Por qué ha ganado Trump y han fracasado los grandes medios – Javier Bilbao / Jot Down Cultural Magazine

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Foto: Cordon Press.

La ventaja de la realidad sobre la ficción es que no necesita parecer realista. Guionistas y escritores viven bajo el constante temor de haber ido demasiado lejos en cada meandro narrativo, como si la suspensión de la incredulidad de la audiencia fuera una fina vajilla con la que tuvieran que hacer malabarismos, mientras al mundo real por su parte le trae sin cuidado que nos frotemos los ojos estupefactos o que los cerremos negándonos a creer lo que está pasando. Seguirá estando ahí cuando los abramos. ¿Cómo podría uno retomar ahora House of Cards después de haber presenciado esta última campaña electoral estadounidense? Ha tenido escándalos sexuales, violencia, momentos de humor, grandeza épica, suspense, giros de guion disparatados y un desenlace trepidante con traca final. No nos cabe duda de que harán una película de todo esto que hemos vivido en los últimos meses, tal vez titulada Make America Great Again: The Movie, y seguramente dirigida por Oliver Stone. Aunque le pegaría más a Terry Gilliam.

Lo que me propongo a continuación es enumerar los momentos más reseñables de la campaña, analizar cuáles han sido las claves del éxito de Donald Trump e intentar comprender las razones y ponernos en la piel de esos norteamericanos que han depositado su confianza en él. Sí, sé que esto último suena raro cuando a nuestro alrededor solo escuchamos que le han votado porque son todos unos fanáticos ignorantes que se han vuelto locos y han sido abducidos por el «populismo». Ya no hay diálogo, solo escándalo. Bueno, pues como Trump va a estar en la Casa Blanca los próximos cuatro años, creo que merece la pena prestar atención al discurso que ha desarrollado durante la campaña y que, tal como vemos, ha convencido a los suficientes votantes como para ganar las elecciones.

Trump comenzó su particular carrera electoral hace ya como mínimo treinta y seis años. Como vemos en esta entrevista ya le preguntaban cuando apenas tenía treinta y tres años si aspiraba a ser presidente. Algo sobre lo que también le inquiría años después aquí Oprah Winfrey y, de nuevo, en 1999, Larry King en esta otraentrevista. Mientras tanto ha tenido infinidad de apariciones televisivas de otro estilo, desde anuncios de pizza, hamburguesas, cameos en series y películas, su propio reality show y hasta un combate de WWE. Nada que no haga cualquier político español desde hace un par de años, por otra parte. Lo interesante de esto es que una vez logra crear una primera impresión en el público americano y sostenerla durante el paso de los años, una concretamente de tipo cercano y simpático, difícilmente lograrán cambiarla sus adversarios políticos a última hora. La habitual retahíla de acusaciones (racista, sexista, etc.) que fuera de Estados Unidos muchos han asumido porque no lo conocían de antes no ha logrado calar en un público que lleva tres décadas viéndolo en los medios y está plenamente familiarizado con él. De hecho, a menudo le ha gustado colaborar en causas vinculadas a la integración racial junto a representantes de la comunidad negra, como el reverendo Jesse Jackson. Por tanto, todas esas alertas tremendistas de que es poco menos que el nuevo Hitler han resultado pólvora mojada para el estadounidense medio.

