Memoria del gueto de Varsovia – Ricardo Ruiz de la Serna

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Tal día como hoy hace 76 años, Hans Franck, gobernador general de los territorios polacos ocupados, estableció el gueto de Varsovia. Las obras habían comenzado en abril de 1940. Seis meses más tarde, el barrio de Muranów de la capital polaca se había convertido en una cárcel de poco más de tres kilómetros cuadrados en la que se hacinarían cuatrocientos mil judíos de Varsovia y sus alrededores. Lo rodeaba un muro de tres metros de altura rematado con alambre de espino. El gueto se dividía en el Pequeño Gueto y el Gran Gueto, separados entre sí por la calle Chłodna (pronúnciese /juodna/), que no formaba parte del recinto cerrado. Los judíos podían ir de una parte a otra del gueto a través de una puerta especial primero y, a partir de enero de 1942, a través de un paso elevado. Ningún judío podía salir sin permiso so pena de muerte en el mismo lugar en que lo detuviesen. Entre los meses de octubre de 1940 y mayo de 1943, más de 253.000 de sus habitantes serían deportados a Treblinka y asesinados, la mayoría de ellos en el verano de 1942. A ellos, hay que sumar los más de sesenta mil que murieron como consecuencia del hambre, las enfermedades infecciosas y el frío.

Es difícil describir el horror de la vida en ese espacio amurallado en el que los nazis recluyeron a los judíos. Si no conservásemos valiosísimos documentos, fotografías, testimonios y, en fin, abundantísimas pruebas de lo que allí ocurrió, habría el riesgo de que nadie creyese a quienes sobrevivieron. La nutrición de cada habitante del gueto en 1941 comprendía aproximadamente 184 calorías diarias, el equivalente aproximado a 40 gramos de pan o a 75 gramos de pasta. Por supuesto, esto se fue reduciendo. Un alemán recibía al día alimentos equivalentes a unas 2.613 calorías. Los primeros meses del gueto sus habitantes trataron de reproducir la vida anterior a la guerra. Los judíos intentaron mantener empleos e incluso cierto ocio. Por ejemplo, Władysław Szpilman, el protagonista de la célebre película El Pianista, trabajó durante algún tiempo en un restaurante y, después, como obrero. Sin embargo, al cabo de pocos meses, casi toda la economía del gueto funcionaba sobre el contrabando o el trapicheo. El hambre, la pobreza y las enfermedades comenzaron a diezmar a la población. Los niños, que podían escabullirse por los huecos en el muro y por las alcantarillas para llegar hasta la “zona aria” fuera del gueto, se convirtieron en los proveedores de comida de sus familias. Los nazis emplearon el deterioro de las condiciones de vida para presentar a los judíos como infrahumanos en su propaganda.

Sin embargo, los habitantes del gueto se resistieron a esas condiciones inhumanas que los nazis les imponían. La historia de este infierno es también la de la fortaleza humana. En medio del horror, un puñado de voluntarios liderados por Emanuel Ringleblum forman un grupo, Oyneg Shabbos -en hebreo, Oneg Shabat- que significa “la delicia del sábado”, día de sus reuniones. En ellas, examinaban todo el material que habían podido recopilar sobre la vida cotidiana en el gueto: fotografías, carteles, cartas, diarios, dibujos… Gracias a ellos, conocemos con gran detalle la progresiva destrucción física y moral de aquellos judíos emparedados en vida. Preservar la memoria -uno de los valores más profundos de la tradición de la Torah- se convirtió en una forma de resistencia decidida contra los nazis. A medida que la liquidación del gueto avanzaba y se hacía cada vez más claro que los nazis pretendían el exterminio de todos sus habitantes, Ringelblum escondió los archivos del grupo en tres grandes contenedores de leche y diez cajas de metal que fueron enterradas en tres lugares distintos del gueto. David Graber, uno de los miembros del grupo, dejó un mensaje en una de las cajas: “Aquello que no pudimos decir a gritos al mundo, lo enterramos ahora. Que este tesoro llegue a buenas manos, que espere tiempos mejores, que sirva de advertencia de los extravíos del mundo en el siglo XX” (Ringelblum, E.: “Crónica del gueto de Varsovia”, Alba Editorial, 2003).

Entre aquellos documentos, estaba el famoso informe Grojanowski sobre el campo de exterminio de Chełmno escrito por Szlama Ben Winer, fugitivo del campo, con el pseudónimo de Jacob Grojanowski. Este hombre de 30 años logró llegar a Varsovia y entregar a Oneg Shabat su espantoso relato. Al poco tiempo, los nazis lo deportaron al campo de Bełżec, donde lo mataron en la cámara de gas. El informe narra cómo los judíos eran gaseados en furgonetas cuyo tubo de escape estaba dirigido al habitáculo de los pasajeros, en el que iban de 50 a 70 judíos. Una copia de este informe en polaco se remitió a la Delegatura, la representación clandestina del gobierno polaco en el exilio.

