Los sufíes: ascetismo, poesía y misticismo en el islam – Daniel Rosselló


Derviches giratorios en la ciudad de Konya. Imagen: Gurcan Ozturk/Getty Images

La historia del sufismo, la rama mística del islam, se extiende desde nuestros días hasta el propio nacimiento de la religión mahometana y hunde sus raíces en las tradiciones y cultos milenarios de Asia. Así, aunque desconocido, ha influenciado de manera determinante el devenir del islam y la concepción que los musulmanes de todo el mundo tienen sobre su propia religión, potenciando además una perspectiva personal, pacífica y tolerante de la misma.

El rickshaw atraviesa el caos de las calles de Delhi, una de las mayores megalópolis de nuestro planeta y capital del subcontinente indio. Nuestra parada es Nizamuddin, uno de los barrios más deprimidos y densos de la urbe. Descendemos del precario vehículo motorizado y nos adentramos en sus atestadas calles. Es un jueves cualquiera y el reloj marca las ocho; la noche cubre el cielo, pero la vida sigue inundándolo todo en forma de puestos callejeros, comercios siempre abiertos y mendigos de mil clases. Pronto llegamos a nuestro destino, Nizamuddin Dargah, mezquita, santuario religioso y tumba de Nizamuddin Auliya, que da nombre al barrio entero. Nos descalzamos y penetramos en sus estancias. No obstante, no se trata de un templo religioso cualquiera, pues sus pasillos se retuercen y se prolongan, formando un laberinto atestado en cada giro de tullidos que suplican por unas pocas monedas. Para todo aquel recién llegado a la India, el espectáculo es, sin duda, terrible y grotesco, pero la música se escucha al fondo de los interminables pasadizos y el viajero no puede dejar de avanzar. La meta hace que la travesía valga la pena, pues el santuario deslumbra por su belleza y por la paz que transmite, y la bella poesía que los fieles cantan al son de los instrumentos musicales hace olvidar el infierno del exterior.

Santuario de Nizamuddin Dargah. Fuente: The Better India
Santuario de Nizamuddin Dargah. Fuente: The Better India

Unos 5.000 kilómetros hacia el oeste, en la ciudad de Jerusalén, el espectáculo no puede ser más distinto. Aquí el Hospicio indio, situado en uno de los rincones más calmados del barrio musulmán, en la ciudad antigua, no ofrece sino un remanso de paz, silencio y coloridos jardines en los que meditar, asegurando un espacio de paz espiritual en el corazón de la enloquecedora ciudad.

Para ampliar: “Jerusalén, bendecida por Dios, maldita por la guerra”, Daniel Rosselló en El Orden Mundial

Mil kilómetros al norte, en la ciudad de Konya, los derviches giratorios inician el festival de Mevlanatodos los 10 de diciembre, prolongándose hasta el 17.º aniversario de la muerte, allá por 1273, del poeta y santo Rumi, enterrado en el santuario, cuyas paredes turquesas cubiertas de arabescos son testigos de una constante y centenaria peregrinación para rendirle respeto.

El Hospicio indio de Jerusalén. Fuente: BBC
                                        El Hospicio indio de Jerusalén. Fuente: BBC

Miles de kilómetros de distancia física y cultural separan estos lugares únicos. No obstante, algo los une más allá de las fronteras y de las lenguas: el sufismo. Una forma de comprender la religión de Mahoma que, aunque desconocida, ha condicionado la historia y el desarrollo del islam desde sus orígenes, y que aún a día de hoy supone un pilar fundamental de la vida espiritual y de la concepción religiosa de millones de fieles musulmanes. El viaje podría continuar a lo largo de todo el mundo islámico, a través del océano Índico y de las dunas saharianas. Pero ¿qué es exactamente el sufismo? ¿Y qué particularidades tiene esta práctica del islam para haber permeado en lugares tan diversos como las aldeas indígenas de Chiapas o la Alpujarra granadina o que ha servido de inspiración para la creación del universo de Star Wars?

Banda de dawwali, la música mística sufí, en el santuario de Nizamuddin. Fuente: The Better India
Banda de dawwali, la música mística sufí, en el santuario de Nizamuddin. Fuente: The Better India

Los que visten de lana

Los orígenes del termino sufí son discutidos por los investigadores, llegando algunos a asegurar que podría tener conexiones con el termino griego sophía (‘sabiduría’). Sin embargo, la mayoría considera que deriva de la palabra árabe suf (‘lana’), en referencia a los sencillos ropajes con los que vestían los sufíes originarios. Son además conocidos como los dervish —de donde surge el término derviche en castellano— o fuqara, los términos persa y árabe para nombrar a los pobres.