Bien, está claro que siempre ha deseado llegar al Despacho Oval, pero ¿bajo qué partido e ideología? ¿Para hacer qué? Tradicionalmente se le ha considerado próximo al Partido Demócrata (de hecho, declaró hace años apoyar a Hillary Clinton, a quien invitó a su boda) y a los independientes. En entrevistas como esta con David Letterman, o esta otra, se preguntaba por qué Estados Unidos protegía militarmente a países como Japón o Corea del Sur sin obtener nada a cambio y alertaba del déficit comercial con los países asiáticos. Es decir, vemos un incipiente americanismo, un embrionario rechazo a la globalización que tardaría unos años en tomar la forma actual. Una postura a mitad de camino entre sus convicciones políticas iniciales y lo que su olfato como empresario le ha hecho prever que tendría una fuerte demanda en el mercado electoral. Suele jactarse de tener a un grupo de «genios» como asesores, no sé si tal calificativo será exagerado, pero ciertamente hay personas inteligentes en su entorno que han sabido orientarle sobre qué mensaje vender. Durante los últimos años ha habido un movimiento tectónico profundo en Occidente que ha permanecido latente sin que el orden establecido supiera detectarlo hasta que en 2016 ha eclosionado con fuerza. Está siendo el año en el que el péndulo de la globalización comienza a moverse en sentido opuesto, de regreso hacia los Estados nación, con el ascenso a lo largo de Europa de políticos como Hofer, Wilders, Petry, Orbán, Le Pen y, muy especialmente, con el triunfo del brexit. Hay un vínculo muy estrecho, fundamental, entre el brexit y Trump que él mismo se ha encargado de recordar en cada uno de sus mítines, a los que ha llegado a invitar como orador al propio Nigel Farage. El ideario de todo este movimiento refractario a la globalización se sustenta en torno a tres asuntos: la deslocalización empresarial y financiera, la inmigración y la recuperación de la soberanía nacional. Así que lo que ha hecho Trump es adaptar estos tres temas al contexto estadounidense y hacer de ellos el núcleo de su discurso. Es la ola que ha sabido surfear para llegar a la Casa Blanca. Veamos cómo.

Deslocalización empresarial y financiera

Después de «tremendous», «China» es la palabra favorita de Trump, hay incluso una recopilación que le ha añadido ritmo. Durante las últimas décadas buena parte de las fábricas han sido cerradas en Occidente y abiertas en este y otros países asiáticos con un coste mucho más bajo de la mano de obra. En cada mitin, el ahora vencedor de las elecciones repetía el dato de que setenta mil factorías estadounidenses han sido trasladadas principalmente a China y México, convirtiendo estados y ciudades tradicionalmente industriales en páramos donde se ha disparado el desempleo, las clases media y baja han visto hundirse sus expectativas laborales y, en última instancia, ha regresado el consumo de heroína multiplicando las muertes por sobredosis. El cineasta Michael Moore es un detractor de Trump, aunque de forma simultánea lleva un tiempo pronosticando su victoria; este discurso que forma parte de su última película se ha convertido, paradójicamente, en uno de los más populares entre los partidarios de Trump. Merece la pena escucharlo porque refleja muy bien el estado de ánimo de muchos miles de estadounidenses para quienes el suelo se ha hundido bajo sus pies en los últimos años, especialmente en lo que llama los «estados brexit»: Michigan, Ohio, Pensilvania o Wisconsin. Aquellos que han sufrido una abrupta caída en su producción industrial debido a la globalización. Trump propone medidas de proteccionismo económico, la renegociación del NAFTA («el tratado más desastroso de la historia de la humanidad», dice con su habitual énfasis) y el rechazo al que está negociándose actualmente con Europa, el TTIP.

Inmigración

Su discurso de presentación a la carrera por la candidatura del Partido Republicano para las elecciones incluyó el punto hasta ahora más controvertido. Sus mítines durante ese periodo, en el que competía con otros republicanos, fueron a menudo objeto de manifestaciones y protestas violentas a manos de agitadores con banderas mexicanas. La polémica está en que muchos interpretaron que al hablar de criminalidad estaba incluyendo a todos los mexicanos; posteriormente especificó en varias ocasiones que se refería solo a algunos. Juzguen ustedes. La construcción de un muro entre Estados Unidos y México ha sido desde entonces una de sus medidas estrella, le ha valido el apoyo de la guardia fronteriza y es el símbolo de su oposición al ideal globalista de un mundo sin fronteras, que tenía precisamente en Hillary Clinton a su mayor adalid (aparte deSoros, claro). Mientras tanto, los atentados sufridos en Europa y en Orlando sirvieron a Trump para alertar de los peligros que puede traer una política de fronteras abiertas a modo de caballo de Troya, y una peculiar manera que ha tenido de expresarlo era recitando la letra de «The Snake». Cada vez que lo hacía en un mitin,se convertía en trending topic en Estados Unidos y fue objeto de infinidad de memes (aquí la canción original deAl Wilson).

