sustitutorios” (que yo llamo ideologías) de la teología cristiana, como el marxismo, el freudismo o el estructuralismo de Lévi-Strauss. En primer lugar, las ideologías tienen una pretensión de “totalidad”, en la medida en que el corpus doctrinal de cada una es un “análisis total” de la condición humana, en cualquiera de sus múltiples facetas. Analizaremos este aspecto más adelante, al centrarnos en el principio ecocentrista defendido por el ecologismo más radical.

En segundo lugar, la ideología reconoce el “momento de revelación crucial o un diagnóstico clarividente del que surge todo el sistema” (Steiner, 2001, 17). “Ese momento y la historia de la visión profética fundadora se conservará en una serie de textos canónicos” (Steiner, 2001, 17-18). El mesianismo de los ecologistas, que se erigen en “salvadores”, se pone de manifiesto mediante los anuncios apocalípticos con que se prodigan, en los que sacan partido del discurso del miedo.

En tercer lugar, continúa Steiner, toda ideología desarrollará un lenguaje específico, una terminología que le es propia, unas imágenes y símbolos, un cuerpo de mitos. La presencia, a día de hoy, en el debate público de la terminología inventada por los ecologistas (consumo de territorio, crecimiento sostenible, impacto medioambiental, etcétera) es abrumadora. Su “concepción del mundo” también, con los “problemas” que plantea, los “mitos” de los que se nutre o las representaciones imaginarias con que movilizan voluntades.

En suma, caben pocas dudas de que la mayor parte de los aspectos de las ideologías que, según Steiner, les caracterizan como tales están también presentes en el ecologismo. Además, a imagen y semejanza del marxismo, el ecologismo tiene pretensiones científicas; algunas de sus tesis gozan de un cierto “consenso” entre el mundo científico de hoy, aunque este “consenso”, si es que existe, debe relativizarse (también lo tenía el marxismo en sus momentos álgidos, y no por ello dejó de cosechar en la práctica un fracaso tras de otro). A la vista de estas consideraciones, resulta cuando menos aconsejable una buena dosis de escepticismo, pese al poder de atracción que han suscitado y siguen suscitando las tesis y teorías más variopintas, incluso las más criminales, entre los estudiosos e intelectuales. De ahí que estos “consensos” entre la comunidad científica (la independencia científica no es tal, ya que, al estar la mayor parte de los institutos científicos oficiales subsidiados por los gobiernos, los científicos tienden a apoyar las tesis que interesan a los políticos) no representen ninguna prueba de certeza, ni siquiera de honestidad intelectual.

No es extraño que, por todo ello, se perciba a menudo la ideología ecologista (con sus múltiples ramificaciones a modo de herejías heterodoxas, otro de los aspectos que Steiner percibía también en este tipo de “credos sustitutorios”) como un mero compendio de saberes biológicos y botánicos, aderezado de una cierta pseudociencia difusa catastrofista (cambio climático, capa de ozono), defendido obstinadamente por no pocos marxistas vergonzantes.

El laboratorio balear

Mallorca ya no es un paraíso. Hace tiempo que dejó de serlo. Al menos para toda la izquierda balear. Las amenazas más apocalípticas se ciernen sobre el futuro de la isla. Y todo porque Jaume Matas, el presidente de la comunidad, estaría impulsando “un modelo de desarrollo urbanístico y turístico absolutamente desmedido e insostenible”, tal como reza un díptico difundido por la plataforma ciudadana Salvem Mallorca (Salvemos Mallorca). Las actuales autoridades isleñas, además, estarían ejecutando un ambicioso plan de infraestructuras y equipamientos (autopistas, desalinizadoras, ampliación del aeropuerto de Palma, instalación de cable eléctrico y de un gasoducto, construcción de un nuevo horno para la incineración de los residuos) que, en opinión de los ecologistas, serían absolutamente “sobredimensionados e impactantes”, ya que se construyen en previsión de una Mallorca de cuatro millones de habitantes, cuando ahora la población de la isla apenas llega a los 800.000.

Nada en Mallorca volverá a ser igual. La segunda “balearización”[1] está en marcha. Las carreteras llamarán a más coches, más coches llamarán a más carreteras. Y así con todo, en un bucle infinito. No hay otra solución que la detención. En poco tiempo no quedará nada de los paisajes y de la idiosincrasia propia que hicieron famosa la isla en el mundo entero.

Este es el mensaje que machaconamente se está difundiendo, no sólo por parte de los partidos y organizaciones ecologistas, sino del propio Partido Socialista. No están solos. La práctica totalidad de los medios de comunicación les secunda. Los hechos denunciados son seculares. De una parte, un crecimiento urbanístico “desmesurado” en materia de segundas residencias y campos de golf en suelo rústico y, de otra, un “excesivo” crecimiento turístico, con un incremento constante del número de turistas que habrían convertido Mallorca en la “segunda residencia de Europa”. A lo que hay añadir, por si fuera poco, la ampliación de las infraestructuras y equipamientos “insostenibles” a los que me he referido antes. La solución para la izquierda radical sería reducir las plazas hoteleras, disminuyendo así el número de visitantes, amén de “reconvertir el sector turístico”. Para los voceros ecologistas, las consecuencias negativas del modelo turístico actual serían:

  • un consumo de territorio “exagerado”;
  • la “degradación” del paisaje, pese a que un estudio reciente, el Corine 2000, del Instituto Geográfico Nacional, sostenga que la costa balear es la menos urbanizada de España en el primer kilómetro de litoral. Sólo el 5,38% del litoral balear está construido, frente a una media nacional del 13,12% o al 34,21% del Levante español. Greenpeace, por su parte, reconoce que “dos tercios del litoral balear están protegidos por alguna figura”. Se llega así a la paradoja de que las Baleares son lo menos “balearizado” de la costa mediterránea, muy lejos de la Costa Brava (en torno a un 50% del litoral construido) o de la Costa Azul;
  • un “agotamiento” de los recursos hídricos (pero los ecologistas se niegan a la instalación de desalinizadoras, ya que consumen “demasiada” energía eléctrica, cuyas centrales consumen a su vez combustibles fósiles que contribuyen al calentamiento del planeta);
  • una mayor producción de “residuos” sin tratar (pero los ecologistas también se niegan a la incineración, debido a la contaminación atmosférica que produce);
  • un aumento de la contaminación atmosférica, si bien recientes estudios empíricos han demostrado que la calidad del aire apenas ha variado de forma significativa;
  • unas infraestructuras colapsadas, con carreteras (pero los ecologistas se niegan a la construcción de autopistas) o playas masificadas;
  • una pérdida de la calidad de vida.

Las críticas no se quedan ahí, también llegan desde la economía. Con las “políticas desarrollistas” que estaría impulsando Jaume Matas se estaría perdiendo la última oportunidad para la reconversión de la economía turística, la imperiosa necesidad de un cambio de modelo turístico “alternativo al sol y playa” que apostara por un turismo menos masificado, con un mayor poder adquisitivo y que viniera escalonadamente durante todo el año, y no de golpe durante los meses de verano, lo que se ha venido llamando la lucha contra la estacionalización.