Casi todos los miembros de Oneg Shabat fueron muertos bien en el propio gueto bien en las deportaciones a Treblinka y otros campos. Tras el verano de 1942, todos los que quedaban en el gueto sabían que su destino final eran los campos de la muerte. Era difícil de creer. Alemania era el país de las grandes universidades, de la cultura, de la música, ¿cómo creer que a los judíos los llevaban a campos y los gaseaban? Nosotros lo creemos porque conocemos la Historia, ellos la estaban viviendo. Hay una diferencia. Ellos no supieron durante mucho tiempo el destino final que los nazis les deparaban. Marek Edelman repite varias veces en su Diario del Gueto de Varsovia una anotación terrible: “El gueto no lo cree”. A comienzos de 1943, la terrible verdad se había impuesto. Las distintas organizaciones judías se coordinan para un último acto de resistencia heroico y desesperado. El 19 de abril de 1943 los nazis entran en el gueto. Es la víspera de Pésaj, la fiesta de la Pascua judía que celebra y conmemora la liberación de Egipto. Los judíos les hacen frente. Armados con pocas pistolas, granadas caseras y cócteles Molotov, luchan desde las azoteas y las ventanas. Capturan algunos rifles, una ametralladora y dos minas antitanque. De nuevo, Oneg shabat tiene referencias valiosísimas. Ringelblum visita un pequeño depósito de armas en la calle Muranowska poco antes del alzamiento. Ve algunos revólveres, granadas de mano, munición, algunos uniformes alemanes… Al frente de los sublevados hay un joven de la Organización Judía de Combate, uno de los grupos de la resistencia: Mordechai Anielewicz. Ya ha participado en una primera tentativa de revuelta en enero de 1943. Ahora la lidera. Los judíos pelean como leones. Reciben algo de ayuda de Armija Krajowa, la resistencia polaca, y de los comunistas. El alzamiento dura casi un mes: del 19 de abril al 16 de mayo. Los nazis tienen que movilizar más de dos mil hombres cada día para derrotar a seiscientos judíos famélicos y desesperados. Pelean casa a casa, calle a calle. El 23 de abril Anielewicz escribe a su amigo Yitzhak Zukeman una última carta: “El sueño de mi vida es un hecho. La autodefensa en el gueto es una realidad. La resistencia armada judía y la venganza son hechos. He sido testigo de la magnífica heroica lucha de los hombres judíos en el combate”. Los nazis arrasan el gueto. Emplean lanzallamas edificio tras edificio. Parafraseando a Marek Edelman, a los judíos los vence el fuego, no los soldados. Todo arde. La resistencia se va desmoronando.

Cuando los nazis dominan el gueto, está quemado casi por completo. Han muerto trece mil judíos. Los vencedores deportan a casi sesenta mil más. Nadie encuentra el cuerpo de Anielewicz. Ringelblum ha logrado escapar antes del alzamiento y esconderse en la zona aria con su esposa y su hijo. Lo detendrán el 7 de marzo de 1944 y será fusilado en la prisión de Paviak junto a su familia, 35 resistentes del gueto y los polacos que los escondían.

Así terminó el gueto de Varsovia. Apenas un año después, la resistencia polaca organizaría el alzamiento de toda la ciudad de Varsovia cuando los soviéticos se aproximaban a la ciudad. No exageran quienes recuerdan que Polonia fue la primera en combatir a los nazis. En su ejército, en sus movimientos partisanos y en las organizaciones de la resistencia, los judíos lucharon y murieron haciendo frente a quienes querían exterminarlos. Cuando les cuenten que los judíos se dejaron llevar a los campos como ovejas al matadero, jamás lo crean. Al contrario, recuerden que, en este día, hace 76 años, los nazis los encerraron, los emparedaron y los mataron de hambre, frío e infecciones antes de deportar a los campos de exterminio a los supervivientes. Recuerden que, a pesar de eso, los judíos combatieron hasta el final.

Tenemos un deber de recordar y de actuar en consecuencia.

Por eso, me gusta el célebre texto de 1957 del rabino Emil Fackenheim, judío alemán y superviviente del Holocausto: “primero, se nos ordena sobrevivir como judíos no sea que el pueblo judío perezca. Se nos ordena, en segundo lugar, recordar en lo más profundo de nuestro ser a los mártires del Holocausto no sea que su memoria perezca. Se nos prohíbe, en tercer lugar, negar o desesperar de Dios […] no sea que el judaísmo perezca. Se nos prohíbe, finalmente, desesperar del mundo como el lugar que va a ser el Reino de Dios no sea que lo convirtamos en un lugar donde Dios esté muerto, sea irrelevante o todo esté permitido. Abandonar cualquiera de estos imperativos, en respuesta de la victoria de Hitler en Auschwitz, sería darle todavía otra victoria póstuma”.

Esta columna rinde hoy homenaje a las víctimas y los héroes del gueto de Varsovia

Origen: Memoria del gueto de Varsovia | El Imparcial

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