Recuperación de la soberanía nacional

Estados Unidos no es la policía del mundo, ha dicho Trump una y otra vez, llegando a cuestionar la existencia misma de la OTAN. En su momento se opuso a la guerra de Irak (su rival votó a favor como senadora) y, según dijo en el segundo y el tercer debate presidencial, si el dinero que se gastó en esa guerra se hubiera invertido en mejorar las infraestructuras en territorio estadounidense, ahora tendrían las mejores del mundo. Una política no intervencionista que tiene justa correspondencia en su rechazo a cualquier injerencia externa en el Gobierno estadounidense: «The system is rigged», ha sido una de sus consignas más repetidas. Aunque, para entender mejor este punto, nada como sus propias palabras. En West Palm Beach, Florida, el 13 de octubre dio un discurso (aquí está editado) que merece la pena escuchar, siendo las siguientes líneas su idea fundamental:

Creedme, esta elección determinará si somos una nación libre, o si solamente tenemos la ilusión de ser una democracia, pero realmente controlada por un pequeño grupo de globalistas e intereses especiales, que manipula nuestro sistema. (…) Nuestra gran civilización, aquí en América, y a lo largo del mundo civilizado, ha llegado a la hora de la verdad, a su momento decisivo. Lo hemos visto en el Reino Unido, donde ellos han votado para liberarse del gobierno mundial, de los tratados comerciales mundiales, de los tratados globales de inmigración que han destruido su soberanía y han destruido tantas naciones. Pero el centro político del poder mundial está aquí mismo en América, y es nuestro establishment corrupto el mayor poder detrás de los esfuerzos para lograr un sistema globalista y lograr la marginación de la clase trabajadora.

Estos tres puntos que hemos desgranado son nucleares y sin ellos no se podría entender su discurso ni el entusiasmo que ha generado, aunque naturalmente ha abordado también otros asuntos: la modificación del sistema sanitario denominado Obamacare, la defensa férrea de la Segunda Enmienda (el derecho a portar armas), el apoyo a las fuerzas policiales en un momento en que han sido cuestionadas por el movimiento Black Lives Matter, el rechazo a las políticas en torno al cambio climático, el distanciamiento en política exterior de Arabia Saudí y la aproximación a Rusia (junto a quien combatiría al Estado Islámico en Siria), la bajada de impuestos a la clase media y la reducción de la burocracia, entre otros.

Hay también otro aspecto esencial en su victoria que se refiere no tanto al contenido sino al estilo, como es su rechazo a la corrección política. El estadounidense medio ha acabado tan saturado de todo ello que llega Trump, llama «cerda» a la actriz Rosie O’Donnell (ella le había insultado previamente) y el público, lejos de escandalizarse, estalla en carcajadas. Vean el momento, ha sido fundamental en estas elecciones. Tuvo lugar el 6 de agosto de 2015, en el primer debate para escoger al candidato republicano en las elecciones de entre diez candidatos. Trump dijo que no tenía tiempo para la corrección política, que eran comentarios divertidos y «what I say is what I say». Para el público una respuesta así fue liberadora, dio mucho que hablar y contribuyó a que superase al candidato supuestamente favorito, «Low Energy» Jeb Bush.

Mientras tanto, Hillary Clinton solo tenía por adversario en las primarias demócratas al veterano senador Bernie Sanders, aunque el partido ya tenía decidido que ella debía ser la elegida y él nunca tuvo una oportunidad real de vencer. Desde julio WikiLeaks comenzó a publicar los correos pirateados del Comité Nacional Demócrata y desde octubre los del jefe de campaña electoral de Clinton, John Podesta, cuya autenticidad quedó demostrada en el momento en el que respondieron diciendo que había sido un sabotaje de los rusos. Pues bien, en ellos quedan expuestos innumerables tejemanejes al respecto, entre los que destaca el hecho de que la presidenta de dicho comité, Donna Brazile, envió las preguntas a la candidata antes de la celebración de un debate en la CNN con Sanders.