Esta es, evidentemente, una visión muy sesgada de las cosas. Las Baleares han experimentado en los últimos tiempos un aumento de población de casi un 3% anual, con la consiguiente demanda de vivienda, pese a la secular falta de suelo urbanizable, una situación que ha empeorado con las restricciones de conservación de suelo rústico que han impuesto los planes territoriales insularesaprobados recientemente. En efecto, las inmobiliarias y las constructoras no dan abasto, y el encarecimiento de la vivienda sigue siendo espectacular. Mientras tanto, las viejas carreteras siguen atestadas y colapsadas en las horas punta. Ante el crecimiento poblacional, es público y notorio que las infraestructuras se han quedado pequeñas, de ahí la necesidad de ampliarlas.

Por lo que hace a la economía, la izquierda lleva años hablando de “diversificarla” y de cambiar el “modelo turístico” por uno “más sostenible”. Sin embargo, al mismo tiempo que arrecian estas críticas los sectores económicos, sin hacer ruido, se estarían ya adaptando a los visitantes conforme a la ley de la oferta y la demanda, con lo que se estaría produciendo, mutatis mutandisy sin grandes alharacas, la reconversión necesaria. Este es el panorama, ciertamente más real que el que se escucha entre la izquierda y sus hagiógrafos, divorciados de la realidad porque siguen obcecados con los prejuicios de un ecologismo omnipresente, como demuestran sus continuas declamaciones de contención.

“Mallorca es un territorio limitado, de ahí que no puedan construirse las mismas autopistas que en la Península”, repiten ad nauseam nacionalistas, ecologistas, neocomunistas y socialistas; como si la “pequeñez” debiera ir pareja a unas infraestructuras viarias obsoletas, como las actualmente existentes, obviando otros criterios más significativos, como la densidad del tráfico. “Mallorca vive del turismo, y el turismo, a su vez, del paisaje y las bellezas naturales de la isla”, nos recuerdan los mismos agoreros de la “salvación” de la isla, olvidando que no fue la belleza sin más lo que trajo a Baleares la riqueza, el bienestar y el progreso, sino el levantamiento de una planta hotelera sin igual en el Mediterráneo de los años 60 (también otras islas mediterráneas cuentan con incomparables paisajes, buen tiempo, seguridad y tranquilidad). Estos son sólo dos de tantos mensajes que, a fuerza de repetirlos, se han convertido en lugares comunes que, aunque erróneos, funcionan como dogmas políticamente correctos, desde los que se articula la inmensa totalidad del debate público que tiene lugar en Baleares.

Efectivamente, la mística ecologista invade la atmósfera moral del microcosmos endogámico conformado por la clase política isleña, los periodistas y sus respectivos entourages. El urbanismo, la ordenación y la protección del territorio ocupan el epicentro del debate público. La presencia cotidiana de la temática medioambiental en los medios de comunicación es abrumadora. Que si especulación, que si desarrollismo, que si balearización, que si desarrollo sostenible, que si segundas residencias, que si áreas de reconversión territorial con canjes de nuevas urbanizaciones por hoteles obsoletos, que si parques naturales o temáticos, que si desestacionalización, que si gestión de residuos, que si campos de golf, que si esponjamientos… El estricto debate medioambiental termina en un debate totalizador, multidisciplinar y omnicomprensivo de cómo deben ser las islas. Se trata de ofrecer un nuevo modelo del territorio. De ahí que cuando los ecologistas apelan al vaporoso término de “protección del territorio” en realidad estén englobando un sinfín de políticas que van mucho más allá de las estrictamente medioambientales.

En realidad, estaríamos hablando de un cambio de modelo económico y social enmascarado bajo lo que se denomina ordenación del territorio (OT). Conviene detenernos en este concepto.

Las ordenaciones territoriales

El concepto de OT habría llegado a su definición actual con la promulgación, por parte de las autonomías, de sus leyes directrices sobre el ordenamiento del territorio, al amparo de una serie de conceptualizaciones lo suficientemente relevantes como para merecer alguna reflexión. La toma de conciencia de la OT como preocupación es reciente; nace en el seno de las planificaciones centralizadas de los años 50 y 60, cuando el marxismo está en su pleno apogeo, con todo lo que conlleva: utopismo y racionalización pseudocartesiana para empezar a ordenar el destino socioeconómico de una región mediante una planificación económica de tipo sectorial. En los 70 el objetivo es incrementar el nivel de vida, vinculado básicamente a la riqueza. Ya en los años 80 y 90, la OT se fija otro objetivo: corregir desequilibrios interterritoriales (cohesión territorial) conforme a pautas de calidad de vida. Ésta depende de la riqueza, del ocio, de cómo se prestan los servicios disponibles, etcétera, pero también, y no es baladí, del factor medioambiental. Para esta continua redefinición de la OT se precisa la elaboración de nuevos conceptos aceptados socialmente, al menos por parte de los sectores dirigentes.

Los peligros de la ordenación del territorio saltan a la vista, sobre todo si se deja en manos de burócratas o políticos intervencionistas. Primer peligro: administrativamente, el carácter multidisciplinar y transversal de la OT llega a fagocitar los demás ámbitos competenciales de la función pública (obras públicas: autopistas; energía: gasoducto y cable eléctrico; recursos: desalinizadoras; residuos sólidos: incineradoras; vivienda: prohibición de nuevas urbanizaciones, etcétera), más allá de su carácter originariamente medioambiental. Segundo: se acaba ordenando gran parte de los sectores económicos y profesionales. Ello redunda en un control de la vitalidad social, por su tendencia hacia una sociedad encorsetada y poco dinámica, al intentar diseñarlo todo desde arriba. Tercero: un componente utópico y racionalizador, con todo lo que tiene de pseudoutopía totalitaria y conculcadora de libertades individuales. Cuarto: en su afán global de planificar, se tiende a legislar en ámbitos no susceptibles de regulación y de modo discrecional. Quinto: se genera un corporativismo en ciertas profesiones (ingenieros, arquitectos), en su afán por lograr ámbitos exclusivos de actuación (realización de proyectos, control de obras, emisión de informes, etcétera).

De ahí que en sociedades donde la sensibilidad ecológica es hegemónica el predominio del debate sobre nuevos modelos de territorio (o de ordenación territorial) penetre hasta el último recodo de la disputa política. Es más, desde hace años la protección del medioambiente y la ordenación del territorio se han convertido en la línea divisoria en función de la cual se definen los partidos políticos baleares. En Mallorca, ser de “derechas” significa esencialmente ser partidario de unmodelo del territorio más desarrollista que el defendido por las “izquierdas”, sin que se sepa nunca dónde se encuentra el umbral que separa a unos y a otros, por cuanto han sido los municipios de Baleares tradicionalmente gobernados por los socialistas donde los desmanes urbanísticos han sido mayores.