Las raíces del sufismo se hunden en los primeros días del islam, cuando se configuraría como la dimensión ascética de una fe que, partiendo desde las arenas de Arabia, recorrería el mundo y la humanidad desde Marruecos hasta Indonesia. Nos encontramos, pues, ante una vertiente del islam que ha trascendido las fronteras políticas y geográficas del mundo, los cismas religiosos y las escuelas de jurisprudencia islámica, así como las divisiones clánicas, de género y de clase.

Unidos por el profeta, fracturados por el Estado

Aunque las semillas preislámicas del sufismo podrían encontrarse en los ritos zoroástricos o en los místicos cristianos de Siria o Egipto, el sufismo como tal nacería con el propio islam, en los tiempos de Mahoma. Algunos compañeros del profeta se reunían a su alrededor, atraídos por sus enseñanzas y su figura —que consideraban imbuida de misticismo—, y comenzaron a practicar diversos ritos de meditación para la purificación del alma y la comprensión de la caótica realidad, buscando la unión emocional y espiritual con Dios en esta vida. Dichos individuos se reunían a diario en la mezquita de Medina donde rezaba el profeta con el propósito de reflexionar acerca del ser, la revelación divina y el significado de los versos coránicos, todo ello con el propósito de alcanzar una comprensión individual del universo y una experiencia directa con lo divino. Sería de este primer grupo de ascetas del cual derivarían todas las órdenes sufíes existentes a lo largo de la Historia, extendiendo su modo de hacer por todo el mundo al volver a sus lugares de origen tras la muerte del profeta y convirtiéndose así en verdaderos misioneros de la fe islámica.

Posteriormente, durante los primeros años de las dinastías Omeya y Abasí, muchas personalidades se desligarían de unas autoridades políticas que consideraban corruptas y alejadas de la verdadera fe y comenzaron a autodenominarse sufíes. Alrededor de ellas, entre los años 660 y 850 d. C., surgirían las primeras órdenes, centradas especialmente en la reflexión acerca de los versos coránicos relacionados con el apocalipsis, ganándose con ello el apodo de “aquellos que siempre se lamentan”, siendo conocidos además por su estricto seguimiento de la tradición islámica y por sus oraciones nocturnas. De entre todos estos primeros círculos de sufíes, sin embargo, habría uno que destacaría, considerado la orden fundacional del sufismo: la escuela de Basora, en Iraq. Su surgimiento se produjo alrededor de una figura femenina, la de Rabiya al Adawiyya (714-801 d. C.), la cual formularía por primera vez el ideal sufí del amor total e incondicional a Dios, que ni dependía del ansia del Paraíso ni del miedo al infierno, en un lenguaje comprensible para cualquier individuo que quisiera acercarse a sus enseñanzas.

El hecho de que una mujer sea reconocida como la fundadora oficial del sufismo es de notable importancia, pues con ello a las mujeres se les abriría un espacio que, aunque menos visibilizado, les permitiría la reflexión filosófica e intelectual dentro del mundo islámico, participando activamente en el desarrollo del sufismo, algo que se les había negado en el resto de escuelas, tanto suníes como shiíes, dominadas por hombres. Además, con ello, la concepción igualitaria de hombres y mujeres se conformaría como una de las bases de las órdenes sufíes hasta nuestros días.

El misticismo iraquí alcanzaría renombre a raíz de sus prácticas para el autocontrol y el conocimiento de uno mismo, promulgando prácticas ascéticas que prepararan el alma para su unión con Dios. Progresivamente, estas se extenderían por todo el mundo islámico y el sufismo evolucionaría en la teoría y en la práctica impulsado por las reflexiones de sus adeptos y por las primeras recopilaciones escritas de las mismas.

La siguiente fase de la extensión del sufismo vendría como respuesta a la influencia de la filosofía griega, entre los siglos IX y X, cuyo extremo racionalismo generaría enormes dudas existenciales entre los fieles, lo que llevaría a los maestros sufíes a reforzar la vertiente espiritual y emocional de sus prácticas. Buscarían además la aniquilación del ego como forma de alcanzar el verdadero conocimiento, así como la percepción mística de la naturaleza del ser humano y la divinidad. Este período corresponde con el misticismo clásico.

Yalal ad Din al Rumi. Fuente: Rumi’s World
Yalal ad Din al Rumi. Fuente: Rumi’s World

A continuación, entre los siglos XI y XIII, las órdenes vendrían a articularse en forma de hermandades, en las cuales los discípulos seguían las enseñanzas de un maestro, un sheykh, cuya línea sanguínea y espiritual los unía directamente con el profeta. Eran las denominadas silsilas o cadenas de transmisión. Esta época, a pesar de coincidir con la caída del califato abasí y con la invasión de los mongoles, se conformaría como la edad de oro del sufismo, cuando se escribiría la más bella poesía islámica de tipo místico y amoroso —que además influiría de manera determinante en las literaturas de toda Asia, desde el Punjab hasta la Anatolia—, a la vez que el sufismo penetraba definitivamente y moldeaba de manera determinante las sociedades musulmanas. Las grandes figuras del sufismo, como el famoso Yalal ad Din al Rumi, de Persia, o Ibn al Arabi, de al Andalus, datan de este período.