Una vez las respectivas candidaturas estuvieron definidas (ya a comienzos de año, aunque la nominación de ambos no fue hasta julio), comenzaba la carrera hacia la Casa Blanca. Pronto se vio que las grandes cadenas de televisión estaban dedicando cuatro veces más tiempo a exponer las controversias de Trump que las de Clinton, y que la candidata recibió el respaldo público de más de doscientos periódicos frente a los seis que se inclinaron por Trump. El tratamiento informativo resultaba tan sesgado que resultaba llamativo y de nuevo WikiLeaks levantó el velo para mostrar qué ocurría tras el escenario. Lo que se veía era una colusión a gran escala entre medios y los responsables de la campaña demócrata, que incluía reuniones con periodistas en casa del mencionado Podesta; periodistas que enviaban sus textos para que fueran editados por miembros de la campaña; periodistas que mandaban sugerencias sobre posibles anuncios electorales para la candidata; periodistas que preparaban junto al Partido Demócrata el cuestionario para una entrevista a Trump… En fin, la lista resulta tan larga que les recomendamos que sigan la cuenta @wikileaks en Twitter y ahí podrán verlo todo. ¿Por qué tanta confraternización? Un medio es una organización tan jerárquica como cualquier otra empresa y sus empleados acatarán como cualesquiera otros las directrices que se les den. Ahora bien, en el año 1983 el 90% de los medios estadounidenses estaba controlado por cincuenta compañías, mientras hoy en día ese porcentaje esta solo en manos de seis: News Corp, Disney, Viacom, Time Warner, General Electric y CBS. Una enorme concentración de poder. El resultado es que actualmente solo el 6% de los norteamericanos confía en los medios.

Un ejemplo paradigmático de todo esto lo tenemos en The New York Times. Desde el año pasado el principal accionista del medio, con un 17% de su propiedad, es el empresario mexicano Carlos Slim. No es descabellado suponer que las medidas propuestas por Trump respecto a los tratados comerciales con México perjudicarían sus negocios, e incluso algún malpensado podría sospechar la tentación de usar semejante altavoz para promover sus intereses. En todo caso la casualidad quiso que este medio adoptase una línea informativa vehemente opuesta al candidato republicano. Para este artículo de mediados de mayo entrevistaron a mujeres que tuvieron alguna relación con Trump, y lo hicieron de tal forma que al día siguiente una de ellas, Rowanne Brewer Lane, declaró públicamente que sus palabras habían sido manipuladas para mostrar al candidato como un depredador sexual. No había dicho lo que le atribuían. En cualquier caso, la narrativa ya estaba creada y solo había que perseverar en ella. En los medios proliferaron desde entonces toda clase de presuntas víctimas de Trump, cuyo testimonio se recogió sin comprobación previa de ningún tipo. Algunas retiraron la acusación. Trump prometió demandar a todas ellas tras las elecciones.

Esta campaña mediática tuvo su culminación en el que fue probablemente el momento más pintoresco de la carrera hacia la Casa Blanca: la publicación por parte del Washington Post, poco antes del segundo debate presidencial, de unas grabaciones realizadas en 2005 en las que se oía a Trump afirmar a unos amigos que «cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerlo (…), agarrarlas por el coño [pussy]». Todos los grandes medios pedían la dimisión del candidato.

La polémica además ponía el viento de cara a Trump ante el debate, quien tras haber resultado algo decepcionante para sus seguidores en el anterior aquí tenía su última oportunidad. Como anécdota, antes de que comenzara alguien dijo en la web Reddit conocer la jugada que había ideado el equipo de Clinton. Es costumbre en cualquier acto de este tipo que los participantes se den la mano al salir a escena, pero ella rehusaría hacerlo. Probablemente los moderadores a continuación le preguntarían por qué ese gesto y entonces debía decir que alguien que trata de esa forma a las mujeres es indigno y no merece un saludo, exhibiendo así su virtud moral y menospreciando la de su adversario. Algo que presumiblemente se convertiría en uno de los momentos más comentados en días posteriores. Esto lo leí antes de que diera comienzo el debate, parecía uno de tantos rumores sin fundamento que circulan por internet, pero luego, en el momento en que ambos estuvieron frente a frente, curiosamente él no hizo gesto alguno de darle la mano. Alguien de su equipo debió estar al tanto y le advirtió. Aquí está ese momento, que resultó un tanto extraño. Pese a todo, salió airoso y a juicio de muchos analistas y encuestas en línea ganó el debate, dejando un momento que se convertiría en objeto de innumerables memes.