Como ocurre a menudo, son las elites izquierdistas las que inventan la terminología y, consiguientemente, las reglas del juego del debate. Perdida la batalla del lenguaje, al haber aceptado la terminología ecologista (lo que implica también aceptar en parte la “concepción del mundo” ecologista), los esfuerzos de la derecha para ganar la guerra de las ideas son inútiles. A la derecha sólo le queda adaptarse como buenamente pueda a la agenda política de la izquierda, a menos que pretenda pasar por “depredadora” o “especuladora”, por utilizar dos epítetos suaves de los que se estilan en Baleares. Tanto es así que en la Mallorca oficial es obligado invocar la protección del territorio, sancta sanctorum de lo políticamente correcto, sinónimo de “progreso” y “desarrollo sostenible”.

La mística ecologista

La mística ecologista (también la nacionalista, como si todo lo indígena formara parte también del paisaje) se ha enseñoreado de todo el espacio público. Tanta sensibilidad por la naturaleza nos abruma, hasta el punto de que “amar la isla” se viene interpretando desde una sola vertiente, la única verdadera: la ecologista (“Qui estima Mallorca, no la destrueix“); como si no se pudiera “amarla” de otro modo distinto al preconizado por el ecologismo. La sociedad, por su parte, asiste perpleja a este discurso que, lejos de solucionarle alguno de sus problemas, los agravaría notablemente: las viviendas serían todavía más caras; la saturación de las carreteras, aún mayor; crecería el desempleo; habría mayores restricciones de agua y energía eléctrica, así como más problemas, con carestía incluida, en la gestión de los residuos sólidos urbanos, etcétera.

Tan grave es la situación creada por las “políticas desarrollistas y depredadoras con el territorio” del Gobierno autonómico de Jaume Matas que la principal organización ecologista de Baleares, el GOB[2], ha decidido aglutinar todas las plataformas contrarias a la “destrucción de Mallorca” en una gran platajunta, Salvem Mallorca, con el fin de lanzar una campaña de concienciación intensiva que detenga la “permanente agresión ambiental y territorial en todos los campos y rincones de las islas”. Se trata de crear un clima de opinión propicio para que el Partido Popular sea desalojado del Gobierno de la comunidad.

Aparte de lo repetitivas y calcadas que resultan estas campañas de salvación, es asombrosa la capacidad de la izquierda para apropiarse de los sentimientos y emociones de los ciudadanos. ¿Qué significa eso de “Salvemos Mallorca”? ¿Acaso los demás no podemos tener una imagen muy distinta de Mallorca, que no sea la imagen tan desastrosa que de ella tienen el GOB y demás? ¿Acaso la Mallorca con que sueña el GOB es la que deseamos todos nosotros? ¿Quiénes son el GOB y demás para conminarnos a “salvar” la isla? ¿De dónde se han sacado el carné de “salvadores”? ¿En qué medida levantar viviendas, campos de golf, desalinizadoras y carreteras es “destruir Mallorca”? ¿Nos obligarán a pensar la isla como la piensan nuestros ecologistas? ¿Acaso son ellos los únicos que poseen la ciencia infusa para saber lo que más conviene a Mallorca, al margen de lo que pensemos otros ciudadanos? ¿Por qué son tan testarudos y se niegan a reconocer que hay otras formas de “salvar Mallorca” y de “destruir Mallorca”?

Perdedores de la modernización

El ecologismo, emulando al nacionalismo catalanista, pretende presentarse y representarse a sí mismo como un Absoluto, no como una simple (una más) visión de la realidad, sino como la realidad misma. “Establece, para quienes son ‘ajenos’, un territorio de ausencia de peso moral, donde quienes no son nacionalistas [o ecologistas[3]] se presentan como una oquedad ideológica, una falta de carácter cívico, una ausencia de sentido comunitario, una falla de solidaridad, un atroz individualismo (…)”,señala con agudeza Ferran Gallego (2005, 86), refiriéndose al nacionalismo catalán. En Baleares, de la mano de la entente entre catalanistas y ecologistas, también se observa el mismo esquema maniqueo en torno al mito de la “autenticidad”. A fin de cuentas, ambos movimientos comparten la nostalgia por el pasado, el catastrofismo por el futuro y la negación del “otro” en el presente.

Una naturaleza virginal sepultada por los hoteles y los campos de golf es sin duda la metáfora más visible para la comunidad “orgánica” y “natural” sepultada por el artificio legalista y jurídico del Estado-Nación español. Esta es la “nebulosa” conceptual, la atmósfera sentimental y emocional, que resulta difícilmente traducible en términos de políticas concretas, salvo la de terminar con el statu quo del país en todos los órdenes.

Con la renuncia a presentar propuestas alternativas explícitas y claras, la izquierda político-mediática consigue generar un vago clima de opinión contra el Partido Popular (el único que no se pliega del todo a las exigencias econacionalistas, y por tanto identificado comoGemeinschaftsfremde o “ajeno a la comunidad”), logrando articular el debate a un nivel vaporoso, en la crítica sin alternativa, en el furor exacerbado, en la nostalgia del pasado y en los alaridos contra la “destrucción” de Mallorca perpetrada por las políticas del PP.

De semejantes climas de opinión sabía lo suyo Raymond Aron (1999, 132-133); de ahí que se quejara del excesivo acaloramiento de sus paisanos en discusiones ideológicas ajenas a los hechos reales:

Creo que la capacidad francesa de discutir bajo abstracciones desde el punto de vista ideológico es una de las enfermedades de la mentalidad moderna. En el fondo, los franceses, en política, rehúsan las ideas que estiman como consideraciones vulgares, propias del mundo real. Lógicamente, esto va aparejado, en la política real, con una gran preocupación por los intereses particulares o colectivos, pero, en el orden de la discusión, los franceses se sentirían degradados si se hiciera alusión a la eficacia política de las ideas que desarrollan. De ahí resulta una mezcla de discusiones abstractas, fanáticas, que no se corresponden en general con nada, y de un gusto bastante cínico por el compromiso que hace que no haya la exacta mesura entre las ideas y los intereses que caracteriza a la democracia armoniosa“.

Efectivamente, ni durante el Gobierno del Pacto de Progreso (1999-2003) ni tampoco ahora, en la oposición, el Partido Socialista ha sido capaz de definir en qué consisten los “cambios estructurales” que llevarían al nuevo “modelo turístico” tan deseado, cuál es el “diseño de futuro” que dice tener para las islas, cuál es la solución que propone para conciliar el todo incluido[4] y la buena marcha de la oferta complementaria.