En los siglos posteriores, el desarrollo del sufismo no se detendría. No obstante, los retos que enfrentarían sus adeptos se multiplicarían, dificultando la práctica de sus ritos centenarios y, en muchos casos, empujándolos al secretismo. Cuando el viajero otomano Evliya Celebi llegó en el siglo XVII a Jerusalén, por aquel entonces lugar de peregrinación predilecto de ascetas islámicos de todo el mundo, se podían contar hasta 70 órdenes sufíes distintas en la ciudad santa. No obstante, con la disolución del Imperio otomano y la generalización del sistema de Estados nación, cuyas fronteras terminarían con las kilométricas rutas de caravanas y comercio que habían comunicado todos los puntos de Asia durante siglos, el flujo de peregrinos se detendría, sin poder obviar en este caso los perniciosos efectos del conflicto palestino-israelí.

Para saber más: “La fabricación de Oriente Medio”, Eduardo Saldaña en El Orden Mundial

Por otro lado, el sufismo se enfrentaría a dos tendencias opuestas que lo desmembrarían. Por una parte, el wahabismo, surgido a finales del siglo XVIII en lo que luego sería Arabia Saudí, consideraría el sufismo como un tipo de herejía, condenando a las órdenes al ostracismo y a la opacidad y frenando en gran medida su desarrollo filosófico. Por otra parte, las nuevas fuerzas políticas, como Mustafá Kemal Ataturk en Turquía o las potencias coloniales, considerarían el sufismo como un anacronismo, como un vestigio de la era medieval, dificultando sus actividades o incluso prohibiéndolas.

El camino de los sufíes

Cuando nos acercamos al estudio del sufismo, nos encontramos con una vertiente del islam tremendamente heterogénea y, en muchos casos, indefinida. Y es que, mientras que otras versiones del islam pondrían el foco en la interpretación de los textos y de los dichos y hechos del profeta, los sufíes vendrían a desarrollar una perspectiva esotérica, mística y metafísica de la religión, buscando la unidad directa con la divinidad a través de la meditación y la purificación del alma, desarrollando un arte, una literatura y unos ritos particulares y diversos con el precepto islámico del iḥsān (‘hacer lo que es bello’) como principio fundamental.

El carácter individual de la experiencia mística sufí y la multiplicidad y extensión de sus ramificaciones son claves para entender este hecho, pues han dotado al sufismo de una flexibilidad y capacidad evolutiva muy notables, potenciando el sincretismo. Con ello, las distintas órdenes sufíes han ido absorbiendo influencias de otras religiones, tales como el animismo africano, el chamanismo de las regiones centrales de Asia, el budismo, el hinduismo o incluso el sikhismo, religiones con las cuales han intercambiado conceptos filosóficos y prácticas rituales y de meditación a lo largo de los siglos.

A pesar de todo, sí que podemos establecer una serie de pautas comunes a todos los grupos sufíes desde el Atlántico hasta el Pacífico. En primer lugar, la meta del sendero de los sufíes es alcanzar la sabiduría y la comunión total con la divinidad por medio de la propia alma. Para ello, se lleva a cabo una yihad —una guerra o lucha santa— contra el yo interior, opuesto a la parte del espíritu que permite conectar con Dios y que es representado generalmente como un perro negro que debe ser domado antes de poder alcanzar la unión con Dios. En este proceso, el discípulo se pone en manos del maestro de la misma forma que un cadáver se deja lavar antes de ser sepultado.

El individuo, por tanto, adquiere una importancia sin igual en comparación con otras tendencias del islam. En el caso del sufismo, los maestros pueden incluso llegar a adquirir el titulo de wali (‘santos’), “aquellos que no sienten miedo ni tristeza”, a los cuales en muchas ocasiones se les presupone, por su particular conexión con Dios, la posibilidad de obrar milagros. Adquieren la categoría de elegidos y, por lo tanto, poder ser su discípulo se torna un privilegio.  Por otra parte, esta vertiente del sufismo es la que resulta más problemática, pues esta deificación de los individuos lleva al conflicto con el islam más ortodoxo, que considera la adoración de todo aquel que no sea el Creador como una herejía.

Vemos así cómo la experiencia de la religión en el sufismo es de carácter muy personal, concibiendo además un Dios benevolente y piadoso, presente en el mundo y en el propio individuo, el cual se manifiesta a través de todo lo bello sobre la Tierra.