A la vista del resultado electoral, cabe pensar si esa polémica de las grabaciones no solo no fue efectiva, sino que incluso llegó a jugar a su favor. Mientras tanto los grandes medios siguieron en su línea, con artículo sobre niños que tenían pesadillas con Trump y otros titulados nada menos que «¿Puede el legado de Hitler ayudarnos a entender el éxito de Trump, Putin y de la derecha europea?».

La campaña nos dejó también otros momentos curiosos, como el desmayo de Hillary Clinton tras la conmemoración del 11S (previamente los medios decían que cuestionar su salud era solo una teoría de la conspiración); el ácido intercambio de bromas entre los dos candidatos durante una cena benéfica; el salto a los medios de la rana Pepe, un meme salido de 4chan (estas elecciones han tenido mucho de guerra memética); los sabotajes de mítines del rival financiados por el Partido Demócrata revelados por Project Veritas; la utilización de la exmodelo Alicia Machado (a quien Trump había llamado gorda) en mítines de los demócratas; el intento de resucitar la retórica reaganista en torno a Rusia como «imperio del mal» para trazar un vínculo imaginario entre ella y Trump; o, en fin, los inenarrables momentos que Gary Johnson, el tercer candidato, nos ha regalado.

Mientras tanto Trump ha llevado a cabo una inagotable campaña en la que era capaz de dar cinco mítines en cinco estados distintos en un solo día, congregando en cada uno a miles de seguidores. En total se estima que ha hablado ante unos seiscientos cincuenta mil seguidores, unas doce veces más que Clinton. Una rival que vio cómo el mundo se le venía encima cuando once días antes de las elecciones el FBI anunciaba que abría una investigación por un caso que la ha perseguido toda la campaña: el borrado ilegal de los correos que envió desde un servidor no oficial cuando era secretaria de Estado. Había una copia de ellos en el ordenador portátil del marido de su más estrecha colaboradora, que estaba siendo analizado después de que se descubriera que enviaba fotos suyas desnudo a menores. Dos días antes de las elecciones el FBI publicó una nueva nota desmintiéndose a sí mismo, pero la semilla de la sospecha ya estaba plantada. También está bajo investigación la Fundación Clinton, de la que se ha ido revelando información sobre sus prácticas de intercambio de favores políticos a cambio de donaciones. Todo ello ha apuntalado el mensaje central de Trump contra la corrupción de las élites globales, que quedó resumido en su anuncio final de cierre de campaña. Independientemente de que se esté de acuerdo con él o no, merece la pena verlo.

En conclusión, los medios se han dejado tal cantidad de jirones en esta alambrada que no sé cómo harán ahora para recuperar la compostura. El resultado desmorona la narrativa que han intentado establecer y deja en evidencia la escasa credibilidad que el electorado les otorga. Trump ha ganado la batalla a esos «very dishonest media», aquella zona de reporteros que en cada mitin señalaba de forma ritual para que el público les abucheara. Así que ha ganado porque resulta carismático a ojos de una base muy sólida de seguidores impermeables a esas prácticas mediáticas, porque ha hecho una buena e intensa campaña, porque tenía enfrente a una candidata muy poco apreciada y con muchos trapos sucios del pasado y porque, muy especialmente, su programa ha sabido conectar con el rumbo que los suficientes votantes norteamericanos quieren tomar. Una victoria que servirá de catalizador para próximas elecciones en otros países, tal como el referéndum británico en esta. De manera que cabe la posibilidad de que Hofer gane en Austria dentro de unos días y el próximo año Wilders en Holanda y Le Pen en Francia, lo que supondrá la disolución de la UE. Hemos entrado en una nueva época, la de la posglobalización. Resultaba un tópico sostener que el Partido Demócrata y el Republicano eran dos caras de la misma moneda, prácticamente idénticos en sus planteamientos, y cuya única función era crear una ilusión de democracia en la población.

Estas elecciones han sido diferentes: se han enfrentado realmente dos concepciones políticas opuestas, aunque curiosamente no como «izquierda y derecha», sino como globalización y antiglobalización. El resultado tendrá consecuencias para todo el planeta y, junto con el brexit, hace del año 2016 un apunte importante en los libros de historia que están por escribir. Ha resultado interesante haber sido testigo.

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