La razón de tanta nebulosa programática estriba en el hecho de que los partidos de la izquierda balear (PSOE, PSM, Els Verds, IU, ERC) se articulan como organizaciones basadas más en convicciones que en un programa real y posible con que resolver los verdaderos problemas de la ciudadanía. Esta característica suele ser típica de partidos minúsculos, como puedan ser PSM, ERC o Els Verds, formaciones que originalmente surgieron como one single issue parties (partidos unidimensionales) que enfatizaban un aspecto (el catalán, el medio ambiente), en torno al que fraguaban una determinada percepción del mundo, un espacio mítico-ideológico, una filosofía particular de la vida y el mundo, una Welt (mundo) + Anschauung (percepción).

La fuerza de estos minipartidos radica en su capacidad aglutinadora en torno a mitos y símbolos que terminan retrotrayéndonos a la Arcadia de una Mallorca preturística, virgen, natural, catalanohablante y fetén; una Mallorca que ya no existe y que ni siquiera conocieron los mismos que ahora la anhelan. La atmósfera en que se organizan y encauzan políticamente estas místicas colectivas es el típico clima de rencor, desencanto, melancolía y frustración por el modo en que se están modernizando (social, política y económicamente) las islas. “Esta cultura del ‘resentimiento’ es la cultura en busca de entidades sólidas y permanentes a las que sujetarse cuando la realidad avanza más rápido de lo que podemos reconocer” (Ferran Gallego, 2005, 216); una sensibilidad propia de los que, como los nacionalistas y los ecologistas, se consideran a sí mismos perdedores de la modernización y cuyo único consuelo es un neoludismo de causas perdidas. De ahí que se presenten como salvadores de Baleares aquellos que siempre se han opuesto al desarrollo y al progreso de Baleares, en nombre de la “salvación del territorio” y de la cultura autóctona “en trance de desaparecer”.

El gran problema de la izquierda balear, sin embargo, no radica en el hecho de que el PSM o Els Verds (e IU, por el afán de fagocitarlos) se comporten como partidos sin programa y a la contra de sus particulares fantasmas. Al fin y al cabo, nunca han dejado de ser partidos unidimensionales. El problema radica en su poder persuasivo a la hora de contaminar ideológicamente (¡y de qué manera!) a una formación como el PSOE, hasta el punto de que apenas se atisban diferencias dialécticas entre éste y aquellos.

El verdadero problema de la izquierda balear son las elites de un PSOE más preocupado en forjar un espacio mítico-ideológico, una Weltanschauung en torno al ecologismo y al nacionalismo, que en construir un programa con propuestas sociales inteligibles, claras y diáfanas con el que poder derrotar al Partido Popular. De ahí la necesidad imperiosa del PSOE de dejar de lado una ética centrada únicamente en las convicciones, del todo inútil, suplicante y testimonial, que comparte y practica de la mano de PSM, ERC o EU-EV, si de verdad le interesa convencer al electorado de que puede ser un partido de gobierno fiable y sin hipotecas con los radicales. Sin embargo, el PSOE comparte con ellos la sensibilidad de los perdedores de la modernización, como les denominaría Ferran Gallego.

Todo proceso termina generando en su seno un antiproceso. Del desarrollo económico se engendra el movimiento ecologista, un movimiento a la contra, conservacionista e historicista que sirve de consuelo a estos perdedores de la modernización que se erigen en los salvadores de Mallorca. Los mismos que, por cierto, han estado trabajando a destajo contra el interés y el bienestar de los mallorquines en nombre de las místicas colectivas fabricadas en torno a laArcadia preturística. Una mística, la ecologista, que, debemos recordarlo, cristaliza sólo en sociedades avanzadas, una vez superados la autarquía y el subdesarrollo originarios.

Historicismo y ecologismo

En la crítica frontal que propina Karl R. Popper a las teorías historicistas en La sociedad abierta y sus enemigos se descubren algunas claves del éxito de aquéllas. Como es sabido, el historicismo consiste en creer que existen leyes que explican la historia humana, leyes cuyo descubrimiento podría permitirnos profetizar el destino del hombre. Además del platonismo, del hegelianismo y del marxismo, desenmascarados por Popper, no cabe duda de que las teorías nacionalistas y ecologistas pertenecen también al campo del historicismo. La de la desaparición del catalán o la de la balearización son dos historias paralelas que, según catalanistas y ecologistas, respectivamente, partirían de una Edad de Oro a irían degenerando a medida que la sociedad mallorquina iba cambiando para alcanzar mayores cotas de bienestar, prosperidad y libertad.

Hannah Arendt nos enseñó la diferencia, sutil y crucial, entre sentido y fin, un quid pro quo que algunos políticos y periodistas no han desentrañado todavía, por lo que siguen confundiendo elsentido de la historia (una interpretación por parte del historiador o filósofo de turno) con el fincomo principio de acción política. Una cosa es analizar y estudiar como espectador, desde la objetividad de la distancia, el proceso modernizador acaecido en Baleares en los últimos cuarenta años: el boom turístico, el incremento demográfico, la transformación de costumbres, el aumento de la prosperidad, etcétera, lo que puede llevar al historiador a elaborar una determinada interpretación que da un sentido a la historia contemporánea de Baleares, en la que puede vislumbrar una cierta tendencia, una cierta lógica en todo lo que ha pasado; y otra cosa muy distinta es fabricar en la praxis, forzando la realidad, la propia historia de Baleares, considerando las anteriores interpretaciones como si fueran un principio de acción política para paralizar el desarrollo actual: parques naturales forzosos, no construcción de autovías, crecimiento cero en plazas residenciales, cambio radical del modelo turístico, reducción del número de visitantes, paralización de los campos de golf, cierre de las incineradoras, etcétera.

Una cosa es hablar de destinos, sentidos de la historia, como hace Hegel (que veía en la historia de la humanidad una tendencia general hacia una mayor libertad), o como hace Toynbee en su voluminoso Estudio de la Historia, o como hace el historiador al interpretar los hechos para descubrir una determinada “ley histórica”, y otra cosa radicalmente distinta es creernos tales interpretaciones como leyes infalibles que los políticos (erigidos en ingenieros sociales) deben creerse a pies juntillas a la hora de tomar las medidas necesarias, bien para acelerarlas, bien para detenerlas. Pasamos de la interpretación metafísica a la acción política, amparada y justificada ésta en la confusión de los significados por fines concretos, materializables y hacia los cuales “debemos” dirigirnos.

Marx, al apropiarse de Hegel, fue el primero en identificar los significados (la interpretación de la historia humana como una lucha de clases que, grosso modo, tendía, estadio tras estadio, hacia la libertad final) como “objetivos intencionales de acción política” (forzar la lucha de clases entre obreros y patronos para desembocar en una dictadura del proletariado que a su vez nos llevaría al Reino de la Libertad). Marx transformó una simple interpretación teórica (la dialéctica hegeliana) en una teleología política. El filósofo o historiador se había politizado (como Platón en el filósofo-rey), y ahora se disponía no ya a entender o interpretar la historia, sino a fabricarla mediante la acción política: lucha de clases, revolución, etcétera.