Para alcanzar este objetivo, los sufíes se sumergen en una serie de etapas purificadoras bajo la guía de un maestro, que les transmite la fuerza espiritual (barakah) necesaria para alcanzar la gnosis (ma’arifa), la unión o conocimiento de Dios. A lo largo de ellas, el discípulo debe aniquilarse (fana) a sí mismo —a su ego— para poder fundirse con la divinidad y alcanzar el éxtasis místico. En este proceso, los discípulos llevan a cabo ejercicios de meditación, de retiro espiritual, de humildad o de renuncia a los placeres y las riquezas siguiendo el dicho del profeta de “La pobreza es mi orgullo”. Asimismo, ejecutan prácticas como el dhikr (‘recordatorio’), la invocación rítmica y constante de los nombres de Alá o de versos del Corán con el propósito de glorificar a Dios a la vez que como ejercicio de meditación. Esta práctica se lleva a cabo en muchas ocasiones con un acompañamiento musical mientras se realizan bailes —como es el caso de los famosos derviches giróvagos—, recitales de poesía o incluso bajo el influjo de narcóticos.

Contra el fanatismo y la violencia

Todas estas particularidades del sufismo han permeado y moldeado las sociedades musulmanas a lo largo de los siglos, pudiéndose afirmar que el sufismo es una parte integral del islam, sin la cual comprenderlo como un todo sería imposible.

Así, la multitud de órdenes sufíes distribuidas por todo el planeta, junto con la dificultad a la hora de trazar una frontera definida entre lo sufí y lo no sufí, con sociedades musulmanas saturadas de su influencia pero que no se consideran explícitamente como tales, hacen que calcular el número exacto de sufíes a nivel mundial sea casi imposible. No obstante, los números oscilarían entre los 50 y los 100 millones de personas y, en palabras del exembajador pakistaní en EE. UU., Husain Haqqani, “podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que la mitad de los musulmanes del mundo son sufíes, se consideran a sí mismos influenciados por el sufismo o de alguna forma siguen preceptos sufíes”. Desde luego, si observamos de cerca los colectivos musulmanes de países como Turquía, Marruecos, India, Indonesia o Uzbekistán, estas cifras cobran sentido.

En tiempos de radicalismo y de expansión de las posiciones más reaccionarias de la religión mahometana, el sufismo supone sin duda alguna un puente para la comprensión de esta religión, así como una alternativa al islam más beligerante, oscurantista y antipluralista esgrimido por grupos como el Estado Islámico, los cuales también han puesto a los sufíes en el punto de mira.  Una posición delicada que sus adeptos no dejan de pagar con sangre; tal es el caso de los sufíes pakistaníes, cuyos santuarios y celebraciones musicales han sido durante años objetivo de ataques sangrientos por parte de grupos como los talibanes, cobrándose muchas vidas, entre ellas la del cantante y poeta Amjad Sabri. Lugares como Mali, Libia o Siria tampoco se libran de este fenómeno destructivo.

El santuario de Dastgeer Sahib ardía tras un ataque en 2012. Fuente: The Telegraph (India)
El santuario de Dastgeer Sahib ardía tras un ataque en 2012. Fuente: The Telegraph (India)

La importancia del sufismo como alternativa al choque de civilizaciones se ha manifestado, aunque de manera controlada por las instancias de poder, en el reino de Marruecos. Las órdenes sufíes, más allá de desarrollar sus actividades para la realización espiritual, han terminado históricamente, por su cercanía a las clases más humildes, por involucrarse en causas de justicia social, incluyendo la lucha contra el colonialismo, como en Sudán. En el caso marroquí, lo vemos convertido en un arma de doble filo. Por un lado, cooptado e instrumentalizado de manera muy inteligente por las autoridades reales, ha servido para frenar el alzamiento de movimientos salafistas de tipo violento en el generalmente estable reino norteafricano. No obstante, al mismo tiempo ha sido aprovechado para domesticar a la población y evitar todo tipo de movilización social contestataria, aprovechando el ambiente fraternal de las órdenes, su carácter pacificador y su potencial para lograr cohesión social.

En definitiva, el sufismo se trata de una pieza imprescindible para lograr el entendimiento entre los pueblos musulmanes y los no musulmanes y la comprensión del mismo servirá para eliminar barreras culturales en una de las épocas más problemáticas para la fe islámica.

Mariam Sakina, musulmana conversa de 22 años, habitante de Orgiva. Fuente: El País
Mariam Sakina, musulmana conversa de 22 años, habitante de Orgiva. Fuente: El País

Origen: Los sufíes: ascetismo, poesía y misticismo en el islam – El Orden Mundial en el S.XXI

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