El asesinato de Marcelino Oreja por socialistas – Pedro Fernandez Barbadillo

El ex ministro Marcelino Oreja acaba de publicar su autobiografía. En ella hay un capítulo dedicado al asesinato de su padre por unos terroristas socialistas. Lo pre-publicó el ABC hace unos días. Aquí lo tenéis.

(Vuelvo a avisar que yo no soy el autor de estos párrafos, sino Marcelino Oreja. Yo añado los enlaces.)

En Éibar y Mondragón la revolución [socialista de octubre de 1934] equivalió, de hecho, a una insurrección armada, y el objetivo de los grupos armados era la ocupación «militar» de la localidad. En Mondragón el cuartel de la Guardia Civil era objetivo prioritario de la acción insurreccional; los huelguistas ocuparon las calles, puntos y edificios principales, permaneciendo la Guardia Civil refugiada en su cuartel. El pueblo quedó en manos de los revolucionarios, que proclamaron la «república socialista», ocuparon la estación, destrozaron la central telefónica, requisaron diversos establecimientos, regulando el reparto de alimentos, y detuvieron a un total de sesenta personas consideradas como enemigas de la revolución.

El cabecilla del comité revolucionario era Celestino Uriarte Bedia. Su cuartel general era la Casa del Pueblo. Varios de los miembros del comité fueron a la casa de mi abuelo, donde residían mis padres cuando iban a Mondragón. Mi padre había llegado un par de días antes de Madrid, para pasar una semana con mi madre, que estaba encinta esperando mi nacimiento desde hacía cinco meses. Llevaban casi seis años casados y por fin tenían la gran ilusión de que naciera su primer hijo.

Los revolucionarios, armados con escopetas y pistolas, al llegar a la casa de mi abuelo a las ocho de la mañana tocaron el timbre. Les abrió mi madre. Varios eran trabajadores de la Unión Cerrajera. Bajó mi padre y se lo llevaron a la Casa del Pueblo. Allí se encontró con dos compañeros de la Cerrajera, Resusta y Azcoaga. A los tres los encerraron en una habitación y en el cuarto de al lado constituyeron un «tribunal popular», que acordó darles muerte.

Al poco tiempo, alguien alertó a los revolucionarios de que llegaban al pueblo tres camiones con soldados procedentes de Vitoria. Algunos comenzaron entonces a organizar una especie de defensa, volcando camiones frente a la Casa del Pueblo, para atrincherarse en su interior. En medio de aquel revuelo, según cuenta uno de los participantes en el apresamiento de mi padre, Jesús Trincado, militante ugetista, apareció un tipo a quien éste denomina «peligroso fanático», a quien no identifica pero que he sabido que se apellidaba Ruiz, y preguntó al jefe de la banda: «Celestino, ¿qué hacemos con éstos?», refiriéndose a los tres que estaban detenidos. El líder revolucionario Celestino Uriarte contestó «llevarlos detrás». Los sacaron por la puerta trasera de la Casa del Pueblo, hacia una huerta, y les dijeron que subieran a un murete de poco más de un metro de altura. Azcoaga trepó el muro y se volvió para ayudar a mi padre a pasarlo. Detrás iba Resusta. Entonces sonaron las descargas. Azcoaga pudo escapar, Resusta quedó muerto en el acto y mi padre resultó malherido, con los brazos abiertos en cruz. Presentaba cuatro heridas: un tiro de pistola en la columna vertebral, otro en la cabeza, un tercero en la mano y el cuarto, de escopeta, en el brazo derecho.

Los revolucionarios socialistas, en su huida hacia el monte, vieron tendidos en el suelo a Resusta, que ya era cadáver, y a mi padre en estado agónico. Un nacionalista, Pedro Lizarralde, corrió a la casa cural a requerir auxilios espirituales para mi padre. Acudió el sacerdote don José Marquiegui. A continuación unos carlistas recogieron el cuerpo moribundo de mi padre y se lo llevaron a casa, donde lo recibió mi madre. Falleció a los pocos minutos. Don José Marquiegui, de quien oí hablar con frecuencia a mi madre, fue un gran sacerdote, que tuvo el valor de acompañar a mi padre en sus últimos momentos. Nacionalista, como otros sacerdotes de Mondragón, fue fusilado a la llegada al pueblo del ejército de Franco. Mi madre recordaba siempre con enorme pesar este hecho.

CODA: La familia Oreja perdonó. ¿Por qué no perdonan – de una vez- los Rodríguez Zapatero, los Fernández Bermejo, los Chaves, los Maragall, los Fernández de la Vega…? La izquierda NUNCA ha pedido perdón a los españoles por este golpe de Estado, ni lo va a pedir.

Origen: El asesinato de Marcelino Oreja por socialistas

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