A la postre, catalanistas y ecologistas hacen lo mismo: ven en la historia de la lengua o del medio ambiente balear una lógica histórica degenerativa, una ley que explicaría todos y cada uno de los cambios ocurridos en Baleares durante los últimos cuarenta años. A partir de esta “ley”, en un alarde de los sueños (o pesadillas) de la razón y la lógica, los ingenieros sociales ecologistas y catalanistas simplemente hacen su trabajo, que consiste en detener la caída al abismo.

El nacionalismo catalanista y el ecologismo son dos movimientos conservadores profundamente reactivos, siempre a la contra de las grandes transformaciones sociales y económicas que han experimentado nuestras islas, y que aspiran a la detención de los tiempos y al regreso a la Arcadia feliz que se esfumó en los años 60. Ambos aspiran a concienciarnos de nuestra decadencia, de nuestra degeneración, de nuestra degradación. Las leyes que nos conducen hacia el infierno son la del desarrollo ilimitado (para los ecologistas) y la de la españolización progresiva(para los catalanistas). Hay que detener estas tendencias a cualquier precio.

Pero todo ello, por sí solo, no bastaría para considerarlos ejemplos de historicismo. Su plausibilidad historicista estriba en su pretensión de ser “profecías históricas de largo alcance”, a saber, de conocer nuestro destino final, hacia el que nos dirigimos de no hacerles caso. El apocalipsis final anunciado por los zahoríes catalanistas toma cuerpo en forma de una provincia “españolizada y castellanohablante”; o de un nuevo Hong Kong, de creer las profecías ecologistas.

Por otra parte, Popper analiza las bases intelectuales que sustentan el ecologismo. El ecologismo partiría del naturalismo biológico, consistente en “vivir de acuerdo con las leyes de la naturaleza”. Aparte del retraso y embrutecimiento que supondría para nuestras sociedades avanzadas vivir conforme a este patrón (difícilmente lo toleraríamos), cabe preguntarse qué se entiende por “leyes de la naturaleza”, leyes de las que deberíamos, según los ecologistas, extraer nuestras normas y conductas. Aquí no nos pondríamos fácilmente de acuerdo. Los habría que considerarían natural incluso alcanzar metas espirituales y no conformarse con la mera supervivencia (“No sólo de pan vive el hombre”, dice el refrán). Queda claro, continúa Popper, que el modus vivendi de los naturalistas es tan convencional y arbitrario (producto de la elección y decisión de los hombres) como cualquier otra forma de vida elegida.

Ecologismo reformista y ecologismo profundo

Escuchamos continuamente hablar de “valor ecológico”. Así, se nos dice que los parques naturales deben constituirse no en función de la titularidad (pública o privada), sino de los “valores medioambientales”. Este ecosistema, dicen, tiene un “valor ecológico”. No es trivial precisar en qué consiste este tipo de valor. Y fijar bien las premisas y significados de que partimos resulta esencial para cualquier discusión. Es frecuente que, cuando los términos son polisémicos, los oponentes utilicen distintas acepciones de uno mismo, haciendo así imposible cualquier discusión seria. La regla de oro en un debate es poner en liza ideas, no palabras. Decía Goethe que, donde no había ideas, bastaba con inventarse una palabra para ocultar la carencia de ellas. Empecemos, primero, por preguntar qué es el ecologismo para un conspicuo y señalado ecologista.

La vieja frase según la cual los ecologistas están más preocupados de las ballenas (o de los endemismos vegetales) que de los seres humanos es una supina ridiculez. El ecologismo habla de defender a las ballenas, efectivamente, pero habla sobre todo de preservar el espacio físico donde habitan los hombres y las mujeres. Habla de repartir equitativamente entre los hombres y las mujeres unos recursos que no son infinitos, habla de tener la capacidad de legar estos recursos a las generaciones de hombres y mujeres del futuro. A una escala más local, habla de preservar unos paisajes que ofrecen a hombres y mujeres unos ‘servicios’ (para hablar como un economista) que ningún parque temático puede sustituir: ocio, disfrute, tranquilidad. O de conservar el atractivo turístico sobre el que descansa nuestra economía: no sólo pensamos en cosas inmateriales.

El ecologismo parte de una constatación que no puede ser más racional: los recursos son finitos, y la capacidad de acción del hombre puede alterar de manera grave e irreversible la base física que hace posible nuestra vida. El ejemplo típico para discutir si leemos bien los datos de la naturaleza, o si somos o no catastrofistas, es el cambio climático, sobre el cual me remito (como hombre de letras que soy) al vastísimo consenso entre los científicos de la actualidad: no puedo imaginar una actitud que sea más heredera de la Ilustración que ésta. Un consenso, por cierto, que dice que el cambio climático ya se encuentra entre nosotros“.

Esta es la versión que tiene del ecologismo Miquel Angel Llauger (2005), líder Els Verds de Mallorca, partido que hasta ahora se ha venido presentando a las elecciones en coalición con Izquierda Unida. Repasemos las distintas definiciones de “ecologismo” que da Llauger. Sólo una es clara (la defensa de los ecosistemas naturales). Otras, lisa y llanamente, son lugares comunes con los que sería difícil no ponernos de acuerdo (el ecologismo como afán de “preservar el espacio físico donde habitan los hombres y mujeres”). Alguna otra es simplemente inextricable, aunque sospechosamente parecida a una versión recalentada del comunismo (el ecologismo como la tentativa de “repartir equitativamente entre los hombres y mujeres unos recursos que no son infinitos”, sin que se sepa muy bien a qué “recursos” se refiere). Otras son vaporosas declaraciones de intenciones que no tienen porqué estar vinculadas al ecologismo (como “legar estos recursos a las generaciones del futuro”, sin especificar a qué “recursos” se refiere); y otras, simples lugares comunes con tics catastróficos (como aquella que dice que el ecologismo parte de constatar cómo “la capacidad de actuación del hombre puede alterar de modo grave e irreversible la base física que hace posible nuestra vida”). Es tan amplio el abanico de lo que el propio Llauger entiende por ecologismo que, evidentemente, ahí cabe todo, incluso una última definición economicista: la preservación del paisaje para gozar de servicios como el ocio, el disfrute y la tranquilidad.

Como vemos, el término “ecologismo” es vago, impreciso y rico en acepciones; semeja un cajón de sastre de lugares comunes, vaciedades y declaraciones de buenas intenciones.

Acotemos, por tanto, el análisis a los objetivos que persigue el ecologismo. ¿Es el “valor ecológico” un valor por y en sí mismo, o uno instrumental, para fines ulteriores, como puedan ser el aumento de la calidad de vida de la generación actual o el de dejar un “mundo medioambientalmente mejor” a las generaciones futuras? La taxonomía que propongo clasifica el “ecologismo” según los objetivos finales que persigue. Así, distingo tres clases de ecologismo.

