“LTI. Apuntes de un filólogo” de Victor Klemperer – Me se cosicas

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Victor Klemperer (1881-1960) era el hijo de un rabino que se doctoró en Múnich en 1914 con una tesis sobre Montesquieu. Durante la Gran Guerra sirvió como voluntario en el ejército alemán y en 1920 obtuvo la cátedra de Filología Románica en la Universidad de Dresde. Cuando comenzaron las leyes segregadoras de los judíos, se quedó en Alemania y, unos años más tarde, se libró de la deportación gracias a que su mujer era aria, aunque fue desposeído de la cátedra. Klemperer fue obligado a vivir hacinado en una casa de judíos y sirvió como mano de obra forzada en una fábrica durante la segunda guerra mundial. Sobrevivió a la caída del régimen y hasta el final de sus días vivió en Dresde, ciudad que quedó dentro de la RDA. De toda esta azarosa vida Klemperer nos ha dejado el testimonio en sus diarios, sobre los que pronto volveremos.

Desde que Hitler llegó al poder en 1933, Klemperer fue anotando en sus diarios los rasgos que observaba en el lenguaje que utilizaba el régimen nazi, convencido de que la expresión de una época se define también por su lenguaje. El resultado de aquellas anotaciones y de otras reflexiones que guardó en su memoria —como judío tuvo restringido el acceso a las bibliotecas y a los periódicos— es este ensayo que tituló LTI. Apuntes de un filólogo (LTI. Notizbuch eines Philologen) y que apareció publicado en 1947. Las siglas LTI (Lingva Tertii Imperii ‘Lengua del Tercer Reich’) son un guiño paródico a la proliferación de siglas escritas en runas que generó el nazismo, como SS, SA, NSDAP, HJ, etc., algunas de terrible recuerdo.

La tesis que sostiene Klemperer es que, a diferencia de la opinión que sostiene Talleyrand sobre el leguaje-fachada utilizado por los diplomáticos, el lenguaje desencripta aquello que una persona quiere ocultar deliberadamente. La frase «Le style c’est l’homme» viene a significar precisamente eso, que «las afirmaciones de una persona pueden ser mentira, pero su esencia queda al descubierto por el estilo de su lenguaje» (p. 25).

El nazismo se inoculó en la sociedad alemana de la República de Weimar a través de la repetición machacona de una serie de palabras, expresiones y estructuras sintácticas que Klemperer analiza con rigor filológico. Hasta tal punto llegó esta penetración lingüística que incluso alcanzó a personas que no se reconocían como nazis: «Ninguno era nazi, pero todos estaban intoxicados» (p. 147), sentencia el autor al oír hablar a los compañeros judíos con los que trabajaba en la fábrica de bolsas de papel en 1943.

«Las palabras», dice Klemperer, «pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parece no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico» (p. 31). Las tres primeras palabras que Klemperer identificó como propias de la LTI fueron expedición de castigo, ceremonia de estado y el adjetivo históricoque sirvió para calificar cualquier acto oficial. Otra de las palabras fetiche del régimen nazi fue pueblo (das Volk) que se yuxtapuso a múltiples términos del momento, alguno de los cuales todavía perdura como, por ejemplo, Volkswagen. El uso del prefijo privativo ent ‘des-, de-’ se aplicó a numerosos procesos sociales y esa inercia derivativa se prolongó en la posguerra con la desnazificación.

Curiosamente muchas de las palabras y expresiones de la LTI deben su origen a las vanguardias artísticas de los años 20, singularmente al expresionismo y al futurismo: die Aktion ‘acción’, der Sturm ‘tormenta’ con el sentido de ‘asalto’, el desplazamiento de términos mecanizantes hacia ámbitos no técnicos (verankern ‘cimentar’, ankurbeln ‘accionar la manivela’) y la incorporación del vocabulario exaltado del deporte, con especial predilección por el boxeo; hasta las principales marcas de tabaco de la época nazi portaban nombres comerciales inspirados en el deporte: Sportbanner‘bandera deportiva’, Sportstudent ‘estudiante de deportes’. Esa mística de la velocidad y de la violencia encajó a la perfección con la estrategia de la Blitzkrieg ‘guerra relámpago’ con la que Hitler reemplazó a las caducas guerras de posiciones.

Las palabras cambiaron súbitamente sus connotaciones negativas para reconvertirse en voces encomiásticas; tal fue el caso de fanático que se asimiló a sinónimos como ‘valiente’, ‘entregado’, ‘constante’. Otras muchas palabras se utilizaron también para pintar una realidad completamente irreal. Por ejemplo, en los partes de guerra que se emitían después de la batalla de Stalingrado no se mencionaban las palabras huida, retirada o derrota; se decía revés, reducción del frente, irrupciones, etc. El LTI se caracterizó también por la inserción sistemática del entrecomillado irónico con el que se descalificaba al disidente o al degenerado: el “científico” Einstein, el poeta “alemán” Heine, el “estadista” Churchill.

Otro capítulo sumamente revelador de los cambios lingüísticos del régimen hitleriano es la reconversión de los nombres propios en las partidas de bautismo y su sustitución por nombres genuinamente germanos (Dieter, Uwe, Uta, Ingrid) que se convertían en germanísimos cuando se usaban dos nombres unidos por un guión (Bernd-Dietmar). En el ámbito de los nombres de lugar se impulsó una retoponimización masiva de todas aquellas localidades de la Gran Alemania que contaban con un nombre eslavo (por ejemplo, Breslau en lugar del polaco Wroclaw).

Klemperer identificó la clave de toda esta enorme manipulación del lenguaje: la hipocresía afectiva del nazismo, es decir, «el pecado mortal de la mentira consciente empeñada en trasladar al ámbito de los sentimientos las cosas subordinadas a la razón» (p. 342). Para el autor, «el sentimiento no era una meta ni un fin en sí, sólo un medio y un paso. El sentimiento había de apartar el pensamiento». Mediante este proceso de obnubilación sentimental era muy fácil reclutar a una ingente masa de torturadores y fanáticos para conducirlas donde se quisiera.

A medida que iba leyendo el texto, me iba dando cuenta de que la mayoría de los apuntes filológicos de Klemperer se podían ejemplificar con palabras, modismos y giros sintácticos extraídos directamente de la situación política española actual.

Os dejo esta labor de sustitución como tarea.

Victor Klemperer, LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, Barcelona, Editorial Minúscula, 2001, 410 páginas.

Origen: “LTI. Apuntes de un filólogo” de Victor Klemperer

Un comentario en ““LTI. Apuntes de un filólogo” de Victor Klemperer – Me se cosicas

  1. Pues eso es esactamente el lenguaje “políticamente correcto”.

    También es el lenguaje pseudo técnico que utilizan los mandamáses de Podemos.

    Respecto a los nombres propios, la ” vasquizacion falsa” hecha por Sabino Arana, y su utilización masiva estos días por maketos de sangre morena por los 4 costados.

    Me imagino que todo está inventado.

    Y si no tienes imaginación o eres un vago, no tienes mas que ir al nazismo para encontrar todo lo que necesites.

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