  1. Uno cuyo objetivo final sería aumentar la calidad de vida (o el bienestar) de la generación presente. Consistiría en conservar el medioambiente a cambio de recibir una serie de bienes o servicios, como el disfrute o aprovechamiento de la naturaleza en cualquiera de sus facetas (estética, salud, ocio). Incluiríamos preocupaciones como la contaminación atmosférica, la del agua o el almacenamiento de basuras. Calificaré a este primer tipo de ecologismo como aquél dirigido hacia el bienestar presente.
  2. Uno cuyo objetivo final sería la preocupación por el futuro de las próximas generaciones. Esta preocupación, ciertamente paternalista, al no poder precisar con exactitud si las generaciones futuras compartirán nuestra misma “sensibilidad” ecológica, se traduciría en el afán de los ecologistas por reclamar responsabilidad a nuestros gobernantes a la hora de tomar decisiones que pudieran comprometer el futuro de las siguientes generaciones. En la toma de decisiones de gobierno habría que considerar el “factor ecologista”. Esta preocupación por el futuro se manifestaría en la crisis energética que nos anuncian los ecologistas si seguimos consumiendo las energías no renovables (como el petróleo o el gas natural) al mismo ritmo que hasta ahora y en la consiguiente apuesta por las renovables. Asimismo, percibimos esta sensibilidad futurista en cómo puede afectar el agotamiento de recursos como el agua, el cemento, el hierro, el aluminio, el cobre, el oro o el zinc. Calificaré a este segundo tipo de ecologismo comoaquél dirigido hacia el futuro.
  3. Uno cuyo objetivo final sería la conservación de la naturaleza per se, supeditando otros fines (el propio bienestar de las generaciones actuales, incluso futuras) o derechos (edificatorios, de propiedad privada, de usufructo de la naturaleza) a lo ecológico. Lo ecológico ocupa un lugar central como valor supremo; no tiene valor instrumental, y responde al principio del ecocentrismo. Lo denominaré ecologismo dirigido hacia sí mismo. Un problema que podría subsumirse en esta tercera categoría sería la protección de la biodiversidad.

Pienso que esta taxonomía es acertada, por cuanto nuestro interés radica en las conexiones del ecologismo con la sociedad y la política, y ésta, como sabemos, se centra en los objetivos del programa electoral, es decir, en objetivos inteligibles, concretos y pragmáticos que cumplir en un plazo determinado. Desde luego, se puede criticar el excesivo pragmatismo y utilitarismo (¿para qué sirve?, ¿cuál es su objetivo?) que lleva implícita la taxonomía propuesta, al obviar objetivos tan poco pragmáticos como los criterios sentimentales o intelectuales. Por otra parte, no cabe duda de que hay problemas “ecológicos” que difícilmente se pueden subsumir con claridad en una sola de las categorías propuestas: existen problemas que estarán dirigidos hacia el bienestar(primer tipo), aunque no puede excluirse que la solución de los mismos no reporte también beneficios a las generaciones siguientes (segundo tipo), incluso mejoras para la naturaleza como tal (tercer tipo). Ahora bien, a efectos estrictamente sociales, lo significativo es cómo percibe la gente los problemas ecológicos.

Si analizamos cuáles de los problemas ecológicos han sido aceptados como tales por nuestras instituciones democráticas (a modo de principios rectores o bienes jurídicos en las constituciones, o bien en forma de un desarrollo normativo más concreto), podemos afirmar que, salvo excepciones, son aquellos dirigidos hacia el bienestar presente (primer tipo). Existe un amplio consenso por parte de todos los partidos y gobiernos democráticos en aceptar que es responsabilidad de las instituciones públicas y de la sociedad civil en general intentar solucionar los “problemas ecológicos” del primer tipo.

Si pasamos al segundo tipo, existe más reticencia en asumirlos, aun cuando en la atmósfera moral de nuestras opiniones públicas democráticas también se han terminado aceptando aquellas preocupaciones de los ecologistas encaminadas al bienestar de nuestros hijos, a las que me he referido como ecologismo dirigido hacia el futuro.

Tanto el primero como el segundo tipo de preocupaciones ecológicas conformarían, a grandes rasgos, lo que recibe el nombre de ecologismo superficial (en contraposición a profundo) oreformista (en contraposición a rupturista o radical). Esta sensibilidad ecológica dirigida a objetivos más bien prosaicos (nuestro bienestar o el de nuestros hijos) forma parte a día de hoy del clima de opinión hegemónico en las democracias occidentales y constituye uno de los puntales esenciales de la izquierda, aunque respetado también por la derecha. En efecto, cuando el político ecologista Llauger califica el ecologismo como “racional” y “progresista” se está refiriendo, sin duda, a estos dos primeros tipos. A la postre, la “razón” y el “progreso” todavía se siguen definiendo en torno al Hombre como centro, no en torno a la supervivencia de las tortugas o a la protección de la biodiversidad.

A fin de cuentas, no agotar los recursos energéticos para las generaciones futuras o mejorar nuestra calidad de vida reduciendo la polución ambiental son dos objetivos que en principio no cabría descartar como “irracionales” y que incluso favorecen el “progreso” humano, siempre y cuando sean ciertos y reales los temores de que podemos quedarnos sin gasolina en el futuro inminente, o el quebranto que para nuestra salud causa la polución atmosférica. Es decir, son problemas ecológicos de los que el ciudadano normal y corriente puede concienciarse y sensibilizarse con facilidad, porque redundan en su propio interés, siempre que los peligros que nos acechan sean ciertos y reales, no invenciones engañosas.

En este contexto reformista es donde se han producido aproximaciones de mercado a la ecología. Así, la “ecología de mercado” ha sido un intento teórico (con algunas concreciones prácticas, como el Protocolo de Kioto, con la compraventa de los derechos de emisión) de conciliar capitalismo y ecología superando los esquemas maniqueos y exclusivos (o mercado o ecología) predicados por las organizaciones ecologistas, las cuales repiten infatigablemente que el crecimiento económico y el consumismo son los máximos responsables de la degradación medioambiental.

La ecología de mercado nació de la creencia de que no es posible una ecología sin crecimiento ni un crecimiento sin ecología, postura adoptada tanto por ecologistas escépticos como Bjorn Lomborg como por cierta derecha liberal moderna. Cabe señalar que la ecología de mercado no pone en cuestión la existencia de los problemas medioambientales. Su razón de ser redunda en la creencia de que sólo el mercado (y no la gestión pública, con la tragedia de los comunes como contraejemplo paradigmático) y la definición de un sistema de derechos de propiedad sobre los recursos naturales (privatizando si es necesario la titularidad o gestión de los ríos, los parques naturales, el agua, el aire, etcétera) pueden salvaguardar el medio ambiente. Ahora bien, la contribución de los gobiernos sigue siendo indispensable, no para gestionar, sino para aplicar correctamente los derechos de propiedad.

La ecología de mercado se fundamenta en dos ideas. La primera, que el hombre está principalmente interesado en sí mismo, de modo que para lograr beneficios colectivos debe encauzarse adecuadamente este interés individual, al margen de la ética de las buenas intenciones. La segunda es la siguiente: el tipo de conocimiento más idóneo para la gestión de un recurso natural obedece a una información “diseminada, subjetiva y tácita”, como señalan los teóricos de la Escuela Austríaca de Economía. Una información que sólo puede obtenerse sobre el terreno, que varía según el tiempo y el lugar. Además, no es estática, sino que se va reproduciendo dinámica y espontáneamente a la vista de los resultados de gestión de las diferentes experiencias individuales. Dado el tipo de conocimiento, resulta materialmente imposible procesarlo racionalmente y de modo centralizado desde la Administración.

La tercera categoría de problemas ecológicos, los dirigidos hacia sí mismos y que por tanto no tienen valor instrumental que persiga beneficios sociales (para el hombre), están vinculados al ecologismo radical o profundo. En este contexto se niega cualquier integración de la ecología en el mercado, estigmatizándola como una “comercialización de la naturaleza”. El enfoque del ecologismo profundo ha dejado de ser antropocéntrico para ser ecocéntrico. Por ejemplo, la preservación de la biodiversidad sólo puede explicarse desde el ecocentrismo.

¿Por qué debería preocuparnos el número de especies desaparecidas? Existen varias contestaciones posibles. La primera se centra en los seres humanos: las personas les tenemos un cierto cariño a las plantas y a los animales, porque nos resulta placentero habitar un planeta fascinante y lleno de vida. No obstante, las especies en las que solemos pensar son probablemente ‘especies grandes’ como los tigres, las ballenas, los albatros, los loros o los árboles de teca. Es bastante menos probable que nos fijemos en los millones de escarabajos negros, en las moscas o en las esporas de las setas. Por lo tanto, este argumento para la conservación no deja de ser ciertamente selectivo” (Lomborg, 2003, 253).

Tampoco valen otras razones “sociales” para defender la biodiversidad. “A menudo escucho decir que la selva tropical funciona como una especie de almacén de medicinas. Sí es cierto que muchas de las medicinas que utilizamos tienen su origen en las plantas –las aspirinas, en los sauces, y los medicamentos cardíacos, en las dedaleras–, aunque actualmente la mayoría de las medicinas se fabrican de forma sintética” (Lomborg, 2003, 353).

La pregunta es irreverente: ¿para qué sirve la biodiversidad? Comprobamos cómo al final cualquier razón para preservar la biodiversidad gira en torno a sí misma: “La biodiversidad es ahora la razón principal por la que queremos salvar las selvas tropicales”, reconoce finalmente Lomborg (2003, 357). Así pues, desde las posturas ecocéntricas, en las que la naturaleza queda investida como valor supremo al que deben someterse los demás valores, “todas las formas de vida tendrían un valor intrínseco independiente de su utilidad o valor para el ser humano”. “Toda la vida terrestre forma parte de una red interdependiente, y aunque los seres humanos sean una parte fundamental de esa red, no son más importantes que cualquiera de las demás especies. Por tanto, no tienen derecho a reducir la riqueza y la diversidad de la vida terrestre si no es para satisfacer estas necesidades vitales”, como señalan los profesores canadienses Heath y Potter (2005, 351-352). Sólo desde este punto de vista ecocéntrico es posible defender la biodiversidad como un fin en sí mismo.

El ecologismo profundo propugna el igualitarismo biosférico no antropocéntrico, es decir, que los humanos se reconozcan como una especie más entre los millones que existen en el planeta, de tal modo que reconozcan una deuda moral (tan similar a los derechos históricos del nacionalismo)con el resto de las especies, para así no anteponer nuestro bienestar al suyo. Somos culpables de nuestro comportamiento con el planeta y con las demás especies explotando recursos e interfiriendo en sus vidas. Incluso existen grupos organizados que están dispuestos a emplear la violencia para conseguir estos objetivos, como el Earth First! (¡La Tierra Primero!) o el Earth Liberation Front (Frente de Liberación de la Tierra). Perforan árboles, destruyen carreteras o boicotean su construcción, incluso incendian centros de investigación biotecnológica y concesionarios de coches.

La conciencia ecologista en estos grupos condiciona todas las actitudes y comportamientos de sus militantes, hasta el punto de tomar inquietantes visos totalitarios. Se trata de ir más al fondo de la cuestión cambiando nuestras costumbres y comportamientos, corrigiendo el consumismo, plantando árboles, utilizando la bicicleta como medio de transporte, instalando en los hogares sistemas de reciclaje de residuos fecales, comprando colchones de lana orgánica o muebles de pino reutilizado.

A estos ecologistas radicales no les importan los problemas sociales. De ahí que vean en las reformas institucionales del tipo quien contamina, paga un intento vano de “integración en el sistema”, por cuanto no están interesados en las relaciones del hombre contra el hombre, como el marxismo. Su empeño radica en destruir la lógica básica del sistema, a guisa de movimientos contraculturales, y esto pasa por una transformación radical de la conciencia humana. Si los seres humanos no son capaces de vivir en armonía con su entorno, quizá debamos plantearnos si los humanos somos una aberración biológica que no cejará en su empeño de destruir todo lo que se le cruce por delante. Este tipo de planteamientos son inquietantes, pues se parecen a los planteamientos higienistas que los totalitarismos pusieron en práctica exterminando capas enteras de la población. Lo que importa de verdad a los ecologistas radicales es la relación entre el Hombre como tal y la Naturaleza, una relación que no ha dejado de empeorar desde que Rousseau invocara el deseo de comunión del hombre con una Naturaleza Arcádica.

Razón, progreso y ciencia

Hemos visto la intención del líder de Els Verds de Mallorca, Miquel Angel Llauger, de presentar el ecologismo como la quintaesencia de la razón, el progreso y la ciencia. Los mitos sobre el Progreso, la Razón y la Ciencia son todavía valores al alza, de ahí la pretensión de adornar el ecologismo con sus plumas. En esto también se parece al marxismo, con sus ínfulas cientifistas. El marxismo, como el ecologismo, también creía conocer las “leyes inexorables de la historia” y, por tanto, del devenir. Ambos creen que de las contradicciones del sistema capitalista (y desarrollista) va a emerger un movimiento libertador.

Por otra parte, las reacciones airadas de los ecologistas nos recuerdan las de los marxistas cuando la tozudez de los hechos empíricos y científicos ponían en evidencia la falsedad de sus hipótesis de partida. Que se lo pregunten a Bjorn Lomborg, el autor de El ecologista escéptico, donde demuestra, con los mismos datos estadísticos que utilizan las organizaciones y los gurús ecologistas, cómo la mayor parte de los temores que propagan a los medios de comunicación no tienen ningún fundamento o, si lo tienen, su importancia es bastante relativa.

Oponerse a un mayor desarrollo económico en aras de un objetivo social que sea real, como la contaminación de nuestros ríos, puede tener sentido. Ahora bien, oponerse a ello de acuerdo con lo que se ha demostrado una falsedad no debería quedar impune. A finales de los 60 el entomólogo Paul Ehrlich, respaldado por numerosos profesores universitarios, anunciaba que decenas de millones de norteamericanos morirían de hambre en los años venideros. La “bomba poblacional” que este neomalthusiano profetizó nunca fue tal, y desde entonces la población de Estados Unidos no ha dejado de crecer. También en los 60, sectores de la denominada “comunidad científica” anunciaron un enfriamiento del planeta; ahora, según sus modelos teóricos y sus simulaciones por ordenador, prevén un calentamiento.

Tampoco tiene sentido oponerse a un peligro inevitable desde posturas testimoniales que no van a arreglar absolutamente nada. De cumplir a rajatabla el Protocolo de Kioto, ¿en cuántos grados lograríamos mitigar el hipotético calentamiento del planeta? Aproximadamente, la temperatura media de la Tierra descendería ¡sólo 0,07 grados!, un decremento inferior a la propia resolución de los termómetros, según se desprende de las proyecciones realizadas por el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático.

Ante este tipo de fraudes, ni los científicos, ni los ideólogos ni los políticos están dispuestos a asumir responsabilidad alguna, en lo que se confirma como una larga tradición entre los intelectuales occidentales. Mientras tanto, han explotado el sentimiento de culpa de la población con la maestría que siempre ha distinguido a la izquierda.

Vemos cómo a menudo la realidad es distinta de la que nos dibujan Llauger y los demás ecologistas. Si la historia del progreso, la razón y las Luces ha sido la del conocimiento y la ulterior dominación y transformación de la naturaleza a manos del hombre (trasunto durante siglos de progreso económico, y a la larga también de progreso político y social), huelga decir en qué parte se han ubicado los ecologistas. Se han opuesto de forma sistemática a los vectores que pudieran impulsar un desarrollo económico, como demuestra su oposición al Trasvase Hidrológico Nacional, al uso de las desalinizadoras, al uso de las incineradoras, a la liberalización del suelo rústico, pese al encarecimiento de las viviendas, a la construcción de infraestructuras tan necesarias como las carreteras o al incremento de producción de energía para abastecer las necesidades de la población.

Ello no significa que a veces una cierta sensibilidad ecológica no sea beneficiosa para la economía. Es lo que ha ocurrido en los últimos años en Baleares, debido a su dependencia de una economía mayoritariamente turística y ligada, en cierta medida, al atractivo de sus bellezas paisajísticas. Que en últimos quince años se haya venido identificando la conservación del medioambiente con el progreso no significa que el ecologismo sea “progresista” ni “racional”, como insinúa Llauger, sino que los objetivos de preservación por parte de los ecologistas y de los sectores económicos ligados al turismo han coincidido, aunque impulsados por motivos bien distintos. De hecho, no es la racionalidad (ni económica ni social) la que conduce a muchos a abrazar el movimiento ecologista, sino este clima tan peculiar de frustración, resentimiento, melancolía y desencanto hacia las modernas sociedades occidentales que comparte el ecologismo con sus compañeros de viaje: neocomunistas, antiglobalizadores y demás movimientos de la contracultura.

Bibliografía

– Anderson, Terry L.: Ecología de mercado, Unión Editorial, Madrid, 1993.
– Aron, Raymond: Introducción a la filosofía política, Paidós, Barcelona, 1999.
– Díaz Villanueva, Fernando: ‘¿Se está calentando el planeta?’, Libertad Digital, septiembre de 2004.
– Finkielkraut, Alain: La memoria vana, Anagrama, Barcelona, 1990.
– Font Rosselló, Joan: Artesanos de la culpa. Los intelectuales y las buenas intenciones, Coc 33 Serveis Editorials, Palma de Mallorca, 2005.
– Gallego, Ferran: De Auschwitz a Berlín, Plaza & Janés, Barcelona, 2004.
– Gallego, Ferran: ‘Nación de ciudadanos’, Cuadernos de Pensamiento Político, nº 8, FAES, Madrid, 2005.
– Heath, Joseph y Potter, Andrew: Rebelarse vende. El negocio de la contracultura, Taurus, Madrid, 2005.
– Lomborg, Bjorn: El ecologista escéptico, Espasa Calpe, Madrid, 2003.
– Llauger, Miquel Angel: ‘Ecologisme, modernitat, Il·lustració’, Diari de Balears, 2-IX-2005, Palma de Mallorca.
– Popper, Karl R.: La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 1957.
– Steiner, George: Nostalgia del absoluto, Siruela, Madrid, 2001.

 


[1] Al parecer, el término balearización, con el que se ha querido significar la destrucción del paisaje y la naturaleza en aras del turismo de masas, procede en su origen de pseudocientíficos franceses empeñados en defender su turismo y atacar a sus competidores; en este caso, las Islas Baleares. Esta es la opinión del editorial de El Mundo-El Día de Baleares, vertida el 15-11-04: “Conviene recordar cuál es el origen de la palabra ‘balearización’, no sea que, de buena fe, algún ingenuo venido de fuera se la crea y la asuma. ‘Balearización’ es un término que inventaron nuestros competidores de la Costa Azul para designar un litoral degradado por la construcción y desprestigiar, de paso, las Baleares. Curiosamente, la Costa Azul era, y es, el más perfecto y antiguo ejemplo de ‘balearización’, con Mónaco como ejemplo señero. Palabra y concepto fueron rápidamente recogidos, propagados y consagrados por los que siempre han ido en contra de los intereses de estas Islas: el ecologismo radical y la izquierda. Todavía hoy lo manejan, a pesar de que las costas insulares tienen un grado de virginidad y prudencia constructora –con excepción de seis o siete núcleos desaforados– que ya querrían para sí los litorales que van de Punta Tarifa al sur de Italia”.
[2] El Grupo de Ornitología Balear nació, como su nombre deja adivinar, preocupado por la ornitología, pero con el paso del tiempo se ha convertido en una organización muy participativa en todos los movimientos de agit-prop contra las políticas del Ejecutivo, casi siempre en manos del Partido Popular.
[3] Añado yo.
[4] Después de los campos de golf, la izquierda ha abierto un nuevo frente: el todo incluido. La del todo incluido (tan parecida a la de las grandes superficies contra el pequeño comercio) es otra de las grandes batallas políticas que actualmente se sostienen en Baleares. Según sus detractores, el todo incluido ofertado por los hoteles estaría provocando la ruina de la oferta complementaria (no hotelera) que hasta ahora vivía de los turistas hospedados en los hoteles. Ante este problema, la solución que propone la izquierda balear es la regulación del todo incluidopor parte de la Administración; incluso hay voces que piden su prohibición. Que la economía de mercado sea una “destrucción constructiva”, como la definió en su día Schumpeter, de modo que sea el mercado quien expulse la oferta no competitiva, continúa siendo intolerable para una izquierda envuelta en el papel de salvador de todo aquel que se presente como víctima.

Origen: Joan Font Rosselló – Pulsiones totalitarias en el ecologismo. El experimento balear – La Ilustración Liberal – Revista española y americana

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